“Saldrá ESTRELLA de Jacob”. Números 24: 17

Aunque esta profecía podría referirse a David, estamos persuadidos de que el verdadero designio del Espíritu Santo es simbolizar a nuestro Señor Jesucristo. Toda la naturaleza en lo alto así como también la que está en derredor nuestro contribuye a exponer a nuestro Señor. Todas las flores del campo y muchas de las bestias de la llanura, y ahora las propias esferas celestes, se convierten en metáforas y símbolos mediante los cuales nos es manifestada la gloria de Jesús. Deberíamos esforzarnos por aprender las cosas que Dios se toma la molestia de enseñarnos. Cuando hace que el cielo y la tierra se conviertan en las páginas del libro, en respuesta deberíamos ser sumamente devotos en nuestro estudio. Oh, ustedes que han sido negligentes en aprender de Cristo, pongan fin a su negligencia, y confíen en que se ha de pronunciar una palabra que sea como la proyección de la luz de una estrella en las tinieblas de su alma, para que a partir de ahora sean conducidos a conocer a Cristo y a ser encontrados en Él.

Entonces, nuestro Señor es comparado a una estrella, y vamos a señalar siete razones para esta comparación. Es llamado una estrella como:

I.   SÍMBOLO DE GOBIERNO.

Ustedes observarán de qué manera tan evidente está vinculado con un cetro y con un conquistador. Jacob sería bendecido con un valeroso líder que habría de convertirse en un triunfante soberano. En la literatura oriental, sus grandes hombres, y, especialmente sus grandes libertadores, son llamados con mucha frecuencia: ‘estrellas’. La estrella ha estado asociada constantemente con la monarquía, e incluso en nuestro propio país consideramos todavía a la estrella como uno de los emblemas de un encumbrado rango. Contemplen, entonces, a nuestro Señor Jesucristo como la Estrella de Jacob. ¡Él es el Capitán de Su pueblo, el Líder de las huestes del Señor, el Rey en Jesurún, Dios sobre todo, glorioso y bendito para siempre!

En este sentido podemos decir de Jesús que tiene una autoridad que ha heredado por derecho. Él hizo todas las cosas y todas las cosas en Él subsisten. Es justo que Él gobierne sobre todas las cosas. Como no hay ni una sola lengua que pueda moverse en el cielo o en la tierra si no es con Su permiso, es conveniente que toda lengua confiese que Él es Señor, para la gloria de Dios el Padre. ¡Oh, que los hombres fueran justos para con el Hijo de Dios! Quisiera que sus almas rebeldes cedieran a la fuerza de la rectitud y que ya no dijeran más: “¡Rompamos sus ligaduras, y echemos de nosotros sus cuerdas!”

Hombres inconversos, yo quisiera que ustedes se entregaran a Jesús. Él tiene un derecho sobre ustedes. Es gracias a Su intercesión que su vida perdida sigue siendo todavía perdonada. Es gracias a Su divina bondad que ustedes están donde están esta noche. Es gracias a Su soberanía mediadora que se les permite elevar oraciones y súplicas a Dios. Entonces denle lo que le corresponde. No le roben la lealtad que Él reclama tan justamente. No le entreguen su espíritu a ese exigente tirano que busca su destrucción. ‘Doblad la rodilla y honrad al Hijo, incluso ahora, para que no se enoje, y perezcáis en el camino’. Reconózcanlo como su Señor.

Como una estrella, nuestro Señor tiene una autoridad que ha ganado valientemente. Doquiera que Cristo es rey, ha luchado ardua y duramente para conseguirlo. Recuerden el terrible conflicto en Getsemaní, cuando dijo: “He pisado yo solo el lagar”. Cuando regresó ensangrentado del Calvario, de hecho, allí mismo y a esa hora había hecho huir a las huestes de Bosra y de Edom, y había manchado Sus vestidos con el carmesí del vencedor. Entonces, Aquel que marchó en la grandeza de Su poder es grande para salvar. En cada corazón humano en que Jesús reina, gobierna por haber desalojado por la fuerza de la gracia al viejo tirano que había establecido su soberanía allí. El sostenimiento de esa soberanía dentro del corazón es el resultado del mismo cetro poderoso de Su amor y gracia.

¡Oh, que el Rey Jesús ejerciera Su poder y estableciera un trono en más corazones! Creyentes, ¿acaso no anhelan verlo glorioso? Si lo aman, yo sé que anhelan verlo así. Vivirían para ésto y morirían para ésto: que Cristo pudiera tener a los Suyos, y condujera a los blancos corceles del triunfo por las calles de Jerusalén, con todo Su pueblo haciéndole una venia y esparciendo sus honores en Su sendero. ¡Oh, pecadores!, quiera Dios que ustedes se entreguen a Él. Yo oro pidiendo que se ciña ahora Su espada en Su muslo, y que por el poder de la gracia los constriña a inclinar voluntariamente sus cuellos ante Su cetro de plata.

Hermanos y hermanas, es un hecho lamentable que Cristo tenga todavía una parte tan pequeña del mundo bajo Su regio poder. Vean, los dioses de los paganos permanecen firmes sobre sus pedestales. La antigua ramera de Roma se ostenta todavía en su manto escarlata. La media luna de Mahoma mengua pero su torva luz se proyecta todavía a través de todas las naciones. ¿Por qué se demora? Tal vez Su dedo esté ya sobre el cerrojo; pudiera ser que viniera pronto. ¡Ven pronto, Señor! ¡Nuestros anhelantes corazones te suplican que vengas! Mientras tanto, a ustedes y a mí nos corresponde pelear, cada soldado en su rango, cada hombre ocupando su lugar, según su Señor le hubiere indicado, contendiendo con alma, corazón y fuerza por lo recto, por lo verdadero, por la fe, por la santidad, por la cruz y por todo lo que esa cruz significa entre los hijos de los hombres. ¡Bendita Estrella de Jacob! Tú brillas con tus propios rayos; tú brillas con un poder misterioso que nadie te dio, pues es inherentemente tuyo.

Antes de dejar este punto sólo diré que este reino de Cristo, dondequiera que esté, es sumamente benéfico. Doquiera que brille esta estrella de gobierno, sus rayos esparcen bendición. Jesús no es ningún tirano. No gobierna mediante la opresión. La fuerza que utiliza es la fuerza del amor. Nunca hubo un súbdito del reino de Cristo que se quejara de Él. Quienes más le han servido han anhelado servirle más. Vamos, incluso Su pobres mártires en las catacumbas de Roma, muriendo de inanición o siendo arrastrados al Coliseo para ser devorados por las bestias salvajes, jamás expresaron nada malo de Él. Ciertamente si hubo una situación difícil para alguien, lo fue para ellos, pero entre más torturados eran más se regocijaban, y nunca hubo cánticos más dulces que aquéllos que brotaban de los labios agonizantes de seres que estaban crepitando sobre los carbones encendidos, cuyos miembros eran destrozados al ser atados a las patas de caballos salvajes, cuyos cuerpos eran aserrados por la mitad. Justo en la proporción en que sus dolores corporales se volvían agudos, el gozo espiritual se acentuaba; y mientras el hombre exterior se descomponía, el hombre interior saltaba a una nueva vida, anticipando los gozos del primogénito delante del trono. Él es un buen Señor. ¡Jóvenes, yo quisiera que ustedes le sirvieran! ¡Oh!, que fueran alistados a Su servicio. Han transcurrido ahora muchos años desde que yo le entregué mi corazón -ya son casi veinte años- pero no puedo decir ni una sola palabra en contra suya. Es más, quisiera haberle servido siempre; quisiera haberle servido antes, y yo ruego sinceramente que me use hasta el límite de mi capacidad. Si me convirtiera en la alfombra de la entrada de Su templo, yo sería sumamente dichoso. Si permitiera que mi nombre fuera desechado como malo y diera mi cuerpo a los perros, no me importaría en tanto que Su verdad prosperara y Su nombre fuera engrandecido. Pero ¡ay!, hay tanto ego en nosotros, tanta altivez y no sé qué otras cosas más, que quien conoce verdaderamente al Señor, tiene razón para pedirle que traiga Su grandiosa artillería y derrumbe los castillos de nuestra corrupción natural, nos conquiste una vez más, y gobierne en nosotros por la pura fuerza de la gracia, hasta que en cada porción y en cada rincón de nuestros espíritus no haya nada sino el amor de Cristo y la habitación de Su misericordioso Espíritu. Interpretamos que la estrella es el símbolo del gobierno.

En segundo lugar, la estrella es:

II.   IMAGEN DEL ESPLENDOR.

Cuando los hombres desean hablar de esplendor, hablan de las estrellas. Los que son justos son como las estrellas, y los que enseñan la justicia a la multitud resplandecerán como las estrellas a perpetua eternidad. Nuestro Señor Jesucristo es la luminosidad misma. La estrella es sólo una pobre expresión de Su inefable esplendor. ¡Oh, que el pensamiento les quedara completamente claro! Él es el resplandor de la gloria de Su Padre, indeciblemente resplandeciente como la Deidad. Él es el esplendor mismo en Su naturaleza humana, pues en Él no había ni mancha ni arruga. Como Mediador, exaltado en lo alto, disfrutando de la recompensa de Sus dolores, Él es esplendoroso en verdad. Observen que nuestro Señor, como una estrella, es una resplandeciente estrella especial en el asunto de la santidad. No hubo pecado en Él. Miren, y miren, y miren otra vez en Su carácter que se asemeja a una estrella. Incluso los ojos de lince de los infieles no han sido capaces de descubrir algún error en Él; y en cuanto a los atentos ojos de los críticos que han sido creyentes, han sido conducidos a llorar una y otra vez, y luego a brillar y a destellar con deleite conforme han visto la fusión de todas las perfecciones en Su adorable carácter para integrar una sola perfección.

Como una estrella Él brilla también con la luz del conocimiento. Moisés era, por decirlo así, sólo una bruma, pero Cristo es el profeta de la luz. “La ley por medio de Moisés fue dada” –una cosa de tipos y sombras- “pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo”. Si alguien ha de ser enseñado en las cosas de Dios, debe obtener su luz de la Estrella de Belén. Pueden acudir a las universidades que quieran, a los tomos escritos por hombres ilustrados, a las escuelas de los filósofos, pero en las cosas espirituales no reciben ninguna luz hasta que miran a Jesús, y entonces en Su luz miran la luz, pues hay un esplendor trascendental en Él. Él es la sabiduría de Dios así como también el poder de Dios; Él es el camino, la verdad, y la vida. ¡La luz divina ha encontrado su centro en Él!

Su luz es también la luz del consuelo. ¡Oh, cuántos han emergido de la oscuridad de sus almas y han encontrado la paz mirando a esta Estrella de Jacob, el Señor Jesucristo! Muy bien lo ha expresado nuestro himno:

“Él es la refulgente Estrella Matutina de mi alma,

Y Él es mi Sol Naciente”.

Una mirada a Cristo y la medianoche de tu incredulidad se disipa. Pero una visión de las cinco heridas cubre tus pecados y borra tus iniquidades. Feliz el día, feliz el día cuando el alma contempla por primera vez al Redentor crucificado, y se entrega a Él confiando en Él para eterna salvación. ¡Brilla dulce estrella, brilla esta noche en algún corazón entenebrecido! ¡Da santidad, da luz, da conocimiento de Dios, da gozo y paz al creer, al creer en la preciosa sangre!

Al hablar de Cristo como una estrella o “el Símbolo de Gobierno” les dije: sométanse a Él. Ahora, hablando de Él como una estrella o la “Imagen del Esplendor”, les digo: mírenlo a Él, mírenlo a Él. Es el precepto del Evangelio: “Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra”, y hacemos bien en cantar:

“Hay vida por una mirada al Crucificado”.

Pobre pecador, no te demores más. No se te pide que hagas algo, que seas algo, ni que sientas algo, sino simplemente se te pide que apartes la mirada del ‘yo’ y la dirijas a lo que Cristo ha hecho, y vivirás.

“Míralo postrado en el huerto,

Sobre el suelo yace tu Hacedor;

Contémplalo sobre el madero ensangrentado,

Óyelo clamar antes de morir:

‘Consumado es’.

Pecador, ¿no te basta eso?”

Entonces míralo a Él y vive.

En tercer lugar, nuestro Señor es comparado a una estrella para hacer resaltar el hecho de que:

III.   ÉL ES EL DECHADO DE CONSTANCIA.

Diez mil cambios han sido realizados desde que el mundo comenzó, pero las estrellas no han cambiado. Permanecen allí. En un tiempo soñamos que se movían. Una ignorante imaginación afirmaba que todas esas estrellas giraban en torno a este pequeño globo nuestro. Pero ahora sabemos que no era así. Allí están tanto de día como de noche, siendo siempre las mismas, y podemos decir que no han cambiado desde que el mundo comenzó, y probablemente tampoco lo harán hasta que, como un vestido, Dios enrolle la creación porque está gastada.

Es muy deleitable recordar que la misma estrella que miré anoche fue vista también por Abraham, tal vez acompañado con algunos de los mismísimos pensamientos. Y cuando hayamos partido, y otras generaciones nos hubieren seguido, los que vienen después habrán de mirar a la mismísima estrella.

Lo mismo sucede con nuestro Señor Jesús. Él es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos. Lo que los profetas y los apóstoles vieron en Él, nosotros podemos verlo en Él, y lo que Él era para ellos, eso es para nosotros, y será también para las generaciones venideras. Cientos de nosotros podríamos estar viendo la misma estrella al mismo tiempo sin saberlo. Hay un punto de reunión para muchos ojos. Algunos de nosotros podemos ser arrastrados por las circunstancias a Australia, o a Canadá, o a los Estados Unidos, o podríamos andar navegando a través del profundo abismo, pero allí veríamos las estrellas. Es cierto que al otro lado del mundo veríamos otro conjunto de estrellas, pero las estrellas en sí siguen siendo siempre las mismas. En cuanto a nosotros que estamos en este hemisferio, hemos de mirar la misma estrella. Así, dondequiera que estemos, vemos al mismo Cristo. Un hermano aquí cuenta con educación, pero cuando mira a Cristo, ve al mismo Cristo que ve la pobre mujer iletrada sentada en uno de los pasillos. Y tú, hombre pobre, que no tienes, tal vez, ni seis peniques en el mundo, tú tienes al mismo Cristo en quien confiar que el hombre más rico de todo el mundo. Y tú que te consideras tan oscuro que nadie te conoce excepto tu Dios, tú miras a esa misma estrella que brilla con los mismos rayos para ti, como para el cristiano que va de líder en la caravana de las huestes del Señor. Jesucristo es todavía el mismo, el mismo para todo Su pueblo, el mismo en todo lugar, el mismo por los siglos de los siglos. Por tanto, muy bien puede ser comparado con esas brillantes estrellas que ahora brillan como lo hicieron antaño y no cambian.

En cuarto lugar, podemos trazar esta comparación de nuestro Señor a una estrella como:

IV.   FUENTE DE INFLUENCIA.

Los antiguos astrólogos solían creer con mucha convicción en la influencia de las estrellas sobre las mentes de los hombres. Sin endosar sus desacreditadas teorías, nos encontramos en la Escritura con expresiones como ésta: “¿Podrás tú atar los lazos de las Pléyades, o desatarás las ligaduras de Orión?”, aludiendo sin duda, al hecho de que las Pléyades van en ascenso en los dulces meses de la primavera, cuando el cálido aliento y las delicadas lluvias hacen brotar los tiernos retoños y la hierba tierna, el follaje y las flores de Mayo, con toda la hermosura de la estación, mientras que Orión va en ascenso como una señal invernal, cuando las ligaduras de hielo atan el estallido de la naturaleza. Pero, ya sea que haya una influencia en las estrellas o no, en lo tocante a este mundo, yo sé que hay una gran influencia en Cristo Jesús. Él es la fuente de todas las santas influencias entre los hijos de los hombres. Cuando esta estrella brilla sobre las tumbas de los hombres que están muertos en pecado, comienzan a vivir. Cuando el rayo de esta estrella brilla sobre los pobres espíritus prisioneros, sus cadenas se sueltan y el cautivo salta para librarse de sus cadenas. Cuando esta estrella refulge con su luz sobre un cristiano cargado, comienza a brotar y a florecer y a producir preciosos frutos. Cuando esta estrella brilla sobre el hombre rebelde, comienza a enmendar sus caminos, y, como los sabios orientales, principia a seguir su luz hasta que encuentra de nuevo a su Salvador. Esta estrella tiene una influencia sobre nuestra natividad. Es a través de sus benignos rayos que nacemos de nuevo, y en nuestro horóscopo tiene una influencia sobre nuestra muerte, pues es en su luz que nos quedamos dormidos creyendo que nos despertaremos en la imagen del Señor Jesús. ¡Oh, dulce estrella, brilla siempre sobre mí! No dejes que me pierda jamás de sus rayos, sino que siempre camine a su luz hasta ser encontrado en el pleno calor del mediodía del Sol de Justicia por los siglos de los siglos.

En quinto lugar, el Señor Jesucristo puede ser comparado a una estrella:

V.   Como una fuente de orientación.

Hay algunas estrellas que son extremadamente útiles para los marineros. No puedo imaginar de qué otra manera pudiera ser navegado el ancho océano si no fuera por la ayuda especial de la Estrella Polar. Jesús es la Estrella Polar para nosotros. En los tiempos antiguos, cuando la maldición de la esclavitud no había sido suprimida, cuánto debe de haber bendecido a Dios el pobre negro por esa estrella polar, tan fácil de encontrar. Cualquier niño con una fugaz enseñanza sabe pronto cómo descubrirla entre sus congéneres en la noche, y cuando el negro aprendía una vez a distinguir la estrella que brillaba sobre la tierra de la libertad, cómo la seguía a través de las funestas ciénegas o a lo largo de los llanos que eran más terribles todavía; cómo podía vadear los torrentes y escalar las montañas, siempre animado por la visión de esa estrella polar.

Así es Jesucristo para el buscador. Él lo conduce a la libertad, Él lo conduce a la paz. ¡Oh!, yo desearía que lo siguieran algunos de ustedes que andan dando vueltas por mil caminos para encontrar la paz donde nunca la van a encontrar. No hay nunca un domingo en que no trate de hablar -algunas veces en tonos cordiales y en otras ocasiones con tronantes notas- la simple verdad que Jesucristo vino al mundo para salvar pecadores. Yo trato de aclarar muy bien que no son ni sus oraciones ni sus lágrimas, ni sus acciones, ni sus deseos, ni alguna cosa suya las que pueden salvarlos, sino que toda su ayuda se alberga en uno que es poderoso, y que sólo deben mirarlo a Él.

Sin embargo, pecadores, ustedes todavía se están mirando a ustedes mismos. Ustedes rastrillan los estercoleros de su naturaleza humana para encontrar la perla de gran precio que no está allí. Buscan debajo del hielo de la depravación natural para encontrar la llama del consuelo que no está allí. Mirar a sus propias obras y méritos para encontrar alguna base de confianza equivaldría a buscar en el infierno mismo para encontrar el cielo. ¡Desechen esas cosas! ¡Desechen esas cosas, cada una de ellas! ¡Desechen todas esas confianzas suyas!, pues:

“Nadie sino Jesús, nadie sino Jesús, Puede hacer bien a los pecadores desvalidos”.

¡Sólo haz girar el timón, y cambia la vela, y vira por avante! No sigas el faro de aquel que trata de provocar naufragios para cometer pillajes atrayéndote desde aquella costa a las peñas del autoengaño, sino sigue la orientación de la estrella polar, haz que navegue tu barca hacia allá, y ora pidiendo del bendito Espíritu vientos favorables que te guíen debidamente al puerto de paz.

Nuestro Señor es comparado a una estrella, seguramente:

VI.   COMO EL OBJETO DE ADMIRACIÓN.

Una de las primeras líneas que muchos de ustedes aprendieron a recitar fue:

“Titila, titila, estrellita,

Cómo deseo saber lo que eres”.

Pero eso es precisamente lo que Galileo pudo haber dicho, y exactamente lo que el más grande astrónomo que haya vivido jamás podría decir. Algunas veces has mirado a través de un telescopio y has visto los planetas, pero después de haberlos mirado no sabías nada en particular acerca de ellos; y esos que están ocupados todo el día y toda la noche haciendo constantes observaciones –yo creo- les dirán que el resultado es más bien el de anonadamiento que el de entendimiento. Sigue siendo válido ésto:

“Cómo deseo saber lo que eres”.

Así, para los que estamos en Cristo Jesús, Él es una estrella inigualable, pero, ¡oh, hermanos!, hacemos bien en preguntarnos qué cosa es Él. Cuando éramos parvulitos solíamos pensar que las estrellas eran hoyos abiertos en los cielos, a través de los cuales la luz del cielo brillaba, o que eran trocitos de polvo de oro que Dios había esparcido por doquier. Ahora no pensamos eso; entendemos que son mucho más grandes de lo que parecen ser. Así, cuando éramos carnales y no conocíamos al Rey Jesús, considerábamos que era muy semejante a cualquier otra persona, pero ahora comenzamos a conocerlo y descubrimos que es mucho más grande, infinitamente más grande de lo que pensábamos. Y conforme crecemos en gracia, descubrimos que es mucho más glorioso todavía. Al principio era una estrellita para nuestra visión, pero ahora ha crecido en nuestra estimación hasta llegar a ser un sol, un deslumbrante sol, cuyos rayos refrescan a nuestra alma. ¡Ah!, pero cuando nos acercamos a Él, ¿qué será Él? Imagínate que eres transportado sobre el ala de un ángel para hacer un viaje hasta una estrella. Viajando a una velocidad inconcebible, abres de pronto tus ojos y dices: “¡Cuán prodigioso! Vamos, eso que era un estrella se ha convertido justo ahora en algo tan grande para mi visión como el sol del mediodía”. “Espera”, -dice el ángel- “mayores cosas que éstas verás”, y, conforme avanzas, el disco de esa esfera celeste aumenta de tamaño hasta llegar a ser igual a cien soles; y ahora dices: “¿Pero qué? ¿No estoy ahora cerca de ella?” “No”, -responde el ángel- “ese enorme globo está lejos todavía, muy lejos”, y cuando llegas finalmente, descubres que es un mundo tan portentoso que la aritmética sería incapaz de calcular su tamaño y difícilmente podría la imaginación cercarlo con el cinturón de la fantasía. Ahora, Jesucristo es así. Les dije que aquí crece ante Su pueblo, pero ¿qué será verlo allá cuando el velo sea levantado y lo contemplemos cara a cara? Algunas veces anhelamos descubrir qué es esa estrella, conocerlo a Él, comprender con todos los santos cuáles sean las alturas y las profundidades, y conocer el amor de Cristo que excede a todo conocimiento; pero, mientras tanto,  nos vemos forzados a sentarnos y cantar:

“Sólo Dios conoce el amor de Dios:

Oh, que fuera derramado abundantemente ahora

En este pobre corazón de piedra”.

Tenemos que confesar que:

“Los primogénitos hijos de la luz

En vano desean ver su profundidad;

No pueden alcanzar el misterio,

La longitud, la anchura, la altura”.

Pero, para concluir, la metáfora usada en el texto puede muy bien contener esta séptima significación. Nuestro Señor es comparado con una estrella ya que:

VII.   ÉL ES EL HERALDO DE GLORIA.

La brillante estrella matutina vaticina que el sol viene en camino para alegrar a la tierra con su luz. Doquiera que llega Jesús, es un grandioso profeta de bien. Cuando llega a un corazón, tan pronto como hace acto de presencia, pueden estar seguros de que hay una vida de eternidad y un gozo venidero. Cuando Jesucristo entra en una familia, realiza grandes cambios allí. Si es predicado con poder en cualquier pueblo o ciudad, se convierte en un heraldo de cosas buenas allí. Cristo ha proclamado las buenas nuevas al mundo entero. Su venida está cargada de bendiciones para los hijos de los hombres. Sí, la venida de Cristo en la carne es la gran profecía de la gloria que será revelada en los últimos días, cuando todas las naciones se inclinen delante de Él, y la era de la paz, la era de oro, venga, no porque la civilización haya avanzado, no porque la educación haya aumentado, o porque el mundo se haya vuelto mejor, sino porque Cristo ha venido. Esta es la primera, la más hermosa de las estrellas, el presagio del amanecer.

Sí, y debido a que Cristo ha venido, habrá un cielo para los hijos de los hombres que creen en Él. Hijos del trabajo, debido a que Cristo ha venido, habrá reposo para ustedes que están cansados. Hijas de la aflicción, debido a que Cristo ha venido, habrá restauración para ustedes que son débiles. ¡Oh, ustedes, a quienes la estrujante penuria está doblegando! Habrá un rescate y una riqueza sagrada para ustedes, porque la estrella ha brillado. ¡Sigan esperando! ¡Esperen siempre! Ahora que Jesús ha venido, no hay espacio para la desesperación.

Yo les recomiendo estos pensamientos y les pido sinceramente una vez más que, si nunca han mirado a Cristo, confíen en Él ahora; si no se han sometido nunca a Jesús, sométanse a Él ahora; si nunca han confiado en Él, confíen en Él ahora. Es un asunto muy simple. Que Dios el Espíritu Santo les enseñe y los guíe a desconocerse a ustedes mismos, y reconocerlo a Él; abandonen sus propios pensamientos y confíen en Su palabra. Si todos ustedes hacen ésto hay prueba positiva de que Cristo hace todo para ustedes. Ustedes son Suyos, y Él es de ustedes; donde Él está, allí estará la porción de ustedes, y serán como Él, pues le verán como Él es. Será un día inolvidable si son conducidos ahora a entregarse a Él.

Yo recuerdo muy bien cuando mi corazón cedió a Su gracia divina; cuando ya no pude mirar más a ninguna otra parte, y me vi forzado a mirarlo a Él. ¡Oh, vengan a Él! No sé cuáles palabras usar, o cuáles persuasiones emplear. Por su propio beneficio, para que sean felices ahora, miren a Jesús; por causa de la eternidad, para que puedan ser felices en el más allá, miren a Jesús; por causa del terror, para que puedan escapar del infierno, miren a Jesús; por causa de la misericordia, para que puedan entrar en el cielo, miren a Jesús. Pudiera ser que nunca se les pida otra vez que lo hagan. Esta petición pudiera ser la última, la medida concluyente que colmará la suma de todas sus culpas, por haberla rechazado. Oh, no desprecien la exhortación. Que ascienda desde su espíritu quietamente esta petición: “Dios sé propicio a mí pecador”. Su alma ha de luchar con vehemencia. Su lengua ha de expresar su poderosa resolución:

“Yo me acercaré al misericordioso Rey,

Cuyo cetro otorga el perdón;

Tal vez ordene que sea tocado,

Y entonces viva el suplicante.

Sólo puedo perecer si voy,

Estoy resuelto a probar;

Pues, si me quedo lejos, yo sé

Que he de perecer para siempre.

Pero si perezco buscando la misericordia,

Habiendo puesto a prueba al Rey,

Eso sería morir, deleitable pensamiento,

Como un pecador jamás murió”.