Por Charles Spurgeon

 

“Espinos y cardos te producirá”. Génesis 3: 18.

Este no era el castigo que hubiera podido ser pronunciado en contra de Adán. Esta maldición no cae directamente sobre él; mira de reojo y cae sobre la tierra donde él está: “Maldita será la tierra por tu causa”. No es del materialismo que viene una maldición contra el espíritu del hombre, sino que es del espíritu que yerra que cae la maldición sobre la creación material. Notemos esto y aprendamos de ello la infinita misericordia de Dios en que si bien la maldición cae claramente sobre la serpiente y su cabeza es herida, con todo viene sobre Adán, como ya lo he dicho, oblicuamente. “Maldita será la tierra por tu causa”. “Espinos y cardos te producirá”. Dios, en Su justicia, nunca va más allá de la justicia aun al pronunciar Su más severa sentencia; pero aquí, en esta vida, mitiga Su justicia con gran paciencia y longanimidad, “no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento”.

Algo más es muy notable, que aunque la tierra iba a producir ahora espinos y cardos para Adán, él iba a estar sobre la tierra e iba a vivir para labrarla. Si la sentencia hubiera sido aplicada con todo el rigor, una tumba bostezante se habría abierto a sus pies y no hubiera habido nada más de Adán; pero se le permitió que viviera todavía. Entonces, siempre que los espinos y los cardos broten en tu camino, no murmures. “¿Por qué se lamenta el hombre viviente? “Cuando un criminal está encerrado en el calabozo y le ha sido dictada la sentencia de muerte, si se le perdonara la vida, puede estar muy contento de vivir a pan y agua por el resto de sus días. Dale gracias a Dios porque no estás en el infierno; dale gracias a Dios porque te ha prolongado la vida todavía. Estás en una tierra donde puedes orar y usar términos de súplica con Dios, aun cuando esa tierra produzca espinos y cardos para ti. “No ha hecho con nosotros conforme a nuestras iniquidades”. Todavía se nos ha concedido la vida y si bien hay espinos y cardos que brotan alrededor nuestro, con todo, ese es un leve castigo comparado con lo que realmente merecemos sufrir.

Y noten luego algo más: cómo se puede extraer dulzura de lo que es amargo. Si la tierra iba a producir espinos y cardos para Adán, entonces él iba a vivir todavía. No sólo estaba vivo, sino que iba a continuar viviendo, pues el Señor agregó: “Y comerás plantas del campo”. Aunque la sentencia le arrebató a Adán los suculentos frutos del paraíso, con todo, le aseguraba su sustento. Él iba a vivir; la tierra iba a producir suficientes plantas del campo para que continuara existiendo. Aunque a partir de entonces todo lo que comiera iba a ser con el sudor de su frente, con todo, iba a tener lo suficiente para comer e iba a continuar viviendo. Los espinos y los cardos podían multiplicarse pero las plantas del campo estarían disponibles para él y viviría. Las promesas de Dios son veladas con frecuencia por Sus amenazas; y si la fe pudiera ver tan solo debajo de la áspera envoltura del mensaje, algo alentador y esperanzador podría encontrarse en su interior. Hermanos y hermanas, ustedes tendrán tribulaciones; espinos y cardos les producirá la tierra; pero se les dará su pan, y sus aguas serán seguras. Tú has sido provisto hasta ahora a pesar de muchas estrecheces y tribulaciones, y así será hasta el fin. El maná no cesará hasta que comas del viejo grano de Canaán. Mientras necesites más, Dios no cesará de alimentarte a lo largo de toda tu vida. Entonces, si el texto de esta noche suena más o menos sombrío y esperas un sermón lleno de espinos y cardos, con todo, yo confío que habrá mucho para animar y consolar a aquellos de ustedes que han encontrado por experiencia propia que es cierto que “espinos y cardos te producirá”.

Me gustaría decirles a aquellos que están presentes y que tienen su porción en esta vida que esa porción no es gran cosa. Espinos y cardos te producirá; y si eso fuera todo lo que tuvieras, tienes una ración miserable con la cual vivir.

“Hay más allá del firmamento Un cielo de dicha y amor”;

Pero debajo del firmamento no hay un cielo así. Aun para los piadosos hay espinos y cardos; pero para ustedes que no son piadosos, espinos y cardos es todo lo que hay. Si no tienen ninguna herencia al otro lado del Jordán, en la tierra del más allá, en la morada de los bienaventurados, bueno les fuera a ustedes no haber nacido. A pesar de todos los deleites pasajeros que ahora poseen, será sólo como el estrépito de los espinos debajo de la olla, que pronto acaba, y no queda nada sino un puñado de cenizas en la oscuridad sempiterna. ¡Oh, que aprendieras de esto a no poner la mira en las cosas de abajo, sino a buscar una tierra mejor y más resplandeciente donde el espino no crece nunca y el cardo nunca brota!

Pero ahora lleguemos al análisis de nuestro texto, por espinoso que parezca.

I. Y, primero, se establece aquí UN HECHO GENERAL. Vamos a considerar este hecho. Desde ese primer pecado de nuestros primeros padres, con respecto a toda la raza humana esto ha sido generalmente cierto no solo de la tierra literalmente, sino de todo lo demás que nos rodea: “Espinos y cardos te producirá”.

Así es con respecto al mundo natural. Este mundo está lleno de belleza; está lleno de luz; produce mil placeres; pero todavía está lleno de terror. Hay mucho, ciertamente, que angustia a los frágiles mortales que viven en este mundo. ¿Alguna vez te has adentrado en el mar en una tormenta? ¿No sentiste como si la naturaleza estuviera en guerra contigo en aquel momento? ¿No has estado alguna vez en tierra en alguna tremenda tormenta eléctrica, cuando la tierra entera parecía sacudirse y rayos de fuego partían los cielos? ¡Ah, entonces has sentido que este mundo no es para nada un paraíso desde que el hombre se volvió pecador! Las estrellas del cielo no luchan por él, sino que algunas veces luchan en su contra. Hay muchas cosas en este mundo, con sus severas leyes, que lo convierten en un lugar que no tiene toda la comodidad que una criatura pudiera desear. Es una criatura pecaminosa y aunque no sufre toda la incomodidad que merece, con todo este mundo es diferente de lo que era cuando Dios puso a Adán en él para que se deleitara en el paraíso.

Como es en el mundo natural, así es también en el mundo social. Entras en el amplio mundo del comercio y de los negocios y creo que encuentras que te produce espinos y cardos. No tienes en este mundo algún trato a la semana, algún trabajo a la semana, algunos movimientos a la semana sin que te encuentres un espino punzante por aquí y por allá. Si bien no todos tenemos que quejarnos de esta experiencia, pienso que todos los que somos cristianos admitiremos que el mundo no es un lugar propicio para un hombre o una mujer creyentes. La sociedad del mundo no es de ayuda para un corazón santo. Tener que mezclarse en él es más bien una tarea para la que necesitamos mucha gracia, tal como clamamos: “No nos metas en tentación, mas líbranos del mal”. No necesitas involucrarte mucho con los hombres del mundo sin que encuentres que muchos de ellos son más cortantes que un zarzal; y no puedes ir de un lado a otro en la tierra sin descubrir que estás rodeado de individuos que hacen que a tu alrededor crezcan espinos y cardos. No se sorprendan cuando este sea el caso, pues es lo que el Señor predijo: “Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece”.

Sucede lo mismo, también, en el mundo religioso. Leemos, en el Libro de Oseas que se apartaron de Dios, y erigieron altares; y posteriormente se dice: “Crecerá sobre sus altares espino y cardo”. Los peores espinos y cardos que hieren jamás a mi corazón son los que crecen en los círculos religiosos. Ver a la verdad de Dios deshonrada, que se niegue la gloria de la sustitución de Cristo, oír doctrinas predicadas que serían novedosas si no fueran viejos errores remendados como nuevos y sacados del olvido en el que merecían podrirse, y ver que personas cristianas se comportan como lo hacen algunos, teniendo poco respeto por el nombre de Aquel a quien profesan servir, y trayendo descrédito a la causa sagrada por la que deberían estar dispuestos a morir antes que empañarla, estos son espinos y cardos que nos atraviesan hasta el propio corazón. ¡No puedes vivir en la iglesia ni vivir en el mundo sin encontrar que este estado presente de vida produce espinos y cardos a los hombres, sí, incluso a varones cristianos! No únicamente para el primer Adán y para su simiente, sino para el segundo Adán y para Su simiente, este presente estado tiene esto como una de sus características ciertas: “Espinos y cardos te producirá”.

Voy a ir un poco más adelante y voy a pisar un terreno delicado. Me temo que muchos de ustedes han sentido que, aun en el pequeño mundo familiar en el que se mueven, no se han quedado sin tribulaciones. Dios, cuando quitó el paraíso como nuestro hogar, nos dio el hogar para que fuera nuestro paraíso; y si hubiera algún lugar donde todas las dichas pudieran ser encontradas es en torno a la chimenea familiar. “Hogar dulce hogar”. “No hay lugar como el hogar”. Sin embargo, ¿dónde hay un hogar sin aflicción? El hijo querido a quien amas se enferma y muere; tal vez la esposa o el esposo pudieran ser llevados al hogar permanente; o interviene la pobreza; o uno que amas más que a ti mismo languidece diariamente con constante enfermedad y frecuente agonía. No, no debemos esperar una perfecta paz, una perfecta felicidad, aun en el hogar que es bendecido con la oración matutina y vespertina, donde Dios cierra con llave la puerta en la noche y corre las cortinas en la mañana; no, ni siquiera allí, mis queridos amigos, estaremos libres de la maldición que el pecado trajo a este hermoso mundo. Todavía esta palabra nos seguirá a los recintos sagrados de nuestras propias moradas, “Espinos y cardos te producirá”.

Y es así si te acercas todavía más al hogar, al microcosmos o pequeño mundo de tu propio yo. No hay ninguna parte del hombre que no le produzca sus espinos. Muchos de nosotros tenemos una espina en la carne. ¿Hay alguna parte del cuerpo que no pueda convertirse, si Dios así lo quiere, en el foco de una enfermedad, y consecuentemente, en fuente de dolor para nosotros? Yo conozco a algunos a quienes Dios ama mucho –yo sé que los ama puesto que los favorece grandemente- que sin embargo encuentran que en el cuerpo de esta carne están las simientes de la corrupción. Están las fuentes amargas de Mara en razón del agudo dolor del cuerpo; y en cuanto a la mente misma, ¿qué mente hay que esté llena de fe, y sumamente gozosa en el Señor, que no esté naturalmente todavía sujeta al dolor? Vendrán tiempos de depresión, épocas de aprehensión, noches cuando es retirada la luz del semblante de Dios, o cuando, aunque sepamos que poseemos el amor de Dios, no es derramado por el Espíritu Santo en el corazón en la misma medida que en nuestras horas más brillantes. Sí, y aun en el alma misma, en razón de la imperfección de nuestra santificación por el hecho de que no estamos tan llenos del Espíritu, y no estamos tan conscientes de la permanencia del Espíritu dentro de nosotros como todavía lo estaremos, espinos y cardos son producidos para nosotros. Pudiera estar hablando a algunos que pueden decir, enfáticamente, que con frecuencia encuentran grandes cultivos de cardos que brotan en sus corazones, y tienen que mantener activa la hoz de la sagrada mortificación para recortarlos, y procuran, si es posible, arrancarlos de raíz. Pero así es; no pueden esperar una vida perfecta de felicidad en un mundo imperfecto como este. No; su Salvador llevó la cruz, y ustedes tendrán que cargar con una cruz de algún tipo u otro en pos de Él. “Espinos y cardos te producirá”.

Ahora, meditando todavía en este terrible hecho, tal como se ha predicho en el texto, aprendamos del texto mismo, primero, que las tribulaciones vendrán espontáneamente. Nadie es tan tonto como para sembrar espinos y cardos. Me he preguntado a menudo quién debe de haber sido ese gran tonto, que, como era escocés, deseaba ver que el viejo cardo escocés creciera en Nueva Zelanda, y por tanto, envió un paquete de semillas hacia allá para envenenar, con su precioso cardo, esa tierra donde no había ninguno antes. Yo pienso que el hombre que se aventurara a sembrar aun una semilla de un cardo en un mundo como este, donde los cardos crecen con la suficiente abundancia, tiene que haber avanzado un buen trecho en el camino de la locura. Pero, querido amigo, aunque nunca le causes problemas a otros y no hagas nada que te pueda producir problemas a ti, -y tú serías un varón maravillosamente sabio si ese fuera el caso- con todo, los problemas vendrán por sí solos. Si tú necesitas una hierba del campo de la que te debes alimentar, tienes que sembrarla. Tu trigo y tu cebada has de sembrar con diligencia. En cuanto a los espinos y cardos, no tienes que meterte en ningún problema para sembrarlos; brotarán por sí solos espontáneamente; y así las aflicciones y tribulaciones de esta vida vendrán a ti sin ningún esfuerzo de tu parte.

Y, así como vienen espontáneamente, así las tribulaciones vendrán inevitablemente. No me importa cuán cuidadoso pudiera ser un hombre con su granja, encontrará espinos y cardos que brotan y que necesitan ser destruidos. Pudo haber arado y pasado la grada y hacer lo mejor que podía para liberarse de todo cardo en el otoño antes que echara semillas, y sin embargo, no puede librarse de esas cosas problemáticas; vendrán con seguridad. Así pueden tener la certeza de que les vendrán problemas del corazón, y problemas del cuerpo y problemas de la mente. Vigilen y guárdense de ellos como puedan. Toda la prudencia y el cuidado, sí, y toda la oración y fe que puedan convocar en su ayuda no los mantendrá libres de esos espinos y cardos. Como son espontáneos, son inevitables.

Para muchos, también, las tribulaciones son muy abundantes. “Espinos y cardos”; no un espino ni un cardo, sino espinos y cardos, y una abundancia de ellos, te producirá. Si alguno de ustedes es vejado con una tribulación tras otra, les ruego que no piensen que es algo extraño; no están completamente solos en esa experiencia. Muchos de ustedes, debido a sus problemas, se aislarán y dirán: “Yo soy el hombre que ha visto aflicción”. Alto; yo puedo encontrarte a otro hombre que puede igualarte, y a muchas mujeres que pueden sobrepasarte en sus aflicciones. La senda de la aflicción es hollada por miles de pies; está apisonada por el tráfico; pero como conduce al reino eterno cuando el pie de un creyente pisa en ella sólo necesitamos regocijarnos siguiendo las pisadas del rebaño, y mirar a nuestras tribulaciones como las señales de que vamos adonde el grandioso Pastor nos conduce. Así cantamos:

“¿Es este, amado Señor, aquel camino espinoso Que nos conduce al monte de Dios?

¿Son estos los trabajos pesados que Tu pueblo conoce, Mientras está en el desierto aquí abajo?

Así es, Tu fiel amor, Prueba así las gracias de Tus hijos; Es así como nuestro orgullo y el yo deben caer, Para que Jesús sea todo en todo”.

Espinos y cardos vienen abundantemente; y las tribulaciones vienen de diferentes maneras. No es solo una forma de problemas, sino vienen en diversas formas: “Espinos y cardos”. Pudieras pensar que ya es lo suficientemente malo que estés enfermo; pero ser también pobre, tener también un hijo enfermo y ser acosado por un enemigo calumniador pareciera más de lo que puedes soportar. ¡Ah, bien, debes esperar estas cosas! Si sólo tuvieras una forma de problemas, tal vez te acostumbrarías a ellos, y por tanto podrían perder su efecto. Es precisamente el hecho de que hiere lo que lo hace útil para nosotros. Salomón dice: “Con la tristeza del rostro se enmendará el corazón”. Ninguna tribulación en el presente es gozosa; si lo fuera, no sería ninguna tribulación del todo. Si la vara no hace que el niño se duela, ¿de qué sirve? Y si nuestros problemas no nos llevan a dolernos, vamos, ¡entonces no son problemas, y no hay espacio para que la gracia nos sustente bajo su peso! Podemos esperar tener tribulaciones de todo tipo y tamaño, pues acompañan a los seguidores del Cordero en tanto que estén en el mundo, que permanece bajo esta maldición: “Espinos y cardos te producirá”.

Yo creo que, sin retorcer el texto, puedo decir que la tribulaciones vendrán muy frecuentemente, pues espinos y cardos parecieran brotar muy temprano en la mañana, y muy pronto en la primavera, y muy tarde en el otoño y muy adentrado el invierno. ¿Cuándo hay un tiempo cuando un hombre en este mundo, sí, incluso un varón cristiano, puede estar seguro de que estará perfectamente libre de problemas?

Y las tribulaciones vienen universalmente. Yo he visto espinos y cardos en la cimas de las Surrey Hills, creciendo por miríadas, suficientes para sembrar un reino con ellos; y si desciendes al valle, al terrenito del hombre pobre, encontrarás espinos y cardos allí. Crecen en los jardines del Castillo de Windsor así como en el patio trasero de tu casa de huéspedes. Los espinos y los cardos crecen en todas partes, en muladares o en conservatorios; parecieran estar esparcidos universalmente. Las alas emplumadas transportan la semilla del cardo a todas partes, y brota en los lugares menos esperados. Si piensas que otras personas han de ser envidiadas por causa de estar libres de tribulaciones, es posible que si supieras más acerca de ellas, encontrarías que habrías de tener piedad de ellas, y que tu suerte, después de todo, es mucho mejor que la suya.

Ahora no voy a decir nada más acerca de este hecho general, un hecho que yo supongo que la mayoría de ustedes conoce tan bien como yo, que los espinos y los cardos, las tribulaciones y los problemas abundan en este mundo maldito por el pecado.

II. Pero ahora, en segundo lugar, ESTE HECHO TIENE QUE SER ENFRENTADO: “Espinos y cardos te producirá”.

Ahora sepan esto, especialmente ustedes que son el pueblo cristiano, sepan esto, y entonces les evitará decepciones. Si tú comienzas tu vida cristiana imaginando que porque tú eres cristiano las cosas fluirán suavemente para ti y que a partir de ahora ya no vas a tener más problemas, te verás decepcionado amargamente cuando los espinos y cardos comiencen a brotar; pero espéralos, espera su llegada, y entonces, cuando vengan efectivamente, la mitad de su aguijón habrá desaparecido. Tú dirás: “Bien, cuando tomé esta granja yo sabía que brotarían espinos y cardos, yo calculaba verlos. Ahora que han brotado, ser advertido previamente es en una gran medida estar armado previamente; no me voy a sentar a llorar en amarga decepción, pues lo que sufro no es más que lo que esperaba”.

A continuación, el conocimiento de este hecho despertará gratitud. Si no tienes un pequeño lote de espinos y cardos, agradece que no lo tengas; y si te estás diciendo: “Bien, yo confío que soy un cristiano, pero realmente no tengo ningún problema muy grande; parece que navego en el estanque del molino, todo fluye suavemente para mí”, dale gracias a Dios por ello. Debería tender a hacerte agradecido que no haya nada amargo en tu copa, cuando hubieras podido esperar que lo hubiera. Entonces bebe lo dulce con gratitud y sirve una porción para el pobre, y ten simpatía con otros que no son tan favorecidos en este aspecto como tú lo eres. Este hecho debería despertar tu gratitud.

En seguida, siendo advertido por anticipado que habrá espinos y cardos, tienes que preparar tu alma para esperarlos. Los mejores hombres en todo el mundo no han de encontrarse en los climas calientes y óptimos, donde la tierra sólo tiene que ser acariciada con un azadón y se ríe con abundancia; pero los espíritus más fuertes y más emprendedores han sido encontrados a espaldas del viento del norte, donde hay heladas y hielo, y largos y terribles inviernos, y los hombres tienen que realizar una ardua lucha para ganarse el sustento. Se vuelven realmente verdaderos hombres bajo ese severo entrenamiento. Ahora, si no hubiese espinos y cardos, si no hubiese luchas y tribulaciones, ¿tendríamos algunos cristianos valientes? ¿Tendríamos del todo algunas almas grandes y nobles? ¿Cuándo produjo la Iglesia a sus mejores hombres para el servicio de su Señor? Fue en los tiempos de persecución, cuando tenían que nadar a través de mares de sangre para aferrarse a la verdad de Cristo. Estos son días sedosos y tenemos miserables especímenes de cristianos por todas partes; pero si los tiempos de persecución fueran a venir una vez más, soplando con fuertes vientos, y todo el mar del mundo fuera sacudido en tempestad entonces encontraremos valientes marineros que enfilarán el barco al viento, y navegarán a salvo sobre las olas tormentosas en el nombre del Eterno Dios. Estar sin ningún tipo de tribulación es tal vez lo peor que pueda pasarnos. Sin tribulación no crecemos en gracia muy rápidamente, y entonces no desarrollamos las gracias del Espíritu como lo hacemos cuando Dios envía los espinos y los cardos para que crezcan a nuestro alrededor.

Además, queridos amigos, saber qué podemos esperar los espinos y los cardos debería impedir que nos apeguemos a este mundo. Yo no querría detenerme aquí siempre, cuando todo lo que tengo como una garantía de esta parcela es esto: “Espinos y cardos te producirá”. Hay una tierra:

“Donde hay una permanente primavera, Y flores que nunca se marchitan”.

¡Oh, que mi corazón pusiera su mira en el mundo venidero! Quiero animar mi alma con la perspectiva de estar para siempre con el Señor, donde nada puede turbar o molestar a mi espíritu glorificado para siempre. El Señor no tiene la intención de que los creyentes estén satisfechos con este mundo. Si tú eres Su hijo, por hermosa que sea tu porción aquí, Él tiene la intención de que estés siempre sin reposo hasta que reposes en Él, y que no estés plenamente satisfecho nunca hasta que despiertes en Su semejanza. Por tanto, da gracias por los espinos y los cardos que impiden que te enamores de este mundo y te conviertas en un idólatra, como lo son muchos de tus semejantes.

¿No tiene el Señor la intención, por estas tribulaciones y problemas, de llevarnos a buscar cosas más excelsas? Hermanos, ¿no hay muchos hombres que estarían perdidos ellos mismos si no lo hubieran perdido todo? Hablé con uno, el otro día, que me dijo: “No vi nunca hasta que perdí mis ojos”. Otro me dijo, cuanto noté que había perdido una pierna: “¡Ah, amigo, fue la pérdida de esa pierna lo que me llevó a pensar y me llevó a los pies de mi Salvador!” Algunos de ustedes no pueden ir al cielo con todas sus posesiones, ni con toda su prosperidad. Será necesario que les quiten esas cosas. Tú eres como un barco que se está hundiendo debido a la sobrecarga, y tendrás que ser descargado para que puedas flotar; ¡y bendita es esa mano de Dios que te quita la carga de muchos goces terrenales para que encuentres tu todo en el mundo venidero! La aflicción es el perro negro de Dios que Él envía tras las ovejas descarriadas para llevarlas de regreso al redil. Si ese perro va en pos de alguien aquí esta noche, yo te ruego que te des prisa para acudir al Pastor. No comiences a luchar con el perro, ni trates de contender con él, pues no lograrás nada con eso, sino corre presuroso al Pastor. Uno de estos días te alegrarás por todo el áspero tratamiento que el perro negro te dio en el día de tu tribulación. Espinos y cardos te producirá, pero si estas cosas te llevan más cerca de tu Dios, son la mejor cosecha que puede producir la tierra. Recuerda lo que acabamos de cantar:

“Dios en Israel siembra las semillas De la aflicción, del dolor y del arduo trabajo; Estas crecen y ahogan las hierbas Que de otra manera cubrirían el suelo: Las tribulaciones vuelven dulce a la promesa; Las tribulaciones dan nueva vida a la oración; Las tribulaciones me llevan a Sus pies, Me abaten y me mantienen allí”.

Adicionalmente, estos espinos y cardos deberían hacernos mirar a Cristo para que cambie todas las cosas alrededor nuestro. El mundo continuará produciendo siempre espinos y cardos hasta que ÉL venga; y cuando venga, nuestra gloria y deleite, entonces “En lugar de la zarza crecerá ciprés, y en lugar de la ortiga crecerá arrayán”. Únicamente Su gracia y su propia gloriosa presencia pueden cambiar esta creación visible, como será cambiada cuando “el lobo y el cordero serán apacentados juntos, y el león comerá paja como el buey”. Esperamos esa feliz transformación; pero en cuanto a transformaciones morales, tienen lugar cada día donde llega Jesús. Él convierte constantemente a los espinos y a los cardos en cipreses y en arrayanes. ¡Él hace que lo que era nuestra aflicción se convierta en la base del dulce contento, y de todas nuestras aflicciones recogemos alegría, bendito sea Su nombre!

Si alguno de ustedes dijera que este es un tema sombrío quiero que recuerden cuánto más terrible era para Él de lo que pueda ser jamás para ustedes, pues cuando fue coronado en la tierra, la única corona que llevó jamás fue una corona de espinas. Esta maldición de la tierra estaba sobre Su cabeza y le hería de lleno. ¿Él fue coronado con espinas, y te sorprendes porque crezcan alrededor de tus pies? Más bien bendícelo por haber consagrado alguna vez los espinos llevándolos como Su diadema. Has de estar dispuesto a llevar la corona de espinas, también; y si no te fuera dada para pinchar tus sienes, y para hacer que todo pensamiento sea una agonía, has de estar satisfecho de proseguir hollando una senda espinosa, pues tu Señor ha ido por ese camino antes. El día vendrá cuando todos estos espinos nos harán cantar más dulcemente. La música especial de algunos de los redimidos se debe a sus tribulaciones especiales.

“Entre más profundas sus aflicciones, más fuerte cantarán”.

Los arrobamientos del cielo alcanzarán una altura en aquellos que han pasado por grandes aflicciones que no pueden alcanzar de otra manera. “Estos son los que han salido de la gran tribulación, y han lavado sus ropas, y las han emblanquecido en la sangre del Cordero. Por esto están delante del trono de Dios, y le sirven día y noche en su templo”. Por tanto, no lamenten que la tierra produzca espinos y cardos para ustedes, pues sin estas cosas no podrían atravesar esas grandes tribulaciones y entrar en un reposo tan grande y glorioso.

He concluido más temprano debido al bautismo que tendrá lugar a continuación; pero quiera Dios que algunos de ustedes aquí, que no tienen ninguna porción en el mundo venidero, se graben el texto en el corazón. ¡Así que has venido a Londres, joven amigo, y asistes al teatro, y a los salones de música y a cosas parecidas! Bien, te producirán espinos y cardos. Ese es el tipo de suelo donde alcanzan un gran tamaño y desarrollan espinas muy agudas. Oh, pero tú, mi joven amigo, no vayas a tales lugares, ¡a ti te va bien en los negocios! Sí, pero no tienes ninguna garantía que siempre será así. Espinos y cardos te producirá, así como a otros; y supón que prosperaras; supón que ganaras 10,000 libras esterlinas; supón que ganaras mucho más que eso. ¿No sabes que, con todo eso, vendrá un gran cuidado, y que, después de todo, no hay satisfacción en ello, y que cuando todo lo que constituye el éxito en vida es sumado, con la excepción de asirte de las cosas eternas, todo es nada, y sólo es humo? Espinos y cardos para lechos mortuorios son producidos a menudo por las riquezas. Hay más espinos y cardos para los ricos que para los pobres cuando llegan al punto de la muerte, si han vivido una vida mal gastada. Oh, amigos, si pudieran tener todo el mundo, sin Cristo sólo sería un terreno más grande de espinos y cardos para ustedes; pero si lo tienen a Él, si Jesús es su porción, entonces si sus tribulaciones se acumularan y llegaran tan alto como el cielo, no les importaría, pues Cristo vendría, y estaría con ustedes en las peores de ellas; y ustedes se gozarían todavía y se gloriarían también en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza y que la experiencia obrará en nosotros la semejanza de Cristo, y así los llevará más cerca del cielo!

No le importa al creyente qué forma pudiera tomar su vida una vez que Cristo se ha convertido en su vida, y no le importará mucho a ustedes que no son salvos qué forma toma su vida si continúan sin el Salvador; será de todas maneras muerte, y los hará aterrizar en la muerte eterna. ¡Oh, Dios, concédenos que nunca nos establezcamos en este terreno de cardos ni que procuremos convertirlo en nuestra herencia, sino que encontremos nuestra porción en el Señor Jesucristo! Yo les deseo a todos ustedes esa bendición, por causa de Su nombre. Amén.