“Y comerán aquellas cosas con las cuales se hizo expiación, para llenar sus manos para consagrarlos; mas el extraño no las comerá, porque son santas.” — Éxodo 29: 33.

Durante dos domingos consecutivos por la mañana, he hablado en lo relativo a los sacrificios bajo la ley. Nuestro primer tema fue: “La Mano Puesta sobre la Cabeza del Holocausto” (Sermón No. 1771) y el siguiente fue, “El Becerro Degollado” (No. 1772). Ahora proseguiremos, y hablaremos acerca del mandato de comer del sacrificio, pues en ciertos casos el oferente comía una porción del sacrificio que había sido presentado a Dios.

Algunas personas que son especialistas en elaborar interesantes distinciones, han dicho que no se comía del sacrificio que tuviera alguna conexión con el pecado. Me permito diferir de tal opinión, y yo les he demostrado que cada sacrificio tenía relación con el pecado, pues no se hubiera requerido ningún sacrificio si la persona que lo ofrecía no hubiera sido un pecador; y aquí, en este caso, yo hubiera podido seleccionar muchos textos para enseñar la verdad que quiero presentar precisamente ahora, pero he elegido especialmente este, porque dice: “comerán aquellas cosas con las cuales se hizo expiación.”

Todos ustedes saben que quienes están desnudos o quienes necesitan esconderse, tienen la necesidad de cubrirse; así, la expiación, o cubierta, es evidentemente provista para el culpable, y tiene algo que ver con el pecado; pero los hijos de Aarón tenían que comer de las cosas con las cuales se hacía la expiación, así que tenía que haber una comida, una gozosa recepción dentro de nosotros de aquellas cosas que tienen una conexión con lo que quita el pecado.

La primera cosa que un oferente hacía con su víctima cuando la traía, era apropiarse de ella poniendo sus manos sobre ella. Así, cuando un pecador viene a Cristo, su primer acto es poner sus manos sobre Cristo, para que pueda mostrarse que Cristo pertenece al pecador, y que la culpa del pecador es transferida a Cristo, y es llevada por Él como Sustituto del pecador. En la vida posterior, debemos mirar a Cristo continuamente, y por medio de la fe debemos poner nuestra mano sobre Él; pero debemos avanzar a una forma de apropiarnos de Él que es mucho más viva e intensamente espiritual. Esto es indicado en el texto por medio del verbo comer.

“Hay vida en una mirada al Crucificado.”
Pero, después que has comenzado a vivir, la sustancia de esa vida proviene de alimentarse del sacrificio. La primera apropiación (la imposición de manos) es un acto externo; pero la apropiación posterior (alimentarse del sacrificio, introducirlo dentro la persona) es completamente un asunto interno.

Tú, que todavía no eres salvo, no tienes nada que ver en este momento con este acto de comer el sacrificio; tu primera prioridad es mirar a Jesús, no tanto espiritualmente para gozarlo, sino por medio de la fe, mirarlo a Él como estando fuera de ti para ser contemplado por el ojo de la fe, mientras tú, un pobre pecador culpable, simplemente lo miras y encuentras la salvación en Él. Es posteriormente, cuando hayas avanzado en la vida divina, cuando hayas visto claramente a la Víctima sacrificada, y hayas mirado Su sangre haciendo una expiación por tus pecados, que vendrás y te alimentarás de Jesucristo.

En el tiempo de la Pascua, el judío tenía que tomar primero el cordero, y lo mataba, y rociaba la sangre en los dos postes y en el dintel de su casa; y después de eso debía entrar, y cuando la puerta estaba cerrada, debía alimentarse de ese cordero cuya sangre había sido rociada afuera. Debía comer la cena de la Pascua para que pudiera ser fortalecido antes de comenzar su viaje a través del desierto.

Que no se les olvide esta distinción; comer el sacrificio no tenía por objetivo impartir la vida, pues ningún muerto puede comer, sino sustentar la vida que ya estaba allí. Una mirada de fe a Cristo te da la vida, pero la vida espiritual debe ser alimentada y sustentada, y la alimentación de esa vida es explicada por nuestro Salvador en las palabras que les acabo de leer, “Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero. Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida,” comida espiritual y bebida espiritual para sustentar la vida espiritual que Dios ha dado. Debido a esto fue ordenado, aun bajo la ley, que después que se hiciera la expiación, se consagrara y se santificara a los sacerdotes. Ellos debían ir y sentarse, y “comer aquellas cosas con la cuales se hizo expiación.”

I. La primera cosa sobre la que tengo que hablarles ahora es, LA PARTICIPACIÓN, comer del sacrificio.

Así pues, primero, voy a describirlo. Debemos “comer aquellas cosas con las cuales se hizo expiación,” para participar de Cristo, para integrarlo a nosotros. El acto de comer es un método muy común pero muy rico de expresar participación, pues es enteramente personal. Nadie puede comer por ti, o beber por ti; es personalmente para ti que tú participas del pan, y el pan se introduce en ti, para alimentarte, para ser asimilado por ti hasta convertirse en parte tuya; y, querido amigo, el Señor Jesucristo debe ser recibido así por ti en tu corazón y en tu alma, para ti, y debe permanecer dentro de ti, tú ejercitando sobre Él continuamente un acto de fe por medio del cual tú tienes comunión y compañerismo con Él.

Esto no puede hacerse por medio de un padrino, o de un apoderado, ni a través de ningún otro medio; debe ser hecho personalmente, directamente, y distintamente por ti. ¡Que Dios te ayude a recibir a Cristo dentro de ti! Ese punto, ciertamente, es lo suficientemente claro; así como el hombre recibe el alimento dentro de sí, para convertirse en parte de él, así tú y yo debemos recibir al Señor Jesús dentro de nosotros, para nosotros, para que sea entretejido con nosotros, de tal manera que nosotros dos seamos uno.

Esta participación no es solamente personal, pero es claramente interior. No se recibe a Cristo mediante algún ejercicio de la carne, por algo que podamos hacer externamente; es dentro de nosotros que debemos recibir a Cristo, en nuestro corazón, en nuestro espíritu. No debemos considerarlo solo, allá en la cruz, sino como formado en nosotros, la esperanza de gloria, como viniendo a nosotros para sentarse como Rey en Su trono, para reinar en nosotros, pues es en nuestra naturaleza más interna donde debemos recibir la verdad bendita concerniente a Cristo y Su expiación.

Y también es una recepción activa. Un hombre puede recibir ciertas cosas dentro de él, pasivamente. El aceite puede penetrar en su carne; ciertas medicinas pueden ser inyectadas bajo la piel, y así pueden penetrar en la sangre; pero comer es un ejercicio activo, algo que el hombre hace, no cuando está dormido, sino con la plena intención de introducir dentro de sí lo que come. Así deben recibir al Señor Jesucristo, alimentándose de Él voluntariamente, introduciéndolo activamente dentro de ustedes con el pleno consentimiento y el poder de todo su ser.

Ustedes saben, también, que comer nace de un sentido de necesidad, y lleva a un sentido de satisfacción. La mayoría de la gente come porque tiene hambre, aunque yo supongo que hay algunos que comen simplemente porque es la hora de comer, independientemente que necesiten alimento o no. Yo he oído que el mejor momento para que un hombre pobre coma es cuando puede obtener su alimento, y el mejor momento para que un hombre rico coma es cuando quiera comer; y yo pienso que eso tiene mucho de verdad. En esta comida espiritual, si ustedes se alimentan de Cristo cuando puedan tenerlo, pueden comenzar de inmediato. Lo que se necesita en la mayoría de los casos es un apetito; pero cuando un hombre tiene un apetito de Cristo, cuando dice: “debo obtener el perdón, pues yo soy un pecador; debo tener un nuevo corazón, pues el que tengo es malvado; debo tener vida espiritual, pues me encuentro en un estado de muerte espiritual,” entonces tiene el apetito que solamente Cristo puede satisfacer.

Entonces, cuando recibe a Cristo en su corazón, experimenta un sentido de satisfacción, como han visto muchas veces en el caso de una persona que ha disfrutado de una buena comida. No quiere más; se recuesta y está plenamente contento. ¡Oh, pero cuánta satisfacción trae Cristo al alma que se alimenta de Él! Cuando se han alimentado de Él, queridos amigos, cuán llenos están, no al punto de estar plenamente saciados, pues entre más reciben de Él, más aumentará Él la capacidad de ustedes, pero lo han recibido hasta la plenitud de la satisfacción. ¿Recuerdan ese Salmo donde David dice: “Como de meollo y de grosura será saciada mi alma, y con labios de júbilo te alabará mi boca”?

¡Oh, sí! y así sucede con nosotros cuando recibimos a Cristo en nuestro corazón, entonces estamos plenamente satisfechos; y este es el tipo de participación que está indicado en nuestro texto. Debemos “comer aquellas cosas con las cuales se hizo expiación,” debemos recibir a Cristo personalmente, interiormente, activamente, debido al hambre de nuestra alma, y al comerlo a Él nos lleva a una intensa satisfacción con Él. ¿Necesitan otro Salvador, ustedes que han recibido a Cristo Jesús en sus almas? Sé que no lo necesitan. ¿Hay algo, después de todo, que ustedes quisieran añadir al bendito Señor y a Su obra divina? Sé que no existe ese algo, pues, “vosotros estáis completos en él,” perfectamente satisfechos con Cristo Jesús, llenos hasta el borde de todas las bendiciones espirituales.

Así he tratado de describir esta participación, y ahora quiero que ustedes la practiquen. Observen que el texto dice: “Comerán aquellas cosas con las cuales se hizo expiación.” Entre “aquellas cosas” había carne, había pan en la canasta, y otras cosas; y ellos debían comer de esas cosas. Yo deduzco de este mandato que tú y yo debemos esforzarnos por alimentarnos de todo lo que constituye la expiación, y de todo lo que está conectado con la expiación. Por ejemplo, alimentémonos del amor del Padre que dio al Señor Jesucristo para que se desangrara y muriera. Después alimentémonos de la Persona divina del Señor Jesús. ¡Oh, cuán bendito es ese pan! ¿De qué me sirve un Salvador si no es divino? Yo estoy seguro que nada que no sea la Divinidad podrá salvar jamás del pecado en que se encuentra sumida un alma como la mía; pero Cristo es “Dios verdadero de Dios verdadero,” así que yo me alimento de esa gloriosa verdad. ¿No harán ustedes lo mismo, queridos amigos? Después aliméntense de Su perfecta humanidad, hueso de nuestro hueso y carne de nuestra carne, nacido de una madre humana, tan verdadero hombre como nosotros. ¡Oh, hay mucho alimento que satisface en la bendita doctrina de la verdadera e indisputable humanidad de nuestro Señor Jesucristo!

Entonces, cuando se hayan alimentado de la divinidad de Cristo y de Su humanidad, aliméntense de Su buena voluntad con la que vino para salvarnos. Mucho antes que naciera en este mundo, Sus delicias estaban con los hijos de los hombres, y esperaba con gozo el tiempo de Su venida. “Entonces dije: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad, como en el rollo del libro está escrito de mí.” En el cumplimiento del tiempo Él vino, saltando sobre las montañas, pasando sobre las colinas, para salvar a Su pueblo. No es un Salvador renuente el que ha venido para salvarte a ti y a mí, amado. Aliméntate de esa dulce verdad. Piensa en el amor que estaba detrás de todo, el amor que tenía a Su iglesia y a Su pueblo, que lo llevó a hacer a un lado toda Su gloria, y tomar sobre Sí mismo toda nuestra vergüenza, renunciar al inefable esplendor de Su trono para ser clavado en esa cruz vergonzosa.

¡Oh, hermanos, hay un gran festín para el alma en el amor de Cristo! Esto es “crema en tazón de nobles.” Nunca hubo disponible un vino tan bueno, aún en las bodas de algún rey, como ese que el propio Cristo preparó, y nosotros le podemos decir a Él verdaderamente, “tú has reservado el buen vino hasta ahora.”

Ay, pero yo creo que hay alimento para nosotros en cada etapa de la pasión del Redentor. Hay dulces frutos que pueden ser recogidos aun en el oscuro huerto de Getsemaní; hay preciosos racimos de la vid que se encuentra en Gabata, el enlosado donde los azotes hicieron rodar las gotas sagradas. ¡Qué alimento hay para nuestras almas en el Calvario! Cada elemento de la muerte de nuestro Señor es sagrado; no queremos omitir ninguno de los detalles de Su sufrimiento, pues algunos impactan de una forma a la mente, y otros de otra; pero si recorremos toda la historia de nuestro Salvador, desde la agonía en Getsemaní hasta que dijo: “Consumado es,” encontraremos todo el camino lleno de alimento para nuestras almas. ¿Dónde hay pastos como esos que crecen en el Calvario? ¡Sarón, tú has sido superado con creces! ¡Oh llanuras que alimentaron a los rebaños de antaño, ustedes son áridas comparadas con esta pequeña colina donde el Salvador derramó Su sangre hasta la muerte!

Traten, queridos amigos cristianos, de alimentarse de todas estas cosas. No les pido que lo hagan en este instante, pero en aquellos momentos en que puedan dedicar una hora, o aun unos cuantos minutos, díganse a ustedes mismos: “Todo esto es alimento espiritual para mí. Debo alimentarme con “aquellas cosas con las cuales se hizo expiación.”

Antes de que pase al segundo punto, quiero decirles una cosa más acerca de esta participación que, yo pienso, la ennoblece, y la levanta completamente por encima del lugar común, es decir, que esta alimentación de los sacerdotes, de los sacrificios, o si nos referimos a los sacrificios de paz, la alimentación del propio oferente, era en comunión con Dios. Cuando se ofrecía el sacrificio, una parte era quemada en el altar; esa era la porción de Dios. El altar representaba a Dios, y el Señor recibía la porción que era consumida por el fuego. En el texto que estamos estudiando hoy, vemos que el sacerdote también tomaba su parte; era una parte del mismo sacrificio, así que tanto Dios como el sacerdote se alimentaban de él.

Tú y yo, amado hermano, debemos alimentarnos con Dios de Cristo. Es una frase bendita de la parábola del hijo pródigo cuando el padre dice: “comamos y hagamos fiesta.” El padre se alimenta, y la familia se alimenta con él: “comamos y hagamos fiesta.” ¡Es de mucho gozo que recordemos que el Padre encuentra satisfacción en el trabajo y el mérito, la vida y la muerte del Unigénito! Con Jesús se agrada Dios, pues Él ha engrandecido la ley, haciéndola honorable; y eso que satisface el corazón de Dios es pasado para satisfacernos a ti y a mí ¡Oh, pensar que somos obsequiados de tal manera!

Ustedes recordarán que se dice de los que vivieron en otros tiempos, que subieron con Moisés y Aarón al monte, que “vieron a Dios, y comieron y bebieron.” Y ciertamente nosotros somos tan favorecidos como lo fueron ellos, pues ahora en Cristo Jesús contemplamos al Dios reconciliado, y en verdad comemos y bebemos con Él; y mientras el Padre sonríe porque la obra de expiación está consumada, nosotros nos sentamos, y también nos regocijamos. Nosotros pobres pecadores que lloramos, nos enjugamos las lágrimas y cantamos:

< "Bendito sea el Padre y Su amor,
A cuya fuente celestial debemos
Ríos de gozo arriba,
Y arroyos de consuelo aquí abajo.”
Si Dios está contento, nosotros también. Si el Juez de toda la tierra dice: “es suficiente,” nosotros también decimos: “es suficiente.” Nuestra conciencia sirve de eco al veredicto del Eterno. Cristo ha terminado con la trasgresión, y puso fin al pecado, y trajo justicia eterna, y por tanto nosotros gozamos del descanso más dulce imaginable en Él. El deleite del Padre está en Él, y el nuestro también. ¿Oh, quién de nosotros que conozca al Señor Jesús, se quedará ni siquiera por un momento fuera de esta bendita comida con Dios? “Comerán aquellas cosas con las cuales se hizo expiación, para llenar sus manos para consagrarlos.”

II. Esto me trae a mi segundo punto, que es un avance sobre el anterior, es decir, EL CARÁCTER OFICIAL DE ESTA PARTICIPACIÓN. En esta forma particular, la participación era únicamente para los sacerdotes.

Ahora, observen esto. El hijo de Dios, cuando se convierte, no sabe mucho acerca de ser un sacerdote, no sabe mucho acerca de hacer cualquier cosa por Cristo. He escuchado acerca de una buena mujer escocesa, cuya forma de hablar no puedo imitar, pero me gusta repetir el sentido de lo que dijo. Alguien le preguntó: “¿desde cuándo has sido una sierva del Señor?” Ella dijo: “no, no, más bien Él ha sido mi siervo, porque ¿no ha dicho Él: “Mas yo estoy entre vosotros como el que sirve.”? “¡Ah!” replicó el otro, “eso es verdad; pero aún así, tú has servido al Señor.” “Sí,” respondió ella, “pero es un trabajo tan pobre el que he hecho, que no me gusta pensar que he hecho algo por Él; y prefiero más bien hablar de todo el tiempo que Él ha estado haciendo algo por mí, en vez de cuánto tiempo yo he hecho algo por Él.” Eso es muy cierto; sin embargo, puesto que el Señor Jesús murió por nosotros, consideramos que todos morimos, y que Él murió por nosotros para que nosotros vivamos, no para nosotros, pero para Él; y así lo hacemos. Si el Señor realmente nos ha bendecido con Su amor, hemos comenzado a ser sacerdotes, y hemos comenzado a servirle.

Ahora, el sacerdote, debido a que es un sacerdote, es el hombre que tiene la responsabilidad de alimentarse del sacrificio. Pero, ¿cómo somos sacerdotes? No estoy hablando ahora de ministros, estoy hablando de todos los que aman al Señor. Cristo nos ha hecho a todos nosotros, los que creemos en Él, reyes y sacerdotes para Dios; no hay sacerdocio en el mundo que sea de Dios excepto el sumo sacerdocio de nuestro Señor Jesucristo, y, junto a eso, el sacerdocio que es común a todos los creyentes; y la idea que hay algún sacerdocio sobre la tierra por encima del sacerdocio de todos los creyentes, es una idea falsa, y no hay absolutamente ninguna Escritura que la vindique, que la justifique, o que la disculpe. Es una de las tantas mentiras de la vieja Roma.

Todos los creyentes son sacerdotes, pero no todos ellos reconocen plenamente esa grandiosa verdad. Es una lástima que no se den cuenta de ese glorioso hecho, porque se unirían a la alabanza del apóstol Juan, “Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre, y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre; a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén.”

Siendo sacerdotes deben, antes que nada, ofrecerse a sí mismos. ¿Qué dice el apóstol? “Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional.” Ahora, ustedes nunca harán eso a menos que se alimenten de Cristo. Yo nunca seré un sacrificio para Dios a menos que mi alma se alimente del sacrificio vivo y verdadero, Cristo Jesús mi Señor. Intentar la santificación aparte de la justificación, es intentar un imposible; y esforzarse por llevar una vida santa aparte de la obra de Cristo, es un sueño inútil. Ustedes sacerdotes que se ofrecen a ustedes mismos para Dios deben cuidarse que todo sea hecho por medio de Cristo que está en ustedes.

A continuación, debemos interceder por otros. El sacerdote era elegido para que ofreciera oraciones por otros, y cada cristiano debe orar por aquellos que lo rodean; pero ustedes nunca serán hombres de oración a menos que se alimenten de Cristo, estoy seguro de ello. Si Cristo no está en sus corazones, la oración de intercesión no estará en su boca. Nunca serán intercesores verdaderos ante Dios por los hombres a menos que ustedes se alimenten verdaderamente del sacrificio de expiación de Cristo.

Además, un verdadero sacerdote debe ser un maestro. El profeta Malaquías dijo: “los labios del sacerdote han de guardar la sabiduría;” y así debe ser con todos los cristianos. Ellos deben enseñar a otros. Pero ustedes no pueden enseñar a otros lo que ustedes mismos desconocen; y a menos que ustedes sean primero partícipes de los frutos, no podrán jamás sembrar la semilla. Deben alimentarse de Cristo en lo más interior de sus almas, pues de lo contrario nunca hablarán de Él a otros con algún poder.

Los sacerdotes eran elegidos de entre los hombres para que tuvieran compasión del ignorante, y de los que se desviaban del camino. Ese es también su deber, cristianos, cuidar a los débiles y a los que se han desviado, y tener compasión de ellos; pero, a menos que vivan del Salvador compasivo por fe, no podrán mantener la vida de compasión en sus propias almas. Si Cristo no está en ustedes, tampoco estarán ustedes en el espíritu de Cristo, llenos de amor hacia quienes necesitan su ayuda; pero viniendo frescos de la comunión con el Padre, y con Su Hijo Jesucristo, sus palabras de consuelo caerán dulcemente en los corazones afligidos, y los confortarán. Tendrán la lengua de un hombre instruido, y serán capaces de hablar palabras oportunas y dulces para los cansados. Por tanto, tengan siempre presente que deben alimentarse de Cristo.

Yo creo, también, que un hombre cristiano debe actuar como un sacerdote en representación de un mundo mudo y expresar la adoración de la creación. Él es quien debe cantar el himno de la creación; es su voz la que debe elevar los aleluyas del universo. El mundo carece de lengua. El mar allá, con todas sus rompientes olas, no habla una palabra articuladamente; aquellas estrellas con todo su brillo, no pueden decir la gloria de Dios en lenguaje humano, ni ciertamente en ninguna otra lengua. “No hay lenguaje, ni palabras, ni es oída su voz.”

Ni las dulces flores, ni siquiera los pájaros, pueden hablar de Él, que los hizo, con un lenguaje real y expresar su gratitud hacia Él; pero tú y yo tenemos una lengua, que es la gloria de nuestro cuerpo, y con esa lengua debemos abrir nuestras bocas por el mudo, y decir las alabanzas de Dios por toda la creación. Pongan mucho cuidado en hacerlo; ante ustedes está el mundo, como un grandioso órgano, listo para comenzar a tocar la música más dulce, pero él no puede tocarse solo.

Esas pequeñas manos tuyas, si son movidas por la vida celestial, serán colocadas sobre el teclado, y podrás arrancar acordes de poderosos aleluyas para Él que ha hecho todas las cosas, y sostiene todas las cosas por el poder de Su mano. Aliméntate de Cristo y podrás hacer esto, pues Él habla para revelar a Dios, y Él se convierte en la lengua de los hombres para el Padre. Vive de Él, y aprenderás el arte de hablar por la creación para el Creador.

III. Habré terminado después de observar muy solemnemente, en tercer lugar, LA PROHIBICIÓN ABSOLUTA: “comerán aquellas cosas con las cuales se hizo expiación; . . . mas”, “mas el extraño no las comerá, porque son santas.”

¿Quién era “el extraño” en un caso como éste? Todo mundo era extraño en el tema de los sacerdotes, excepto los que pertenecían al sacerdocio; y los extraños no podían participar de los sacrificios con los sacerdotes. La prohibición está claramente establecida en el capítulo 22 de Levítico, en el versículo 10: “Ningún extraño comerá cosa sagrada; el huésped del sacerdote,” es decir, un mero invitado, “y el jornalero, no comerán cosa sagrada.”

Escuchen: ustedes que sólo vienen a la casa de Dios a mirar, ustedes que no pertenecen a la familia, ustedes que sólo son huéspedes (bienvenidos como huéspedes) ustedes no pueden comer de las cosas sagradas. Ustedes no pueden gozar de Cristo, ustedes no pueden alimentarse de esa preciosa verdad vinculada con Él, pues ustedes son solamente huéspedes. Yo lo siento mucho, es la noche del primer domingo del mes, y pienso que algunos de ustedes deberían lamentar mucho y estar tristes, también. Vamos a tener la comunión, la cena del Señor; ustedes han estado escuchando el sermón, pero ustedes tienen que retirarse de la mesa, o tomar su lugar en medio de los espectadores. Ustedes sólo son huéspedes, ustedes no pertenecen a la familia, y no se atreven a profesar que sí pertenecen; ustedes sólo son unos huéspedes o unos extraños.

Y era lo mismo en el caso de un jornalero, él no podía comer de las cosas sagradas; y quien sólo sigue a Cristo por lo que pueda obtener de Él, quien trabaja para Cristo con la idea de tener méritos para la salvación, esperando que puede ganar lo suficiente para salvarse a sí mismo por sus obras, es únicamente como el jornalero de un sacerdote. Dice: “hago lo mejor que puedo, y creo que iré al cielo.” Sí, justamente eso, eres un jornalero, aunque el cielo parezca ser el salario que estás esperando; y tú no puedes comer de la cosa sagrada.

Ahora vean lo que está escrito en Levítico 22: 11: “Mas cuando el sacerdote comprare algún esclavo por dinero, éste podrá comer de ella.” ¿No es eso una bendición? Si el Señor Jesucristo te ha comprado con Su preciosa sangre, y tú por fe reconoces que no te perteneces a ti mismo, sino que has sido comprado por un precio, entonces puedes comer del sacrificio. “Mas cuando el sacerdote comprare algún esclavo por dinero,” (puede ser una persona muy rara, alguien por quien ni tú ni yo daríamos un centavo) pero si el gran Sumo Sacerdote ha comprado a cualquier alma con Su dinero, “éste podrá comer de ella.”

“Así como también el nacido en su casa podrá comer de su alimento.” Allí está la doctrina de la regeneración, así como la primera parte del versículo hablaba de la redención. Si has nacido de nuevo, y ya no estás más en la casa de Satanás, sino en la casa del gran Sumo Sacerdote, puedes venir y comer de este alimento espiritual. Si tienes la marca de la sangre, habiendo sido comprado por Cristo, y si tienes la marca de vida, habiendo recibido la vida del Espíritu Santo, y habiendo nacido a la familia de Cristo, entonces vamos. Aunque seas el más pequeño y el más débil de todos, ven y seas bienvenido.

Escuchen el siguiente versículo: “La hija del sacerdote, si se casare con varón extraño, no comerá de la ofrenda de las cosas sagradas.” Observen bien que es la hija del sacerdote; nadie niega eso, y ¿no participará la hija con el padre? No, no si está casada con varón extraño; ella porta ahora las características del marido, ella se ha entregado a él; ella no pertenece más a su padre, ella pertenece a su marido. Oh, ¿Hay alguien aquí presente que haya hecho alguna vez una profesión de religión, pero que se haya desviado? ¿Te has casado con el mundo? ¿Te has casado con las diversiones y quebrantas el domingo? ¿Te has casado lejos del Sacerdote, tu Padre, lejos de la iglesia de Cristo, lejos del pueblo de Dios? Entonces no podrás comer de las cosas sagradas.

Escuchen todavía otro versículo: “Pero si la hija del sacerdote fuere viuda o repudiada, y no tuviere prole y se hubiere vuelto a la casa de su padre, como en su juventud, podrá comer del alimento de su padre; pero ningún extraño coma de él.” Tal vez hay alguien aquí que diga, “soy viudo o viuda.” No me refiero a que tu esposo natural esté muerto, sino que el mundo se ha tornado muerto para ti. Fuiste y te casaste con el mundo por dinero, y lo has perdido; ahora estás pobre, las riquezas están muertas para ti. Eras una mujer muy hermosa, pero ahora tu rostro ha perdido su gracia, tu belleza está muerta. Todo mundo admiraba tu talento; pero ahora no tienes ningún talento, y todos te hacen a un lado. ¡Ah, bien, no lamento que el mundo te haya echado fuera y haya terminado contigo! Tal vez los hombres del mundo han dicho concerniente a ti: “no queremos tener nada que ver con él.” Ves, estás divorciado. Hace mucho tiempo, yo me divorcié del mundo; recibí mi certificado de divorcio muy rápidamente, cuando comencé a predicar el Evangelio en Londres.

Si valiera la pena, podría publicar algunas de las cosas falsas y crueles que los hombres decían; de acuerdo a ellos, yo era el más grande charlatán, el peor de los hipócritas y engañadores que haya vivido jamás. Ese fue mi certificado de divorcio; el mundo dijo: “he terminado contigo;” y yo respondí: “yo he terminado contigo;” y así nos separamos. No hubo muchas palabras de parte mía, pero hubo muchísimas palabras de parte de ellos. Bien, si así sucede con ustedes, si sienten que el mundo ha terminado con ustedes, y ustedes han terminado con el mundo, y quieren regresar a la casa de su Padre, como en los días de juventud, vengan; entren y coman de sus manjares deliciosos, aliméntense de Cristo en la tierra por fe, y luego suban y aliméntense de Él hasta quedar saciados en la gloria eterna. Pero tienen que alejarse de su cónyuge extraño, pues si son leales a él, tendrán que ser contados con aquello que su corazón anhela. Donde está su deleite, donde está su tesoro, allí está su corazón, y allí está su porción; pero si el Señor les ayuda ahora a escapar de inmediato de las garras del error y del pecado, entonces sucederá con ustedes lo mismo que con la hija del sacerdote: “y se hubiere vuelto a la casa de su padre, como en su juventud, podrá comer del alimento de su padre.”

“Pero ningún extraño coma de él.” Si no creen en el Señor Jesucristo, ustedes son extraños para la comunidad de Israel; y no hay ninguna otra forma de que ustedes se acerquen excepto por la sangre de la cruz. Si creen en Él, ustedes son “Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios.” Pero si no han sido comprados con Su dinero, o no han nacido en Su casa, entonces permanecerán extraños, y no hay bendición para ustedes, no hay consuelo para ustedes. El otro día, uno que había asistido a un servicio religioso, se mofaba y ridiculizaba cada cosa sagrada, y dijo, cuando se le habló al respecto, “¡oh, pero yo soy cristiano! Jesús murió por mí.”

Era una mentira; no tenía ni parte ni porción en ese asunto, pues de otra manera no podría haber actuado profanamente como lo hizo; y hay otros que hablan como él lo hizo, pero yo les digo, señores, no importa lo que digan, esto es lo que dice Dios: “ningún extraño coma de él.” Si no han nacido de nuevo, no se pueden alimentar de Cristo; pero, oh, si miran a Él que murió por el pecador, entonces se alimentarán de Él, que vive para los santos. ¡Que el Señor los bendiga en ambos aspectos, por Jesucristo nuestro Señor!