Por Charles Spurgeon

“Para que sepáis que Jehová hace diferencia entre los egipcios y los israelitas”. Éxodo 11: 7.

La diferencia entre los egipcios e Israel era sobremanera manifiesta. A primera vista parecía que Egipto llevaba la gran ventaja. Ellos tenían el látigo en su mano y el pobre Israel se dolía bajo el azote. Egipto poseía la mano de obra de los israelitas: los hijos de Jacob hacían ladrillos y los súbditos de Faraón habitaban las casas que los hijos de Jacob edificaban. ¡Cuán pronto, sin embargo, las cosas cambiaron! Dios envió plagas a Egipto pero la tierra Gosén fue librada. Él envió densas tinieblas sobre toda la tierra, tanto que se podían palpar; pero en toda la tierra de Gosén hubo luz. Envió todo tipo de moscas y piojos en todas sus fronteras, pero en todas las habitaciones de Israel no se vio ni una mosca, ni fueron molestados por las criaturas vivientes que brotaban del polvo animado de la tierra. El Señor envió granizo y una epidemia terrible sobre los ganados de los egipcios; pero el ganado de los hijos de Israel fue librado y en sus campos no cayó ninguna lluvia asoladora del cielo. Finalmente el ángel destructor desenvainó su reluciente espada para asestar su último golpe decisivo. En toda casa a través de la tierra de Egipto hubo llanto y gemidos; Dios hirió de muerte al primogénito de Egipto, las primicias de toda su fuerza, pero en cuanto a Su pueblo Él los condujo como ovejas, los guio a través del desierto como un rebaño de la mano de Moisés y Aarón. Llegaron al Mar Rojo y Él abrió una senda para ellos; atravesaron el mar a pie, y allí se regocijaron en Él. Se juntaron las corrientes como en un montón; los abismos se cuajaron en medio del mar. Ellos atravesaron las profundidades como se atraviesa un desierto, pero cuando los egipcios ensayaron hacer lo mismo murieron ahogados. En todas estas cosas el Señor hizo una gloriosa distinción entre Egipto e Israel. La columna de fuego que daba luz a Israel fue tinieblas para los ojos de Egipto. Siempre que Dios bendecía a Israel, maldecía a Egipto; en el mismo instante en que enviaba la bendición al uno, enviaba la maldición al otro. Él miraba a Israel y las tribus se regocijaban, pero cuando miraba a los egipcios, su campamento era trastornado.

 Ahora, a oídos de ustedes en este día, Egipto e Israel son declarados como tipos de dos pueblos que moran sobre la faz de la tierra: los hombres que temen al Señor y los hombres que no le temen. Los egipcios son la representación de quienes están muertos en delitos y pecados, de quienes son enemigos de Dios por sus obras malvadas y forasteros para la mancomunidad de Israel. Los israelitas, el antiguo pueblo de Dios, son puestos ante nosotros como los representantes de aquellos que por la gracia han creído en Cristo, que temen a Dios y procuran guardar Sus mandamientos. La tarea de esta mañana será mostrarles, primero, la diferencia; en segundo lugar, cuándo se ve esa diferencia; y en tercer lugar, la razón por la que debe verse; sobre este último punto voy a acicatear sus mentes, exhortándolos a hacer esa diferencia cada vez más conspicua en su vida cotidiana.

I. Primero, entonces, LA DIFERENCIA. El Señor ha establecido una diferencia entre quienes son Su pueblo y quienes no lo son.

Hay muchas distinciones entre los hombres que un día serán borradas, pero permítanme recordarles de entrada que esta es una distinción eterna. Entre las diferentes clases de hombres, los ricos y los pobres, hay canales de intercomunicación, y eso es algo muy conveniente, pues entre menos se mantengan las distinciones de clase será mejor para la felicidad de todos. No ha de conservarse el tejido social manteniendo una columna a expensas de otra, ni pintando de dorado el techo pero descuidando los cimientos. La mancomunidad es una, y la prosperidad de una clase es proporcionalmente la prosperidad de todos. Pero hay una distinción tan amplia que verdaderamente podemos decir de ella: “Una gran sima está puesta entre nosotros y vosotros”, y entre más ancha sea la línea de demarcación, más feliz será para la iglesia y mejor para el mundo. Hay una distinción de una anchura infinita entre el pecador muerto en pecado y el hijo de Dios vivificado por el Espíritu que ha sido adoptado en la familia del Altísimo. Con respecto a esta distinción permítanme hacer los siguientes comentarios.

Primero, la distinción entre los justos y los malvados es sumamente antigua. Fue ordenada por Dios desde antes de la fundación del mundo. Jehová escribió los nombres de Sus elegidos en el pacto eterno; por ellos Cristo asumió el compromiso de que Él sería Su fianza y el sustituto para sufrir en el lugar y en la posición de ellos. Los compromisos del pacto fueron hechos en favor de ellos y exclusivamente de ellos. Sus nombres fueron inscritos desde la eternidad en el libro de Dios y fueron grabados en las piedras preciosas del pectoral de su grandioso sumo sacerdote. Fueron luego apartados en el pacto: “Jehová ha escogido al piadoso para sí”. Mientras el mundo entero estaba bajo el maligno, estas preciosas joyas fueron seleccionadas del muladar de la caída. Ciertamente por naturaleza no eran mejores que otros hombres; con todo, la soberanía divina, del brazo de la gracia divina, seleccionó a algunos para que fueran vasos de misericordia que debían ser hechos aptos para el uso del Señor, en quienes Jehová mostraría no únicamente Su misericordia sino la plenitud de Su gracia y las riquezas de Su amor. Otras distinciones son meramente temporales; son cosas que crecieron ayer y morirán mañana; pero esta es más antigua que los montes eternos. Antes de que el cielo estrellado fuera extendido o que fueran cavados los cimientos de la tierra, el Señor había establecido una diferencia entre Israel y Egipto. Esto, sin embargo, es un poderoso secreto, y aunque hemos de decirlo tal como lo encontramos en la Palabra, con todo, no debemos entrometernos intrusamente con él.

Dios ha establecido otra distinción, es decir, una distinción vital. Entre el justo y el malvado hay una distinción esencial de naturaleza. Hay algunos entre ustedes que imaginan que la única diferencia entre el verdadero cristiano y cualquier otra persona es simplemente esta: que el uno asiste regularmente a su lugar de adoración, que es más consistente en la práctica de ceremonias, que no podría vivir sin la oración privada y cosas semejantes. Permíteme asegurarte que si no hay una diferencia más grande que esta entre otro hombre y tú, tú no eres un hijo de Dios. La distinción entre el inconverso y el convertido es mucho más amplia que esto. No es una distinción de vestido o de forma externa sino de esencia y de naturaleza. Traigan aquí una serpiente y un ángel: hay una distinción entre los dos de tal carácter que la serpiente no se podría convertir en un ángel, sin importar el esfuerzo que hiciera; el ángel no podría comer el polvo que forma el alimento de la serpiente, ni la serpiente podría alzar su voz y cantar el himno seráfico de los bienaventurados. Una distinción tan amplia como esa es la que hay entre el hombre que teme a Dios y el hombre que no le teme. Si tú eres todavía lo que siempre fuiste por naturaleza, no puedes ser un verdadero cristiano y es completamente imposible que te conviertas en uno por tus propios medios. Puedes lavarte y limpiarte, puedes vestirte y abrigarte; serás el hijo de la naturaleza finamente vestido, pero no el hijo viviente del cielo. Tú tienes que nacer de nuevo; tienes que recibir una nueva naturaleza en tu interior; una chispa de divinidad tiene que caer en tu pecho y tiene que arder allí. La naturaleza caída únicamente se puede levantar a la altura de la naturaleza, tal como el agua solo fluirá tan alto como su fuente; y como tú estás caído en la naturaleza, así debes permanecer a menos que seas renovado por la gracia. Dios por Su infinito poder ha vivificado a Su pueblo: Él los ha sacado de su vieja naturaleza; aman ahora las cosas que una vez odiaron, y odian las cosas que una vez amaron. Para ellos las cosas viejas “pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”. El cambio no consiste en que hablan más solemne y religiosamente, o que han dejado de ir al teatro, o que no pasan su vida en las frivolidades del mundo: ese no es el cambio; es una consecuencia de él, pero el cambio es más profundo y más vital que eso; es un cambio de la propia esencia del hombre. Ya no es más el hombre que una vez fue: ha sido “renovado en el espíritu de su mente”, ha nacido de nuevo, ha sido regenerado, recreado: es un extraño y un forastero aquí abajo; no pertenece más a este mundo sino al mundo venidero. Entonces, en este sentido, el Señor ha establecido una diferencia entre Israel y Egipto.

Quisiéramos comentar, adicionalmente, que a esta diferencia de naturaleza le sigue una diferencia en el tratamiento judicial de los dos hombres. Con ambos, los tratos de Dios son justos y rectos. ¡Lejos está de Él ser injusto con alguien! El Señor nunca es severo más allá de lo que la justicia exige, ni es clemente más allá de lo que la justicia permite. Aquí viene el impío, el hombre no regenerado; él argumenta sus buenas obras, sus oraciones, sus lágrimas; el Señor le juzgará de acuerdo a sus obras, y ¡ay de aquel día para él!, será verdaderamente un día de aflicción pues pronto descubrirá que sus mejores perfecciones son como trapo de inmundicia y que todas sus buenas obras sólo parecían ser buenas porque él estaba en las tinieblas y no podía ver las manchas que las pervertían. Se acerca otro hombre, es el hombre renovado. Dios trata con él justamente, es cierto, pero no de acuerdo a la balanza de la ley. Él mira a ese hombre como acepto en Cristo Jesús, justificado por medio de la justicia de Cristo y lavado en Su sangre, y ahora trata con ese hombre, no como un juez con un criminal, ni como un rey con un súbdito, sino como un padre con su hijo. Ese hombre es acogido en el seno de Jehová; su ofensa es suprimida; su alma es constantemente renovada por la influencia de la gracia divina y los tratos de Dios con él son tan diferentes de los tratos de Dios con otro hombre, como el amor de un esposo difiere de la severidad de un monarca airado. Por un lado, es simple justicia; por el otro lado, es amor ferviente; por un lado, la inflexible severidad de un juez, y por el otro lado, el afecto ilimitado del corazón de un padre. Entonces, en esto también, el Señor ha establecido una diferencia entre Israel y Egipto.

Esta distinción es realizada en la providencia. Es verdad que para el ojo desnudo un evento les ocurre a ambos; sufre el justo así como el malvado y van a la tumba que está señalada para todos los vivos; pero si pudiéramos mirar más de cerca a la providencia de Dios, veríamos líneas de luz que dividen la senda del piadoso de la suerte del transgresor. Para el justo cada providencia es una bendición. Una bendición envuelve todas nuestras maldiciones y todas nuestras cruces. Nuestras copas son algunas veces amargas pero siempre son saludables. Nuestra aflicción es nuestro bienestar. Nunca somos perdedores por nuestras pérdidas, sino que más bien nos enriquecemos para con Dios cuando empobrecemos con respecto a los hombres. Sin embargo, para el pecador, todas las cosas obran conjuntamente para mal. ¿Es próspero? Es como la bestia que es engordada para el matadero. ¿Está sano? Es como la flor que se abre que está madurando para la guadaña del segador. ¿Sufre? Sus sufrimientos son las primeras gotas de la eterna granizada de la venganza divina. Si el pecador pudiera abrir sus ojos se daría cuenta de que todo para él tiene un aspecto negro. Para él las nubes están cargadas de truenos, y el mundo entero está vivo con terror. Si la tierra pudiera hacer lo que quisiera, haría que se desprendieran de su seno los monstruos que olvidan a Dios. Pero a los justos todas las cosas les ayudan a bien. Venga lo malo o venga lo bueno, todo terminará bien; cada ola lo transporta apresuradamente a su deseado puerto y aun el viento tempestuoso hincha sus velas y le conduce más rápidamente hacia el puerto de paz. El Señor ha establecido una diferencia entre Israel y Egipto en este mundo.

Sin embargo, esa diferencia se hará más claramente evidente en el día del juicio. Entonces, cuando Él se siente en el trono de Su gloria, apartará los unos de los otros, como aparta el pastor las ovejas de los cabritos. Dará voces a Sus ángeles, diciendo: “Recojan de mi reino a todos los que sirven de tropiezo, y a los que hacen iniquidad”. Entonces, con la filosa hoz en su mano, el ángel volará por en medio del cielo y recogerá la cizaña, y la atará en manojos para quemarla. Pero, descendiendo de Su trono, sin delegar la deleitable tarea en ningún ángel, el Rey mismo, el Segador coronado, tomará Su propia hoz de oro y recogerá el trigo en Su granero. ¡Oh!, entonces, cuando el infierno abra ampliamente sus fauces y se trague a los impenitentes, cuando desciendan al pozo del abismo como lo hicieron en la antigüedad Coré, Datán y Abirán, cuando vean a los justos entrando a torrentes en el cielo, como un chorro de luz, enfundados en sus vestidos brillantes y resplandecientes, cantando triunfantes himnos y sinfonías corales, entonces se verá que el Señor ha establecido una diferencia. Cuando a través de la sima infranqueable el rico vea a Lázaro en el seno de Abraham, -cuando desde el más profundo abismo del infierno el condenado vea al que es acepto, glorificado en la bienaventuranza- entonces resaltará la verdad, escrita en letras de fuego: “Jehová hace diferencia entre los egipcios y los israelitas”.

II. Pasamos a nuestro segundo punto: ¿CUÁNDO SE VE ESA DIFERENCIA?

Nuestra respuesta es: se ve a menudo en el templo de Dios. Dos hombres suben al templo a adorar; se sientan el uno junto al otro en la casa de Dios; a ambos se les predica la palabra; ambos la escuchan, tal vez con igual atención; el uno prosigue su camino y olvida, pero el otro recuerda. Regresan otra vez: el uno escucha y el ministro es para él como alguien que toca una agradable melodía en un instrumento; el otro escucha y llora; siente que la palabra es viva y poderosa, más cortante que una espada de dos filos. Penetra en su conciencia; le atraviesa, le hiere en lo más vivo; cada palabra parece ser como una flecha disparada por el arco de Dios que encuentra un blanco en su conciencia. Y ahora regresan nuevamente. El uno siente por fin que la palabra es suya; por medio de ella ha sido conducido al arrepentimiento y a la fe en Cristo, y ahora sube a cantar las alabanzas de Dios como Su hijo acepto; mientras que el otro sigue cantando como un mero formalista –se une a una adoración en la cual siente muy poco interés- y sigue elevando su voz en una oración en la que su corazón está muy ausente. Si yo tuviera aquí esta mañana un montón de limaduras de acero y de cenizas mezcladas entre sí, y quisiera detectar la diferencia entre las dos cosas, sólo tendría que insertar un imán; las limaduras serían atraídas y las cenizas permanecerían inertes. Lo mismo sucede con esta congregación. Si yo quisiera saber hoy quiénes son aquellos que son el Israel de Dios y quiénes son todavía los egipcios bastardos, todo lo que se necesita es predicar el Evangelio. El Evangelio encuentra al pueblo de Dios; tiene una afinidad con ellos. Cuando viene a ellos y el Espíritu Santo de Dios abre sus corazones, ellos lo reciben; se aferran a él y se regocijan en él; en cambio, quienes no son de Dios, quienes no tienen parte ni interés en la redención de Cristo, lo oyen en vano e incluso son endurecidos por él, y siguen su camino para pecar con mayor ímpetu después de todas las advertencias que han recibido.

Dinos, ahora, mi querido oyente –para que te quede más claro- ¿has visto alguna vez esta diferencia entre otra persona y tú? ¿Oyes ahora el Evangelio como no lo oíste nunca antes? Esta es la época de oír; hay más personas que asisten ahora a nuestros lugares de adoración que antes, pero aun así, los que son bendecidos no son los oidores sino los hacedores de la Palabra. Dinos, entonces, ¿has sido conducido a oír la Palabra como nunca antes la oíste? ¿La escuchas esperando que sea bendecida para ti, deseando que tu conciencia sea sometida a ella tal como el oro se somete a la mano del orfebre? Si es así, he ahí el primer signo de una diferencia que Dios ha puesto entre los egipcios y tú.

Pero va más allá. Si el israelita es consistente con su deber, como pienso que debe serlo, en breve siente que le incumbe salir del resto de la humanidad y unirse a la Iglesia de Cristo. “El Señor ha establecido una diferencia”, dice; “ahora voy a mostrar esta diferencia. Mi Señor ha dicho: ‘El que creyere y fuere bautizado, será salvo’. Yo no pongo ninguna confianza en el bautismo, pero tengo que mostrar que ya no soy más lo que era. Deseo ser obediente a mi Señor y Maestro. Deseo cruzar el Rubicón. Voy a desenvainar mi espada contra el mundo y de una vez por todas voy a deshacerme de la vaina. Anhelo hacer algo que le haga ver al mundo que yo estoy crucificado para él, y que él está crucificado para mí. Luego, que me entierren en agua, ‘en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo’, como el cuadro de mi muerte para todo el mundo. Voy a salir del agua como el cuadro de mi resurrección a una vida nueva, y que Dios me ayude a partir de esa bendita hora a proseguir mi camino como alguien que no es del mundo, así como Cristo no es del mundo”. Siempre que la mesa está servida sobre la que celebramos el memorial del cuerpo y de la sangre de Cristo, Dios sella otra vez esa diferencia. Si el ministro es fiel, advierte a los inconversos a que sigan su camino pues si comiesen allí, comerían y beberían condenación para ellos mismos, sin discernir el cuerpo del Señor. Los que son creyentes en Jesús, que tienen una esperanza de haber sido cambiados y de haber sido renovados por la gracia divina en el espíritu de sus mentes, ellos son los invitados a venir y únicamente ellos. Así le mostramos al mundo en los símbolos externos que el Señor hace una diferencia.

Pero, prosiguiendo: toda la vida del cristiano, si fuera lo que debería ser, está mostrándole al mundo que el Señor hace una diferencia. Aquí hay dos hombres que experimentan una crisis; enfrentan el mismo problema; son socios en un negocio; han perdido todo el dinero; la casa está arruinada; se ven reducidos a la mendicidad y tienen que comenzar de nuevo en el mundo. Ahora, ¿cuál de esos dos varones es el cristiano? Hay uno que está a punto de mesarse el cabello; no puede tolerar que haya tenido que trabajar toda su vida y que ahora sea pobre como Lázaro. Piensa que la Providencia es injusta. “Hay muchos vagabundos” –dice- “haciéndose ricos, y heme aquí, después de trabajar muy duro y de dar a cada uno lo que le corresponde, he sido abatido hasta el suelo, y me he quedado sin nada”. Pero el hombre cristiano –si realmente es cristiano (observen eso, pues hay muchísima gente que profesa ser cristiana y no lo es, y es el viento recio el que los prueba) dice: “El Señor dio y el Señor quitó; bendito sea el nombre del Señor”. “Yo sé” –dice- “que todas las cosas me ayudan a bien. Voy a ponerme a trabajar y voy a abrirme paso una vez más”; y así con valor y con confianza en Cristo acude de nuevo a su labor, y Dios le bendice una vez más; es más, le bendice en sus tribulaciones más de lo que jamás le bendijo en su prosperidad. Aquí tenemos a dos hombres otra vez: ambos han estado haciendo lo malo, y cuando cae el justo junto con el malvado, ¿quién ha de distinguir la diferencia? A la mañana siguiente uno de ellos se levanta, y está muy tranquilo al respecto; no conoce ningún remordimiento de conciencia o si está intranquilo es porque tiene miedo de ser descubierto. Es como uno que habiendo caído en el cieno, se queda y se arrastra allí. Pero aquí viene el cristiano. Siente que ha hecho mal. “¿Qué haré?”, dice, “¿para reparar el daño al hombre y para mostrar mi arrepentimiento para con Dios?” Él estaría dispuesto a ponerse de rodillas ante cualquiera que haya dañado y a confesar cuán equivocado ha estado. Se odia a sí mismo y se desprecia a sí mismo porque ha obrado mal. Preferiría morir antes que pecar; y ahora que se da cuenta de que ha pecado, desearía haber muerto antes que haber deshonrado a su Señor y Maestro. Si ves a una oveja caer en el cieno, notarás que se levanta rápido y sale; pero si el puerco cae allí, se revuelca en él una y otra vez, y nada sino el látigo o la vara pueden hacer que se levante. De manera que hay una diferencia esencial entre el justo y el malvado, aun en sus pecados. “Siete veces cae el justo, y vuelve a levantarse”; en cuanto al malvado, se revuelca y se deleita en su pecado, y permanece y continúa en él. Dios ha establecido una diferencia; y aun cuando esa diferencia sea oscura es discernible. Hay un tintineo en el hombre cristiano que es inconfundible. No importa lo que hagas con él, no es lo que el otro hombre es, y no puedes hacer que lo sea. Aquí está una nueva moneda que se parece sorprendentemente a un soberano, y yo la reviso por ambos lados; es una falsificación tan buena que no puedo descubrir si es oro o no. Aquí está otra: me doy cuenta de que es un soberano liviano. Los miro a ambos, y a primera vista estoy inclinado a pensar que mi soberano recién acuñado es el mejor de los dos, pues, digo yo, el otro está evidentemente desgastado y es liviano. Pero hay un tintineo en el cristiano que demuestra que es de oro, después de todo, aun cuando está desgastado y no llega a su peso. Puedes desfigurarlo de tal manera que la imagen del rey no sea aparente en él, pero él es de oro a pesar de todo eso; sólo necesita ser probado, y en la hora de la tribulación ese tintineo del oro de la gracia lo detectará, y demostrará ser uno en quien Dios ha establecido una diferencia.

Esta distinción se hace evidente también en un hombre piadoso cuando está bajo la presión de alguna fuerte tentación. Hay dos comerciantes: ambos parecen hacer negocios de la misma manera; pero al fin se les presenta una rara oportunidad. Si no tienen ninguna conciencia podrían hacer una fortuna. Ahora vendrá la prueba. Un hombre busca la oportunidad y la aprovecha inescrupulosamente. Ese hombre no es ningún cristiano; registren eso como algo cierto. Hay otro hombre: siente un anhelo por la ganancia, pues es humano, pero su corazón odia el pecado, pues ha sido renovado por la gracia divina. “No” –dice- “es mejor cerrar la tienda que ganarme la vida deshonestamente; es mejor que quede arruinado en esta vida que quedar arruinado en el mundo venidero”. La máxima del establecimiento al otro lado de la calle es “Tenemos que vivir”; la máxima de esta tienda será: “Tenemos que morir”. Los clientes pronto saben en qué lugar tratarán con ellos muy honestamente, y allí descubres en algún grado que el Señor ha establecido una diferencia entre Egipto e Israel.

Pero para no entretenerlos demasiado en este punto: esa diferencia brilla muy vívidamente en la hora de la muerte. ¡Oh, cuán clara es esa diferencia algunas veces! La última vez que el cólera visitó Londres con severidad, aunque yo tenía muchos compromisos en el campo, renuncié a ellos para permanecer en Londres. Es el deber del ministro estar siempre en el lugar de visitación y de enfermedad. Nunca vi más conspicuamente que entonces en mi vida la diferencia entre el hombre que teme a Dios y el hombre que no le teme. Me llamaron un día lunes, como a eso de las tres y media, para ir a ver a un hombre que se estaba muriendo. Fui a visitarlo, y entré en el lugar donde estaba acostado. Él había ido a Brighton el domingo en la mañana en una excursión, y regresó enfermo; y allí yacía al borde de la tumba. Yo me quedé a su lado, y le hablé. La única conciencia que tenía era un presentimiento de terror mezclado con el estupor de la alarma: pronto aun eso se había esfumado, y yo tuve que quedarme suspirando allí con una pobre anciana que lo había cuidado, sin ninguna esperanza con respecto a su alma. Regresé a casa. Entonces me llamaron para que viera a una joven mujer; su muerte era también inminente, pero era un espectáculo hermoso, muy hermoso: ella estaba cantando aunque sabía que se estaba muriendo; hablaba con quienes la rodeaban, les decía a sus hermanos y hermanas que la siguieran al cielo, y se despidió de su padre sonriendo como si se tratara de un día de bodas. Ella estaba feliz y era bendecida. Vi entonces muy claramente que si no hay una diferencia en el goce de la vida, hay una diferencia cuando llegamos a la hora de nuestra muerte. Pero el primer caso que mencioné no es el peor que haya visto jamás. He visto a muchos al momento de su muerte cuyas historias de nada serviría contar. Los he visto cuando sus globos oculares han estado mirando penetrantemente desde sus cuencas, cuando han conocido de Cristo y han oído el Evangelio, pero, no obstante, lo han rechazado. Han estado muriendo en agonías tan extremas que uno solo podía huir de la habitación sintiendo que era algo terrible caer en las manos de un Dios airado y entrar en ese fuego que todo lo devora. En el lecho de muerte será manifiesto que el Señor ha establecido una diferencia entre Israel y Egipto.

III. Me he dado prisa en estos dos primeros puntos porque quiero detenerme muy enérgica y muy solemnemente en mi último punto. Hablamos con respecto a la diferencia que se ve entre los justos y los malvados. Mi último punto es: ¿POR QUÉ DEBE VERSE ESA DIFERENCIA? Tengo aquí un objetivo y un sentido prácticos; y yo espero que si el resto del sermón los deja indiferentes, esto, al menos, vivifique sus conciencias.

Esta es una época que contiene muchos signos esperanzadores; con todo, si juzgamos de acuerdo a la regla de la Escritura, hay algunas señales muy negras en este siglo. Temo algunas veces que la única época con la que podemos ser comparados realmente es el tiempo antes del diluvio, cuando los hijos de Dios se casaban con las hijas de los hombres, y cuando cesó de haber una distinción entre la Iglesia y el mundo. Hay que reconocer con franqueza que hay una mezcla tal en nuestros días, un compromiso tal, un tal estira y encoge de ambos lados de las cuestiones religiosas, que somos como una masa leudada, mezclada y unida. Todo esto está mal, pues Dios siempre ha pretendido que haya una distinción tan clara y palpable entre los justos y los malvados como la distinción entre el día y la noche.

Mi primer argumento es este. Cuando la Iglesia se ha distinguido claramente del mundo, ha prosperado siempre. Durante los tres primeros siglos el mundo odiaba a la Iglesia. La prisión, la hoguera, las patas del caballo salvaje, estas cosas eran consideradas demasiado buenas para los seguidores de Cristo. Cuando un hombre se hacía cristiano, renunciaba a padre y madre, a hogar y tierras, es más, a su propia vida también. Cuando se reunían tenían que hacerlo en las catacumbas, usando velas al mediodía porque había oscuridad en las profundidades de la tierra. Eran despreciados y desechados entre los hombres. “Anduvieron de acá para allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, pobres, angustiados, maltratados”. Pero entonces era la época de los héroes; era el tiempo de los gigantes. Nunca prosperó más la Iglesia ni floreció tan verdaderamente como cuando fue bautizada en sangre. La barca de la Iglesia nunca navega tan gloriosamente como cuando el rocío sangriento de sus mártires cae sobre su cubierta. Nosotros tenemos que sufrir y tenemos que morir si hemos de conquistar jamás este mundo para Cristo. ¿Hubo alguna vez un milagro tan sorprendente como la propagación del Evangelio durante los primeros dos o tres siglos? En un plazo de cincuenta años después de que Cristo hubo ascendido al cielo, el Evangelio fue predicado en todas las partes conocidas del mundo y hubo quienes se convirtieron a Cristo en las más inhospitalarias regiones. El Evangelio había ido más lejos que los barcos de Tarsis; las columnas de Hércules no habían limitado la diligencia de los apóstoles. El Evangelio fue proclamado a tribus salvajes e incivilizadas, a pictos y escoceses y a los fieros britanos. Se fundaron iglesias, algunas de las cuales han permanecido en su pureza hasta este día. Y todo esto, yo creo, fue en parte el resultado de esa impactante y marcada diferencia entre la Iglesia y el mundo. Ciertamente, durante el período después de que Constantino profesó ser cristiano cambiando con los tiempos porque vio que fortalecería su imperio –a partir del tiempo cuando la Iglesia comenzó a ser vinculada con el estado- el Señor la dejó, y la entregó a la esterilidad, y se escribió Icabod sobre sus muros. Fue un día negro para la cristiandad cuando Constantino dijo: “Soy cristiano”. “Con este signo venceré”, dijo él. Sí, esa fue la verdadera razón de su pretendida conversión. Si podía conquistar por medio de la cruz, eso era bastante bueno; si hubiera podido conquistar por Júpiter le habría dado lo mismo. A partir de aquel momento la Iglesia comenzó a degenerarse. Y llegando a la Edad Media no podías reconocer la diferencia entre un cristiano y un mundano, ¿dónde ibas a encontrar piedad en absoluto, o vida o gracia en la tierra? Entonces vino Lutero, quien con un férreo agarre arrancó a la Iglesia del mundo y la retiró a riesgo de hacerla pedazos. No quería que estuviera vinculada en afinidad con el mundo; y entonces, “Se levantaron los reyes de la tierra, y príncipes consultaron unidos contra Jehová y contra su ungido”; pero el que mora en los cielos se rió; el Señor se burló de ellos. La Iglesia salió venciendo y para vencer, y su principal arma era su disconformidad para con el mundo, su salida de entre los hombres. Pon tu dedo sobre cualquier página próspera de la historia de la Iglesia, y yo voy a encontrar una notita marginal que dice así: “En esta época los hombres podían ver fácilmente donde comenzaba la Iglesia y dónde terminaba el mundo”. Nunca hubo buenos tiempos cuando la Iglesia y el mundo se unieron en matrimonio.

Pero aunque este argumento bastara para mantener a la Iglesia y al mundo aparte, hay muchos otros. Entre más separada esté la Iglesia del mundo en sus actos y en sus máximas, más verdadero es su testimonio por Cristo y más potente es su testimonio contra el pecado. Nosotros somos enviados a este mundo a testificar contra los males; pero si nosotros mismos nos involucramos en él, ¿dónde queda nuestro testimonio? Si nosotros mismos somos encontrados deficientes, somos falsos testigos; no somos enviados por Dios; nuestro testimonio no tiene ningún efecto. No dudo en decir que hay decenas de miles de cristianos profesantes cuyo testimonio ante el mundo es más dañino que benéfico. El mundo los mira y dice: “Bien, ya veo: tú puedes ser un cristiano, y sin embargo, seguir siendo un pillo”. “¡Ah!”, -dice otro- “tú puedes ser un cristiano, me doy cuenta; pero entonces tendrás que ser una persona triste y miserable”. “¡Ah!”, clama otro, “a estos cristianos les gusta beber el pecado en secreto detrás de la puerta. Su cristianismo consiste en que no les gusta pecar abiertamente, pero pueden devorar la casa de una viuda cuando nadie está mirando; pueden ser borrachos, sólo que tiene que ser en un grupo muy pequeño; no les gustaría que se descubra que están mareados donde hay cien ojos que los están mirando”. Ahora, ¿qué es todo eso? Es simplemente esto: que el mundo ha descubierto que la Iglesia visible no es la pura Iglesia de Cristo puesto que no es fiel a sus principios, y no opta por la rectitud y la integridad que son las señales de la genuina iglesia de Dios. Muchos cristianos olvidan que están dando un testimonio: no piensan que alguien los está viendo. Ay, pero los vigilan. No hay personas más vigiladas que los cristianos. El mundo nos lee desde la primera letra de nuestras vidas hasta la última y si pueden encontrar una falla – y que Dios nos perdone pues pueden encontrar muchas- con seguridad van a magnificar la falla tanto como puedan. Por tanto, estemos muy atentos para vivir cerca de Cristo, para caminar en Sus mandamientos siempre, para que el mundo vea que el Señor hace una diferencia.

Pero ahora tengo que decir algo muy triste: no quisiera tener que decirlo, pero tengo que hacerlo. Hermanos y hermanas, a menos que conviertan en su tarea cotidiana ver que exista una diferencia entre ustedes y el mundo, harán más daño que el bien que posiblemente pudieran hacer. La Iglesia de Cristo tiene que rendir cuentas de muchos horrendos pecados en este día. Permítanme mencionar uno que no es sino un tipo de otros. ¿Por qué medios piensan ustedes fueron asegurados los grilletes en la muñeca de nuestro amigo que está sentado allí, un hombre como nosotros, aunque de piel negra? Es la Iglesia de Cristo la que mantiene a sus hermanos bajo servidumbre; si no fuese por esa Iglesia, el sistema de esclavitud regresaría al infierno de donde salió. No habría verdugos que azotaran a los esclavos si no fuera porque hay hombres aptos para ese oficio tan degradante; si no se encontrara ministros cristianos que pueden justificar la esclavitud desde el púlpito, y miembros de la iglesia que venden a los hijos de seres más nobles que ellos mismos, si no fuera por esto, África sería libre. Albert Barnes dijo la verdad cuando afirmó que la esclavitud no podría existir ni por una hora si no fuera por la tolerancia de la Iglesia Cristiana. ¿Pero qué dice el propietario de esclavos cuando tú le dices que mantener en esclavitud a nuestros semejantes es un pecado, y un pecado condenable, inconsistente con la gracia? Él replica: “Yo no creo tus calumnias; mira al Obispo de tal y tal, o el ministro de tal y tal lugar, ¿no es acaso un buen hombre, y no expresa gimoteando: ‘Maldito sea Canaán’? ¿No cita acaso a Filemón y a Onésimo? ¿No va y habla de la Biblia, y les dice a sus esclavos que deberían sentirse muy agradecidos por ser sus esclavos, pues Dios Todopoderoso los hizo a propósito para que disfrutaran del raro privilegio de ser azotados por un amo cristiano? No me digas” –dice- “si eso fuera malo, no tendría a la Iglesia de su lado”. Y así la Iglesia libre de Cristo comprada con Su sangre tiene que llevar la vergüenza de maldecir a África y de mantener a sus hijos en la esclavitud. Que el buen Señor nos libre de este mal. Si los comerciantes de Manchester y los mercaderes de Liverpool tienen una participación en esta culpa, que al menos la Iglesia esté libre de este crimen que llena el infierno. Los hombres han intentado arduamente hacer que la Biblia apoye este compendio de todas las villanías, pero la esclavitud, la cosa que contamina a la Gran República, tal esclavitud es muy desconocida para la Palabra de Dios, y por las leyes de los judíos era imposible que pudiera existir jamás. He conocido a hombres que citan textos como excusas por ser condenados, y no me sorprende que algunos hombres puedan encontrar una Escritura para justificar la compra y venta de las almas de los hombres.

¿Y qué piensan ustedes que es regresar a casa, a nuestra propia tierra, que mantiene el sistema de comercio que se aplica entre nosotros? Todos ustedes saben que hay negocios donde no es posible que un joven sea honesto en la tienda, donde, si declarara la verdad completa, sería despedido. ¿Por qué es, piensan ustedes, que se mantiene el sistema de etiquetar los bienes en el aparador que difieren de lo que se vende adentro o de exhibir una cosa y luego dar otro artículo, o el sistema de decir mentiras piadosas a través del mostrador con la intención de obtener un mejor precio? Ese sistema no resistiría ni una hora si no fuera por los cristianos profesantes que lo practican. No tienen el valor moral para decir de una vez por todas: “No tendremos nada que ver con estas cosas”. Si lo hicieran, si la Iglesia renunciara a estas costumbres profanas, el negocio cambiaría dentro de los siguientes doce meses. Los puntales del delito grave y los apoyos de la truhanería son estos cristianos profesantes que doblan sus espaldas para hacer lo que otros hombres hacen; quienes, en vez de hacer frente al torrente, se rinden y nadan siguiendo la corriente, siendo como los pescados muertos en nuestras iglesias que van con la corriente, a diferencia de los peces vivos que siempre van en contra de ella y que nadan río arriba hacia la fuente del río. No quisiera hablar demasiado severamente de la Iglesia de Cristo, pues yo la amo, pero debido a que la amo tengo que expresar esto. Parecernos tanto al mundo, comerciar como el mundo comercia, hablar como el mundo habla, insistir siempre que debemos hacer lo que otras personas hacen, todo esto es hacer más daño al mundo que todo el bien que todos nuestros predicadores pretenden hacer. “Salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor, y no toquéis lo inmundo; y yo os recibiré, y seré para vosotros por Padre, y vosotros me seréis hijos e hijas”.

Este argumento, ciertamente severo y duro, podría movernos a apartarnos del mundo. Pero una vez más, ¿cómo es posible que honremos a Jesucristo mientras no hay ninguna diferencia entre nosotros y el mundo? Yo puedo imaginar que un hombre no profese ser un cristiano, y sin embargo, que honre a su Señor; eso sin embargo, es un asunto de la imaginación. Yo no conozco ningún ejemplo real; pero no puedo imaginar que un hombre profese ser un cristiano, y que luego actúe como el mundo actúa, y sin embargo, que honre a Cristo.

Me parece ver que mi Señor está frente a mí. Tiene algo más que esas cinco benditas heridas. Veo que Sus manos sangran. “¡Mi Señor! ¡Mi Señor!”, grito, “¿dónde recibiste esas heridas? Esas perforaciones no son las de los clavos, ni es la herida abierta por la punta de la lanza; ¿de dónde provienen esas heridas?” Le oigo responder tristemente: “Estas son las heridas que he recibido en la casa de mis amigos; tal y tal cristiano cayó, tal y tal discípulo me siguió de lejos, y al final, como Pedro, me negó por completo. Tal y tal de mis hijos es codicioso, tal otro es altivo, tal otro ha tomado a su vecino por el cuello y le ha dicho: ‘Págame lo que me debes’, y Yo he sido herido en la casa de mis amigos”. Oh, bendito Jesús, perdónanos, perdónanos, y danos Tu gracia para que ya no lo hagamos más, pues nosotros queremos seguirte adondequiera que vayas; Tú sabes que queremos ser Tuyos, que queremos honrarte y no afligirte. Oh, danos ahora entonces de Tu propio Espíritu, para que podamos salir del mundo y ser como Tú, santo, inocente, sin mancha, y separado de los pecadores.

Sólo tengo que decir estas dos cosas y habré concluido. Para los profesantes de la religión digo esta palabra. Profesantes de la religión, hay algunos de ustedes que son monedas falsas. Cuando te acercas a la mesa del Señor tú mientes, y cuando dices de ti mismo: “yo soy un miembro de tal y tal iglesia”, dices algo que es una deshonra para ti. Ahora permítanme recordarles, señores, que ustedes pueden sostener su profesión aquí, pero cuando se presenten ante el tribunal de Dios, al final, descubrirán que es algo terrible que su profesión no haya sido real. Tiemblen, señores, a la diestra de Dios. Allí está la balanza y tendrán que ser pesados en ella, y si son hallados faltos, su porción tendrá que ser entre los engañadores, y ustedes saben dónde es eso: es en el más profundo abismo del infierno. Tiembla, amigo diácono, tiembla, miembro de la Iglesia, si no eres lo que profesas ser; te espera una condenación de un tipo más fiero y más horrendo que aun para el impío y el réprobo. De lo alto de tu profesión serás arrancado. Has construido tu nido entre las estrellas, pero tendrás que hacer tu cama en el infierno. Has decorado tu cabeza con una corona, pero tendrás que llevar una corona de fuego; esos finos vestidos te serán arrancados, ese oropel y esa pintura te serán quitados, y tú, desnudo para tu vergüenza, siendo el blanco de burlas de los demonios, te convertirás en objeto de siseo incluso de los condenados del infierno, cuando te señalen y clamen: “allí va el hombre que se destruyó por engañar a otros. Allí está el desventurado que hablaba de Dios y hablaba de Cristo, y no se consideraba como uno de nosotros, y ahora él está atado también en el manojo que será quemado”.

La última palabra es para quienes no son profesantes del todo. Dios ha establecido una diferencia entre ustedes y los justos. ¡Oh, mis queridos amigos, yo les suplico que le den vueltas a ese pensamiento en sus mentes! No hay tres caracteres, no hay vínculos intermedios; no hay una frontera entre los justos y los malvados. Hoy tú eres ya sea un amigo de Dios o Su enemigo. En esta hora o has sido vivificado o estás muerto; y, ¡oh!, recuerda que cuando llegue la muerte será el cielo o el infierno para ti, ángeles o diablos tendrán que ser tus compañeros, y las llamas tendrán que ser tu lecho y tu cobertor de fuego, o de lo contrario las glorias de la eternidad serán tu herencia perpetua. Recuerda que el camino al cielo está abierto. “El que cree en el Señor Jesús será salvo”. Cree en Él, cree en Él, y vive. Confía en Él, y serás salvo. Deposita la confianza de tu alma en Jesús, y serás librado ahora. Que Dios te ayude a hacer eso ahora, y ya no habrá más ninguna diferencia entre tú y los justos, sino que serás uno de ellos, y estarás con ellos en el día cuando Jesús venga para sentarse en el trono de Su padre David para reinar entre los hombres.