Por Charles Spurgeon

Pero la serpiente era astuta, más que todos los animales del campo que Jehová Dios había hecho”. Génesis 3: 1.

Por supuesto que entendemos que este versículo se refiere a “la serpiente antigua, que es el diablo y Satanás”. En vez de la palabra “serpiente”, la Versión Samaritana usa: “engañador” o “mentiroso”. Aunque esta no fuera la lectura auténtica, con todo, declara ciertamente una verdad. Ese viejo engañador, de quien nuestro Señor Jesús les había dicho a los judíos: “Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira”, era “astuto, más que todos los animales del campo que Jehová Dios había hecho”. Agradó a Dios dar astucia a muchas bestias, -a algunas, astucia y artería combinadas con fuerza- con el objeto de que pudieran ser más destructivas para ciertas clases de animales cuyos números requieren ser controlados. A otras, que están desprovistas de mucha fuerza, le ha agradado darles instintos de la más maravillosa sabiduría para el auto preservación y la destrucción de su presa y para la procuración de su alimento; pero todos los sabios instintos y toda la astucia de las bestias del campo son sobrepasados grandemente por la astucia de Satanás. De hecho, yendo más lejos, el hombre tiene, tal vez, mucha más astucia que cualquier otra simple criatura, aunque pareciera algunas veces que el instinto animal en efecto aventajara a la razón humana; pero Satanás tiene una mayor astucia en su interior que cualquier otra criatura que el Señor haya creado, el hombre incluido.

Satanás posee abundantes artimañas y es capaz de vencernos por varias razones. Me parece que una suficiente razón para que Satanás sea artero es porque es malicioso; pues de todas las cosas, la malicia es lo más productivo de la artería. Cuando un hombre está resuelto a la venganza, es extraño cuán artero es para encontrar oportunidades para desfogar su malevolencia. Si un hombre siente enemistad contra otro y esa enemistad se posesiona enteramente de su alma y derrama veneno, por decirlo así, en su propia sangre, se volverá sumamente artero con los medios que usa para vejar y hacer daño a su adversario. Ahora, nadie puede estar más lleno de malicia contra el hombre que Satanás, tal como lo demuestra cada día; y esa malicia aguza su inherente sabiduría de manera que se vuelve sumamente astuto.

Además, Satanás es un ángel, aunque es un ángel caído. No dudamos, por ciertos indicios en la Escritura, que ocupara un lugar muy excelso en la jerarquía de ángeles antes de caer; y sabemos que esos poderosos seres están dotados de vastos poderes intelectuales que sobrepasan en mucho cualesquiera que hayan sido dados jamás a seres de molde humano. Por tanto, no hemos de esperar que un hombre, sin ayuda de lo alto, sea alguna vez un contrincante para un ángel, especialmente un ángel cuyo intelecto innato ha sido aguzado por una malicia sumamente malévola en contra nuestra.

Además, Satanás muy bien puede ser astuto ahora –puedo decir confiablemente que más astuto de lo que era en los días de Adán- pues él ha tenido largos tratos con la raza humana. Cuando tentó a Eva esa era su primera ocasión de tratar con la humanidad; pero aun entonces la serpiente era “astuta, más que todos los animales del campo que Jehová Dios había hecho”. Desde entonces él ha ejercitado todo su diabólico pensamiento y grandes poderes para acosar y arruinar a los hombres. No hay ningún santo a quien no haya perseguido y ningún pecador al que no haya conducido a engaño. Juntamente con sus tropas de espíritus malignos él ha estado ejerciendo un terrible control sobre los hijos de los hombres; él es por tanto muy habilidoso en todas las artes de la tentación. Nunca un anatomista entendió tan bien el cuerpo humano como Satanás entiende el alma humana. Él no ha sido “tentado en todo”, pero él ha tentado a otros en todos los puntos. Él ha procurado atacar nuestra condición humana desde la corona de nuestra cabeza hasta la planta de nuestro pie; ha explorado cada obra exterior de nuestra naturaleza e incluso las cavernas más secretas de nuestras almas. Ha escalado la ciudadela de nuestro corazón, y ha vivido allí; ha explorado sus más íntimos recovecos y se ha sumergido en los más bajos abismos. Yo supongo que no hay nada de la naturaleza humana que Satanás no pueda desenmarañar; y aunque, sin duda, es el más grande tonto que haya existido jamás, como continuamente el tiempo lo demuestra, con todo, más allá de toda duda, él es el más astuto de los tontos, y puedo agregar que esa no es una gran paradoja, pues la argucia es siempre una insensatez y la astucia no es sino otra forma de apartarse de la sabiduría.

Y ahora, hermanos, durante unos cuantos minutos voy a ocupar su tiempo, primero, notando las argucias y la astucia de Satanás, y los modos en que ataca nuestras almas; y, en segundo lugar, voy a darles unas cuantas palabras de admonición con respecto a la sabiduría que debemos ejercitar contra él, y el único medio que podemos usar eficazmente para impedir que su astucia sea el instrumento de nuestra destrucción.

  1. Notemos, en primer lugar, LAS ARGUCIAS Y LA ASTUCIA DE SATANÁS, como las hemos descubierto en nuestra propia experiencia.

Y puedo comenzar observando que Satanás descubre su artería y su astucia por los modos de su ataque. Hay un hombre que es calmado y tranquilo, y está en paz; Satanás no ataca a ese hombre con incredulidad o desconfianza; le ataca en un punto más vulnerable que eso; el amor propio, la confianza en uno mismo, la mundanalidad, estas cosas serán las armas que Satanás usará contra él. Hay otra persona que es notable por su abatimiento y por su falta de vigor mental; no es probable que Satanás se esfuerce por inflarlo con el orgullo, pero examinándolo, y descubriendo dónde está su punto débil, le tentará a dudar de su llamado, y se esforzará por conducirlo a la desesperación. Hay otro hombre de salud corporal fuerte y robusta, que tiene todos sus poderes mentales en pleno y vigoroso ejercicio, disfrutando de las promesas y deleitándose en los caminos de Dios; posiblemente Satanás no le atacará con la incredulidad, porque siente que tiene una armadura para ese punto en particular, pero le atacará con orgullo o con alguna tentación a la lujuria. Él nos examinará muy íntegra y cuidadosamente, y si nos encuentra que somos como Aquiles, únicamente vulnerables en nuestro talón, entonces disparará sus flechas a nuestro talón.

Yo creo que Satanás no ha atacado a menudo a un hombre en un lugar donde le vio que era fuerte; pero generalmente busca bien el punto débil, el pecado que asedia. “Allí”, -dice él- “allí voy a dar el golpe”; ¡y que Dios nos ayude en la hora de la batalla y en el tiempo del conflicto! Tenemos necesidad de decir: “¡Que Dios nos ayude!”, pues, ciertamente, a menos que el Señor nos ayude, este astuto enemigo puede encontrar fácilmente suficientes junturas en nuestra armadura, y pronto podría enviar la flecha mortal a nuestras almas, de manera que caeríamos heridos delante de él. Y sin embargo, he notado, y es muy extraño, que Satanás tienta algunas veces a los hombres con la propia cosa que supondrías que nunca les tentaría. ¿Cuál imaginan ustedes que fue la última tentación de John Knox en su lecho de muerte? Tal vez nunca hubo un hombre que entendiera más plenamente la gran doctrina de que “por gracia sois salvos”, que John Knox. La tronaba desde el púlpito; y si lo hubieras cuestionado sobre el tema él te la habría declarado osada y valientemente, negando con todo su poder la doctrina papal de la salvación por medio del mérito humano. Pero, ¿podrán creerlo, ese viejo enemigo de las almas atacó a John Knox con la justicia propia cuando yacía en su lecho de muerte? Vino a él y le dijo: “¡Cuán valientemente has servido a tu Señor, Juan! Nunca te has acobardado delante de la faz del hombre; te has enfrentado a reyes y a príncipes, y sin embargo, no has temblado nunca; un hombre como tú puede caminar para entrar al reino del cielo con sus propios pies, y vestir sus propios vestidos en la boda del Altísimo”; y aguda y terrible fue la lucha que John Knox tuvo con el enemigo de las almas por esa tentación.

Yo puedo darles un ejemplo similar de mi propia experiencia. Yo pensé para mí que, de todos los seres en el mundo, yo era el que más libre estaba de cuidados. Nunca había ejercitado mis pensamientos ni por un instante, así lo pienso, preocupándome por las cosas temporales; yo siempre tuve todo lo que había necesitado, y parecía que yo había sido trasladado más allá del alcance de la ansiedad acerca de tales asuntos; y sin embargo, es extraño decirlo, no hace mucho tiempo, una tentación sumamente terrible me sobrecogió, arrojándome en la mundanalidad del cuidado y del pensamiento; y aunque yacía y gemía en agonía y luchaba con todo mi poder contra la tentación, pasó mucho tiempo antes de que pudiera vencer esos pensamientos desconfiados con relación a la providencia de Dios, cuando, debo confesarlo, no había la menor razón, hasta donde podía verlo, del por qué tales pensamientos irrumpieran en mí. Por esa razón, y por muchas más, odio más y más al diablo cada día, y he hecho votos, de ser posible, mediante la predicación de la Palabra de Dios, de buscar sacudir los propios pilares de su reino; y yo pienso que todos los siervos de Dios sentirán que su enemistad contra el archienemigo de las almas aumenta cada día debido a los malevolentes y extraños ataques que continuamente está haciendo contra nosotros.

Los modos de ataque de Satanás, entonces, como aprenderán rápidamente si es que no lo han hecho ya, delatan su astucia. ¡Ah!, hijos de los hombres, mientras ustedes se están poniendo sus cascos, él está buscando enterrar su espada de fuego dentro de su corazón; o mientras ustedes están inspeccionando bien su coraza, él está levantando su hacha de combate para partir su cráneo; y mientras ustedes están inspeccionando tanto su casco como su coraza, él está buscando hacer tropezar su pie. Él está vigilando siempre para ver dónde no están viendo ustedes; él está alerta siempre cuando ustedes están dormitando. Mirad por vosotros mismos, por tanto; “Vestíos de toda la armadura de Dios”; “Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar; al cual resistid firmes en la fe”; ¡y que Dios les ayude a prevalecer contra él!

Una segunda cosa en la que Satanás delata su astucia es, las armas que usará a menudo contra nosotros. Algunas veces atacará al hijo de Dios con el recuerdo de una canción obscena, o con un discurso licencioso que pudo haber oído en los días de su estado carnal; pero con mucha mayor frecuencia le atacará con textos de la Escritura. Es extraño que tenga que ser así, pero a menudo es el caso de que, cuando dispara su flecha contra un cristiano, la propulsa con la propia Palabra de Dios. Eso parecía ser, de acuerdo con el poeta, la intensa conmoción del dolor que el águila, cuando la flecha estaba sorbiendo la sangre de su corazón, vio que la pluma que le dio alas para volar hacia su pecho había sido arrancada de su propio pecho; y el cristiano tendrá con frecuencia una experiencia más o menos similar. “¡Ah!”, –dirá- “aquí hay un texto que yo amo, tomado del Libro que valoro, sin embargo, está vuelto contra mí. Un arma salida de la propia armería de Dios es constituida como el instrumento de muerte contra mi alma”. ¿No han encontrado que así sucede, queridos amigos cristianos? ¿No han probado que así como Satanás atacó a Cristo con un “Escrito está”, así también los ha atacado a ustedes? ¿Y no han aprendido a estar en guardia contra las perversiones en contra de la Sagrada Escritura, y los retorcimientos de la Palabra de Dios, para que no los conduzcan a la destrucción?

En otros momentos, Satanás usará el arma de nuestra propia experiencia. “¡Ah!”, -dirá el diablo- “en tal y tal día, tú pecaste de tal y tal manera; ¿cómo puedes ser un hijo de Dios?” En otro momento él dirá: “tú eres justo con justicia propia, por tanto no puedes ser un heredero del cielo”. Luego, otra vez, comenzará a desenterrar todas las viejas historias que hemos olvidado desde hace mucho tiempo de todas nuestras incredulidades pasadas, de nuestros pasados descarríos, y así sucesivamente, y nos reprocha eso. Él dirá: “¡Cómo! ¿Tú, TÚ un cristiano? ¡Un buen cristiano has de ser!” O, posiblemente comenzará a tentarte de alguna manera parecida a esta: “El otro día no querías hacer tal y tal cosa en el negocio; ¡cuánto perdiste por eso! Fulano de Tal es un cristiano; él lo hizo. Tu vecino, al otro lado de la calle, ¿no es él un diácono de una iglesia, y acaso no lo hizo? ¿Por qué no puedes hacer lo mismo? Te iría muchísimo mejor si lo hicieras. Fulano de Tal lo hace, y le va bien, y es precisamente tan respetado como lo eres tú; entonces, ¿por qué no habrías de actuar de la misma manera?” Así, el diablo te atacará con armas tomadas de tu propia experiencia, o de la iglesia de la cual eres un miembro. ¡Ah!, ten cuidado, pues Satanás sabe cómo escoger sus armas. Él no está saliendo contra ustedes, si fueran grandes gigantes, con una honda y una piedra; sino que viene armado hasta los dientes para derribarte. Si él sabe que estás tan protegido por una cota de malla que el filo de su espada será doblegado por tu armadura, entonces te atacará con un veneno letal; y si sabe que no puedes ser destruido por esos medios, viendo que tienes un antídoto a la mano, entonces buscará tenderte una trampa; y si eres precavido de manera que no puedes ser sorprendido así, entonces enviará problemas de fuego contra ti, o una aplastante avalancha de dolor, de manera que pueda someterte. Las armas de su guerra, siempre malas, y a menudo espiritual e invisible, son poderosas contra tales débiles criaturas como somos nosotros.

Además, la argucia del diablo es descubierta en otra cosa, en los agentes que emplea. El diablo no realiza él mismo todo su sucio trabajo; a menudo emplea a otros para que lo hagan por él. Cuando Sansón tenía que ser vencido, y sus nazareas guedejas tenían que ser cortadas, Satanás tenía a Dalila lista para tentarlo y conducirlo al descarrío; él sabía qué había en el corazón de Sansón, y dónde estaba su lugar más débil, y por tanto, le tentó por medio de la mujer que amaba. Un viejo teólogo dice: “Hay muchos hombres cuya cabeza ha sido quebrada por su propia costilla”, y ciertamente eso es cierto. Satanás algunas veces ha puesto a la propia esposa de un hombre para que lo derribe hasta la destrucción, o ha usado a algún querido amigo como el instrumento para obrar su ruina. Ustedes recuerdan cómo David se lamentaba por este mal: “Porque no me afrentó un enemigo, lo cual habría soportado; ni se alzó contra mí el que me aborrecía, porque me hubiera ocultado de él; sino tú, hombre, al parecer íntimo mío, mi guía, y mi familiar; que juntos comunicábamos dulcemente los secretos, y andábamos en amistad en la casa de Dios”. “¡Ah!”, -dice el diablo- “tú no pensaste que yo iba a poner a un enemigo a hablar mal de ti, ¿no es cierto? Vamos, eso no te habría lastimado. Yo sé cómo elegir a mis agentes de mejor manera; voy a elegir a un hombre que es un amigo o un conocido; él se te acercará, y luego te meterá el puñal debajo de los pliegues de tus vestidos”. Si un ministro ha de ser fastidiado, Satanás elegirá a un diácono que lo fastidie. Él sabe que no le importará tanto un ataque de cualquier otro miembro de la iglesia; así que algún diácono se levantará y dominará sobre él, de manera que tendrá noches sin dormir y días ansiosos. Si es un diácono el que Satanás quiere fastidiar, buscará poner a algún miembro o hermano diácono contra él; y si no hay ninguna otra persona que le importe, será su amigo más cercano y más querido el que desempeñe el acto villano.

El diablo siempre está listo a tomar en su mano la red en la que el pez es más probable que caiga, y a extender la trampa que es más probable que atrape al ave. Yo no sospecho, si tú eres un profesante de larga experiencia, que serás tentado por un sujeto borracho; no, el diablo te tentará por medio de un hipócrita mojigato. Yo no imagino que tu enemigo venga y te ataque y te calumnie; será tu amigo. Satanás sabe cómo usar y disfrazar a todos sus agentes. “¡Ah!”, -dice- “un lobo con piel de oveja será mejor para mí que un lobo que se mira como un lobo; y uno de la iglesia jugará mejor el juego y lo logrará más fácilmente, que uno fuera de ella”. La elección de los agentes de Satanás demuestra su artería y su ingenio. Fue algo astuto que eligiera a la serpiente para el propósito de tentar a Eva. Muy probablemente Eva estaba fascinada por la apariencia de la serpiente; probablemente admiraba su tonalidad brillante, y somos conducidos a creer que era entonces una criatura mucho más noble de lo que es ahora. Tal vez, entonces, se podía erguir sobre sus anillos, y muy probablemente a ella le complacía y le deleitaba; pudo haber sido la criatura familiar con la que jugaba –no dudo de que lo fuera- antes de que el diablo entrara en ella. Ustedes saben cómo, a menudo, el diablo entra dentro de cada uno de nosotros. Yo sé que él ha entrado en mí muchas veces, cuando ha necesitado que se diga una palabra hiriente contra alguien. “Nadie puede herir a ese hombre, o afligir a ese hombre” –dice el diablo- “tan bien como puede hacerlo el señor Spurgeon; vamos, lo ama como a su propia alma. Ese es el hombre”, dice el diablo, “que hará la herida más despiadada de todas, y él la hará”. Entonces, tal vez soy conducido a creer algo erróneo en contra de un algún precioso hijo de Dios, y posteriormente a hablar de ello; y luego me aflijo al pensar que pude ser tan necio como para prestar mi corazón y mi lengua al diablo. Por tanto puedo advertir a cada uno de ustedes, y especialmente a mí mismo, y a todos aquellos que tienen mucho amor derramado en ellos, a que pongan atención no sea que se conviertan en instrumentos de Satanás afligiendo los corazones del pueblo de Dios, y derribando a quienes tienen ya suficientes problemas que los pueden derribar, sin que necesiten ninguna ayuda de parte nuestra.

Y, una vez más, Satanás muestra su astucia por los tiempos en los que nos ataca. Yo pensaba, cuando estuve enfermo, que si podía levantarme de la cama otra vez y ser fortalecido, yo le iba a dar al diablo una paliza sumamente terrible por la manera en que me atacó cuando estaba enfermo. ¡Cobarde! ¿Por qué no esperó hasta que estuviera bien? Pero siempre encuentro que, si mi ánimo se abate, y me encuentro en una baja condición de corazón, Satanás elige especialmente ese tiempo para atacarme con la incredulidad. Que venga contra nosotros cuando la promesa de Dios está fresca en nuestra memoria, y cuando estamos disfrutando de un tiempo de dulce derramamiento de corazón en oración delante de Dios, y él verá cómo lucharemos contra él entonces. Pero, no; él sabe que entonces tendríamos la fuerza para resistirle; y, prevaleciendo con Dios, seríamos capaces de prevalecer contra el diablo también. Por tanto vendrá contra nosotros cuando haya una nube entre nosotros mismos y nuestro Dios; cuando el cuerpo está deprimido y el ánimo está débil, entonces nos tentará, y procurará conducirnos a la desconfianza de Dios. En otro momento, nos tentará al orgullo. ¿Por qué no nos tienta al orgullo cuando estamos enfermos y cuando tenemos el espíritu deprimido? “No” –dice- “no puedo lograrlo entonces”. Él escoge el tiempo cuando un hombre está bien, cuando está en el pleno disfrute de las promesas, y capacitado para servir a su Dios con deleite, y entonces lo tentará al orgullo. Es la oportunidad de sus ataques, el correcto ordenamiento de sus asaltos lo que hace que Satanás sea un enemigo diez veces más terrible de lo que sería de otra manera, y eso demuestra la profundidad de su artería. Verdaderamente, la antigua serpiente es más astuta que cualquier otra bestia del campo que el Señor ha creado.

Hay algo acerca de los poderes del infierno que siempre me ha dejado asombrado. La Iglesia de Cristo siempre está disputando; pero, ¿oyeron alguna vez que el diablo y sus confederados alterquen? ¡Hay un vasto ejército de esos espíritus caídos, pero cuán maravillosamente unánime es! Son tan unidos que, si en algún momento en especial el gran príncipe negro del infierno desea concentrar todas las masas de su ejército en un punto particular, lo hace al tictac del reloj, y la tentación viene con su más plena fuerza justo cuando es más probable que prevalecerá. Ah, si tuviéramos una unanimidad como esa en la Iglesia de Dios, si todos nos moviéramos con la guía del dedo de Cristo, si toda la Iglesia pudiera, en este momento por ejemplo, moverse en una gran masa al ataque de un cierto mal, ahora que el tiempo ha llegado para el ataque sobre eso, ¡cuánto más fácilmente podríamos prevalecer! ¡Pero, ay! Satanás nos sobrepasa en artificio, y los poderes del infierno nos sobrepasan en mucho en unanimidad. Esto, sin embargo, es un gran punto en la astucia de Satanás, que él elige siempre los tiempos de sus ataques muy sabiamente.

Y todavía hay algo más, y habré concluido con este punto. La astucia de Satanás es muy grande en otra cosa, esto es, en sus retiradas. Cuando me uní a la Iglesia Cristiana por primera vez, no pude entender nunca un dicho que oí de un anciano, que no había ninguna tentación tan mala como la de no ser tentado, ni tampoco entendía entonces qué quiso decir Rutherford cuando dijo que le gustaba un diablo rugiente mucho más que un diablo durmiente. Ahora lo entiendo; y ustedes, que son hijos de Dios, y que han andado por algunos años en sus caminos, lo entienden también.

“Más temo la calma traicionera, Que la tempestad que rueda sobre mi cabeza”.

Hay un estado tal de corazón como este: tú quieres sentir, pero no sientes. Si sólo pudieras dudar, lo considerarías un logro muy grande; sí, y aun si pudieras conocer la negrura de la desesperación, preferirías sentir eso que ser como eres. “¡Vaya!”, -dices- “no tengo ninguna duda acerca de mi condición eterna; de alguna manera pienso que puedo decir, aunque no podría hablar exactamente con certeza, pues me temo que sería presunción, sin embargo, en verdad confío que puedo decir que soy un heredero del cielo. Sin embargo eso no me produce ningún goce. Puedo involucrarme en la obra de Dios; en verdad siento que la amo, sin embargo, no puedo sentir que sea la obra de Dios; siento que me he metido en una ronda de deber, y sigo adelante, y adelante y adelante, como un caballo ciego que va porque tiene que ir. Leo la promesa, pero no veo ninguna especial dulzura en ella; de hecho, no parece como si necesitara alguna promesa. E incluso las amenazas no me aterrorizan; no hay ningún terror en ellas para mí. Oigo la Palabra de Dios; tal vez soy sacudido por lo que el ministro dice, pero no me siento impresionado por su denuedo como debería estarlo. Siento que no podría vivir sin oración, y sin embargo, no hay ninguna unción en mi alma. No me atrevo a pecar; confío que mi vida es externamente sin mancha; lo que tengo que lamentar todavía es un corazón de plomo, una falta de susceptibilidad al deleite espiritual o al cántico espiritual, una calma completa en el alma, como esa terrible calma de la cual el ‘Viejo Marinero’ de Coleridge decía:

“El fondo mismo se pudría, ¡Ay, quién lo hubiera pensado! Sí, viscosas criaturas con patas se arrastraban por el viscoso mar”.

Ahora, querido amigo, ¿sabes algo acerca del estado de tu propio corazón justo ahora? Si es así, esa es la respuesta al enigma: que no ser tentado es peor que ser tentado. Realmente, ha habido tiempos, en la experiencia pasada de mi propia alma, cuando hubiera estado agradecido al diablo si hubiera venido y me hubiera sacudido; yo habría sentido que Dios le había empleado, contra su deseo, para hacerme un bien permanente, para despertarme al conflicto. Si el diablo simplemente hubiera entrado en la Tierra Encantada, y hubiera atacado a los peregrinos allí, ¡qué buena cosa habría sido para ellos! Pero, ustedes notarán que John Bunyan no lo puso allí, pues no tenía nada que hacer allí. Era en el Valle de la Humillación que había mucho trabajo hecho a la medida para Satanás; pero en la Tierra Encantada todos los peregrinos dormitaban, como hombres dormidos sobre la punta de un mastelero. Estaban ebrios por el vino, de manera que no podían hacer nada, y por tanto el diablo sabía que no le necesitaban allí; simplemente los dejó para que siguieran durmiendo. Madame Bubble y ‘modorra’ harían todo su trabajo. Pero fue en el Valle de la Humillación donde entró, y allí tuvo su severo combate con el pobre de cristiano. Hermanos, si van pasando a través de la tierra que es encantada con modorra, indiferencia y sueño, entenderán la astucia del diablo en mantenerse fuera del camino.

  1. Y ahora, en segundo lugar, preguntémonos muy brevemente, ¿QUÉ HAREMOS CON ESE ENEMIGO? Ustedes y yo sentimos que tenemos que entrar en el reino del cielo, y no podemos entrar allí mientras nos quedamos inmóviles. La Ciudad de la Destrucción está detrás de nosotros, y Muerte nos está persiguiendo; debemos apretar el paso hacia el cielo; pero, en el camino, está este “león rugiente, buscando a quien devorar”. ¿Qué haremos? Él tiene gran astucia; ¿cómo le venceremos? ¿Buscaremos ser tan astutos como él? ¡Ah!, esa sería una tarea ociosa; en verdad sería pecaminosa. Buscar ser astuto, como el demonio, sería tan perverso como sería fútil. ¿Qué haremos, entonces? ¿Le atacaremos con sabiduría? ¡Ay!, nuestra sabiduría no es sino insensatez. “El hombre vano se hará entendido”; pero en su óptimo estado no es sino “un pollino de asno montés”. Entonces, ¿qué haremos?

La única manera de repeler la astucia de Satanás es adquiriendo verdadera sabiduría. Lo repito de nuevo, el hombre no tiene nada de eso en sí mismo. ¿Qué pues? En esto hay verdadera sabiduría. Si quieres luchar exitosamente contra Satanás, haz de las Santas Escrituras tu recurso diario. De esta sagrada revista extrae continuamente tu armadura y tu munición. Aférrate a las gloriosas doctrinas de la Palabra de Dios; haz de ellas tu comida y tu bebida diarias. Así serás fuerte para resistir al demonio, y estarás feliz al descubrir que huirá de ti. “¿Con qué limpiará el joven su camino?” ¿Y cómo se protegerá un cristiano contra el enemigo? “Con guardar tu palabra”. Combatamos siempre a Satanás con un “Escrito está”; pues ninguna arma afectará jamás al archienemigo tan bien como lo hará la Santa Escritura. Intenta luchar con Satanás con la espada de madera de la razón, y él te vencerá fácilmente; pero usa esta hoja de Jerusalén de la Palabra de Dios, con la cual ha sido herido muchas veces y le vencerás con prontitud.

Pero, sobre todo, si quisiéramos resistir exitosamente a Satanás, debemos mirar no meramente a la sabiduría revelada, sino a la Sabiduría Encarnada. ¡Oh, amados, aquí tiene que estar el principal punto de reunión para cada alma tentada! Debemos huir a Él “el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención”. Él tiene que enseñarnos, Él tiene que guiarnos, Él tiene que ser nuestro Todo en todo. Nosotros tenemos que mantenernos cerca de Él en comunión. Las ovejas nunca están tan protegidas del lobo como cuando están cerca del pastor. Nunca estaremos tan a salvo de las flechas de Satanás como cuando tenemos nuestra cabeza descansando en el pecho del Salvador. Creyente, camina de acuerdo a Su ejemplo; vive diariamente en Su comunión; confía siempre en Su sangre; y de esta manera serás más que vencedor aun sobre la sutileza y la astucia del propio Satanás. Tiene que ser un gozo para el cristiano saber que, a la larga, toda la astucia de Satanás estará decepcionada, y todos sus designios malignos contra los santos demostrarán que no tienen ningún efecto. ¿No esperan con ansia, mis muy queridos hermanos, el día cuando todas sus tentaciones acaben, y cuando lleguen al cielo? ¿Y no mirarán entonces hacia abajo a este archidemonio, con santa risa y escarnio? Yo creo en verdad que los santos, cuando piensan en los ataques de Satanás, “se alegran con gozo inefable”, y además de eso, sentirán un desprecio en sus propias almas por toda la astucia del infierno cuando vean cómo ha sido frustrada. ¿Qué ha estado haciendo el diablo estos miles de años? ¿Acaso no ha sido el siervo indispuesto de Dios y de Su Iglesia? Él ha estado buscando siempre destruir el árbol viviente; pero cuando ha estado intentando desenterrarlo, sólo ha sido como un jardinero cavando con su azada y aflojando la tierra para ayudar a las raíces a desparramarse más; y cuando ha estado con su hacha buscando podar los árboles del Señor y desfigurar su belleza, ¿qué ha sido, después de todo, sino una podadera en la mano de Dios, para quitar las ramas que no dan fruto, y para limpiar esas que sí producen algo, para que puedan dar más fruto? Hubo una vez, ustedes saben, cuando la Iglesia de Cristo era como un pequeño torrente, -justo un riachuelo pequeñito- y fluía a lo largo de un estrecho vallecito. Justo unos cuantos santos estaban reunidos juntos en Jerusalén, y el diablo pensó para sí: “Ahora voy a conseguir una gran piedra, y voy a detener este riachuelo para que no corra”. Entonces va y consigue esta gran piedra, y la arroja en el centro del riachuelo, pensando, por supuesto, que debía detenerlo para que no corriera más; pero, en vez de hacer eso, esparció las gotas sobre todo el mundo, y cada gota se convirtió en la madre de una fuente fresca. Ustedes saben qué era esa piedra; era persecución, y los santos fueron esparcidos por ella; pero entonces “los que fueron esparcidos iban por todas partes anunciando el evangelio”, y así la Iglesia fue multiplicada, y el demonio fue derrotado. Satanás, te lo digo en tu cara, tú eres el mayor necio que haya respirado jamás, y te lo voy a demostrar en el día cuando tú y yo estaremos como enemigos, enemigos jurados, como lo somos en este día, en el grandioso tribunal de Dios; y que eso, cristiano, se lo puedas decir siempre que te ataque. No le tengas miedo, sino resístele firme en la fe, y tú prevalecerás.