“Si aguna persona del pueblo pecare por yerro, haciendo algo contra alguno de los mandamientos de Jehová en cosas que no se han de hacer, y delinquiere; luego que conociere su pecado que cometió, traerá por su ofrenda una cabra, una cabra sin defecto, por su pecado que cometió. Y pondrá su mano sobre la cabeza de la ofrenda de la expiación, y la degollará en el lugar del holocausto. Luego con su dedo el sacerdote tomará de la sangre, y la pondrá sobre los cuernos de altar del holocausto, y derramará el resto de la sangre al pie del altar. Y le quitará toda su grosura, de la manera que fue quitada la grosura del sacrificio de paz; y el sacerdote la hará arder sobre el altar en olor grato a Jehová; así hará el sacerdote expiación por él, y será perdonado.” Levítico 4: 27-31

Encontramos muchas verdades interesantes agrupadas alrededor del sacrificio por el pecado. El tipo es muy digno de nuestra más cuidadosa consideración, y lamento que no tengamos el tiempo suficiente el día de hoy para entrar en todos sus detalles. El lector de este capítulo percibirá que nos proporciona cuatro formas del mismo sacrificio. Estas cuatro formas pueden considerarse como diferentes perspectivas de una misma cosa, y probablemente son perspectivas que representan cuatro clases de creyentes, de acuerdo a su posición en la vida divina; pues, aunque todos los hombres que son salvos tienen el mismo Salvador, no todos tienen la misma comprensión de Él. Todos somos lavados, si es que hemos sido lavados alguna vez, por la misma sangre, pero no todos tenemos el mismo conocimiento de su eficacia limpiadora. El hebreo devoto tenía un solo sacrificio por el pecado, pero le era explicado bajo símbolos diferentes.

Las siguientes observaciones pueden ayudarles a entender el tipo presentado ante ustedes. El capítulo comienza con la ofrenda por el pecado para el sacerdote ungido, y la describe en sus mínimos detalles. Luego procede, a partir del versículo trece y siguientes, a instruir sobre la ofrenda por el pecado para toda la congregación, y es muy notable que la ofrenda por el pecado para el sacerdote ungido es casi idéntica en cada circunstancia a la ofrenda por el pecado para toda la congregación. ¿Acaso no tiene la intención de mostrarnos que cuando Cristo, nuestro Sacerdote ungido, cargó sobre Sí el pecado de toda la congregación de los elegidos de Dios, como si fuera propio, se le requirió la misma expiación y satisfacción que se habría requerido de Su pueblo, si ese pecado se hubiera considerado en cada una de las personas involucradas?

Su expiación por los pecados que no eran los Suyos propios, pero que fueron puestos sobre Él por Dios a favor nuestro, es equivalente al castigo que se habría requerido de toda la congregación de creyentes por quienes vertió especialmente Su sangre. Esta es una lección memorable, que no debe ser olvidada. Debemos ver aquí el valor inestimable del sacrificio de Cristo, por el cual las muchas ofensas de un número que ningún hombre puede contar, son quitadas para siempre. Se dio, en la muerte de nuestro Señor, una recompensa tan plena a la justicia como si todos los redimidos hubieran sido enviados al infierno; más aún, la verdad va todavía más lejos que eso, pues ellos no habrían podido hacer una expiación completa, la deuda estaría “siendo pagada, sin que se pudiera pagar completamente.” Gloria sea dada al nombre de nuestro grandioso Sustituto, pues Él por Su ofrenda por el pecado, ha perfeccionado para siempre a todos aquellos que han sido apartados.

En el caso de la ofrenda por el pecado para el sacerdote, tenemos un cuadro más completo de la expiación que el que nos es ofrecido para los dos últimos casos (para un gobernante y uno del pueblo) y observen por favor, que la ofrenda por el pecado consistía en una víctima sin defecto. En los dos primeros casos debía sacrificarse un becerro sin defecto. De esta manera el animal más valioso que un judío podía poseer, el más noble, el más fuerte, la imagen de la docilidad y del trabajo, debía ser presentado para hacer expiación.

Nuestro Señor Jesucristo es como ese primogénito, lo más precioso en el cielo, fuerte para servir, dócil en obediencia, uno que estaba anuente y era capaz de trabajar por causa nuestra; y fue traído como una víctima perfecta, sin ninguna mancha o defecto, para sufrir en lugar nuestro. El sacerdote degollaba al becerro y su sangre era rociada; pues sin derramamiento de sangre no se hace remisión. El punto vital de la expiación de Cristo está en Su muerte.

Independientemente de cuánto pudo haber contribuido Su vida a la expiación, y nosotros no nos contamos entre aquellos que, en el asunto de la salvación, separan Su vida de Su muerte con una línea clara y definida, sin embargo el grandioso punto para quitar la culpa humana fue la obediencia del Señor hasta la muerte, y muerte de cruz. La víctima era degollada y así se llevaba a cabo la expiación.

Regresando al pasaje bajo análisis, encontramos que la sangre de la víctima era llevada al lugar santo, que se encontraba inmediatamente frente al sagrado velo del santuario; y allí el sacerdote mojaba su dedo en la sangre, y rociaba de aquella sangre siete veces delante de Jehová, hacia el velo del santurario. Así que al hacer expiación por el pecado hay una perfecta exposición de la sangre de Jesús delante del Señor. Que la vida ha sido entregada por la vida está demostrado abiertamente en el único lugar donde la prueba está disponible. Ante el Dios ofendido la muerte vicaria es plenamente expuesta; pues ¿acaso no fue escrito en el Libro de Éxodo: “Veré la sangre y pasaré de vosotros?”

Nuestra visión de la sangre de Cristo nos da paz, pero no lleva a cabo la satisfacción; es cuando Dios vé esa sangre cuando se efectúa la expiación; y, por tanto, esa sangre era expuesta siete veces delante de Jehová, para que se pudiera hacer una expiación perfecta.

El siguiente acto que el sacerdote llevaba a cabo era ir hacia el altar del incienso aromático, que se encontraba cerca del velo, y ponía de esa sangre sobre cada uno de los cuernos, indicando de esta manera que es la sangre de la expiación la que le otorga el poder (pues ese es el significado de los cuernos) para la intercesión. El perfume aromático del altar del incienso significa las oraciones y alabanzas de los santos, y especialmente la intercesión de Cristo Jesús; y debido a que la sangre está allí, por eso, la intercesión de Cristo es escuchada; y por tanto, nuestras oraciones y alabanzas se elevan con aceptación delante de Jehová.

A continuación el sacerdote se dirigía al altar de bronce del holocausto, y echaba el resto de la sangre al pie del altar del holocausto que estaba a la puerta del tabernáculo de reunión. Las vasijas llenas de sangre enrojecían la base del altar. La sangre se veía por todas partes, en el velo, en el altar de oro, y ahora en el altar de bronce. Por dentro y por fuera del lugar santo se escuchaba solamente una voz, la voz de la sangre de la expiación, clamando a Dios pidiendo paz. Todo el tabernáculo debe haber estado casi todo el tiempo tan manchado de sangre que no debe haber sido nada agradable a la vista, y esto tenía por objetivo enseñar a Israel que la ira de Dios en contra del pecado es terrible, y que la ley deshonrada será satisfecha únicamente dando vida por vida, si los pecadores van a ser salvos.

El altar del holocausto era el altar de la aceptación, era el lugar donde se presentaban aquellos sacrificios en los que no había mención de pecado, sino que eran traídos como acción de gracias a Dios. Por tanto era precisamente para enseñarnos que la verdadera base y fundamento de la aceptación del cristiano y de su ofrenda, se encontraba en la preciosa sangre de Jesús; las vasijas llenas de sangre eran vertidas al pie del altar. Vean qué maravillas puede hacer la sangre de Jesús. Es la fuerza de la intercesión y el fundamente de la aceptación.

Del becerro que había sido degollado se tomaban ciertas partes escogidas, y especialmente toda su grosura interna, y se colocaban sobre el altar para que fueran consumidas, para mostrarnos que aunque el Señor Jesús era una ofrenda por el pecado, aún así era aceptado por Dios, y aunque Su Padre lo abandonó de tal manera que clamó: “¿Por qué me has desamparado?” era todavía un olor grato para Dios en la obediencia que prestó.

Pero la parte más significativa de todo el sacrificio está aún por describirse, y ustedes observarán que solamente está descrita en las dos primeras formas de la ofrenda por el pecado. No se le permitía al sacerdote que quemara al propio becerro en el altar, sino que se le ordenaba que tomara todo el resto del becerro con su piel, y toda su carne, con su cabeza y sus piernas, sus intestinos y su estiércol, en fin, todo el becerro, y lo sacara fuera del campamento.

Era una ofrenda por el pecado y por lo tanto era aborrecible ante los ojos de Dios, y el sacerdote iba directamente, lejos de la puerta del tabernáculo, más allá de las tiendas de los hijos de Israel, llevando esta horrible carga sobre él; iba, digo, directamente, hasta que llegaba al lugar donde se echaban las cenizas. Y allí, no sobre un altar, sino que sobre leña que había sido preparada sobre la tierra desnuda, cada partícula del becerro era quemada. Se dice que la distancia que recorría el sacerdote con el becerro era de 9 kilómetros (4 millas).

La enseñanza de esto es sencillamente la siguiente: que cuando el Señor Jesucristo cargó con el pecado de Su pueblo, no podía, como un sustituto, habitar más en el lugar del favor divino, sino que tenía que ser colocado en un lugar de separación, y obligado a exclamar: “Eloi, Eloi, ¿lama sabactani?”

Pablo, en su Epístola a los Hebreos explica este asunto claramente: “Porque los cuerpos de aquellos animales cuya sangre a causa del pecado es introducida en el santuario por el sumo sacerdote, son quemados fuera del campamento. Por lo cual también Jesús, para santificar al pueblo mediante su propia sangre, padeció fuera de la puerta.” Nuestro Señor fue conducido fuera de Jerusalén al lugar común de condenación para los malhechores, pues está escrito (y, oh, el poder de esas palabras, no me habría atrevido a expresarlas si no fueran inspiradas), “Hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero).”

El bendito Hijo de Dios fue hecho maldición por nosotros y condenado a una muerte maldita al ser clavado a una cruz, y todo debido a que el pecado de cualquier forma es aborrecido por Dios, y Él debe tratarlo con indignación. El fuego de la justicia divina cayó sobre nuestra bendita ofrenda por el pecado hasta que fue totalmente consumida con angustia, y dijo: “Consumado es,” y entregó el espíritu.

Entonces, esta es la única manera de quitar el pecado: es colocado sobre otro, ese otro es llevado a sufrir como si el pecado le perteneciera, y entonces, puesto que el pecado no puede estar en dos lugares a la vez, y no puede ser colocado sobre otro y a la vez permanecer sobre el oferente, el oferente queda libre de todo pecado, es perdonado y aceptado porque su sustituto ha sido sacrificado fuera del campamento en lugar del pecador. De esta manera les he presentado las dos primeras formas de la ofrenda por el pecado. Me pareció necesario comenzar por allí.

La tercrera forma de ofrenda por el pecado correspondía a un jefe, una persona de alguna posición notable en el campamento. No hay nada especial acerca de esa tercera forma para que nos detengamos allí; nosotros, por tanto, pasamos de inmediato al tema que nos ocupa: la ofrenda por el pecado correspondiente a alguna persona del pueblo.

I. Y, aquí, daremos comienzo al sermón sobre nuestro texto, hablando de LA PERSONA, alguna persona del pueblo. Me produce un gozo indecible leer estas palabras, “Si alguna persona del pueblo pecare,” porque ¿quién que pertenezca al pueblo no peca? El texto me recuerda que si una persona del pueblo peca sus pecados lo llevarán a la ruina; puede ser que con su pecado no haga tanto daño como un gobernante o un funcionario público, pero su pecado tiene en sí mismo toda la esencia del mal, y Dios le da el tratamiento necesario.

No importa cuán oscuramente puedas vivir, cuán pobre o sin educación puedas ser, tu pecado te llevará a la ruina si no es perdonado y quitado. Si alguna persona del pueblo pecare por yerro (por ignorancia), su pecado es condenatorio, tiene que buscar cómo liberarse de él pues de lo contrario lo alejará para siempre de la faz de Dios.

El pecado de alguna persona del pueblo sólo puede ser quitado mediante una expiación de sangre. En este caso ustedes pueden ver que la víctima no era un becerro, era una cabra o una oveja, pero aún así tenía que ser una ofrenda de sangre, pues sin derramamiento de sangre no hay remisión. No importa cuán comunes hayan sido tus ofensas, cuán insignificante puedas ser tú mismo, nada te limpiará excepto la sangre de Jesucristo. Esa estrofa es muy correcta:

“A pesar que mi celo no conozca el descanso,
A pesar que mis lágrimas fluyan sin cesar,
Nada podría expiar el pecado:
Sólo Cristo salva, y únicamente Cristo.”
Es cierto que los pecados de los grandes hombres cubren un mayor espacio, pero sin embargo debe darse también un sacrificio sangriento para la más pequeñas ofensas. Para los pecados de un ama de casa o de un sirviente, de un campesino o de un barrendero, debe darse el mismo sacrificio que para los pecados de los hombre más grandes y más influyentes. Ninguna otra expiación será suficiente, los pecados de las personas del pueblo destruirán a esas personas a menos que la sangre de Jesucristo las limpie.

Pero aquí está el punto de gozo, que para las personas del pueblo existía una expiación ordenada por Dios. Gloria sea dada a Dios que yo puedo ser un desconocido para los hombres, pero Él no ha dejado de pensar en mí. Yo puedo ser simplemente uno del montón, pero aún así Él ha pensado en mí. De la misma manera que cada hojita de hierba tiene su propia gota de rocío, así el alma culpable que viene a Cristo encontrará una expiación para sí misma en Cristo.

Bendito sea el nombre del Señor, que no está escrito que hay un sacrificio únicamente para los grandes de la tierra, sino que también para las personas del pueblo hay una ofrenda por el pecado, de tal forma que cada hombre que viene al Salvador encuentra limpieza por medio de Su preciosa sangre.

Observen agradecidos que el sacrificio establecido para las personas del pueblo era tan aceptable como el sacrificio establecido para el gobernante. Del jefe se dice, “El sacerdote hará por él la expiación de su pecado, y tendrá perdón.” Exactamente lo mismo se dice de la persona del pueblo. Cristo es tan acepto para el más pobre de Su pueblo como para el más rico de ellos. Salva tanto al desconocido como salva a los nombres apostólicos de gran renombre. Ellos necesitan el sacrificio de sangre, y no necesitan nada más, y la sangre que intercede ante el trono de Dios habla tan bien por el más pequeño como lo hace por el jefe del rebaño.

Vengan, entonces, ustedes que pertenecen a las personas del pueblo; si alguno de ustedes ha pecado, venga de inmediato a Jesús, la grandiosa ofrenda por el pecado. Aunque sean comunes en rango. ¿Acaso no saben que las personas del pueblo le escuchaban con gusto? Los publicanos y los pecadores se apretujaban a Su alrededor para escucharlo. Aunque sean unos pobretones, con escasa posesión de los bienes de este mundo, sin embargo, vengan, compren vino y leche sin dinero y sin precio. Aunque ustedes sean comunes en cuanto a sus talentos y a sus dones, sin embargo Él les ordena que vengan, pues estas cosas no están a la vista del sabio o del prudente. No es para quienes se consideran distinguidos que Él entregó especialmente Su vida, sino que “a los pobres es anunciado el evangelio,” y en su salvación Él será glorificado.

Observen que dice: “Si alguna persona del pueblo pecare por yerro (por ignorancia), haciendo algo contra alguno de los mandamientos de Jehová en cosas que no se han de hacer, y delinquiere; luego que conociere su pecado que cometió, traerá por su ofrenda.” ¿Ha venido súbitamente al conocimiento de alguna persona aquí presente, que ha pecado en aquello que no había considerado que era pecado? ¿Se ha derramado alguna luz fresca sobre ustedes, que les haya revelado su propia oscuridad? ¿Llegaron a este templo con un espíritu deprimido porque han descubierto que son culpables y deben perecer, a menos que la misericordia de Dios lo prevenga? Entonces, vengan ustedes, personas del pueblo que han descubierto su pecado, y traigan su sacrificio. Más aún, está aquí ya listo para ustedes. Vengan y acepten el sacrificio que Dios provee, para que su pecado sea quitado para siempre.

Yo quisiera que las palabras del texto provocaran en cada corazón, los mismos sentimientos que son provocados en el mío, pues yo desearía estar aquí y derramar mi alma en lágrimas debido al gozo que me produce que para el pecado de las personas del pueblo haya un sacrificio, pues yo puedo poner mi nombre entre los nombres de ellos. Yo he pecado, he llegado al conocimiento de mi pecado, y le doy gracias a Dios porque no necesito hacerme ninguna otra pregunta, sin importar quién sea o lo que sea, pues aunque sea uno del pueblo, hay una ofrenda por el pecado para mí.

II. Ahora pasamos de la persona AL SACRIFICIO. “Traerá por su ofrenda una cabra, una cabra sin defecto, por su pecado que cometió.”

Observen en primer lugar, hermanos míos, que hay una discrepancia entre el tipo y la realidad, pues primero la ofrenda bajo la ley era solamente para pecados por yerro (por ignorancia). Pero nosotros tenemos un sacrificio mucho mejor por el pecado que esa ofrenda, pues ¿acaso no hemos leído ante ustedes hoy esas preciosas palabras, “la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado?” No solamente de los pecados por ignorancia, sino de todo pecado. Oh, cuán bendita es esa palabra “todo.” Incluye pecados con conocimiento de causa, pecados en contra de la luz y del amor de Dios, pecados perpetrados desenfrenadamente, pecados en contra del hombre y en contra de Dios, pecados del cuerpo y del alma, pecados de pensamiento y de palabra y de obra de todo rango y carácter, “pecados inmensos como el mar;” todos, todos son quitados; no importa cuáles sean, “la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado.”

Sin embargo, yo bendigo a Dios porque el tipo trata con los pecados por ignorancia, porque podemos extraer un evangelio de eso. Nosotros hemos cometido muchos pecados de los que no nos hemos dado cuenta. Nunca han atormentado nuestra conciencia, porque todavía no los hemos descubierto; y, además, no los reconocemos como pecados; pero Cristo toma esos pecados también y ora, “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.” David decía: “Líbrame de los (errores) que me son ocultos,” y eso es precisamente lo que hace Jesús.

Solía ser una doctrina de la iglesia de Roma que ningún hombre podía obtener el perdón de ningún pecado que no hubiese confesado. Ciertamente si esto fuese así, no habría salvación para ninguno de nosotros, pues no es posible que la memoria aguante el peso del recuerdo de cada pecado, ni que la conciencia se vuelva tan perfecta como para percibir cada forma de trasgresión.

Pero, mientras tenemos la obligación de confesar a Dios todos los pecados que conocemos; y aunque debemos confesarlos con todo el detalle posible, sin embargo, si por ignorancia permanecen sin ser reconocidos, excepto en su conjunto, Jesucristo, la ofrenda por el pecado, carga con nuestros pecados por ignorancia, pecados que no sabíamos que fueran pecado cuando los cometimos, o que todavía no sabemos que sean pecado. Él los quita; debe ser así, pues Él “nos limpia de todo pecado.” Esto incluye los pecados por ignorancia así como también los pecados en contra de la luz y del conocimiento.

Entonces, cuánto consuelo encontramos aquí para ustedes que son personas del pueblo; no importa cuáles sean sus pecados, hay una ofrenda por el pecado que quita todos los pecados de ustedes. No importa de qué manera se hayan manchado ustedes, aunque sean tan negros como la noche y tan espantosos como el infierno, sin embargo hay poder en la sangre expiatoria del Dios encarnado para hacerlos tan blancos como la nieve que acaba de caer. Una vez lavados en la fuente abierta para limpiar el pecado y la impureza, no quedará en ustedes ningún rastro de culpa.

Observen otra discrepancia, que el pecador que era persona del pueblo en este caso debía traer su sacrifico.Traerá por su ofrenda.” Pero nuestra ofrenda por el pecado nos ha sido dada. Ustedes recordarán la pregunta que hizo Isaac a su padre Abraham al subir al monte Moriah; él dijo a su padre: “Padre mío; he aquí el fuego y la leña; mas ¿dónde está el cordero para el holocausto?” Abraham le contestó: “Dios se proveerá de cordero para el holocausto, hijo mío.”

La pregunta de Isaac muy bien puede ser la eterna pregunta de cada corazón atormentado. “Oh Dios, ¿dónde está el cordero para el holocausto?” ¿Quién cargará con el pecado del hombre? Nadie sino JEHOVÁ-JIREH (Jehová proveerá). Dios se ha provisto, Él mismo, de un cordero para el holocausto y para el sacrificio por el pecado también, y ahora nosotros no tenemos que traer un sacrificio por el pecado, sino que simplemente tenemos que tomar lo que Dios ha provisto desde antes de la fundación del mundo.

A continuación observemos que en el tipo la víctima elegida como ofrenda por el pecado era sin defecto; ya fuera oveja o cabra, debía ser sin defecto. ¿Cómo podría Cristo hacer una expiación por los pecados si hubiera tenido pecados propios? Si hubiera sido culpable, se habría requerido que Él sufriera por su propia culpa. Pero no estando bajo obligación de ningún tipo ante la ley de Dios, excepto la que voluntariamente asumió, cuando Él hubo rendido Su obediencia tenía una obediencia para regalar y gratuitamente nos la concedió a nosotros.

Cuando Él sufrió, no debiendo sufrimiento a Dios por cuenta de algo que hubiera hecho personalmente, tenía mucho sufrimiento para compartir, y lo ha transferido a nosotros. El Cristo inmaculado ha muerto, el justo por el injusto, para poder llevarnos a Dios. Esto está lleno de consuelo, pues si tú estudias, oh alma que buscas, el carácter perfecto de tu bendito Señor como Dios y como hombre, y compruebas que es más hermoso que los lirios y de una pureza incomparable, sentirás que si Él sufrió, debe haber en tal sufrimiento un mérito tan indecible que cuando es transferido a ti, puede salvarte de la ira venidera. En el amado Redentor tenemos un sacrificio sin defecto.

Pero yo no entiendo y por tanto no puedo explicarlo, por qué la víctima era una hembra en este caso, pues la mayoría de los sacrificios eran machos de un año; pero es algo muy peculiar que aquí se requieran hembras. ¿Será acaso porque no hay ni macho ni hembra, esclavo o libre, sino que todos son uno en Cristo Jesús? O, ¿me equivoco si conjeturo que tenía el objetivo de tipificar una visión de Cristo desde el punto de vista de alguna persona del pueblo, y por lo tanto el tipo es intencionalmente incompleto? Es una visión incompleta de Cristo cuando tienes ante ti una hembra como tipo, y el tipo es presentado intencionalmente de manera incompleta para que esta verdad esté ante nosotros: que mientras una visión completa de Cristo es muy consoladora, instructiva, y fortalecedora, sin embargo aun una visión incompleta de Él puede salvarnos, si está acompañada de una fe real.

Aunque cometamos un error acerca de algún punto, si estamos muy claros acerca de la verdad fundamental de Su sustitución, entonces no tenemos problemas. Por tanto me parece a mí que a propósito fue introducida una víctima que no manifestaba con exactitud a Cristo, para que Dios pudiera decir a Su pueblo y decirnos a nosotros: “ustedes no han alcanzado el entendimiento perfecto de mi amado Hijo, pero aun una comprensión imperfecta de Él los salvará, si creen en Él.”

¿Quién de nosotros sabe mucho de Cristo? Oh, hermanos, conocemos los suficiente para que nuestros corazones lo amen; conocemos lo suficiente acerca de Él para que sintamos que todo se lo debemos a Él, y que anhelemos vivir para Su gloria; pero Él es muchísimo más grandioso que nuestros pensamientos más grandes. Nosotros sólo hemos andado en la orillas de las costas y hemos navegado las pequeñas bahías y las ensenadas de Cristo; no nos hemos adentrado al océano principal, todavía no hemos sondeado Sus grandiosas profundidades.

Sin embargo, lo poco que sabemos de Él nos ha salvado, y por causa de Él somos perdonados y aceptados en el Amado. Parece que el Señor nos dice: “Pobres almas, ustedes han juzgado mal a mi Hijo, y han cometido muchos errores acerca de Él, pero sin embargo confían en Él, y por eso Yo los salvo.”

Una cierta mujer pensó que había poder para sanarla en el borde del manto de Jesús. Ella estaba equivocada al imaginar que había eficacia curativa en Sus vestidos, pero puesto que era un error dentro de la fe, y reflejaba honor sobre Cristo, Dios le respondió; hizo que saliera poder de Sí mismo hasta el borde de Su manto para beneficio de ella. Y así, aunque podamos errar aquí y allá en referencia a nuestro Señor, sin embargo, si nuestra alma se aferra a Él como se aferra un niño a su madre, conociendo muy poco de su madre excepto que su madre lo ama y que eso depende sólo de ella, ese acto de aferrarse será salvador.

Pero, el punto principal acerca del sacrificio consistía en que era sacrificado como un sustituto. No se hace ninguna mención acerca de llevarlo fuera del campamento; no creo que se hiciera en este caso: todo lo que el oferente sabía era que era sacrificado como sustituto. Y, queridos lectores, todo lo que es necesario saber para ser salvos es saber que ustedes son pecadores y que Cristo es su sustituto. Le suplico al Señor que nos enseñe a cada uno de nosotros esto, pues aunque vayamos a la universidad y aprendamos todo tipo de conocimiento, aunque hagamos un saqueo de todas las bodegas del conocimiento, a menos que sepamos esto: “Él me amó y se entregó por mí,” no habremos aprendido los verdaderos primeros principios de una verdadera educación para la eternidad. Dios nos está enseñando esto el día de hoy.

III. Y, ahora, en tercer lugar, pasamos del sacrificio a LAS CEREMONIAS POSTERIORES; sobre las cuales sólo diremos una palabra. En el caso de uno del pueblo, después que la víctima era degollada, la sangre se llevaba al altar de bronce, y los cuatro cuernos del altar eran untados, para mostrar que el poder de comunión con Dios está en la sangre de la sustitución. No hay comunión con Dios excepto a través de la sangre, Dios no nos acepta a ninguno de nosotros excepto a través de Él, que sufrió en lugar nuestro.

Y luego, en segundo lugar, la sangre era derramada al pie del mismo altar de bronce, como para mostrar que la expiación es el fundamento así como el poder de comunión. Cuanto más sintamos el poder de la sangre, más nos acercaremos a Dios, ay, y no podríamos venir a Dios de ninguna manera excepto por esa vía escarlata.

Después de esto, una parte de la ofrenda era colocada sobre el altar, y se dice relativo a ella lo que no se dice en ninguno de los otros casos, “el sacerdote la hará arder sobre el altar en olor grato a Jehová.” Esta persona del pueblo tenía, en la mayoría de los casos, una visión empañada de Cristo, comparada con los demás, pues no se dice acerca del sacerdote que lo que ofrecía era olor grato; pero, para consuelo de esta persona del pueblo, para que pudiera irse poseyendo una dulce consolación en su alma, se le dice que la ofrenda por el pecado que ha traído es olor grato a Jehová.

Y oh, qué gozo es pensar que Cristo no sólo ha quitado mi pecado si creo en Él; sino que Él es ahora para mí olor grato a Dios, y por Él yo soy aceptado ahora, soy amado, soy un deleite, soy precioso para Dios. Cuando Dios destruyó la tierra por medio de un diluvio, y Noé salió del arca, recordarán que ofreció un sacrificio a Dios, y está escrito: “Y percibió Jehová olor grato,” o un olor de descanso, y luego dijo: no exterminaré ya más toda carne con aguas de diluvio e hizo un pacto con Noé.

Oh, cuán feliz es esa alma que puede ver a Cristo, su ofrenda por el pecado, como olor de descanso al Dios Altísimo, de tal forma que un pacto de gracia es hecho con Él, un pacto de misericordias garantizadas que nunca será quebrantado.

Pero debo proseguir.

IV. Para este cuarto punto les pido que pongan toda la atención de su corazón. Intencionalmente he omitido UN ACTO ESENCIAL del sacrificio para poder ampliarlo ahora.

Por favor observen que en todos los cuatro casos había algo que nunca se quedaba fuera, “Y pondrá su mano sobre la cabeza de la ofrenda de la expiación.” De nada servía degollar el becerro, de nada servía sacrificar la vaquilla, de nada servía derramar la sangre, de nada servía untarla en los cuernos del altar, a menos que se hiciera esto.

La persona culpable debía venir, y debía poner personalmente sus manos sobre la víctima. Oh, que mientras yo hablo de esto, algunos de ustedes pusieran sus manos sobre Cristo Jesús, de acuerdo con el verso del poeta:

“Mi fe pone su mano
En Tu amada cabeza,
Mientras como penitente estoy,
Y allí confieso mi pecado.”
Ahora, ese acto de imposición de las manos significaba confesión. Quería decir precisamente esto: “Aquí estoy como pecador, y confieso que merezco morir. Esta cabra que va a ser degollada ahora, representa en sus sufrimientos lo que yo merezco de Dios.” Oh, pecador, confiesa ahora tu pecado a tu grandioso Dios, reconoce que Él sería justo si te condenara. La confesión de pecado es una parte del significado de la imposición de las manos.

La siguiente cosa que se significaba era la aceptación. La persona que ponía sus manos decía: “Yo acepto que esta cabra está en lugar mío. Estoy de acuerdo que esta víctima se ponga en mi lugar.” Eso es lo que la fe hace con Cristo, pone su mano sobre el siempre bendito Hijo de Dios, y dice: “Él está en mi lugar, yo lo tomo como mi sustituto.”

El siguiente significado era de transferencia. El pecador que estaba allí y que confesaba y que ponía su mano sobre la víctima y la aceptaba, por medio de ese acto, decía: “Yo transfiero de conformidad al mandato de Dios, todo mi pecado que aquí confieso, a esta víctima.” Mediante ese acto se llevaba a cabo la transferencia. Ustedes saben que hay un pasaje bendito que dice que “Mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros,” y por esta expresión se ha objetado ese bendito himno:

“Yo pongo mis pecados sobre Jesús.”
Sin embargo yo pienso que esa frase es muy correcta. ¿Acaso no pueden ser correctas ambas expresiones? Dios ciertamente puso todo el bulto del pecado sobre Cristo, cuando colocó toda nuestra iniquidad sobre Él, pero por un acto de fe, cada individuo, en otro sentido, pone sus pecados sobre Jesús, y es absolutamente necesario que cada hombre lo haga, si quiere ser partícipe de la sustitución.

Ahora les suplico que observen que este era un acto personal. Nadie podía poner su mano sobre el becerro, o sobre la cabra, a nombre de otro; cada uno debía poner su propia mano allí. Una madre piadosa no podía decir: “mi hijo que no posee la gracia no quiere poner su mano sobre la víctima, pero yo lo haré en su nombre.” No podía ser así. Quien ponía su mano allí tenía la bendición, y nadie más, y si el santo más piadoso poseído de un celo santo, pero equivocado, hubiera dicho: “hombre rebelde, si no quieres poner tu mano allí, yo actuaré como patrocinador tuyo,” no hubiera servido de nada; el ofensor debía venir personalmente.

Y así, amado lector, tú debes tener una fe personal en Cristo, por ti mismo. El significado de la palabra a veces se interpreta como apoyarse, y algunos le dan el significado de apoyarse muy firmemente. Qué bendita visión de la fe nos da eso. Algunas veces, de acuerdo a los rabinos, los que traían a la víctima se apoyaban con todas sus fuerzas y presionaban sobre ella como queriendo decir con ese acto, “yo pongo toda la carga, todo el peso, y toda la fuerza de mi pecado sobre esta víctima sin defecto.” Oh, alma mía, apóyate fuertemente en Cristo, echa todo el peso de tu pecado sobre Él, pues Él es capaz de llevarlo, y vino precisamente para cargar con ese peso, y Él será honrado si te apoyas fuertemente en Él.

Y, amados hermanos, qué acto tan simple era ése. El hombre que no quería ser absuelto de su pecado de esta manera merecía perecer; no se requería ninguna otra cosa sino que pusiera su mano, ninguna otra cosa sino que se apoyara, ¡cómo podía rechazar eso! La fe en Cristo no es ningún misterio, no es ningún problema que requiera una explicación que necesite largos tratados pedagógicos. Es sencillamente: confía en Él, confía en Él, confía en Él, y serás salvo. “Hay vida en una mirada al Crucificado.” “Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra.” Nada puede ser más claro, nada puede ser más sencillo. ¿Por qué será que tantas personas se confunden a sí mismas allí donde Dios nos ha dado cosas tan sencillas? Debe ser que Dios hizo al hombre entendido, pero él ha encontrado muchos inventos con los que se aturde a sí mismo.

La imposición de la mano era el acto de un pecador. El hombre llegó allí porque había pecado, y porque se había dado cuenta de su pecado. Si no hubiera cometido ningún pecado no habría tenido ningún significado traer su ofrenda por el pecado. La inocencia no necesita un sustituto ni un sacrificio por el pecado. La ofrenda por el pecado es evidentemente para el hombre que ha pecado, y quiero decir que no hay ningún alma para quien Cristo sea más necesario que para el alma que está llena de pecado. Tú que eres un gran pecador, un pecador vigoroso, negro, completo, un pecador condenable, tú eres precisamente el pecador que debe venir a Cristo y debe glorificar Su gracia.

Él es un médico que no vino a este mundo para curar dolores de dedos, ni pinchazos de alfileres, sino para sanar grandes enfermedades, lepras repugnantes y fiebres ardientes. ¡Ven tú, pecador, que eres uno del pueblo, ven y descansa únicamente en Jesús! Quisiera saber cómo hablar de este tema para poder conmover las almas de ustedes. Dentro de unos pocos meses o a lo mucho algunos años, estaremos todos ante el tribunal de Dios; y ¿qué pasaría si algunos de nosotros nos encontráramos allí cargando con nuestros pecados? Me temo que algunos de ustedes estarán allí sin haber sido perdonados. ¡Oh, tú, a quien he hablado tan a menudo!, ¿estarás allí sin que hayas sido perdonado?

Yo no podré excusarlos allá, ni decir que ustedes no conocieron el camino de salvación, pues yo lo he predicado con gran sencillez de oratoria. A menudo he desechado expresiones que se hacían apropiadas a mi gusto, para usar más bien palabras caseras, para que ninguno de ustedes se quedara sin entender. Dios sabe que a menudo he abandonado pistas de pensamiento que se han abierto ante mí, y que tal vez hubieran interesado a muchos de mis oyentes, porque he sentido que mientras muchos de ustedes no sean salvos todavía, debo continuar arando con simplicidades, y sembrando verdades elementales. Yo siempre estoy repitiendo y repitiendo la historia de la obra de sustitución del Señor Jesús.

¡Cómo! ¿Acaso ustedes odian tanto sus almas que dejarán que se condenen despreciando a Cristo? ¿Hay tanto odio dentro de ustedes mismos que rechazarán el propio sacrificio de Dios por el pecado? No pueden decir que es difícil que ustedes se apropien de la muerte de Jesús. Sólo se requiere que pongan su mano de fe sobre esa cabeza amada. Qué enemistad debe haber en sus corazones que no quieren ser reconciliados con Dios, aun cuando Él hace la reconciliación por medio de la muerte de Su propio Hijo amado. A qué grado ha llegado la rebelión del hombre en contra de su Hacedor, cuando, antes que estar en paz con Él, rechaza el amor eterno, y va a arruinar su propia alma para siempre.

Oh, que Dios nos conceda que algunas personas hoy puedan decir: “Voy a extender mi mano, y voy a confiar en Jesús.” Ustedes ven que la mano que debe extenderse es una mano vacía, y el corazón que se apoya puede ser un corazón desfalleciente. La debilidad y la pecaminosidad encuentran fortaleza y perdón cuando toman a Jesús para que sea su Todo en todo.

V. La última palabra que tengo que hablarles constituye el quinto encabezado, es decir, LA BENDICIÓN ASEGURADA. Vayan a sus Biblias, al versículo 31; que cada alma aquí presente que esté consciente de pecado, lea esas últimas líneas: “y será perdonado.” Allí está el sacrificio. El hombre debe poner su mano sobre él. El sacrificio es degollado, y “el pecado le será perdonado.” ¿No era ese un lenguaje sumamente sencillo? No existía ninguna condición: si, pero, tal vez; sino que dice: “le será perdonado.”

Ahora, en aquellos días, era solamente un pecado, el pecado confesado, el que era perdonado, pero ahora “Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres.” En aquellos días el perdón no otorgaba a la conciencia paz permanente, pues el oferente muy pronto tenía que regresar con otro sacrificio; pero ahora la sangre de Cristo borra todos los pecados de los creyentes de inmediato y para siempre, de tal forma que no se necesita traer un nuevo sacrificio, ni venir una segunda vez con la sangre de la expiación en nuestras manos.

El sacrificio del judío no tenía un valor intrínseco. ¿Cómo podía la sangre de los becerros y de las cabras quitar el pecado? Sólo podía ser útil como un tipo del verdadero sacrificio, la ofrenda por el pecado de Cristo. Pero en nuestro Señor Jesús hay eficacia real, hay verdadera expiación, hay verdadera purificación, y cualquiera que crea en Él, encontrará verdadero perdón y completa remisión en este mismo instante. Qué gozo es saber que:

“En el instante en que el pecador cree,
Y confía en su Dios crucificado,
Su perdón recibe de inmediato,
Y la salvación es plena mediante Su sangre.”
Yo me deleito en creer que el verso de Kent es verdadero acerca de Cristo:

“Aquí hay perdón para las trasgresiones pasadas,
No importa cuán negro sea su matiz,
Y oh, alma mía, maravillada observa,
Que para futuros pecados aquí hay perdón también.”
Todos nuestros pecados fueron puestos a la vez sobre Cristo, y todos fueron quitados de una vez. Ay de cualquier hombre que tenga que cargar con sus pecados conforme se van dando; la bendición es que conforme nuestros pecados son cometidos, todavía son puestos sobre Jesús, de conformidad a las palabras del Salmista: “Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño.” El creyente peca, pero Dios no le imputa su pecado, lo pone sobre la cabeza del chivo expiatorio que llevó nuestros pecados desde antes, sobre Cristo Jesús nuestro Salvador.

La esencia de todo mi sermón es ésta, si hay aquí algún hijo de Dios que está en la oscuridad y abrumado por el pecado, amado hermano, amada hermana, no te quedes altercando con el diablo en relación a si eres hijo de Dios o no. No te quedes revisando tu experiencia y diciendo: “me temo que soy un hipócrita y he sido engañado.”

Pero por el momento, supongamos lo peor. Dejemos que el diablo dé por hecho todas sus acusaciones, y luego respondámosle con palabras semejantes a aquellas de Martín Lutero: “tú dices que soy un gran pecador y un quebrantador de la ley, y cosas semejantes; a lo que respondo que voy a cortar tu cabeza con tu propia espada, pues ¿qué si soy un pecador? Está escrito que Jesucristo vino para salvar pecadores, y yo como pecador descanso mi alma únicamente sobre Él.” Me gusta comenzar de nuevo. La mejor manera de recuperar las evidencias perdidas es hacer las evidencias a un lado, e ir nuevamente a Jesús. Las evidencias son bastantes parecidas a un reloj de sol; puedes saber qué hora es si el sol está alumbrando, pero no lo sabrías sin sol; y ciertamente un hombre de experiencia puede saber qué hora es sin necesidad del reloj de sol. Le basta con mirar el sol.

Las evidencias son más claras cuando Jesús está cerca, y ese es precisamente el momento cuando no las necesitamos. Aquí tenemos la dirección de Dios para actuar cuando estemos en medio de la nube. “El que anda en tinieblas y carece de luz,” ¿qué? ¿Que sienta angustia por sus evidencias? No, “confíe,” y se acabó; “confíe en el nombre de Jehová, y apóyese en su Dios.” Y la luz pronto vendrá a Él.

Ven de inmediato, oh pecador abrumado, a la ofrenda por el pecado. “Y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo.” La fuente que fue abierta para el pecado y para la inmundicia no fue abierta solamente para el no regenerado, sino también para el pueblo de Dios, pues fue abierta “en la casa de David,” para los “habitantes de Jerusalén,” esto es, para quienes conforman el pueblo de Dios.

Si hay aquí alguna pobre alma que nunca ha creído en Jesús, pero que está abrumada por el pecado, yo la invito, y pido a Dios el Espíritu Santo que haga esta invitación eficaz, que venga ahora a Jesucristo. Me parece que cuando yo estaba buscando al Salvador, si yo hubiera estado en esta congregación, y hubiera escuchado la explicación que Cristo lleva el pecado como sustituto, y hubiera escuchado el sencillo sermón que ustedes han oído hoy, hubiera encontrado la paz directamente; pero en vez de ello estuve tratando de cazar la paz durante meses y más meses, porque yo no conocía esto, que yo no podía hacer nada, pues Cristo lo ha hecho todo; y todo lo que yo tenía que hacer era tomar lo que Cristo ha hecho, y simplemente confiar en Él.

Ahora, ustedes ya lo saben también. ¡Oh, que Dios agregue algo al conocimiento de ustedes! ¡Que les dé poder para poner su mano sobre Jesús! Alma, apóyate en Él; apóyate en Él. Si no te puedes apoyar, déjate caer en Sus brazos. Desmáyate en el pecho del Salvador. Confía en Él, descansa en Él, es todo lo que te pide, y entonces la fe te justificará y te limpiará, y te dará santificación, y muy pronto perfección, y te llevará a Su reino eterno y a Su gloria. Que Dios los bendiga, por Cristo Jesús. Amén.