Por Charles Spurgeon

 “Y llegaron a Mara, y no pudieron beber las aguas de Mara, porque eran amargas; por eso le pusieron el nombre de Mara. Entonces el pueblo murmuró contra Moisés, y dijo: ¿Qué hemos de beber? Y Moisés clamó a Jehová, y Jehová le mostró un árbol; y lo echó en las aguas, y las aguas se endulzaron. Allí les dio estatutos y ordenanzas, y allí los probó.” Éxodo 15: 23, 24, 25.

¡Qué cambio tan repentino del sonido del pandero a la voz de la murmuración! Hace tres días ustedes vieron a las doncellas que danzaban, y poco se imaginaron que ellas formarían parte de aquella turba clamorosa que rodea al siervo de Dios y clama: “¿Qué hemos de beber?” Tan veleidoso y voluble es el hombre, que así son los cambios de nuestros sentimientos internos por nuestras condiciones externas.

¿Qué cosa hay que nos pueda servir de apoyo en esta vida mortal? Hoy decimos: “Estoy afirmado como monte fuerte, no seré jamás conmovido”; mañana, no hay ninguna terra firma (tierra firme), y somos sacudidos por un mar embravecido.

Nuestra vida es como un día de Abril, pues el brillo del sol alterna con los aguaceros; o como cada uno de los días del año, en los que la mañana y la tarde son necesarias para completarlo. La oscuridad pisotea veloz los talones de la luz, perseguida otra vez con igual prisa por la luz. El gobierno del sol, en esta hora dorada, no es sino temporal; ese astro ha de abdicar a favor de las estrellas usurpadoras, pero ellas, a su vez, deben ceder otra vez su lugar ante la presencia señorial del sol.

Este mundo, que es nuestro mesón, corresponde al símbolo del “juego de damas”: los blancos y los negros del tablero están por todos lados. Entre aquí y el cielo no podemos estar seguros de nada de las cosas que son vistas; pero de esto podemos estar seguros: que por debajo de todos los cambios externos hay un inmutable amor de Dios por Su pueblo, y que, después de todo, el cambio radica únicamente en las cosas que parecen ser y no en las cosas que verdaderamente son; pues las cosas que no se ven son eternas y no sufren cambios; no es sino en las cosas que se ven que ocurren los cambios. Demos menos importancia a la tierra porque su forma no permanece. Valoremos más el cielo, porque no puede disolverse.

I. El texto dirige la atención suya, antes que nada, a LOS MALES DEL DESIERTO. No necesitamos pasar mucho tiempo pensando en estos males, porque ellos se arrojan en nuestro camino con la suficiente frecuencia; y la propensión de nuestra mente es a exagerarlos indebidamente.

Observen que los peligros y las pruebas del desierto ocurren en los propios inicios de la vida del peregrino. No tengo ninguna duda que los jóvenes cristianos, -cuando todavía tienen la cáscara del huevo sobre su cabeza y no han terminado de ser incubados- tienen la creencia que sus aflicciones terminaron ahora que han emplumado en la fe; sería mejor que reconocieran que, ahora que son contados entre los siervos del Altísimo, sus tribulaciones comenzarán con una fuerza diez veces mayor. Aunque no te suceda ninguna otra cosa, oh siervo de Dios, esto en verdad se cumplirá, “En el mundo tendréis aflicción.” “¿Qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina?”

Algunos privilegios no son comunes para todos los hijos adoptados, pero el privilegio de la disciplina es universal para todos los verdaderos hijos. Escapar de la vara es una señal de ilegitimidad, pero los azotes son una prenda segura del amor paternal.

Yo digo, sin embargo, que estas aflicciones llegan muy pronto. Israel apenas acababa de atravesar el Mar Rojo, y habían andado tres días por el desierto de Sur sin hallar agua; y al tercer día, cuando llegaron a una fuente, descubrieron algo peor que la falta de agua, pues el agua era tan salobre, tan completamente inadecuada para beberse, que aunque pensaban que beberían lo que fuese, no podían de ninguna manera beber esta agua. Cómo, en tres días, aquellas personas que entonaban cánticos al Señor porque había triunfado gloriosamente, ¿habrían de sentir náuseas por el agua que su sed les hacía anhelar con vehemencia? En tres días, ¿serían reducidos a tales apuros que tendrían que beber o morir, y, sin embargo, sentir que morirían si bebieran de esas corrientes nauseabundas?

Ah, el alborozo por haber encontrado al Salvador fue algo inolvidable, y sin embargo, sólo un par de días después, tropezamos por una gran tentación, o nos sorprendimos por el descubrimiento del mal en nuestros corazones, o fuimos probados por la frialdad de nuestros compañeros cristianos, o por la crueldad del mundo de afuera, de tal forma que descubrimos que habíamos llegado a Mara. Y esta fue una prueba más severa, porque algunos de nosotros habíamos encontrado un grado de placer en los caminos del pecado, y ahora nos servía de tropiezo descubrir aflicción en los caminos de Dios.

Cuando Israel estaba en Egipto, bebían agua del río Nilo. No era esa un agua ordinaria. Hasta este día, los habitantes de las riberas del Nilo aseguran que el agua tiene un sabor peculiar que no puede encontrarse en ningún otro río, y prefieren las aguas del Nilo a cualquier otra agua del mundo.

¡Qué cambio de la dulzura del Nilo a la amargura de Mara! ¿Acaso no brotó la sugerencia en sus corazones: “nos iba mejor en la servidumbre de Egipto que ahora con la amargura de Mara”? El diablo nos tentó a algunos de nosotros desde el propio principio, diciendo: “miren lo que consiguieron por ser cristianos. Mientras eran como los demás, su corazón tenía júbilo; ahora que han salido y seguido al Crucificado, han perdido la vivacidad de sus espíritus, la brillantez de su ingenio, y todo lo que valía la pena en la vida les ha sido quitado.

Joven cristiano, ¿es ese tu caso hoy? No vayas a vacilar, ni vayas a creerle al enemigo. Hombre, sería mejor morir en libertad en Mara, que vivir esclavizado junto al dulce Nilo. Incluso los hombres que no conocen al Espíritu de Dios, han sentido que sería mejor morir libres que vivir en la esclavitud, y en verdad, ser un esclavo de Satanás es algo tan degradante, que aunque esta boca fuera llenada para siempre con la amargura de Mara, sería mejor eso que ser embelesado por los placeres del pecado. Sin embargo, estas tempranas pruebas son muy severas, y requieren de mucha gracia para que no nos causen un gran daño.

En segundo lugar, estos males asumen diversas formas. Ustedes advirtieron que durante los primeros tres días en el desierto, no encontraron agua; esa es una prueba. Pero al siguiente día, o al fin del tercer día, encontraron agua. Ahora pensaban que su prueba había terminado: ¡ay!, pero solamente había cambiado su forma. Descubrieron agua, pero era demasiado amarga para poder beberse.

No tengan prisa por cambiar sus pruebas, queridos amigos. Nos hemos enterado de algunos que se quejaban porque no tenían hijos, y, como Raquel, su clamor era: “Dame hijos, o si no, me muero.” Antes de que pasara mucho tiempo han tenido hijos que demostraron ser algo peor que no tener hijos. Es mejor no tener ningún hijo que tener a un Absalón. Hemos conocido a unos que gozaban de buena salud, pero estaban descontentos porque no tenían riquezas; han conseguido finalmente las riquezas, pero por una constitución física menoscabada, no han podido disfrutarlas.

Si pudiésemos escoger nuestras pruebas, haríamos bien en recordar la sabiduría del viejo filósofo, que le dijo a la gente que estaba oprimida por un tirano que se contentara con su tiranía, “pues,” -dijo él- “sucede con los opresores lo que sucede con los mosquitos: deja que aquellos mosquitos que está sobre ti te chupen, pues si los ahuyentas, los que vengan de refuerzo en sustitución de aquellos estarán más hambrientos que los que están sobre ti ahora: es mejor que se contenten con la tiranía que tienen, que buscar una nueva.”

Sucede lo mismo con las pruebas que experimentamos ahora: se acostumbrarán gradualmente a ellas y gastarán su fuerza. El deseo de un cambio en las pruebas podría ser sólo un anhelo de una peor aflicción, pues, ¿qué era peor: no tener agua, o tener agua pero encontrarla tan amarga que era imbebible?

Cuando Dios cambie la prueba, estén muy satisfechos que les sea cambiada. Puedes anticipar, cristiano, que tu prueba será cambiada: en verdad, debes contar con que así sea. Quiero decir, que si hoy tu navegación es calmada, aunque ayer las olas se alzaban como montañas, sólo se trata de un cambio de pruebas; ahora eres probado por la prosperidad, que puede llegar a ser una prueba más severa para ti que la adversidad.

¿Acaso ahora el viento sopla suavemente proveniente del sur? No es sino otra prueba para ti, puedes estar seguro de ello, pues aquellos que se han enfrentado al ventarrón del norte y se han vuelto más resistentes y fuertes por su influencia, a menudo han desfallecido y se han cansado bajo aires más suaves. Pero tú, sé sobrio en todo, pues tus pruebas están contigo constantemente; el crisol es cambiado, pero el fuego arde todavía.

Noten también que así como las pruebas del desierto llegaron pronto y asumieron diversas formas, así también las pruebas del cristiano tocan asuntos vitales con frecuencia. No encontraban agua, o habiéndola encontrado, era amarga. No se dice que no encontraron vino: hubiera sido una pequeña prueba, en verdad; no se dice que no encontraron leche, aunque los infantes podrían haber estado agudamente turbados por esa falta de leche; sino que no hallaron agua potable.

Aquí había una negación de algo esencial de la vida. Tenían que conseguir agua, y no era ningún lujo sino una necesidad; con la arena caliente y ardiendo bajo los pies, que refleja el fiero calor de un cruel sol, carecer de agua en el desierto es sentir una urgente necesidad que produce un dolor terrible.

Dios puede tocarnos, y probablemente lo haya hecho o lo hará, en puntos sumamente vitales. Ser probados con la pérdida de algunas de sus superfluidades, hermanos míos, es poca cosa; pero perder incluso lo poco que tenían como sustento, ser llevados a experimentar escasez de pan, esa es una tribulación real. Que la mano se extienda para tocar tu hueso y tu carne, esa es una verdadera aflicción.

Créanme, nuestras virtudes y gracias se ven muy bien, y las tenemos en gran consideración hasta que sufren esa ordalía, pero esa prueba con frecuencia les quita su brillo y su belleza; descubrimos cuán grande es nuestra debilidad, cuando la propia médula de nuestros huesos parece ser una guarida en la que los dolores, como ladrones, se ocultan.

No solamente es un hijo el que nos fue arrebatado entre muchos, sino el único hijo; no se trata de un amigo, o de un pariente distante, sino que es abatido lo íntimamente amado por tu corazón. Que no te sorprenda que tu prueba te afecte grandemente y penetre hasta tu alma y tu corazón.

Una de las resoluciones de Dios es que las pruebas de Sus siervos no sean simulacros de pruebas ni que la gracia otorgada sea imaginaria, sino que sean reales. Dios no juega nunca a disciplinar a Sus hijos. Ninguna prueba, cuando se experimenta, parece algo gozoso, sino algo terrible. Por los moretones de la herida, el corazón se vuelve mejor; si no recibiera heridas, no sería beneficiado. El beneficio resultante será proporcional a la amargura sentida.

Los israelitas no encontraban agua. ¡Oh, Dios mío, a qué estrecheces reduces a Tu pueblo; a Tu propio pueblo que lleva consigo los títulos de propiedad de una tierra que destila leche y miel! El Jordán y el arroyo de Cisón son suyos, y, sin embargo, sólo tienen a Mara para beber mientras se encuentran aquí; Tu propio pueblo, que has decidido que habite en una tierra de arroyos y de ríos de agua, donde se sentará cada uno debajo de su vid y debajo de su higuera; estos, Tus muy amados, a quienes sacaste con mano alzada y con brazo fuerte han sido conducidos al extremo de la pobreza, y lo poco que tienen, con frecuencia contiene un sabor amargo infiltrado en su interior.

Observen además, que hay una razón por la que las misericordias terrenales que satisfacen nuestras necesidades han de ser más o menos amargas. Cuando Israel recibió agua proveniente de la roca, esa agua no era amarga; pero esta brotaba de la arena. En el desierto, hasta este día, el agua puede ser encontrada en diferentes lugares, pero cuando trazuma a través de un lecho arenoso es casi sin excepción tan salobre y amarga, por razón de la arena, que no es adecuada para el consumo humano; e incluso los camellos, a menos que estén agudamente sedientos, se alejan de ella con gran aversión. La arena la ha corrompido y el sabor de la tierra ha impregnado esa bendición.

Lo mismo ocurre con la mayoría de nuestras bendiciones: en razón de nuestro pecado y debilidad, demasiado del sabor de la tierra se pega al don del cielo. Nuestras misericordias comunes, cuando las recibimos directamente del cielo tal como Dios las otorga, son en verdad misericordias: frescas y rápidas corrientes que manan de la roca de Su favor; pero estamos tan propensos a atribuirlas a la criatura, y estamos tan listos a considerarlas como provenientes de la tierra en vez de venidas del cielo, que justo en esa medida podemos esperar encontrar amargura en ellas.

¿Qué podrían esperar de un desierto, sino productos congruentes con él? ¡Canaán!, ¿quién buscaría amargura allí? ¿Acaso no es la tierra que destila leche y miel? Dulce tierra, ¿cuándo llegaremos a ti? Tu dulzura es muy congruente contigo misma. Pero aquí, en este desierto, donde no tenemos una ciudad permanente, ¿quién buscaría los arroyos del Líbano? ¿Quién esperaría encontrar los frutos de Canaán en el desierto de Sin? Esperar encontrar, en medio de estas escenas cambiantes, consuelos que serán la plenitud del consuelo y gozos que serán la plenitud del gozo, sería como querer obtener del mar salado los dulces frutos de la palmera o los deliciosos racimos de la vid. No, serán consuelos, pero con frecuencia serán amargos; serán un tanto gozosos, pero el sabor de la tierra que contienen nos hará recordar que este no es nuestro reposo.

Sé que no debo detenerlos más tiempo con estos males del desierto. No siento que sea malo hablar de ellos, pues no se mencionan en absoluto con miras a desalentar a aquellos que han partido en peregrinación; no somos de aquellos que alzan sus manos y dicen: “los leones, los gigantes, los dragones; joven peregrino, no llegarás nunca a la tierra de la promesa”; sin embargo, queremos imitar al Salvador, que le dijo al seguidor que pensaba que le podía seguir a dondequiera que fuese: “Siéntate y calcula los gastos.” Hay pruebas para ustedes, para ustedes que son seguidores de Cristo, aunque no hubiera ninguna para los demás: pruebas peculiares para ustedes, y gozos peculiares que las sobrepasan diez mil veces, pero sin embargo, aflicciones peculiares, nuevas aflicciones de una nueva vida de las cuales será algo bendito haber sido participante; pero allí están, y no queremos engañarlos.

Para ustedes habrá Maras que otras personas tal vez no conozcan, y para ustedes habrá sed prolongada allí donde otros beberán hasta saciarse; sin embargo, llevaremos a Cristo y Su oprobio, a Cristo y Su Mara, en vez del mundo con su dulzura, pues a pesar de cada tropiezo que sea atribuible a Cristo Jesús, Él es mejor que el mundo con todas las añadiduras que pudieran ser inventadas por los hijos del placer.

II. Todo esto sobre el primer punto: los males del desierto. Ahora, en segundo lugar, LA INCLINACIÓN DE LA NATURALEZA HUMANA. El pueblo murmuró contra Moisés, y dijo: “¿Qué hemos de beber?” No digas: “la naturaleza humana”, dirá alguien; di más bien: “la inclinación de la naturaleza judía.” Ah, pero por sobre todo, yo preferiría al pueblo en el desierto a cualquier otro: pueden estar seguros que no eran peores que nosotros. Son un ejemplo para nosotros de lo que es nuestro corazón; y cualquier cosa que veamos en ellos, sólo tenemos que mirar un poco, y lo veremos en nosotros mismos. No era tanto la naturaleza judía la que Dios probó en el desierto, como la naturaleza humana en su mejor estado.

Es un hecho que la inclinación de la naturaleza humana es a murmurar. Ellos murmuraban, se quejaban, criticaban. Se trata de algo muy fácil, pues la propia palabra “murmurar”, es sumamente simple, compuesta de dos sonidos infantiles: mur mur. No contiene ningún sentido, ninguna agudeza, ningún pensamiento: es más bien el grito de una bestia que el de un hombre -mur mur (ar)- solamente un doble gemido. Fácil es para nosotros dar coces contra las dispensaciones de Dios, dar expresión a nuestras aflicciones, y lo que es peor, a la inferencia que extraemos de todo ello, que Dios se ha olvidado de otorgar la gracia. Murmurar es nuestra tendencia; pero, mis queridos hermanos y hermanas en Cristo, ¿pretendemos acaso que las inclinaciones de la vieja naturaleza nos gobiernen? ¿Murmuraremos? Oh, que tuviésemos gracia para más bien decir con Job: “He aquí, aunque él me matare, en él esperaré.” ¿Se ha de lamentar el hombre viviente? ¿Acaso no hemos recibido tanto bien de las manos del Señor que muy bien podemos recibir mal sin rebelión? ¿Acaso no frustraríamos a Satanás, y someteríamos la inclinación de la carne, si dijéramos en el poder del Espíritu de Dios: “Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito.”

Yo sé que somos propensos a decir: “bien, así es la naturaleza humana”, y habiendo dicho que es la naturaleza humana, suponemos que hemos dado una muy excelente excusa para hacerlo. Pero, ¿pero ha de gobernar la naturaleza humana a la naturaleza divina? Tú, creyente, profesas ser partícipe de la naturaleza divina. Debes permitir que la fuerza superior gobierne, debes dejar que lo que viene de arriba sea supremo, y debes poner la naturaleza inferior abajo; evitemos las murmuraciones y las quejas, y engrandezcamos y adoremos al Dios que abate nuestros consuelos.

Observen -y esto es digno de notarse- que la murmuración no era ostensiblemente en contra de Dios. Ellos murmuraron contra Moisés. ¿Y han observado alguna vez cómo la mayoría de nosotros, cuando estamos en una vena de murmuración, no somos lo suficientemente honestos para murmurar claramente contra Dios?

No: el niño está muerto, y nos formamos algunas conjeturas que hubo algún tratamiento errado por parte de la enfermera, o del cirujano, o de nosotros mismos; nos aferramos a aquello para lo cual no habría ni una sombra de prueba, y la murmuración se enfoca a ese punto.

O hemos perdido dinero, y hemos sido abatidos desde la opulencia hasta casi la pobreza; entonces decimos que alguna persona fue deshonesta, que un cierto individuo nos traicionó en una transacción cuando dejó de cumplir su parte; toda la murmuración es agolpada sobre esa persona.

Nosotros negamos, tal vez indignadamente, que murmuremos contra Dios; y para demostrarlo, redoblamos el celo con el que murmuramos contra Moisés. Quejarse de la causa segunda es aproximadamente tan razonable como la conducta del perro, que muerde el palo con el que es golpeado. No le debe ningún enojo al garrote, sino a la persona que lo usa.

“¿Habrá algún mal en la ciudad, el cual Jehová no haya hecho?” Cualquiera que sea el instrumento, el Señor gobierna. En lo más íntimo de nuestro corazón, nuestra rebelión es contra el Señor mismo. No tenemos la suficiente honestidad para hablar mal de Dios abiertamente y sin disimulo, y así, hipócritamente, cubrimos nuestro descontento contra Él, murmurando contra alguna persona, ocasión o evento. “Si no hubiera salido en una ocasión como esa, no habría pescado ese resfrío y no habría tenido que guardar cama.” Así culpamos a una circunstancia accidental como si no fuese parte del ordenamiento divino.

Este quejarse de la causa segunda, ¿es mejor que hablar mal de Dios? Pienso que no, pues, de hecho, es hablar mal de Dios, y es, en adición, una injusticia para con la causa segunda, convertida de esta manera en el blanco.

Cuando Faraón ordenó a los israelitas que hicieran ladrillos, y no les proveyó de paja, hizo una injusticia; pero cuando los israelitas se reunieron alrededor de Moisés y le dijeron virtualmente que les debía abastecer de agua, era casi lo mismo. ¿De dónde obtendría este hombre agua para darles de beber? ¿Cómo podía endulzar las aguas de Mara? Ellos sabían muy bien que no le era posible abrir un pozo para ellos en el desierto; ellos se quejaron, digo yo, en sus corazones, realmente contra Dios, pero añadieron a esto la hipocresía y la injusticia de velar su murmuración en contra del Altísimo por medio de una queja injusta y clamorosa contra Su siervo Moisés.

Detén tu lengua, hermano mío; cesa de cavilar contra esto y aquello, contra esta persona o esa; pues ten la seguridad que estás actuando injustamente para con tus semejantes y haciendo mal para con tu Dios.

Además, mientras hablamos de esta inclinación de la naturaleza humana, quiero que observen cómo revelaron una completa incredulidad en Dios. Le preguntaron a Moisés: “¿qué hemos de beber?” Querían decir con eso: “¿Por qué medios puede Dios suplir nuestra falta de agua?” ¡Qué pregunta! Cuando estaban en el Mar Rojo, Dios partió en dos el golfo interpuesto, y a través de sus profundidades ellos marcharon a pie enjuto; allí está el agua de Mara: ¿será más difícil para Dios purificarla que dividirla? Endulzar una fuente, ¿es eso más difícil que limpiar el mar? ¿Hay algo demasiado difícil para el Señor? Un gran milagro acababa de ser obrado; si lo hubiesen considerado, y hubiesen ejercitado incluso el más mínimo grado de fe, deberían haber visto que quien pudo obrar tal milagro como el que habían visto, podría obrar otro más; y podrían haber estado felizmente al borde de Mara, y haber cantado: “El que arrojó al Faraón y a sus capitanes escogidos dentro del Mar Rojo, y libró a Su pueblo, puede dar de beber a Sus escogidos; por tanto, nosotros cantamos: brota, oh pozo, y que tus aguas sean dulces y limpias.”

Oh, si hubieran tenido fe en Dios siquiera como un grano de mostaza, habrían visto grandes cosas y glorificado Su nombre. ¿Los culpan por eso? Háganlo; cúlpenlos mucho, pero inclúyanse ustedes mismos en la censura. ¿Cuán a menudo no hemos hecho lo mismo? Hemos dicho: “nunca más voy a desconfiar de mi Dios después de esta memorable liberación, pues esta singular manifestación de Su poder ha eliminado mi incredulidad”; sin embargo, una prueba se presenta, y nuestra fe, ¿dónde está? Si el Hijo del Hombre mismo hubiese estado en la tierra con esa penetrante mirada para discernir la fe que Él mismo crea, ¿podría hallar fe en nosotros en la hora de tribulación?

Han de sentirse humillados al verse ustedes mismos en el espejo. Contemplen su inestabilidad, que es como el agua. Cuán semejantes a cañas sacudidas por el viento somos nosotros; o semejantes a meteoros, que atraviesan como un relámpago la frente de la noche, para dejar la oscuridad más densa que antes. Cuán pronto se desvanece la gloria de nuestra confianza, y se marchita la excelencia de nuestra fe. Guarda nuestros pies en la vida, grandioso Dios, o pronto pereceríamos en tinieblas.

III. Ahora, en tercer lugar, -y que la ayuda divina, la ayuda del Espíritu Santo me sea concedida- voy a hablar sobre EL REMEDIO DE LA GRACIA. Les he mostrado los males del desierto y la inclinación de la naturaleza: es deleitable contemplar el remedio de la gracia.

Primero, si quieren que la amargura de Mara sea remediada, lleven el caso en oración a Dios. Dios comienza haciendo que comencemos. El pueblo se quejó a Moisés; Moisés llevó la queja a su Señor.

En todas las pruebas, el camino más seguro para un remedio es la oración. En la farmacia celestial, la oración es el catholicon (la panacea universal); pone remedio a todas las cosas. La oración, que conquista al cielo, nunca será superada en la tierra. Ni los hombres ni los demonios pueden hacer frente a la oración: los hiere cadera y muslo como otro Sansón. El arco de la oración no regresa vacío; es más veloz que un águila, es más fuerte que un león.

Lleva tu caso ante Dios, oh heredero de la tribulación; extiende la carta del Rabsaces delante del Altísimo, y el Señor acallará sus denuestos. La mitad del trabajo se completa cuando es llevado delante de Dios con súplicas.

Noten, además, que tan pronto como tenemos una oración Dios tiene un remedio. El remedio está muy cerca, a la mano, pero nosotros no lo percibimos hasta que nos es mostrado. “Y Jehová le mostró un árbol.” El árbol había estado creciendo durante años con el propósito de ser usado. Dios tiene un remedio para todas nuestras pruebas antes de que nos sucedan. Una deleitable ocupación es advertir cómo Dios se anticipa; cuánto tiempo antes de que lleguemos al campamento, si hubiese allí un pozo amargo, allí está también el árbol sanador.

Todo está listo entre esta tierra y el cielo. Aquel que ha ido a preparar un lugar para nosotros con Su presencia, ha preparado para nosotros el camino a ese lugar por Su providencia. Pero, hermanos, aunque para cada prueba en esta vida mortal haya un remedio, no siempre lo discernimos ustedes y yo. “Y Jehová le mostró un árbol.” Estoy persuadido que para cada cerradura del Castillo de la Duda hay una llave, pero las promesas están con frecuencia en gran confusión para nuestras mentes, de tal forma que nos quedamos perplejos.

Si un herrero les trajera su gran manojo de ganzúas, ustedes tendrían que probarlas, una y otra vez, y otra vez, y otra vez; y tendrían que probar la mitad de ellas, tal vez hasta dos tercios, antes de que encontraran la ganzúa correcta; ay, y tal vez la ganzúa correcta podría ser la última. Es siempre una bendición recordar que para cada aflicción, hay una promesa en la palabra de Dios; una promesa que se adecua al caso porque fue hecha a propósito para ese caso.

Pero no siempre vas a ser capaz de encontrarla; no, podrías ir buscando a tientas en las Escrituras durante mucho tiempo antes de que recibas la palabra necesaria; pero cuando el Señor te la muestra, cuando viene al alma con poder, cuando el corazón puede asirse a ella, y clamar: “ay, esa es la palabra, mi Señor; en verdad y con certeza, esa es la verdad preciosa que puede endulzar mis tristes malestares”, ¡oh, qué bienaventuranza es esa! Toda gloria sea dada al Espíritu Santo, Quien hasta este día ha tenido presteza para mostrar a Sus siervos que oran, el árbol endulzante cuando llegan a las corrientes amargas.

Ahora ese remedio para endulzar el agua de Mara era uno sumamente extraño. ¿Por qué un árbol habría de endulzar las aguas? Yo no creo que hubiera alguna eficacia natural en el árbol, aunque eso no sería completamente imposible, puesto que hay árboles, según nos informan los viajeros, que han sido utilizados para endulzar las aguas.

Hay en Sudáfrica un cierto río, del cual no se puede beber hasta que las ramas de cierto árbol son sumergidas en él, y entonces la amargura que se encuentra en la corriente es depositada en el fondo, y el agua se vuelve potable. La cosa no es innatural ni tampoco completa y necesariamente sobrenatural, aunque yo pienso que en este caso fue sobrenatural, pues no se encuentran ahora árboles en el desierto de Shur que tengan el efecto de endulzar aguas salobres. Este, sin duda, fue un incidente milagroso, y también tenía el propósito de enseñarnos algo.

El fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal fue comido por nuestros primeros padres y amargó todo; hay un árbol de vida cuyas hojas son para la sanidad de las naciones. Bienaventurado aquel que come de este árbol de vida; le quitará la amargura que el primer fruto prohibido introdujo al mundo.

Un árbol es algo vivo: ¿acaso no podemos aprender que hay principios vivos en la religión verdadera que endulzarán nuestras adversidades? Las simples doctrinas no pueden hacerlo, pero los principios vivos sí lo harán; estos principios lanzados sobre nuestras pruebas mitigarán nuestra aflicción.

Pero, mejor que todo lo demás, es esto: ¿acaso este árbol cortado no podría ser un emblema del Salvador? En verdad Él fue un glorioso árbol, con ramas extendidas y cuya copa tocaba el cielo; pero Él tiene que sufrir el hacha por causa nuestra; y ahora, hoy, contemplando Su sacrificio expiatorio, y descansando en él por fe, las pruebas de la vida y las tribulaciones de la muerte son endulzadas por Su amada cruz, que, aunque sea en sí misma un árbol amargo, es el antídoto para toda la amargura que nos sobreviene aquí y en el más allá.

Ese remedio fue sumamente efectivo. Cuando cortaron el árbol, y lo metieron al agua, endulzó al agua: ya podían beberla; y permítanme asegurarles que, en el caso de nuestras pruebas, la cruz es un endulzante sumamente efectivo. ¿Meto el árbol al agua durante un minuto, para pedirles luego que beban? ¿Han estado sufriendo de dolor o de cualquier otra forma de tribulación? Voy a remojar la cruz allí durante un minuto, y su primera reflexión será: “en todo esto que soy llamado a sufrir no hay ni siquiera una sola partícula de castigo por mi pecado; Dios ha castigado a Cristo, y, consecuentemente, no puede castigarme: castigar a dos por una ofensa sería injusto, y por eso no hay nada penal en todo lo que estoy sufriendo.”

No conozco ninguna otra reflexión que sea más consoladora que esta: que mi aflicción no es cargada sobre mí por un juez, ni es infligida sobre mí como resultado de la ira divina. No hay ni una sola gota de ira en el contenido del río de la aflicción de un creyente. ¿Acaso no le quita eso la amargura a la aflicción y la endulza?

Y luego, la reflexión va más allá. Puesto que Cristo murió por mí, yo soy el hijo amado por Dios; y ahora, si sufro, todo el sufrimiento proviene de la mano de mi Padre; no, es más, del corazón de mi Padre. Él me ama, y, por tanto, me hace sufrir; no porque no ame, sino porque efectivamente Él ama, me aflige de esa manera. En cada azote veo otra muestra de amor paternal. Esto es en verdad para endulzar las aguas de Mara.

Luego viene la siguiente reflexión: que el amor de un Padre está unido a una infinita sabiduría, y que, por tanto, cada ingrediente de la amarga copa es medido gota a gota, y grano a grano, y nunca hay un solo dolor en exceso que deba ser sufrido por un heredero del cielo. La cruz no es pesada únicamente por libra sino por onzas, ay, hasta la mínima partícula concebible. Ustedes no recibirán ni media gota más de aflicción de la que sea absolutamente necesaria para su bien y para la gloria de Dios. ¿Y acaso el hecho que la cruz sea colocada sobre nosotros por la infinita sabiduría y por la mano de un Padre, no la vuelve dulce?

En verdad, en medio de todo nuestro dolor y sufrimiento, es arrobadora la reflexión de que Jesús sufre con nosotros. En toda tu aflicción, oh miembro del cuerpo, la Cabeza es todavía copartícipe. Profundas son las simpatías del Redentor, y agudas, ciertas, prontas e infalibles; Él nunca olvida a Sus santos.

Durante todo el tiempo que el Señor coloca Su mano que disciplina sobre Sus siervos, ellos pueden ser alegrados por esta reflexión: que en todo eso Él los está conformando a semejanza de Cristo. ¿Qué sabrían de Getsemaní si no experimentaran un sudor provocado por el dolor? ¿Qué sabrían de la pasión si nunca tuvieran que clamar: “Tengo sed”, o “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” Ellos serían pobres escolares en la escuela de los sufrimientos de Cristo si ellos mismos no soportaran ningún sufrimiento; y es algo bendito, es algo dulce, beber de Su vaso y ser bautizado con Su bautismo.

Además, cuando el hijo de Dios se encuentra en la relación correcta, le basta siempre que su condición sea el resultado de la voluntad de su Padre. ¿Es la voluntad de Dios? Entonces es mi voluntad. ¿Cómo podría atreverme a desear que fuera de otra manera que la que ordena el divino amor? Estoy seguro que a veces se volverá un tema de alegría para el cristiano que Mara sea amarga. Pues supongan que Mara hubiese sido dulce, entonces Moisés no hubiera orado a Dios, y entonces el árbol no habría sido cortado, y no hubieran conocido nunca el poder de Dios para endulzar las aguas amargas.

Ha de ser algo terrible vivir una vida sin aflicciones sobre la tierra. Ustedes piensan que habría de ser algo muy deleitable. No tengo duda que podría serlo desde ciertas perspectivas; pero una persona que no ha experimentado ninguna enfermedad, ¿cómo podría tener un corazón que se pudiera identificar con los demás? ¿Qué servicio podría prestar en alegrar al pueblo de Dios? Si nunca tuvieras tribulaciones, yo debería suponer que a menos que algo muy extraordinario ocurriera, te volverías duro e insensible; me temo que algunos se volverían brutales, groseros y empedernidos. ¿Quién desearía reclamar inmunidad -cuando otros tienen que sufrir- en relación a una bendición que acarrea ricos consuelos, y obra eternas bendiciones?

Amados, el hecho que Mara produce después los frutos confortables de justicia, es una cosa que la endulza. Nuestras pruebas no nos son enviadas solas y por sí mismas; hay una quantum suff. (Cantidad suficiente) de gracia enviada con ellas, por medio de la cual son convertidas en medios de santificarnos, y hacernos aptos para participar de la herencia de los santos en luz.

No voy a retenerlos más tiempo en este punto, pero debo advertirles que a la vez que les he mostrado que el remedio es muy eficaz, es algo más que eficaz: es trascendental. El agua era amarga, pero se volvió absolutamente dulce. La misma agua que era amarga se volvió dulce, y la gracia de Dios, al conducirnos a las contemplaciones que surgen de la cruz de Cristo, puede hacer que nuestras propias pruebas se vuelvan placenteras para nosotros. Es un triunfo de la gracia en el corazón cuando no sólo nos avenimos a la prueba, sino que nos regocijamos en ella. “También nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia.”

Es algo grandioso cuando en verdad podemos decir que en cuanto a la vara del pacto, no escaparíamos de ella aun si pudiéramos hacerlo. En el juicio de la sabiduría se vuelve algo tan bueno ser probado, que aunque no buscaríamos la prueba, la aceptamos con algo más que presteza, y lo amargo se torna dulce para nosotros.

Permítanme decir, y habré concluido con esta parte del tema, que el remedio que nos es sugerido mediante una espiritualización del texto, es eficaz para todas las pruebas, y se comprobará que es así especialmente para las aguas amargas de la muerte en el momento final. Con todo lo que pueda decirse acerca de la muerte, no es un tema agradable de contemplación, y necesita ser visto en conexión con los consuelos del pacto.

Algunos hermanos se sostienen con la esperanza de escapar a la muerte por la segunda Venida. No estoy seguro que sean más sabios que David que no esperaba omitir el valle de sombra de muerte, sino que confiaba no temer mal alguno allí, porque la vara y el cayado le infundirían aliento. La muerte de Cristo le roba a la muerte sus terrores. La expectativa de la resurrección y la certeza de la inmortalidad nos conducen a decir: “Ciertamente ya pasó la amargura de la muerte.”

Hemos de recordar que si la cruz sirve para endulzar toda la amargura de nuestra vida mortal, e inclusive la última amargura de la muerte, está en verdad disponible esta mañana para endulzar la amargura de nuestra aflicción presente. ¿Bebiste de la copa de casia amarga esta mañana antes de venir aquí? ¿Te sientes desalentado en este momento, hermano mío, hermana mía? Acude de inmediato a tu Salvador, y míralo sufriendo en nombre tuyo, contempla la consumación de tu reconciliación con Dios, observa la seguridad de tu alma a través de la obra consumada de tu gloriosa Fianza, baja tus arpas de los sauces, limpia tus cenizas, pídele al Señor que te unja con el óleo de gozo en lugar de luto, e incluso junto a las aguas de Mara eleva tu cántico de nuevo, y que se siga escuchando el pandero. “Cantad a Jehová, porque en extremo se ha engrandecido: la amargura de Mara ha convertido en dulzura, ha cortado el árbol poderoso que dio por nosotros, y que se entregó a Sí mismo al hacha por nosotros, y a la corriente amarga el árbol es arrojado, y ahora, a partir de este momento, oh Mara, eres dulce en verdad.”

¿Vinieron esta mañana como Noemí, cuando regresó a su ciudad y dijo: “No me llaméis Noemí, sino llamadme Mara; porque en grande amargura me ha puesto el Todopoderoso.” Ah, cuando puso en su regazo y apretó en su amoroso pecho al niño de Rut y Booz, el gozo de su ancianidad, se alegró de pensar que los vecinos no le hubieran cambiado su nombre, y estaba lo suficientemente dispuesta a ser llamada todavía Noemí. No te llames a ti mismo Mara, sino recuerda el nuevo nombre que el Señor ha pronunciado sobre ti. No llames a la propia laguna amarga Mara; no te apresures a poner nombres de memoriales tristes, pues tus aflicciones tienen la suficiente propensión a hostigar tu memoria; no les ayude a aguijonearte.

Ponle al pozo otro nombre; olvídate de Mara, y recuerda a Jehová Rapha, el Señor que te sana tanto a ti como a las aguas. Registra la misericordia más bien que la aflicción, y da gracias al Altísimo.

Ahora, para concluir, alguien dirá: “este es un sermón misionero muy curioso.” Sí, pero verán, yo no seleccioné el sermón misionero para hoy: mis hermanos hicieron eso, y ciertamente yo no arreglé mi propia enfermedad, como para coordinar que cayera en este día. ¿Cómo puedo danzar al sonido del pandero cuando estoy débil y triste? Si me correspondiera a mí la elección de mi propio estado de salud y de mente, tendría la elección de mis propios textos, y los escogería apropiados para las distintas ocasiones conforme estas se presenten; pero estoy obligado a predicar lo que puedo predicar, y como conozco muy bien el sabor de Mara, y un poco acerca de la dulzura que el árbol sanador puede proporcionar, sólo puedo decirles lo que conozco por experiencia.

Pero es un buen sermón misionero después de todo. Permítannos mostrarles de qué manera. Aquí tenemos UNA SUGERENCIA DE COMPASIÓN.

Hermanos, a lo largo del mundo los paganos experimentan pruebas, amarguras y dolores. Yo mencioné que los cristianos tienen aflicciones peculiares, pero los lugares oscuros de la tierra tienen aflicciones más horrendas todavía. Algunas naciones son devastadas por la guerra; otras son atormentadas con costumbres y ritos diabólicos: sus acciones incluso hacia ellos mismos a través de sus supersticiones son brutales. Podría muy bien comparar al mundo que yace en la oscuridad a una caravana sedienta reunida junto al pozo de Mara donde el agua es demasiado amarga para ser consumida.

¡Oh, las miserias, las miserias de la humanidad! Altos son los Andes, sublimes los Himalayas, pero las miserias de los hijos de Adán son más elevadas, más grandes todavía. El Ganges y el Indo, y otras poderosas corrientes, derraman sus aguas en el océano; pero, ¿qué gigantescos abismos podrían contener los torrentes de la aflicción humana? Un verdadero diluvio es la aflicción así como el pecado del hombre.

Y, hermanos míos, los paganos no saben nada del árbol sanador, el árbol cortado antaño, que todavía tiene poder para endulzar la miseria mortal. Ustedes lo conocen, ustedes sufren sus pruebas, y ustedes las superan mediante las súplicas que hacen a su Señor, y por el poder de Sus consolaciones; pero, ¡ay!, estos hijos de la oscuridad tienen las aflicciones de ustedes y más todavía, pero no tienen al Consolador de ustedes. Para ellos es el diluvio pero sin el arca; para ellos es la tempestad pero sin el refugio.

Y ustedes tienen con mucha certeza eso que los alegraría a ellos: ninguna duda atraviesa la mente de ustedes en cuanto al Evangelio. Estos son tiempos de irresolución en los que algunos profesantes, e incluso algunos maestros, casi creen que el Evangelio no es sino una teoría entre muchas, y tendrá que pasar su prueba, y, con toda probabilidad fallará como muchos sistemas humanos de pensamiento han fracasado.

Ustedes no lo creen así; ustedes creen que el Evangelio de Dios es una realidad, una revelación de Jehová. El cielo y la tierra pueden pasar, mas no así Su palabra, Su Cristo, Su decreto, Su pacto. Ustedes saben que cuentan con árbol que puede sanar las fuentes amargas. Ninguna duda atraviesa su mente en cuanto a eso: ¿qué pasa entonces?

Por simple humanidad, y mucho más por los tiernos movimientos de la gracia de Dios en sus almas, los exhorto a que ofrezcan este remedio a aquellos que lo necesitan, y que lo necesitan tanto. ¿Sería suficiente cualquier otra cosa como su sustituto? ¿Hay en cualquier otra parte de la tierra otro árbol sanador además de aquel árbol que cayó bajo el hacha en el Calvario? ¿Hay otras hojas para la sanidad de las naciones? ¿Acaso crece un árbol en Roma, la ciudad de las siete colinas, que pueda sanar las enfermedades de los hombres? No; es una ponzoña venenosa. Córtenla y quemen sus propias raíces. Entre las fantasías de la idolatría, ¿hay algunas invenciones del hombre que puedan refrescar su frente ardiente y calmar sus aflicciones? ¿Acaso la religión de Mahoma ofrece esperanzas por la eternidad que puedan alumbrar la tumba para un pecador que ha despertado? ¿Hay acaso pensamientos de bienaventuranza en la idolatría calculados para alegrar el sepulcro? Todas las religiones responden: “las consolaciones no se encuentran en nosotras.”

Es únicamente en la cruz, es únicamente por Jesús crucificado que el mundo puede ser sanado. Hasta aquí muy poco ha sido logrado comparado con nuestros deseos; y en contraste con nuestras ambiciones, prácticamente nada; pero la fe, lanzándose más allá de las cosas que se ven, volando a la cámara de la presencia de Dios, puede contemplarlo escribiendo con la pluma eterna: “Verá toda carne la salvación de Dios”; y está segura que el árbol endulzará aún las aguas.

Vamos, hermanos, que su fe sea manifiesta por sus obras. Ayuden hoy, hoy por medio de sus donativos; ayuden mañana, mañana por medio de sus oraciones. Hay una oración que pretendo continuar ofreciendo hasta que sea respondida, que Dios derrame en esta iglesia un espíritu misionero. Quiero ver a nuestros jóvenes dedicándose a la obra, quiero ver a algunos que no tengan miedo de aventurarse a predicar a Jesucristo en regiones lejanas. Yo no tengo mucha fe en las sociedades misioneras; logran menos, debo protestar, cada año; sin embargo, no debemos nunca hacer a un lado un instrumento mientras no tengamos lista otro mejor.

Si Dios quisiera enviar el fuego vivo a través de las iglesias de Inglaterra, si quisiera enviar de lo alto un impulso divino, veríamos levantarse por aquí y por allá hombres que dijeran: “Henos aquí: envíanos.” El Espíritu de Dios dirá: “Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra”, y cuando esto se haga espero ver días más felices.

Hemos endulzado un poco las aguas; la viuda inmolada en la hoguera no arde más (1); el africano está libre; el barco de esclavos no atraviesa más las profundidades. En algunas regiones las guerras de exterminación han cesado; la paloma blanca de la paz vuela donde era visto el cuervo de la guerra. Gloria sea dada a Dios. Unas cuantas hojas arrojadas en las aguas han logrado esto. Demos testimonio de un Cristo pleno y de un Evangelio pleno entre las naciones, y sumerjamos el árbol en esta Mara, hasta que al fin el mundo entero beba de las dulces aguas del amor divino, y Dios sea todo en todo. Que Dios los bendiga, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Porción de la Escritura leída antes del sermón: Éxodo 15.