El rey Carlos II de Inglaterra le preguntó en una ocasión a John Owen (1616-1683), un notable puritano y gran Vicecanciller de la Universidad de Oxford, Inglaterra, por qué iba con tanta frecuencia a escuchar la predicación de John Bunyan (1628-1688). John Owen le respondió que cambiaría gustosamente todo su conocimiento, por la habilidad de predicar a Cristo que poseía el hojalatero de Bedford.
Charles Haddon Spurgeon comentó sobre Bunyan: “¡Caramba, este hombre es una Biblia viviente! Podrían punzarle donde quieran y descubrirán que su sangre es una sustancia extraña llamada Biblina, es decir, que la propia esencia de la Biblia fluye de sus venas. No puede hablar sin citar un texto bíblico, pues su alma está llena de la palabra de Dios. Lean cualquier escrito suyo, y verán que es casi como la lectura de la Biblia misma.”

Spurgeon comenzó a leer a Bunyan desde muy niño y afirmó en diversas ocasiones que leyó El Progreso del Peregrino muchísimas veces, por lo menos, cien veces. Y eso que no era su libro favorito, pues consideraba que La Guerra Santa era todavía superior.

John Bunyan fue un individuo no conformista, es decir, alguien que no se conforma a una iglesia oficial, y en el caso de Bunyan, que no se conformaba a la iglesia de Inglaterra. Era un disidente y protestante inglés. Fue un pastor bautista, un predicador y sobre todo un prolífico escritor. Su actividad se desarrolló principalmente en las regiones muy cercanas a Bedford y Cambridge, en Inglaterra, durante un siglo muy tumultuoso, que comprendió una tiranía monárquica, una guerra civil, un gran incendio, epidemias e intensos conflictos entre la religión oficial y el puritanismo. Su celo ilimitado y su liderazgo ejercido en sus viajes a todo lo largo y ancho de las áreas mencionadas, y sus viajes ocasionales a Londres, le ganaron eventualmente el sobrenombre o apodo de “el Obispo Bunyan”.

Un señor de nombre George Offor, editor de Las Obras de John Bunyan, que durante ciento cincuenta años ha sido la publicación clásica de la obra de Bunyan, nos proporciona una sucinta descripción de Bunyan:

“Su rostro tenía una expresión austera y daba la impresión de poseer un temperamento rudo; pero en sus conversaciones era afable y apacible, y no era dado a la locuacidad ni a hablar cuando estaba rodeado de gente, a menos que la ocasión lo requiriera; no se jactaba, sino que tenía un humilde concepto de sí mismo, y se sometía a los juicios de los otros; aborrecía mentir y jurar, no se vengaba de sus enemigos, le gustaba reconciliar diferencias y hacer amistad con todos; tenía un ojo veloz y agudo que iba acompañado de un excelente discernimiento de las personas, y poseía un buen juicio. En cuanto a su persona, era alto de estatura, de huesos fuertes, aunque no muy corpulento, de mejillas sonrosadas y de ojos brillantes y azules, con un fino bigote, cabello pelirrojo, y su forma de vestir era sencilla y modesta.”

Para entender mejor la vida de Bunyan, y su confinamiento en prisión, es preciso referirse al contexto histórico de la Inglaterra de su época.

Bunyan vivió 60 años, y su tiempo se vio enmarcado por mucha turbulencia religiosa. Primero, hemos de considerar brevemente el reinado del Carlos I, (1600-1649), rey de Inglaterra, Escocia e Irlanda, y perteneciente a la dinastía de los Estuardo. Como era medio déspota, sufrió una violenta oposición parlamentaria. Entonces disolvió el parlamento y gobernó solo. Finalmente lo restituyó, pero en 1642 hubo una ruptura entre el rey y el parlamento. Entonces estalló la guerra civil entre los partidarios del rey y el ejército del parlamento. El ejército real fue derrotado. En 1645, el rey fue detenido, aunque, posteriormente, pudo escapar. Su evasión en 1647 provocó una segunda guerra civil y la victoria del ejército parlamentario de Oliver Cromwell. El rey Carlos I fue decapitado en 1649.

El reinado de Carlos I contó con la presencia del Arzobispo William Laud (1573-1645), que desde muy joven se opuso a la prevaleciente teología calvinista y buscó restaurar por la fuerza, las prácticas litúrgicas católicas. Entró en violentos conflictos con los puritanos. Su influencia llegó a ser tan poderosa, que 20,000 emigrantes huyeron a las colonias puritanas de Nueva Inglaterra. Después de la muerte de Laud en 1645 y de Carlos I en 1649, hubo un gobierno parlamentario bajo el protectorado de Oliver Cromwell.

Oliver Cromwell (1599-1658) apoyó con determinación los puntos de vista religiosos y políticos de los puritanos, que combinó con la espiritualidad de los independientes. Desarrolló un poderoso ejército llamado el “Nuevo Ejército Modelo”. Cuando Cromwell vio que la causa puritana no podía tener éxito sin la eliminación del rey Carlos I, promovió la ejecución del rey. Muerto el rey, Cromwell ocupó el cargo de ‘Señor Protector’

Entonces hubo un período de once años de gobierno presbiteriano y de influencia no conformista. En esa época Bunyan fue convertido, bautizado en el río Ouse, en Bedford, y fue recibido en la congregación local de tendencia bautista.

Tras la muerte de Oliver Cromwell en 1658, le sucedió su hijo, Richard Cromwell, como ‘Señor Protector’, pero se trataba de un hombre sin dotes para el mando ni el deseo de ejercerlo, y abdicó en 1659. El Protectorado de Inglaterra fue abolido y se estableció la Mancomunidad Inglesa (Commonwealth). Durante el período de inestabilidad civil y militar que siguió, George Monck, gobernador de Escocia, preocupado por el peligro de anarquía que corroía a la nación, determinó restaurar la monarquía.

Entonces Carlos II (1630-1685) se convirtió en rey de Inglaterra, Escocia e Irlanda. Había sido nominalmente rey desde el 30 de Enero de 1649, y fue rey, de hecho, desde el 29 de Mayo de 1660 hasta su muerte. El Parlamento Caballero, bajo el reinado de Carlos II, se identificó con los proyectos del principal consejero del rey, de nombre Edward Hyde, primer conde de Clarendon. Lord Clarendon pretendía desanimar el “no conformismo” para con la iglesia de Inglaterra, proveniente de sectores católicos y sobre todo de protestantes no anglicanos.

A instancia suya, el Parlamento Arrogante aprobó diversas leyes que pasaron a constituir el denominado “Código Clarendon.” El Acta de Conventículos de 1664, prohibía las asambleas religiosas de más de cinco personas, excepto aquellas celebradas en el seno de la Iglesia de Inglaterra. El Acta de las Cinco Millas prohibía a los predicadores protestantes vivir dentro de un radio de cinco millas contadas a partir del centro de la ciudad. Estas Actas permanecieron en vigor durante el resto del reinado de Carlos II.

El reinado de Carlos II vio la Gran Epidemia y el Gran Incendio de la Ciudad de Londres, pero esta restauración de la monarquía resultó en la supresión del protestantismo que había ejecutado a su padre y había erradicado el dominio de los obispos. Nuevamente los obispos regresaron al poder, como también lo hizo El Libro de Oración, con el resultado de que se introdujo una legislación restrictiva. El Acta de Uniformidad requería que la gente asistiera exclusivamente a los servicios de la iglesia anglicana o que fuera a prisión. Este reino represivo duró hasta 1688.

El siguiente reinado fue el de Jacobo II que fue de muy corta duración, ya que su celo por unir a la Iglesia de Inglaterra con la Iglesia de Roma, condujo al pueblo a rebelarse contra esta tiranía, y tuvo que huir a Francia, en 1688, el mismo año en que murió Bunyan. Luego siguió una época de tolerancia y libertad, bajo el reinado de Guillermo y María. Su Acta de Tolerancia de 1689 garantizaba la libertad religiosa para los disidentes protestantes.

Primeros años de Bunyan.

John nació a fines del año de 1628, siendo sus padres Tomás Bonnion y Margaret Bentley. Todo lo que sabemos acerca de su nacimiento es la escueta anotación oficial en el registro civil de Elstow: ‘John, el hijo de Thomas Bonnion fue bautizado el 30 de Noviembre’. Su nombre figura en medio de un registro de 18 niños, todos presumiblemente nacidos durante el año del Señor de 1628. Así, de una manera tan simple, comienza una vida muy vigorosa.

La educación de Juan Bunyan es verdaderamente un enigma. De sus días escolares él mismo habla muy poco, de tal forma que es imposible saber dónde estudió y durante cuánto tiempo. Bunyan la describe como la educación de un hombre pobre: “no asistí nunca a la escuela para estudiar a Platón o Aristóteles, sino que crecí en la casa paterna, en una condición muy humilde, en compañía de pobres paisanos.” Sabemos que asistió a una escuela donde aprendió a leer y a escribir. Sabemos que su educación fue, sin embargo, muy escasa, si se le pudiera llamar educación. Un coetáneo y coterráneo de Bunyan, de nombre Charles Doe, lo describe así: “un gran pecador profano y un hombre iletrado.” El propio Bunyan nos informa: “pronto olvidé lo que hube aprendido… mucho antes de que el Señor hiciera Su misericordiosa obra de conversión en mi alma.”

Del oficio de su padre Tomás, Bunyan aprendió a muy temprana edad a ser un calderero, es decir, a reparar ollas y cacerolas, a trabajar como plomero, a trabajar en metales, y a usar el martillo y la forja. Desde muy niño tuvo que trabajar arduamente para ganarse el pan. Conjuntamente con este oficio, John aprendió un estilo de vida profano, siendo su tutor principal a este respecto un chico llamado Harry, “un joven de nuestro pueblo, a quien mi corazón se encontraba ligado más que a cualquier otro, aunque era la criatura más perversa por sus maldiciones y juramentos y por su vida licenciosa.”

Apenas con dieciséis años cumplidos, y justo cuando necesitaba del amor y la guía de su madre, ‘el dedo de Dios la tocó y se durmió’, nos informa Bunyan. Esta pérdida, muy dolorosa en sí misma, fue acompañada al mes siguiente por otro golpe. Su hermana Margaret también murió. Al mes de la muerte de la hermana, el padre de Bunyan, Tomás, se casa por tercera vez. No ha de sorprendernos que aquel muchacho de mente sensible, ya privado de las benéficas influencias de la madre y de la hermana, se entregara a caminos de desenfreno y obstinación. Se convirtió en el cabecilla del grupo de jóvenes con quienes se juntaba: un cabecilla en todo tipo de vicios e impiedades.

En el año de 1644 se necesitaban reclutas para el ejército parlamentario. Las aldeas eran recorridas en la búsqueda de robustos jóvenes. Sin Dios en el mundo, y habiendo alcanzado la edad reglamentaria, Bunyan fue reclutado en ejército parlamentario y se convirtió en un soldado.

¿Cuánto tiempo duró su servicio en el ejército? Hay muchos debates al respecto. Algunos afirman que su vida de soldado fue muy breve. Otros dicen que fue de dieciocho meses. Según la información más confiable disponible, su servicio fue de tres años aproximadamente.

¿Qué actividades desempeñó? Todo lo que el propio Bunyan nos informa está contenido en noventa palabras. Toda la evidencia indica que su trayectoria en el ejército no fue nada brillante. Lo que sí sabemos es que en años posteriores llegó a ser un buen soldado de Jesucristo.

Durante los días que estuvo acuartelado, posiblemente llegó a escuchar muchos sermones de predicadores puritanos, que llegaban a predicar a la iglesia parroquial de Newport Pagnell, donde se encontraba acuartelado Bunyan, así como de aquellos predicadores que fungían como capellanes. Posiblemente recibiera un ejemplar de La Biblia de Bolsillo del Soldado, que fue publicada en 1643, y de la cual sólo dos ejemplares sobreviven a la furia del tiempo. Seguramente contaba con mucho tiempo disponible para estudiar su contenido. Posiblemente recibiera también un ejemplar del Catecismo del Soldado, que había sido escrito para el ejército parlamentario, para motivación e instrucción de todos aquellos que hubieren tomado las armas en esa causa de Dios y de Su pueblo, especialmente de los soldados comunes.

Bunyan nos refiere la siguiente historia: “cuando era soldado, fui seleccionado conjuntamente con otros compañeros para sitiar una ciudad (que se piensa que es Leicester), en el año de 1645. Cuando ya estaba yo preparado para ir, un soldado de mi compañía se ofreció para ir en mi lugar; como di mi consentimiento, tomó mi lugar. Llegando al sitio, y estando de centinela, recibió un disparo en la cabeza con la bala de un mosquete, y murió.”

Después de su servicio, Bunyan regresa a su actividad de calderero, y a la edad de veinte años, se casa con una jovencita piadosa que habría de ejercer una considerable influencia sobre él. Ambos eran extremadamente pobres y prácticamente no tenían ningún menaje de casa, excepto unos cuantos cubiertos. Ella trajo consigo un par de libros: El Camino al Cielo para el Hombre Sencillo, escrito por Arthur Dent, y La Práctica de la Piedad, escrito por Lewis Bayly, que su padre le había heredado. Leían juntos esos libros, en los que Bunyan encontró algunas cosas que le resultaban agradables. Aunque esas lecturas no le produjeron una convicción de pecado, engendraron en él un deseo de religión.

Se supone que la esposa de Bunyan se llamaba María, ya que la primera hija que tuvieron, que, por cierto, era ciega, se llamaba María. El primer hijo varón se llamaba John. Parece que María tuvo mucho tacto en la relación con su esposo impío, y en vez de censurarle y reprocharle, le contaba cosas acerca de su padre, un hombre piadoso, cuyas virtudes exaltaba. Le ponía enfrente una especie de espejo en el que se veían reflejados su padre y el esplendor de las virtudes domésticas de la hija.

Entonces, el recalcitrante esposo comenzó a ir con regularidad a la iglesia, y muy devotamente, decía y cantaba como lo hacían los demás, y sin embargo, retenía su vida perversa. Todo lo que tenía que ver con el servicio de la iglesia se volvió para él un objeto de adoración. Fue invadido por un espíritu de superstición, pues había en el interior de la iglesia muchos objetos que debieron haber alimentado la imaginación irrestricta del futuro Soñador.

Y, tal vez, después de todo, no hacía sino lo que los demás hacían en aquellos días caballerescos: “repetir y cantar cualquier cosa dentro de la iglesia y hacer lo que quisieran al salir de ella.” Un poco parecido a lo que hacen los católicos el día de hoy.

La conversión de John Bunyan.

La Declaración de los Deportes (también conocida como el Libro de los Deportes) es una declaración que fue emitida por el rey Jacobo I de Inglaterra en el año de 1617, que listaba los deportes que eran permitidos practicar los domingos y otros días de guardar. Fue publicada a solicitud de Tomás Morton, obispo de Chester, para resolver una disputa en Lancashire entre los puritanos y gente de clase media que era mayoritariamente católica. En 1618 el rey Jacobo I requirió que todos los ministros leyeran la declaración desde el púlpito, pero hubo una fuerte oposición por parte de los clérigos, y Jacobo I retiró su orden.

La declaración fue ordenada y puesta en vigencia nuevamente por el rey Carlos I el 18 de Octubre de 1633. Se piensa que esta nueva declaración fue rescrita por el nuevo arzobispo de Canterbury, William Laud. El rey ordenó que cada ministro que se opusiera a la lectura fuera privado de su posición.

Charles Spurgeon nos cuenta:

“Cuando el Puritanismo parecía ser hollado bajo el pie, en el reinado de Jacobo I., que promulgó el Libro de los Deportes, y dio orden de que cada clérigo leyera desde el púlpito, el domingo, que eran la voluntad y el placer reales que los jóvenes jugaran al fútbol, y al críquet, y otros juegos y pasatiempos en la tarde de los domingos, algunos ministros piadosos, que realmente amaban al Señor, no sabían qué hacer. Uno de ellos pensó que, tal vez, estaría bien hacer lo que el rey ordenaba, pero agregar algo más, así que, cuando llegó el domingo para la lectura del Libro de los Deportes a la gente, él dijo: ‘el rey y las autoridades me ordenaron que les leyera este documento; pero, haberlo leído aflige mi corazón y mi conciencia. Yo sé que es perverso, y malo, y vergonzoso y abominable profanar el domingo según son invitados a hacerlo, y me pregunto qué será de mi país cuando desde la propia iglesia se recomienda el quebrantamiento del día domingo’. Así habló el buen hombre, para tranquilidad de su propia conciencia, y con la esperanza de despertar las conciencias de otros.” Es lo que hizo el ministro Christopher Hall en presencia de John Bunyan.

Prosigue diciéndonos Charles Spurgeon: “En los días de Carlos I y Carlos II era posible encontrar un grupo, encabezado por Laud de la Iglesia de Inglaterra, que alababa el ritual, que ensalzaba las buenas obras; por el otro lado habrían encontrado al grupo de los puritanos que predicaban con rigidez la justificación por fe y la salvación por gracia.

Ahora, señores, ¿dónde podían encontrar la tarde del domingo al ministro que predicaba por la mañana sobre buenas obras? Pues, con una dama a cada lado, danzando alrededor del Palo de Mayo, según está descrito en el Libro de los Deportes; y si lo hubieran necesitado para algo, un poco más tarde, por la noche, habrían tenido que enviar a algún bedel confiable de la parroquia, para que lo sacara de la cantina del pueblo. Pero, ¿dónde está el hombre que predicó sobre la salvación por gracia en el conventículo? ‘¡Oh!,’ responderá alguien, ‘está en casa cantando salmos con su familia.’ ¿No danza alrededor del Palo de Mayo? ‘No; ese viejo fanático nunca quebranta el día de guardar; dice que es en contra de la ley de Dios.’ Bien, pero ¿no se encuentra en la cantina? ‘No; me atrevo a decir que esa vieja criatura supersticiosa está de rodillas en algún lado, orando.’ Todo mundo sabe que esto era así. La teología puritana engendraba una vida puritana; la doctrina de la justificación por fe convertía a los hombres en santos; pero el otro grupo que predicaba esa maravillosa doctrina de la salvación por obras, fue demasiado lejos para demostrar que no podían ser salvados por sus obras, de ninguna manera. Los caballeros de largos cabellos, con sus guedejas perfumadas, y sus abominaciones que no pueden ser mencionadas por una lengua pura ni escuchadas por el oído de la decencia, estos eran los traficantes de obras, los que sostenían que la salvación era alcanzable por sus propias acciones.”

A pesar de una reputación de libertino, Bunyan confiesa la intervención de la gracia preveniente, o gracia que previene, que plantó un conflicto en su alma.

“Me encontraba sumergido en mi deporte dominical, cuando una voz que salió súbitamente disparada del cielo, vino directo hacia mi alma, preguntándome: ‘¿abandonarás tus pecados e irás al cielo, o conservarás tus pecados e irás al infierno? Ante esto, me vi extremadamente confundido. Por tanto, abandonando mi juego, miré hacia el cielo y fue como si con los ojos de mi entendimiento, contemplara al Señor Jesús, mirándome con sumo desagrado, y como si en verdad me amenazara con un terrible castigo por estas y otras prácticas impías.”

Bunyan siguió asistiendo a la iglesia anglicana de Elstow durante cuatro años, que fueron de intensa agitación y ambivalencia en su alma. Como dijimos anteriormente, veía con adoración y con un espíritu de superstición a la iglesia, al sacerdote y a los ornamentos sagrados. Su amor por la vida social, por los deportes en el descampado, por los bailes y por tocar las campanas en el campanario de la iglesia, únicamente generaban un conflicto mayor.

En una ocasión, cuando profería juramentos como un loco, lo escuchó una mujer malvada y de vida liviana, y declaró que, por las blasfemias que profería, Bunyan “era el individuo más impío que ella hubiera escuchado jamás; era capaz de corromper a toda la juventud del pueblo.”

Bunyan había entrado en el Valle de la Humillación. Conoce a un ‘pobre individuo’ -así lo describe- que le habló de manera atractiva de las Escrituras y de los asuntos de la religión, y habiéndole gustado lo que le decía, se dispuso a leer la Biblia y a gozar de la experiencia. Comenzó a leer los libros históricos, porque las Epístolas de Pablo no le llamaban la atención. Alguna reforma externa fue manifiesta, que duró como un año, y muchas personas quedaron impresionadas. Cuando cometía un pecado, le dolía el haberlo cometido, y le prometía a Dios que haría un mayor esfuerzo la siguiente vez.

Los hombres son propensos a culpar a su propia ocupación como un obstáculo que les impide la vida espiritual. Pero Dios puede utilizar la ocupación de las personas para salvar a las almas que perecen. Como lo que ganaba en Elstow no era suficiente para mantener a su esposa y a su hija ciega, comienza a buscar trabajo en Bedford, más o menos a dos kilómetros de distancia de su pueblo natal.

“Un buen día -dice Bunyan- la buena providencia de Dios me llevó a Bedford para trabajar en mi oficio. Y en una de las calles vi a un grupo de tres o cuatro damas que estaban tomando el sol a la puerta de una casa y hablaban acerca de las cosas de Dios. Me acerqué para oír lo que decían. Como ya podía hablar de cosas de religión, me acerqué no sólo para oír sino para intercambiar ideas. Pero mi corazón desfalleció cuando oí hablar a esas mujeres. Oía, pero no entendía nada, pues estaban muy por encima del alcance de mi entendimiento. Las mujeres hablaban del nuevo nacimiento, de la obra de Dios en sus corazones, y cómo fueron convencidas de su propio miserable estado por naturaleza. Hablaban de promesas y palabras que les habían proporcionado refrigerio, consuelo y apoyo contra las tentaciones del demonio.”

El corazón de Bunyan debe haber ardido cuando escuchó que las mujeres rechazaban toda justicia propia, como inmunda e insuficiente, y que no les podía proporcionar ningún bien. Bunyan no sabía que tenía que nacer de nuevo. Abrumado por el peso de la convicción, se había visto claramente en el espejo. Pesado en la balanza de la verdad, había sido encontrado falto.

Bunyan regresó una y otra vez para hablar con aquellas mujeres, pues, comenta, “no podía permanecer lejos de ellas.” Comienza a leer la Biblia completa, y a fijar su mente en Dios y en la salvación. Ahora lee las Epístolas de Pablo. En su autobiografía relata un sueño que tuvo por esta época, que le convenció de su condición perdida y de la esperanza de su salvación. Soñó que se encontraba en una parte oscura de un valle, separado por una pared con una estrecha abertura, del lado soleado de la montaña. Esforzándose mucho, Bunyan pasó a ese lado soleado de la montaña. Él mismo interpreta su sueño así: “la montaña significaba la iglesia del Dios viviente; el sol que resplandecía de ese lado era el reconfortante resplandor de Su rostro misericordioso sobre los que estaban allí; la pared, pensó, era la palabra de Dios, que establecía una separación entre los cristianos y el mundo; y la brecha estrecha que estaba en la pared, era Jesucristo, que es el camino hacia Dios, el Padre.”

Bunyan se planteaba continuamente si no era muy tarde para que recibiera la misericordia y la gracia de Dios. A la vez ardía por ser convertido a Jesucristo.

Unos amigos piadosos le presentaron a John Gifford, pastor de una congregación bautista de Bedford, que se tomó el tiempo para darle consejos personales y ánimo. Fue providencial ese encuentro, pues había tenido un pasado tan malo como el de Bunyan, si no es que peor. Gifford había servido en el ejército de lado de los realistas, o sea del lado contrario de Bunyan. Fue hecho prisionero y condenado a la horca. Puesto en la prisión, aguardaba la hora de su ejecución. Pero la noche previa a la ejecución de su sentencia, su hermana llegó a visitarlo y encontró a todos los centinelas dormidos, y a los compañeros prisioneros de su hermano, demasiado borrachos para darse cuenta de nada. Entonces la hermana liberó a Gifford. Así escapó de la prisión y de la ira venidera. Se estableció en Bedford y trabajó como boticario. Odiaba a los puritanos y llegó a planear matar a uno de ellos. Encontrándose sumido en todo tipo de vicios tales como el juego, la borrachera y la vida licenciosa, cayó en sus manos un libro escrito por Robert Bolton, que trataba sobre los temas del fin: Muerte, Juicio, Infierno y Gloria. Impactado por la lectura, se apresura a comentar las nuevas con los puritanos del pueblo, quienes le tuvieron miedo. Poco a poco se ganó su confianza. Primero de manera privada y luego hablando en público. El grupo se entregó a escudriñar diligentemente las Escrituras y a orar. Este ejercicio de fe, buscando la guía divina, los llevó a la fundación de la iglesia evangélica de Bedford. La fundaron el señor Gifford y once miembros.

Para Bunyan siguió todavía un período de inestabilidad, de dudas e inseguridades, hasta que finalmente fue convertido. Entonces fue recibido como miembro de la congregación de Bedford. Pero volvía a sentir que era un réprobo. Pensamientos blasfemos y una inmundicia interna lo acosaban. Satanás intentaba “zarandearlo como a trigo” (Lucas 22: 31). El consuelo que recibía de las Escrituras era pasajero, esto es, hasta que la conversión que buscaba se volvió una realidad. Bunyan describe esta experiencia así:

“Pero, después, el Señor se manifestó más plena y agraciadamente a mí; y, me liberó de la culpa que anidaba en mi conciencia, y de la suciedad que me invadía; pues las tentaciones fueron suprimidas y mi mente fue rectificada. Recuerdo que un día, cuando viajaba por el campo y meditaba en la maldad y la blasfemia de mi corazón, y consideraba la enemistad que había en mí en contra de Dios, vino un pasaje de la Escritura a mi mente: “haciendo la paz mediante la sangre de su cruz” (Colosenses 1: 20) Por esto fui conducido a ver, una y otra y otra vez, en aquel día, que Dios y mi alma eran amigos por esta sangre; sí, vi que la justicia de Dios y mi alma pecadora podían abrazarse y besarse gracias a esta sangre. Ese fue un buen día para mí; espero no olvidarlo nunca.”

¿Quiere decir esto que Bunyan había llegado a una meseta de estabilidad? De ninguna manera, pues en su autobiografía nos indica que un grado de inestabilidad permaneció por un espacio de aproximadamente dos años a partir de aquel momento. Luego vino una revelación adicional de la justicia sustitutiva, imputada y perfecta de Jesucristo, que resultó es un estado más asentado.

“Ahora Cristo era mi todo; toda mi sabiduría, toda mi justicia, toda mi santificación, y toda mi redención. Además, el Señor me introdujo al misterio de la unión con el Hijo de Dios, que yo estaba unido a Él, que yo era carne de Su carne, y hueso de Su hueso, y ahora, lo que dice Efesios 5: 30 era una preciosa palabra para mí. Por esto, mi fe en Él, así como mi justicia, me fueron confirmadas; pues si Él y yo éramos uno, entonces Su justicia era mía, Sus méritos eran míos, Su victoria era mía. Ahora me podía ver en el cielo y en la tierra a la vez; en el cielo por mi Cristo, por mi Cabeza, por mi justicia y mi vida, aunque todavía estaba en la tierra por mi cuerpo y mi persona.”

Siguió todavía un período de inestabilidad, de dudas e inseguridades, hasta que finalmente tuvo la certeza de su salvación. Entonces fue recibido como miembro de la congregación de Bedford.

El encarcelamiento de Bunyan

Después de la muerte de Oliver Cromwell en 1658, un creciente anhelo popular por el regreso de la monarquía y el episcopado, fue cumplido en 1660, cuando el rey Carlos II retornó a Inglaterra desde el exilio en que se encontraba. Uno de los primeros en sufrir bajo este reavivamiento de la tiranía iglesia-estado, fue John Bunyan. Debido a que en conciencia no estaba de acuerdo a conformarse a la estructura y al ministerio de la estatal Iglesia de Inglaterra, que podemos englobar en el exclusivo gobierno de los obispos y el orden del Libro de Oración, fue encarcelado durante doce años en la cárcel del condado de Bedford, con unas cuantas liberaciones intermitentes. Este épico confinamiento comenzó el 12 de Noviembre de 1660, cuando en la casa de una granja ubicada a unos 20 kilómetros de Bedford, durante una reunión que tenía lugar, Bunyan fue arrestado por predicar a una asamblea ilegal o ‘conventículo’ (junta ilícita o clandestina de algunas personas).

Cuando se le preguntó al siguiente día, durante una investigación preliminar, cuál era su autoridad para predicar, él replicó que le fue dada por el apóstol Pedro cuando escribió: “Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros.” (1 Pedro 4: 10). Fue llevado a la cárcel de Bedford, y allí esperó su juicio hasta Enero de 1661, ante cinco magistrados, siendo encausado por “negarse diabólica y perniciosamente a asistir a una iglesia anglicana para oír el servicio divino, y por ser el responsable de promover diversas reuniones ilegales y conventículos, para la gran turbación y distracción de los buenos súbditos de este reino, hechos contrarios a las leyes de nuestro soberano señor el rey.” Es de saber que los asistentes a la reunión ilegal de Bunyan también sufrirían duros castigos. Les quitaban sus bienes personales como compensación de la multa que les imponían.

Cuando los magistrados le preguntaron a Bunyan por qué ignoraba o no hacía uso del Libro de Oración, él replicó que por su parte, podía orar muy bien sin él. En cuanto a las reuniones ilegales, Bunyan testificó que si era un pecado reunirse para buscar el rostro de Dios y exhortarse los unos a los otros a seguir a Cristo, entonces continuaría pecando. En consecuencia de eso, la sentencia inicial fue de tres meses de cárcel, y si no se retractaba, sería expulsado o desterrado del reino. Si regresaba ilegalmente, sería colgado del cuello. Hubo diversas apelaciones, y quizá la más valerosa de todas fue la de su segunda esposa Elizabeth. Suplicando ante el airado Juez Twisdom, que expresó en lo concerniente a su marido que “su doctrina es la doctrina del demonio”, ella le respondió: “mi señor, cuando el justo Juez aparezca, se sabrá que su doctrina no es la doctrina del demonio.”

De esta manera el predicador laico languideció en prisión durante doce años. Tenía muy breves compensaciones, como que se le permitiera la visita de su esposa e hijos, la disponibilidad de libros y material para escribir, así como la compañía de otros no conformistas. Pero Bunyan escribió que la “separación de mis esposa y de mis pobres hijos ha sido con frecuencia para mí en este lugar como arrancarme la piel de mis huesos, no sólo por su compañía, sino que a menudo se vienen a mi mente las múltiples durezas, miserias y necesidades que mi pobre familia enfrenta, especialmente mi pobre hijita ciega, María, que está más cerca de mi corazón que nadie. Eso destroza mi corazón.”

En la cárcel tenía por compañeros a no menos de 60 no conformistas. Al principio gozaba de la confianza del carcelero que le permitía salir y asistir a las reuniones de la iglesia, con la sola promesa de que regresaría. Estas salidas las aprovechaba para predicar y para visitar a las personas que le escuchaban predicar.

Sin embargo, los enemigos de Bunyan se enteraron de estas libertades, y amenazaron al carcelero de que perdería su puesto si seguía autorizando las salidas de Bunyan. Como no hay mención de su participación en las reuniones de la iglesia, se supone que de Julio de 1661 a Agosto de 1668, durante esos siete años, estuvo efectivamente preso.

Como ya no podía seguir trabajando como calderero, se dedicó a trabajar haciendo agujetas, y con el producto de su trabajo contribuía al apoyo económico de su familia. Según algunos comentaristas, Bunyan se la pasaba muy bien en la cárcel, porque tenía su material de lectura, sus compañeros no conformistas, y el Libro de los mártires de Fox. Aparentemente estuvo preso por dos períodos de seis años cada uno y luego seis meses más al final.

Es de hacer notar que Bunyan podía ser puesto en libertad en cualquier momento, siempre que aceptara no predicar en público. Incluso el doctor John Owen intercedió por Bunyan, pero sin ningún éxito. Sin embargo, el infatigable espíritu, nacido de la verdadera libertad del Evangelio, no cedería.

Eventualmente, el 14 de Septiembre de 1672, un perdón fue emitido procedente de Westminster, originado por la Declaración de Indulgencia emitida por el rey Carlos II, que no era otra cosa sino la confesión del fracaso de doce años de represión religiosa. No se sabe con certeza cómo se efectuó su liberación. Sin embargo, su grupo observó un día de acción de gracias con motivo de su liberación.

Ese mismo año le fue concedida una licencia a John Bunyan como predicador independiente, es decir, que no era anglicano. Sin embargo, después de tres años de libertad, le fue impuesto un período adicional de cárcel de seis meses.

Bunyan construyó una casa para congregarse. Allí predicaba a vastas audiencias. Con frecuencia sostenía disputas con eruditos que venían para oponérsele, pues lo consideraban una persona ignorante. Sin embargo confundía a todos con sus repuestas sencillas y basadas en las Escrituras. Cada año visitaba a sus amigos de Londres, donde su reputación como predicador era muy grande. Predicaba en Southwark, en el mismo distrito donde más tarde predicó Spurgeon. Predicaba a multitudes de tres mil personas. También visitaba otras partes del país. Incluso fundó comunidades en varias partes. Incluso se comenta que muchas comunidades deben su origen a la predicación de medianoche de Bunyan cuando salía con permiso de la prisión.

Sin embargo, como todo pastor fiel, Bunyan no dejó de estar sujeto a la trampa de lo que podría llamarse una “inocente indiscreción”. Una chica de 21 años, llamada Agnes Beaumont, necesitaba trasladarse urgentemente de la granja de su hermano a una reunión de una iglesia no conformista ubicada al este de Bedford, viendo al pastor Bunyan que iba montado en su caballo, lo presionó para que la llevara en las ancas del caballo. Después de suplicarle encarecidamente, Bunyan aceptó con renuencia. Pero el padre de Agnes estaba espiando la escena y montó en cólera, y por lo tanto, esa noche no le permitió que entrara en su casa. Después de que Agnes aceptó no volver a asistir a reuniones en las que ministrara Bunyan, se le permitió que entrara nuevamente en su casa, aunque en el término de una semana el padre de Agnes falleció. Como resultado de ese hecho, los oponentes de Bunyan lanzaron rumores relativos a un envenenamiento y adulterio. Eventualmente Bunyan quedó limpio de las acusaciones, aunque debe haber lamentado profundamente el aventón que le dio a Agnes.

En una de esas giras, cuando regresaba a Londres a caballo, y estaba lloviendo muy fuerte, pescó un resfrío. Siguió una violenta fiebre, y, después de una enfermedad de unos diez días, entregó su alma al creador. Su hija ciega murió a temprana edad, su segunda esposa Elizabeth murió seis años después de Bunyan, y sus otros tres hijos vivieron una vida cristiana y su hijo mayor Thomas, llegó a ser un predicador.

La suprema ironía de este supuesto confinamiento impuesto sobre un ser humano tan insignificante, esto es, desde una perspectiva mundana, es la gloriosa confusión de la sabiduría humana que resultó cuando tal tesoro espiritual como El Progreso del Peregrino, nació de este confinamiento.

La obra literaria de Bunyan.

A Bunyan se le atribuyen aproximadamente 59 libros, tratados y manuscritos. Doce de ellos fueron escritos mientras se encontraba en prisión. Su fama llegó a tal punto, que diversas falsificaciones llevaban su nombre. La variedad de sus escritos es muy amplia, y refleja la diversidad de sus dones pastorales. Por ejemplo, escribió Un libro para niños y niñas, que es una deliciosa colección de poemas de calidad diversa, que tenía el propósito de comunicar atractivamente la verdad espiritual bajo la guisa de emblemas naturales, tales como un huevo, una rana, un caracol, una araña y una vela. También escribió un Mapa mostrando el orden & las causas de la salvación y la condenación, que no es muy diferente a uno publicado anteriormente por William Perkins. Hay muchas polémicas pastorales, por ejemplo, Un caso de conciencia, en el que se discute el papel de las mujeres en la iglesia.

Sin embargo, su tema más frecuente es la suprema grandeza de la gracia de Dios hacia los más viles pecadores en términos del Evangelio, así como las continuas misericordias de Dios para la perseverancia del santo.

El pensamiento de Bunyan como un todo se basa en la doctrina de la gracia de Dios revelada en Cristo, un concepto que permea la totalidad de sus escritos y que es el punto focal de su predicación y de su pensamiento.

Bunyan también escribió una autobiografía, sumamente interesante, titulada Gracia abundante para el primero de los pecadores, escrita igualmente en prisión en el año de 1666, y escrita antes del Progreso del Peregrino, que describe con gran penetración la fatiga y el trabajo espiritual del autor durante esos años que precedieron y siguieron a su conversión.

A lo largo de los años, Bunyan desarrolló una muy cercana amistad con el Vicecanciller de la Universidad de Oxford, erudito puritano y pastor, el doctor John Owen. El doctor Owen lo invitaba a predicar anualmente en su iglesia de Londres, ante una congregación aristocrática que incluía a algunos parientes de Oliver Cromwell. Otra amistad cercana fue la del alcalde de Londres, Sir John Shorter.

Fin