“Y tendré misericordia del que tendré misericordia, y seré clemente para con el que seré clemente.” Éxodo 33:19

Puesto que Dios es el hacedor, y el creador, y el sostenedor de todas las cosas, Él tiene el derecho de hacer con todas Sus obras lo que le agrade. “¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así? ¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra?” La supremacía absoluta de Dios y Su soberanía sin límites fluyen naturalmente de Su omnipotencia, y del hecho que Él es la fuente y el sostén de todas las cosas. Más aún, si no fuera así, la excelencia superlativa del carácter divino le daría el derecho de un dominio absoluto. El jefe debe ser el mejor. El que no puede errar, siendo perfecto en sabiduría; el que no va a errar, siendo perfecto en santidad; el que no puede hacer mal, siendo supremamente justo; el que debe actuar de acuerdo con los principios de la bondad, porque Él es en esencia amor, es la persona más adecuada para gobernar.

No me hablen de criaturas que se gobiernen a sí mismas: ¡qué caos sería! No me digan de una supuesta república de todas las existencias creadas, que se controlan y se guían a sí mismas. Todas las criaturas consideradas en su conjunto, con su bondad y sabiduría combinadas (si en verdad no fuera más bien insensatez y perversidad combinadas) todas éstas, digo, con todas las excelencias del conocimiento, juicio, y amor que la imaginación más ferviente pueda suponer que poseen, no podrían igualar a ese grandioso Dios cuyo nombre es santidad, cuya esencia es amor, a quien pertenece todo el poder, y al único a quien se le debe reconocer sabiduría. Él debe reinar supremo, pues es infinitamente superior a todas las otras existencias. En el supuesto que Él no reinara realmente, los votos de todos los hombres sabios elegirían al Señor Jehová como el monarca absoluto del universo; y si no fuera ya Rey de reyes y Señor de señores, haciendo lo que le agrada en medio de los ejércitos del cielo y de los habitantes de este mundo más bajo, el camino de la sabiduría consistiría en elevarlo a ese trono.

Como los hombres han pecado, eso se convierte todavía en una razón adicional, o más bien, en un espacio más amplio para el despliegue de la soberanía. Podría suponerse que la criatura, como criatura, tiene algún derecho sobre el Creador; al menos puede esperar que no será expuesta por Él al dolor de manera intencional y despótica; que no hará su existencia miserable de manera arbitraria, sin causa ni necesidad. Yo no me atreveré a juzgar al Señor, pero verdaderamente pienso que es completamente incompatible con Su bondad que hubiera hecho una criatura, y, como criatura, la hubiera condenado a la miseria. La justicia parece demandar que no haya castigo donde no hay pecado. Pero el hombre ha perdido todos sus derechos como criatura. Si alguna vez tuvo algún derecho, con el pecado lo perdió.

Nuestros primeros padres pecaron, y nosotros, sus hijos, nos hemos corrompido cometiendo alta traición contra nuestro Señor y soberano. Todo lo que el Dios justo nos debe a cualquiera de nosotros sobre la base de nuestro propio derecho, es ira y disgusto. Si nos diera lo que nos corresponde, no podríamos permanecer más dentro del terreno de la oración, ni respirar el aire de la misericordia. La criatura, ante su Creador, debe ahora callar en relación a cualquier demanda sobre Él; no puede exigir nada de Él como un derecho. Si el Señor quiere mostrar misericordia, así será; pero si la retiene, ¿quién podría pedirle que rinda cuentas? “¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío?” es una respuesta adecuada a todas esas preguntas arrogantes; pues por sus pecados el hombre no tiene el derecho de ir a una corte, ni ningún derecho de apelar a la sentencia del Altísimo.

El hombre está ahora en la posición de un criminal condenado, cuyo único derecho es ser llevado al lugar de su ejecución, para sufrir con justicia la debida recompensa por sus pecados. Independientemente de las diferentes opiniones que pudieran haber existido acerca de la soberanía de Dios ejercida sobre las criaturas en general, no debería haber desacuerdos, y no habrá ninguno, excepto en los espíritus rebeldes, en lo relativo a la soberanía de Dios sobre los rebeldes que han pecado para merecer la ruina eterna, y que han perdido todo derecho a la misericordia y al amor de su ofendido Creador.

Sin embargo, que todos nosotros estemos de acuerdo con la doctrina que Dios es soberano o que no estemos de acuerdo, es algo sin importancia para Él, pues Él es soberano. De jure, por derecho, Él debe ser soberano; de facto, efectivamente lo es. Eso es un hecho, y sólo tienen que abrir sus ojos para ver que Dios actúa como soberano en la dispensación de Su gracia. Nuestro Salvador, cuando quiso citar ejemplos de ésto, habló así: muchas viudas había en Israel en el tiempo de Elías el profeta, pero a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a Sarepta, una ciudad de Sidón, a una mujer que era viuda. ¡Aquí encontramos elección! Elías no fue enviado para que alimentara ni para que fuera alimentado por una viuda israelita, sino que fue a una pobre mujer idólatra más allá de la frontera, y la bendición de la compañía del profeta fue otorgada gratuitamente. Además nuestro Salvador dice: “Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo; pero ninguno de ellos fue limpiado, sino Naamán el sirio”; no un israelita, sino uno que se inclinaba en la casa de Rimón.

¡Miren cómo la gracia que distingue encuentra objetos extraños! Aunque nuestro Salvador dio únicamente estos dos ejemplos, y ni uno más, ya que eran suficientes para Su propósito, hay miles de casos parecidos que están registrados. Miren al hombre y a los ángeles caídos. ¿Cómo es que los ángeles caídos son condenados al fuego que no tiene fin, y reservados en cadenas de oscuridad para el gran día? No hubo un Salvador para los ángeles; ninguna sangre preciosa se derramó jamás por Satanás. Lucifer cae, y cae para siempre, sin ninguna esperanza. No hay ninguna dispensación de misericordia para esos espíritus más nobles; pero el hombre que fue hecho menor que los ángeles, fue seleccionado para ser objeto de la redención divina. ¡Cuán grande profundidad hay en ésto! Este es un ejemplo muy ilustre e indisputable del ejercicio de las prerrogativas la soberanía divina.

Miren otra vez a las naciones de la tierra. ¿Por qué el Evangelio nos es predicado hoy a nosotros los ingleses? Hemos cometido tantas ofensas y yo me atrevería a decir que hemos perpetrado tantos crímenes políticos como otras naciones. Nuestro ojo siempre está prejuiciado hacia todo lo que es inglés; pero si leemos nuestra historia con objetividad, podemos descubrir en el pasado y detectar en el presente, graves y serios errores que deshonran a nuestra bandera nacional. No minimicemos como ofensas menores las últimas barbaridades perpetradas en el Japón y nuestras frecuentes guerras de exterminio en Nueva Zelanda y en el Cabo, y deberían sonrojarse las mejillas de cada uno de los habitantes de las Islas Británicas simplemente al recordar el tráfico de opio con la China.

Sin embargo a nosotros nos es enviado el Evangleio por pura gracia, de tal forma que pocas naciones lo gozan tan plenamente como nosotros lo hacemos. Es cierto que Prusia y Holanda oyen la Palabra, y que Suecia y Dinamarca son consoladas por la verdad, pero su vela arde tenuemente; es una pobre lámpara vacilante que apenas ilumina la oscuridad de ellos, mientras que en nuestra propia tierra amada, en parte debido a nuestra libertad religiosa, pero todavía más inmerecidamente por medio del último avivamiento, el sol del Evangelio brilla intensamente, y los hombres se gozan a plena luz del día.

¿Por qué sucede ésto? ¿Por qué no hay gracia para los japoneses? ¿Por qué no es predicado el Evangelio a los habitantes del África Central? ¿Por qué no fue proclamada la verdad de Dios en la Catedral de Santiago, en lugar de las hipocresías e insensateces que han deshonrado tanto a los incautos como a los engañadores, y que fueron la causa incidental de los horribles fuegos de ese moderno Tofet? ¿Por qué Roma no se convierte hoy en el trono de Jesucristo, en vez de ser el asiento de la bestia? Yo no podría responderles. Pero con toda seguridad, a la soberanía divina que pasa por alto a muchas razas de hombres le ha agradado instalarse en la familia anglosajona, para que puedan ser, al igual que los judíos de antaño, los custodios de la verdad divina y los favoritos de la gracia poderosa.

No necesitamos hablar más acerca de la elección en su carácter nacional, pues el principio es implementado claramente en lo individual. ¿Acaso ven algo, hermanos míos, en ese rico publicano cuyas arcas están atestadas con los resultados de su extorsión, cuando sube al árbol sicómoro para que su corta estatura no le impida ver al Salvador; ven algo en él que explique por qué el Señor de gloria se detuvo bajo ese árbol sicómoro diciendo: “Zaqueo, date prisa, desciende, porque hoy es necesario que pose yo en tu casa”? Pueden darme alguna razón por la cual aquella mujer adúltera, que había tenido cinco maridos, y que ahora estaba viviendo con un hombre que no era su marido, debiera constreñir al Salvador a viajar a través de Samaria para poder hablarle del agua de vida? Si ustedes pueden ver algo, yo no puedo.

Miren a ese fariseo sediento de sangre, apresurándose a Damasco con autoridad para echar a hombres y mujeres en prisión, y derramar su sangre. El calor del mediodía no logra detenerlo, pues su corazón está más caliente con cólera religiosa que el sol con sus rayos del mediodía. Pero vean, él es detenido en su carrera y una luz brillante lo rodea; Jesús habla desde el cielo las palabras de un tierno reproche; y Saulo de Tarso se convierte en Pablo, el apóstol de Dios. ¿Por qué? ¿Por cuál motivo? ¿Qué otra respuesta podemos dar sino ésta: “Sí, Padre, porque así te agradó.”

Lean la “Vida de John Newton;” ¿acaso no se había convertido en el peor de todos los villanos? Lean la historia de John Bunyan, quien por confesión propia era el más bajo de todos los pillos, y díganme, ¿acaso pueden encontrar en cualquiera de estos dos transgresores algún tipo de razón por la cual el Señor debió haberlos elegido para estar entre los más distinguidos heraldos de la cruz? Ningún hombre en la plenitud de sus sentidos se aventuraría a afirmar que había algo en Newton o en Bunyan que atrajera la atención del Altísimo. Fue la soberanía, y nada más que la soberanía.

Consideren su propio caso, queridos amigos, y ése será el más convincente de todos los ejemplos para ustedes. Si conocen algo de su propio corazón y se han formado una valoración correcta de su propio carácter; si han considerado seriamente su propia posición ante el Altísimo, la reflexión de que Dios los ama con un amor eterno, y que, por tanto, con los lazos de Su bondad los ha atraído, los hará exclamar de inmediato: “No a nosotros, oh Jehová, no a nosotros, sino a tu nombre da gloria, por tu misericordia, por tu verdad.” ¡Hermanos! El mundo entero está lleno de ejemplos de la soberanía divina, pues en cada conversión, algún destello del dominio absoluto de Dios brilla y se manifiesta en la humanidad.

Cuando un pecador está ansiosamente perturbado por los asuntos de su alma, su principal y primordial pensamiento no debería ser acerca de este tema de la elección; cuando un hombre quiere escapar de la ira y alcanzar el cielo, su primer pensamiento, su último pensamiento, y el pensamiento que está ubicado en el medio debe ser la cruz de Cristo. Como un pecador que ha despertado tengo muchísimo menos que ver con los propósitos secretos de Dios, que con Sus mandamientos revelados. Que un hombre diga: “Tú mandas a todos los hombres que se arrepientan, sin embargo yo no voy a arrepentirme, porque yo desconozco si soy elegido para la vida eterna,” no solamente no es razonable, sino que es superlativamente perverso. Que no es razonable lo verán claramente al reflexionar por un momento.

Yo sé que el pan por sí mismo no alimenta mi cuerpo, pues “No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.”

Depende, por tanto, del decreto de Dios, si ese pan va a nutrir mi cuerpo o no; pues si Él no tiene el propósito que lo haga, puede inclusive sofocarme, y así convertirse en la causa de mi muerte más bien que en el sostén de mi vida. Entonces, ¿acaso cuando tengo hambre meto mis manos en los bolsillos y me quedo quieto y rehuso tomar alimentos de la mesa bien servida, simplemente porque no sé si Dios ha decretado que el pan me nutra o no? Si yo hiciera eso, sería un idiota o un loco; o aun estando en mi pleno juicio, me moriría de hambre al tomar esa posición, y merecería con creces los funerales de un suicida.

Yo no estoy completamente seguro que el próximo año haya una cosecha abundante en mi campo; a menos que Dios ordene que el trigo brote y madure, toda mi labranza será trabajo perdido. Hay gusanos en la tierra, heladas en el aire, pájaros en el cielo, moho en los vientos; y todo esto puede destruir mi trigo, y puedo perder cada grano de los puñados que echo en mis surcos. Entonces, ¿abandonaré mi finca para que sea una perpetua tierra baldía porque desconozco si Dios ha decretado que haya una cosecha el próximo año o no?

Si mi negocio quiebra, si soy incapaz de pagar la renta, si el espino y el cardo crecen más altos y tupidos, y si al fin mi casero me echa de la casa, todo lo que los hombres dirán, será: “¡se lo merece!” porque fui tan tonto como para convertir los propósitos secretos de Dios en un asunto de suprema consideración en lugar de desempeñar mi deber conocido. Estoy enfermo y quebrantado de salud: un médico me visita con medicinas. Yo no estoy muy convencido de que su medicina me sane; ha curado a muchas otras personas, pero si Dios ha decretado que yo muera, moriré, no importa cuanta cantidad de medicinas tome, o que no tome ninguna. Mi brazo me mortifica, pero no voy a hacer que me lo curen, porque no sé si Dios ha decretado que yo muera de mortificación o no. ¿Quién si no un idiota loco, o un maniático delirante hablaría así?

Cuando pongo el caso bajo esa luz, todos ustedes comentan: “Nadie habla jamás de esa manera; es demasiado absurdo.” Por supuesto que nadie habla así. Y el hecho es que aun en las cosas de Dios, nadie realmente argumenta de esa manera. Un hombre puede decir: “Yo no creeré en Cristo porque me temo que no soy elegido;” pero eso es tan estúpido, tan absurdo, que yo no creo que nadie que no esté absolutamente demente, puede ser tan crasamente insensato como para creer en su propio razonamiento. Yo estoy mucho más inclinado a pensar que ese es un método perverso y malvado de esforzarse por entorpecer a la conciencia, basado en la teoría que una mala excusa es mejor que ninguna, y que aun un argumento irrazonable es mejor que tener la boca cerrada en una confusión de silencio.

Pero puesto que los hombres siempre están llegando a este punto, y hay tantos que continuamente están utilizando esto como razón del por qué no creen en el Señor Jesucristo, porque “no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia,” voy a tratar esta mañana de hablar con estas personas en su propio terreno; y voy a esforzarme, con la ayuda del Santo Espíritu, por mostrar que la doctrina de la soberanía de Dios, lejos de desalentar a nadie, no contiene en sí, si es analizada correctamente, ningún tipo de desaliento para ningún alma que crea en Jesucristo.

Por un instante permítanme desviarme de mi objetivo, para responder a un método muy común de representar falsamente esta doctrina. Es conveniente comenzar con una clara idea de lo que es realmente la doctrina. Nuestros oponentes presentan el caso así: supongan que un padre condenara a algunos de sus hijos a una miseria extrema, y a otros los hiciera supremamente felices, de conformidad a su voluntad arbitraria, ¿sería eso correcto y justo? ¿No sería más bien brutal y detestable? Mi respuesta es: por supuesto que lo sería; eso sería execrable en el más alto grado, y lejos, muy lejos de nosotros esté el imputar un curso de acción así al Juez de toda la tierra. Pero el caso mencionado no es del todo el que estamos considerando, sino uno tan opuesto a él como la luz lo es de las tinieblas. El hombre pecador no está ahora en la posición de niño inocente y merecedor de bien, ni tampoco Dios ocupa el lugar de un padre complaciente.

Vamos a suponer otro caso mucho más cerca del blanco, y ciertamente no es una suposición, sino una descripción exacta de todo el asunto. Unos criminales, culpables de los crímenes más detestables y graves, son condenados con justicia a morir, y van a morir a menos que el rey ejerza la prerrogativa investida en él, y les otorgue un perdón inmerecido. Si debido a razones buenas y suficientes, conocidas sólo por él, el rey elige perdonar a un cierto número, y dejar que los demás sean ejecutados, ¿hay acaso algo cruel e injusto aquí? Si, por algunos medios llenos de sabiduría, los fines de la justicia pueden ser alcanzados perdonando a unos en vez de condenarlos, mientras que al mismo tiempo el castigo de algunos tiende a honrar la justicia del legislador, ¿quién se atreverá a afirmar que esto no es correcto? Me atrevería a decir que nadie, excepto aquellos que son enemigos del estado y del rey se atreverían a hacerlo. Y así muy bien podemos preguntar: “¿Qué, pues, diremos? ¿Qué hay injusticia en Dios? En ninguna manera.” “¿Y qué, si Dios, queriendo mostrar su ira y hacer notorio su poder, soportó con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción, y para hacer notorias las riquezas de su gloria, las mostró para con los vasos de misericordia que él preparó de antemano para gloria, a los cuales también ha llamado, esto es, a nosotros, no sólo de los judíos, sino también de los gentiles?” ¿Quién es el que querrá impugnar la misericordia mezclada con severidad del cielo, o convertir al eterno Dios en un transgresor, porque “tendré misericordia del que tendré misericordia”? Vayamos ahora a lo que es nuestro tema, esforzándonos por limpiar esta verdad de los supuestos terrores que se congregan a su alrededor.

I. Comencemos con esta afirmación, que tenemos la absoluta certeza que es correcta: ESTA DOCTRINA NO SE OPONE A NINGÚN CONSUELO DERIVADO DE OTRAS VERDADES ESCRITURALES.

Esta doctrina, que parece ser tan severa, no se opone a la consolación que se pueda obtener correctamente de cualquier otra verdad de la revelación. Aquellos que sostienen la teoría del libre albedrío, dicen que nuestra doctrina que establece que la salvación es únicamente del Señor, y que Él tendrá misericordia del que tendrá misericordia, quita del hombre el consuelo que se deriva de la bondad de Dios. Dios es bueno, infinitamente bueno en Su naturaleza. Dios es amor; Él no quiere la muerte de nadie, sino más bien que todos vengan al arrepentimiento. “Porque no quiero la muerte del que muere, dice Jehová el Señor; convertíos, pues, y viviréis.”

Nuestros amigos insisten tenazmente en el tema que Dios es bueno para con todos, y que Sus tiernas misericordias están sobre todas Sus obras; que el Señor es misericordioso y lleno de gracia, lento para la ira y abundante en misericordia; permítanme asegurarles que nosotros nunca disputaremos estos puntos, pues nosotros también nos gozamos en los mismos hechos.

Algunos de ustedes han escuchado mi voz durante estos últimos diez años: yo les pregunto si ustedes me han escuchado expresar una sola frase que del todo contradiga la doctrina de la grandiosa bondad de Dios. A lo mejor lo han deducido por error, pero una enseñanza así no ha salido de mis labios. ¿Acaso yo no afirmo, una y otra vez, la benevolencia universal de Dios, la bondad infinita y sobreabundante del corazón del Altísimo? Si algún hombre puede predicar sobre el grandioso texto “Dios es amor,” aunque tal vez yo no pueda predicar con la misma elocuencia, me atrevería a competir con ese hombre en la decisión, sinceridad, deleite, entrega y sencillez con los que pudiera exponer su tema, sin importar quién sea, o lo que sea. No hay la menor sombra de conflicto entre la soberanía de Dios y la bondad de Dios. Él es un soberano, pero podemos estar absolutamente seguros que siempre actuará según la vía de la bondad y del amor.

Es cierto que hará lo que quiera; pero es absolutamente cierto que siempre quiere hacer eso que, desde la perspectiva más amplia, es bueno y lleno de gracia. Si los hijos del dolor obtienen algún consuelo de la bondad de Dios, la doctrina de la elección nunca interferirá en su camino. Únicamente deben saber que como una espada de dos filos, esta doctrina hace pedazos la falsa confianza en la bondad de Dios que envía a tantas almas al infierno. Hemos escuchado a algunos moribundos cantando esta canción de cuna mientras son arrojados al abismo sin fondo, “Sí, señor, yo soy un pecador, pero Dios es misericordioso; Dios es bueno.”

¡Ah!, queridos amigos, esas personas deben recordar que Dios es justo a la vez que es bueno, y que de ninguna manera va a perdonar al culpable, excepto por medio de la grandiosa expiación de Su Hijo Jesucristo. La doctrina de la elección, de una manera honesta y sumamente bendita entra y rompe el cuello, de una vez por todas, de toda esta confianza falsa y sin fundamento en la misericordia de Dios fuera del pacto. Pecador, no tienes derecho de confiar en la bondad de Dios fuera de Cristo. No hay ninguna palabra en todo el Libro de Inspiración, que dé una sombra de esperanza al hombre que no crea en Jesucristo. Más bien dice de él: “mas el que no creyere, será condenado.” Declara que ustedes están descansando sobre una confianza tan pobre como un favor del cielo que no ha sido prometido: “Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo.” Si este fuera un mal que te roba el falso refugio, la doctrina de la elección ciertamente hace esto; pero del consuelo que se deriva apropiadamente de la más amplia visión de la abundante bondad de Dios y Su amor sin límites, la elección no quita un solo grano.

Mucho consuelo, también, fluye hacia una conciencia atormentada de la promesa que Dios escuchará la oración. “Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá.” Si ustedes le piden cualquier cosa a Dios en el nombre de Jesucristo, lo recibirán. Ahora, hay algunas personas que se imaginan que no deben orar porque no saben si forman parte del pueblo elegido de Dios. Si ustedes se niegan a orar sobre la base de un razonamiento tan malo como éste, deben hacerlo a su propio riesgo; pero fíjense bien en nuestra solemne aseveración, para la cual tenemos la garantía de Dios, que no hay nada en la soberanía de Dios que milite del todo en contra de la grandiosa verdad, que toda alma que busca con sinceridad, anhelando la gracia divina con una oración humilde por medio de Jesucristo, encontrará esa gracia.

Puede haber aquí presente un hermano arminiano que quisiera subir a este púlpito y predicar la verdad alentadora que Dios no ha dicho a la semilla de Jacob, buscáis mi rostro en vano. Nosotros no sólo le otorgamos entera libertad de predicar esta doctrina, sino que iremos tan lejos como él pueda, y tal vez un poco más allá, en el enunciado de esa verdad. Nosotros no podemos percibir ninguna discrepancia entre la elección personal y la prevalencia de la oración.

Dejemos que quienes puedan, hostiguen sus cerebros con la tarea de reconiliarlas; para nosotros la sorpresa es cómo un hombre puede creer en una sin creer en la otra. Yo debo creer firmemente que el Señor Dios mostrará misericordia a quien muestre misericordia, y que tendrá compasión del que tenga compasión; pero yo también sé con certeza que en cualquier lugar que hay una oración genuina, es porque Dios la ha dado; que en dondequiera que haya alguien que esté buscando, es porque Dios lo condujo a buscar; por lo tanto, si Dios ha llevado al hombre a buscar y lo ha conducido a orar, hay de inmediato una evidencia de la elección divina; y es un hecho verdadero que nadie que busque se quedará sin encontrar.

Se supone que mucho consuelo se deriva, y naturalmente es así, de las libres invitaciones del Evangelio. “Ah,” exclama alguien, “qué cosa tan dulce es que el Salvador haya dicho: ‘Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.’ Cuán delicioso es leer un pasaje como éste: ‘A todos los sedientos: Venid a las aguas; y los que no tienen dinero, venid, comprad y comed. Venid, comprad sin dinero y sin precio, vino y leche.’ Amigo, mi corazón es alentado cuando encuentro que está escrito: ‘Y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente.’ Pero señor, yo no me atrevo a venir debido a la doctrina de la elección.” Mi querido lector, no quisiera decirte palabras duras, pero debo expresar mi convicción que esto no es nada sino una excusa inútil para no hacer lo que no quieres hacer; porque las invitaciones del carácter más general, más aún, las invitaciones que son universales en su alcance, son perfectamente consistentes con la elección de Dios. Yo he predicado aquí, y ustedes lo saben muy bien, invitaciones tan libres como aquellas que salieron de los labios del maestro John Wesley.

El propio Arminio, el fundador de la escuela arminiana, no hubiera podido suplicar más honestamente a los más viles de los viles que vinieran a Jesús, de lo que yo lo he hecho. ¿Acaso he sentido en mi mente que había una contradicción en ésto? No, nada parecido; puesto que yo sé que es mi deber sembrar junto a todas las aguas, y como el sembrador de la parábola, esparcir la semilla sobre pedregales, así como en la buena tierra, sabiendo que la elección no hace estrecho el llamado del Evangelio que es universal, sino que solamente afecta al llamado eficaz, que es y debe ser particular; y este llamamiento eficaz no es obra mía, sino que sabemos que viene del Espíritu de Dios. Mi trabajo es hacer el llamamiento general y el Espíritu Santo se encargará de su aplicación a los elegidos.

Oh, mis queridos oyentes, las invitaciones de Dios son honestas invitaciones a cada uno de ustedes. Él los invita; en las palabras de la parábola Él se dirige a ustedes: “He aquí, he preparado mi comida; mis toros y animales engordados han sido muertos.” Más aún, Él dijo a Sus ministros: “Vé por los caminos y por los vallados, y fuérzalos a entrar.” Aunque Él sabe anticipadamente quién entrará, y ha ordenado antes de todos los mundos quién probará de esa cena, sin embargo, la invitación en su alcance más amplio posible, es una invitación verdadera y honesta; y si ustedes la aceptan podrán comprobarlo.

Más aún, si entendemos del todo el Evangelio, el Evangelio está contenido en pocas palabras. Es esto: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo.” O, para usar las palabras de Cristo: “El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado.” Esta promesa es el Evangelio. Ahora, el Evangelio es verdadero, y todo lo demás puede ser falso. Independientemente de que una doctrina pueda ser de Dios o no, el Evangelio ciertamente es de Dios. La doctrina de la gracia soberana no es contraria al Evangelio, sino que está en perfecta consonancia con él. Dios tiene un pueblo que nadie puede contar, que Él ha ordenado para vida eterna. Esto no está en conflicto de ninguna manera con la grandiosa declaración: “El que en él cree, no es condenado.” Si algún hombre que haya vivido jamás, o que vivirá, cree en Jesucristo, tiene vida eterna.

Elección o no elección, si tú descansas sobre la Roca de las edades, tú eres salvo. Si tú, como un pecador culpable, tomas la justicia de Cristo; si todo negro e inmundo y sucio vienes para ser lavado en la fuente llena de sangre, con soberanía o sin soberanía, puedes estar seguro de ésto, que tú has sido redimido de la ira venidera. Oh, mis queridos amigos, cuando ustedes dicen: “yo no creeré en Cristo por causa de la elección,” yo sólo puedo decir lo que Job le dijo a su esposa, “Como suele hablar cualquiera de las mujeres fatuas, has hablado.”

¿Cómo te atreves, porque Dios te ha revelado dos cosas y tú eres incapaz de encajar la una en la otra, cómo te atreves a clasificar ya sea la una o la otra como falsas? Si yo le creo a Dios, no sólo voy a creer en lo que entiendo, sino también en lo que no puedo entender; y si hubiera una revelación que puedo entender y resumir como puedo contar hasta cinco con los dedos de mi mano, podría estar seguro que no ha venido de Dios. Pero si tiene algunas profundidades que son tremendamente profundas para mí, algunos nudos que no puedo desatar, algunos misterios que no puedo resolver, los recibo con la mayor confianza, pues me proporciona espacio suficiente para que mi fe nade, y para que mi alma se bañe en el vasto oceáno de la sabiduría de Dios, orando: “Señor, creo; ayuda mi incredulidad.”

Que se repita una y otra vez, que no habrá ninguna duda acerca de este asunto, que si hay algún consuelo derivable del Evangelio; si hay alguna dulce consolación que fluye de las invitaciones libres y de los mandamientos universales de la verdad divina, todos ellos pueden ser recibidos y gozados por ustedes, mientras ustedes sostienen esta doctrina de la soberanía divina tanto como si no la creyeran, y pueden recibir más de lo que esperan.

Creo oír una voz que dice: “señor, el único consuelo que yo podría recibir jamás radica en el valor infinito de la preciosa sangre de Cristo; oh, señor, me parece algo tan dulce que no haya un pecador tan negro que Cristo no pueda lavar sus pecados, y ningún pecador tan viejo, que la virtud meritoria de esa expiación no pueda salvar; nadie en ningún rango o en ninguna condición a quien esa sangre no pueda limpiar de todo pecado. Ahora, señor, si eso es cierto, ¿cómo puede ser verdad la doctrina de la elección?”

Mi querido amigo, tú sabes en tu propio corazón que las dos cosas no se oponen del todo la una a la otra. Pues, ¿qué dice la doctrina de la elección? Dice que Dios ha elegido y ha salvado a algunos de los más grandes pecadores que hayan vivido jamás, que ha limpiado algunos de los pecados más inmundos que hayan sido cometidos jamás, y que está haciendo y que hará lo mismo hasta el fin del mundo. De tal forma que las dos cosas encajan exactamente. Y me atreveré a decir que si con toda la entereza del corazón de un hombre, éste dice: “No hay pecado excepto el pecado exceptuado, que no pueda ser perdonado,” si valerosamente anuncia que “Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres,” y si argumenta con poder y con denuedo que las almas vendrán a Cristo y alcanzarán la vida eterna, puede regresar a su Biblia, y puede leer cada texto que enseña la soberanía de Dios, y cada pasaje que sostiene la elección divina; y puede sentir que todos estos textos lo miran a la cara, y dicen: “Bien hecho, nuestro espíritu y tu espíritu son precisamente lo mismo; no tenemos ningún conflicto entre nosotros; somos dos grandes verdades que salimos del mismo Dios; somos de la misma manera la revelación del Espíritu Santo.”

Pero dejamos ese punto. Si hay algún consuelo, pecador, que tú puedes obtener verdaderamente y correctamente de cualquier pasaje de la Escritura, de cualquier promesa de Dios, de cualquier invitación, de cualquier puerta abierta de misericordia, puedes tenerlo, pues la doctrina de la elección no te roba ni un solo átomo de consolación que la verdad de Dios te pueda dar.

II. Pero ahora vamos a tomar otro punto por un momento. Nuestro segundo encabezado es que ESTA DOCTRINA TIENE UN EFECTO MUY SALUDABLE EN LOS PECADORES. Estos pueden ser divididos en dos grupos: aquellos que han sido despertados, y aquellos que han sido endurecidos y son incorregibles.

Para el pecador despierto, junto con la doctrina de la cruz, la doctrina de la gracia que distingue es tal vez la que está más cargada de bendiciones y de consuelo. En primer lugar, la doctrina de la elección, aplicada por el Espíritu Santo, le da un golpe de muerte para siempre a todos los esfuerzos de la carne. Pone fin a la prédica arminiana que intenta que los hombres sean activos, que los excita a hacer lo que puedan; pero el verdadero objetivo de la predicación del Evangelio es hacer que los hombres sientan que no tienen ningún poder propio, y dejarlos como muertos, a los pies del trono de Dios. Buscamos, bajo la guía de Dios, hacerlos sentir que toda su fuerza debe radicar en el Fuerte que es poderoso para salvar.

Si yo puedo convencer a un hombre que, sin importar lo que haga, él no se puede salvar a sí mismo; si le puedo mostrar que sus propias oraciones y lágrimas nunca lo podrán salvar aparte del Espíritu de Dios; si lo puedo convencer que debe nacer de nuevo de arriba; si lo llevo a ver que todo lo que es nacido de la carne es carne, y únicamente lo que es nacido del espíritu es espíritu, ¡hermanos!, tres cuartas partes de la gran batalla habrán sido ganadas. “Yo hago morir, y yo hago vivir,” dice Dios, “cuando un hombre es muerto, el trabajo está hecho sólo a la mitad.” “Yo hiero, y yo sano: cuando un hombre es herido su salvación comienza.” ¡Cómo! ¿Estoy poniendo al pecador a que obre industriosamente para alcanzar la vida eterna por medio de sus propias obras? Entonces, ciertamente, yo soy un embajador del infierno. ¿Acaso voy a enseñarle que hay una bondad en él que debe evolucionar, debe pulir, y educar y perfeccionar, y así decirle que se salve a sí mismo? Entonces yo soy un maestro de los pobres elementos de la ley y no del Evangelio de Cristo. ¿Debemos exponer las oraciones de un hombre, los arrepentimientos, y las humillaciones como el camino de salvación? ¡Si es así, renunciemos a la justicia de Cristo de una vez, pues las dos nunca van a estar juntas! ¡Yo causaría mucho daño si yo promoviera las actividades de la carne en lugar de señalar a los brazos del Redentor!

Pero si el poderoso martillo de la soberanía que elige hace saltar el cerebro de todas las obras, los méritos, los actos, y la voluntad de un hombre, mientras pronuncia sobre ese cadáver esta sentencia: “así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia;” entonces, se habrá hecho lo mejor que se puede hacer por un pecador como un escalón para el acto de fe. Cuando un hombre es destetado de su yo, y totalmente liberado de mirar a la carne buscando ayuda, hay esperanza para él: y esto es lo que hace la doctrina de la soberanía divina por medio del poder del Espíritu Santo.

Además, esta doctrina trae la mayor esperanza al pecador verdaderamente despierto. Ustedes conocen cómo es el caso. Todos nosotros somos prisioneros condenados a morir. Dios, como soberano, tiene el derecho de perdonar a quien Él quiera. Ahora, imagínense a un grupo de nosotros encerrados en una celda de condenados, todos culpables. Uno de los asesinos se dice a sí mismo: “yo sé que no tengo ninguna razón para esperar ser liberado. Yo no soy rico: si tuviera algunas relaciones de dinero, como George Townley, podría ser dictaminado como loco y ser liberado. Pero yo soy muy pobre; no tengo ninguna educación. Si tuviera la educación de otros hombres podría esperar alguna consideración. No soy un hombre de rango ni posición; soy un hombre sin méritos ni influencia, por tanto no puedo esperar ser seleccionado como alquien que va a ser salvado.”

No, yo creo que si las actuales autoridades de nuestra tierra fueran las personas a ser consideradas, un hombre pobre tendría una oportunidad muy pobre de esperar cualquier liberación gratuita. Pero cuando Dios es el gran soberano, el caso es diferente. Pues entonces, nosotros argumentamos así: “Heme aquí; mi salvación depende enteramente de la voluntad de Dios: ¿hay alguna oportunidad para mí? Hacemos una lista de quienes Él ha salvado, y vemos que salva al pobre, al ignorante, al malvado, al impío, y al peor de los peores, las personas más bajas y que son despreciadas. Bien, ¿qué decimos? Entonces, ¿por qué no podría elegirme a mí? ¿Por qué no me salvaría a mí? Si voy a buscar una razón dentro de mí del por qué debería yo ser salvo, nunca voy a encontrar ninguna, y consecuentemente nunca tendré esperanzas. Pero si voy a ser salvado, no por ninguna otra razón sino porque Dios quiere salvarme, ¡ah!, entonces hay esperanzas para mí. Me voy a acercar al Rey lleno de gracia, haré lo que me pide, voy a confiar en Su Hijo amado, y seré salvo.” Así que esta doctrina abre la puerta de la esperanza para el peor de los peores, y a las únicas personas que desalienta son a los fariseos, que dicen: “Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres,” esos espíritus orgullosos y altivos que dicen: “¡No!, si no voy a ser salvo por algo bueno en mí, entonces quiero condenarme!” serán bien condenados y con una venganza, también.

Más aún, pueden ver, queridos amigos, cómo la doctrina de la elección consuela al pecador en el asunto del poder. Su queja es: “no encuentro ningún poder para creer; no tengo ningún poder espiritual de algún tipo.” La elección se inclina y le susurra al oído: “pero si Dios quiere salvarte, Él da el poder, da la vida, y da la gracia; y puesto que Él ha dado ese poder y energía a otros tan débiles como tú, ¿por qué no a ti también? Ten valor, mira a la cruz de Cristo y vive.”

Y ¡oh!, qué emociones de gratitud, qué latidos de amor genera esta doctrina en los corazones humanos. “Cómo,” dice el hombre, “yo soy salvado simplemente porque Dios quiso salvarme, no porque yo lo hubiera merecido, sino porque Su amante corazón quiso salvarme; por esto yo voy a amarlo, voy a vivir para Él, voy a gastarme y ser gastado para Él.” Un hombre así no puede ser orgulloso, quiero decir, si es consistente con la doctrina.

Él está humildemente a los pies de Dios. Otros hombres pueden jactarse de lo que son, y cómo han ganado la vida eterna por su propia bondad, pero yo no puedo. Si Dios me hubiera dejado, habría estado en el infierno con otros; y si voy al cielo, debo arrojar mi corona a los pies de la gracia que me llevó allí.

Un hombre así se volverá amable con otros. Él mantendrá sus opiniones, pero no las sostendrá con fiereza, ni las enseñará con amargura, porque dirá: “si yo tengo la luz, y otros no la tienen, mi luz la he recibido de Dios, por tanto, no tengo razón para vanagloriarme por eso. Voy a tratar de esparcir esa luz, pero sin provocaciones ni abusos. Pues, ¿por qué habría de culpar a los que no ven?, porque ¿podría yo haber visto si Dios no hubiese abierto mi ojos ciegos?” Esta doctrina nutre a todas las virtudes, y mata todos los vicios, cuando el Espíritu Santo la utiliza. Pisotea el orgullo, y promueve como una hija amada la confianza humilde y plena en la misericordia de Dios en Cristo.

Mi tiempo se ha terminado; pero hubiera querido decir una palabra en cuanto al efecto del Evangelio sobre pecadores incorregibles. Sólo diré esto: sé cuál debería ser su efecto. ¿Qué dicen ustedes que han decidido no arrepentirse, ustedes a quienes no les importa Dios? Vamos, ustedes creen que cualquier día que quieran pueden volverse a Dios, puesto que Dios es misericordioso, y los salvará; y por lo tanto, ustedes caminan por el mundo con toda la comodidad que les posible, pensando que todo depende de ustedes, y que entrarán al cielo justo a la hora undécima.

¡Ah!, hombre, ese no es tu caso. Mira en dónde estás. ¿Ves esa mariposa revoloteando en tu mano? Imagínatela allí. Con este dedo mío yo puedo aplastarla en un instante. Si vive o no depende absolutamente de si yo elijo aplastarla o dejarla ir. Esa es precisamente tu posición en el momento presente. Dios te puede condenar ahora. Pero aún, te vamos a decir: “tu posición es todavía peor.” Hay ahora unas siete personas condenadas por asesinato y piratería en alta mar. Ustedes pueden decir claramente que sus vidas dependen de lo que le agrade a Su Majestad la reina. Si Su Majestad elije perdonarlos, puede hacerlo. Si no, cuando venga la mañana fatal, el cerrojo se abrirá y ellos serán lanzados a la eternidad.

Ese es tu caso, pecador. Tú ya estás condenado. Este mundo no es más que una gigantesca celda de condenados, en donde eres guardado en tanto venga la mañana de la ejecución. Si vas a ser perdonado jamás, Dios debe hacerlo. No puedes huir y escapar de Él; no puedes sobornarlo con tus propias acciones. Estás absolutamente en la mano de Dios, y si Él te dejara allí donde estás y como estás, tu ruina eterna es tan cierta como tu existencia. Ahora, ¿acaso no te viene un cierto temblor por esto? Tal vez no; te causa enojo. Bueno, si es así, eso no me va a atemorizar, porque hay algunos de ustedes que nunca serán buenos para algo hasta que no se enojen. No creo que sea una mala señal cuando algunas personas se enojan con la verdad. Eso muestra que la verdad los ha traspasado. Si una flecha penetra en mi carne, no me agradaría esa flecha, y si ustedes patean y forcejean contra esta verdad, no me alarmará; tendré la esperanza que se ha abierto una herida. Si esta verdad los provocara a pensar, habrá hecho por algunos de ustedes una de las cosas más grandes de este mundo.

No es el pensamiento perverso de ustedes lo que me atemoriza; es el estilo de vida totalmente insensato que llevan. Si tuvieran el suficiente sentido para considerar estas cosas y luchar contra ellas, entonces tendría una leve esperanza en ustedes. Pero, ¡ay!, muchos de ustedes no tienen el suficiente sentido, y dicen: “sí, sí, todo eso es verdad,” lo aceptan, pero no tiene luego ningún efecto en ustedes. El Evangelio se desliza por ustedes como aceite sobre una losa de mármol, sin producir ningún efecto.

Si ustedes tienen algo de un corazón recto, comenzarán a ver cuál es su estado, y la siguiente cosa que sobresaltará su mente será la reflexión: “¿Eso es así? ¿Estoy absolutamente en las manos de Dios? ¿Puede Él salvarme o condenarme según le plazca? Entonces voy a clamar a Él, “¡oh, Dios, sálvame de la ira venidera (del tormento eterno) y no me eches de Tu presencia. Sálvame, oh Dios! ¿Qué quieres que haga? ¡Oh!, ¿qué quieres que haga, para que yo pueda encontrar Tu favor y viva?” Entonces les viene la respuesta: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo;” para “que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.”

Oh, que Dios quiera bendecir esta divina doctrina para ustedes. Nunca he predicado esta doctrina sin que haya habido conversiones, y creo que nunca ocurrirá eso. En este instante Dios causará que esta verdad atraiga sus corazones a Jesús, o que les dé el temor de Él. Que sean atraídos ustedes como el pájaro es atraído por el señuelo, o que puedan ser llevados como una paloma que está siendo perseguida por el halcón, a las hendiduras de la roca. Que sólo sean forzados dulcemente a venir. Que el Señor cumpla este deseo de mi corazón. Oh, que el Señor me concediera las almas de ustedes como mi salario; y que para Él sea la gloria, por siempre. Amén.