Si alguien nos visita por primera vez en alguno de nuestros cultos en el Día del Señor posiblemente se haga esta pregunta: ¿Porque al finalizar el sermón no hacemos el “Llamado al altar”?

A continuación, diré los motivos:

El llamado al altar nunca fue una práctica de la Iglesia primitiva ni una ordenanza de los apóstoles. En la Biblia no vemos un mandato que diga: “Al terminar tu sermón harás el llamado al altar”. Es decir, esta práctica no es bíblica.

El altar en el Antiguo Testamento era el lugar donde se hacían sacrificios para cubrir los pecados. Hoy no tendría ningún sentido realizarlo, por qué sería como representar un sacrificio una y otra vez. Cuando la Biblia dice que Cristo realizó el sacrificio único y completo en la cruz del calvario.

Durante los primeros 18 siglos de la historia del cristianismo, el llamado al altar nunca fue una práctica eclesiástica, no existía en absoluto.

Esta práctica fue introducida al cristianismo en el siglo XIX por Charles Finney, un conocido “evangelista” de la época, quién tuvo un concepto distorsionado del Evangelio y en general tuvo una teología confusa.

Esta ha sido una práctica de personajes con mala reputación en cuanto a su predicación del Evangelio tales como Charles Finney, Billy Graham, Benny Hinn, Cash Luna. Y es una práctica realizada por predicadores con un pobre entendimiento del Evangelio verdadero.

El nombre de Dios no es glorificado y es tomado en vano cuando se realizan prácticas en la Iglesia que Él no ha ordenado en su palabra, y el llamado al altar es una de ellas.

El acto espiritual de venir a Cristo en arrepentimiento y fe ha sido reemplazado por el rito humano de venir al altar de un supuesto dios y repetir una oración.

En la Biblia se menciona al bautismo como primera evidencia de una profesión de fe. Sin embargo, los que realizan esta práctica consideran el haber pasado por el llamado al altar como primera profesión de fe.

La obra del Espíritu Santo para convertir a las personas es reemplazada por la “obra” del predicador para forzarlas a tomar “su decisión”.

El llamado al altar es una manipulación psicológica y emocional, en ella se carga de una culpa innecesaria al oyente, al decir astutamente y en forma implícita que “el que no sale al frente es porque no quiere a Cristo y/o está en pecado o en rebeldía”.

Pretender forzar a la gente a que pase obligatoriamente al frente mediante el “llamado al altar” es una demostración de la poca confianza en la obra regeneradora del Espíritu Santo.

El llamado al altar es considerado el momento más importante del servicio dominical. Cuando en realidad lo más importante debe ser la predicación expositiva de la Palabra de Dios.

El llamado al altar es asociado a la conversión sin sustento bíblico. Por eso el decir x cantidad de personas pasaron al altar es lo mismo que decir x cantidad de personas fueron convertidas.

Se engaña a las personas haciéndoles creer qué es el llamado de Dios, y que pueden ser salvos solo por alzar la mano, pasar al frente y repetir una oración sincera.

Crea falsa seguridad de salvación, porque muchas personas confían en su decisión que tomaron en el llamado al altar, en vez de confiar plenamente en el sacrificio único y perfecto de Cristo en la cruz.

Los oyentes, aunque lo niegues con su boca, consideran en sus mentes que el único momento para alcanzar salvación es solo los domingos durante el llamado al altar.

El llamado al altar ha hecho creer a las personas que existe un lugar sagrado dentro del edificio dónde se congrega la Iglesia, que generalmente asocia al púlpito como un lugar sagrado y cercano a la presencia de Dios.

El testimonio del Espíritu Santo para confirmarles a los convertidos que son salvos es reemplazado por la afirmación del predicador quien declara salvos a todo aquel paso al altar y repitió una oración.

Es una práctica del falso evangelio del decisionismo.

Estas son las razones por las que no practicamos el “llamado al altar” al finalizar nuestra predicación de la Palabra de Dios.