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Por Arthur Pink

El título de este artículo quizá no sea suficientemente explícito para indicar su tema. Ello es debido, en parte, al hecho de que muy pocas personas, hoy en día, están acostumbradas a meditar sobre las perfecciones personales de Dios. Relativamente pocos de aquellos que leen la Biblia ocasionalmente, saben de la grandeza del carácter Divino, que inspira temor e incita a la adoración. Que Dios es grande en sabiduría, maravilloso en poder, y, sin embargo, lleno de misericordia, es tenido por muchos como algo casi del dominio público; pero tomar en consideración algo parecido a un conocimiento adecuado de su Ser, su Naturaleza, sus Atributos, tal como se revelan en la Santa Escritura, es cosa que poquísimas personas han alcanzado en estos degenerados tiempos. Dios es único en su excelencia. “¿Quién como Tú, Jehová, entre los dioses? ¿Quién como Tú, magnifico en santidad, terrible en loores, hacedor de maravillas? (Éxodo 15:11).

“En el principio, Dios (Génesis 1:1). Hubo un tiempo, si “tiempo” puede llamársele, cuando Dios, en la unidad de su naturaleza (aunque existiendo igualmente en tres Personas divinas), habitaba solo. “En el principio, Dios.” No habla cielo, donde su gloria es manifestada particularmente ahora. No había tierra que ocupara su atención. No había ángeles que cantaran sus alabanzas, ni universo que se sostuviese par la palabra de su poder. No habla nada ni nadie sino Dios; y esto, no durante un día, un año, o una época, sino “desde el siglo”. Durante una eternidad pasada, Dios estuvo solo: completo, suficiente, satisfecho en sí mismo, no necesitando nada. Si un universo, o ángeles, o seres humanos le hubiesen sido necesarios en alguna manera, hubiesen sido llamados a la existencia desde toda la eternidad. Nada añadieron esencialmente a Dios al ser creados. Él no cambia (Malaquías 3:6), por lo que su gloria substancial no puede ser aumentada ni disminuida.

Dios no estaba bajo coacción, obligación, ni necesidad alguna de crear. El hecho de que quisiera hacer lo fue puramente un acto soberano de su parte, no producido por nada fuera de sí mismo; no determinado por nada sino por su propia buena voluntad, ya que El “hace todas las cosas según el consejo de su voluntad” (Efesios 1:11). Que El creara fue simplemente para su gloria manifestativa. ¿Cree alguno de nuestros lectores que hemos ido más allá de lo que la Escritura nos autoriza? Entonces, nuestra apelación será a la Ley y al Testimonio: “Levantaos, bendecid a Jehová vuestro Dios desde el siglo hasta el siglo: y bendigan el nombre tuyo, glorioso y alto sobre toda bendición y alabanza” (Nehemías 9:5). Dios no sale ganando nada ni siquiera con nuestra adoración. El no necesitaba esa gloria externa de su gracia que procede de sus redimidos, porque es suficientemente glorioso en sí mismo sin ella. ¿Qué fue lo que le movió a predestinar a sus elegidos para la alabanza de la gloria de su gracia? Fue, como nos dice Efesios 1:5, “el puro afecto de su voluntad.”

Sabemos que el elevado terreno que estamos pisando es nuevo y extraño para casi todos nuestros lectores; por esta razón, haremos bien en movernos despacio. Recurramos de nuevo a las Escrituras. Al final de Romanos 11, donde el apóstol concluye su larga argumentación sobre la salvación para la pura y soberana gracia, pregunta: “Porque, ¿quién entendió la mente del Señor?  ¿Quién fue su consejero? ¿O quién le dio a Él primero, para que le sea pagado?” (vs. 34, 35).  La importancia de esto es que es imposible someter al Todopoderoso a obligación alguna hacia la criatura; Dios no sale ganando nada con nosotros. “Si fueres justo, ¿qué le darás a Él? ¿O qué recibirá de tu mano? Al hombre como tú dañará tu impiedad, y al hijo del hombre aprovechará tu justicia” (Job 35:7, 8), pero no pude, en verdad, afectar a Dios, quien es bendito en sí mismo. “Cuando hubiereis hecho todo lo que as es mandado, decid: Siervos inútiles somos” (Lucas 17:10), nuestra obediencia no ha aprovechado en absoluto a Dios. 

Es más, nuestro Señor Jesucristo no añadió nada al ser y a la gloria esencial de Dios, ni par lo que hizo, ni para la que sufrió. Es verdad, bendita y gloriosa verdad, que nos manifiesto la gloria de Dios, pero no añadió nada a Dios. El mismo lo declara explícitamente y sin apelación posible al decir: “Mi bien a ti no aprovecha” (Salmo 16:2). Todo este salmo es de Cristo. La bondad a justicia de Cristo aprovechó a sus santos en la tierra (Salmo 16:3), pero Dios estaba par encima y más allá de todo ella, pues es “el Bendito” (Marcos 14:61). 

Es absolutamente cierto que Dios es honrado y deshonrado par los hombres; no en su ser substancial, sino en su carácter oficial. Es igualmente cierto que Dios ha sido “glorificado” para la creación, la providencia y la redención. Esto no lo negamos, ni nos atrevemos a hacerlo. Pero todo ella tiene que ver con su gloria manifestativa, y nuestro reconocimiento de ella. Con todo, si Dios así lo hubiera deseado, habría podido continuar solo para toda la eternidad, sin dar a conocer su gloria a criatura alguna. El que la hiciera así o no, fue determinado solamente para su propia voluntad. Él era perfectamente bendito en sí mismo antes de que la primera criatura, fuera llamada a la vida. Y, ¿qué son para Dios todas las obras de sus manos, incluso ahora?  Dejemos otra vez que la Escritura conteste:

“He aquí que las naciones son reputadas coma la gota de un acetre, y como el orín del peso; he aquí que hace desaparecer las islas como polvo. Ni el Líbano bastará para el fuego, ni todos sus animales para el sacrificio. Como nada son todas las gentes delante de Él; y en su comparación serán estimadas en menos que nada, y que lo que no es. ¿A qué pues haréis semejante a Dios, o qué imagen le compondréis?” (Isaías 40:15-18). Este es el Dios de la Escritura; si, todavía es “el Dios no conocido” (Hechos 17:23) para las multitudes descuidadas. “El está asentado sobre el globo de la tierra, cuyos moradores son como langostas; El extiende los cielos como una cortina, tiéndelos como una tienda para morar; El torna en nada los poderosos, y a los que gobiernan la tierra hace como cosa vana (Isaías 40:22, 23). ¡Cuán infinitamente distinto es el Dios de la Escritura del “dios” del pulpito corriente!

El testimonio del Nuevo Testamento no difiere en nada del que hallamos en el Antiguo: no podría ser de otro modo, teniendo ambos el mismo Autor. También ahí leemos: “La cual a su tiempo mostrará el Bienaventurado y solo Poderoso, Rey de reyes, y Señor de señores; quien solo tiene inmortalidad, que habita en luz inaccesible; a quien ninguno de los hombres ha visto ni puede ver; al cual sea la honra y el imperio sempiterno. Amen” (I Timoteo 6:15,16). El tal debe ser reverenciado, glorificado y adorado. ÉL está solo en su majestad, es único en su excelencia, incomparable en sus perfecciones. Él lo sostiene todo, pero, en sí mismo, es independiente de todo. El da a todos, pero no es enriquecido par nadie. 

Un Dios tal no puede ser conocido mediante la investigación; Él sólo puede ser conocido tal como el Espíritu Santo lo revela al corazón, par medio de la Palabra.  Es verdad que la creación revela un Creador, y que los hombres son totalmente “inexcusables”;  sin embargo, todavía tenemos que decir con Job: “He aquí, éstas son partes de sus caminos; ¡mas cuán poco hemos oído de El! Porque el estruendo de sus fortalezas, ¿quién lo detendrá?” (26:14). Creemos que el llamado argumento según designio, usado para algunos “apologistas” sinceros, ha producido mucho más daño que beneficio, ya que ha intentado bajar al gran Dios al nivel de la comprensión finita, y de este modo ha perdido de vista su excelencia única.

Se ha trazado una analogía con el salvaje que encuentra un reloj en la selva, quien, después de un examen detenido, deduce que existe un relojero. Hasta aquí está muy bien. Pero intentemos ir más lejos: supongamos que el salvaje trata de formarse una concepción de ese relojero, sus afectos personales y maneras; su disposición, conocimientos y carácter moral; todo lo que, en conjunto, forma una personalidad. ¿Podría nunca pensar o imaginar un hombre real – el hombre que hizo el reloj – y decir: “Yo le conozco?” Tal pregunta parece fútil pero, ¿está el Dios eterno e infinito mucho más al alcance de la razón humana? Ciertamente, no. El Dios de la Escritura puede ser conocido solamente por aquellos a los cuales El mismo se da a conocer.

Tampoco el intelecto puede conocer a Dios. “Dios es Espíritu” (Juan 4:24), y, por lo tanto, sólo puede ser conocido espiritualmente. El hombre caído no es espiritual, sino carnal. Está muerto a todo lo que es espiritual. A menos que nazca de nuevo, que sea llevado sobrenaturalmente de la muerte a la vida, milagrosamente trasladado de las tinieblas a la luz, no puede siquiera ver las cosas de Dios (Juan 3:3), y mucho menos entenderlas (I Corintios 2:14). El Espíritu Santo ha de resplandecer en nuestros corazones (no en el intelecto) para darnos “el conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo” (II Corintios 4:6). E incluso el conocimiento espiritual es solamente fragmentario. El alma regenerada ha de crecer en la gracia y conocimiento de nuestro Señor Jesucristo (II Pedro 3:18).

La oración y propósito principales de los cristianos han de ser el “andar como es digno del Señor, agradándole en todo, fructificando en toda buena obra, y creciendo en el conocimiento de Dios” (Colosenses 1:10).