spurgeon

Por Charles Spurgeon

“Y pondrá su mano sobre la cabeza del holocausto, y será aceptado para expiación suya. Entonces degollará el becerro en la presencia de Jehová.” — Levítico 1:4,5

Sin duda alguna, la enseñanza acerca de los sacrificios establece claras distinciones entre holocaustos, ofrendas vegetales, sacrificios de paz y sacrificios por el pecado. En esos diversos sacrificios tenemos múltiples facetas de la obra de expiación de nuestro Señor, vistas desde diferentes perspectivas. Será una bendición estudiar estas deliciosas lecciones en otra ocasión y guardarlas en nuestro corazón; pero en este momento no me dispongo a adentrarme en tales consideraciones.

Estas instructivas distinciones son la propiedad especial de quienes, después de muchos años, tienen sus sentidos bien ejercitados, y pueden discernir, no solamente la grandiosa obra de nuestro Señor, sino cada uno de sus detalles. Mi mente no es lo suficientemente robusta para presentar “En tazón de nobles la crema” a los hombres de robusta constitución, sino que debo contentarme con servir a los pequeñitos un vaso de leche. No puedo cargar los grandiosos racimos desde Escol, y por lo tanto les presento con mis manos temblorosas unas cuantas uvas.

Esta mañana deseo predicar de tal manera que pudiera yo responder a la oración de aquel pequeñito que, un sábado por la tarde, antes de irse a la cama, pedía en oración: “Señor, concédeme que nuestro ministro diga mañana algo que yo pueda entender.” Lamento mucho que sea necesaria alguna vez una oración así, pero me temo que no sólo es necesaria para los niños, sino que muchos adultos también tienen que orar así: “Señor, ayuda a nuestro ministro a decir algo que podamos entender, y que valga la pena que entendamos.”

Algunos de mis hermanos parecen habitar en el elevado Olimpo, en medio de las nubes: sería mucho mejor que vivieran en el Calvario. Muy poco rocío desciende desde las oscuras montañas de la fantasía intelectual; las gotas verdaderamente refrescantes se encuentran en el monte Hermón del Evangelio. Me identifico con el Doctor Guthrie, que deseaba que quienes le rodeaban le cantaran un himno infantil; yo quisiera ser un niño cuando les predico. Las cosas sencillas son siempre las más sublimes, y para un enfermo son las más dulces. Quisiera alcanzar una claridad meridiana al exponer el camino de expiación por la muerte de Jesús.

También tengo una razón para predicar una verdad fundamental el día de hoy, que para mí es muy poderosa, aunque ustedes pudieran reírse de ella. Es ésta: si sólo contara con unas pocas balas para disparar, querría dar en el blanco con cada una de ellas; es decir, si sólo pudiera hablarles una única vez, el día de hoy, después de estar convaleciente durante tres semanas, deseo hablarles exclusivamente sobre aquellos tópicos que tratan con los elementos vitales de la piedad. Quisiera zambullirme en el corazón del asunto, y tratar con la esencia y el alma de la verdadera religión.

Hay cosas que pueden ser o pueden no ser, y ningún gran mal se deriva de una alternativa o de la otra; pero hay otras cosas que deben ser, o todo saldrá mal; de una de estas cosas que deben ser, quisiera hablarles ahora. Algunas cosas son importantes para el bienestar de los cristianos, pero ciertas otras cosas son absolutamente esenciales para el mero ser de los cristianos; y es sobre estas cosas necesarias y urgentes que voy a hablar ahora, es decir, en relación a la sangre preciosa del Señor Jesucristo y nuestra fe en ella; pues estas dos cosas son de la mayor importancia, y nunca son presentadas en demasía ante la consideración de nuestras mentes.

Dos elementos eran esenciales en los sacrificios de la ley ceremonial; y a ambos los encontramos en nuestro texto: “Y pondrá su mano sobre la cabeza del holocausto,” y “Entonces degollará el becerro en la presencia de Jehová.” La apropiación por parte del oferente y la muerte del sacrificio son unidos de manera muy adecuada, y ninguno de los dos elementos debe ser pasado por alto. Para nuestro propósito inmediato no había ninguna necesidad de haber tomado este texto, pues hay muchos otros que pudieran haber sido seleccionados. Vayamos a Levítico 3: 2: “Pondrá su mano sobre la cabeza de su ofrenda, y la degollará a la puerta del tabernáculo de reunión.” Miren el versículo ocho: “Pondrá su mano sobre la cabeza de su ofrenda, y después la degollará delante del tabernáculo de reunión.” Prosigamos al capítulo 4, versículo 4, en la segunda cláusula del versículo: “y pondrá su mano sobre la cabeza del becerro, y lo degollará delante de Jehová.” Y también en el versículo quince: “Y los ancianos de la congregación pondrán sus manos sobre la cabeza del becerro delante de Jehová, y en presencia de Jehová degollarán aquel becerro.” Igual propósito muestra el versículo veinticuatro: “Y pondrá su mano sobre la cabeza del macho cabrío, y lo degollará en el lugar donde se degüella el holocausto.” Poner la mano sobre la cabeza de la ofrenda y degollar la víctima son acciones mencionadas en una conexión íntima a lo largo de todo el libro de Levítico. Cada una de ellas es tan importante, y está tan cargada de significado, que sobre cada una debemos predicar un sermón.

El día de hoy vamos a considerar EL ACTO INICIAL DEL OFERENTE: “Y pondrá su mano sobre la cabeza del holocausto.” Todo lo que antecede es importante, pero este es el verdadero acto de sacrificio en lo que concierne a la persona del oferente. Antes de alcanzar este punto, la persona que presentaba la ofrenda tenía que hacer una selección del animal que iba a presentar ante el Señor. Tenía que ser de cierta edad, y tenía que ser sin defecto; y debido a esta última razón, se tenía que hacer un examen minucioso de la ofrenda; pues el Señor no aceptaría un sacrificio que fuera cojo, o imperfecto, o herido, o deficiente en cualquiera de sus partes o con cualquier defecto. Él requería una ofrenda “sin defecto.”

Ahora yo invito a todos aquellos que buscan la reconciliación con Dios que miren a su alrededor, y que consideren si el Señor Jesucristo es el sacrificio de expiación que necesitan y si Él es aceptable a Dios. Si ustedes conocen cualquier otra expiación por el pecado, examínenla bien, y yo estoy seguro que van a encontrar muchas faltas y fallas en ella; pero en lo relativo al Cordero de Dios, no tengo ninguna pregunta; ustedes pueden investigar, y probar, e intentar, pero no van a encontrar ningún defecto en Él. Si hubiera alguna falla en Él, ya sea en exceso o en defecto, podrían muy bien rechazarlo; pero como no encontrarán nada de eso, les ruego que Lo acepten de inmediato con gozo. Vengan y miren al Señor Jesucristo, tanto en Su Deidad como en Su humanidad, miren Su vida y Su muerte, Sus hechos y Sus sufrimientos, y vean si hay alguna iniquidad en Él. Él no conoció el pecado: no tenía ni conocimiento ni tratos con el pecado; “Él era santo, inocente, sin mancha.”

Después que hayan examinado cuidadosamente Su bendita persona y Su carácter sin mancha, si llegan a la conclusión que Él es un sacrificio adecuado y aceptable para que ustedes lo presenten ante el Señor, entonces anhelo que den un paso mucho más práctico, y acepten que el Señor Jesús sea su representante, su ofrenda por el pecado, su holocausto, su sustituto, y su sacrificio. Anhelo que cada persona aquí presente, que no ha sido salvada, pueda recibir de inmediato al Señor Jesús como su expiación, pues esta es la actividad principal que el pecador debe realizar para ser lavado del pecado y aceptado por Dios.

Felizmente no tienen que buscar un sacrificio como el judío tenía que encontrar un becerro; Dios se ha provisto Él mismo de un sacrificio perfecto; eso que ustedes deben traer a Dios, Dios se los ha dado a ustedes primero. Felizmente, no es necesario que ustedes repitan el examen que el Señor Jesús pasó, a manos de los hombres, y de los demonios, y de Dios, cuando fue probado y examinado, y aun el príncipe de este mundo no encontró nada suyo en Él. Tienen que ocuparse de esta única cosa, es decir, poner sus manos sobre el sacrificio que les ha sido provisto.

Para el judío era un sacrificio que debía matarse, para ustedes es un sacrificio ya ofrecido; y ustedes deben aceptarlo y reconocerlo como suyo. No es un deber difícil: acaban de cantar al respecto:

“Mi fe pone su mano
Sobre Tu amada cabeza;
Como penitente me presento,
Y en el punto confieso mi pecado.”

Si ya han atendido a esto, háganlo de nuevo esta mañana; si nunca lo han hecho, les ruego, desde lo más profundo de mi alma, que de inmediato hagan eso que está implícito al poner las manos sobre la cabeza de la víctima.

I. Entonces, manos a la obra de inmediato. ¿Qué significaba eso? Quería decir cuatro cosas, y la primera era una CONFESIÓN. El que ponía su mano sobre la cabeza de la ofrenda hacía una confesión de pecado. Sin importar cuál era la ofrenda que traía el israelita creyente, siempre había en ella una mención de pecado, ya fuera implícita o expresa. “Pero,” dirá alguien, “el holocausto era una ofrenda encendida de olor grato, entonces ¿cómo podría haber referencia alguna a la iniquidad allí?”

Yo sé que el holocausto era un sacrificio de olor grato, y que presenta a nuestro Señor como aceptado por el Padre. Pero permítanme preguntarles, ¿Por qué el israelita traía una ofrenda de olor grato? Era porque él se daba cuenta que en sí y por sí mismo, él no era de olor grato para Dios, pues de haberlo sido no hubiera tenido necesidad de traer otra ofrenda de olor grato.

Cuando yo acepto que el Señor Jesús sea mi justicia, ésa es una confesión de pecado, pues yo no necesitaría Su justicia si yo tuviera la mía propia. El simple hecho de presentar un sacrificio contiene en sí una confesión de deficiencias personales, y la necesidad de ser aceptado personalmente. Esto es cierto en relación al holocausto, pero en otros sacrificios, especialmente en los sacrificios por el pecado, en los que se ponían las manos sobre la cabeza de la víctima, a la persona que lo ofrecía se le exigía que “confesará aquello en que pecó” cuando pecare en alguna de esas cosas.

Había una detallada confesión de pecado adherida al hecho de poner las manos sobre la cabeza del chivo expiatorio. Leamos el pasaje en Levítico 16: 21: “Y pondrá Aarón sus dos manos sobre la cabeza del macho cabrío vivo, y confesará sobre él todas las iniquidades de los hijos de Israel, todas sus rebeliones y todos sus pecados, poniéndolos así sobre la cabeza del macho cabrío, y lo enviará al desierto por mano de un hombre destinado para esto.”

Comprendan entonces que si ustedes Lo necesitan para que Él sea su expiación, el mismo a quien Dios ha elegido para que sea Su sacrificio, deben acercarse a Él confesando su pecado. Al tocar a Jesús deben tocarlo estando conscientes plenamente de su culpa. Él no les pertenece a ustedes a menos que sean pecadores.

¡Ah, Señor, la confesión de pecado no es un deber difícil para algunos de nosotros, pues no podemos hacer nada más que reconocer y lamentar nuestra culpa! Henos aquí ante Ti, condenándonos a nosotros mismos, y con el corazón dolido, cada uno de nosotros exclama: “Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia.” ¿Acaso alguien de ustedes rehúsa hacer una confesión de culpa? Entonces, no lo piensen mucho, si de conformidad a sus propios conceptos orgullosos, ustedes no son pecadores, ¡el Señor no les proporcionará ningún Salvador! ¿Acaso debe prepararse medicina para quienes no están enfermos? ¿Por qué motivo hay que invitar al justo a que participe del perdón? ¿Por qué debe proporcionarse justicia para el inocente?

Ustedes los ricos son despedidos con las manos vacías; los hambrientos serán saciados con buenas cosas. Ustedes que dicen: “yo estoy limpio; yo no estoy manchado,” ¡váyanse! Yo les digo que ustedes no tienen ninguna participación en el grandioso sacrificio por el pecado. Hay misericordia para el más negro pecador que confiese su pecado, aunque se encuentre ya casi a las puertas del infierno; pero no hay ninguna misericordia para ustedes; su propio orgullo los excluye de la piedad: les cierra la puerta de la esperanza. Ustedes rocían la sangre del Cordero sobre el umbral y la pisotean, anegados en su amor propio arrogante, imaginando que no tienen ninguna necesidad de Su poder limpiador.

Oh, hombre que confías en tu justicia propia, imaginas que Dios es un insensato, puesto que entregó a Su Hijo unigénito a la muerte, cuando de acuerdo a ti no hubo ninguna necesidad que Él muriera. En tu caso al menos no hay ninguna necesidad de un sacrificio de sangre, ninguna necesidad de una expiación por medio de la entrega de la vida del Hijo de Dios a favor de los hombres. Por tu rechazo en confiar en el Señor Jesús tú acusas a Dios de insensatez; y por lo tanto nunca irás a Su lugar santo, donde brilla Su gloria en toda su excelencia.

Muchos de nosotros nos acercamos con presteza en este momento y ponemos nuestras manos sobre la cabeza del sacrifico elegido, nuestro Señor Jesucristo, porque tenemos abundancia de pecados que confesar, y sentimos que necesitamos un Salvador, un Salvador para los culpables. Nosotros no somos dignos y no merecemos nada. Las piedras de las calles gritarían en contra nuestra si dijéramos que no tenemos pecado; la vigas de cada habitación en nuestra casa nos regañarían si nos atreviéramos a afirmar que somos libres de trasgresiones. Nuestro verdadero lugar es con los pecadores: nos confesamos culpables frente a la terrible acusación de la santa ley de Dios, y por lo tanto con gusto ponemos nuestra mano sobre la cabeza del Salvador, el sacrificio de los pecadores.

En este acto había una confesión de impotencia personal. El creyente que traía el becerro decía algo así: “Yo no puedo por mí mismo guardar la ley de Dios, o hacer una expiación por mis pasados quebrantamientos de los mandamientos, ni tampoco puedo esperar mediante una futura obediencia volverme aceptable a Dios; por lo tanto traigo este sacrificio porque yo no puedo volverme aceptable sin él.” Esta es una verdad que tú y yo también debemos confesar si queremos ser partícipes de Cristo, y volvernos “aceptos en el Amado.”

Oh, hermanos, ¿qué podríamos hacer sin Cristo? Me encanta lo que dijo un niño en una clase de la escuela dominical, cuando el maestro preguntó: “ustedes han estado leyendo que Cristo es precioso: ¿qué significa eso?” Los niños se quedaron en silencio un ratito, hasta que al fin un niño replicó: “mi padre dijo el otro día que mi madre era preciosa, pues “¿qué haríamos sin ella?” Esta es una explicación muy importante de la palabra: “precioso.” Tú y yo verdaderamente podemos decir del Señor Jesucristo que Él es precioso para nosotros, pues ¿qué haríamos, qué podríamos hacer sin Él? Venimos ahora y lo tomamos para que sea nuestro, pues si Él no es nuestro, estamos completamente arruinados. Yo por lo menos estoy perdido para siempre si Jesús no puede salvar. No hay en nosotros ningún mérito ni ninguna fuerza: pero en el Señor Jesucristo encontramos tanto justicia como fuerza, y lo aceptamos hoy por esa razón. Porque estamos profundamente conscientes de nuestra propia impotencia nos apoyamos totalmente en Su plena suficiencia.

Si pudieran leer el texto en hebreo encontrarían que va más o menos así: “él pondrá su mano sobre la cabeza del holocausto, y será aceptado a su nombre para que lo cubra”: para que haga expiación por él. La palabra es copher en hebreo, una cubierta. Bien, entonces pregunto, ¿nos protegemos tras el Señor Jesús, debido a que sentimos nuestra necesidad de algo que nos cubra, y que actúe como un intermediario entre nosotros y el Juez justo de toda la tierra?

Si el Santo de Israel nos mirara como somos, no sentiría ningún agrado; pero cuando nos ve en Cristo Jesús, se agrada mucho por causa de Su justicia. Cuando el Señor nos mira nos escondemos tras el velo, y los ojos del Señor contemplan las glorias sumas del velo, la persona de Su propio Hijo amado, y se agrada tanto con esa cubierta que acepta olvidar la suciedad y la deformidad de quienes están protegidos bajo esa cubierta. Dios nunca va a golpear a un alma a través del velo del sacrificio de Su Hijo. Él nos acepta porque no puede dejar de aceptar a Su Hijo, que se ha convertido en nuestra cubierta.

En relación a Dios, cuando yo soy un pecador consciente, anhelo esconderme de Él, y ¡oh! el Señor Jesús es nuestro escudo y nuestro escondite, la cubierta, la expiación sagrada dentro de la cual nos ocultamos de la justicia. Inclusive el ojo de Dios que todo lo ve, no ve el pecado en el pecador que está escondido en Cristo. Oh, qué bendición es esa, queridos amigos, cuando nuestro sentido de impotencia propia es tan grande que no sentimos ningún deseo de hacer un espectáculo de nosotros, sino que al contrario, anhelamos no estar a la vista, y por tanto entramos en Cristo para estar escondidos en Él, cubiertos por el sacrificio que Dios ha preparado. Esa es la segunda confesión, y así tenemos una confesión de pecado y de la necesidad de ser cubiertos.

Había una confesión adicional de merecido castigo. Cuando un hombre traía su becerro, o su macho cabrío, o su oveja, ponía su mano sobre la ofrenda, y como sabía que esa pobre criatura tenía que morir, de esa forma reconocía que él mismo merecía la muerte. La víctima caía sobre el polvo, retorciéndose, sangrando, muriéndose. El oferente confesaba que esto era lo que él merecía. Reconocía que la muerte procedente de la mano de Dios era algo que tenía que cumplirse en cuanto a él. Y oh, cuando un hombre llega a ese punto, cuando reconoce que Dios será justificado cuando hable con ira, y tenido por puro cuando Él juzgue y pronuncie sentencia en justicia; cuando confiese que no puede liberarse a sí mismo, sino que ha pecado de tal manera que merece ser maldecido por Dios, y sentenciado a sentir los horrores de la segunda muerte, entonces es traído a una condición en la que el grandioso sacrificio será algo precioso para él. Entonces se apoyará fuertemente en Cristo, y con un corazón quebrantado reconocerá que el castigo que recayó sobre Jesús fue el que él merecía, y se maravillará que no sea llamado a cargar con ese castigo. En lo que a mí se refiere yo merezco la condenación eterna; pero yo confío en el Señor Jesús, y creo que Él fue castigado en lugar mío. “el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados.”

Si tú puedes confesar así tu pecado, y ofrecer tu cuello al castigo, y luego aferrarte al Señor Jesús, eres un hombre salvo. ¿Puede tu corazón confesar de veras: “yo soy culpable; yo no puedo salvarme a mí mismo; merezco ser arrojado al más bajo infierno; pero ahora tomo a Jesús para que se ponga en mi lugar”? Entonces ten ánimo, “Tu fe te ha salvado, ve en paz.” ¡Que el Espíritu de Dios bendiga este primer punto!

II. En segundo lugar, la imposición de manos significaba ACEPTACIÓN. Al poner su mano sobre la cabeza de la víctima, la persona que traía la ofrenda quería significar que reconocía que la ofrenda era por él mismo.

Primero que nada, aceptaba el principio y el plan. Demasiadas personas dan coces contra la idea de que seamos salvos por sustitución o representación. ¿Por qué se rebelan contra eso? En lo que a mí concierne, si Dios quiere salvarme por gracia de la manera que sea, yo estaré muy lejos de presentar objeción alguna. ¿Por qué había de quejarme de aquello que me va a liberar de la destrucción? Si el Señor no pone objeciones a la forma, ¿por qué habría de hacerlo yo?

Además, en cuanto a la salvación por el mérito de otro, yo ciertamente recuerdo que mi primera ruina no vino por causa de mí mismo. No estoy hablando para excusar mi pecado personal, pero sin embargo es cierto que yo fui a la ruina antes de haber cometido yo mismo algún pecado, por la desobediencia del primer padre de la raza que era mi representante. Cómo sucedió esto no lo sé con precisión, pero estoy seguro que debe ser así, o Dios no lo hubiera revelado. En Adán caímos: “Por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores.” (Romanos 5: 19). Entonces, si la caída comenzó por el pecado de otro, ¿por qué nuestro rescate no puede ser causado por la justicia y la expiación de otro? ¿Qué dijo el apóstol? “Porque si por la transgresión de aquel uno murieron los muchos, abundaron mucho más para los muchos la gracia y el don de Dios por la gracia de un hombre, Jesucristo.”

De todas formas, no nos corresponde ni a mí ni a ti levantar objeciones en contra de nosotros mismos, sino sentir que si Dios considera que esta es la forma adecuada de salvación, Él sabe por qué y nosotros aceptamos de buen grado lo que Él apruebe. ¿Quién de ustedes no lo aprobará? ¡Dios nos conceda que nadie se oponga a un método de gracia tan sencillo, tan seguro, tan disponible!

Entonces, fíjense bien. Después que ustedes hayan aceptado el plan y la forma, ya no deben detenerse allí, sino que deben proseguir y aceptar la sagrada persona que Dios provee. El oferente hubiera mostrado una insensatez muy grande, si se hubiera colocado junto al altar diciendo: “Buen Dios, yo acepto el plan del sacrificio; ya sea el holocausto o la ofrenda por el pecado, yo estoy de acuerdo.” Él hacía algo más que eso; él aceptaba que ese preciso becerro era su ofrenda y como prueba de ello ponía su mano sobre la cabeza.

Les pido que tengan cuidado de no descansar satisfechos, simplemente entendiendo y aprobando el plan de salvación. Escuché la historia de alguien que deseaba de manera anhelante ser el instrumento de la conversión de un joven, y otra persona le dijo: “puedes acercarte a él, y hablarle, pero no irás muy lejos, pues él conoce a fondo el plan de salvación.” Cuando el amigo comenzó a hablar con el joven, recibió esta respuesta: “te lo agradezco mucho, pero no creo que puedas decirme mucho, pues conozco y admiro desde hace mucho tiempo el plan de salvación por medio del sacrificio sustitutivo de Cristo.” Ay, él descansaba en el plan, pero no había creído en la Persona. El plan de salvación es sumamente bendito, pero no nos ofrece nada a menos que creamos.

¿Cuál es el consuelo del plano de una casa si no entran en la casa misma? ¿Qué bien les proporcionará el diseño de un vestido, si no tienen ni siquiera un harapo con qué cubrirse? ¿No han escuchado alguna vez del jeque árabe en el Cairo que estaba muy enfermo y acudió a un misionero, y el misionero le dijo que podía darle una receta? Así lo hizo; y una semana después encontró al jeque en la misma condición. “¿Tomaste mi receta?” le preguntó. “Sí; me tragué todo el papel.” Él soñaba que iba a curarse mediante el plan de la medicina. En lugar de eso, debió ir a la farmacia y comprar la medicina, y entonces se habría mejorado. Lo mismo sucede con la salvación: no es el plan, es la implementación de ese plan llevada a cabo por el Señor Jesús mediante su muerte en lugar nuestro.

El que ofrecía el sacrificio ponía literalmente sus manos sobre el becerro: encontraba algo sustancial allí, algo que él podía manejar y tocar; de la misma forma nosotros nos apoyamos sobre la obra real y verdadera de Jesús, la cosa más sustancial bajo el cielo.

Hermanos, nos acercamos al Señor Jesús por medio de la fe, y decimos: “Dios ha provisto una expiación aquí, y yo la acepto; yo creo que es un hecho consumado en la cruz que el pecado ha sido borrado por Cristo, y yo descanso sobre Él.” Sí; deben ir más allá de la aceptación de los planes y doctrinas, hasta el punto de descansar en la divina persona y la obra completa del bendito Señor Jesucristo, y al punto de arrojarse de lleno sobre Él.

III. En tercer lugar diremos que, esta imposición de la mano no solamente significaba aceptación, sino también una TRANSFERENCIA. La persona que ofrecía el sacrificio ya había confesado su pecado, y ya había aceptado a la víctima presentada en ese momento como su sacrificio. Y ahora se daba cuenta mentalmente que su culpa, por designio divino, era transferida de él al sacrificio. Por supuesto que esto se llevaba a cabo únicamente en tipo y figura a la puerta del Tabernáculo; pero en el caso nuestro, el Señor Jesús literalmente ha llevado sobre Sí el pecado de Su pueblo. “Mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros.” “Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero.” “Así también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos.”

¿Pero acaso nosotros, por medio de la fe, pasamos nuestros pecados a Cristo? Yo respondo, no: en algunos sentidos, no. Pero mediante la fe, quien acepta a Cristo como su Salvador está de acuerdo con lo que hizo el Señor hace mucho tiempo, pues leemos en el libro de Isaías el profeta: “Mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros.” Ese fue un acto propio de Jehová en épocas antiguas; y fue completado cuando Jesús se presentó como la grandiosa Persona que cargó con los pecados, redimiéndonos de la maldición de la ley, siendo hecho una maldición por nosotros. Todas las trasgresiones de Su pueblo fueron puestas sobre Él cuando derramó Su alma hasta la muerte, y “fue contado con los pecadores, habiendo él llevado el pecado de muchos.”

Allí mismo y en ese momento, Él expió toda la culpa de todo Su pueblo; pues Él “terminó la prevaricación, puso fin al pecado, y trajo la justicia perdurable.” Por Su muerte, Él arrojó toda la tremenda carga de culpa de los hombres, que había sido puesta sobre Él, a las profundidades del océano, y nunca podrá ser encontrada. Cuando creemos en Él, estamos de acuerdo con lo que el Señor ha hecho, y entonces podemos cantar:

“Yo pongo mis pecados sobre Jesús,
El Cordero de Dios sin mancha;
Él carga con todos ellos y nos libera
De la carga maldita.”

Hay dos religiones que gobiernan a nuestro alrededor en este tiempo, y principalmente difieren en cuanto al tiempo de los verbos. La religión general de la humanidad es “hay que hacer,” pero la religión del verdadero cristiano es “ya está hecho.” “Consumado es” es la palabra conquistadora del creyente. Cristo ha llevado a cabo la expiación, y nosotros la aceptamos como concluida. Así que en ese sentido ponemos nuestros pecados sobre Jesús, el santo Cordero de Dios, porque ponemos nuestro humilde sello sobre esa grandiosa transacción que fue la confirmación del pacto antiguo.

La imposición de la mano sobre la cabeza del sacrificio significaba una transferencia de la culpa a la víctima, y, adicionalmente, expresaba una confianza en la eficacia del sacrificio que era presentado allí en ese momento. El judío creyente afirmaba: “Este becerro representa para mí el sacrificio que Dios ha provisto, y yo me gozo en él porque es el símbolo de un sacrificio que en efecto quita el pecado.”

Hermanos, hay muchísimas personas que creen en el Señor Jesucristo de una cierta manera, pero no es de manera real y verdadera, pues no creen en el perdón real de su propio pecado: ellos esperan que algún día puede ser perdonado, pero no tienen ninguna confianza que el Señor Jesús haya borrado ya su pecado mediante Su muerte. “Yo soy un gran pecador,” dice alguien, “por tanto, no puedo ser salvado.” Hombre que vives, ¿acaso Cristo murió por aquellos que no son pecadores? ¿Quién tenía necesidad de un Salvador sino sólo los pecadores? ¿Cristo ha cargado con el pecado en realidad, o no ha cargado con él? Si Él cargó con nuestro pecado, éste ha sido quitado. Si no ha cargado con él, nuestro pecado nunca nos abandonará.

¿Qué dice la Escritura? “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él.” Entonces, si Cristo cargó con el pecado del pecador, éste no permanece sobre el pecador que cree. Lector, ciertamente si tú eres un creyente, no puedes tener pecado si Jesús lo ha quitado. Has sido hecho limpio a los ojos de Dios debido a que tu suciedad ha sido limpiada en la sangre del grandioso sacrificio. ¿Acaso no ves este camino de salvación? Si en efecto lo ves, ¿no lo aceptarás ahora mismo? ¿Acaso no sientes un gozo que se levanta en tu alma debido a que hay tal camino bendito de liberación?

De todas formas te diré en dónde estoy yo el día de hoy: yo soy culpable, y no tengo ninguna esperanza en absolutamente nada de lo que he hecho o espero hacer algún día; pero yo creo que el Señor Jesucristo cargó con mi pecado en Su propio cuerpo sobre el madero, y en este instante pongo mis manos sobre Él, en el mismo sentido expresado en el hebreo, apoyándome con todo mi peso sobre Él. Si Jesús no puede salvarme, debo ser condenado, pues yo no puedo ofrecerle ninguna ayuda, ni tampoco puedo ver a nadie más que pueda hacer algo, ni siquiera apuntar con el dedo en esa dirección. Si no hay suficiente poder en la sangre de Jesús para lavarme de todos mis pecados, entonces debo morir en mis pecados: y si no hay suficiente mérito en Su justicia para salvarme aparte de cualquier justicia propia, entonces estoy arruinado, un espíritu que ha naufragado en la costa recubierta del hierro de la desesperación. Sin embargo, no tengo ningún temor, pues yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día.

Ahora les ruego, amado pueblo de Dios, que se apoyen en Jesús, y que se mantengan apoyados en Él. Oh, que ustedes que todavía no conocen a Jesús puedan ser traídos para que lo toquen por medio de la fe y que puedan apoyarse en Él mediante una confianza plena. En momentos de agudo dolor, o de gran depresión de espíritu, o en las estaciones cuando la muerte ronda, ustedes son forzados a mirar a su alrededor para encontrar dónde están sus cimientos, y en qué consisten; y, créanme, no hay ningún fundamento que pueda soportar el peso de una conciencia culpable ni de un cuerpo tembloroso y torturado, excepto este fundamento: “la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado.” Jesús es la expiación: Él es la cubierta: Él es el refugio: en suma, Él es nuestro todo en todo.

IV. Así mismo, esta imposición de la mano sobre la cabeza de la víctima significaba IDENTIFICACIÓN. El adorador que ponía su mano sobre el becerro decía: “Oh, grandioso Señor, te ruego que me identifiques con este becerro, y a este becerro lo identifiques conmigo. Ha habido una transferencia de mi pecado, ahora te suplico que permitas que yo sea considerado como transferido a esta víctima, y que sea representado por ella.”

Ahora consideren lo que ocurría con el sacrificio. El cuchillo era desenfundado y la víctima era sacrificada. No solamente estaba amarrada sino que la mataban; y el hombre estaba allí a su lado y decía: “Ese soy yo; ese es el destino que yo merezco.” La pobre criatura se retorcía, y se revolcaba en la arena en sus agonías moribundas, y si el adorador era una persona de mente correcta, y no un simple formalista, estaba allí parado con lágrimas en sus ojos, sintiendo en su corazón: “Esa es mi muerte.”

Les suplico que, cuando piensen en nuestro bendito Señor, que se identifiquen con Él. Vean el sudor sangriento rodando y surcando su rostro; eso es por ustedes. Él gime, Él clama, por ustedes. Los pecados de ustedes merecían que ustedes sudaran grandes gotas de sangre, y Jesús es quien suda en lugar de ustedes. El Señor es tomado prisionero y es azotado; ¡vean esos hilos carmesí de sangre casi coagulada cubriendo esos hombros benditos! Él carga con el castigo de nuestra paz. Él está clavado en la cruz; y nosotros estamos crucificados con Él. Después de unos momentos Él muere; y nosotros morimos con Él: “si uno murió por todos, luego todos murieron.” Creyente, tú moriste allí en Cristo. Cuando tu sustituto entregó a la ley de Dios el castigo que exigía, tú lo entregaste virtualmente. “El alma que pecare, esa morirá,” y tú has muerto, creyente; tú has pagado la deuda en la persona del Señor Jesucristo, a quien tú has aceptado como tu sustituto, cuando has puesto tus manos sobre Él.

Ustedes conocen esta historia: es una historia de suma importancia, que vale la pena repetir mil veces. En una de las grandes guerras de Francia, un hombre fue llamado al servicio militar, pero como él no podía abandonar a su familia, pagó una cuantiosa suma a un sustituto. Ese sustituto fue a la guerra y murió. Después de un tiempo, Napoleón enlistó al resto de los conscriptos y el hombre en cuestión fue llamado de nuevo, a pesar de que ya había sido llamado previamente; pero el hombre rehusó servir en el ejército. Dijo: “no, yo ya serví por medio de mi sustituto, y yo ya estoy muerto y enterrado: no me pueden exigir que sirva de nuevo.” Se dice que este asunto fue llevado hasta los tribunales superiores, y traído luego ante el propio Emperador, y que el Emperador decidió que la petición de exención hecha por el individuo era una petición justa. Él ya había cumplido con el servicio militar obligatorio por medio de un sustituto; ese sustituto había entregado su vida, y no se le podía pedir más; y por lo tanto, la persona a quien había sustituido, ya no podía ser llamada para servir de manera obligatoria.

Esto expresa nuestro gozo y gloria; nosotros estamos identificados con Cristo, somos crucificados con Él, sepultados con Él, y en Él hemos sido levantados a una nueva vida. “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí.” “Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios.” Debe recordarse que estábamos identificados con Cristo a Su paso bajo la ira de Dios como una ofrenda por el pecado. Si leen en este libro de Levítico encontrarán que la ofrenda por el pecado era quemada fuera del campamento como una cosa inmunda; y así tú y yo habíamos sido llevados fuera del campamento desde muchos años atrás como cosas inmundas. Eso ya pasó, y en esta hora no somos arrojados más lejos de la vista de Dios, de lo que es arrojado Jesús.

El holocausto era consumido sobre el altar como ofrenda encendida de olor agradable para Jehová; y en esto también estamos identificados con Cristo. Ahora somos un olor agradable para Dios en Cristo Jesús nuestro Señor. Somos aceptos en el Amado. Estamos unidos con Cristo, y no hay manera de separar nuestros intereses de los Suyos, ni los Suyos de los nuestros. ¿Quién podrá separarnos del Cristo de Dios jamás? Eso es lo que significaba la imposición de las manos sobre el animal. Creo, queridos amigos, que ustedes ya sabían esto, y si no es así, pues ya lo saben ahora.

Si el Señor me da Su gracia, pretendo entrar en la segunda parte de mi texto el domingo siguiente; y por lo pronto bastará por hoy que insista en este punto. ¡Oh, que el Espíritu de Dios lo fije en lugar seguro en sus corazones! El anhelo ardiente de mi alma es que cada uno de ustedes pueda venir de inmediato para poner sus manos sobre Cristo mediante la confesión, aceptación, transferencia e identificación. Nada que no sea eso bastará para obtener la salvación.

Ahora, supongan que el judío que iba al tabernáculo y al altar, cuando llegaba allí se hubiera contentado con hablar acerca del sacrificio sin colocar personalmente su mano sobre la ofrenda. Ciertamente hablar de eso es una cosa apropiada; pero supongan que él se pasara todo su tiempo simplemente discurriendo acerca del plan de un sacrificio, la provisión de un sustituto, el derramamiento de sangre, la limpieza del pecador mediante la muerte del animal; hubiera sido un tema lleno de deleite, pero, ¿qué beneficio se obtendría de eso? Supongan que hablara y hablara y luego se fuera a casa sin haberse unido con la ofrenda; no habría encontrado ninguna paz para su conciencia; de hecho, no habría conseguido nada al haber ido a la casa del Señor.

Me temo que esto es lo que muchos de ustedes han hecho hasta este momento. A ustedes les place oír el Evangelio, les agrada la doctrina de la sustitución, y ustedes conocen verdadera doctrina en contraste con las falsedades en vigor en esta época: todo lo cual me da mucho gusto; pero sin embargo ustedes no son salvos porque ustedes no han tomado a Cristo para que sea su propio Salvador. Ustedes son como las personas que dicen: “Tenemos hambre; pero nosotros admitimos que el pan es un alimento muy adecuado para los hombres, además de lo cual sabemos qué alimentos se convierten luego en huesos, y qué alimentos contribuyen a la formación de los músculos, y qué alimentos forman la carne.” Continúan hablando durante todo el día acerca de las diversas cualidades de la comida: ¿Se sienten alimentados? No. ¿Acaso han saciado su hambre? No. Yo supondría que, si gozan de buena salud, su apetito más bien se habría incrementado.

Pues bien, muchos de ustedes han estado hablando acerca del pan del cielo durante años, y sin embargo me temo que no sienten más hambre que la que sentían antes. Vayan más allá de hablar acerca de Cristo, y aprendan a alimentarse de Él. Vamos, terminemos de hablar ahora y vayamos a las obras de la fe. Pongan sus manos en Jesús, que es ofrecido por el Evangelio: de otra manera, querido amigo, me temo que perecerás en medio de la abundancia, y morirás sin perdón, habiendo tenido a tu puerta la misericordia.

Además, supongan que el israelita, en lugar de hablar con sus amigos, hubiera considerado prudente consultarlo con uno de los sacerdotes. “Señor, ¿podría robarle unos minutos? ¿Habrá algún lugar por ahí atrás donde pueda hablar conmigo, y orar conmigo?” “Sí,” responde el sacerdote, “¿qué te inquieta?” “Mi pecado me pesa mucho.” El sacerdote replica: “Tú sabes que hay un sacrificio por el pecado; una ofrenda por el pecado está a la puerta, y Dios la aceptará de tus manos.” Pero tú le dices: “Le ruego que me explique este asunto de manera más detallada.” El sacerdote contesta: “Te lo voy a explicar lo mejor que pueda; pero toda mi explicación se puede resumir en esto: trae un sacrificio y sobre su cabeza confiesa tu pecado, y deja que se haga la expiación. La ofrenda por el pecado es lo que Dios ha ordenado, y por tanto Dios la aceptará. Obedece su ordenanza y vive: no hay ningún otro camino. Toma tu ofrenda; Yo la mataré por ti, y la pondré sobre el altar y la presentaré a Dios.” ¿Acaso le dirás: “Voy a regresar mañana, para seguir platicando con usted”? ¿Acaso clamas una y otra vez: ‘Mañana’? ¿Vas una y otra vez a consultar con él? Oh, amigo ¿qué será de ti? Tú perecerás en tu pecado; pues Dios no otorga la salvación mediante consultas ni pláticas con los ministros, sino mediante la imposición de tus manos sobre el sacrificio que Él ha escogido.

Si aceptas a Cristo, serás salvo; si no lo aceptas, debes perecer; todas las conversaciones del mundo no te pueden ayudar en lo más mínimo si rehúsas a tu Salvador. Sentado allí en tu lugar el día de hoy, sin que me hables a mí ni a nadie más, te exhorto a creer en Jesús. Extiende tu mano seca, con la ayuda de Dios, y ponla sobre la cabeza de Cristo, y di: “Yo creo en el mérito de Su preciosa sangre. Miro al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.” Entonces, hombre, tú eres tan salvo como que vives ahora; pues quien pone la mano de la fe sobre este sacrificio es salvado por ello.

Pero veo a otro israelita, y él está de pie junto a su ofrenda, que comienza a llorar y a lamentarse y a gemir. No me da pena que llore, pues confío que está confesando con sinceridad su culpa; pero, ¿por qué no pone su mano sobre el sacrificio? Grita y suspira, pues es un gran pecador; pero no toca la ofrenda. La víctima es presentada, y para que cumpla su función, debe poner su mano sobre ella; pero él descuida este acto vital y rehúsa llevarlo a cabo. “Ah,” dice, “estoy en un verdadero lío, estoy sumido en una profunda angustia,” y comienza a elaborar una objeción. Tú aclaras esa objeción, pero allí está él, gimiendo y llorando todavía, y elaborando una nueva objeción, y luego otra, cosa de nunca acabar. La ofrenda es sacrificada, pero él no tiene nada de parte en eso, pues no ha puesto su mano en ella, y se retira llevando sobre él toda la carga de su culpa, aunque la sangre del sacrificio haya teñido de rojo todo el suelo donde estuvo parado.

Eso es lo que hacen algunos de ustedes. Andan por ahí lamentándose de su pecado, cuando el principal lamento debería ser que ustedes no han creído en el Hijo de Dios. Si ustedes miraran a Jesús podrían enjugar sus lágrimas, logrando que todas sus tristezas sin esperanza cesaran; pues Él da remisión de pecados a todos los penitentes. Las lágrimas de ustedes no podrán nunca quitar sus pecados; las lágrimas, aunque fluyan como ríos, nunca pueden lavar la mancha de la culpa.

“Pero seguramente,” dice alguien, “eso no puede ser todo.” Les respondo que es tan todo que:

“Aunque sus lágrimas fluyeran sin cesar,
Aunque su celo no conozca el descanso,
Nada podría expiar el pecado,
Cristo debe salvarlos, y únicamente Él.”

Cristo únicamente salvará a quienes lo acepten y deseen ser identificados con Él. Quiera Dios que ustedes ya no demoren más, ¡sino que vengan de inmediato y acepten libremente lo que Dios ha provisto! Yo sé que el diablo los va a tentar para que busquen esto y lo otro; pero yo les pido que no miren nada más, sino sólo el sacrificio que está ante ustedes. Apoyen todo su peso en Jesús.

Observen que el israelita tenía que poner su mano sobre una víctima que todavía no había sido sacrificada, pero que mataban posteriormente. Esto era para recordarle que el Mesías todavía no había venido; pero ustedes, amados, tienen que confiar en un Cristo que ya ha venido, que ha vivido, que ha muerto, que ha completado Su obra de salvación, que ha subido a la gloria, y que vive para siempre para interceder por los trasgresores. ¿Van a confiar en Él, o no? No puedo desperdiciar las palabras; tengo que ser muy concreto.

Juan Bunyan dice que un domingo cuando estaba jugando el juego de tumbar al gato en Elstow Green, cuando estaba a punto de darle al gato con un palo, le pareció escuchar una voz que le decía: “¿Vas a dejar tus pecados e ir al cielo, o vas a conservar tus pecados e ir al infierno?” La voz del cielo resuena hoy con esta pregunta: “¿Van a confiar en Cristo e ir al cielo, o van a mantenerse separados de Él, e ir al infierno? Pues al infierno van a ir a dar, a menos que Jesús se convierta en su Mediador y en su sacrificio de expiación. ¿Quieren tener a Cristo o no? Les escucho decir: “Pero”; oh, que yo pudiera arrojar lejos todos sus “peros.” ¿Quieren tener a Cristo o no? “Oh, pero” nada de eso, sus “peros” deben ser arrojados al limbo; me temo que van a ser su ruina. ¿Confiarán en Cristo o no? Si tu respuesta es: “Yo confío en Él de todo corazón,” entonces tú eres un hombre salvo. No estoy diciendo que serás salvo; sino que eres salvo. “El que cree en el Hijo tiene vida eterna.” Ustedes ya saben cómo nuestro querido amigo, el señor Hill, lo expresó la otra noche durante nuestra reunión de oración. “El que cree en Él tiene vida eterna.” “T-I-E-N-E,” que quiere decir “la tiene.” La palabra está muy bien deletreada. Si tú crees en el Señor Jesucristo, tienes vida eterna y ya es una posesión presente; sigue tu camino y canta con gozo del corazón, porque el Señor te ha amado. Trata de seguir cantando hasta que te unas al coro que está ante el trono eterno. Que el Señor salve a cada persona que oiga o lea este sermón, por nuestro Señor Jesucristo, Amén.