“Y volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre!” Lucas 15: 17.

“Volviendo en sí”. La expresión pudiera aplicarse a alguien que despierta de un profundo desvanecimiento. El hombre no había tenido conciencia de su verdadera condición, y había perdido todo poder de liberarse de ella, pero ahora entraba en razón y recuperaba el conocimiento y la acción. Lo despertó la voz que habrá de reanimar a los muertos, y todas las visiones de su trance pecaminoso desaparecieron; sus sucios aunque fascinantes sueños se esfumaron; entró en razón.

La expresión pudiera aplicarse también a alguien que recobra la cordura. El hijo pródigo había jugado el papel de un loco pues el pecado es la locura del peor tipo. Había estado desquiciado, había tomado lo amargo por dulce y lo dulce por amargo, la oscuridad por luz y la luz por oscuridad; se había hecho daño a sí mismo, y había infligido a su alma lo mismo que hacían a sus cuerpos aquellos poseídos por los demonios en el tiempo de nuestro Salvador, cuando se herían con piedras y se cortaban con cuchillos. El hombre desquiciado no sabe que está desquiciado, pero tan pronto como entra en razón, percibe dolorosamente el estado del cual está escapando. Recuperando entonces la sana razón y el recto juicio, el hijo pródigo volvió en sí.

Pudiera encontrarse otra ilustración de esta expresión en el viejo mundo de las fábulas de encantamiento: cuando un hombre era librado de la influencia del hechizo del mago, “volvía en sí”. La historia clásica tiene su leyenda de Circe, la hechicera, que transformaba a los hombres en puercos. Ciertamente el joven de nuestra parábola se había degradado de la misma manera. Había rebajado su condición humana al nivel de las bestias. Sentir amor por sus parientes, amor por lo bueno, tener algún cuidado por su propio interés, todas esas cosas deberían constituir la posesión del hombre; pero aquel joven había perdido todos estos atributos propios de la humanidad, y entonces se había convertido en algo semejante a la bestia que perece. Pero así como el poeta canta de Ulises y nos dice que forzó a la hechicera a restaurar a sus compañeros a su forma original, así también vemos al hijo pródigo recuperando la condición humana, apartando la mirada de sus placeres sensuales y adoptando un derrotero de conducta más acorde con su nacimiento y parentesco.

Tal vez haya hombres aquí presentes hoy que están sumidos todavía en ese pasmo. ¡Oh Dios del cielo, despiértalos! Hay algunos aquí que están moralmente desquiciados. Que el Señor los restaure, que el divino Médico ponga Su refrescante mano sobre su frente febril y les diga: “Quiero; sé limpio”. Tal vez haya otros aquí que han permitido que su naturaleza animal reine de manera suprema; que Aquel que destruye las obras del diablo los libere del poder de Satanás y les dé el poder de convertirse en hijos de Dios. ¡Él ha de recibir toda la gloria!

Da la impresión de que cuando el hijo pródigo entró en razón, estaba absorto en dos pensamientos. Dos hechos le quedaban claros: que había abundancia de pan en la casa de su padre, y que él mismo se estaba muriendo de hambre. Que esos dos hechos espirituales que están emparentados ejerzan un poder absoluto sobre los corazones de todos ustedes, si es que todavía no son salvos, pues constituyen verdades sumamente importantes y apremiantes de manera eminentemente cierta. Éstas no son las fantasías de alguien sumido en un sueño; no son los delirios de un maníaco; no son las imaginaciones de alguien que está bajo un embrujo. Es sumamente cierto que hay abundancia de toda cosa buena en la casa del Padre, y que el pecador está necesitado de ellas. En ninguna otra parte puede ser encontrada la gracia o puede ser obtenido el perdón, pero en Dios hay plenitud de misericordia. Que nadie se aventure a disputar esta gloriosa verdad.

Es igualmente cierto que el pecador está pereciendo sin Dios. Está pereciendo ahora y perecerá eternamente. Todo lo que es digno de ser poseído en su existencia será completamente destruido, y él mismo habrá de permanecer únicamente como una desolación; el búho y el avetoro de la miseria y de la angustia merodearán las ruinas de su naturaleza por los siglos de los siglos. Si pudiéramos encerrar a los inconversos en esos dos pensamientos, ¡qué esperanzadoras congregaciones tendríamos! ¡Ay!, olvidan que únicamente en Dios hay misericordia, y se imaginan que ha de encontrarse en una alguna otra parte, y tratan de escabullirse del humillante hecho de su propio estado perdido, e imaginan que, tal vez, podría haber una puerta trasera de escape, que después de todo, no son tan malos como lo declara la Escritura, o que por ventura les irá bien al final, por mal que estén ahora.

¡Ay!, hermanos míos, ¿qué haremos con aquéllos que cierran deliberadamente sus ojos a las verdades cuyas evidencias son sobrecogedoras, y cuya importancia es de gran impacto? Yo les suplico sinceramente a aquéllos entre ustedes que saben cómo acercarse por fe al trono de Dios, que musiten la oración pidiendo que se digne llevar al corazón inconverso a la cautividad, y que ponga estos dos sólidos grilletes sobre cada alma no regenerada; hay abundante gracia en Dios, y hay una completa indigencia en cuanto a ellos mismos. Atado con tales grilletes, y conducido a la presencia de Jesús, el cautivo recibiría pronto la libertad de los hijos de Dios.

Tengo la intención de reflexionar en esta mañana únicamente, o principalmente, sobre el primer pensamiento, el pensamiento central, según me parece a mí, que estaba en la mente del hijo pródigo, ese que realmente lo constriñó a decir: “Me levantaré e iré a mi padre”. No era, pienso yo, el pensamiento que le conducía a regresar a casa la consideración de que estaba pereciendo de hambre, sino que el impulso hacia su padre encontró su principal motivo en la consideración: “¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan!” La profusión, la abundancia, la superabundancia de la casa del padre era lo que le motivaba a regresar a casa. Y muchas, muchas almas han sido conducidas a buscar a Dios cuando han creído plenamente que hay abundante misericordia en Él.

Esta mañana mi deseo es exponer con sencillez ante cada pecador aquí presente la suma abundancia de la gracia de Dios en Cristo Jesús, esperando que el Señor encontrará a aquéllos que son hijos, y que ellos captarán estas palabras, y que al oír de la abundancia del pan en la casa del Padre, dirán: “Me levantaré e iré a mi Padre”.

I.   Entonces, brevemente consideremos primero LA SOBREABUNDANCIA DE TODAS LAS COSAS BUENAS EN LA CASA DEL PADRE. Pecador despierto, ¿qué necesitas esta mañana? De todo lo que necesites, hay en Dios un suministro sobreabundante e integral. “Abundancia de pan”. Vamos a demostrarles eso.

Primero, consideren al propio Padre, y todo aquel que considere rectamente al Padre, percibirá de inmediato que no puede haber restricción para la misericordia ni ningún límite para las posibilidades de la gracia. ¿Cuál es la naturaleza y el carácter del Supremo? Alguien pregunta: “¿Es adusto o amoroso?”. La Escritura responde a esa pregunta, no diciéndonos que Dios es amoroso, sino asegurándonos que Dios es amor. Dios mismo es amor; el amor es Su propia esencia. No se trata de que el amor esté en Dios, sino que Dios mismo es amor. ¿Podría haber una forma más concisa y positiva de decir que el amor de Dios es infinito? Tú no podrías medir a Dios mismo; tus conceptos no podrían captar la grandeza de Sus atributos, ni podrías describir las dimensiones de Su amor, ni concebir su plenitud. Únicamente has de saber que como son más altos los cielos que la tierra, así son Sus caminos más altos que tus caminos, y Sus pensamientos más que tus pensamientos. Para siempre es Su misericordia. Él perdona la maldad, y olvida el pecado del remanente de Su heredad. No retiene para siempre Su enojo, porque se deleita en misericordia. “Tú, Señor, eres bueno y perdonador, y grande en misericordia para con todos los que te invocan”. “Más grande que los cielos es tu misericordia”. “El Señor es muy misericordioso y compasivo”.

Si solo el amor divino no pareciera suficiente para tu salvación, recuerda que en el Padre, hacia quien retorna el pecador, hay tanta gracia como sabiduría. ¿Tu caso es uno sumamente difícil? Quien te hizo puede sanarte. ¿Son extrañas y complejas tus enfermedades? Quien formó el oído, ¿no podría suprimir su sordera? Quien hizo el ojo, ¿no podría alumbrarlo si quedare ciego? No podría sucederte ningún mal del cual Aquél, que es tu Dios, no pudiera hacer que te recuperaras. La sabiduría incomparable no podría fallar en resolver las complejidades de tu caso.

Tampoco podría presentarse ninguna falla de poder en el Padre. ¿No sabes tú que quien hizo la tierra y despliega los cielos como una tienda para morar allí, no tiene ningún límite para Su fuerza, ni ningún término para Su poder? Si tú necesitas que la omnipotencia te alce del cenagal en que has caído, la omnipotencia estaría dispuesta a liberarte si clamaras pidiéndole fortaleza al fuerte. Aunque tú necesitaras de toda la fuerza con la cual el Creador hizo los mundos, y de toda la potencia con la que sostiene los pilares del universo, toda esa fuerza y esa potencia se ejercitarían para tu bien, si con fe buscaras la misericordia de manos de Dios en Cristo Jesús. Nada de Su poder estaría en tu contra, nada de Su sabiduría planearía tu derrota, antes bien, el amor reinaría en todo y cada atributo de Dios estaría al servicio de tu salvación.

¡Oh, cuando pienso en el pecado, no puedo entender cómo un pecador pueda ser salvado! Pero cuando pienso en Dios y examino Su corazón, entiendo cuán prontamente puede perdonar. “Examina Su corazón”, dice uno. “¿Cómo podríamos hacer eso?” ¿Acaso no ha puesto al descubierto Su corazón delante de ti? ¿Me preguntas dónde ha hecho eso? Yo te respondo: allá, sobre la cruz del Calvario. ¿Qué había en el propio centro del corazón divino? ¿Qué sino la persona del Bienamado, Su Unigénito? Y tomó a Su  Unigénito y lo clavó en la cruz porque -si puedo aventurarme a hablar así- amó a los pecadores más que a Su Hijo. No perdonó a Su Hijo, pero perdona al pecador; derramó Su ira sobre Su Hijo y lo puso como el sustituto de los pecadores, para poder prodigar amor sobre los culpables que merecían Su enojo.

Oh alma, si estás perdida, no es por ninguna falta de gracia, o de sabiduría, o de poder en el Padre; si pereces, no es porque Dios sea inconmovible o incapaz de salvar. Si tú eres uno de los rechazados, no es debido a que el Eterno rehúse oír los clamores pidiendo el perdón o que rechace tu fe en Él. Sobre tu propia cabeza sea tu sangre si tu alma se perdiere. Si te mueres de hambre, te mueres de hambre porque tú quieres morirte de hambre, pues en la casa del Padre hay “abundancia de pan”.

Pero ahora, consideren un segundo asunto que pudiera aclarar más todo delante de nosotros. Piensen en el Hijo de Dios, que es, ciertamente, el verdadero pan de vida para los pecadores. Pecador, ahora vuelvo a dirigirme personalmente a ti. Tú necesitas un Salvador, y muy bien podrías sentirte animado al ver que ha sido provisto un Salvador, y que ha sido provisto por Dios, pues es verdad que Él no cometería un error en la provisión. Pero considera quién es el Salvador. Es el mismo Dios. Jesús, que descendió del cielo para nuestra redención no era un ángel, pues entonces temblaríamos al tener que confiar el peso de nuestro pecado sobre un ángel. No era un simple hombre, pues entonces sólo habría podido sufrir como sustituto de uno solo, si fuera válido sustituir a alguien. Sin embargo, Él era en el principio con el Padre, Dios verdadero de Dios verdadero. ¿Y alguien así viene a redimirnos? Si ese es el caso, ¿hay campo para alguna duda en cuanto a Su habilidad? Yo confieso en verdad en este día que si mis pecados fuesen diez mil veces más pesados de lo que son, sí, y si yo tuviera todos los pecados de toda esta muchedumbre apilados adicionalmente sobre mí, yo podría confiarle a Jesús todos ellos en este instante, ahora que sé que Él es el Cristo de Dios. Él es el Dios fuerte, y la carga de nuestros pecados es fácilmente suprimida por Su mano traspasada. Él borra nuestros pecados, y los arroja a las profundidades del mar.

Piensa en lo que ha hecho Jesús, el Hijo de Dios. Él, quien era Dios y por ello bendito por los siglos, dejó el trono y las regalías del cielo, y se humilló a venir a aquel pesebre. Ahí está acostado; Su madre lo envuelve en pañales y lo carga sobre su pecho; el Infinito está vestido como un infante; el Invisible es hecho manifiesto en la carne; el Todopoderoso está ligado a la debilidad por causa nuestra.

¡Oh, incomparable humillación de la condescendencia! Si el Dios Redentor hace ésto para salvarnos, ¿acaso podría considerarse algo imposible que  salvara al más vil de los viles? ¿Podría ser algo tan difícil para quien desciende del cielo a la tierra para redimir?

No hagas ninguna pausa llevado por el asombro, sino prosigue adelante. ¿Lo ves a Él que era Dios sobre todo, bendito por los siglos, viviendo más de treinta años en medio de los hijos de los hombres, experimentando las debilidades de la condición humana, tomando sobre Sí nuestras enfermedades y compartiendo nuestras aflicciones: Sus pies cansados por hollar las distancias de Palestina, Su cuerpo desfallecido padeciendo a menudo hambre y sed y trabajos, Sus rodillas tejidas a la tierra por la oración de medianoche, Sus ojos rojos de llanto (pues Jesús lloró con frecuencia), siendo tentado en todo según nuestra semejanza? ¡Espectáculo sin par! ¡Un Dios encarnado mora entre los pecadores, y sufre su contradicción! ¡Qué gloria emanaba de cuando en cuando del centro de Su humillación! Era una gloria que debería convertir en algo inevitable la fe en Él.

¡No es racional dudar de Tu poder para perdonar pecados, Tú, que en verdad caminaste sobre el mar, Tú, que en verdad resucitaste de los muertos! ¿Acaso Tú mismo no lo expresaste así cuando le ordenaste al hombre que tomara su lecho y anduviera? “¿Qué es más fácil, decir: Los pecados te son perdonados, o decir: Levántate y anda?” Con toda seguridad Él puede también salvar perpetuamente a los que por Él se acercan a Dios; si aun en debilidad aquí en la tierra Él pudo perdonar pecados, con mucha más razón puede ahora que se sienta en Su gloria. Él es enaltecido en lo alto para ser un Príncipe y un Salvador, para dar arrepentimiento y remisión de pecados.

Pero, ¡ah!, la cruz es la prueba maestra de que en Cristo Jesús hay “abundancia de pan”. ¿Quisieran seguirme un momento o, más bien, quisieran seguirlo a Él a Getsemaní? ¿Pueden ver el sudor sangriento cuando cae en el suelo en Su agonía? ¿Pueden pensar en Su flagelación delante de Herodes y de Pilato? ¿Pueden seguirlo a lo largo de la Vía Dolorosa de Jerusalén? ¿Tolerarán sus tiernos corazones verle clavado al madero y alzado hasta desangrarse y morir?

Ésto es sólo la capa exterior; en cuanto al núcleo interior de Sus sufrimientos, ningún lenguaje podría describirlo, ni tampoco la concepción intelectual podría atisbar en su interior. El Dios eterno puso el pecado sobre Cristo y donde fue colocado el pecado, ahí cayó la ira. “Jehová quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento”. Ahora, quien murió en la cruz fue el Unigénito de Dios. ¿Podrías concebir un límite para el mérito de la muerte de un tal Salvador? Yo sé que hay algunas personas que consideran necesario para su sistema de teología limitar el mérito de la sangre de Jesús. Si mi sistema de teología necesitara de una tal limitación, lo arrojaría a los vientos. No podría ni me atrevería a permitir que ese pensamiento se alojara en mi mente, pues pareciera ser estrechamente semejante a la blasfemia.

Yo veo un océano de mérito en la obra acabada de Cristo; mi plomada no encuentra fondo, y mis ojos no descubren una orilla. Habría suficiente eficacia en la sangre de Cristo, si Dios así lo hubiera querido, para salvar no únicamente a este mundo entero, sino a diez mil mundos, si hubieren transgredido la ley del Hacedor. Una vez admitida la infinitud en el asunto, cualquier límite es inadmisible. Teniendo a una persona divina como una ofrenda, no sería consistente concebir un valor limitado. Confín y medida son términos inaplicables al sacrificio divino. La intención del propósito divino fija la aplicación de la ofrenda infinita, pero no la convierte en una obra finita. En la expiación de Cristo Jesús hay “abundancia de pan”, tal como Pablo escribió a Timoteo: “Que es el Salvador de todos los hombres, mayormente de los que creen”.

Pero ahora permítanme guiarlos a otro punto de consideración solemnemente gozosa, que es el Espíritu Santo. Creer y amar a la Trinidad es poseer la llave de la teología. Ya hablamos del Padre y ya hablamos del Hijo: hablemos ahora del Espíritu Santo. Le rendimos demasiado poco honor, pues el Espíritu Santo condesciende a venir a la tierra y morar en nuestros corazones; y a pesar de todas nuestras provocaciones, Él todavía permanece dentro de Su pueblo.

Ahora, pecador, tú necesitas una nueva vida y tú necesitas santidad, pues ambas cosas son necesarias para hacerte idóneo para el cielo. ¿Hay alguna provisión para eso? El Espíritu Santo es provisto y es dado en el pacto de gracia; y ciertamente en Él hay “abundancia de pan”. ¿Qué es lo que no podría hacer el Espíritu Santo? Siendo divino, nada podría estar más allá de Su poder. Mira lo que ya ha hecho. Se movió sobre la faz del caos y lo puso en orden. Toda la belleza de la creación se gestó bajo Su aliento moldeador. Nosotros mismos hemos de confesar con Eliú: “El Espíritu de Dios me hizo, y el soplo del Omnipotente me dio vida”. Piensa en los grandiosos hechos del Espíritu Santo en Pentecostés, cuando hombres incultos hablaron en lenguas de las que no conocían ni una sola sílaba hasta antes de ese día, y unas lenguas de fuego asentadas sobre ellos estaban también dentro de ellos, de tal manera que sus corazones ardían de celo y denuedo para los que hasta ese momento habían sido extraños. Piensa en la obra del Espíritu Santo en alguien como Saulo de Tarso. Ese perseguidor echa espuma de sangre; es un verdadero lobo; querría devorar a los santos de Dios en Damasco y, sin embargo, en unos pocos instantes, le oyes preguntar: “¿Quién eres, Señor?”, y en seguida: “Señor, ¿qué quieres que yo haga?” Su corazón ha sido cambiado; el Espíritu de Dios lo ha hecho nuevo; el diamante se ha disuelto en un instante y se ha convertido en cera. Muchos de nosotros estamos ante ustedes como monumentos vivientes de lo que el Espíritu Santo puede hacer, y podemos asegurarles por nuestra propia experiencia que no hay ningún mal interior que Él no pueda vencer, ningún deseo impuro de la carne que no pueda someter, ninguna obcecación que no pueda derretir. ¿Hay algo demasiado difícil para el Señor? ¿Se ha acortado el Espíritu de Jehová? Sin duda ningún pecador puede estar más allá de las posibilidades de misericordia cuando el Espíritu Santo condesciende a ser el agente de la conversión de una persona.

Oh pecador, si tú pereces, no se deberá a que el Espíritu Santo carezca de poder, o a que la sangre de Jesús carezca de eficacia, o a que el amor del Padre falle; se deberá a que tú no creíste en Cristo, y a que te resistes en una rebelión deliberada, rechazando el abundante pan de vida colocado delante de ti.

Les diré unas cuantas frases breves sobre otras cosas, que servirán para mostrarles aún más la grandeza de la provisión de la misericordia divina. Observen bien que a lo largo de todas las edades Dios ha enviado a un profeta tras otro, y a esos profetas siguieron los apóstoles, y éstos han sido sucedidos por mártires y confesores, y pastores y evangelistas y maestros; todos ellos han sido comisionados por el Señor en una sucesión regular; ¿y cuál ha sido el mensaje que han tenido que proclamar? Todos han mostrado a Cristo, el grandioso liberador. Moisés y todos los profetas hablaron de Él, y lo mismo han hecho todos los embajadores enviados verdaderamente por Dios.

¿Piensas tú, pecador, que Dios ha provocado toda esta agitación acerca de una nimiedad? ¿Ha enviado a todos estos siervos para invitarte a una mesa que está insuficientemente provista? ¿Acaso ha multiplicado Sus invitaciones a lo largo de un tiempo tan prolongado para invitarte a ti y a otros a venir a una provisión que no es, después de todo, suficiente para todos? ¡Oh, no puede ser! Dios no es burlado, ni tampoco se burla de las pobres almas necesitadas. Los acopios de Su misericordia son suficientes para las emergencias más extremas.

“Aquí ríos de amor y de misericordia

Se juntan en un rico océano;

La salvación fluye en abundancia,

Como torrentes de vino y leche.

Gran Dios, los tesoros de Tu amor

Son minas sempiternas,

Profundas como nuestras desvalidas miserias,

E ilimitadas como nuestros pecados”.

Además, recuerda que le ha agradado a Dios poner en juego Su honor sobre el Evangelio. Los hombres desean un nombre, y Dios es también celoso de Su gloria. Ahora, ¿qué le ha agradado a Dios seleccionar por Su nombre? ¿No es acaso la conversión y salvación de los hombres? Cuando en lugar de la ortiga crezca el arrayán, y en lugar de la zarza crezca el ciprés, será a Jehová por nombre, por señal eterna que nunca será raída. ¿Y piensas tú que Dios recibirá un nombre por salvar a ‘pecadorcitos’ por medio de un ‘Salvadorcito’? ¡Ah!, Su grandioso nombre le viene a consecuencia de lavar manchas tan negras como el infierno, y de perdonar a pecadores que fueron los más inmundos de los inmundos. ¿Hay por casualidad aquí algún rebelde monstruoso que esté calificado para glorificar a Dios grandemente, porque su salvación será la admiración de los ángeles y el pasmo de los demonios? Espero que lo haya.

Oh, tú, pecador degradado, negro y detestable, que estás cerquísima de ser un pecador condenado, si esta voz pudiera alcanzarte, te reto a que vengas y compruebes si la misericordia de Dios no es una digna rival de tu pecado. Tú, pecador tan grande como Goliat, ven aquí; descubrirás que Dios puede eliminar tu enemistad, y hacerte todavía Su amigo y un siervo más amoroso y adorador, porque un gran perdón engendrará un gran amor. Tal es la grandeza de la divina misericordia que “cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia”.

Además, ¿piensas tú, oh pecador, que Jesucristo salió del cielo para realizar un acto insignificante, y para suministrar una exigua provisión de misericordia? ¿Piensas tú que subió al Calvario y que descendió al sepulcro, todo para hacer simplemente algo común, y proveer una salvación restringida, estrecha y limitada, del tipo que tu incredulidad imaginaría que es Su redención? No. Hablamos de los trabajos de Hércules, pero esos fueron juegos de niños comparados con los trabajos de Cristo que mató al león del infierno, que hizo correr un torrente purificador a través de los establos de Augías del pecado del hombre, y los limpió, y que además llevó a cabo diez mil milagros; ¿y depreciarás tú a Cristo como para imaginar que lo que ha logrado es, después de todo, tan poco, que no basta para salvarte? Si estuviese en mí poder identificar al hombre que ha sido el más deshonesto, el más licencioso, el más borracho, el más profano, en tres palabras, el más: terrenal, sensual y diabólico, yo repetiría el reto que acabo de presentar, y le pediría que se acercara a Jesús, y viera si la fuente repleta de la sangre expiadora de Cristo no puede lavarlo con la máxima blancura. Yo lo reto en este instante a venir y a arrojarse a los pies del amado Redentor, y a ver si le dice: “Yo no puedo salvarte pues has pecado más allá del alcance de mi poder”. Eso no sucederá nunca, nunca, nunca, pues Él es capaz de salvar al máximo. Él es un Salvador, y es un Salvador grandioso. Cristo será honrado por la grandeza de la gracia que concede a los peores ofensores. En Él hay “abundancia de perdón”.

Debo abandonar este punto pero no puedo hacerlo sin agregar que pienso que la expresión: “ABUNDANCIA DE PAN” podría ser adoptada como lema del Evangelio. Yo creo en la redención particular y creo que Cristo entregó Su vida por Sus ovejas; pero, tal como ya lo he dicho, no creo en el valor limitado de esa redención; ¿de qué otra manera podría leer las palabras de Juan: “Él es la propiciación por nuestros pecados, y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo”? Hay una porción segura para Sus propios elegidos pero hay además “de sobra”. Yo creo en el amor elector que ha de salvar a todos los que se ha propuesto salvar: “suficiente pan”; pero yo creo en la benevolencia ilimitada: “Pan suficiente y de sobra”. Nosotros, cuando tenemos que cumplir algún propósito, aplicamos la cantidad requerida de fuerza y nada más, pues debemos economizar y no debemos desperdiciar nuestra limitada reserva; incluso la caridad da al hombre pobre nada más lo que perentoriamente necesita; pero cuando Dios alimenta a la multitud, Él adereza mesa con imperial largueza. Nuestra carreta del agua recorre de un extremo al otro la ruta favorecida, pero cuando las nubes del cielo quieren favorecer los campos del hombre justo, anegan naciones enteras e incluso se derraman sobre el mar. Con Dios no hay ningún desperdicio real; pero al mismo tiempo no hay ninguna restricción. “ABUNDANCIA DE PAN”. Escribe esa inscripción sobre la casa de misericordia, y que todo viandante hambriento sea animado al verla a entrar y comer.

II.   Ahora debemos proseguir a una segunda consideración y reflexionar muy brevemente sobre ella. De acuerdo al texto, no sólo había abundante pan en la casa, sino que LOS DE MÁS BAJO RANGO EN LA CASA DEL PADRE GOZABAN DE ALIMENTO SUFICIENTE Y DE SOBRA.

Nunca podríamos hacer que una parábola tenga una equivalencia completa en todo sentido; por tanto, no podemos encontrar la contraparte exacta de los “jornaleros”. Yo entiendo que el hijo pródigo quiso decir ésto: que el más insignificante de los siervos empleados por su padre tenía pan para comer, y tenía “pan suficiente y de sobra”. Ahora, ¿cómo deberíamos traducir eso? Bien, pecador, la más baja criatura que Dios ha creado, que no ha pecado contra Él, está bien provista y goza de abundante dicha. Hay adaptaciones para el placer en las organizaciones de los animales inferiores. Vean cómo danzan los mosquitos en el rayo de sol veraniego; oye a las golondrinas cuando gorjean con deleite mientras baten sus alas. Aquel que cuida de los pájaros y de los insectos seguramente habrá de cuidar de los hombres. Dios que oye a los cuervos cuando claman, ¿no habría de oír al penitente que retorna? Él da felicidad a estos insectos; y ¿tendría el propósito de que yo fuera desdichado? Seguramente Aquel que abre Su mano y da provisión para suplir la carencia de todo ser vivo, no rehusaría abrir Su mano y proveer para mis necesidades si yo buscara Su rostro.

Sin embargo no he de convertir a estas criaturas inferiores en los jornaleros. ¿A quiénes he de seleccionar entre los hombres? Lo expresaré así. Los más grandes pecadores que han venido a Cristo han encontrado gracia “en abundancia”, y los santos más insignificantes que moran en la casa del Señor encuentran amor “en abundancia”. Tomen entonces a los más culpables de los pecadores, y vean cuán generosamente los trata el Señor cuando se vuelven a Él. ¿Acaso algunos de ustedes, que son todavía inconversos, no conocieron alguna vez a personas que eran por lo menos tan malas, y tal vez hasta más inmorales exteriormente que ustedes mismos? Bien, esas personas han sido convertidas, aunque ustedes no lo fueran; y cuando fueron convertidas, ¿cuál fue su testimonio? ¿Sirvió la sangre de Cristo para limpiarlos? Oh, sí, e hizo algo más que limpiarlos, pues les añadió una belleza que no les pertenecía. Una vez estuvieron desnudos; ¿fue capaz Jesús de vestirlos? ¿Había una cubierta suficiente en Su justicia? ¡Ah, sí! Y se les añadió un adorno; no recibieron una ropa cualquiera, sino un manto real. Si has visto que otros han sido tratados tan generosamente, ¿no te induce ésto a venir tú también?

Algunos de nosotros no necesitamos limitar nuestros comentarios a hacer referencias sobre otras personas, pues podríamos hablar personalmente acerca de nosotros mismos. Venimos a Jesús tan llenos de pecados como podrían estarlo ustedes jamás, y nos sentíamos perdidos y arruinados más allá de toda medida; pero, ¡oh, Su tierno amor! Yo preferiría pararme aquí y llorar, que hablarles de los pecados. Mi alma se derrite de gratitud cuando pienso en la misericordia infinita de Dios para conmigo en aquella hora cuando vine para buscar en Sus manos la misericordia. Oh, ¿por qué no habrías de venir? ¡Que Su Santo Espíritu te atraiga dulcemente! Yo comprobé que había pan en abundancia, misericordia en abundancia, perdón en abundancia, y de sobra. Ven tú también, ven tú también, pobre hombre culpable; ven, pues hay suficiente lugar para ti.

Ahora, si el peor de los pecadores da este testimonio, así también lo hace el más oscuro de los santos. Si pudiéramos llamar de su asiento a un débil creyente en Dios, que sea casi desconocido en la iglesia, a alguien que se cuestione algunas veces si es en verdad un hijo de Dios, y que estuviera deseoso de ser un jornalero en tanto que pudiera pertenecer a Dios, y si yo le preguntara: “Ahora, después de todo, ¿cómo te ha tratado el Señor?” ¿Cuál sería su respuesta? Tú tienes muchas aflicciones, dudas y temores, pero ¿tienes algunas quejas en contra de tu Señor? Cuando has confiado en el Señor para recibir tus gracias cotidianas, ¿te las ha negado? Cuando has estado repleto de problemas, ¿te ha rehusado el consuelo? Cuando has estado sumergido en la angustia, ¿ha declinado liberarte? El Señor mismo pregunta: “¿He sido yo un desierto para Israel?” Ustedes que son pueblo, testifiquen contra el Señor si tienen algo en contra Suya. Oíd, cielos, y escucha tú, tierra; quienquiera que esté en el servicio de Dios que hubiere descubierto que es un capataz severo, que hable. Entre los ángeles delante del trono de Jehová, y entre los redimidos en la tierra, si hubiere alguno que pudiera decir que ha sido tratado injustamente o tratado con malacrianza despectiva, ¡que alce su voz! Pero no hay nadie. Incluso el propio demonio, cuando habló de Dios y de Su siervo Job, preguntó: “¿Acaso teme Job a Dios de balde?” Por supuesto que no; Dios no permitirá que Sus siervos le sirvan de balde; les pagará salarios superabundantes, y todos ellos darán testimonio de que en Su mesa hay “abundancia de pan”. Ahora, si éstos gozan todavía del pan de la casa del Padre, éstos que una vez fueron grandes pecadores, éstos que sólo son ahora santos muy comunes, seguramente, pecador, ésto debería animarte a decir: “Me levantaré e iré a mi Padre”, pues Sus jornaleros tienen “abundancia de pan”.

III.   En tercer lugar, noten que el texto se concentra en LA MULTITUD DE AQUELLOS QUE TIENEN “ABUNDANCIA DE PAN”. El hijo pródigo pone un énfasis sobre la palabra: “¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre!” Pensaba en sus grandes números y los contaba. Pensaba en quienes cuidaban del ganado, en quienes salían con los camellos, en quienes guardaban las ovejas, en quienes cultivaban los granos y en quienes atendían la casa; pasó revista de todos ellos en su mente; su padre era grande en la tierra, y poseía muchos siervos; sin embargo, él sabía que todos ellos gozaban del mejor alimento “en abundancia”. ¿Por qué habría de morir de hambre? De todas maneras yo soy sólo uno; aunque mi hambre pareciera insaciable, no es sino un vientre el que debe ser llenado, y, he aquí, mi padre llena cientos y miles cada día; ¿por qué habría de morir de hambre?”

Ahora, oh, tú, pecador despierto, tú que en verdad sientes tu pecado y tu miseria esta mañana, piensa en los números sobre quienes Dios ha derramado ya Su gracia. Piensa en las huestes incontables en el cielo; si fueras introducido ahí hoy, encontrarías tan fácil contar las estrellas, o las arenas del mar, como contar las multitudes que están delante del trono incluso ahora.

Han venido del este y del oeste, y están sentados con Abraham, con Isaac y con Jacob, y hay espacio suficiente para ti. Y además de los que están en el cielo, piensa en quienes están en la tierra. Bendito sea Dios, yo creo que Sus elegidos en la tierra han de ser contados por millones, y vienen los días, días más brillantes que éstos, cuando habrá multitudes y más multitudes conducidas a conocer al Salvador, y a regocijarse en Él. El amor del Padre no es únicamente para unos cuantos, sino para un grupo sobremanera grande. Un número que ningún hombre podría contar será encontrado en el cielo; ahora, un hombre puede contar una cantidad muy grande. Si pusieran a trabajar a sus ‘Newtons’ (calculistas), a sus calculadoras, podrían contar grandes números, pero Dios y sólo Dios conoce a la multitud de Sus redimidos.

Ahora, pecador, tú eres sólo uno, de todas maneras, a pesar de ser un gran pecador, y la misericordia de Dios que abraza a millones debe albergar espacio suficiente para ti. En relación al mar que contiene a las ballenas y a los seres innumerables que se mueven, ¿acaso dices tú: “inundaría sus riberas si yo me bañara allí”? En relación al sol que baña el universo con luz, ¿podrías tú decir: “agotaría sus rayos si le pidiera que iluminara mi oscuridad”? No digas eso. Si entras en razón, no tolerarías un pensamiento así, sino que recordarías con esperanza la riqueza de la gracia del Padre, aunque tu propia pobreza te mire a la cara.

Para terminar, vamos a agregar unas cuantas palabras, palabras concluyentes e impactantes para algunos de ustedes a quienes Dios ha enviado Su mensaje esta mañana, y a quienes tiene la intención de salvar.

¡Oh, ustedes, que han oído el Evangelio durante largo tiempo y que lo conocen bien en teoría, pero que no han sentido nada de su poder en sus corazones, permítanme recordarles ahora dónde están y qué son! Ustedes están pereciendo. Vive Jehová, que sólo hay un paso entre ustedes y la muerte; sólo un paso, es más, sólo un aliento entre ustedes y el infierno.

Pecador, si en este instante tu corazón cesara de latir -y hay mil causas que podrían producir ese resultado antes de que el reloj dé su próximo tictac- tú estarías en las llamas de la ira divina. ¿Puedes tolerar estar en tal peligro? Si estuvieras colgado de una roca, por medio de una delgada hebra que pronto se ha de romper, y si cayeras de cabeza a un terrible precipicio, tú no dormirías, sino que estarías lleno de alarma. Que tuvieras el suficiente sentido, el discernimiento suficiente y la gracia suficiente para estar alarmado hasta escapar de la ira venidera.

Sin embargo, recuerda que mientras estás pereciendo, estás pereciendo a la vista de la abundancia; te estás muriendo de hambre ahí donde está aderezada abundantemente una mesa; y peor aún, hay algunas personas a quienes conoces que están sentadas ahora a esa mesa y festejan. ¡Qué triste perversidad es que un hombre persista en privarse de comida en medio de un banquete, precisamente donde otros están siendo regalados con buenas cosas!

Pero me parece que te oigo decir: “Me temo que no tengo ningún derecho de venir a Jesús”. Te voy a preguntar ésto: ¿tienes algún derecho de decir eso mientras no se te haya negado nada? ¿Trataste alguna vez de venir a Cristo? ¿Te ha rechazado alguna vez? Entonces si no has recibido jamás una repulsa, ¿por qué imaginas perversamente que Él habría de repelerte? Perversamente, digo, pues imaginar que Él podría repeler a un penitente es una ofensa contra el Cristo que abrió Su corazón sobre la cruz. ¿Tienes algún derecho a decir: “Pero yo no soy uno de esos para quienes es provista la misericordia”? ¿Quién te dijo eso? ¿Has ascendido al cielo y leído los registros secretos de la elección de Dios? ¿Te ha revelado el Señor un extraño decreto, y te ha dicho: “Márchate y pierde la esperanza, pues no voy a tener ninguna piedad de ti”? Si tú dijeras que Dios habló así, yo no te lo creería. En este libro sagrado está registrado lo que Dios ha dicho; aquí está la palabra cierta del testimonio, y en él encuentro que no ha sido dicho por ningún humilde buscador que Dios lo ha dejado fuera de Su gracia. ¿Por qué tienes un derecho de inventar una ficción así para alcanzar tu propia condenación? En lugar de eso, hay mucho en la palabra de Dios y en otros lugares para animarte a que vengas a Cristo. Él no ha repelido todavía a ningún pecador; para comenzar, eso es bueno; y no es probable que lo hiciera, pues ya que murió para salvar a los pecadores, ¿por qué habría de rechazarlos cuando buscan ser salvados?

Tú dices: “Tengo miedo de venir a Cristo”. ¿Es sabio eso? Me he enterado de un pobre navegante que había sido convertido y que tenía muy poca educación, pero que conocía la gracia de nuestro Señor Jesucristo, y cuando estaba agonizando, muy alegre y gozosamente anhelaba partir. Su esposa le dijo: “Hombre, ¿no tienes miedo de presentarte delante del Juez?” “Mujer”, -respondió él- “¿por qué habría de tener miedo del hombre que murió por mí?”

Oh, ¿por qué habrías de tener miedo tú de Cristo, que murió por los pecadores? La idea de tenerle miedo ha de ser desterrada por el hecho de que Él derramó Su sangre por los culpables. Tú tienes mucha razón para creer, a partir del propio hecho de que murió, que te ha de recibir. Además, tienes Su palabra para ello, pues Él dice: “Al que a mí viene, no le echo fuera”, por ninguna razón, de ninguna manera, en ninguna ocasión, bajo ninguna pretensión y por ningún motivo. “No le echaré fuera”, dice el original. “Al que a mí viene, no le echo fuera”. Tú afirmas que es demasiado bueno para ser cierto que haya perdón para ti; ésto sería medir insensatamente el grano de Dios con tu almud ya que parece ser algo demasiado bueno para ser recibido por ti; te imaginas que es demasiado bueno para que Dios lo otorgue. La grandeza de las buenas nuevas ha de ser una razón para creer que las nuevas son ciertas, pues así es con Dios.

“¿Quién es un Dios perdonador como Tú? O ¿quién tiene gracia tan rica y gratuita?”

Debido a que el Evangelio nos asegura que Él perdona grandes pecados por medio de un gran Salvador, parece ser verdad, puesto que Él es un Dios muy grande.

¿Cuál debería ser el resultado de todo ésto para todo pecador aquí presente en este momento? Yo pienso que estas buenas nuevas deberían despertar a aquellos que casi se han quedado dormidos por causa de la desesperación. Los marineros han estado sacando con bombas el agua del barco, las fugas están prevaleciendo, el barco se está hundiendo y el capitán está persuadido de que va a naufragar. Deprimido por esas malas noticias, los hombres rehúsan trabajar, y como los botes están todos desfondados y no pueden construir una balsa, se entregan a la desesperación. En breve el capitán les tiene mejores noticias. “El barco flotará”, les dice; “el viento está amainando también, las bombas contienen el agua, y la fuga puede ser tapada todavía”. Vean cómo trabajan; ¡con cuánto valor y buen ánimo trabajan, porque hay esperanza! ¡Alma, hay esperanza! ¡Hay esperanza! ¡HAY ESPERANZA!, para la ramera, para el ladrón, para el borracho.

“No hay esperanza”, dice Satanás. Tú eres un mentiroso; regrésate a tu guarida; para ti no hay esperanza, pero para el hombre caído, aunque esté hundido hasta el cuello en el cieno del pecado, aunque esté a las puertas de la muerte, hay esperanza mientras viva. Hay esperanza en el Salvador para las almas desesperadas.

En adición a despertarnos, ésto debería elevar los pensamientos del pecador. Hace algunos años un barrendero de las calles en Dublín, estaba en una esquina con su escoba, y muy probablemente sus más elevados pensamientos consistían en mantener el cruce limpio, y esperar el centavo que le darían. Un día, un abogado puso su mano sobre su hombro, y le dijo: “Mi buen amigo, ¿sabes que eres heredero de una fortuna que produce diez mil libras al año?” “¿Lo dice en serio?”, preguntó el barrendero. “En efecto”, le respondió. “Acabo de recibir esa información; estoy seguro de que tú eres el hombre”. Se alejó, y se olvidó de su escoba. ¿Estás sorprendido? Vamos, ¿quién no habría olvidado un escoba al convertirse súbitamente en el poseedor de una renta de diez mil libras al año?

Así, yo ruego que algunos pobre pecadores, que han estado pensando en los placeres del mundo, cuando oigan que hay esperanza, y que hay un cielo que puede obtenerse, olviden los engañosos placeres del pecado, y vayan en pos de cosas mejores y más excelsas.

¿No debería purificar también la mente? El hijo pródigo, cuando dijo: “Me levantaré e iré a mi padre”, fue reformado en alguna medida desde aquel preciso instante. ¿Cómo?, preguntas tú. Pues bien, abandonó el comedero de los cerdos; y más todavía, dejó la copa de vino, y dejó a las rameras. No acudió con la ramera tomada de su brazo ni con la copa de vino en su mano, diciendo: “Voy a llevar estas cosas conmigo, e iré a mi padre”. Eso no podía ser. Todas esas cosas fueron abandonadas, y aunque no poseía ninguna bondad que llevar consigo, con todo, no trató de mantener sus pecados y venir a Cristo.

Voy a concluir con esta observación, porque servirá como un tipo de caveat (advertencia), y será una palabra apropiada para sazonar las amplias invitaciones del Evangelio gratuito. Me temo que algunos de ustedes utilizarán indebidamente el Evangelio, y se atreverán a tomar la cruz y a usarla para que sea una horca para sus almas. Si Dios es tan misericordioso, ustedes irán y pecarán todavía más; y debido a que la gracia es otorgada gratuitamente, ustedes continuarán en el pecado para que la gracia sobreabunde. Si hicieran eso, yo quisiera recordarles solemnemente que no tengo gracia para predicarles a personas como ustedes. “Su condenación es justa”, es la palabra de la inspiración y la única que conozco que es aplicable a personas como ustedes; pero a toda alma necesitada y culpable que desee un Salvador se le dice hoy que crea en Jesús, esto es, que confíe en la sustitución y en el sacrificio de Cristo, que confíe que tomará su pecado y lo borrará; que confíe en que tomará su alma y la salvará. Confía en Cristo enteramente, y serás perdonado en este preciso instante; eres salvado en este mismo momento, y puedes regocijarte en el hecho de que siendo justificado por fe tienes paz con Dios por medio de Jesucristo nuestro Señor. Oh, vengan ustedes, vengan ustedes, vengan ustedes; vengan y sean bienvenidos; vengan ahora a la sangre del Redentor. Espíritu Santo, fuérzalos a entrar, para que la casa de la misericordia se llene. Amén y Amén.

Se le solicita al lector, si fuese un creyente en Cristo, que se una con el predicador para alabar al Señor por la gracia dada tan abundantemente en conexión con estos sermones. Este es el número mil de la serie de sermones que hemos publicado consecutivamente semana tras semana, y cuya circulación ha continuado aumentando. Muchos de estos discursos han sido reimpresos en los Estados Unidos, y también han sido traducidos al alemán, al sueco, al holandés, al italiano y al galés. Algunos de ellos han sido publicados también en húngaro, en ruso, en danés, es español, en telugú, en malgache, en maorí y en galés. De su efecto, por la bendición del Espíritu de Dios, miles en el cielo y en todas partes de la tierra, son gozosos testigos. Si nosotros no alabáramos a Dios por tal misericordia, las piedras clamarían. C. H. Spurgeon.