Por Charles Spurgeon

“Jacob siguió su camino, y le salieron al encuentro ángeles de Dios. Y dijo Jacob cuando los vio: Campamento de Dios es este; y llamó el nombre de aquel lugar Mahanaim.” Génesis 32: 1, 2.

 

“Luego que David llegó a Mahanaim, Sobi hijo de Nahas, de Rabá de los hijos de Amón, Maquir hijo de Amiel, de Lodebar, y Barzilai galaadita de Rogelim, trajeron a David y al pueblo que estaba con él, camas, tazas, vasijas de barro, trigo, cebada, harina, grano tostado, habas, lentejas, garbanzos tostados, miel, manteca, ovejas, y quesos de vaca, para que comiesen; porque decían: El pueblo está hambriento y cansado y sediento en el desierto.” 2 Samuel 17: 27-29. 

Vayamos a Mahanaim y veamos este grandioso espectáculo. Primero, vayamos con Jacob y veamos los dos campamentos de ángeles, y luego vayamos con David para observar sus tropas de amigos. Jacob tendrá nuestra primera consideración.

¡Cuán variada es la experiencia del pueblo de Dios! Su peregrinaje es sobre arena cambiante; su tienda siempre está en movimiento y la escena que les rodea todo el tiempo está cambiando. Allí está Jacob, contendiendo en un tiempo con Labán por su manutención, haciendo una trampa tras otra para no dejarse de su suegro; luego prospera y decide no permanecer más bajo esa servidumbre; huye, es perseguido, debate con su enojado pariente, y pone punto final a la contienda con una tregua y un sacrificio.

Esta impropia guerra familiar debe haber sido muy infeliz para Jacob, y no era propicia para elevar el nivel de sus pensamientos, o endulzar su temperamento, o ennoblecer su espíritu. Qué cambio tuvo lugar en él al día siguiente, después que Labán se hubo ido, cuando Jacob se encontró ante la presencia de ángeles. Aquí tenemos un cuadro de una naturaleza muy diferente: el avaro se ha ido y los querubines han venido, el avaro capataz ha dado la espalda y los alegres mensajeros del bendito Dios han venido para dar la bienvenida al patriarca, a su regreso del exilio. Es muy difícil entender plenamente la transformación completa.

Tales cambios ocurren en todas las vidas; pero yo creo que suceden, más que nada, en las vidas de los creyentes. Pocas etapas a lo largo del océano de la vida están libres de tormenta, pero los redimidos del Señor pueden contar con ser sacudidos por la tempestad, aun si otros se escapan. “Muchas son las aflicciones del justo.” Sin embargo, las pruebas no son eternas; un claro brillo viene después de la lluvia. El cambio se da siempre. Pasamos de la tormenta a la calma, de la suave brisa al huracán: navegamos a lo largo de las costas de paz, y de pronto encallamos en los bancos de arena del miedo. Y esto no debe sorprendernos; pues, ¿acaso no hubo grandes cambios en la vida de nuestro Dios y Señor? ¿No estuvo Su vida más llena de colinas y valles de lo que puede estar jamás la nuestra?

Leemos acerca de Su bautismo en el Jordán, y en ese lugar y en ese momento fue visitado por el Espíritu, que descendía sobre Él como paloma. Esa fue Su hora de tranquilidad. ¿Quién puede entender el descanso del espíritu de Jesús cuando el Padre dio este testimonio acerca de Él, “Este es mi Hijo amado”? Pero inmediatamente después leemos, “Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el diablo.” ¡Del descenso del Espíritu Santo al terrible conflicto con el diablo, hay ciertamente un gran cambio!

Pero además otro cambio le siguió, pues cuando esa batalla fue librada, y la triple tentación había sido intentada en vano contra nuestro Señor, leemos de nuevo, “El diablo entonces le dejó; y he aquí vinieron ángeles y le servían.” En un corto espacio, el entorno de nuestro Señor había mutado de celestial a diabólico, y luego de satánico a angélico. Del cielo al pesebre, de caminar sobre el mar a colgar de la cruz, del sepulcro al trono: ¡qué cambios son éstos! ¿Podemos esperar hacer tres enramadas y quedarnos en el monte mientras nuestro Señor fue sacudido de esta manera de un lado al otro?

Amados, ustedes ciertamente descubrirán que el mundo está establecido sobre las muchas aguas, y por tanto siempre está en movimiento. Nunca cuenten con la permanencia de ningún gozo: gracias a Dios tampoco tienen que temer la continuación de ningún dolor. Estas cosas vienen y van, y van y vienen; y ustedes y yo, mientras tengamos que vivir en este pobre mundo que da volteretas, debemos ser trasladados de un lado al otro, como la tienda de un pastor, sin encontrar una ciudad donde morar.

Y si esto no sucediera en lo relativo a nuestra morada, ciertamente se daría en nuestros sentimientos. Desde el principio “fue la tarde y la mañana un día,” y “fue la tarde y la mañana el día segundo.” La alternancia de sombra y luz, de acostarse y levantarse, se ha dado desde el principio. El amanecer, el mediodía, la tarde, la noche, la oscuridad, la medianoche, y una nueva mañana se suceden unos a otros en todas las cosas. Así debe ser: hay necesidad de nubes y de lluvias, y de glorias mañaneras, “Hasta que apunte el día, y huyan las sombras,” cuando estemos listos para calentarnos bajo los rayos de un mediodía eterno.

En el caso que nos concierne, vemos a Jacob con la mejor de las compañías. Jacob, ya no siendo engañado en Mesopotamia, sino siendo honrado en Mahanaim; ya no tratando de ser más astuto que Labán, sino contemplando espíritus celestiales. Estaba rodeado de ángeles, y él lo sabía. Sus ojos estaban abiertos, así que veía espíritus que en su propia naturaleza son invisibles al ojo humano. Se volvió un vidente, y fue capacitado por el ojo interno para contemplar a los ejércitos de seres brillantes que Dios había enviado para recibirlo.

Es un gran privilegio poder conocer a nuestros amigos y poder discernir los campamentos de Dios. En verdad estamos muy inclinados a reconocer nuestras dificultades y a olvidar nuestras ayudas: nuestros aliados están a todo nuestro alrededor, y sin embargo nosotros creemos que estamos solos. La oposición de Satanás es reconocida más fácilmente que el socorro del Señor. ¡Oh, que tuviéramos los ojos y los corazones abiertos para ver cuán poderoso es el Señor a nuestro favor!

Jacob acababa de ser liberado de Labán, pero tenía la opresión de otra carga: el miedo de Esaú lo doblegaba. Él había ofendido a su hermano, y no puedes realizar una ofensa sin ser perseguido después por ella. Él se había aprovechado egoístamente de Esaú, y ahora, muchos, muchos años más tarde, se dio cuenta de su acto, y su conciencia hizo que sintiera mucho temor. No obstante haber vivido con Labán durante tanto tiempo, su conciencia era lo suficientemente vigorosa para hacerlo temblar, pues se había colocado en una situación sumamente comprometida con su hermano: si no hubiera sido por esto, habría avanzado con pie gozoso rumbo a la tienda de su padre Isaac.

Temiendo la ira de su hermano, estaba grandemente afligido y angustiado: estos ángeles vinieron para darle aliento, ayudándolo a olvidar las dificultades que lo rodeaban, y atenuar su miedo, haciéndolo alzar su mirada para que pudiera ver qué defensa y qué socorro lo esperaban de lo alto. No tenía sino que clamar a Dios, y los cuatrocientos hombres de Esaú se habrían encontrado con legiones de ángeles. ¿No era esto un buen motivo de aliento? ¿Acaso no tienen lo mismo todos los creyentes? Mayor es el que está de nuestro lado, que todos los que están en contra nuestra.

Si esta mañana el Espíritu Santo me capacita para levantar las mentes del afligido pueblo del Señor, y llevarlos de sus aflicciones visibles a sus consuelos invisibles, me daré por satisfecho. Les ruego que no piensen exclusivamente en la carga que tienen que soportar, sino que recuerden la fuerza que tienen disponible para soportarla. Si puedo lograr que el corazón temeroso cese de tener miedo, y que confíe en el Dios vivo que ha prometido llevarlos a todo lo largo del camino, habré cumplido mi deseo. El Señor de los ejércitos está con nosotros. El Dios de Jacob es nuestro refugio, y por tanto, ningún arma que nos esté apuntando prosperará, e inclusive el propio archienemigo será herido y puesto bajo nuestros pies.

Al considerar la experiencia de Jacob en Mahanaim, haremos una serie de observaciones.

Primero, Dios tiene una multitud de siervos, y todos ellos están del lado de los creyentes. “Porque muy grande es su campamento,” y todos los ejércitos en ese campamento son aliados nuestros. Algunos de éstos son agentes visibles, y muchos más son invisibles, pero no menos reales ni poderosos. El gran campamento del Dios de los ejércitos consta primordialmente de agentes invisibles, de fuerzas que no son discernibles excepto en visión o por el ojo de la fe. Jacob vio dos escuadrones de estas fuerzas invisibles, que están del lado de los hombres justos. “Y le salieron al encuentro ángeles de Dios,” y él dijo, “Campamento de Dios es este; y llamó el nombre de aquel lugar Mahanaim (dos campamentos)”; pues allí salió a su encuentro un doble ejército de ángeles.

Nosotros sabemos que una guardia de ángeles siempre rodea a cada creyente. Abundan espíritus ministradores que protegen a los príncipes de sangre real. No pueden ser discernidos por ninguno de nuestros sentidos, pero son perceptibles por la fe, y fueron hechos perceptibles en visión, a los hombres santos de la antigüedad.

Estas bandas de ángeles son grandes en multitud; pues Jacob dijo: “Campamento de Dios es este”: un campamento quiere decir un número considerable, y seguramente el campamento de Dios no es pequeño. “Los carros de Dios se cuentan por veintenas de millares de millares.” Nosotros desconocemos cuántas legiones sirven al Señor, pues únicamente leemos de “la compañía de muchos millares de ángeles.”

Nosotros echamos una mirada por todo nuestro mundo, y calculamos el número de personas y de fuerzas amigables para nuestra guerra cristiana; pero éstos corresponden únicamente a lo que nuestra pobre óptica puede descubrir: una buena parte no puede ser identificada por tales medios. Pudiera ser que cada estrella sea un mundo, densamente habitado por siervos de Dios, deseosos y listos a volar como llamas de fuego cumpliendo encargos de amor de Jehová. Si los elegidos del Señor no pudieran ser protegidos suficientemente por las fuerzas disponibles en algún mundo, Él no necesitaría sino hablarlo o quererlo, y millares de espíritus desde lejanas regiones del espacio vendrían, aglomerándose, para proteger a los hijos de su Rey.

Como las estrellas del cielo, incontables en sus ejércitos, son los guerreros invisibles de Dios. “Muy grande es su campamento.” “La Omnipotencia tiene siervos en todas partes.” Estos siervos del poderoso Dios están todos llenos de poder: no hay ninguno que desmaye entre todos ellos, corren como hombres fuertes, y prevalecen como hombres de guerra.

Un ejército se compone de hombres valientes, veteranos, soldados de caballería, héroes, hombres entrenados para el conflicto. Las fuerzas de Dios son sumamente fuertes: nada se les puede interponer. Independientemente de la forma que tomen, son siempre poderosos, aun cuando el ejército de Dios esté compuesto de langostas, orugas y revoltones, como en el Libro de Joel; nadie puede resistirlos, y nada puede escapar de ellos. Ellos devoraron todo; cubrieron la tierra; inclusive oscurecieron el sol y la luna. Si ese es el caso con los insectos, ¿cuál no será el poder de los ángeles? Sabemos que ellos “son poderosos en fortaleza,” cuando “ejecutan su palabra, obedeciendo a la voz de su precepto.” ¡Regocíjense, oh hijos de Dios! Hay numerosos ejércitos de su lado, y cada uno de los guerreros está revestido de la fortaleza de Dios.

Todos estos agentes trabajan en orden, pues es el ejército de Dios, y el ejército está compuesto de seres que marchan o vuelan, de conformidad a la voz del mandamiento. “Ninguno estrechará a su compañero, cada uno irá por su carrera.” Todas las fuerzas de la naturaleza son leales a su Señor. Ninguna de estas fuerzas poderosas sueña con la rebelión. Desde el cometa resplandeciente que brilla en lo alto del universo hasta el mínimo fragmento de concha que se esconde en lo más profundo de las cavernas del océano, toda la materia se somete a la ley suprema que Dios ha establecido. Ni tampoco se amotinan contra los decretos divinos los inteligentes agentes no caídos, sino que encuentran su gozo en rendir homenaje amoroso a su Dios. Son perfectamente felices, debido a que son consagrados; llenos de deleite, porque están completamente absortos en cumplir la voluntad del Altísimo. ¡Oh, que pudiéramos cumplir Su voluntad en la tierra, como esa voluntad es cumplida en el cielo por todos los seres celestiales!

Observen que en este grandioso campamento todos ellos eran puntuales para obedecer el mandamiento divino. Jacob siguió su camino, y le salieron al encuentro ángeles de Dios. Tan pronto el patriarca se pone en movimiento, los ejércitos de Dios remontan el vuelo. No se detienen para comprobar que Jacob hubiera cruzado la frontera, ni lo hicieron esperar cuando vino a la cita establecida; estuvieron allí de inmediato.

Cuando Dios quiere liberarlos, amados, en la hora del peligro, encontrarán la fuerza requerida lista para socorrerlos. Los mensajeros de Dios nunca se demoran o se adelantan a su tiempo; saldrán a nuestro encuentro en el instante de necesidad; por tanto, prosigamos sin miedo, como Jacob, continuando nuestro camino aunque Esaú y una banda de malhechores quieran obstruir el paso.

Esas fuerzas de Dios, además, estaban todas comprometidas a cuidar personalmente a Jacob. Quisiera explicar este pensamiento: “Jacob siguió su camino, y le salieron al encuentro ángeles de Dios;” no los encontró por casualidad. No sucedió que fueran avanzando y se atravesaron en el rumbo del patriarca; él siguió su camino, y le salieron al encuentro ángeles de Dios con un plan y un propósito. Vinieron expresamente para salirle al encuentro: no tenían otro compromiso. ¡Escuadrones de ángeles marcharon al encuentro de aquel hombre solitario!

Jacob era un santo, pero de ninguna manera era perfecto; no podemos evitar ver muchas imperfecciones en él, aun echando simplemente una mirada superficial a su vida, y sin embargo, le salieron al encuentro ángeles de Dios. Quizá temprano en la mañana, cuando se levantó para cuidar sus rebaños, él vio los cielos poblados de seres brillantes que eclipsaban el amanecer. Los cielos estaban vestidos con lustres que descendían, y los ángeles bajaron sobre Jacob como una brillante nube que se posaba, por decirlo así, por encima del patriarca.

Los ángeles se deslizaron desde esas puertas de perlas, más famosas que las puertas de Tebas. Se colocaron, unos a la derecha y otros a la izquierda, formando dos campamentos. Quizá un grupo colocó su campamento en la retaguardia, como diciendo: “todo está bien en la retaguardia, Labán no puede regresar; mejor que el majano de Mizpa es el campamento de Dios.” Otro escuadrón se colocó al frente, como diciendo: “la paz sea contigo, patriarca, paz con Esaú, el cazador rubio, y sus hombres armados: nosotros te protegemos en la vanguardia.”

Debe haber sido esa una gloriosa mañana en la que no vio sólo una, sino muchas estrellas matutinas. Si las apariciones se hubiesen visto a la medianoche, seguramente Jacob habría pensado que el nuevo día era llegado antes de tiempo. Fue como si las constelaciones se hubieran congregado para pasar lista, y nubes de estrellas descendieran flotando desde las esferas superiores. Todas vinieron para servir a Jacob, a ese hombre en particular: “El ángel de Jehová acampa alrededor de los que le temen;” pero en este caso fue enviado un ejército a un hombre acompañado de su familia de hijos. El hombre mismo, el solitario que permaneció en pacto con Dios cuando todo el resto del mundo se entregó a los ídolos, fue favorecido con esta señal del favor divino.

Le salieron al encuentro ángeles de Dios. Uno se deleita al considerar que los ángeles están deseosos, inclusive ávidos, tropas de ellos, de salir al encuentro de un hombre. Cuán vana es esa voluntaria humildad y esa adoración de ángeles que Pablo condena tan categóricamente. La adoración a los ángeles parece algo totalmente impensable: la verdad es más bien todo lo contrario, pues ellos nos ayudan y nos sirven: “¿No son todos espíritus ministradores, enviados para servicio a favor de los que serán herederos de la salvación?” Ellos sirven a los siervos de Dios. “¿A cuál de los ángeles dijo Dios jamás: Mi Hijo eres tú?” Pero esto Él ha dicho, primero al Unigénito, y luego a cada uno de los creyentes en Cristo. Nosotros somos los hijos y las hijas del Señor Dios Todopoderoso, y estos seres ministradores tienen una misión relativa a nosotros: como está escrito, “En sus manos te sostendrán, para que no tropieces con tu pie en piedra.”

Les he mostrado que los creyentes están rodeados de una innumerable compañía de ángeles, grande en multitud, fuerte en poder, exacta en orden, puntual en atención personal a los hijos de Dios. ¿Acaso no están bien cuidados, oh ustedes hijos del Altísimo?

Esas fuerzas, aunque en sí mismas son invisibles a los sentidos naturales, son sin embargo manifiestas a la fe en ciertos momentos. Hay situaciones en los que un hijo de Dios es capaz de clamar, como Jacob, “me salieron al encuentro ángeles de Dios.” ¿Cuándo suceden esos momentos? Nuestros Mahanaimes ocurren más o menos en las mismas circunstancias en las que Jacob contempló ese grandioso espectáculo. Jacob estaba comenzando una vida de mayor separación. Estaba dejando atrás a Labán y esa escuela de trampas de regateo y de trueque que pertenece al mundo de los impíos. Él había respirado por demasiado tiempo en una atmósfera malsana; se estaba degenerando; el heredero de las promesas se estaba convirtiendo en un hombre del mundo. Estaba enredado en las cosas del mundo. Sus matrimonios lo tenían sujeto, y parecía que cada año se arraigaba más y más en la tierra de Labán. Ya era tiempo de que fuera trasplantado a un mejor terreno.

Pero luego sale con prontitud; adopta la vida de un nómada. Ha venido para morar en la tierra prometida, como sus padres lo habían hecho antes que él. Ahora iba a confesar que buscaba una ciudad, y que era un peregrino hasta no encontrarla. Mediante un golpe desesperado se liberó de las ataduras; pero debe haberse sentido muy solo, como alguien que anda a la deriva. Echaba de menos todas las asociaciones generadas en la vieja casa de Mesopotamia, que, a pesar de sus molestias, era su hogar. Los ángeles vinieron para congratularlo. Su presencia decía, “has venido a esta tierra para ser forastero y extranjero con Dios, como lo fueron también tus padres. Algunos de nosotros hemos hablado con Abraham, una y otra vez, y ahora hemos venido para sonreírte. Tú recuerdas cómo te despedimos aquella noche, cuando tenías una piedra por almohada en Bet-el; ahora has regresada a la herencia reservada, sobre la cual hemos sido puestos como guardianes, y hemos venido para saludarte. ¡Bienvenido! ¡Bienvenido! Estamos contentos de recibirte bajo nuestro especial cuidado.”

Entonces se aplicó a Jacob esta verdad, “De cierto os digo que no hay ninguno que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por causa de mí y del evangelio, que no reciba cien veces más ahora en este tiempo; casas, hermanos, hermanas, madres, hijos, y tierras, con persecuciones; y en el siglo venidero la vida eterna.”

Esta hermandad de ángeles debe haber sido una admirable compensación por la pérdida de la presencia paternal de ese ruin Labán. Todo lo que perdemos cuando dejamos el mundo, y lo que es llamado “sociedad,” es compensado en abundancia cuando podemos decir: “Nos hemos acercado a la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos, y a la compañía de muchos millares de ángeles.”

Además, la razón por la que los ángeles salieron al encuentro de Jacob en aquel momento fue, sin duda, porque estaba rodeado de grandes preocupaciones. Tenía una gran familia de hijos pequeños; y abundantes rebaños y manadas y muchos siervos lo acompañaban. Él mismo dijo: “con mi cayado pasé este Jordán, y ahora estoy sobre dos campamentos.” ¡Esto representaba una inmensa carga de cuidados! No era fácil para un hombre tener la administración de toda esa masa de vida y guiarla según una forma de vida errante. Pero vean, hay dos compañías de ángeles para equilibrar esas dos compañías de seres débiles. Si él tiene dos grupos que cuidar, también tendrá dos grupos que cuiden de él; si tiene doble responsabilidad, contará con doble ayuda.

Entonces, hermanos y hermanas, cuando ustedes estén en posiciones de gran responsabilidad, y resientan el peso que los oprime, esperen en Dios que contarán con doble socorro, y asegúrense de pedir que Mahanaim pueda repetirse en su propia experiencia, para que su fuerza pueda ser igual a su día.

Además, el campamento del Señor apareció cuando Jacob sentía un gran temor. Su hermano Esaú venía a su encuentro armado hasta los dientes, y, según lo temía, sediento de su sangre. En los tiempos en los que nuestro peligro es mayor, si somos verdaderos creyentes, estaremos especialmente bajo la divina protección, y nos daremos cuenta que es así. Este será nuestro consuelo a la hora de la angustia. ¿Qué puede hacer Esaú con sus cuatrocientos hombres ahora que los campamentos de Dios han colocado sus tiendas y se han congregado en sus escuadrones para vigilar entre nosotros y el enemigo? ¿Acaso no ven los caballos y los carruajes de fuego alrededor de los siervos elegidos de Dios?

Jacob debe haber sentido calma y quietud en el corazón; yo supongo que se tranquilizó cuando vio a sus protectores. ¡Ay!, tan pronto los perdió de vista, el pobre Jacob se deprimió en espíritu otra vez por causa de su hermano Esaú: ‘no viniera acaso y me hiriera la madre con los hijos.’ ¡Tanta es la debilidad de nuestros corazones! Pero no caigamos en el lastimoso pecado de incredulidad. ¿Acaso tenemos alguna excusa para hacerlo? En los tiempos de gran aflicción podemos esperar que las fuerzas de Dios se vuelvan reconocibles para nuestra fe, y tendremos un sentido más claro de los poderes a nuestro lado, del que hayamos tenido antes. ¡Oh, Santo Espíritu, obra en nosotros una gran claridad de visión espiritual!

Y, además, cuando ustedes y yo, como Jacob, estemos cerca del Jordán, en el momento en que estemos pasando a una tierra mejor, entonces podemos esperar venir a Mahanaim. Los ángeles de Dios y el Dios de los ángeles, ambos vendrán al encuentro de los espíritus de los benditos, en el solemne instante de la muerte. ¿Acaso no hemos oído nosotros mismos, de labios moribundos, acerca de revelaciones divinas? ¿No hemos escuchado a menudo el testimonio, también, que no pudo haber sido un invento y un engaño? ¿Acaso muchos seres queridos no nos han dado la seguridad de una gloriosa revelación que nunca antes habían visto? ¿Acaso no se recibe una nueva visión cuando los ojos se están cerrando?

Sí, oh heredero de gloria, los seres brillantes vendrán a tu encuentro en la ribera del río, y serás guiado a la presencia del Eterno por esos relucientes cortesanos del cielo, quienes a ambos lados formarán un escuadrón de amados compañeros cuando la oscuridad esté pasando, y la gloria comience a fluir a torrentes alrededor de ti. Tengan ánimo: si no ven los campamentos de Dios ahora, los verán en el más allá, cuando lleguen al Jordán, y lo atraviesen rumbo a la tierra prometida.

Así he mencionado el tiempo en que estas fuerzas invisibles se vuelven visibles para la fe; y no hay duda de ninguna clase de que son enviados con un propósito. ¿Por qué fueron enviados a Jacob en ese momento? Tal vez el propósito fue primero revivir un antiguo recuerdo que casi lo había abandonado. Me temo que Jacob casi había olvidado Bet-el. Seguramente debe haber traído a la memoria el voto que hizo en Bet-el, el voto que hizo al Señor cuando vio la escalera, y los ángeles de Dios que subían y descendían por ella. Allí estaban ellos: habían dejado el cielo y habían descendido para poder acompañarlo.

A mí me gusta más el sueño de Bet-el que la visión de Mahanaim por una razón, que Jacob vio al Dios del pacto en lo alto de la escalera: aquí únicamente ve a los ángeles. Sin embargo, hay una perla escogida en esta última visión, pues mientras que en Bet-el únicamente vio ángeles que subían y descendían, aquí los ve en tierra a su lado, listos para protegerlo de todo mal. Cuán dulcemente las nuevas misericordias refrescan el recuerdo de favores anteriores, y cuán suavemente la nueva gracia nos trae a la memoria viejas promesas y deudas.

Hermano, ¿acaso tu Mahanaim no señala algún Bet-el medio olvidado? Júzgalo tú mismo. Si nuestro glorioso Dios te diera en este momento una visión clara de Su poder divino y de Su fidelidad del pacto, yo ruego que la visión pueda refrescarte la memoria concerniente a aquel feliz día cuando por primera vez conociste al Señor, cuando por primera vez te entregaste a Él, y Su gracia tomó posesión de tu espíritu.

Mahanaim le fue dado a Jacob, no sólo para refrescar su memoria, sino para elevarlo del bajo nivel ordinario de su vida. Jacob, ustedes saben, el padre de todos los judíos, era muy bueno para regatear: eso era parte de su naturaleza. Jacob sabía ingeniárselas muy bien, más de lo que debía, haciendo honor a su nombre de “suplantador.” No hubiera permitido que nadie lo engañara, y estaba listo en todo momento a sacar ventaja de aquellos con quienes trataba. Aquí el Señor parece decirle, “Oh Jacob, mi siervo, cambia esa miserable forma de tratar conmigo, y ten la mente de un príncipe.” Esa debió haber sido la lección de esta visita angélica, aunque él no la aprendió bien. Jacob estaba preparado a enviar un presente a Esaú, llamándolo “mi señor Esaú;” estaba listo a rebajarse e inclinarse, y autonombrarse su siervo, y todo eso. Fue más allá de la sumisión sugerida por la prudencia, pasando al sometimiento abyecto nacido del miedo.

La visión debió haber motivado a Jacob a escalar a un nivel más alto. Con grupos de ángeles como guardaespaldas, no tenía ninguna necesidad de persistir en su política timorata y mezquina. Pudo haber avanzado con una confianza digna de su abuelo Abraham. Después de todo, hay algo mejor en esta vida que política y planeación: la fe en Dios es muy superior. Los ardides de un cobarde difícilmente se convierten en algo favorito del cielo. ¿Por qué debería temer quien es protegido más allá de todo miedo? Esaú no podría enfrentarse con él, pues Jehová de los ejércitos, el Señor de los campamentos, estaba de su lado.

Oh, que por gracia vivamos de conformidad a nuestra verdadera posición y carácter, no dependiendo pobremente de nuestro propio ingenio ni de la ayuda del hombre, sino con independencia de las cosas que se ven, porque nuestra confianza entera está puesta en lo que no se ve y es eterno. Jacob, como un simple pastor de ovejas, tiene mucha razón de temer a su hermano guerrero, pero como elegido de Dios y poseedor de una guardia celestial podía viajar con valor como si no existiera ningún Esaú. Todas las cosas son posibles para Dios. Entonces tengamos valor. No dependemos de las cosas visibles. No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Maldito es aquél que confía en el hombre. Confía en Dios con todo tu corazón. Él es tu ayuda infinita. Haz el bien, y renuncia a los cálculos. Húndete en el mar de la fe. Cree tanto en lo invisible como en lo visible, y actúa por fe. Me parece que este es el propósito de Dios cuando da a cualquiera de Sus siervos una visión más clara de los poderes que están involucrados a su favor.

Si una visión especial semejante nos es concedida, tengámosla presente en nuestra memoria. Jacob llamó el nombre de aquel lugar Mahanaim. Yo quisiera que tuviéramos la costumbre, en nuestro mundo occidental, en estos tiempos modernos, de poner nombres más sensibles a los lugares, y también a los hijos. Pero nosotros necesitamos, ya sea pedir prestado algún título anticuado, como si no tuviéramos el suficiente sentido para producir uno, o por otro lado nuestros nombres son un perfecto sinsentido, sin ningún significado. ¿Por qué no elegir nombres que conmemoren las misericordias recibidas? ¿Acaso nuestras casas no estarían mucho más llenas de interés, si viéramos a nuestro alrededor recuerdos de los eventos felices de nuestras vidas? ¿No deberíamos registrar las bendiciones notables en nuestros diarios, para heredarlos a nuestros hijos? ¿Acaso no deberíamos decir a nuestros hijos y a nuestras hijas, “hijo, en este lugar Dios ayudó a tu padre;” hija, de esta y esta manera el Señor consoló a tu madre;” “allí, Dios derramó muchas de Sus gracias sobre nuestra familia”?

¡Guarden registros de su carrera! ¡Preserven las memorias hogareñas! Yo creo que es una grandiosa ayuda para un hombre, que sepa lo que Dios hizo por su padre y por su abuelo, pues espera que el Dios de ellos sea también su Dios. Jacob se cuidó de tomar apuntes, pues en repetidas ocasiones bautizó a determinados lugares según los hechos que fueron vistos allí. Jacob les puso nombres a Bet-el, y a Galaad, y a Peniel, y a Mahanaim, y a otros lugares, pues él fue un gran dador de nombres. Y los nombres que puso no fueron olvidados, pues cientos de años después, el buen rey David vino al mismo lugar donde había estado Jacob, y se encontró con que todavía se llamaba Mahanaim, y allí, siervos de Dios de otro tipo salieron también a su encuentro.

Esto me lleva a mi segundo texto; pues los ángeles no salieron al encuentro de David, pero criaturas vivas de otra naturaleza salieron a su encuentro, y cumplieron el propósito de David tan bien como podrían haberlo hecho los ángeles. Entonces brevemente consideraremos ese segundo evento que distinguió a Mahanaim. Vayan al Segundo Libro de Samuel, capítulo diecisiete, y versículo veintisiete. David llegó a Mahanaim, y allí salieron a su encuentro muchos amigos. Él estuvo en ese lugar sagrado, acompañado por un puñado de amigos fieles, fugitivos como lo era él mismo.

Aparentemente no había ningún ángel en las cercanías. Sin embargo, secretamente había miles sobrevolando al afligido rey. ¿Quién es este que se acerca? No es un ángel, sino el viejo Barzilai. Y, ¿quién es éste otro? Es Maquir de Lodebar. Ellos traen consigo miel, grano, manteca, ovejas, grandes vasijas de barro, y utensilios de cocina, y vajilla de barro y tazas para poner sus alimentos; y miren, traen camas también, pues el pobre rey no tiene ni siquiera una silla para sentarse. Estos no son ángeles, pero están haciendo lo que los ángeles no podrían haber hecho, pues ni el propio Gabriel podría haber traído sin problemas, una cama o una gran vasija.

¿Quién es aquél amigo prominente? Tiene acento extranjero. Es un amonita. ¿Cómo se llama? Sobi, el hijo de Nahas, de Rabá de los hijos de Amón. He oído hablar de este pueblo: ellos eran enemigos, ¿no es cierto?, crueles enemigos de Israel. Ese hombre Nahas, ustedes recuerdan su nombre; este uno de sus hijos. ¡Sí!, Dios puede hacer que los enemigos se vuelvan amigos cuando Sus siervos requieren socorro. Quienes pertenecen a una raza que se opone a Israel, pueden, si Dios lo quiere, convertirse en sus ayudadores. El Señor encontró a un abogado para Su Hijo Jesús en la propia casa de Pilato: la esposa del gobernador sufrió mucho en un sueño por causa de Él. Dios puede encontrar un amigo para Sus siervos en la propia familia de sus perseguidores, así como levantó a Abdías para que escondiera a los profetas y los alimentara en una cueva: el propio mayordomo de Acab era el protector de los santos, y eran alimentados con pan de la mesa de Acab.

Me parece que Sobi el amonita vino a David porque le debía la vida. Rabá de los hijos de Amón había sido destruida, y este hombre probablemente era el hermano del rey y había sido perdonado: él recordaba este acto de misericordia, y cuando vio a David en problemas, actuó de manera agradecida y descendió de su hogar en las tierras altas con sus hombres, y con su dinero. Muchos hombres buenos han encontrado generosa ayuda en tiempos de necesidad, procedente de quienes recibieron salvación por su medio. Si somos una bendición para otros, ellos serán una bendición para nosotros. Si hemos traído personas a Cristo, y han encontrado al Salvador por nuestra enseñanza, hay una liga peculiar entre nosotros, y ellos serán nuestros ayudadores. Sobi de Rabá de los hijos de Amón seguramente será generoso con David, porque dirá: “es por él que yo vivo; es por su medio que me salvé de la muerte.”

Si Dios te bendice en la conversión de algunos, puede ser que los levante en el tiempo de tu necesidad, y los envíe para ayudarte: de cualquier manera, ya sea por medio de amigos visibles o invisibles, Él hará que tú mores en la tierra, y ciertamente serás alimentado. Aquí se acerca otra persona de quien hemos tenido noticias antes, Maquir de Lodebar. Ese es el gran hacendado que cuidó a Mefi-boset. Parece haber sido verdaderamente un hombre leal, fiel a las familias reales aun cuando sus fortunas fueran adversas. Así como había sido fiel a la casa de Saúl, así fue fiel a David. Nosotros contamos entre nosotros con hermanos que siempre son amigos de los ministros de Dios: los aman por causa de su Señor, y se adhieren a ellos cuando los espíritus más veleidosos corren en pos de los recién llegados.

Dichosos somos por tener muchos adherentes así. Ellos sirvieron al predecesor de este predicador; a ellos les gusta hablar del grandioso anciano que gobernó Israel en tiempos antiguos, y no se cansan de hacerlo, pero son anfitriones del líder actual, y están igualmente entregados a su servicio. Dios toma a estos hermanos en el momento que son necesarios, y se aparecen con sus manos cargadas.

Aquí vemos llegar a Barzilai, muy anciano, de ochenta años, y como nos lo informa el historiador, “un hombre muy rico.” Su enorme riqueza estaba toda a la disposición de David y sus seguidores, y “él había dado provisiones al rey cuando estaba en Mahanaim.” Este viejo noble fue ciertamente tan útil a David como los ángeles lo fueron para Jacob, y él y sus coadjutores fueron verdaderamente una parte de las fuerzas de Dios. Los ejércitos de Dios son varios: Él no posee únicamente una tropa, sino muchas. ¿No vio acaso el siervo de Eliseo el monte lleno de caballos de fuego, y de carros de fuego?

Los ejércitos de Dios son de variados regimientos, mostrándose como caballería e infantería, querubines y serafines, y hombres y mujeres santos. Quienes pertenecen a la iglesia de Dios aquí abajo son tan miembros del ejército de Dios como los más santos ángeles allá arriba. Las mujeres piadosas que ministran al Señor hacen lo que pueden, y los ángeles no pueden hacer más que ellas.

En esta ocasión, Mahanaim mereció muy bien su nombre, debido a la ayuda que le llegó a David procedente de estas diferentes personas de una manera sumamente noble, como si hubiese llegado por medio de ángeles. Los ayudadores de David mostraron su fidelidad para con él. Él había sido expulsado de su palacio y muy probablemente iba a ser destronado; pero ellos estuvieron a su lado y demostraron que querían estar a su lado. Su declaración fue en efecto, “Por ti, oh David, y contigo, oh hijo de Isaí, y todo lo que poseemos.” Ahora era su momento de necesidad, y ahora comprobaría que no eran únicamente amigos en los buenos tiempos; sino verdaderos amigos en la hora de la prueba.

¡Vean su generosidad! Qué cantidad de bienes trajeron consigo para sostener a las tropas de David en el día en que padecían hambre y sed. No necesito darles los detalles; los versículos se leen como una lista de artículos de un comisariato. Cada exacta forma necesaria de provisión se encuentra allí. ¡Cuán espontánea fue la ofrenda! David no solicitó nada: ellos lo trajeron antes que él lo pidiera. No tuvo que enviar a sus sargentos por todos lados para exigir tributos de las aldeas vecinas y de las fincas; pero allí estaba el pueblo bueno, listo para entregar todo tipo de bienes. Su cuidado fue muy grande, también, pues da la impresión que pensaron en todo aquello que pudiera ser necesario, y además, dijeron, “El pueblo está hambriento y cansado y sediento en el desierto.” La cordialidad de todo ello es sumamente deliciosa. Ellos trajeron sus contribuciones con alegría y gozo, pues de lo contrario habrían traído una magra ración, con una menor variedad de dones.

Yo infiero de esto que si en cualquier momento un siervo de Dios está marchando en la obra de su Señor, y si necesita ayuda de cualquier tipo, no necesita preocuparse al respecto, sino que debe confiar en el Señor, pues la ayuda y el socorro ciertamente vendrán, si no de los ángeles arriba, sí de la iglesia abajo.

¿Pueden buscar en el Libro de Cantares, capítulo seis y versículo trece, “Vuélvete, vuélvete, oh sulamita; vuélvete, vuélvete, y te miraremos? ¿Qué veréis en la sulamita? Algo como la reunión de dos campamentos,” o Mahanaim; pues así es como está literalmente expresado en el hebreo original. En la iglesia de Dios, entonces, vemos la compañía de Mahanaim: los santos son los ángeles de Dios en la tierra, como los ángeles son sus ejércitos arriba. Dios los enviará sobre sus encargos para consolar y sustentar a sus siervos en sus tiempos de necesidad. Prosigue, oh David, al llamamiento de tu Señor, pues sus siervos elegidos aquí abajo considerarán su deleite que puedan ser tus aliados, y tú dirás de ellos “Campamento de Dios es este.”

Y ahora vamos a terminar. Al tiempo que les he mostrado los agentes invisibles de Dios, y los agentes visibles de Dios, quiero traer a su mente que en cualquiera de los dos casos, y en ambos casos, el campamento es el campamento de Dios: es decir, la verdadera fortaleza y la seguridad del creyente es su Dios. Nosotros no confiamos en la ayuda de los ángeles; nosotros no confiamos en la iglesia de Dios, ni tampoco en diez mil iglesias de Dios puestas juntas, si existieran, sino que confiamos en el propio Dios. Oh, es grandioso apoyarse en el brazo desnudo de Dios, pues allí están apoyados todos los mundos. El brazo eterno no se cansa nunca, ni los que se apoyan en Él serán jamás confundidos. “Confiad en Jehová perpetuamente, porque en Jehová el Señor está la fortaleza de los siglos.”

Yo les comenté el jueves pasado que la fe no era otra cosa que sentido común santificado; y yo estoy seguro que es así. Es la cosa de mayor sentido común del mundo confiar en quien es digno de confianza; la cosa más razonable del mundo incluir en los cálculos de ustedes a la mayor potencia del mundo, y ese es Dios, y poner su confianza en ese poder grandioso. Sí, es más, puesto que esa suma potencia incluye a todos los demás poderes, pues no hay poder en los ángeles, o en los hombres, excepto el que Dios les otorga: es sabio poner toda nuestra confianza únicamente en Dios.

La presencia de Dios en los creyentes es más cierta y constante que la presencia de ángeles y de santos. Dios lo ha dicho: “Yo estaré contigo.” Además Él ha dicho: “No te desampararé, ni te dejaré.” Cuando estás comprometido en el servicio de Cristo, tú tienes Su promesa que te respaldará: “Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura.” “Y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.” ¿De qué tienes miedo, entonces? Desechen todo temblor. Que los corazones débiles se vuelvan fuertes. ¿Qué puede hacernos tambalear? “Dios está con nosotros.” ¿Hubo alguna vez un grito de batalla más fuerte que el nuestro: el Señor de los ejércitos está con nosotros?

Bendito era John Wesley que vivía por fe, y que murió diciendo estas palabras: “lo mejor de todo es que Dios es por nosotros.” ¿Acobardarse? ¿Salir huyendo en el día de la batalla? ¡Qué vergüenza! No pueden hacer eso, si Dios está con ustedes; pues “Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?” O si alguien está en contra nuestra, ¿podría aguantar siquiera una hora?

Entonces, si Dios quiere proporcionarnos ayuda utilizando causas secundarias, como muy bien sabemos que lo hace (pues a muchos de nosotros Él envía muchísimos amigos que nos ayudan en Su buena obra), entonces debemos esforzarnos por ver a Dios en estos amigos y ayudantes. Cuando no cuenten con ayudantes, vean a todos los ayudantes en Dios; si tienen muchos ayudantes, entonces deben ver a Dios en todos sus ayudantes. En esto hay sabiduría. Cuando sólo tienes a Dios, y a nadie más, ve todo en Dios: cuando lo tengas todo, entonces ve a Dios en todo. En cualquier condición, mantén tu corazón únicamente en el Señor. Rogamos que el Espíritu de Dios nos enseñe a todos cómo hacer esto.

Cuán poderosa es en nosotros esta tendencia a la idolatría. Si un hombre se inclina para adorar un pedazo de madera o de piedra, lo llamamos idólatra; y en efecto lo es: pero si tú y yo confiamos en nuestro prójimo en vez de confiar en Dios, eso es idolatría. Si les damos la confianza que pertenece únicamente a Dios, los adoramos a ellos en vez de adorar a Dios. Recuerden que Pablo dijo que no consultó en seguida con carne y sangre: ay, demasiados de nosotros estamos enredados en esa trampa. Consultamos mucho más con carne y sangre que con el Señor. La peor persona a la que puedo consultar jamás es a la que siempre esté demasiado cerca de mí. Que el Señor me libre de ese mal.

La presencia del Señor Jesús es la estrella de nuestra noche y el sol de nuestro día, la cura de la preocupación, la fortaleza del servicio, y el solaz del dolor. El cielo en la tierra para nosotros es que Cristo esté con nosotros, y el cielo allá arriba es estar con Cristo.

No puedo pedir nada mejor para ustedes, hermanos, sino que Dios esté con ustedes de una manera muy conspicua y manifiesta durante todo este día, y por el resto del tiempo hasta que los días lleguen a un fin. No pido que ustedes puedan ver ángeles: sin embargo, si eso puede suceder, que así sea. Pero, ¿en qué consiste, después de todo, ver a un ángel? ¿No es el hecho de la presencia de Dios mucho mejor que la visión de la mejor de sus criaturas? Tal vez Dios favoreció a Jacob con la visión de ángeles debido a que era una criatura débil y pobre en cuanto a su fe; posiblemente si hubiese poseído una fe perfecta, no hubiera necesitado ver ángeles. Habría dicho: “no necesito ninguna visión de espíritus celestiales, pues yo veo a su Señor.”

¿Qué son los ángeles? Son únicamente los pajes de Dios para cumplir sus órdenes; ver a su Señor es mucho mejor. Los ángeles de Dios no deben compararse con el Dios de los ángeles. Si mi confianza está puesta en Él, que es mi Padre, y en Jesucristo que se ha convertido en el hermano de mi alma, y en el Espíritu Santo que mora en mí conforme a Su propia palabra, ¿por qué había de preocuparme, aunque ninguna visión de lo sobrenatural alegre jamás mis ojos? Benditas son aquellas personas que no han visto y sin embargo han creído. “(porque por fe andamos, no por vista);” y en esa fe llena de gozo descansamos, esperando que en el tiempo y hasta la eternidad, el poder de Dios será con nosotros, ya sea visiblemente o de manera invisible, por hombres o por ángeles. Su brazo estará levantado por nosotros, y Su diestra nos defenderá.

Mi corazón está alegre, pues yo también he tenido mi Mahanaim, y en esta mi hora de necesidad para la obra del Señor, a la que me ha llamado, veo las ventanas de los cielos abiertas sobre mí, y veo tropas de amigos a mi alrededor. Veo a la providencia que se mueve para el Orfanato que dará comienzo ahora. También hay dos campamentos a mi alrededor, y por esa razón les predico hoy sobre aquello que he visto y conocido. Ruego que el Ángel del pacto sea siempre con ustedes. Amén.

Porciones de la Escritura leídas antes del sermón:

Génesis 31: 43-55; 32: 1-2; 2 Samuel 17: 27-29; Salmo 23.