Por Charles Spurgeon

“Y dijo Jacob: Dios de mi padre Abraham, y Dios de mi padre Isaac, Jehová, que me dijiste: Vuélvete a tu tierra y a tu parentela, y yo te haré bien; menor soy que todas las misericordias y que toda la verdad que has usado para con tu siervo; pues con mi cayado pasé este Jordán, y ahora estoy sobre dos campamentos. Líbrame de la mano de Esaú, porque le temo; no venga acaso y me hiera la madre con los hijos. Y tú has dicho: Yo te haré bien, y tu descendencia será como la arena del mar, que no se puede contar por la multitud.” Génesis 32:9-12. 

Habrán notado, queridos amigos, cuán frecuentemente Dios hace que la vida de un hombre sea el reflejo de su carácter. Hay un eco del carácter interno del hombre en su experiencia externa.

Consideren la vida de Abraham. El confió en Dios en un grado eminente; ¿me equivocaría si dijera que Dios también confió eminentemente en él? El Señor habló con Abraham como un hombre habla con su amigo; y cuando estaba a punto de destruir a Sodoma y Gomorra, Él dijo: “¿Encubriré yo a Abraham lo que voy a hacer?” Y como Abraham había confiado en Dios de una manera tan notable, el Señor entregó a su simiente los oráculos de Dios, y las formas externas de la adoración religiosa, de tal forma que fue a través de la simiente de Abraham que la verdad fue transmitida, de una generación a otra, hasta los días de nuestro Señor Jesucristo.

Luego, como siguiente paso, en contraste con la vida de Abraham, tomen el caso de Jacob. Él comienza su vida engañando a su hermano; e, independientemente de cómo ese engaño pudo haber sido regido para cumplir los propósitos de Dios, fue algo totalmente injustificable. Ahora bien, así como engañó a Esaú de esa manera, él también experimentó lo mismo en carne propia. Cuando estuvo con Labán, fue engañado una y otra vez. Engañado inclusive en cuanto a la esposa que le fue dada o que le fue vendida.

Jacob era un gran regateador, astuto, taimado, muy poco escrupuloso, el típico padre de los judíos; sin embargo, ustedes saben cómo Labán fue en todo momento más astuto que Jacob, sabiendo cómo regatear en su propio provecho. Qué vida de regateo fue de principio a fin, y qué vida de penalidades, aunque Jacob era favorecido de Dios. Su experiencia externa era el eco de su carácter interno. Como había hecho con otros, así fue hecho con él, y en él se cumplió la declaración de nuestro Señor, que en aquél entonces no había sido expresada todavía: “Con la medida con que medís, os será medido.”

Miren también a Moisés, quien prácticamente renunció al trono de Egipto cuando rehusó ser llamado hijo de la hija de Faraón, porque tuvo por mayores riquezas el vituperio de Cristo que todos los tesoros de los egipcios; sin embargo, ¿en qué se convirtió más tarde? ¿No fue acaso rey en Jesurún, con un extraño y maravilloso poder sobre las huestes del Señor, y con un mayor reino bajo su mando, de acuerdo al juicio de todos los que son capaces de valorar correctamente las cosas, del que pudo haber tenido jamás si se hubiera convertido en el gobernante de Egipto, y en el hijo de la hija de Faraón?

Podría darles otros ejemplos de esto; pero quiero, más bien, atraer su atención al mejor lado del carácter de Jacob, según nos es revelado en la oración que he escogido para nuestra meditación en esta ocasión.

El capítulo del que es tomado nuestro texto, nos informa lo relativo a las circunstancias del caso de Jacob, en el momento en que ofreció esta oración. Acababa de escapar de su conflicto con Labán cuando recibió el indecible honor de ser recibido por “los ángeles de Dios.” Pero para que no se exaltara más de lo necesario por la abundancia de las revelaciones que ellos le hicieron, un segundo problema venía pisando los talones del primero. Pronto iba a encontrarse con su hermano Esaú; y entonces, el gran pecado de sus años pasados volvería a presentarse con claridad. Había engañado a su anciano padre Isaac, y había ganado la bendición de la primogenitura mediante una estratagema injustificable; y podría esperar, razonablemente, que iba a cosechar la debida recompensa por sus perversas acciones.

Con verdadera astucia oriental, y también con una cantidad considerable de sentido común, hizo varios planes para apaciguar la ira de su hermano; y entonces, cuando hubo hecho lo que consideró prudente, se entregó a la oración. Hermanos, aprendamos, de la experiencia de Jacob, a esperar problemas, especialmente si hemos actuado de tal manera como para acarrearnos conflictos; pero aprendamos también, de la acción de Jacob, que, aunque la planeación es lo suficientemente correcta cuando es mantenida dentro de los límites adecuados, la oración es mucho más importante. Fácilmente podemos caer en excesos en nuestra planeación; podemos depender demasiado del brazo de la carne, y de nuestra propia sabiduría y prudencia, y tener tanta confianza en nuestras propias artimañas, que puede desembocar en plena insensatez. El báculo en el que nos apoyamos puede convertirse, en el mejor de los casos, en una caña frágil; tal vez hasta se convierta en una lanza que nos atravesará y nos herirá. “Mejor es confiar en Jehová que confiar en el hombre;” o que tener confianza en nosotros mismos; pues, aun si tuviésemos toda la sabiduría que pudiera alcanzar un hombre, no sería sino sabiduría creada; mientras que, si vamos, en el acto, al Señor nuestro Dios, iremos a la infinita sabiduría, y podemos esperar ser guiados correctamente en todas las dificultades del camino.

La oración, hermanos míos, debe ser nuestro primer recurso; o, si es también el último, que sea a la vez el primero. No vayamos a la puerta de Dios sólo porque hemos intentado las de los demás y nos fallaron. No vayamos a la fuente sólo porque las cisternas estaban vacías; pero vayamos primero a nuestro Dios de manera primordial; y digamos: “Aun si las cisternas de la tierra contuvieran agua, no abandonaríamos a nuestro Dios por ellas; y si todas las fuerzas de nuestro prójimo fueran tan reales y tan poderosas como ellos profesan que lo son, todavía así nos apoyaríamos en el brazo que sostiene a todo el universo: el invisible brazo del Creador fiel.”

Seleccioné este tema para nuestras meditaciones, en esta ocasión, porque me parece que nos da un tipo de modelo de lo que la oración debe ser. Lo veremos primero bajo esa luz; y cuando lo hayamos hecho, diré algo acerca de la última súplica de Jacob, pues es muy sugestiva; y luego voy a concluir con una palabra o dos sobre la respuesta a esta oración modelo del patriarca.

I. Primero, entonces, concerniente a LA ORACIÓN MODELO DE JACOB, que es una de las primeras que está registrada en la Santa Escritura; por lo menos, con mucho detalle.

Recomiendo que la imiten, mis queridos amigos, por la sencillez del tema. Jacob no viene ante Dios con una larga historia llena de rodeos, diciendo en términos generales que él estaba metido en algún tipo de problema del cual quería ser ayudado divinamente; no, sino que menciona claramente las circunstancias peligrosas en las que se encontraba. Él dice: “Oh Dios,. . . líbrame ahora de la mano de mi hermano, de la mano de Esaú, porque le temo.” Por supuesto, Dios sabía que el nombre del hermano de Jacob era Esaú; sin embargo, Jacob consideró necesario mencionar el nombre de su hermano para que su oración fuera específica y clara. Por tanto, suplicó, “Líbrame ahora de la mano de mi hermano, de la mano de Esaú, porque le temo; no venga acaso y me hiera la madre con los hijos.” En ese momento estaba aludiendo probablemente a su amada Raquel y a su hijo José, aunque también se pudo haber referido a las otras madres del grupo, pues él era un padre tierno que se preocupaba por sus hijos, y mencionó que estaban muy cerca de su corazón, y necesitados especialmente de protección divina. Así que pueden ver que Jacob es muy claro en cuanto a lo que pide a Dios; y yo los exhorto, hermanos míos, que lo imiten en eso.

Cuando oramos, usamos a veces expresiones muy vagas; no vamos directo al grano; nos imaginamos que algún tipo de etiqueta religiosa nos prohíbe hablar con sencillez ante el trono de la gracia. Yo estoy persuadido que este concepto es totalmente erróneo; y en vez de que Dios apruebe este modo de dirigirse a Él en oración, preferiría mucho más que le habláramos como un niño habla a su padre terrenal: respetuosa y reverentemente, recordando que Él está en el cielo y nosotros estamos en la tierra, pero haciéndolo simple y sencillamente, pues nuestro Padre Celestial no necesita que adornemos nuestra conversación; y las pobres flores chillonas de la elocuencia, con las que algunos de nuestros hermanos adornan a veces sus oraciones, deben ser desagradables a Dios, en lugar de ser aceptables a Él.

Especialmente ustedes, los inconversos, deben imitar a Jacob en la sencillez de su forma de hablar; cuando oren, no se preocupen nunca del modo de su expresión, pero vayan directo al punto principal. Díganle al Señor que ustedes Lo han ofendido gravemente; y mencionen a Él sus pecados en privado, por nombre. Si su gran pecado ha sido la borrachera, llámenlo por su nombre; si ha sido la inmundicia, llámenla por su nombre. No traten de disimular delante del Señor o de encubrir su pecado ante Jehová que todo lo ve. No necesitan tomar un libro de oración para ver cómo quiere el obispo que ustedes oren, ni necesitan tomar prestado de alguien un libro sobre Devociones Matutinas para ver cómo oró un cierto teólogo eminente; sino que vayan directo a Dios, y digan: “¡Oh, Señor, Tú sabes lo que necesito! Yo soy un pobre pecador culpable, y no puedo expresarme de manera de agradar a mi prójimo; pero Tú sabes lo que soy, y lo que necesito. ¿Me otorgarás por pura gracia el perdón de mi pecado, oh, Tú, que eres el único que puede perdonar al culpable? ¿Me recibirás en Tu pecho, Tú que eres el bendito Salvador de los perdidos? Vayan al grano con Dios, queridos amigos; sean explícitos con Él; que se vea que ustedes no están orando por el simple hecho de estar cumpliendo con una cierta ceremonia religiosa, sino que tienen un asunto real que tramitar con el Altísimo. Ustedes saben cuál es su solicitud, y no deben estar dispuestos a abandonar el propiciatorio antes de que su solicitud sea otorgada.

Así que les recomiendo la oración de Jacob por la sencillez de su lenguaje.

A continuación, esa oración debe ser alabada por la humildad de su espíritu. Observen especialmente estas palabras del patriarca: “Menor soy que todas las misericordias y que toda la verdad que has usado para con tu siervo; pues con mi cayado pasé este Jordán, y ahora estoy sobre dos campamentos.” Si ustedes siquiera sugieren que hay algo digno en ustedes, el poder de su oración es destruido de inmediato; pero si argumentan su indignidad, entonces estarán donde estaba el publicano cuando clamaba: “Dios, sé propicio a mí, pecador;” y ustedes saben cómo “éste descendió a su casa justificado antes que el” fariseo, que decía que ayunaba dos veces a la semana, daba diezmos de todo lo que ganaba, y no era como los otros hombres, ¡especialmente ese publicano! De esa manera él destruyó cualquier poder que su oración pudiera haber tenido. Su engreimiento rompió las ruedas del carro de su oración, de tal forma que se arrastraba con pesadez, y pronto se quedó paralizado, sin moverse ni un centímetro.

Por otro lado, un profundo sentido de pecado, una conciencia profunda de una completa falta de merecimiento, les permitirá, como a Jacob, luchar con el grandioso Ángel del pacto, y prevalecer sobre Él. Posiblemente no han tenido éxito con Dios porque no se han abatido lo suficiente ante Él. Especialmente ustedes inconversos, si ponen sus bocas contra el propio polvo, ésa será la mejor actitud que asuman. Si ustedes todavía poseen algunas reliquias de fortaleza, no recibirán la fortaleza divina. Si hay algunos remanentes de la idea prístina de mérito humano, que son todavía tolerados en su corazón, el manto de justicia de Cristo no los cubrirá. Pidan al Señor que los desvista de cada uno de los harapos de su justicia propia, para permitirles confiar únicamente en Jesús, y no tener ninguna confianza en la carne, tanto en los sentimientos que ustedes experimentan, como en las obras que ustedes hacen. Su tiempo de ser elevados seguirá muy de cerca de su tiempo de ser abatidos completamente con su rostro contra el suelo. El amanecer del día sucede a la hora más oscura de la noche, así que pidan a Dios que los hunda hasta esa hora de oscuridad en la que la noche cubre cada esperanza que nace de la confianza humana, pues entonces el Señor se presentará ante ustedes en todo Su brillo. Por tanto, imiten la oración de Jacob en su humildad de espíritu.

El tercer punto en que quisiera que imitaran esa oración modelo de Jacob es en los argumentos que deben usarse. Toda la oración es altamente argumentativa. Si algunas de las oraciones que he escuchado en reuniones de oración (aunque debo aclarar que la falla existe menos en este lugar que en la mayoría de los otros lugares que he conocido), si algunas de las oraciones en ciertas reuniones de oración fuesen menos doctrinales, menos tentativas, y más argumentativas con Dios, se aproximarían más a lo que la oración verdadera debe ser, pues la oración verdadera es simplemente una súplica al Altísimo, exponiendo nuestro caso ante Él, y luego promoviendo nuestra petición con todos los argumentos que podamos aducir.

En esta corta oración del patriarca, no menos de cuatro argumentos son utilizados. El primero es el argumento del pacto: “Dios de mi padre Abraham, y Dios de mi padre Isaac.” Dios había entrado en una relación de pacto con Abraham, y le había hecho solemnes promesas a él y a su descendencia, así que Jacob ora, “Oh Señor, Tú te has comprometido a ser el Dios de la simiente de Abraham, cuyo nieto soy, y de la simiente de Isaac, cuyo hijo soy. Ahora, por tanto, por tu fidelidad a Tu promesa del pacto, ¡ayúdame en esta oscura hora de mi vida!”

Amados amigos, este es el tipo de súplica que podemos usar con el Señor: “Oh Dios, ¿no has hecho Tú un pacto con el Señor Jesús mediante el cual has prometido que Tú salvarás a todos los que confíen en Él? ¿No has dicho Tú: ‘He aquí que yo lo di por testigo a los pueblos, por jefe y por maestro a las naciones.’? Entonces, Señor, aunque culpable, yo confío en los méritos de Tu amado Hijo, y pido ser absuelto por el poder de Su grandioso sacrificio expiatorio. He aquí, como la vasija de barro cuelga de un clavo, así cuelgo yo de Él, y de Él únicamente. Ahora, por el pacto de Tu gracia, que es ordenado en todas las cosas y será guardado, te suplico que manifiestes tu amor por mí.” Si ustedes utilizan este tipo de súplica de gracia con el Señor, ciertamente prevalecerán con Él. Y asimismo les exhorto, hijos de Dios, que hagan lo mismo, pues el pacto eterno es un poderoso argumento con Dios:

“En cada oscura hora desdichada,

Cuando el pecado y Satanás juntan su poder.”

Luego proseguimos al siguiente uso que hace Jacob de la promesa que Dios le ha dado: “Jehová, que me dijiste: Vuélvete a tu tierra y a tu parentela, y yo te haré bien.” Si ustedes y yo sabemos que estamos caminando en la senda del deber, si estamos donde el Señor nos ha ordenado que estemos, siempre podremos argumentar la promesa divina. El Señor protegerá invariablemente a Sus siervos cuando ellos están en la senda de la obediencia a su mandamiento. Si ustedes siguen su propio consejo, entonces deben arreglárselas para cuidarse ustedes solos; pero si van donde la Biblia y las claras indicaciones de la divina providencia los guían, siempre pueden contar que el Señor que les ha enviado, protegerá a Sus siervos obedientes, independientemente de cuáles sean los peligros del camino. Si Dios les ordenara que fueran al último confín de esta tierra verde, o a ríos desconocidos para el canto, o si Él les ordenara viajar a través de desiertos distantes, como Mungo Park viajó por el centro del África, Él podría preservar su vida allí como puede hacerlo aquí en Inglaterra. Y estando allí, enviados por Él, pueden estar seguros que oirán el sonido de las pisadas de Su Señor detrás de ustedes, o tendrán otras evidencias inconfundibles de Su presencia con ustedes.

Y, pecador, este es un buen argumento para tu uso. Puedes decir: “Señor, Tú en verdad me dijiste que creyera en Jesucristo, Tu Hijo; entonces, ¿no me aceptarás, por Él, pues he hecho lo que me ordenaste que hiciera? Tú has dicho: ‘Invócame en el día de la angustia;’ este es un día de angustia para mí, y yo te estoy invocando; ¿acaso no me librarás?” Si argumentas con el Señor en un estilo como éste, encontrarás que este tipo de súplica es potente con el que es Omnipotente.

Además, Jacob argumentó con Dios sobre la base de su historia anterior. Él dijo que era menor que todas las misericordias de Dios, y sin embargo, había recibido muchas. Aunque había atravesado el Jordán cuando abandonó su casa, siendo un hombre triste y solitario, sin nada, salvo su cayado en su mano, había regresado con esposas e hijos, y con un gran número de siervos, y de ganado, y camellos, y cabras, y ovejas, y asnos que lo habían convertido como en dos campamentos. “Ahora, Señor,” dice él, “después de todas Tus misericordias anteriores hacia mí, te ruego, no me abandones. ¿Has bendecido a Tu siervo hasta este momento, y podrías abandonarlo ahora?” No puedo decirles cuán a menudo he sido consolado por la verdad implícita en las palabras de John Newton:

“Decidido a salvarme, Él cuidó mi camino

Cuando, esclavo ciego de Satanás, me divertía con la muerte:

¿Y habría podido enseñarme a confiar en Su nombre

Y traerme hasta aquí para avergonzarme?

Su amor en el pasado me impide pensar

Que al fin dejará que me hunda en la aflicción,

Cada dulce Ebenezer que recuerdo

Confirma Su buen agrado de ayudarme hasta el fin.”

Así que Jacob oró, en efecto: “Señor, Tú has sido a menudo mi Ayudador en el pasado; así líbrame ahora, te lo ruego, de la mano de mi hermano, de la mano de Esaú.” Tú, amigo mío inconverso, puedes inclusive adoptar esta forma de súplica, pues puedes decir: “Señor, Tú me has perdonado la vida muchas veces cuando te he provocado. Que tu longanimidad, que ahora me lleva al arrepentimiento, también Te mueva a perdonar mi pecado. Recuerdo lo que Tú hiciste en el Calvario por los pecadores en épocas pasadas, hace largo tiempo. ¿Acaso diste a Tu bien amado e Unigénito Hijo para que muriera por los pecadores, y ahora no aceptarás a cada pecador tembloroso que busca Tu favor?” Esta súplica comprobará ser el tipo de súplica que haga que se abran las puertas de la gracia de Dios.

El cuarto argumento que Jacob usó fue tal vez el mejor de todos: “Yo te haré bien,” etcétera. Ah, ese fue el golpe maestro; y, de la misma manera, si ustedes quieren prevalecer ante el propiciatorio, tienen que dejar caer el martillo de la promesa sobre la cabeza del clavo de la oración, y luego remacharlo, como lo hizo Jacob, diciéndole al Señor, “Tú dijiste” esto y esto. David le dijo una vez a Dios en oración: “Haz conforme a lo que has dicho.” Cuando alguien les ha prometido algo que realmente necesitan, lo agarran de la camisa, y le dicen: “ahora, tú me prometiste darme eso;” y si es un hombre honesto, pueden creerle; y ¿acaso el Dios de la verdad dejará de cumplir Su promesa? No, esa es una de las cosas que Dios no puede hacer; Él no puede mentir, no puede dejar de cumplir Su promesa, ni quiere hacerlo.

Oh cristiano, si quieres obtener algo de Dios, encuentra una promesa de ello en Su Palabra, y luego puedes considerar ese algo como si lo hubieses recibido. Cuando un hombre de dinero te da su cheque, lo consideras tan bueno como si fuera efectivo; y las promesas de Dios son inclusive mejores que cheques y pagarés bancarios. Sólo tenemos que tomarlos, y usarlos como argumentos delante de Él, y podemos tener la certeza que Él los honrará.

II. De esta manera he tratado de poner ante ustedes los puntos en los que la oración de Jacob es digna de encomio y de imitación; y ahora quiero decir algo referente a SU ÚLTIMA SÚPLICA, que me parece muy sugestiva: “Jehová, que me dijiste.”

Creyentes en el Señor Jesucristo, no necesito decirles nada más sobre este asunto, pues ustedes conocen el valor de las promesas de Dios, y saben cómo usarlas. Pero para quienes no son convertidos, puedo tal vez hablar unas cuantas palabras sugeridas por la última súplica de Jacob: “Jehová, que me dijiste: yo te haré bien.” Pecador, aférrate, tan fuerte como puedas, a la promesa de Dios, y luego úsala como argumento con Él. Con este propósito, yo le diría a cada inconverso que desee obtener la bendición sin precio de la salvación: estudien la Palabra de Dios muy diligentemente, y siempre léanla con miras a encontrar una promesa que se adapte a su caso especial; y cuando la lean, estúdienla con la firme convicción que es la Palabra de Dios, y que, en cada promesa, Dios está en verdad hablándoles como si hubiese enviado un ángel para aplicar esa promesa personalmente a ustedes. Tomen un texto que encuentren aplicable a su caso, y digan: “esto es lo que el Señor me dice tan específicamente como si me lo hubiera susurrado al oído.”

Además, les suplico que recuerden que la Palabra de Dios es absolutamente verdadera. Fijen esa verdad en la memoria, y luego díganse a sí mismos que la promesa, siendo verdadera, debe cumplirse. Junto a la persona del Señor Jesucristo, el gran objeto de la fe es la promesa de Dios; y si estuviésemos más familiarizados con Sus promesas, más rápidamente saldríamos del Pantano del Desaliento en el que muchos de nosotros nos hundimos hace mucho tiempo. Bunyan dice que “hay, sin embargo, ciertas pasaderas formadas por piedras sólidas, puestas por orden del Legislador, aun en medio de este pantano;. . . pero estas piedras apenas se distinguen; y a causa de los vahídos de cabeza, los viajeros se atarantan y caen en el fango, a pesar de que las piedras estén allí.” Busquen esas piedras de promesas, amigos míos. Hay, en la Biblia, una promesa exactamente adecuada para su caso, así que procuren encontrarla.

¿Nunca tuvieron que buscar un cerrajero para que les abriera un cajón porque ustedes habían perdido su llave, y no podían abrirlo? Él viene con un gran manojo de llaves oxidadas (muy parecidas a las promesas de Dios que ustedes han dejado que se oxiden por no usarlas), y primero prueba una llave, y luego otra, y otra, hasta que, al fin, encuentra la llave correcta, y los tesoros escondidos en los cajones se despliegan ante ustedes. Lo mismo sucede con los tesoros de la misericordia de Dios. Hay una promesa especial en la Escritura que entrará sin problemas en las ranuras de la cerradura de su experiencia; y ustedes deben intentar una promesa tras otra hasta que, al fin, encuentren la correcta, y entonces pueden decirle al Señor, como lo hizo Jacob: “Tú me dijiste.” Eso es el asunto principal, lo que Dios ha dicho. Que no les importe lo que yo diga; eso no significa nada excepto en la medida que yo diga lo que Dios dice. Que no les importe lo que otros hayan dicho; pero que su única preocupación sea conocer lo que dice Dios.

El buen señor William Jay, de Bath, escribiendo sobre este pasaje, “Tú me dijiste: yo te haré bien,” hace cuatro observaciones que yo recomiendo tanto a los santos como a los pecadores. La primera es, Dios tiene el poder de hacerles bien. Cualquiera que sea el bien que ustedes necesiten, Dios puede dárselos. Perdón de pecado, auxilio en la tribulación, consuelo en la angustia, lo que sea que ustedes realmente necesiten, Dios tiene la capacidad de dárselos, y por tanto, de hacerles bien.

En segundo lugar, Dios está inclinado a hacerles bien. No necesitan hablarle como si Él estuviese renuente a bendecirlos; Su naturaleza está llena de gracia. El amor es uno de Sus principales atributos, y Su misericordia y tiernas bondades abundan grandemente. Él se agrada tanto en mostrar bondad para el necesitado, como un hombre generoso se deleita en remediar las necesidades del pobre.

A continuación, Dios está bajo un compromiso de hacerles bien. “Tú me dijiste: yo te haré bien.” Dios ha dado esta promesa a los pecadores que están buscando: ha dicho que Él será encontrado por ellos; a pecadores que se arrepienten ha dicho que Él los perdonará; a pecadores creyentes ha dicho que ellos encontrarán vida eterna.

Y luego, la cuarta cosa es, que Dios ya te ha hecho bien a ti. Este hecho debe fortalecer tu fe. El Señor tiene el poder, y la inclinación, y Él está bajo el compromiso de hacerte bien, y ya ha comenzado a hacerlo. Yo puedo decirles, queridos hermanos, que el Señor les ha hecho algún bien trayéndolos aquí para oír el Evangelio, y haciendo que ese Evangelio sea el dulce y generoso Evangelio que es: un Evangelio para quienes están trabajados y cargados, que no pueden encontrar descanso en ninguna otra parte; un Evangelio para el primero de los pecadores, como Pablo le escribió a Timoteo: “Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero.” Yo pongo en sus manos este argumento de Jacob: “Tú me dijiste: yo te haré bien.” Vayan y utilícenlo como argumento, y ¡el Señor les haga conforme a su fe!

III. Mis palabras finales (que deben ser muy pocas), SON RELATIVAS A LA RESPUESTA QUE RECIBIÓ LA ORACIÓN DE JACOB.

Su oración fue respondida, pero no fue respondida de la manera que Jacob esperaba que lo fuera. Cuando acabó de orar, encontró que todos sus planes habían sido frustrados; así que no necesitan sorprenderse si encuentran que les sucede lo mismo cuando hayan terminado de orar. No se asombren, mis queridos lectores, si, cuando hayan ido a Dios en oración, se sientan peor de lo que se sentían antes. Tengo un joven amigo (me atrevo a decir que está aquí ahora), que me dijo que me vino a escuchar durante muchos meses, que se reformó en lo externo, y que le iba bien, como él pensaba, hasta que prediqué un sermón un domingo en la mañana, acerca de la corrupción del corazón humano que hizo pedazos su precioso castillo de aire, trastornó todas sus esperanzas, y destruyó por completo su confianza en sí mismo. Me da gusto que haya sucedido eso, pues sus esperanzas y su confianza eran todas falsas; y, después, por la gracia de Dios, comenzó a construir sobre un cimiento mucho más firme.

Algunas veces, cuando han estado orando por la salvación, Dios les responde destruyendo todas sus esperanzas. Ustedes le pidieron que los salvara, y pensaron que Él lo haría de una manera que les traería felicidad; pero, en lugar de eso, Él arrancó todas sus bellas plantas de cuajo, y convirtió su precioso jardín en un desierto, pues sabía que las flores que ustedes cultivaban eran todas venenosas, y tenían que ser arrancadas antes que Él pudiera sembrar nuevas flores que serían plantadas por Su diestra.

Cuando Dios respondió a Jacob, se acercó a él, no como su Amigo, sino como su Contrincante de lucha. Jacob tuvo un fiero duelo, que duró toda la noche, junto al arroyo de Jaboc; y si Dios se aparece realmente a ti, no me sorprendería que viniera al principio como un enemigo y que tuvieras que decirle a Él como lo hizo Job: “Cual león tú me cazas.” Las más selectas misericordias de Dios a menudo nos vienen bajo la apariencia de adversidades. Dios nos envía Sus cartas de amor en sobres con bordes pintados de negro, y algunas veces tenemos miedo de abrirlos. Si simplemente lo hiciéramos, pronto conoceríamos la longanimidad del Señor. Jacob iba a recibir una respuesta a su oración; pero, antes de que viniera la respuesta, tuvo que luchar; es más, fue peor que eso, antes de que Jacob fuera completamente librado, tuvo que cojear de su cadera, y toda su vida posterior anduvo renqueando. Tú, pobre pecador, puedes ser llevado a sentir tu condición de pecador de tal manera que serás conducido casi a la desesperación; y tú, creyente, tendrás que pelear con Satanás, posiblemente mientras estés en este cuerpo.

Aunque los propios planes de Jacob fueron hechos a un lado, y Dios se encontró con él como si fuese Su enemigo, y el pobre patriarca prosiguió su camino cojeando cuando el sol salió sobre Peniel, sin embargo, a pesar de todo, él recibió una respuesta a su oración. Su hermano “Esaú corrió a su encuentro y le abrazó, y se echó sobre su cuello, y le besó.” Por tanto, amados, confíen en el Señor, y esperen pacientemente en Él, y sus enemigos se convertirán en sus amigos, sus dudas se tornarán en gozo, sus tribulaciones se disiparán en la gloria, y ustedes probarán que “sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados.”

Hermanos, el meollo de todo el asunto es: “Confiad en Jehová perpetuamente, porque en Jehová el Señor está la fortaleza de los siglos.” En cuanto a ustedes que no lo conocen, les ruego que confíen en el sacrificio de Su amado Hijo, Jesucristo. Como las palomas se ocultan en las hendiduras de las peñas, ocúltense ustedes en las heridas de Jesús, confiando en Su sacrificio expiatorio. En cuanto a ustedes, santos del Señor, regresen a su reposo, pues el Señor los ha tratado con munificencia; por tanto, “Guarda silencio ante Jehová, y espera en él,” recordando que “los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán.”

¡Que el Señor nos dé a todos nosotros Su bendición con plenitud de gracia, por Jesucristo nuestro Señor! Amén.