Génesis 33: 9, 11. 

 

“Dijo Esaú: Tengo bastante… Jacob respondió: Tengo mucho”. La Biblia de las Américas

 

“Dijo Esaú: Suficiente tengo…dijo Jacob: Todo lo que hay aquí es mío”. Reina Valera 1960

 

“Dijo Esaú: Tengo bastante… Jacob dijo: Tengo bastante”. Versión King James

Es algo muy raro encontrarse con gente que diga que tiene bastante, pues, generalmente, quienes tienen mucho, desean más, y quienes tienen poco, sienten que no se puede esperar razonablemente de ellos el contentamiento. Que alguien diga honesta y verazmente: “Tengo bastante”, es una circunstancia tan inusual, que no recuerdo haber oído esa expresión a menudo. La he oído unas cuantas veces, a grandes intervalos. Siendo esa la regla general, es muy notable que en este capítulo haya un registro de dos personas que dijeron, cada una por su parte: “Tengo bastante”. Es especialmente digno de notarse que fueron dos hermanos quienes dijeron eso, pues, generalmente, si uno de los dos hermanos está contento, el otro tiene una diferente disposición de ánimo. Uno puede contar con un espíritu plácido y feliz, y el otro puede poseer la suficiente preocupación y el cuidado para abastecer a los dos. Pero aquí tenemos a dos hermanos gemelos, y cada uno de ellos dice: “Tengo bastante”.

Este hecho les parecerá todavía más singular si recuerdan que esos dos hermanos diferían muy grandemente entre sí, en otros sentidos. El uno fue descrito por el apóstol Pablo como un hombre “profano… que por una sola comida vendió su primogenitura”. Sin embargo, Esaú dice: “Tengo bastante”. El otro era un hombre que había luchado con Dios, y que tenía poder con Dios y con los hombres como un príncipe. Jacob también dice: “Tengo bastante”. Me parece como si, en esa ocasión, la bendición de su padre Isaac descansara sobre ambos, pues ustedes recuerdan que aunque Esaú no recibió la gran bendición –la bendición del pacto- pues esa le había correspondido a Jacob que la obtuvo mediante engaño, con todo, Esaú recibió una gran bendición de un tipo temporal que Isaac pronunció a su favor con todo el fervor de un padre que ama a su hijo de manera sumamente ardiente. Esaú recibió así lo que más quería, pues poco le importaba la bendición espiritual –no siendo un hombre espiritual- y cuando obtuvo la bendición temporal que satisfizo a su corazón, entonces dijo: “Eso basta”. La bendición de un padre amoroso es, en verdad, una bendición; y aunque no siempre venga, como podríamos desear, en el plano espiritual, pues no todos los hijos son Jacobs, sin embargo, viene de una manera u otra. Y, así, sobre Esaú recayó la bendición que su padre Isaac pronunció a su favor cuando dijo: “He aquí, será tu habitación en grosuras de la tierra, y del rocío de los cielos de arriba”.

Voy a intentar mostrarles que, aunque estas dos diferentes personas dijeron: “Tengo bastante”, y aunque el significado de sus palabras fue en algún sentido semejante, con todo, había grandes diferencias en cuanto al recóndito significado de esas palabras idénticas, por salir de bocas diferentes.

I. Mi primera observación es que AQUÍ TENEMOS A UN HOMBRE IMPÍO QUE DICE QUE TIENE BASTANTE.

Hay algunos inconversos que están contentos con las posesiones que tienen; ese no es siempre el caso ni tampoco ocurre con frecuencia, pero así sucede algunas veces. El contentamiento no es enteramente un don espiritual, pues lo poseen algunos hombres que no tienen ninguna pretensión de logros espirituales. Hay que admitir que así es, y decir que hombres meramente morales no tienen ninguna virtud moral es injusto y arbitrario, puesto que es falso, ya que algunas veces tienen excelencias que, por lo que son, brillan muy intensamente y ponen en vergüenza a los defectos de cristianos profesantes. Una piedra de Bristol no es un diamante, y no vale nada comparada con el precio de un diamante; pero si dijeras que no es semejante a un diamante, y que no brilla, serías muy injusto con ella. Las joyas de imitación no son gemas reales, pero son fabricadas tan notablemente a semejanza del artículo genuino, que si dijeras que no tienen ningún lustre estarías negando una realidad. De igual manera hay hombres inconversos cuyas excelencias naturales brillan y resplandecen, y no deberían negarse, y, aunque ellos no son del pueblo de Dios, y en el día cuando Dios confeccione Sus joyas, no figurarán con ellas pues son meras falsificaciones e imitaciones, con todo, se ven muchas cosas en esos individuos que deberíamos admirar, y cuya excelencia deberíamos confesar.

Hay algunos hombres que no poseen la gracia de Dios en sus corazones, los cuales, sin embargo, no están inquietándose ni preocupándose siempre, como lo hacen algunas otras personas. Para sus familias es un consuelo que siempre estén contentos, y es bueno que incluso alguien como Esaú diga: “Tengo bastante”. Es conveniente para Jacob que Esaú lo diga, y es bueno para el propio Esaú. Tanto para su esposa como para su familia, es conveniente que un hombre sea de un temperamento feliz y de un espíritu contento, en vez de que esté agarrando y exprimiendo y escarbando perpetuamente –como otros- y haciendo todo lo posible para obtener más para agregarlo a lo que ya posee.

Bien, entonces, si hasta los inconversos dicen algunas veces: “Tenemos bastante”, -y nos encontramos ocasionalmente con tales personas- ¡qué vergüenza sería que quienes tienen la gracia de Dios no disfrutaran de ese contentamiento que incluso los mundanos han alcanzado, y que necesitaran que personas como estas les dieran un ejemplo en esa área!

Noten, a continuación, que algunas veces se da el caso de que los impíos están satisfechos, como lo estaba Esaú cuando dijo: “Tengo bastante”. Esto podría ser porque son personas de un temperamento adaptable, que se contentan con facilidad. Hay algunas personas de quienes decimos que “que son tan cómodas como un zapato viejo”; y, generalmente, tales personas no valen mucho más que un zapato viejo. Estas personas tan acomodaticias nunca hacen mucho en el mundo, pero, aun así, a pesar de todo, son felices en su apacible modo de vida. Se satisfacen naturalmente con menos de lo que contenta a otros; miran el lado resplandeciente de las cosas; son alegres debido a su constitución física y gozan de buena salud; y su conformación mental, que no es tan vivaz como la de otros, sino más serena y tranquila –y posiblemente más estúpida, también- les permite decir más fácilmente que otros: “Tenemos bastante”.

No tengo ninguna duda de que, algunas veces, la ignorancia ayuda al contentamiento. De aquí el dicho común: “Si la ignorancia es una bienaventuranza, es una insensatez ser sabio”; no me voy a detener para destrozar a ese dicho, aunque queda abierto a las críticas, pues un grave error se esconde en su fondo. Pero hay algunos hombres que están contentos con lo que tienen porque no conocen nada mejor. Están perfectamente satisfechos con su presente esfera en la vida, pues nunca estuvieron fuera de ella. Han vivido siempre en la vieja hacienda donde antes vivió su padre, y donde sus ancestros han permanecido por múltiples generaciones, y no conocen nada mejor que eso. A mí no me gustaría trasplantar el árbol que crece tan bien donde está ubicado, y yo sería el último en desear infundir cuidados y ansiedades y ambiciones en el corazón del hombre que está naturalmente contento con su porción.

Sin embargo, yo no digo que ese haya sido el caso de Esaú. Pienso que él estaba contento y que dijo: “Tengo bastante”, por una razón muy diferente. Algunos están contentos porque son completamente incautos y solo consideran el placer presente. Viven al día y no calculan nunca qué podría ocurrir mañana. Guardar para un día lluvioso les parece algo ridículo. Si tienen justo lo suficiente para la hora presente, eso es más que suficiente para ellos. En algunos sentidos, ¡cuán parecida a este vicio es la virtud que el cristiano debería buscar! Sin embargo, es un vicio cuando lo vemos en los impíos, pues son descuidados, desatentos y atolondrados, como lo era ese individuo, Esaú, el cual, como regresa hambriento y desfalleciente de la caza, vende su primogenitura por una porción de guiso rojo, sin que supiera y sin que le importara saberlo, cuál pudiera ser el valor espiritual de esa primogenitura, pues la vende de inmediato para aplacar su hambre. Hay algunos individuos que están contentos debido a que no ejercitan el pensamiento y sin dar la debida consideración a su verdadera condición, dicen: “Tenemos bastante”, porque tienen justo lo suficiente para el tiempo presente. No tengo ningún encomio para un contentamiento de ese tipo. Si alguno de nosotros lo tuviera, ¡que Dios lo libre de él!

Sin embargo, permítanme notar, a continuación, que en el contentamiento de las personas inconversas hay algunos puntos buenos. Primero, podría prevenir la avaricia. Cuando un hombre dice: “Tengo bastante”, ustedes no esperarían que fuera uno de esos que muelen las caras de los pobres y que tienen que recorrer mar y tierra para acumular más riquezas. Ahora, en el caso de Esaú, él rehusó el regalo de su hermano hasta que fue presionado a aceptarlo; y no tengo ninguna duda de que él lo rehusó honestamente, sobre la base de que tenía bastante. Su hermano había planeado ese regalo para propiciar su favor, pero él le dice que no lo necesita, que lo ama sin necesidad del regalo, y que tiene bastante, y, por tanto, que no lo requiere.

Es bueno que un hombre, aunque no tenga la gracia de Dios, esté tan contento con las cosas que tiene como para no codiciar las cosas de otros, pues la codicia es un gran pecado y es condenado en el mandamiento que dice: “No codiciarás nada que sea de tu prójimo”. Hasta aquí, el contentamiento es algo bueno si el hombre está tan satisfecho con lo que tiene que no codicia lo que le pertenece a otro.

Es también correcto y apropiado que no tenga ningún sentimiento de envidia hacia otros. Si a otros les va mucho mejor que a ellos, algunos seres de inmediato culpan a la providencia, y sienten envidia y celos de la persona que parece ser más favorecida que ellos. Esaú no pensaba así, pues le dijo a Jacob: “Suficiente tengo yo, hermano mío; sea para ti lo que es tuyo”.

Hay otro sentido sugerido en el hebreo: “¡Sea para ti lo que es tuyo; que te aproveche; úsalo y disfrútalo tú mismo!” Me gusta que el hombre diga: “Mi lema es: ‘Vive y deja vivir’. Yo tengo bastante y deseo que otros tengan también bastante; y si ‘lo bastante’ de otro hombre es mayor que lo mío, me alegra que así sea. Si es capaz de más gozo que yo, que lo sea; ¿por qué no habría de regocijarme en su gozo, y por qué no extraer de las dulzuras que le pertenecen alguna dulzura para mí, alegrándome de que otro no sea tan pobre como yo, o no sea tan enfermo como yo, o no sea tan débil como yo, o por qué no alegrarme de que haya algunos que pueden destacar más que yo, aun en el punto de la felicidad terrenal?” Hasta ahora no hay ningún problema, Esaú, de que digas: “Tengo bastante”.

Aun así, hay un aspecto negativo en este contentamiento, como ya lo habrán comprobado en muchas personas que lo han poseído. A algunas personas las ha conducido a la jactancia. Están tan satisfechas con todo lo que tienen que están muy seguras de que nadie más posee algo que sea ni siquiera la mitad de bueno de lo que ellas poseen. Si tienen un caballo, no hay nunca otro caballo en quinientas millas a la redonda que pueda trotar como el suyo; y si algún otro caballo corriera más rápido, es porque su animal estaba un poco fuera de condición aquel día. Piensan que no hay ninguna finca como la suya, ni ningún negocio parecido al suyo, ni nada en el mundo que pueda compararse con lo que tienen; y son incluso lo suficientemente necios para comentar eso con ustedes. Este preciso contentamiento que tienen engendra un gloriarse en la carne, y un gloriarse en sus propias posesiones, todo lo cual es malo y aborrecible a los ojos de Dios.

Hemos visto que conduce también a un desprecio de las cosas divinas lo cual es peor todavía. Esaú dice: “Tengo bastante”. Sin embargo, había perdido su primogenitura, había perdido todas las bendiciones del pacto, había perdido toda parte y porción en Dios y en el bien. Se trata de un terrible contentamiento cuando el hombre puede estar satisfecho sin Dios. ¡Qué terrible paz tiene un hombre cuando disfruta de un apacible estado mental a pesar de no ser salvo! Es como esa terrible calma en los trópicos -de la cual hemos leído a veces- cuando el viento ha dejado de soplar durante muchos días, y el propio fondo del abismo se está pudriendo, y todo pareciera paralizado y plagado de muerte. Hay algunos hombres que han alcanzado ese tipo de contentamiento en el que su conciencia ha sido cauterizada como con un hierro candente. No necesitan ningún cielo. La tierra es su cielo. No desean ser transportados por ángeles al seno de Abraham. Prosperar suntuosamente cada día aquí en el mundo es una suficiente bienaventuranza para ellos. Están contentos a pesar de no tener la porción de los hijos y de no ser disciplinados porque Dios los ama. Desean tener la porción del bastardo, que se queda sin castigo y que no es reconocido como hijo. Tienen su porción en esta vida, y eso es lo peor en cuanto a este tipo de contentamiento, pues argumentan que Dios les está dando aquí todo el gozo que tendrán jamás.

Considerado desde ese punto de vista, había algo muy terrible en el dicho de Esaú: “Tengo bastante”. Si hubieran podido poner a Jacob en el lugar de Esaú, con las convicciones de Jacob, con el conocimiento de Dios que tenía Jacob, con el deseo de Jacob de estar en buenos términos con Dios, ¿piensan que hubiera dicho: “Tengo bastante, pues tengo estos camellos, y tengo ganado, y ovejas, aunque no tenga a Dios”? ¡Oh, no!, Jacob hubiera dicho: “¿Bastante, mi Señor? Todo esto no es nada sin Ti. Yo te prometí que si Tú me dabas pan para comer y vestido para vestir, y si volvía en paz a casa de mi padre, yo sería Tuyo; pero no puedo estar contento sin Ti”. Así que se aferra al Ángel del pacto, y le dice: “No te dejaré, si no me bendices”, pues sentía que mientras Dios no le bendijera no podría decir: “Tengo bastante”. No hay contentamiento real para un hombre verdaderamente despierto hasta que está en paz con Dios, y es algo terrible que alguien esté perfectamente satisfecho mientras está bajo la ira de Dios y en peligro de la destrucción eterna, como ciertamente está a menos que haya creído en el Señor Jesucristo.

Me gustaría insertar unas cuantas espinas agudas en la almohada de cualquier persona acomodaticia aquí presente que esté contenta sin Cristo. Yo los heriría incluso para que vinieran a Cristo para ser sanados, y los golpearía para que acudieran al grandioso Médico para la cura que solo Él puede brindar, pues es algo terrible que estén tranquilos cuando tienen tan grave causa para la inquietud. “No hay paz, dijo mi Dios, para los impíos”.

II. Ahora debo proseguir a una parte mejor de mi tema. AQUÍ TENEMOS A UN HOMBRE PIADOSO QUE DICE QUE TIENE BASTANTE. Ese es Jacob.

Voy a comenzar comentando que es una lástima que esto no sea válido para todo cristiano. Es muy triste cuando un hombre es piadoso, y, sin embargo, no dice: “Tengo bastante”. El apóstol no dice que el contentamiento en sí mismo sea gran ganancia, sino que dice: “Pero gran ganancia es la piedad acompañada de contentamiento”. Así que no es el contentamiento sin la piedad lo que es ganancia. Y, por otro lado, cualquier forma de piedad que no conlleve contentamiento debe ser seriamente cuestionada. Un hombre piadoso que no rindiera un rápido asentimiento a toda la voluntad de Dios, debería orar pidiendo ser convertido en un hombre más piadoso. El hombre que dice: “soy cristiano”, y luego murmura, debería pedirle a Dios que perdone su murmuración y que lo vuelva más cristiano. Debería ser una señal distintiva de un hijo de Dios que, incluso cuando esté sumido en la mayor agonía y su oración contenga suma turbación, nunca vaya más allá de la línea establecida por el propio Cristo: “Si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú”. Tu corazón se está rompiendo –dices- con tus tribulaciones. Necesita más quebrantamiento, pues, si ya estuviera roto, la tribulación no lo rompería. Allí donde se introducen nuestro egoísmo y nuestra obstinación, allí comienzan nuestras aflicciones. Lo que se necesita no es la supresión de la aflicción, sino la conquista del yo. Cuando la gracia de Dios nos haya conducido a cantar de todo corazón el verso que acabamos de cantar, todo estará bien en nosotros:

“Padre, yo espero Tu voluntad cotidiana;

Tú aún dividirás mi porción;

Dame en la tierra lo que mejor te parezca,

Hasta que la muerte y el cielo revelen el resto”.

Cuando la voluntad de Dios y nuestra voluntad se contraponen, podemos estar seguros de que hay algo impropio en nosotros. Nunca estamos bien hasta que la voluntad de Dios se convierte en nuestra voluntad y podemos decir honestamente: “Hágase la voluntad del Señor”. Por tanto, es algo triste cuando un cristiano no puede decir: “Tengo bastante”, pero es algo muy dulce cuando puede decirlo verazmente. Entonces es cuando disfruta realmente la vida: cuando le da gracias a Dios por lo que él es, y por lo que no es, cuando le da gracias a Dios por la salud y también por la enfermedad, cuando le da gracias a Dios por las ganancias y también por las pérdidas; es cuando canta un cántico en la noche, como lo hace el ruiseñor, así como también un cántico en el día, como lo hace la alondra. Entonces demuestra que no sigue a Dios por lo que obtiene de Dios, así como los perros callejeros siguen al hombre que los alimenta en la calle, sino que sigue a Dios debido a un sincero amor por Él, debido a que Dios es su Señor y le pertenece. Es una verdadera bienaventuranza, un pequeño cielo iniciado aquí abajo, cuando el cristiano, mirando a su alrededor, puede decir al respecto de todas las cosas temporales: “Tengo bastante”.

Es todavía algo mejor cuando el cristiano tiene más de lo que le es necesario. Jacob estaba en esa condición, pues sentía que podía dar a Esaú todas esas cabras, y esas ovejas, y los camellos, y las vacas, y los novillos, y los borricos, y, sin embargo, era capaz de decir: “Tengo bastante”. Es una bendición cuando un hombre piadoso siente: “Tengo más que suficiente para mis propias necesidades, así que me alegra poder ayudar a mis compañeros cristianos. Tengo gran gozo y deleite en ayudar a los pobres y socorrer a los necesitados”. Cuando puedas cantar con el salmista: “Mi copa está rebosando”, preocúpate de llamar a alguien para que venga y recoja los derrames, pues si permites que el derrame se desperdicie, podría decirse de ti: “A ese hombre no se le puede confiar una copa llena”. Entonces déjala que se desborde en el lugar donde los que tienen sus copas vacías puedan venir para recoger el sobrante para humedecer sus labios resecos. Es algo bueno cuando el cristiano, aunque tenga muy poco, puede decir: “No sólo tengo lo suficiente, sino que tengo un poco para compartir con otros que tienen menos que yo”.

Lo maravilloso de lo “bastante” de Jacob es que Dios se lo había dado. Esaú no dice nada acerca de Dios, pero Jacob dice: “Dios me ha favorecido, y… tengo mucho”. Es verdaderamente una bendición que vemos que nos viene de Dios cuando sobre cada misericordia está la señal de la mano de nuestro Padre. ¿Qué son los graneros llenos a reventar si el trigo no procede de Dios? ¿Qué son las desbordantes barricas de vino si el jugo de los racimos no es de Dios? ¿De qué sirve tu oro y tu plata si Dios los ha maldecido? Pero qué bendición es cuando Dios ha sonreído sobre todo, y te dice: “Hijo mío, Yo te doy esto porque tú eres mi hijo; Yo te hago mi mayordomo, y confío estas cosas terrenales a tu cuidado porque creo que tú las usarás para mi gloria y para el bien de tus semejantes”. Esto infunde una dulzura en la copa que, de otra manera, no habría estado allí; de tal manera que es algo muy diferente ser un hijo de Dios, y tener bastante, que ser un hijo del diablo, y tener bastante. Que Dios nos conceda que cada uno de nosotros sepa qué significa decir con Jacob: “Dios me ha favorecido, y… tengo bastante”.

La traducción correcta de nuestro segundo texto –como pueden ver por la nota marginal de sus Biblias- es que Jacob dijo: todo lo que hay aquí es mío”. Esaú dijo: Tengo bastante”, pero Jacob dijo: “Todo lo que hay aquí es mío”; y, como dice Matthew Henry: “Lo bastante de Esaú era mucho, pero lo bastante de Jacob era todo. El que tiene mucho, quisiera tener más; pero el que piensa que lo tiene todo, está seguro de que tiene bastante”.

Bien, el que cree en Cristo tiene todas las cosas, pues ¿qué dice el apóstol? “Todo es vuestro, y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios”. Todo es vuestro en este sentido: que Dios les tiene que dar todo lo que será bueno para ustedes, pues Él mismo se ha comprometido a eso. “No quitará el bien a los que andan en integridad”. Por tanto no les quitará nada bueno a ustedes, de tal manera que todo lo que sea bueno para ustedes, lo recibirán con seguridad. Todas las cosas son suyas en las promesas y en el pacto, pues ese Dios que los tomó para que fueran Su porción, se ha entregado Él mismo para ser la porción suya, y Él es “Dios todopoderoso”. Todas las cosas son en Él, y al poseerlo a Él, ustedes poseen todas las cosas.

¡Oh, qué privilegios son los suyos, pues, escuchen!: Dios mismo es suyo. “Seré el Dios de ellos”, dice; y eso es más de lo que pudiéramos decir. Aunque todas las cosas son suyas, todavía exceden eso cuando pueden decir que Dios es suyo. El Padre eterno se entrega a ustedes con todos Sus gloriosos atributos y con todo lo que le pertenece a Él. Él les da Su propio corazón, “pues el Padre mismo os ama”. El Hijo de Dios los amó, y se entregó por ustedes, y Él mismo se entrega a ustedes. Todo el mérito de su sacrificio expiatorio, todo el amor de Su corazón, toda la sabiduría de Su mente, todo el poder de Su brazo, todo es suyo. Su propia vida es suya, pues Él les dice: “Porque yo vivo, vosotros también viviréis”. ¡Qué herencia tienen, entonces, en el Cristo de Dios, y en el Dios de Cristo! Pero luego ustedes tienen también al Espíritu Santo para que sea suyo. “Él mora con vosotros, y estará en vosotros”, como en un templo. Él les traerá toda luz; Él mantendrá en ustedes toda luz; les otorgará todo consuelo; les dará toda guía y toda vivificación. No hay nada que el Espíritu de Dios pueda obrar que no obre en ustedes, conforme vayan teniendo necesidad de Sus operaciones divinas. Así, siendo nuestros el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, ¡qué bendita porción tenemos! No me sorprende que Jacob dijera: “Tengo bastante”, o que dijera: “Todo lo que hay aquí es mío”. ¡Bendito sea el nombre del Señor que ha hecho posible que los hijos de los hombres digan tanto como eso!

Mientras estaba estudiando este tema, me encontré con un dulce poema escrito por esa especial hija del canto, la señorita Havergal. Cada verso es sobre este tema: “Bastante”. Voy a leer los versos uno por uno, y sólo voy a agregar unos breves comentarios, esperando que puedan abrevar de la plenitud de su significado, y decir con Jacob, si en verdad son hijos de Dios: “Tengo bastante”. El poema comienza así:

“Estoy tan débil, Señor amado, que no puedo estar

Ni un solo momento sin Ti.

Pero, ¡oh, la ternura de Tu abrazo!

Y ¡oh, la fidelidad de Tu sustento!

Y ¡oh, la fortaleza de Tu diestra!

¡Esa fortaleza me basta!

No ha de haber nada de tu propia fuerza, como puedes ver, y nada de la fuerza que pudieras pedir prestada a tus vecinos. Puedes tener muchas tribulaciones, largos peregrinajes y grandes cargas, pero la ternura de Dios te abrazará, la fidelidad te sustentará, y la fortaleza de Dios será en verdad suficiente para ti. Al leer la última línea sentí como si pudiera postrarme rostro en tierra, y reírme como lo hizo Abraham. ¿Es la omnipotencia suficiente para mí? ¡Claro que lo es! Es suficiente para sustentar este gran globo que Dios ha colgado de la nada; es suficiente para sostener el arco del cielo que está desprovisto de pilares, pero que está firme por el poder divino. Es suficiente para ese sol que ha ardido a través de todas estas edades, y cuya luz no ha fallado nunca; es suficiente para el universo que es casi ilimitable; es suficiente para todo ser vivo que respira; es suficiente para los querubines, y los serafines, y para todas las huestes angelicales. Entonces, por supuesto, basta para mí, que soy un enanito que danza para arriba y para abajo en la luz del sol del atardecer. Supongan que un gigante me prestara su fuerza, y me dijera: “Será suficiente para ti”. Pienso que lo sería, pero eso sería poco en verdad comparado con que el Dios Todopoderoso me diga: “Como tus días serán tus fuerzas”. Sí, Señor mío, “Tu fuerza me basta”.

El siguiente verso del poema es:

“Estoy tan necesitado, Señor, y, sin embargo, sé

Que toda plenitud habita en Ti;

Y hora tras hora ese tesoro que nunca falla

Suple y llena, en desbordante medida,

Mi más mínima y mi mayor necesidad; y así

¡Tu gracia me basta!”

Ustedes recuerdan lo que dice Pablo que el Señor le dijo: “Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad”. Piensa cuánta gracia hay en Cristo Jesús nuestro Señor: gracia que elige, gracia que llama, gracia que perdona, gracia que renueva, gracia que preserva, gracia que santifica, gracia que perfecciona, gracia sobre gracia, gracia que conduce a la gloria.

Oh, amados, toda esta gracia es suya, y seguramente hay gracia suficiente para ustedes. ¿Por qué tienes miedo de fracasar? ¿Te fallará la gracia de Dios? ¿Te abandonará la gracia de Dios y permitirá que perezcas por mano del enemigo? No, verdaderamente. Entonces cada creyente ha de decirle: “Tu gracia me basta”.

La señorita Havergal escribe a continuación:

“Es tan dulce confiar solo en Tu palabra:

Yo no pido ver

La revelación de Tu propósito, o el brillo

De una luz futura desenmarañando los misterios;

El rollo de Tu promesa es todo mío,

¡Tu palabra me basta!”

Es muy dulce poder decir acerca de la promesa del Señor: “Ella me basta; incluso si no veo su cumplimiento durante muchos días, la promesa misma es suficiente para mí. Si el Señor no pareciera hacer nada en absoluto en mi ayuda, como Él ha dicho: ‘No te desampararé, ni te dejaré’, Su palabra me basta”. Bien, amados, a ustedes les basta la palabra de un hombre, si es la palabra de un hombre confiable, y dicen: “Su palabra es una garantía”. Pero la Palabra de Dios está respaldada por Su juramento. ¿No les basta esa palabra? Si es así, ¿por qué se intranquilizan y se preocupan? Más bien deberían decirle al Señor: “Tu Palabra me basta”.

Entonces la inspirada poetisa continúa así:

“El corazón humano pide amor; pero ahora sé

Que mi corazón recibe de Ti,

Todo afecto real y pleno y maravilloso,

Muy cercano, muy humano; sin embargo, la perfección divina

¡Enciende gloriosamente el poderoso resplandor!

¡Tu amor me basta!”

¿Pueden decir eso ustedes, que han perdido a un ser querido, ustedes, que han enviudado, ustedes, que no tienen hijos, ustedes, que han sido engañados y abandonados, “una mujer atribulada de espíritu”, un hombre abatido y solitario? ¿El amor de Dios les basta? Debería bastarles, pues si todos los amores de los esposos, de las esposas, de los amantes, de las madres, de los padres y de los hijos fueran destilados, y fuera extraída su quintaesencia, no sería sino como agua comparada con el vino generoso del amor de Dios. ¿Me ama Dios a mí? Entonces, aunque todo el mundo me odiara, no me importaría más que si una sola gota de hiel cayera en un Atlántico lleno de dulzura y de bienaventuranza. Esta ligera aflicción, que no es sino momentánea, no es digna de ser comparada con la suma gloria de ser amado por Dios. Sí, mi Señor, “Tu amor me basta”.

Pero el amor de Dios no puede llenar un ‘gran’ corazón; es más, debo corregirme y decir que el amor de Dios no puede llenar a un corazón vil, a un corazón perverso, a un corazón no regenerado, pues no es un corazón quebrantado, sino un corazón dividido, y cuando el corazón está dividido, no retiene el amor de Dios. ¡Oh, tener un corazón unido al corazón de Dios! Entonces le diré: “Tu corazón me basta”.

El dulce poema concluye así:

“Había extrañas profundidades del alma, intranquilas, vastas,

Y amplias, insondables como el mar;

Un hambre infinita de algún infinito sosiego;

¡Pero ahora Tu perfecto amor es perfecta llenura!

Señor Jesucristo, mi Señor, mi Dios,

¡Tú, Tú me bastas!”

¡Que así sea con cada uno de nosotros, por Jesucristo nuestro Señor!

Amén.