Por Charles Spurgeon

“Menor soy que todas las misericordias y que toda la verdad que has usado para con tu siervo; pues con mi cayado pasé este Jordán, y ahora estoy sobre dos campamentos.” — Génesis 32:10 

El carácter de Jacob no era impecable, pero tampoco era despreciable. Poseía gran fortaleza de carácter y poder de juicio, y esto se convirtió en una especie de trampa para él, de manera que no siempre caminó a través de la vida con el sosiego infantil de Isaac o la regia serenidad de Abraham, sino que a veces era taimado y dado al engaño como sus parientes maternos.

Yo sin embargo me opongo a ese menosprecio del carácter de Jacob, tan común en ciertos círculos, pues utilizó los recursos disponibles para la oración y oró. Nuestro Dios es el Dios de Abraham, de Isaac, y de Jacob; y muy frecuentemente es llamado el Dios de Israel, y aún el Dios de Jacob. “Dios no se avergüenza de llamarse Dios de ellos”: y si no se avergüenza de llamarse Dios de Jacob, ningún creyente tiene derecho de avergonzarse de Jacob.

Con todas sus imperfecciones (y ciertamente las tenía) era un hombre noble. Algunas buenas personas están construidas a una escala demasiado diminuta como para manifestar cualidades buenas o malas en algún grado relevante: no les permitamos que vituperen a un hombre tan grande como Jacob. Él ha grabado su carácter sobre numerosas generaciones, y una nación entera lleva su herencia. Era un hombre lleno de energía, activo, aguantador, intrépido, y por ello sus debilidades llegaron a ser más notorias de lo que hubieran sido si hubiera tenido una naturaleza más apacible.

No importa lo que se diga de él, era un maestro en el arte de la oración, y quien puede orar bien es un hombre magnífico. Quien puede prevalecer ante Dios, ciertamente puede prevalecer ante los hombres.

Me parece que una vez que un hombre es enseñado a orar por el Señor, está preparado para enfrentar cualquier emergencia que se pueda presentar. Pueden estar seguros que le va a ir mal a cualquier hombre que luche contra un hombre de oración. Todas las otras armas pueden hacerse a un lado; pero el arma de un hombre de oración aunque sea invisible y despreciada por el mundo, tiene un poder y una majestad que garantizan la victoria. La espada de la oración tiene un filo que traspasa la cota de mallas (armadura de cuero, guarnecida con piezas de hierro, que cubría el cuerpo). Jacob fue un príncipe que prevaleció cuando se puso de rodillas.

El doctor Kitto en su admirable libro “Ilustraciones de la Biblia” tiene un capítulo sobre este pasaje que se titula: “La Primera Oración”. Me permito diferir un poco en cuanto a ese título. Difícilmente se puede decir que esta sea la primera oración que está registrada en la Escritura. Admito que este excelente escritor excluya la oración de Abraham por Sodoma por considerarla una intercesión más bien que una oración; pero hay otras oraciones de Abraham y otros casos de súplicas.

Sin embargo se puede decir que, en verdad, ésta es la primera oración de un hombre por sí mismo en la Biblia, la cual nos llega en toda su extensión; y siendo la primera, puede verse hasta cierto punto como un ejemplo para los suplicantes que le seguirían. Si ustedes la examinan cuidadosamente, encontrarán que es un modelo valioso, que puede ser copiado por cualquier hijo de Dios en el día de su tribulación.

Jacob comienza recordando el pacto: “Dios de mi padre Abraham y Dios de mi padre Isaac.” ¿Qué mejor argumento podemos tener que el pacto de un Dios fiel, que ya ha cumplido a nuestros padres? Enseguida Jacob recuerda una promesa especial que se le había hecho: Esa promesa estaba envuelta en los pliegues de un precepto que estaba obedeciendo: “Tú me dijiste: vuélvete a tu tierra y a tu parentela y yo te haré bien.”

Mientras nosotros recurrimos al pacto general hecho con todos los creyentes en Cristo, podemos argumentar también de manera particular y especial, cualquier promesa que haya llegado a nuestra propia alma por medio del Espíritu del Dios bendito. Enseguida procedió a mencionar su propia indignidad; por la fe convirtió su propia imperfección en un argumento, como voy a mostrarles: “Menor soy que todas las misericordias.” Más aún, continuó suplicándole a Dios, exponiendo su peligro especial: “Líbrame ahora de la mano de mi hermano, de la mano de Esaú.”

También mencionó a su familia y el peligro en que estaban ante Dios; una fuerte súplica ante un Dios de amor como el que tenemos: “No venga acaso y me hiera la madre con los hijos.” Luego concluyó con lo que debe permanecer para siempre como una potente súplica a Dios: “Tú dijiste.” Le recordó a Dios su promesa, y virtualmente exclamó: “Haz lo que dijiste.” Es sabio recordar la promesa ante quien la hizo, y solicitar su cumplimiento. Podemos apelar a la fidelidad de Dios, y exclamar: “Acuérdate de la palabra dada a tu siervo en la cual me has hecho esperar.”

La primera frase de la oración de Jacob tiene esta característica, que está impregnada de humildad; porque, en un principio, él no se dirige al Señor como su propio Dios, sino como el Dios de Abraham y de Isaac: La oración misma, aunque es muy apremiante, nunca es presuntuosa; es humilde y sincera. Considero que aun cuando Jacob en su desesperación se aferró al ángel y dijo: “No te dejaré, si no me bendices,” no hablaba con una familiaridad indebida en su santa determinación. Había valentía extraordinaria y determinación invencible, pero eran del tipo que Dios aprueba, de otra manera no lo habría bendecido allí.

Ningún hombre gana una bendición por medio de un acto pecaminoso hacia Dios. A lo largo de toda esta oración veo, en toda su intensidad, un amoroso recuerdo de quién es Jacob, y quién es Jehová, y quien suplica habla en términos adecuados para ser usados por un hombre de corazón humilde, en relación al tres veces santo Dios.

Éste será el tema de nuestro sermón: la humildad es la actitud adecuada para la oración. Comenzaremos con “menor soy que todas las misericordias y que toda la verdad que has usado para con tu siervo.” Luego, en segundo lugar, proseguiremos para hacer notar que la humildad es estimulada por las mismas consideraciones que motivan a la oración; eso lo demostraré por medio del texto; y en tercer lugar, la humildad sugiere y proporciona muchos argumentos que pueden ser utilizados en la oración.

Un hombre orgulloso tiene muy pocos argumentos que traer ante Dios; pero entre más humilde es un hombre, más numerosas serán sus súplicas que prevalecen. Orar es una actividad muy adecuada para un pecador, y un pecador es la mejor persona para practicar la oración

I. Nuestra primera observación es que LA HUMILDAD ES LA ACTITUD ADECUADA PARA LA ORACIÓN.

No creo que Jacob hubiera podido orar a menos que se hubiera quitado la vestidura de la justificación propia que usó en su controversia con Labán, permaneciendo desnudo ante la infinita majestad del Altísimo.

Observen que aquí él habla no como si estuviera ante un hombre, sino ante Dios; él exclama, “menor soy que todas tus misericordias.” Él había estado negociando con Labán, quien lo había esclavizado, que lo había usado de la manera más mercenaria, y que recién lo había perseguido con aguda ira porque había abandonado su servicio conjuntamente con sus esposas e hijos para regresar a su país natal.

A Labán no le dice, “no merezco lo que poseo,” porque, en cuanto al avaro Labán, Jacob era merecedor de mucho más de lo que se le había pagado jamás en forma de salario. Con Labán utiliza muchas frases llenas de verdad tanto de auto-reivindicación como de justificación.

La riqueza de Labán había crecido grandemente por los incesantes cuidados de Jacob. Él cuidaba los rebaños de Labán con diligencia constante, y dice: “de día me consumía el calor, y de noche la helada, y el sueño huía de mis ojos.” Declara que nunca había tomado un carnero del rebaño para alimentar a su propia familia, que de hecho él había trabajado por muchos años sin recibir ninguna retribución, excepto las hijas que llegaron a ser sus esposas; y hasta llega a decir: “si el Dios de mi padre, el Dios de Abraham, y temor de Isaac, no estuviera conmigo, de cierto me enviarías ahora con las manos vacías.”

El mismo hombre que habla de esa manera a Labán se vuelve y le confiesa a su Dios, “menor soy que todas tus misericordias.” Esto es perfectamente consistente y verdadero. La humildad no consiste en decirte mentiras a ti mismo: la humildad es formarte un concepto correcto de ti mismo. Así, en lo referente a Labán, fue una posición correcta para un hombre que había trabajado tan duro por tampoco, reclamarle que él tenía derecho a lo que Dios le había dado; y, sin embargo, ante Dios fue perfectamente honesto y sincero por parte de Jacob decir: “menor soy que todas tus misericordias y que toda la verdad que has usado para con tu siervo.”

Ahora bien, siempre que vayas a orar, si previamente has sido forzado a decir alguna cosa más bien grandiosa en lo que respecta a tu integridad o tu diligencia; o, si has escuchado que otros te alaban, olvídalo todo; porque no podrás orar si eso ha tenido algún efecto sobre ti. Un hombre que tiene una buena opinión de sí mismo, no puede orar: lo más que puede hacer es murmurar “Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres,” y esa no es ninguna oración.

Una elevada opinión de tu propia excelencia te provocará a mirar hacia abajo con desprecio a tu vecino; y eso es la muerte para la oración. Dios arroja fuera del Templo las oraciones orgullosas: no puede soportar tales provocaciones. Debes quitarte el calzado de tus pies cuando estés en tierra santa, ese mismo calzado que es muy adecuado para ti cuando tienes que pisotear al león y al dragón, ese mismo calzado que te queda bien y que te va bien cuando viajas por este gran desierto terrible.

Ante tu Dios, quítate hasta lo que estás obligado a ponerte frente esos hombres groseros. Cuando vemos a Jesús, decimos de Él, “yo no soy digno de desatar la correa del calzado.” “Señor, yo no soy digno” es nuestro clamor. Como Abraham, reconocemos que no somos sino polvo y cenizas; más pequeños que el más pequeño de todos los santos; honrados porque se nos permite cumplir cualquier ocupación mínima en la casa de nuestro Señor.

Vean, pues, que era esencial que Jacob adoptara esta actitud correcta después de haber discutido con Labán. Era adecuado que al levantar sus ojos al cielo usara el lenguaje más humilde, y de ninguna manera pretender algún mérito en la presencia del Dios tres veces Santo.

Hermanos, no sería adecuado que alguno de nosotros utilizara el lenguaje del mérito ante Dios; porque no tenemos ningún mérito, y, si lo tuviéramos, no necesitaríamos orar.

Un anciano teólogo ha hecho la apropiada observación que el hombre que usa como argumento su propio mérito no ora, sino exige lo que se le debe. Si le pido a un hombre que me pague una deuda, no soy un suplicante, sino un demandante que reclama sus derechos. La oración de un hombre que piensa que tiene méritos, equivale a entregar al Señor una orden judicial: no es presentar una petición, sino entregar una demanda. El mérito en realidad dice: “Págame lo que me debes.” Muy poco obtendrá del señor un hombre así; porque si el Señor sólo nos pagara lo que nos debe, aquel lugar de tormento sería nuestra pronta herencia. Si mientras vivimos aquí, no recibimos más de lo que merecemos, seremos descartados y proscritos. Los mendigos más humildes obtienen más de lo que merecen. La vida misma es un don del Creador; “¿Por qué se lamenta el hombre viviente? Laméntese el hombre en su pecado.”

No importa cuán abajo estemos, aun así debemos reconocer que “Por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias.” Cualquier otra actitud que no sea la de la humildad sería sumamente impropia y presuntuosa ante la presencia del Altísimo.

Déjenme añadir, además, que en aquellos tiempos de gran presión en el corazón no hay que temer que se inmiscuya la justicia propia. Jacob tenía pavor y estaba muy angustiado; y cuando un hombre está sumido en un estado así, el lenguaje más humilde es el más adecuado.

Aquellos que tienen abundancia de pan presumen, más los hambrientos piden. Que el orgulloso tenga cuidado, no sea que cuando el pan esté todavía en su boca, la ira de Dios venga sobre él. Quien está sumido en la penuria, el que está afligido en su espíritu, quien yace a las puertas de la muerte, no ostenta plumas de pavo real y ni despliega sus galas. Entonces busca la misericordia del Señor, y la pide.

Este es su único grito: “Misericordia, misericordia.” Descubre que no puede orar hasta que no haya llegado a su verdadera posición como alguien que no merece nada; pero habiendo llegado a ese punto entonces sí tiene un firme asidero, pues argumenta la absoluta soberanía de la gracia divina, y el amor sin límites del corazón divino como razones sustanciales para la misericordia. Estoy persuadido de que fallamos a veces en nuestras oraciones porque no nos humillamos lo suficiente. Con tu rostro en tierra ante el trono podrás prevalecer. Si tú tienes alguna justicia propia, nunca tendrás la justicia de Cristo. Si no tienes pecado, nunca serás lavado en su sangre preciosa. Si eres fuerte, serás abandonado a tu propia debilidad. Si eres rico y próspero, saldrás vacío.

Pero cuando puedas confesar verdaderamente tu nada y estar humildemente postrado ante Dios, Él te escuchará. “De lo profundo, oh Jehová, a ti clamo.” No hay oraciones que vuelen más rápido a las alturas que aquellas que se levantan de las profundidades. Cuando estés desnudo, el Señor te vestirá; cuando estés hambriento, Él te alimentará; cuando no seas nada, Él será tu todo en todo, porque entonces Él recibe toda la gloria, y sus misericordias no son pervertidas para alimentar tu orgullo. Cuando nuestras misericordias engrandecen al Señor, recibiremos muchas más, pero cuando las utilizamos para el engrandecimiento propio, ya no las recibiremos más. Ve, entonces, querido amigo, cuán necesario es que nos aproximemos al Señor con una actitud humilde.

Fíjense bien en el tiempo presente del verbo tal como se utiliza en el texto: Jacob no dice, como podríamos haber pensado que hubiera dicho: “Menor fui que todas las misericordias y que toda la verdad que has usado para con tu siervo,” Sino que Él dice “Menor soy.” No solamente alude a su falta de merecimiento cuando cruzó este Jordán con una vara en su mano, un pobre hombre desterrado: él cree que era indigno entonces; pero aún ahora, viendo a sus manadas y a sus rebaños y a su gran familia y a todo lo que había hecho y sufrido, él exclama, “Menor soy.”

¿Qué, acaso toda la misericordia de Dios no te ha hecho digno? Hermanos, la gracia inmerecida ni engendra ni es engendrada por el merecimiento humano. Si obtenemos toda la gracia que jamás podamos obtener nunca seremos merecedores de esa gracia; porque la gracia entra donde no hay merecimiento, y tampoco nos imparte merecimiento después cuando somos juzgados ante Dios. Cuando hemos hecho todo, siervos inútiles somos, pues lo que debíamos hacer, hicimos.

No puedo soportar al hombre que, en sus necios discursos acerca de su propia perfección, habla como si hubiera llegado a ser digno de la gracia. El Señor tenga misericordia de esos arrogantes y los sujete con las amarras correspondientes, de manera que reconozcan que no son dignos. Cuando tú y yo lleguemos al cielo, aunque Dios pueda decir “andarán conmigo en vestiduras blancas, porque son dignos,” nunca será correcto que ninguno de nosotros diga que somos dignos de algo que Dios nos ha concedido. Nuestro salmo debe de ser Non nobis Domine: “No a nosotros oh, Jehová, no a nosotros, sino a tu nombre da gloria, por tu misericordia, por tu verdad.”

Tocar la alabanza que nos viene por medio de las operaciones de la divina gracia, aún con nuestro dedo meñique, sería una traición contra el Altísimo. Asumir por un momento que merecemos algo del Señor Dios, es tan jactancioso, tan falso, tan injusto, que deberíamos aborrecer ese simple pensamiento, y clamar como Jacob: “Menor soy.” Job, que se había defendido previamente con vigor y posiblemente con amargura, tan pronto oyó a Dios hablándole en el torbellino exclamó, “De oídas te había oído; más ahora mis ojos te ven. Por tanto me aborrezco y me arrepiento en polvo y ceniza.” Postrarse ante el trono es la actitud adecuada de la oración: en la humildad está nuestra fortaleza para la súplica.

II. En segundo lugar, seguiremos con el mismo pensamiento, pero lo pondremos bajo una luz un poco diferente, al notar que AQUELLAS CONSIDERACIONES QUE LLEVAN A LA HUMILDAD SON LA FORTALEZA DE LA ORACIÓN.

Observemos, primero, que Jacob mostró su humildad en esta oración por medio de un reconocimiento de la obra del Señor en toda su prosperidad. Él dice de todo corazón: “Todas las misericordias y toda la verdad que has usado para con tu siervo.” Bien, pero Jacob, tú tienes inmensos rebaños de ovejas, y tú las ganaste y por medio de tu cuidado se incrementaron grandemente: ¿No consideras que esos rebaños son logros completos tuyos? Seguramente tú debes ver que tú fuiste muy dedicado, prudente y cuidadoso y ¿no fue así como llegaste a ser rico? No, él hace una revisión de sus múltiples propiedades y habla de ellas como misericordias, misericordias que el Señor ha mostrado a su siervo.

Yo no pongo objeciones a los libros acerca de hombres que han triunfado por su propio esfuerzo, pero temo que esos hombres que se preocupan por el auto-desarrollo, tienen una gran tendencia a adorar a quienes los escriben. Es muy natural que así lo hagan. Pero, hermanos si somos productos de nuestro propio esfuerzo, estoy seguro que tuvimos un muy mal hacedor, y debe haber muchos defectos en nosotros. Sería mejor que fuéramos molidos hasta volvernos polvo otra vez, y ser hechos de nuevo para ser hombres hechos por Dios

¡Escucha, oh, orgulloso mortal, que eres producto de tu propio esfuerzo! Pues qué, si has ganado todo, ¿quién te dio la fortaleza para ganarlo? Pues qué, si tu éxito es debido a tu sagaz sentido, ¿quién te dio la habilidad y la visión para ver hacia delante? Pues qué, si has sido frugal y trabajador, ¿por qué no permaneciste pródigo como otros, gastando en el desenfreno lo que Dios te concedió? Oh, amigo, si tú eres elevado una pulgada por sobre el estercolero, debes bendecir a Dios por ello, porque es del estercolero de donde te ha sacado. Dios ayuda a sus siervos cuando aún son débiles, pero cuando ellos se imaginan que son fuertes, frecuentemente los humilla.

Cuando exclamamos: “vean esta grandiosa Babilonia que edifiqué,” tal vez Dios no nos abandone, pero Él nos abatirá. Él no descartó a Nabucodonosor, pero permitió que perdiera la razón y que se volviera como las bestias del campo. Si actuamos como brutos, el Señor puede permitir que nos convirtamos en bestias también en otras cosas. El uso de nuestro poder de razonamiento es una dádiva de la caridad celestial, que nos debe llevar a una profunda gratitud, mas nunca al orgullo por causa de nuestras habilidades superiores. Si estamos fuera de la confusión general debemos bendecir al Señor de la manera más humilde.

¿Nos atreveremos a gloriarnos en nuestros talentos? ¿Presumirá el hacha frente a quien la utiliza para cortar con ella? ¿Acaso la red de pescar se exaltará a sí misma ante el pescador que barre el mar con ella? Eso sería una insensatez, seguramente, una insensatez que provoca a Dios. En la medida que Dios hace tanto por nosotros, debemos sentirnos abrumados por el peso de la obligación que el amor acumula sobre nosotros.

Eso puede proporcionarnos un sostén para nuestra oración a Dios, pues ahora podemos decir: “Señor, tú has hecho todo esto por mí: es claro que tu mano ha estado en toda la felicidad de tu siervo; que tu mano esté conmigo todavía.” Oh, hombre que te haces a ti mismo, cuando hayas logrado hacerte, podrás conservar y preservar eso que logres? ¿Tienes la esperanza de ir al cielo y quitarte el sombrero y decir: “Hosanna a mí mismo”? ¿Te das cuenta de esa vanagloria? Si tú buscas tu propia gloria no encontrarás lugar en esa ciudad en donde la gloria de Dios es la omnipresente dicha del lugar. Entonces, pues, lo que tiende a mantenernos humildes, también se convierte en una ayuda para nosotros en nuestra oración.

El siguiente punto es una consideración de las misericordias de Dios. Respecto a mí, nada me hunde más bajo que la misericordia de Dios, y en segundo lugar soy fácilmente sometido por la bondad de los hombres. Cuando el clarín suene para la batalla estaré pie con pie con quien se atreva a enfrentarme, y todo mi hombre interior estará listo para el conflicto; pero cuando todo es paz y quietud, y todo el mundo me desea lo mejor, me maravillo por su bondad, y me hundo en mis zapatos por miedo de llegar a actuar de una manera indigna. El hombre que tiene un debido concepto de su propio carácter, será abatido por las palabras de elogio. Cuando recordamos la misericordia del Señor para con nosotros, no podemos sino contrastar nuestra pequeñez con la grandeza de su amor, y tener un sentimiento de auto-abatimiento.

Está escrito, “y temerán y temblarán de todo el bien y de toda la paz que yo les haré.” Estas palabras son literalmente verdaderas. Tomemos un caso: Pedro salió a pescar; y si hubiera atrapado unos pocos peces, su bote habría flotado normalmente en el lago; pero cuando el Señor subió al bote y le dijo dónde debía arrojar la red, de manera que atrapó una gran cantidad de peces, entonces la pequeña barca comenzó a hundirse.

Se hundía más y más y el pobre Pedro se hundía con ella, hasta que cayó a los pies de Jesús y clamó: “Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador.” Estaba confundido y abrumado, pues si no, nunca le hubiese pedido al bendito Señor que se apartara: la bondad de Cristo lo había sacudido de tal manera que tuvo miedo de su Benefactor. Ustedes no saben lo que es ser abrumado con infinita bondad, ser oprimido por la misericordia, ser barrido por una avalancha de amor. Yo, cuando menos, sé lo que eso significa, y no conozco ninguna otra experiencia que me haya empequeñecido más ante mis propios ojos.

Me siento menos que la más pequeña de Sus misericordias; me encojo y tiemblo en la presencia de Su generosidad. Si la bondad providencial hace esto, pueden estar seguros que el amor redentor será aún más eficaz. Allí está un orgulloso pecador, haciendo alarde de su justicia propia; no puedes quitarle de encima su auto-glorificación: pero de pronto aprende que el Hijo de Dios dio su vida para redimirlo, que derramó Su corazón en la cruz del Calvario, el justo por el injusto, para llevarlo a Dios; y ahora tiene otra mente. ¡Ningún hombre habría podido pensar jamás que merecía que el Hijo de Dios muriera por él! Si así lo pensara, estaría loco. El amor agonizante toca el corazón y el hombre exclama, “Señor, no soy digno ni de una sola gota de tu sangre preciosa, no soy digno ni de un suspiro de tu sagrado corazón; no soy digno de que Tú hayas tenido que vivir en la tierra por mí, ni mucho menos de que hubieras tenido que morir por mí.” Un sentimiento de esa maravillosa condescendencia que es la más alta alabanza del amor de Dios, que a su tiempo Cristo murió por los impíos, hace que el hombre caiga de rodillas, disuelto por las misericordias de Dios.

Ahora bien, si hay algún hombre hoy que tenga una buena esperanza que mediante la gracia pronto estará con Dios en el cielo, si medita en la visión beatífica, si se contempla a sí mismo con la corona sobre su cabeza, y la palma en su mano, y gozando del eterno aleluya:

“Lejos de un mundo de dolor y pecado,

Eternamente junto a Dios.”

Pues bien, la siguiente cosa que hará será sentarse y llorar para que esto se convierta en una realidad para él. ¿Acaso una alma tan pobre, inútil, pecadora como soy yo, puede ser glorificada, y acaso Jesús se ha ido para preparar un lugar para mí? ¿Me da Él su propia seguridad que vendrá de nuevo, y me recibirá para Sí mismo? ¿Acaso soy un heredero juntamente con Cristo, y un hijo favorecido de Dios? Esto nos hace sumergirnos por completo en gratitud plena de adoración. Oh, señores, no podríamos volver a abrir nuestras bocas para jactarnos; nuestro orgullo se ahoga en este mar de misericordia. Si tuviéramos un pequeño Salvador, y un cielo pequeño, y una pequeña misericordia, todavía podríamos desplegar nuestras banderas; pero con un grandioso Salvador, y una grandiosa misericordia, y un cielo grandioso sólo podemos ir como David, y sentarnos ante el Señor, y decir: “¿Por qué se me concede esto a mí?”

Tengo un amado hermano en Cristo que se encuentra muy enfermo, el reverendo Curme, el vicario de Sandford en Oxfordshire, quien ha sido mi querido amigo por muchos años. Él es un espejo de humildad, y divide su nombre en dos palabras: ¿Cur me? que significa “¿por qué yo? A menudo repetía, y yo podía escucharlo: “¿por qué yo, Señor? ¿Por qué yo?” Verdaderamente yo puedo decir lo mismo: ¿Cur me?

“¿Por qué se me permitió oír Tu voz,

Y entrar donde hay lugar

Mientras miles hacen una elección desdichada

Prefiriendo morirse de hambre, sin entrar?”

Esta extraordinaria bondad del Señor tiende toda ella a promover la humildad, y a ayudarnos a la vez en la oración; pues si el Señor es tan grandemente bueno, podemos adoptar el lenguaje de la mujer fenicia cuando el Señor le dijo, “No está bien tomar el pan de los hijos, y echarlo a los perrillos.” Ella respondió, “Sí, Señor; pero aun los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos.” Así pues iremos y le pediremos a nuestro Señor que nos dé migajas de misericordia, y serán suficientes para nosotros que somos unos pobres perros. Las migajas de Dios son más grandes que los panes del hombre, y si Él nos da lo que para Él es una migaja, eso será una comida completa para nosotros.

¡Oh, Él es un grandioso Dador! ¡Él es un glorioso Dador! ¡No nos merecemos su obsequio más pequeño! No podemos valorar la menor de sus misericordias, ni describirla con plenitud, ni alabarlo a Él suficientemente por ella. Sus aguas superficiales son demasiado profundas para nosotros; los pequeños montículos de Sus misericordias nos sobrepasan; ¿Qué podríamos decir de Sus misericordias del tamaño de montañas?

Además, una comparación de nuestro pasado y nuestro presente servirá para la humildad y también para ayudar en la oración. Jacob es descrito así: “Con mi cayado pasé este Jordán.” Está completamente solo, no hay ningún sirviente que le ayude; no tiene bienes, ni siquiera una muda de ropa en una maleta, nada sino un cayado para caminar. Ahora, después de unos cuantos años, aquí está Jacob de regreso, cruzando el río en dirección opuesta, y tiene con él dos campamentos. Es un gran ganadero, con cuantiosas riquezas consistentes en todo tipo de ganado. ¡Qué cambio! Quisiera que todos esos hombres a quienes Dios ha prosperado no se avergüencen nunca de lo que fueron antes; no deberían olvidarse nunca del cayado con el que cruzaron este Jordán.

Yo tenía un buen amigo que conservaba el eje de la carreta con la que transportó todas sus pertenencias cuando llegó a Londres por primera vez. Lo colocó frente a su puerta de entrada, y nunca se avergonzó de contar cómo llegó del campo, cuán duro tuvo que trabajar, y cómo se abrió paso en el mundo. Yo prefiero esto a la falsa alcurnia que olvida la moneda que languidecía solitaria en el bolsillo al llegar a esta gran ciudad. Se enojan si se les recuerda de su pobre padre anciano en el campo, pues fingen que su familia es muy antigua y honorable; de hecho, afirman, uno de sus ancestros vino con el Conquistador.

Nunca he sentido deseo de relacionarme con este conjunto de vagabundos; pero los gustos difieren, y hay algunos que piensan que deben ser seres superiores porque descienden de filibusteros normandos. Cada uno de ellos era un don nadie, pero repentinamente se inflan como si lo fueran todo.

Observen que Jacob no dice: “Hace años estaba en mi hogar con mi padre Isaac, un hombre de vastas propiedades.” Ni habla de su abuelo Abraham como un noble proveniente de una antigua familia de Ur de los caldeos, que se codeaba con monarcas. No. Él no era tan insensato como para presumir de aristocracia o de riqueza, sino que francamente reconoce su primera pobreza: “Con mi cayado, yo un pobre hombre, solitario, sin amigos, crucé este Jordán, y ahora estoy sobre dos campamentos.” Lo humilla recordar lo que fue, pero al mismo tiempo esto lo fortalece en su oración, pues, en efecto, él suplica, “¿Señor, me hiciste tener dos campamentos para que Esaú tenga más que destruir? ¿Me diste estos hijos para que caigan bajo la espada?” Lo repito de nuevo, lo que lo humilló también le dio aliento: encontró su fortaleza en la oración, precisamente en aquellas cosas que proporcionaban motivos para la humildad.

III. Y ahora, pues el tiempo vuela, debemos quedarnos en el tercer punto, martillando el mismo clavo en la cabeza: LA VERDADERA HUMILDAD NOS PROPORCIONA ARGUMENTOS PARA LA ORACIÓN.

Vean el primer argumento, “menor soy que todas las misericordias”; más aún, “menor soy que la más pequeña de las muchas misericordias que has mostrado a tu siervo. Has mantenido tu palabra y has sido fiel conmigo, pero no porque yo haya sido fiel contigo. No merezco la verdad que tú has mostrado a tu siervo.” ¿Acaso no hay poder en una oración así? ¿No se consigue la misericordia por medio de una confesión de indignidad?

El hombre que más alabó Cristo, hasta donde recuerdo, fue quien usó este mismo lenguaje. El centurión se acercó a Cristo diciendo: “Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo”; y sobre él nuestro Señor dijo: “ni aun en Israel he hallado tanta fe.” Tengan la seguridad que si quieren el elogio de Cristo deben ser humildes en su propia estima; Él nunca alaba al orgulloso, sino que honra al humilde. Puesto que el Señor fue tan misericordioso con él cuando no lo merecía, ¿no tenía Jacob un apoyo espléndido al que aferrarse mientras sostenía su lucha con Dios y clamaba: “libérame de Esaú, mi hermano, aunque debido al agravio que le hice no merezco esa liberación?” Siempre tememos en nuestro tiempo de aflicción que Dios nos trate de acuerdo a nuestra indignidad; pero no lo hará.

Nos decimos, “¡por fin los pecados de mi juventud me han alcanzado!; ¡ahora seré tratado de acuerdo a mis iniquidades! Pero Jacob dijo virtualmente: “Señor, nunca merecí la menor cosa de las que has hecho por mí, y todos tus tratos conmigo son por pura gracia. Me quedo quieto donde siempre debo estar, un deudor de Tu soberano favor inmerecido; yo te suplico, dado que has hecho todo esto por mí, que no merezco nada, te suplico, haz todavía más cosas. Yo no he cambiado pues soy tan indigno como siempre, y Tú no has cambiado, pues eres tan bueno como siempre, por tanto libera a tu siervo.” Esta es una poderosa súplica al Altísimo.

Entonces, por favor, observen que mientras Jacob argumenta su propia indignidad no deja de referirse a la bondad de Dios. Habla con las palabras más expresivas, amplias y llenas de significado. “Soy indigno de la más pequeña de todas tus misericordias. No puedo enumerarlas, ¡la lista sería demasiado larga! Me parece que me has dado todo tipo de misericordias, todo tipo de bendiciones. Tu misericordia dura para siempre, y tú me la has dado toda a mí.” Cómo exalta a Dios con su boca, cuando dice, “Todas tus misericordias.” No dice, “toda tu misericordia”, la palabra está en plural: “menor soy que todas las misericordias.” Pues Dios tiene muchos escuadrones de misericordias, los favores nunca llegan solos, nos visitan en tropel.

Todos los árboles del viñedo de Dios están llenos de ramas, y cada rama está cargada de frutos. Todas las flores en el jardín de Dios florecen dos veces y algunas de ellas florecen hasta siete veces. No solamente tenemos misericordia, sino numerosas misericordias como la arena. Misericordia por el pasado, por el presente, por el futuro; misericordia para mitigar las penas, misericordia para purificar las alegrías, misericordia por nuestras cosas pecaminosas, misericordia por nuestras cosas santas. “Todas tus misericordias”: la expresión tiene una vasta carga de significado. Jacob no sabe cómo expresar su sentido de obligación excepto con plurales y universales: el lenguaje es tan pleno que no podría mostrar todo su significado. Parece que le dice al Señor: “Por toda esta gran bondad, te ruego que continúes tratando bien a tu siervo. Sálvame de Esaú, pues de lo contrario se perderán todas tus misericordias. En tu pasado amor ¿no me has dado la promesa de protegerme aun hasta el final?” A través de toda la Biblia, la misericordia y la verdad son reunidas de continuo, “Todas las sendas de Jehová son misericordia y verdad.” “Dios enviará su misericordia y su verdad.” Estas dos gracias se dan la mano en la oración de Jacob: “Todas tus misericordias y toda tu verdad.”

Oh, hermanos, si quisieran luchar con Dios y prevalecer, utilicen mucho estos argumentos maestros: misericordias y verdad. Estas son dos llaves que abrirán todos los tesoros de Dios; estos son dos escudos que los protegerán de cada flecha ardiente. Lo que hizo humilde a Jacob, también lo hizo fuerte en su oración. La gratitud por la misericordia lo hizo inclinarse ante Dios, pero también le permitió asir al ángel con la mano de la importunidad creyente.

Observen, enseguida, cómo dice “Tu siervo.” Toda una súplica está escondida en esa palabra. Jacob podría haberse llamado a sí mismo por otro nombre en esta ocasión. “Menor soy que todas las misericordias y que toda la verdad que has usado para con tu hijo”: hubiera sido cierto, pero no hubiera sido adecuado. Supongan que hubiera dicho: “para contu elegido,” eso hubiera sido cierto, pero no hubiera sido tan humilde; o “para con quien hiciste el pacto,”: hubiera sido correcto, pero no es una expresión tan humilde como la que Jacob tenía la necesidad de utilizar en este momento de su aflicción, cuando los pecados de su juventud vinieron a su mente. Parecía decir, “Señor, soy tu siervo. Tú me ordenaste venir aquí, y aquí he venido por ese mandato: por consiguiente protégeme.”

Seguramente un rey no quiere ver a su siervo ultrajado cuando está dedicado al servicio real. Jacob estaba en la senda del deber, y Dios quería hacer de ella la senda de la seguridad. Si hacemos de Dios nuestro guía, Él será nuestra protección. Si es Él nuestro Comandante, Él será nuestro Defensor. No permitirá que ningún Esaú ataque con su espada a uno de sus Jacobs.

Cuando nos arrojamos totalmente en el Señor por una obediencia creyente, podemos estar seguros que Él nos sostendrá y nos sostendrá completamente. A los amos se les ordena dar a sus siervos lo que es justo y equitativo, y podemos estar seguros que nuestro Señor en el cielo, hará lo mismo con cada uno de nosotros que Le servimos.

Jacob estaba en peligro por su servicio, y por consiguiente, el honor del Señor estaba comprometido a protegerlo. Puede parecer algo pequeño ser un siervo, pero es un gran argumento en la hora de necesidad; así lo usó David: “Haz resplandecer tu rostro sobre tu siervo.” “No escondas de tu siervo tu rostro, porque estoy angustiado; apresúrate, óyeme.” “Salva tú, oh, Dios mío, a tu siervo que en ti confía. Estos no son sino ejemplos de las formas en que los hombres de Dios usaban su posición de siervos como un argumento para la misericordia.

Jacob tenía otro argumento que mostraba su humildad, y esa era el argumento de los hechos. “Con mi cayado,” dice “pasé este Jordán.” “Este Jordán,” que fluía cerca, y que recibía al Jaboc. Le trae mil cosas a la mente, estar en el viejo lugar otra vez. Cuando lo atravesó primero él iba al exilio, pero ahora regresa como un hijo, para ocupar su lugar con la amada Rebeca y su padre Isaac, y no podía sino sentir que era una gran misericordia ir ahora en una dirección más feliz que antes. Contempló su cayado, y recordó cómo, atemorizado y tembloroso, se había recargado en él cuando seguía su marcha apresurada y solitaria. “Con este cayado: es todo lo que tenía.” Lo observa y contrasta su condición presente y sus dos campamentos con aquel día de pobreza, aquella hora de huida presurosa. Esta mirada al pasado le hizo sentirse humilde, pero seguramente fue una fortaleza para él en la oración. “Oh, Dios, si me has ayudado desde la necesidad apremiante hasta tener toda esta riqueza, tú puedes ciertamente preservarme del presente peligro. Quien ha hecho tanto todavía puede bendecirme, y así lo hará.”

“¿Podría haberme enseñado a confiar en su nombre,

Para ahora entregarme a la vergüenza?

¿Acaso Dios se burla de los hombres? ¿Los alienta en su esperanza y luego los abandona? No, el Dios que comienza a bendecir, persevera en su bendición, y hasta el final continúa amando a sus elegidos.

Para terminar, creo descubrir aquí un poderoso argumento en la oración de Jacob. ¿No dio a entender que aunque Dios lo había hecho prosperar tan abundantemente, con ello había venido una responsabilidad mayor? Él tenía que preocuparse más que cuando poseía menos. Su deber se había incrementado con el incremento de sus posesiones. Él parece decir: “Señor, cuando antes pasé por este camino no tenía nada, sólo un cayado; sólo de él tenía que preocuparme; si lo hubiera perdido hubiera podido encontrar otro. Entonces tuve tu amada y bondadosa protección, que fue mejor para mí que todas las riquezas. ¿Acaso no la tendré más? Cuando estaba yo solo con mi cayado tú me guardaste, y ahora que estoy rodeado por esta familia numerosa con muchos hijos y mis siervos, ¿no abrirás tus alas sobre mí? Señor, los dones de tu bondad aumentan mi necesidad: dame tu bendición proporcionalmente. Antes pude correr y escapar de mi airado hermano; pero ahora las madres y los niños me atan, y debo permanecer con ellos y morir con ellos a menos que me preserves.”

Hermanos míos, en esta hora yo sé cómo utilizar esta misma imploración. Para mí cada avance en mi posición significa más obligación de servir a mi Señor y bendecir mi existencia. Necesito más gracia, o mi caída será más vergonzosa. Indignos como somos de todas estas bendiciones, sin embargo no nos atrevemos a restarles importancia, ni rechazar servir a nuestro Dios con todo nuestra fuerza.

Entre más bueyes se tengan, se tiene que arar más; entre más grandes sean los campos, más arduamente tenemos que sembrar, y entre más grande sea la cosecha, más industriosamente tenemos que recolectarla; para todo esto necesitamos mucha más fuerza. Si Dios nos bendice y nos incrementa en talento, o en riquezas, o en cualquier otra forma, ¿no debemos concluir que entre más grande la confianza, más grande es la responsabilidad? Así las tareas de nuestra vida se vuelven más duras, y más difíciles, y somos conducidos más que nunca hacia nuestro Dios.

Este es nuestro argumento: “Oh, Señor, me has impuesto un servicio más amplio; dame más gracia. En Tu bondad has confiado más talentos al que tenía diez talentos; ¿no me darás más ayuda para poner todo a interés por causa de tu nombre?” Sí, hermano, a medida que Dios te eleve, inclínate más y más a sus pies. Consagra aún más enteramente todo tu ser a Dios. Da gracias si tu dinero te ha producido más dinero; y si Él hace más por ti, no descanses hasta que el dinero se haya duplicado. Deja que la bondad de Dios, en lugar de llegar a ser un manto para tu orgullo, o un lecho para tu pereza, sea un incentivo para tu trabajo, un estímulo para tu celo. Que ayude a tu humildad pero al mismo tiempo aliente tu confianza cuando te acerques a Dios en la oración, para sentir cuán grandemente estás obligado a servir al Señor.

Queridos amigos, el Señor ha estado atento a nosotros como iglesia, y nos bendecirá. Hemos obtenido a través de nuestro Señor Jesús y Su Espíritu, bendiciones tan grandes que yo puedo decir que somos indignos de la más pequeña de esas misericordias. ¿Acaso no las usaremos para la gloria de Dios? Sí, más que nunca: pues estamos decididos a orar más, y a creer más, y a trabajar más, y a estar llenos de valor y denuedo para que el nombre y la verdad de Jesús sean conocidos en cualquier lugar donde se oiga nuestra voz. Mientras las lenguas puedan hablar y los corazones puedan latir, si Dios nos ayuda, viviremos para Jesús nuestro Señor.

Nosotros somos lo que Rutherford llamaría “deudores ahogados;” seamos amantes vivientes. Nuestros barcos se están hundiendo en un mar de amor hasta que la misericordia cubra nuestros mástiles. Que así sea. Que así sea. Hemos sido tragados por un abismo de amor. Mi figura nos describe como hundiéndonos, pero la verdad es que de esta forma somos elevados al estar llenos de toda la plenitud de Dios. Con todo mi corazón yo ruego por ustedes, amados. Dios los bendiga por Cristo nuestro Señor. Amén.