Por Charles Spurgeon

“Vinieron, pues, con Noé al arca, de dos en dos de toda carne en que había espíritu de vida.” Génesis 7: 15.

Cristo enseñó siempre por parábolas. De ahí la popularidad y el poder de Su enseñanza. Las masas nunca fueron capaces de recibir instrucción alguna, -y tal vez nunca lo sean- de otra manera que por ilustraciones parabólicas. Aquel que quiera ser un ministro exitoso, debe abrir su boca en parábolas; aquel que quiera ganar los corazones de la multitud, debe imitar estrechamente a su Maestro y predicar en parábolas que todos los hombres puedan entender. Yo creo que hay muy pocos seres capaces de idear una parábola. Quienes poseen efectivamente esta rara habilidad, son verdaderamente muy escasos; yo mismo no profeso pertenecer a esa honorable confraternidad. Algunas veces me he empeñado en elaborar una parábola, y aunque me ha parecido fácil, por momentos, crear una figura, no puedo construir una parábola por ningún medio. Me alegra decir que no se me requiere que lo haga, ya que la Palabra de Dios, si es usada correctamente, es capaz de evocar miles de parábolas; tampoco tengo razón para temer que me quede corto en temas para la predicación, si soy capaz de encontrar tantas parábolas en la Palabra de Dios.

Esta noche voy a predicarles una parábola. Se trata de la parábola del arca. Mientras lo hago, han de comprender que el arca fue una cosa real: que realmente fue diseñada para que flotase sobre las aguas y llevase en su seno a Noé y su familia, y “de dos en dos de toda carne.” Esto es un hecho y no un mito; pero yo voy a tomar este hecho real y voy a usarlo como una parábola. Haciendo que el arca represente a la salvación, voy a predicar la parábola del arca a todos aquellos que están al alcance del sonido de mi voz. El arca, que salvó de las corrientes de las aguas, es un hermoso cuadro de Jesucristo como el medio de salvación, por quien multitudes de toda carne son preservadas y salvadas de perecer en las corrientes de la perdición eterna.

I. Primero, entonces, para explicar esta parábola, comentaré que SOLO HAY UN MEDIO DE SALVACIÓN.

El arca de madera de gofer alude a la persona de Cristo y así expone el único medio de salvación planeado o suministrado por Dios. El mundo entero fue anegado, con la excepción de aquellos seres privilegiados que se encontraban en el arca. La bestia más poderosa y el más diminuto insecto, el imponente elefante y el repugnante reptil, el veloz corcel y el reptante caracol, el grácil antílope y el sapo repugnante, todos ellos y toda sustancia viviente sobre la faz de la tierra, estaban envueltos en una condenación común, salvo aquellos que fueron preservados vivos en el arca.

Todos los animales más nobles, los dotados de los más finos instintos, murieron ahogados a pesar de sus poderes de nado (si no eran peces), salvo aquellos que fueron guarecidos en el arca. Las aves de alas más potentes que surcaran hasta ese entonces el aire, se vieron completamente agotadas en su vuelo, y cayeron al agua, salvo aquellas que fueron alojadas en el arca. Los más soberbios residentes de los bosques, aquellos que efectuaban intrépidos recorridos a plena luz del día o los que merodeaban furtivamente al abrigo de la noche, los más vigorosos, los más poderosos, todos ellos fueron tragados por el insaciable abismo, excepto aquellos a quienes Dios comandó que se refugiaran en el arca.

De igual manera, en la aplicación de mi parábola, hay únicamente un camino de salvación para todos los hombres que habitan bajo el cielo. Únicamente hay un nombre por medio del cual pueden ser salvados. Hombre acaudalado, ¿quieres ser salvado? No hay para ti otro camino de salvación diferente al camino disponible para el indigente acosado por la pobreza. Hombre de notable inteligencia, ¿quieres ser liberado? Serás salvado de la misma manera en que es salvado el más ignorante. “No hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”, sino Jesucristo, y éste crucificado.

No hubo dos arcas, sino un arca; de igual manera, no hay dos Salvadores, sino un Salvador. No hubo ningún otro medio de salvación, excepto el arca; no hay tampoco ningún plan de rescate excepto por medio de Jesucristo, el Salvador de los pecadores. En vano trepan ustedes la encumbrada cima del Sinaí: quince codos más altos subirán las aguas. En vano trepan ustedes a los más elevados pináculos de su presunción y de su mérito mundano; morirán ahogados, ahogados más allá de toda esperanza de salvación, porque “nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo.”

¿Quieren ser salvos los que están en esta asamblea? Todos han de ser salvos por una sola vía. ¿Objetan a Cristo como el plan de salvación? Entonces serán condenados, pues no hay otra esperanza para ellos. ¿Piensan que esto es muy duro? ¿Consideran que el plan de salvación revelado es demasiado humillante? Entonces han de hundirse, igual que los hijos de Adán se hundieron bajo el furioso diluvio, cuando toda carne fue enteramente consumida por las imponentes olas. Solamente hay un camino. Entren en el arca: refúgiense en Cristo, pues sólo así podrán ser salvos.

Pero, “¿cómo escaparán, si descuidan una salvación tan grande?” ¿Por qué medios podrían asegurar sus almas, o siquiera sus cuerpos? ¿Qué planes podrían idear para su seguridad? Sus refugios resultarán ser refugios de mentiras; el viento, la lluvia, el granizo y la tempestad los destruirán. Hay un Salvador, y sólo hay uno.

II. Prosiguiendo con mi parábola, debo dirigir su atención al TAMAÑO DEL ARCA, pues puede resultar alentador para ustedes.

 

Si leen el versículo 15 del capítulo 6, encontrarán que el arca era de un tamaño inmenso. “De trescientos codos la longitud del arca, de cincuenta codos su anchura, y de treinta codos su altura.” Una vieja objeción favorita de los infieles es decir que no había suficiente espacio en el arca para todos los tipos de criaturas que vivían sobre la faz de la tierra; pero nosotros sabemos, basados en la autoridad divina, que si no hubiese habido suficiente espacio en ella para todos los diferentes tipos de criaturas que vivían entonces, se habrían ahogado; sin embargo, de toda especie algunos fueron puestos a salvo, de tal forma que se encontró suficiente espacio para todas las criaturas. Tal vez ustedes dirán que eso no es muy lógico, pero para nosotros es lo suficientemente concluyente, si creemos en la revelación. Sin embargo, en realidad no hay razón para que alguien presente esa objeción, y nosotros no tenemos espacio para tomarla en consideración, puesto que los más eminentes calculistas han demostrado hasta la saciedad, que la embarcación llamada ‘el arca’ era de un inmenso tamaño, y era capaz, no solamente de dar cabida a todas las criaturas, sino también de almacenar todo el alimento que habrían de requerir para el año durante el cual navegó sobre las aguas.

Utilizo esta idea, sin detenerme a exponerla en mayor detalle, para seguir su analogía como un hermoso cuadro del plan de salvación. ¡Oh, qué plan tan amplio! El arca era una arca grande que albergaba a todo tipo de criaturas; y nuestro Cristo es un grandioso Refugio, que salva a todo tipo de pecadores. El arca era una inmensa embarcación, en la que navegaba una multitud de animales que fueron salvados; la salvación de Cristo es una salvación inmensa, y en ella será rescatada una multitud que nadie puede contar. El hombre fanático de mente estrecha, limita la salvación a sus propias nociones mezquinas, y dice todavía: “nadie será salvo excepto aquellos que caminen del brazo conmigo.” ¡Pobre alma pequeña y mezquina! Corta su capa de acuerdo a su propia moda y declara que si los hombres no cortan sus capas de la misma manera, no pueden ser salvos. Pero la Biblia predica una gran salvación. Dice que hay una multitud que nadie puede contar, que estará delante del trono de Dios.

Aquí se encuentra congregada una gran multitud de pecadores. Pero si todos ustedes sienten su necesidad de un Salvador, hay espacio suficiente para ustedes en el cielo. Aquí tenemos una multitud de oyentes. Pero si cada uno de ustedes viniera a Cristo, con una penitencia real en sus corazones, y verdadera fe en Él, encontrarían que hay suficiente espacio para ustedes. Aquel dicho es aún verdadero, “Y aún hay lugar.” No hay espacio suficiente para un fariseo, para un hombre que no se sienta pecador, para un hipócrita; no, no hay espacio para un formalista; pero hay suficiente espacio para cada pecador convicto bajo el cielo de Dios.

Nuestro Redentor puede salvar perpetuamente a todos los que por Él se acercan a Dios. Él puede salvarlos a todos ustedes. Si el Padre, que le ha enviado, los atrae y vienen a Él, no duden de que haya espacio para ustedes. Amados, no crean que porque predicamos la elección, predicamos la elección de unos cuantos. Yo encuentro que este es un error común. Alguien me dirá: “Amigo, no me gusta tu calvinismo, porque dice que hay unos cuantos elegidos, y que nadie más será salvado.”

No, señor, no dice nada parecido a eso; dice que los que han sido elegidos constituyen una multitud que nadie puede contar; ¿y qué sabemos si tú eres uno de ellos? El calvinismo te da diez mil veces más razón para esperar, de las que te proporciona el predicador arminiano, que se levanta y dice: “Hay campo para todo mundo, pero no creo que haya alguna gracia especial para hacerlos venir; si no quieren venir, no vendrán, y punto; es por su propia culpa, y Dios no los hará venir.” La Palabra de Dios dice que no pueden venir, y, sin embargo, el arminiano dice que sí pueden venir; el pobre pecador siente que no puede venir, pero el arminiano declara positivamente que podría, si lo quisiera; y aunque el pobre pecador siente a veces que lo haría si pudiera, y gime por causa de su incapacidad, este guía ciego le dice que todo es un disparate; pero se trata, en verdad, de la propia obra de Dios. Debes sentirla; y puedes argumentar en tu contra debido a eso, pero vendrás a pesar de eso. Él no argumentará contra ti; más bien, Él pondrá fuerza en ti. Hay más esperanza para ti, en el Evangelio puro del Dios bendito, que la que hay en esas fantasías y ficciones de hombres que están predicando por doquier en nuestros días, con la excepción de unos cuantos lugares en los que Dios ha reservado un pueblo para Sí que no ha doblado su rodilla al Baal de la época.

III. En tercer lugar, noten que EL ARCA ERA UN REFUGIO SEGURO.

A Noé se le ordenó que fabricara un arca de madera de gofer, y para que no hubiese ninguna filtración en ella, se le ordenó “calafatearla con brea por dentro y por fuera.” El arca no tenía ningún puerto al cual dirigirse, y no leemos en ninguna parte que Noé hubiere pedido a Sem, Cam y Jafet que trabajaran con las bombas, y ni siquiera que hubiera bombas, pues no había ninguna filtración en el arca. Sin duda hubo tormentas en ese año, pero no se nos dice que el barco estuviera alguna vez en peligro de naufragio. Las rocas, es verdad, estaban demasiado profundas para que rozasen su fondo, pues “quince codos más alto subieron las aguas, después que fueron cubiertos los montes.” Levantándose veintisiete codos por encima de los montes más elevados, no tenía que temer a arenas movedizas; estas se encontraban bastante por debajo de su quilla. Por supuesto que estaba expuesta a los vientos; algunas veces el huracán debe haberla sacudido y arrastrado. Sin lugar a dudas, en otros momentos, el granizo golpeó su techo, mientras los rayos desgarraban la frente de la noche; pero el arca seguía navegando, y nadie fue arrojado de ella, ni se agotaron los marineros por causa del constante bombeo para sacar el agua, o por frecuentes reparaciones para mantenerla segura. Aunque el mundo estaba anegado y arruinado, esa arca solitaria navegó triunfante por encima de las aguas. El arca era segura, y todos los que se encontraban en ella estaban también seguros.

Ahora, pecador, el Cristo que yo te predico es precisamente un refugio como ese. Su Evangelio no contiene ninguna imperfección. Así como el arca no se hundió nunca, y los elementos nunca prevalecieron contra ella, tampoco Cristo falló alguna vez. Él no puede fallar; todos los principados y potestades están sujetos a Él. Aquellos que están en Cristo están resguardados de cualquier tormenta; no perecerán nunca, ni nadie los arrebatará de Su mano. Recuerden que Dios proporcionó el modelo y Noé construyó el arca, antes de que se hubiere abierto una sola fuente del profundo abismo, o antes de que una sola gota de la tormenta desoladora hubiere caído desde las vengativas nubes; y no es menos cierto que nuestro glorioso Señor fue exaltado, en el consejo de la eternidad, un Cristo perfecto, antes de que las nubes de la ira vengativa comenzaran a prepararse por cuenta de la iniquidad del hombre; y Su poderosa obra de mediación fue consumada antes de que tu pobre alma fuera invitada a refugiarse en Él. Oh, creo que cuando los ángeles miraron a través de las ventanas del cielo la creciente marea, y vieron cuán segura surcaba el arca sobre su superficie, no dudaron nunca que todos los que se encontraban en su interior estaban tan seguros como el arca misma; ¿y acaso hay alguna razón para dudar que aquellos que están en Cristo están tan seguros como Cristo? “Los que confían en Jehová son como el monte de Sion, que no se mueve, sino que permanece para siempre.” Los que confían en Jehová son bienaventurados; son como árboles plantados junto a corrientes de aguas; sus hojas no caen, y todo lo que hacen prosperará.

Si vienen a Jesús una vez, y confían en Él, no hay temor de que se hundan. Habrá tormentas, las tempestades azotarán a su alrededor; pueden estar seguros de que tendrán estas cosas; pero estarán lo suficientemente en alto para no chocar contra las rocas. Una vez que subas a bordo del barco seguro de la salvación, serás elevado lo suficiente por encima de las corrientes para no correr el riesgo de quedar atrapado en las arenas movedizas. Con un corazón animoso, puedo “encomendarlos a Dios, y a la palabra de su gracia.” Cristo los preservará.

Creyentes, ¿sería posible que renunciaran a la doctrina de su seguridad personal en Cristo por culpa de alguien más? No, yo sé que no podrían. Pregunten acerca de eso a cualquiera de mis hermanos o hermanas en el Señor que asiste a esta capilla, y pronto recibirán su respuesta. He oído a veces algunos debates que tienen lugar fuera de la puerta de la capilla, cuando algunos que no creen en la verdad, la disputan, y he sentido la confianza que podía dejar su defensa en manos de esos hermanos. Hay entre ustedes hombres fuertes y vigorosos que no se avergüenzan de sostener todo el consejo de Dios, así como yo estoy constantemente ansioso de declararlo.

IV. Ahora voy a considerar otro aspecto de la parábola. Las criaturas que estaban en el arca necesitaban luz, por supuesto; pero es algo singular que, EN EL ARCA, SÓLO HUBIERA UNA VENTANA.

 

En el versículo 16 del capítulo 6 leemos, “Una ventana harás al arca.” Con frecuencia me he preguntado cómo podían ver todas las criaturas a través de una ventana, pero no me he preguntado acerca de su significado, pues creo que es fácil detectar la enseñanza. Sólo hay una ventana a través de la cual los cristianos reciben su luz. Todos los que vienen a Cristo, y reciben la salvación por Él, son iluminados de una sola manera. Esa única ventana del arca representa adecuadamente para nosotros el ministerio del Espíritu Santo.

Sólo hay una luz que ilumina a todo hombre que viene al mundo, si es que recibe alguna luz. Cristo es la luz, y el Espíritu Santo de la verdad es quien revela a Cristo. De esa manera discernimos el pecado, la justicia y el juicio. Ninguna otra convicción tiene algún valor real. Somos sometidos por la enseñanza del Espíritu, y así percibimos nuestra culpa y miseria, y nuestra redención y refugio en Cristo. El arca tiene sólo una ventana.

“Vamos”, -dirá alguien- “hay algunos entre nosotros que ven la luz a través de un ministro, y otros a la luz de otro ministro.” Es verdad, amigo mío; pero, aun así, sólo hay una ventana. Nosotros, los ministros, sólo somos como las hojas de vidrio, y no podrían obtener ninguna luz por nuestro medio si no fuera por las operaciones del propio Espíritu que obra en nosotros; e inclusive entonces, la diferentes láminas de cristal proyectan diferentes tonos de luz. Allí tienen a su predicador, brillantemente pulido, que se asemeja un poco a un vitral no muy transparente, diseñado más bien para impedir el paso de la luz que para dejarla pasar. Por allá está otra lámina; es un ‘diamante tabla’; da la impresión de ser un predicador anticuado, pero tiende a ser un buen cristal, y deja pasar la luz. Otro predicador es cortado a la manera de un estilo refinado, pero es simple y sencillo, y la luz brilla a través de él. Pero sólo hay una luz, y sólo una ventana. Quien nos revela “para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo”, es el Espíritu Santo.

Tenemos solamente un Instructor, si es que predicamos la verdad. Un hermano podría estar predicando esta noche en la Iglesia de Inglaterra, y otro podría estar exponiendo la Palabra de Dios entre los Independientes, y otros en medio de los Bautistas; pero sólo tienen un Espíritu, si han aprendido de Dios. El arca contaba sólo con una ventana; y aunque tenía tres pisos, todos sus habitantes divisaban a través de una sola ventana; y el santo pequeño que está en el primer piso recibe luz a través de la única ventana del Espíritu; y el santo que ha sido conducido al segundo piso, recibe luz a través de esa misma ventana; y el que ha sido promovido al piso superior, tiene que recibir también la luz a través de la misma ventana. No hay otro medio de que veamos, excepto a través de la única ventana que tiene el arca: la ventana del Espíritu Santo.

¿Hemos mirado a través de ella? ¿Hemos visto el claro cielo azul sobre nosotros? ¿O hemos sabido que, cuando nuestro ojo de la fe estaba débil y no podíamos ver absolutamente nada, aun así nuestro Maestro estaba al timón, y nos preservaría a través de todas nuestras tenebrosidades y dificultades?

V. Ahora, si leen atentamente el capítulo, encontrarán que está expresado: “Harás APOSENTOS en el arca.”

Cuando leí eso, pensé que serviría como un punto en la parábola, viendo que podría enseñarles a mis queridos amigos que no todos habrán de ser colocados juntos: en el arca habría aposentos. Aquellos que vivían en un aposento no compartían ni se sentaban con aquellos que vivían en otro aposento; pero todos ellos estaban en la misma arca.

De esta manera, he pensado algunas veces: tenemos a nuestros hermanos wesleyanos, y algunos de ellos aman al Señor; no tengo ninguna duda de que estén en el arca, aunque no ocupen el mismo compartimiento con nosotros. Tenemos a nuestros amigos bautistas, que aman al Señor; a ellos les damos la bienvenida en nuestro aposento. Luego están los amigos ‘independientes’, aquellos que aman también al Señor; ellos están en otro aposento; y también nuestros hermanos ‘presbiterianos’ y ‘episcopalianos’: en todas estas diversas secciones hay algunos que son llamados por Dios, e introducidos al arca, aunque estén en diferentes aposentos; pero, amados, todos ellos están en una sola arca. No hay dos evangelios. En tanto que pueda encontrar a un hombre que sostenga el mismo Evangelio, no me importa qué orden de gobierno eclesial adopte, si está en Cristo Jesús. Tiene muy poca importancia en qué aposento se encuentre, en tanto que esté en el arca. Si forma parte de aquellos de quienes está escrito: “Por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios”, yo le llamaré hermano. No podemos esperar estar todos en un solo aposento. Los elefantes no vivían con los tigres, y los leones no se echaban junto a las ovejas. Había diferentes cuartos para diferentes clases de criaturas; y es algo bueno que haya diferentes denominaciones, pues estoy seguro de que algunos de nosotros no nos llevaríamos confortablemente con ciertas denominaciones. Nosotros necesitaríamos más libertad de la que podríamos encontrar en la Iglesia de Inglaterra; necesitaríamos mayor independencia de la que podríamos obtener con los presbiterianos; necesitaríamos mayor rectitud de doctrina de la que podríamos obtener con los ‘wesleyanos’; y necesitaríamos un poco más de amor fraternal, tal vez, del que podríamos encontrar con algunos de los ‘bautistas estrictos’. No podríamos estar de acuerdo enteramente con todos ellos; y bienaventurado es aquel que puede meter su cabeza en un aposento, y algunas veces en otros, y que puede decirles a todos los que aman al Señor Jesucristo: “la gracia sea con todos ustedes, en tanto que estén en el arca”.

VI. Pero aunque había muchos aposentos en el arca, quiero que adviertan que SÓLO HABÍA UNA PUERTA.

Es dicho: “Y pondrás la puerta del arca a su lado”. Y sólo hay una puerta de entrada para el arca de nuestra salvación, y esa puerta es Cristo. No hay dos Cristos predicados, uno en una capilla y otro en otra. “Si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema.” No hay sino un Evangelio. Nosotros tomamos a los justos de cada una de las secciones, pero no tomamos todas las secciones. Seleccionamos a los piadosos de entre todos ellos, pues creemos que “ha quedado un remanente escogido por gracia” en los más viles de ellos. Pero, aun así, sólo hay una puerta; y “El que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que sube por otra parte, ése es ladrón y salteador.”

El arca sólo cuenta con una puerta. Algunos animales, como las jirafas, cuyas cabezas son más altas que las de otros animales, podrían tener que inclinar sus cuellos para entrar por la misma entrada que los anadeantes patos que se inclinan naturalmente, tal como lo hacen cuando entran a un establo; y así, los altivos de este mundo deben doblar sus erguidas cervices, e inclinar sus altivas cabezas si quieren entrar a la Iglesia de Cristo. El veloz corcel y el caracol de paso lento han de entrar por una sola puerta; así también los escribas y fariseos han de entrar por la misma vía que los publicanos y las rameras, o quedarán excluidos para siempre.

Todas las bestias elegidas por Dios entraron por la única puerta; y si algunas se hubieran quedado afuera, y hubieren dicho: “no entraremos por ese camino”, se habrían quedado paradas afuera hasta que el diluvio las hubiera alcanzado y destruido, pues sólo había una puerta. Sólo hay un camino de salvación, y sólo hay un medio de entrar. “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo”; mas “el que no creyere”, -quienquiera que sea- “será condenado”. No hay esperanza de ningún otro camino de salvación. Quien entre por la puerta, será salvo; y Jesús dice: “Yo soy la puerta”.

VII. Prosiguiendo con la parábola, ustedes notarán que ESTA ARCA CONTENÍA DIVERSOS PISOS. No todos tenían la misma altura; había un piso inferior, un segundo piso y un piso superior.

Para mí, esto sirve de figura de los diferentes tipos de cristianos que son llevados al cielo. Está mi pobre hermano afligido, que vive en el piso de abajo; él siempre está cantando:

“¡Señor, qué tierra tan desdichada es esta!”

Se aloja muy cerca de la quilla, junto al propio esqueleto del arca. Nunca está muy feliz. A veces una lucecita le alcanza desde la ventana; pero, generalmente está tan lejos de la luz, que camina en la oscuridad, y ve, en verdad, muy poco. Su estado es el de una constante lamentación; le encanta ir y oír a “los predicadores de la corrupción”; se goza con deleite en la profunda experiencia de la atribulada familia de Dios; le gusta cuando oye decir: “Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios.” Si pintas a la vida cristiana como algo muy sombrío, le gustaría tu cuadro, pues el suyo es muy tenebroso; está siempre escudriñando en textos como este: “¡Miserable de mí!” Se encuentra abajo, en el nivel inferior del arca. Pero no importa; está en el arca, así que no le increparemos, aunque tenga poca fe y muchas dudas.

“Le harás piso bajo, segundo y tercero.” Otro de nuestros hermanos está un poco más arriba, y dice: “no puedo decir exactamente que estoy a salvo; sin embargo, tengo una esperanza de que mi cabeza sea mantenida por encima de las ondas, aunque a veces es muy duro para mí. De vez en cuando, el Señor me concede también ‘algunas gotas del cielo’. A veces soy semejante a los montes de Sion, ‘porque allí envía Jehová bendición, y vida eterna.’ Él está en el segundo piso; no está más seguro, aunque es más feliz que el hombre que está en el piso inferior. Todos están a salvo en tanto que estén en el arca; sin embargo, en lo que a mí concierne, me gusta más el piso superior. Yo prefiero vivir allí, donde puedo cantar: “Pronto está mi corazón, oh Dios, mi corazón está dispuesto; cantaré, y trovaré salmos.” Amo el lugar en el que los santos están “enseñándose y exhortándose unos a otros en toda sabiduría, cantando con salmos e himnos y cánticos espirituales.”

Yo confieso que me veo obligado a descender a veces al piso inferior; pero me encanta subir corriendo las escaleras hasta el tercer piso, y sin embargo, no estoy más seguro cuando estoy en el piso superior que cuando me encuentro en el nivel inferior. La misma ola que partiría el barco, y me ahogaría, si estuviera en el piso inferior, me ahogaría si estuviese en el nivel superior. Por muy alto que estén algunos, o por muy bajo que puedan estar otros, el mismo barco nos transporta a todos, pues somos una sola tripulación en una sola embarcación, y no hay división entre nosotros.

Vamos, entonces, mi pobre oyente decaído, ¿es ese tu lugar, en algún punto al fondo del calado, junto al lastre? ¿Estás siempre en medio de pruebas y tribulaciones? ¡Ah, bien, no temas mientras estés en el arca! No tengas miedo. Cristo es tu fortaleza y tu justicia. En cada uno de sus compartimientos el arca era un refugio seguro para todos los que estaban encerrados en ella.

“¡Ah!”, -dirá alguno- “pero yo estoy aquí abajo, señor, siempre hasta el fondo, y tengo miedo de que el barco se pueda hundir.” No seas tan ingenuo; ¿por qué tu corazón habría de engendrar tales miedos absurdos? Conocí a un hombre que subió al Monumento; cuando hubo subido hasta la mitad, declaró que vibraba y que estaba a punto de caer, y que quería bajar. Pero el Monumento no ha caído; está tan seguro como siempre; y si cincuenta individuos como él, o cincuenta mil, subieran, el Monumento se mantendrían igual de firme.

Pero algunos pobres cristianos nerviosos temen que Cristo dejará que se hundan. Una oleada acomete impetuosamente el costado del barco, pero no le causa ningún daño y más bien provoca que las cuñas se afiancen más. Si el Maestro está al timón, ¿no hará que sus corazones estén seguros? Puesto que ha navegado a través de tantas olas, ¿no incrementará eso su confianza? Tendría que ser, en verdad, una oleada muy fuerte la que lo hundiera ahora; no, no podría haber una ola así. ¿Y dónde crees que está el poder que podría destruir a las almas que están refugiadas en el arca de nuestra salvación? ‘¿Quién acusará a los escogidos de Dios, pues Cristo ha muerto y Dios el Padre nos ha justificado?’ ¡Feliz seguridad! Todos estamos a salvo, tan seguramente como que estamos en el arca del pacto.

El arca navegaba triunfalmente en medio de todos los peligros exteriores; y cuando descansó finalmente sobre el monte Ararat, y Dios habló a Noé de nuevo, diciéndole: “Sal del arca tú, y tu mujer, y tus hijos, y las mujeres de tus hijos contigo; todos los animales que están contigo de toda carne, sacarás contigo”, el inventario estaba completo y todos fueron desembarcados a salvo. De igual manera, Cristo también presentará al Padre en el último día el número perfecto de todo Su pueblo; no perecerá ninguno.

VIII. Esto me conduce a notar, por último, LOS DIFERENTES TIPOS DE ANIMALES QUE ENTRARON EN EL ARCA. Escuchen la declaración: “De todo animal limpio tomarás siete parejas, macho y su hembra; más de los animales que no son limpios, una pareja, el macho y su hembra.”

Esta gran arca fue usada con el propósito de salvar tanto a los animales limpios como a los inmundos. De manera semejante, la gran salvación de nuestro Señor Jesucristo está destinada para pecadores de todos los tipos, tanto limpios como inmundos. Hay algunas personas en el mundo a quienes podemos identificar en la primera categoría. Son respetables en todos los sentidos; su conducta en la sociedad está más allá de cualquier reproche; son cabales en su negocio, y nunca se supo que borraran una cifra en sus libros de contabilidad; no están dispuestos a defraudar a sus vecinos, ni serían tan negligentes de su fama como para permitirse alguna acción ilícita; su carácter es tan afable que sus madres podrían considerarlos desde su niñez como casi sin tacha; se han desarrollado hasta los años de madurez sin la horrible mácula de la inmoralidad; su práctica ha sido siempre análoga a la piedad; su celo por la ley de Dios ha sido verdaderamente encomiable, de tal manera que Cristo mismo podría haberlos mirado y amado, aunque les habría amonestado tierna y compasivamente, como le dijo al joven que se le acercó: “Una cosa te falta.”

Ay, pero las desolaciones del diluvio son tan universales que no hay escape excepto en el arca. Los animales limpios han de entrar en el arca para ser salvados; y no hay una sola alma aquí entre ustedes que sea tan buena, no hay una personalidad tan limpia, que no necesite a Cristo, ya sea que conozcan su necesidad o no. Nunca serán tan buenos o excelentes como para no necesitar un Salvador. Hay algo en su carácter que no es limpio. Sus vidas requieren una purificación que no pueden encontrar nunca excepto en Cristo.

Pero los animales inmundos entraron de igual manera. Aquí nos encontramos con la clase opuesta. ¿Acaso no hay algunos entre ustedes, (sabemos que existen tales personas), cuya educación desde la primera infancia ha sido viciosa, desprovista de virtud en verdad? Desde sus más tempranos recuerdos ustedes han recorrido los senderos de la abierta impiedad; se han sumergido en la cloaca, y se han hundido hasta los labios en la hiel de amargura. Han sido borrachos, maldicientes, quebrantadores del día del Señor y perniciosos. Se han entregado a todo tipo de iniquidades. Ustedes son precisamente del tipo de personas que compararíamos con los animales inmundos. ¡Ay!, entonces el arca fue construida a propósito para ustedes también. El hombre más moral no estará mejor que ustedes cuando se presente delante de Dios. Él ha de ser salvo de igual manera que ustedes. Ambos han de ser salvos por medio de la única salvación común, o no serán salvos del todo. No hay sino un Salvador para todos los que son salvados; no hay sino una redención para cada uno de ustedes que es realmente redimido. No hay sino un arca tanto para los limpios como para los inmundos.

“¡Ah!”, -dirá alguien- “yo supongo, entonces, que los animales inmundos provienen de las plazas, de los callejones, y de los inmundos barrios bajos de la metrópoli.” ¡Oh, no, no solamente de allí! Podemos encontrar a los inmundos tan abundantemente en San James como en San Giles. Hay algunas personas, dentro de los que ustedes llaman “los altos círculos”, que, desde la infancia, se han gozado en el vicio. Pronto aprendieron ustedes a quebrantar la regla de la autoridad de sus padres. Se reían de las lágrimas de su madre, hablaban con desprecio de los consejos de su padre; en sus días escolares sorbieron la iniquidad como el buey sediento sorbe el agua. Convertían en jactancia sus descomedidas francachelas. Ahora comentan su impiedad con un aire de impertinente triunfo. Hacen alarde de haber sembrado sus excesos juveniles. Su carrera ha sido tan infame, no obstante el buen ejemplo y la educación que recibieron, que yo supongo que “Newgate” difícilmente podría producir una clase de bestias inmundas más despreciables que ustedes.

Bien, ahora voy a predicar a cada una de las clases de pecadores. Si tú sientes y deploras tu inmundicia, hay misericordia para ti, por inmundo que seas. Te suplico que entres al arca, y nunca serás echado fuera. Si Dios te constriñe a venir, como lo hizo con aquellas criaturas, nunca, nunca te echará fuera. El arca era para los inmundos así como para los limpios, para los puercos así como para las ovejas, para el áspid venenoso como para la inofensiva paloma, para el carnívoro cuervo como para la tórtola. Todas las criaturas entraron, algunas de cada tipo. Tú, marrano pecador, uno de los cerdos de Satanás, entra, y estarás a salvo; y tú, pecador, que pareces oveja, dócil y apacible, entra tú, pues no hay otra arca para ti, y morirás ahogado a menos que entres por la misma puerta en la gran arca de la salvación.

Dividamos estas criaturas una vez más. Había criaturas rastreras y había criaturas voladoras. En la mañana que fue abierta la puerta del arca, habrían podido ver, en el cielo, un par de águilas, un par de gorriones, un par de buitres, un par de cuervos, un par de colibríes, un par de todo tipo de aves que hubieren surcado jamás el azul, o remontado el espacio o susurrado su canto a los ventarrones vespertinos. Esas criaturas entraron. Pero si hubiesen mirado al suelo, habrían visto venir arrastrándose a un par de caracoles, un par de culebras y un par de gusanos. Se podía ver un par de ratones; llegó un par de lagartijas, y también entró volando un par de langostas. Había pares de criaturas rastreras así como pares de criaturas voladoras.

¿Comprenden lo que quiero decir con eso? Hay algunos entre ustedes que pueden volar tan alto en materia de conocimiento que yo no sería capaz nunca de explorar su grandiosa y vasta sabiduría, y hay otros entre ustedes que son tan ignorantes que con dificultad pueden leer sus Biblias. No se preocupen; el águila debe descender a la puerta, y la hormiga debe ascender a ella. Sólo hay una entrada para todos ustedes; y así como Dios salvó a las aves que volaban, así también salvó a los reptiles que se arrastraban.

¿Eres tú una pobre criatura ignorante y rastrera, que nunca fue advertida, sin intelecto, sin renombre, sin fama y sin honor? ¡Únete al grupo, criatura rastrera! Dios no te excluirá. A menudo me he preguntado cómo se arrastraría hasta el interior el pobre caracol; yo me atrevería a decir que se puso en marcha muchos años antes. Y algunos de ustedes empezaron desde hace años, y todavía están arrastrándose. ¡Ah, entonces, anda, pobre caracol! Si yo pudiera levantarte, y ayudarte a avanzar una yarda o dos, me encantaría hacerlo. Es extraño ver cuánto tiempo has estado tan cerca del arca, pero todavía no has entrado; cuánto tiempo has estado cerca de los portales de la iglesia, pero nunca te has unido a ella.

Además, observen que todos ellos entraron. No temas si eres, en tu propia opinión, un reptil rastrero; podrías tener la más humilde opinión de ti mismo; aun así, ven; nadie te prohíbe que vengas, por insignificante que seas; sí, y entre más insignificante seas, más ganas tengo de invitarte, pues Cristo no vino a llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento. ¡Qué asamblea tan extraña había allá aquella mañana! Pero Noé recibió la clara instrucción de introducir todo tipo de criaturas en el arca. Él habría podido considerar que algunas criaturas eran demasiado viles e indignas de ser preservadas con vida, pero sus órdenes eran que las introdujera a todas.

Cuando Pedro recibió la orden de predicar el Evangelio a los gentiles, Dios le mostró en una visión “un gran lienzo… en el cual había de todos los cuadrúpedos terrestres y reptiles y aves del cielo”, y le dijo: “Levántate, Pedro, mata y come.” “Señor, no”, -dijo Pedro- “porque ninguna cosa común o inmunda he comido jamás.” Y, ¡he aquí!, “Volvió la voz a él la segunda vez: Lo que Dios limpió, no lo llames tú común.” En Cristo, hay algunos provenientes de toda nación, tribu, lengua y pueblo, que serán salvados para alabanza de Dios y del Cordero eternamente y para siempre.

Por otra parte, Dios utilizó un misterioso impulso por medio del cual indujo a las criaturas a que vinieran. El cuadro debe haber sido imponente; los elefantes, los camellos, los dromedarios, los rinocerontes, y todas las gigantescas criaturas caminando lado a lado (por decirlo así) con las liebres temerosas, los minúsculos ratones, las lagartijas, los hurones, las ardillas, los escarabajos, los saltamontes, y todas las criaturitas semejantes de insignificante aspecto.

Así ha ocurrido en la Iglesia de Cristo, y así será hasta el fin de su historia: “Creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna”, aunque sus personalidades, por naturaleza, eran tan diversas como las haya atestiguado este globo, rudas como el sumidero más fétido de la barbarie, o tan pulidas como las que hubiere conocido alguna vez la cultura griega.

Ahora, querido oyente, no me interesa preguntarte quién eres, o qué eres; ese no es asunto mío. Lo que te pregunto es lo siguiente: ¿estás dentro del arca o no? Tal vez estés diciendo: “amigo, no me interesas; ¿por qué habrías de inquirir acerca de mi condición?” Pero vendrá el día en el que serás como aquellos que le dijeron a Noé: “prosigue tu camino, viejo ‘barba gris’; construye tu arca en tierra firme, como necio que eres; construye tu arca en el costado de la colina, donde las aguas no pueden alcanzar. En cuanto a nosotros, comeremos y beberemos; y si mañana morimos, no tiene importancia, pues hemos comido y bebido al máximo del placer mientras hemos tenido la oportunidad.” En vano Noé les advirtió que las aguas vendrían con seguridad; él les pareció a ellos como alguien que bromeaba, y se reían de él.

De igual manera, cuando les prediqué esta mañana acerca de la resurrección, algunos de ustedes pudieron haberse burlado, y pensado que yo sólo estaba siguiendo un desenfrenado ensueño de la imaginación. ¡Ah, pero cuán diferente fue su tonada cuando cayó la lluvia, y “aquel día fueron rotas todas las fuentes del grande abismo”! Sin duda cambiaron sus notas cuando las nubes comenzaron a vaciarse en su furia, cuando la propia tierra se resquebrajó, y sus entrañas fueron disueltas, y el potente fluido brotó con violencia para devorarlos a todos ellos. ¿Pensaron que Noé era un necio cuando el último se hombre se paró sobre la cima del último monte, y gritó en vano pidiendo ayuda?

Vi, hace un poco de tiempo, una obra maestra que el tiempo nunca borrará de mi memoria, según creo. Era un cuadro de un hombre que había estado escalando para llegar a la cima del último monte, y las corrientes comenzaban a circundarle. Él cargaba a su anciano padre sobre sus espaldas; su esposa le tomaba por la cintura, y él a su vez había puesto un brazo alrededor de ella; ella sostenía a una criatura en su pecho, y con su otra mano guiaba a otro niño. En el cuadro, uno de los niños era representado en el momento de soltarse, la esposa se iba cayendo, y el padre se aferraba a un árbol en la cumbre del monte; las ramas se quebraban, y el árbol iba a ser arrancado de raíz. Nunca antes vi plasmada una escena tal de agonía; sin embargo, fue muy probable que se diera realmente una escena parecida cuando las aguas cubrieron por entero la tierra. Ellos habían subido a la cima del último monte disponible, y ahora se hundían. Las falsas esperanzas abrían paso a una fiera desesperación; y lo mismo sucederá con ustedes, con ustedes que son indiferentes, a menos que se refugien en el arca.

¿Me preguntan: “cómo podríamos hacerlo”? Se ven ansiosos, algunos de ustedes. Escuchen con atención, mientras concluyo, como frecuentemente lo hecho anteriormente, con el simple enunciado que contiene nuestra autoridad para predicar, y la admonición suya para creer. Jesús dijo: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; más el que no creyere, será condenado.”

Nota del editor:

Ha sido necesario, por falta de espacio, omitir casi dos páginas de este sermón; pero, aun en su forma condensada, es un maravilloso discurso si se piensa que fue pronunciado por un predicador de tan solo veintiún años de edad.

Notas del traductor:

Diamante tabla: el tallado por una sola cara, con una gran superficie plana y cuatro biseles encuadrándola.

Anadear, anadeantes: proviene de ánade, nombre aplicado al pato. Andar con movimientos semejantes a los del pato. Contonearse.

El Monumento: la explicación detallada se encuentra al final del sermón No.169, “¿Qué he Hecho?” Sugerimos visitarlo nuevamente.