Por Charles Spurgeon

“Habló Jehová a Moisés y a Aarón en la tierra de Egipto, diciendo: este mes os será principio de los meses; para vosotros será éste el primero de los meses del año.” Éxodo 12: 1, 2.

Con toda probabilidad hasta aquel tiempo se había supuesto que el año daba comienzo en el otoño. La gente se ha preguntado en cuál estación del año creó Dios al hombre, y muchos han decidido que debe haber sido en el otoño, de tal forma que cuando Adán fuera puesto en el huerto pudiese encontrar de inmediato frutos maduros y listos para su consumo.

No parecía probable que Adán comenzara su carrera cuando todos los frutos estuvieren todavía verdes e inmaduros; por lo tanto, muchos han concluido que el primer año de la historia humana comenzó en el tiempo de la cosecha, cuando los frutos ya habían madurado para servir de alimento al hombre. Por esta razón, quizás, en los tiempos antiguos el año nuevo comenzaba cuando la fiesta de la cosecha había sido celebrada.

Aquí, en el momento del Éxodo, por un decreto de Dios, el comienzo del año fue alterado, y en lo que concernía a Israel, el inicio del año fue fijado en el tiempo de nuestra primavera: en el mes de Abib o Nisán. Sabemos que un poco antes, la cebada estaba ya espigada (ver Éxodo 9: 31), y en el día de reposo después de la pascua, el fruto de la tierra estaba tan desarrollado que fueron ofrecidos los primeros frutos, y una gavilla de cebada nueva fue mecida delante del Señor. Por supuesto que cuando hablo de primavera y luego de espigas de cebada, han de recordar la diferencia de clima, pues en aquella región cálida, las estaciones van mucho más adelantadas que las nuestras.

Deben disculpar si mis ideas se tornan un poco confusas; pueden corregirlas fácilmente cuando les venga bien. Desde el tiempo en que el Señor salvó a su pueblo de la destrucción pasándolos por alto, el año eclesiástico comenzó en el mes de Abib, mes en el que la pascua era celebrada.

El año del jubileo no fue alterado, sino que comenzaba en el equinoccio de otoño. Parece que los judíos tenían dos o tres principios de año según diferentes propósitos; pero el año eclesiástico, el año grande mediante el cual Israel calculaba su existencia, comenzó a partir de aquel momento, en el mes de Abib, cuando el Señor sacó a Su pueblo con mano fuerte y brazo extendido.

Dios muda los tiempos y las edades según le agrade, y lo ha hecho por grandes propósitos conmemorativos. El cambio del día de reposo ocurre de la misma manera, pues siendo así que el día de descanso era anteriormente el séptimo día, ahora está asociado con el día del Señor, que es el primer día de la semana. Como dice Herbert: “Él desquició al día” y colocó al día de reposo sobre goznes de oro al consagrar el día de Su resurrección.

Dios muda de igual manera los tiempos y las edades para cada hombre, cuando trata con él de manera de gracia, pues todas las cosas son renovadas en su interior, y por tanto, comienza una nueva cronología.

Algunos de nosotros solíamos pensar que nuestros cumpleaños caían en un cierto día del año; pero ahora, con mucho mayor deleite consideramos otro día como nuestro verdadero cumpleaños, pues en ese segundo natalicio comenzamos a vivir verdaderamente. Nuestro calendario ha sido alterado y enmendado por un acto de la gracia divina.

Esta mañana quiero presentar a su mente este hecho: que, así como el pueblo de Israel, cuando Dios le dio la pascua, tuvo un cambio integral y una modificación completa de todas sus fechas, y principió su año en un día completamente diferente, así también, cuando Dios da de comer a Su pueblo la pascua espiritual, ocurre un cambio muy sorprendente en su cronología.

Los hombres y las mujeres que son salvos, datan del alba de su verdadera vida: no de su primer cumpleaños, sino del día en el que nacieron de nuevo por el Espíritu de Dios, y entraron en el conocimiento y el goce de las cosas espirituales.

La pascua, como todos nosotros lo sabemos, es un tipo de la grandiosa obra de nuestra redención efectuada por la sangre de Jesús, y representa su aplicación personal en cada creyente. Cuando percibimos el acto del Señor de pasarnos por alto gracias al sacrificio expiatorio de Cristo, es entonces cuando comenzamos a vivir, y partiendo de ese día, fechamos todos los futuros eventos.

Así que, en primer lugar, esta mañana vamos a describir el acontecimiento; en segundo lugar, mencionaremos las variedades de su recurrencia; y en tercer lugar, consideraremos bajo qué luz la fecha de este grandioso acontecimiento ha de ser considerada de acuerdo a la ley del Señor.

I. Primero, entonces, vamos a DESCRIBIR ESTE NOTABLE ACONTECIMIENTO, que se ubicaría a la cabeza del año judío, y, en verdad, al principio de toda la cronología israelita.

Primero, este acontecimiento fue un acto de salvación por sangre. Ustedes saben cómo los ancianos y jefes de familias, -cada uno de ellos- tomaban un cordero y lo encerraban para examinarlo cuidadosamente. Habiendo escogido un cordero sin defecto, en la plenitud de su vida, lo mantenían aislado como una criatura separada y apartada, y después de cuatro días, lo sacrificaban y recogían su sangre en un lebrillo. Después de haber hecho esto, tomaban un hisopo y lo mojaban en la sangre, y con él rociaban y untaban el dintel y los dos postes de sus casas. Mediante esto, las casas de Israel fueron preservadas en aquella oscura y terrible noche, cuando el ángel vengador recorrió presuroso con la espada desenvainada cada calle del dominio del Faraón e hirió a los primogénitos de toda la tierra, tanto de hombres como de animales.

Podrán recordar, queridos amigos, aquel tiempo en que ustedes mismos percibían que la venganza de Dios había salido en contra del pecado; incluso pueden recordar ahora su terror y su temblor. Muchos de nosotros nunca podremos olvidar el tiempo memorable cuando descubrimos por primera vez que había un camino de liberación ante la ira de Dios. La memoria puede despojarse de todo lo demás que está almacenado en su frágil depósito, pero este hecho está tatuado en las palmas de sus manos.

En el tipo descrito por Moisés, tenemos ante nosotros el modo de nuestra liberación. Él ángel no podía ser reprimido, su ala no podía ser atada, y su espada no podía ser envainada: debía seguir adelante y debía herir. Tenía que herirnos a nosotros junto a todos los demás, y no podía haber ninguna parcialidad: “El alma que pecare, esa morirá.”

Pero, ¿recuerdan cuando descubrieron el nuevo procedimiento de Dios, Su bendita ordenanza mediante la cual, sin abrogar la ley destructora, Él introdujo una gloriosa cláusula salvadora por medio de la cual fuimos liberados?

La cláusula era esta: que si alguien más pudiese ser encontrado que pudiera y quisiera sufrir en lugar nuestro, y si pudiese haber una clara evidencia de que esa fianza sufriría de esta manera, entonces la contemplación de esa evidencia sería suficiente para nuestra liberación.

¿Recuerdan el gozo que experimentaron ante tal descubrimiento? Pues, si así fuese, podrían compartir los sentimientos de los israelitas cuando entendieron que Dios aceptaría un cordero sin defecto en lugar de sus primogénitos; y si la sangre era expuesta sobre los postes como la clara evidencia de que un sacrificio había sido inmolado, y un sustituto había sufrido, entonces el ángel sabría que en esa casa Su obra había sido hecha, y, por tanto, podía pasar por alto esa habitación. El vengador exigía una vida, pero la vida ya estaba pagada, pues había una marca de sangre que así lo demostraba, y el exactor podía proseguir su camino.

Era la noche de la pascua de Dios, no por causa de que la ejecución de la venganza hubiere sido dejada sin ejecución en las casas pasadas por alto, sino por la razón opuesta: porque en esos hogares el golpe mortal ya había sido propinado, y la víctima había muerto, y, como el castigo no podía ser exigido dos veces, esa familia quedaba en libertad.

Yo no sé si haya alguna verdad en lo expresado por un corresponsal, que establece que en cualquier lugar de la tierra en el que caiga un rayo, no vuelve a caer otra vez allí; pero si es así o no, lo cierto es que doquiera que el rayo de la venganza de Dios hubiere golpeado una vez al sustituto del pecador, no golpeará al pecador. La mejor salvaguardia para la casa del israelita era esta: la venganza ya había golpeado allí y no podía golpear de nuevo. Allí estaba la marca del seguro, el reguero de sangre; la muerte había estado allí, y aunque hubiese caído sobre un cordero indefenso, había correspondido a una víctima seleccionada por el propio Dios, y en su estimación había caído sobre Cristo, el Cordero inmolado desde antes de la fundación del mundo. Debido a que las exigencias de la retribución habían sido plenamente cumplidas, ya no había ninguna exigencia adicional, e Israel estaba seguro. Esta es mi eterna confianza, y aquí está el dulce himno de mi alma:

“Si Tú has alcanzado mi exoneración,

Y voluntariamente en mi lugar soportaste

Toda la ira divina:

Dios no puede exigir el mismo pago dos veces,

Primero de mano de mi Fianza desangrada,

Y luego de la mía.

 Acude entonces, alma mía, a tu reposo;

Los méritos de tu grandioso Sumo Sacerdote

Han comprado tu libertad:

Confía en Su sangre eficaz,

Y no temas ser expulsada por Dios,

Ya que Jesús murió por ti.”

Aquel día en el que descubrí que el juicio había pasado por encima de mí por la persona de mi Señor, y que por tanto no hay ahora condenación para mí, fue el principio de mi vida. La ley exige la muerte: “El alma que pecare, esa morirá.” He aquí, es la muerte lo que pide, y más. Cristo, mi Señor, ha muerto, murió en el lugar que me correspondía, según está escrito, “Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero.” Tal sacrificio es más de lo que incluso la ley más rigurosa podría demandar. “Nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros.” “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición.” Por tanto descansamos seguramente detrás de las puertas y no necesitamos de ninguna guardia en el exterior para alejar al destructor; pues, cuando Dios ve la sangre de Jesús pasará por alto sobre nosotros. “En sus días será salvo Judá, e Israel habitará confiado; y este será su nombre con el cual le llamarán: JEHOVÁ, JUSTICIA NUESTRA.” (Jeremías 23: 6).

Reitero que, cuando vi que Jesús murió en mi lugar, fue el comienzo de mi vida. Contemplé el primer espectáculo que era digno de contemplarse, y todo lo demás se tornó casi como tinieblas y algo así como la sombra de muerte. Entonces mi alma se regocijó cuando entendí y acepté el sacrificio sustitutivo del Redentor designado. Esta es la primera enseñanza de este evento: la sangre rociada salvó a Israel.

En segundo lugar, esa noche ellos recibieron refrigerio del cordero. Habiendo sido salvados por su sangre, los hogares de los creyentes se sentaron a la mesa y se alimentaron del cordero. Nunca habían comido como comieron aquella noche. Aquellos que entendieron el símbolo espiritualmente deben haber participado de cada bocado con un sobrecogimiento inescrutable mezclado con un deleite insondable. Estoy seguro de que debe haber habido una singular gravedad alrededor de la mesa mientras comían presurosamente; y, especialmente, si cada vez y cuando se veían sobresaltados por los alaridos que se elevaban de cada casa en la tierra de Egipto, por causa de los heridos por el Señor. Era una fiesta solemne, una comida rociada de esperanza y misterio.

¿Recuerdan, hermanos y hermanas, cuando se alimentaron de Cristo por primera vez, cuando su espíritu hambriento degustó el primer bocado de ese alimento del alma? Fue una vianda exquisita, ¿no es cierto? Fue mejor que el pan de los ángeles, pues

“Los ángeles nunca degustaron arriba

La gracia redentora y el amor sacrificado.”

Espero que no se levanten jamás de esa mesa, sino que diariamente estén alimentándose de Jesús. Es un hecho muy instructivo que no tengamos que ir a la mesa de nuestro Señor, a semejanza de Israel, para comer apresuradamente, con un bordón en nuestra mano, sino que vayamos allí para reclinarnos con tranquilidad, con nuestras cabezas apoyadas en Su pecho, reposando en Su amor. Cristo Jesús es el pan de cada día de nuestros espíritus.

Observen que el refrigerio que Israel comió aquella noche fue el Cordero “asado al fuego”. El mejor refrigerio para un corazón atribulado es el sufriente Salvador: el Cordero asado al fuego. Un pobre pecador bajo un sentido de pecado asiste a un lugar de adoración y oye que Cristo es predicado como un ejemplo. Esto podría ser útil para el santo, pero es escasamente una ayuda para el pobre pecador, porque clama: “eso es cierto; pero más bien me condena, en vez de consolarme.” No es un alimento para él: él necesita el cordero asado al fuego, Cristo su sustituto, Cristo sufriendo en el lugar suyo y en la posición suya. Oye muchas cosas acerca de la belleza del carácter moral de Cristo, y en verdad nuestro bendito Señor merece ser excelsamente exaltado sobre esa base; pero ese no es el aspecto bajo el cual Él sea alimento para un alma consciente de pecado.

Para un pecador penitente, la principal apetencia relacionada con nuestro Señor es que Él haya cargado con el pecado, y todas Sus agonías vinculadas con esa función. Necesitamos al Salvador sufriente, al Cristo de Getsemaní, al Cristo del Gólgota y del Calvario, al Cristo derramando Su sangre en sustitución del pecador, y soportando por nosotros el fuego de la ira de Dios. Nada que no sea esto, bastará para ser alimento para un corazón hambriento. Si restringieran esto, harían pasar hambre al hijo de Dios.

En este capítulo se nos informa que no debían comer nada crudo del cordero. ¡Ay!, hay algunos que intentan hacer esto con Cristo, pues predican un sacrificio que expía a medias. Quieren hacer que sea alimento para sus almas en Su Persona y en Su carácter, pero poco les gusta Su Pasión, y transponen al fondo Su expiación o la representan como una expiación ineficaz que no protege de la venganza a alma alguna.

¿Qué es esto sino devorar crudo a Cristo? Yo no tocaré el cordero de ustedes asado a medias; no quiero tener nada que ver con su sustitución a medias, con su redención consumada a medias. No, no; denme un Salvador que cargó con todos mis pecados en Su propio cuerpo, y que por tanto fue asado al fuego a plenitud. “Consumado es”, es la nota más encantadora de toda la música del Calvario. “Consumado es”, el fuego pasó sobre el Cordero, y Él soportó la totalidad de la ira que era debida a Su pueblo: este es el platillo real del festín del amor.

Qué multitud de maestros hay que a fuerzas quieren tener un Cordero cocido en agua, aunque la Escritura dice: “Ninguna cosa comeréis de él cruda, ni cocida en agua.” He oído decir que un gran número de sermones son acerca de Cristo y acerca del Evangelio, pero, ni Cristo ni Su Evangelio son predicados en ellos. Si es así, los predicadores presentan al cordero cocido en el agua de sus propios pensamientos y especulaciones y nociones.

Ahora, lo malo de este proceso de cocimiento es que el agua despoja de mucha sustancia al alimento. Los discursos filosóficos sobre el Señor Jesús, quitan mucho de la esencia y de la virtud de Su persona, de Sus oficios, de Su obra y de Su gloria. La sustancia real y el nutrimento vital de Su gloriosa Palabra son sustraídos por interpretaciones que no explican sino que diluyen. ¡Cuántas personas cuecen en agua el alma del Evangelio por causa de su sabiduría carnal! Y lo que es peor todavía, cuando la carne es cocida en agua, no se trata solamente de que la carne entre en el agua, sino que el agua entra en la carne; y así, cualquier verdad que estos cocedores del Evangelio nos entregan está cocida en agua mezclada con error, y ustedes reciben de ellos platillos constituidos en parte por la verdad de Dios y en parte por las imaginaciones de los hombres.

Oímos, en alguna cierta medida, un sólido Evangelio, y en una proporción mayor oímos un mero razonamiento diluido. Cuando ciertos teólogos predican la expiación, no hablan de la sustitución pura y simple; uno difícilmente sabe qué pueda ser. Su expiación no es el sacrificio vicario, sino una representación de algo que les toma mucho tiempo definir. Tienen una teoría que es semejante a los vestigios de un alimento después de meses de cocimiento, del que sólo quedan tendones y fibras. Son probados todo tipo de esquemas para extraer la médula y la grosura de la grandiosa doctrina de la sustitución que sustenta al alma, que a mi juicio es la verdad más preciosa que pudiese ofrecerse jamás como alimento de las almas.

No puedo comprender por qué tantos teólogos tienen miedo del derramamiento de sangre para la remisión de los pecados, y necesitan diluir la más importante de todas las verdades de la revelación. No, no; así como el tipo sólo podía ser válido cuando el cordero era asado al fuego, de igual manera, el Evangelio no es verdaderamente proclamado a menos que describamos a nuestro Señor Jesús en Sus sufrimientos por Su pueblo, y esos sufrimientos fueron experimentados en el lugar, posición y condición de los pecadores, presentando absoluta y literalmente una sustitución por ellos.

Yo no acepto ninguna dilución: es una sustitución: “Llevó él mismo nuestros pecados.” Fue hecho pecado por nosotros. “El castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados.” No debemos aceptar ninguna tergiversación de esta clara verdad, y no debe ser “cocida en agua”, sino que hemos de recibir a Cristo en Sus sufrimientos recién asado en el fuego.

Ahora, ellos debían comer este cordero, y comerlo por entero. No debía quedar ni un solo bocado. Oh, que ustedes y yo nunca cortáramos ni dividiéramos a Cristo, con el objeto de elegir una parte Suya y desechar otra. No será quebrado hueso Suyo, sino que hemos de ingerir a un Cristo entero al límite de la medida de nuestra capacidad. Profeta, Sacerdote y Rey, Cristo divino y Cristo humano, Cristo amando y viviendo, Cristo muriendo, Cristo resucitado, Cristo ascendido, Cristo viniendo de nuevo, Cristo triunfante sobre todos Sus enemigos: todo el Señor Jesucristo es nuestro. No debemos rechazar ni una sola partícula de lo que es revelado en relación a Él, sino que hemos de alimentarnos de todo Él hasta donde podamos. Esa noche, Israel debía alimentarse del cordero en ese preciso lugar y hora. No podían reservar una porción para la mañana siguiente: debían consumirlo todo de una manera o de otra.

Oh, hermano mío, necesitamos a un Cristo entero en este preciso instante. Debemos recibirlo en Su integridad. Oh, que tuviese un espléndido apetito y excelentes poderes de digestión, como para recibir dentro de lo más íntimo de mi alma al Señor Jesucristo tal como lo encuentro. Que ni tú ni yo pensemos con ligereza nunca acerca de nuestro Señor bajo ninguna luz ni de ninguno de Sus oficios. Todo lo que conoces ahora y todo lo que puedas descubrir concerniente a Cristo, debes creerlo ahora, apreciarlo, consumirlo como tu alimento, y regocijarte en ello. Aprovecha al máximo todo lo que está contenido en la palabra relativo a tu Señor. Él ha de entrar en tu ser para que se vuelva parte y porción de ti mismo. Si hicieras esto, el día en que te alimentes de Jesús será el primer día de tu vida, su día de días, el día a partir del cual le pondrás fecha a todo lo que sigue. Si te has alimentado de Cristo una vez, no lo olvidarás nunca ni en el tiempo ni en la eternidad. Ese fue el segundo evento que fue celebrado en cada pascua sucesiva.

El tercer evento fue la purificación de sus casas de la levadura, pues eso debía ir lado a lado de manera muy importante con la rociadura de la sangre y la comida del cordero. Se les instruyó que no podían comer levadura durante siete días, pues cualquiera que participara de la levadura debía ser cortado de Israel.

Esto muestra la profunda importancia de esta purificación: que está puesta en igual posición con la rociadura de la sangre; de cualquier manera no podía ser separada de ella debido a la pena y al castigo que establecían que aquel que separara ambos elementos, sería él mismo separado de la congregación de Israel.

Ahora, es siempre muy lamentable que cuando estamos predicando la justificación por la fe, incorporemos de tal manera la santificación como para hacerla parte de la justificación; pero cuando estás predicando la justificación, es también un horrible error predicarla de tal manera que se niegue la absoluta necesidad de la santificación, pues las dos están unidas por el Señor. Deben darse la comida del cordero y la rociadura de la sangre; y debe haber una eliminación de la vieja levadura, así como la rociadura de la sangre y la comida del cordero.

Con mucho cuidado, el padre de familia revisaba cada closet, rincón, cajón y aparador para erradicar cualquier migaja de pan viejo; y si guardaban cualquier reserva de pan, aunque fuera pan fresco y tuvieran la intención de comerlo, tenían que deshacerse de él, pues no podía haber ninguna partícula de levadura en la misma casa con el cordero. Cuando ustedes y yo venimos a Cristo por primera vez, qué erradicación de la levadura experimentamos. Yo sé que fui limpiado completamente de la levadura de los fariseos, pues toda la confianza en mis propias buenas obras fue desechada incluyendo sus últimas migajas.

Toda confianza en ritos y ceremonias debe desaparecer también. En el momento presente no me queda ni un solo mendrugo de ninguna de estas dos confianzas amargas y corruptas, y no deseo probar nunca más de esa vieja levadura. Algunos están siempre mordiendo esa levadura, gloriándose de sus propias oraciones, y limosnas y ceremonias; pero cuando entra Cristo, toda esa levadura sale fuera.

Además, la levadura de los fariseos, que es la hipocresía, ha de ser eliminada. “Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño.” El engaño debe desaparecer, pues, de lo contrario, la culpa no desaparecerá. El Señor erradica la astucia de entre Su pueblo, el artificio y el engaño: Él los hace veraces delante de Su rostro. Ellos desean estar tan libres de todo pecado como están libres de la insinceridad. Una vez intentaron habitar delante del Señor con doblez, pretendiendo ser lo que no eran; pero tan pronto se alimentaron de Cristo, y la sangre fue rociada, entonces se humillaron en verdad, y pusieron al descubierto su condición de pecadores, y estuvieron delante de Dios tal como eran, con su hipocresía rasgada.

Cristo no ha salvado al hombre que confía todavía en la falsedad. No puedes alimentarte de Cristo y al mismo tiempo sostener en tu diestra una mentira por la vana autoconfianza, o por amor al pecado. El ego y el pecado deben partir. Pero, ¡oh, qué día cuando la vieja levadura es desechada: nunca habremos de olvidarlo! Este mes es el principio de los meses, es el primer mes del año para nosotros, cuando el Espíritu de la verdad nos purifica del espíritu de falsedad.

No hemos de olvidar un cuarto punto en cuanto a la pascua. En la noche de la pascua sobrevino, como resultado de todo lo anterior, una liberación portentosa, gloriosa y poderosa. Esa noche cada israelita recibió la promesa de una emancipación inmediata, y tan pronto como despuntó la mañana, abandonó la casa en la que se había protegido durante la noche, y dejando su hogar, abandonó también a Egipto. Dejó atrás para siempre los hornos de hacer ladrillos, limpió por última vez sus manos de toda la arcilla que las cubría, miró al yugo que solía portar cuando trabajaba en medio del barro, y dijo: “he terminado con ustedes.” Miró al capataz egipcio, recordó cuán a menudo le había azotado con la vara, y se alegró porque nunca más sería golpeado de nuevo, pues más bien allí estaba a sus pies, suplicándole que se fuera para que no muriera todo Egipto.

¡Oh, qué gozo! Ellos se alejaron con su pan sin levadura cargado sobre sus lomos, pues aún tenían que comerlo durante unos cuantos días, y pienso que antes de que el séptimo día de los panes sin levadura hubiese terminado, llegaron al Mar Rojo. Todavía comiendo el pan sin levadura, descendieron a las profundidades del Mar Rojo, y todavía sin rastros de levadura en sus bocas, se detuvieron en sus costas para entonar delante del Señor el gran Aleluya, porque se había magnificado grandemente, habiendo echado en el mar al caballo y al jinete.

¿Recuerdas cuando el Señor te purificó del amor del pecado, y de la confianza en el yo, y cuando te sacó y te liberó completamente, y dijo: “prosigue tu camino al descanso prometido, prosigue a la tierra de Canaán”? ¿Recuerdas cuando viste tus pecados ahogados para siempre, para nunca levantarse más en un juicio contra ti, y viste no sólo tu destrucción prevenida, no meramente tu alma alimentada con la mejor comida, no simplemente tu corazón y tu casa limpiados de hipocresía, sino tú mismo liberado y emancipado, siendo un liberto del Señor?

Oh, si es así, estoy seguro que concederás la sabiduría de la ordenanza por la cual el Señor decretó: “Este mes os será principio de los meses; para vosotros será éste el primero en los meses del año.” Esto es suficiente, entonces, para describir el evento.

II. Ahora, en segundo lugar, quiero MENCIONAR LAS VARIEDADES DE SU REPETICIÓN entre nosotros en este día.

La primera repetición es, por supuesto, en la salvación personal de cada uno de nosotros. Todo este capítulo entero fue ejecutado en el corazón de ustedes y en el mío cuando conocimos al Señor por primera vez. Nuestro venerable hermano y anciano, el señor White, me dijo la otra noche que lo vi: “oh, señor, es muy precioso leer la Biblia, pero es infinitamente más deleitable llevarla aquí, en nuestro propio corazón.”

Ahora, yo encuentro que es muy provechoso leer acerca de la pascua; pero, ¡oh, cuán dulce es que la pascua sea ejecutada en tu propia alma por la obra del Espíritu Santo! Moisés escribió sobre algo que ocurrió hace miles de años, pero toda su esencia me ha sucedido a mí en todos sus detalles, y a otras miles de personas que confían en el Señor.

¿Acaso no podemos leer esta historia del Éxodo, y decir: “sí, así es”? Cada una de sus palabras son verdad, pues todas me han ocurrido, cada uno de sus átomos, hasta incluir lo relativo a comer hierbas amargas; pues yo recuerdo muy bien que, en el preciso instante en el que tuve el dulce sabor de la expiación de mi Señor en mi boca, sentí la amargura del arrepentimiento por causa del pecado, y la amargura de combatir contra la tentación de pecar de nuevo.

Incluso los más mínimos detalles de ese festival típico son todos correctos, como lo saben los miles que han participado en su antitipo. Este registro de la pascua no es una historia de tiempos pasados únicamente; es el registro de su vida y de la mía: espero que lo sea. De esta manera, la fiesta pascual es observada por cada uno de los hombres salvados.

Pero, además, ocurre de nuevo en un cierto sentido cuando la casa del hombre es salvada. Recuerden que este era un asunto familiar. El padre y la madre estaban presentes cuando el cordero fue inmolado. Me atrevería a decir que el hijo mayor ayudó a llevar el cordero al lugar del sacrificio, y otro hermano sostuvo el cuchillo, y un tercero sostenía la cubeta, y el hermano más pequeño trajo el ramo de hisopo, y todos ellos se unieron en el sacrificio. Todos ellos vieron al padre rociar el dintel y los dos postes, y todos ellos comieron del cordero esa noche. Todo aquel que se encontraba en la casa, todos los que eran realmente parte de la familia, participaron de la comida: todos ellos fueron protegidos por la sangre, fueron renovados por el festín, y todos partieron a la mañana siguiente para dirigirse a Canaán.

¿Alguna vez han tenido una cena familiar de ese tipo? “Oh”, algunos padres podrían decir: “sería el principio de la vida familiar para mí si pudiese alguna vez comer el pan en el reino de Dios con todos mis hijos y mis hijas. Oh, que todos mis hijos y mis hijas alrededor de mi mesa pertenecieran verdaderamente a Cristo.”

Una familia comienza a vivir en el más elevado sentido cuando como una familia, sin excepción, ve que todos han sido redimidos, todos han sido rociados con la sangre, todos ha sido alimentados con Jesús, todos han sido purificados del pecado, y van con destino al cielo. ¡Gozo! ¡Gozo! ¡Gozo! “No tengo yo mayor gozo que este, el oír que mis hijos andan en la verdad.”

Si cualquiera de ustedes goza del privilegio de la salvación de su familia, podría muy bien erigir un monumento de alabanza, y hacer una generosa ofrenda a Dios, por quien ha sido favorecido de esta manera. Cincélenlo en mármol, y grábenlo para siempre: Este hogar es salvo, y el día de su salvación es el principio de su historia en conexión con el Israel de Dios.

Ampliemos el pensamiento: no se trataba únicamente de una ordenanza familiar sino que estaba destinada a todas las tribus de Israel. Había muchas familias, pero en cada casa la pascua fue sacrificada. ¿Acaso no sería algo grandioso si quienes emplean a una gran cantidad de hombres pudieran algún día reunirlos a todos y decir llenos de esperanza: “tengo la confianza de que todas estas personas entienden la rociadura de la sangre, y todas ellas se alimentan de Cristo”?

Amados compañeros y damas que están colocados en posiciones de tal responsabilidad, ustedes pudieran decir en verdad: “este mes nos será principio de los meses.” Por tanto, trabajen para ello, y conviértanlo en el anhelo de su corazón. Si vivieran para comprobar que el distrito en el que laboraban fue impregnado por el Evangelio, ¡cuánto gozo sería! Si viviéramos para ver que Londres tiene cada una de sus casas rociadas con la sangre redentora, ¡cuánta dicha sería! Si viviéramos para ver a Inglaterra alimentándose de Cristo -no como muchos lo hacen hasta el exceso en Navidad, con las exquisiteces de la tierra, sino dándose un banquete espiritual, en el que no puede haber ningún exceso- ¡oh, qué principio de años sería para nuestra dichosa Isla! ¡Qué paraíso sería!

Si lo mismo ocurriera con Francia, si sucediese lo mismo en cualquier otro país, ¡qué día sería para ser recordado! Comenzar los anales de una nación a partir de su evangelización. Empezar la crónica de un pueblo a partir del día cuando se postran a los pies de Jesús. Vendrá el día a esta pobre tierra cuando por toda ella reinará Jesús. Tal vez todavía esté lejos, pero el día vendrá cuando Cristo tenga el dominio de mar a mar. Las naciones que son llamadas cristianas, aunque muy poco merezcan ese título, ya fechan efectivamente su cronología a partir del nacimiento de Cristo, y este es un tipo de tenue prefiguración de la manera en que los hombres fecharán todas las cosas algún día, partiendo del reino de Jesús; pues Su reino, que desconocerá el sufrimiento, está todavía por llegar. Dios ha decretado Su triunfo, y se apresura sobre las alas todas del tiempo. Cuando Él venga, ese mes será el principio de los meses para nosotros. No diré nada más.

III. Y ahora, en último lugar, procedo a MOSTRAR BAJO QUÉ LUZ HA DE SER CONSIDERADA ESTA FECHA, si es que nos ha ocurrido en los sentidos que he mencionado.

Primordialmente, si ha sucedido personalmente en el primer sentido para nosotros: ¿qué pasa entonces? Bien, primero, el día en que conocimos por primera vez al Salvador como el Cordero Pascual, debería ser siempre el día más honorable que hubiere alboreado sobre nosotros. Los israelitas colocaron el mes de Abib en un primer rango porque era el mes de la pascua: escriban la fecha en la que conocieron al Señor; el día más importante, la hora más noble que hubieren conocido jamás. Eclipsa al día de su cumpleaños natural, pues entonces nacieron en pecado, entonces “nacieron para la aflicción como las chispas se levantan para volar por el aire”; pero ahora son nacidos a la vida espiritual, son nacidos a la bienaventuranza eterna. Eclipsa al día de su matrimonio, pues la unión con Cristo les brindará mayor felicidad que el más feliz de los vínculos conyugales.

Si han conocido alguna vez algún día en el que recibieron las honras del Estado, u obtuvieron una distinción académica, o alcanzaron una posición en la sociedad, o alcanzaron una mayor riqueza, todas estas cosas no fueron sino días difusos, nublados y brumosos, comparados con esta “mañana sin nubes.” En aquel día su sol se alzó para no ponerse nunca más: el dado fue rodado y su destino de gloria fue abiertamente declarado.

Yo pido que en sus pensamientos nunca degraden ese bendito día, al tener en mayor concepto cualquier otro placer, honor, o progreso, del concepto que tengan de la bienaventuranza de la salvación por la sangre de Jesús. Me temo que algunos se están esforzando y luchando por alcanzar otras distinciones, y si pudiesen completar alguna vez una cierta hazaña, entonces estarían satisfechos. Si cierto asunto les saliese bien, sentirían que habrían obtenido un logro de por vida. Pero ¿acaso su salvación no vale muchísimo más que eso?

Hermano, tú fuiste hecho imperecedero cuando fuiste regenerado en Cristo Jesús. Llegaste a tu heredad cuando viniste a Cristo: fuiste promovido cuando Él te concedió Su amistad. Alcanzaste todo lo que necesitabas desear cuando encontraste a Cristo, pues un santo de tiempos antiguos dijo: “Él es toda mi salvación y mi deseo.” Entonces, no pienses que si la Reina te nombrara caballero o el voto popular te enviara al parlamento, se trataría de un evento que opacaría tu conversión y salvación. Considera ese acto de gracia como lo considera el Señor, pues Él dice: “Porque a mis ojos fuiste de gran estima, fuiste honorable, y yo te amé.”

Para ustedes que creen, Jesús es honor; en Él se jactan y se glorían, y muy bien pueden hacerlo. La marca de la sangre constituye el atavío y la decoración más importante, y ser limpiados y liberados por gracia es la distinción más noble. Han de gloriarse en la gracia y sólo en ella. Valoren la obra de la gracia muy por encima de todos los tesoros de los egipcios.

Esta fecha ha de ser considerada como el principio de la vida. Los israelitas consideraban que toda su anterior existencia como nación, había sido muerte. Los hornos de ladrillos, tener que estar echados entre los tiestos, tener que mezclarse con idólatras, tener que oír un idioma que no entendían: veían toda la experiencia egipcia como muerte, y el mes que puso término a eso fue para ellos el principio de los meses.

Por otro lado, ellos consideraron que todo lo que siguió, constituyó su vida. La pascua fue el principio y únicamente el principio: un comienzo implica que algo le seguirá. Ahora, entonces, hombres cristianos, siempre que hablen de su existencia antes de la conversión, háganlo con pudor, como alguien resucitado de los muertos hablaría del osario y del gusano de la corrupción.

Me duele mucho cuando oigo o leo acerca de gente que puede ponerse de pie y hablar acerca de lo que solían hacer antes de ser convertidos, en gran medida de la manera que el viejo marino habla de sus viajes y tormentas. No, no, deben estar avergonzados de los deseos que antes tenían cuando estaban en su ignorancia; y si hablan de ellos para la alabanza y gloria de Cristo, hablen con aliento entrecortado y lágrimas y suspiros.

Es mejor dejar en el silencio a la muerte, a la putrefacción y a la corrupción o, si demandan una voz, esta ha de ser tan solemne y fúnebre como los dobles de las campanas que tocan a difuntos. La historia de su pecado ha de ser contada de tal manera que muestre que ustedes desearían que nunca hubiese sido verdad. La conversión ha de ser el entierro de la vieja existencia, y en cuanto a lo que sigue después, asegúrense de convertirlo en vida real, digna de la gracia que los ha vivificado.

Supongan que esos israelitas se hubieran quedado holgazaneando en Egipto: supongan que uno de ellos hubiese dicho: “bien, no terminé mi hornada de ladrillos. No puedo irme en este instante. Quisiera ver que los ladrillos queden completamente cocidos y preparados para la pirámide”; ¡cuán necio hubiese sido! No, ellos abandonaron de inmediato los ladrillos, y la arcilla y el material, y dejaron que Egipto se encargara de todo eso.

Ahora, hijo de Dios, renuncia a los caminos del pecado con determinación, abandona el mundo, abandona sus placeres, abandona sus afanes, y apresúrate a acudir a Jesús y Su liderazgo. Ahora eres el liberto del Señor; ¿acaso será rociada la sangre inútilmente? ¿Acaso será comido el cordero y eso no significará nada? ¿Acaso será purificado en vano el pan con levadura? ¿Acaso será atravesado el Mar Rojo, y morirán ahogados los egipcios y permanecerás siendo un esclavo? Ese pensamiento es repugnante. Esa fue la perversidad de los israelitas, que todavía sentían un antojo por los puerros y los ajos de Egipto: esas cosas de olores penetrantes habían impregnado sus vestidos, y es difícil erradicar tales viles olores de los propios vestidos. Ay, qué terrible que el ajo de los egipcios se impregne en nosotros y que su olor no sea siempre tan abominable para nosotros como debería serlo.

Además, deseaban con vehemencia el pescado que comían en abundancia en Egipto, aunque fuera un pescado contaminado. Había mejor pesca para ellos en el Jordán, y en Genesaret, y en el Mar Grande, si proseguían su camino; y había hierbas más exquisitas en los montes de Canaán de las que jamás crecieron en el cieno de Egipto. Por causa de este vivo deseo perverso fueron mantenidos errantes durante cuarenta años en el desierto. Podrían haber marchado a Canaán en cuarenta días, si no hubiese sido por ese ajo apestoso que anhelaban, y sus costumbres y sus recuerdos de Egipto. Oh, que Dios nos liberara, y nos capacitara para olvidar todas esas cosas de las que ahora estamos avergonzados.

Casi habré concluido cuando agregue esto: que en la medida que la pascua era ahora el principio del año para ellos, era el enderezamiento de todas las cosas. Les mencioné que el año comenzaba anteriormente en el otoño, según la mayoría de las tradiciones: ¿era está realmente la mejor estación para que fuera elegida? Pensándolo bien, ¿era el otoño la mejor estación en la cual comenzara la vida, con todo el invierno por delante y con todas las cosas decayendo?

Mediante la institución de la pascua se hizo comenzar el año en lo que es nuestra primavera. Si juzgo a partir de la condición de nuestra tierra, debería preguntar: ¿cuándo podría comenzar el año más adecuadamente sino en la potencia primaveral de principios de Mayo? Me parece que, en realidad, comienza en la primavera. No veo que el año comience naturalmente hoy, aunque lo hace así arbitrariamente. Nos encontramos más o menos a mitad del invierno, y el año todavía permanece muerto.

Cuando los pájaros cantan y las flores brotan en sus lechos de tierra, entonces comienza el año. Me parece una extraña suposición que nuestros primeros padres comenzaran la vida en el otoño, en medio de largas noches y fuerzas en declive. No, nosotros decimos que sin duda la fecha ha de ser fijada en la primavera, de tal manera que las salutaciones del nuevo año sean endulzadas con fragantes flores y enriquecidas con cánticos de júbilo. Y en el oriente, el tiempo correspondiente a nuestra primavera no es una estación sin provisiones, pues en Abril y Mayo las primeras espigas están listas, y muchos otros frutos están maduros y pueden servir como alimento.

Era conveniente que los israelitas celebraran la fiesta de las primicias en el mes de Abib, para presentar al Señor las primeras espigas, y no tener que esperar a que estuvieran maduras antes de bendecir al Dador de todo bien. Debemos estar agradecidos por las verdes misericordias, y no esperar hasta que todo alcance su madurez.

En algunas partes del oriente hay frutos durante todo el año, ¿y por qué no en el Edén? En el jardín deleitable donde me he paseado, que muestra una semejanza muy cercana al oriente, hay frutos que están madurando en los árboles, y un árbol u otro estará dando fruto cada mes durante todo el año, de tal forma que si Adán hubiese sido creado en el mes de Abril, habría habido alimento para él, seguido por una sucesión de frutos que habrían suplido todas sus necesidades. Luego habría tenido ante él al verano, con todas sus maduras exquisiteces, y este es un panorama más paradisíaco que el invierno.

Es correcto que el año comience con los primeros frutos, y estoy seguro de que es muy conveniente que el año comience en cuanto a ustedes y a mí, cuando venimos a Cristo y recibimos los primeros frutos del Espíritu. Todo está descoyuntado hasta que el hombre conoce a Cristo: todo está desordenado y trastornado hasta que el Evangelio llega y endereza, y entonces el lado correcto queda arriba nuevamente. El hombre está todo trastornado hasta que el Evangelio lo endereza.

Aunque la gracia está por encima de la naturaleza, no es contraria a la naturaleza, sino que restaura la verdadera naturaleza. Nuestra naturaleza nunca es tan verdaderamente la naturaleza de un hombre como cuando ya no es más la naturaleza pecaminosa del hombre. Nos volvemos verdaderamente hombres, tal como Dios tenía el propósito que fuesen los hombres, cuando cesamos de ser los hombres que fueron influenciados por el pecado.

Puesto que nuestra vida principia, como lo hace, en nuestra pascua espiritual y nuestra alimentación de Cristo, hemos de considerar siempre nuestra conversión como un festival y recordarla con alabanza. Siempre que volvamos nuestra vista a nuestra conversión, su recuerdo debería provocar deleite en nuestros corazones. Me pregunto cuánto tiempo debería agradecer el hombre a Dios por haberle perdonado sus pecados. ¿Es la vida un tiempo suficiente? ¿Es todo el tiempo suficiente tiempo? ¿Es demasiada larga la eternidad para eso? ¿Cuánto tiempo debería el hombre agradecer a Dios por salvarle de ir al infierno? ¿Bastarán cincuenta años? Oh no, eso no bastaría, pues la bendición es demasiado grande para ser cantada toda ella en un milenio.

Supongan que ustedes y yo no recibiéramos nunca ninguna misericordia excepto esta: que fuéramos hechos hijos de Dios y coherederos con Jesucristo; supongan que no tuviésemos ninguna otra cosa de la que gozar. Deberíamos cantar por eso únicamente por siempre y para siempre.

Ay, si estuviéramos enfermos, postrados en el lecho del dolor por causa de cien enfermedades, con los huesos visibles a través de nuestra piel, sin embargo, puesto que la eterna misericordia de Dios santificará cada dolor y cada aflicción, ¿no deberíamos continuar elevando alegres salmos a Dios y alabarlo por siempre y para siempre?

Entonces, que esta sea su consigna a lo largo de todo el año: “¡Aleluya, load a Jehová!” El israelita concluía siempre la pascua con un himno de alabanza, y, por tanto, concluyamos nuestro sermón esta mañana con un júbilo santo, y continuemos con nuestra alegre música hasta que este año finalice, ay, hasta que el tiempo ya no sea más. Amén.