“Ciertamente este mandamiento que te mando hoy no es demasiado difícil para ti, ni está lejos. No está en el cielo, para que digas: ¿Quién subirá por nosotros al cielo y lo tomará para nosotros, y nos lo hará oír, a fin de que lo cumplamos? Tampoco está al otro lado del mar, para que digas: ¿Quién cruzará el mar por nosotros y lo tomará para nosotros, y nos lo hará oír, a fin de que lo cumplamos? Ciertamente muy cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón, para que la cumplas.”– Deuteronomio 30:11-14

Nuestro Señor Jesucristo, en el evangelio de Juan, en el versículo cuarenta y seis del capítulo cinco, dice, “Moisés escribió de mí.” De ahí que podamos interpretar con seguridad mucho de lo que Moisés dijo, no solamente acerca de la ley, sino también del evangelio; ciertamente la ley fue dada fundamentalmente para conducir a los hombres al evangelio; estaba destinada a mostrarles la imposibilidad de la salvación por sus propias obras, y llevarlos a la salvación que está disponible para los pecadores. Los tipos de sacrificios y de purificación del Antiguo Testamento apuntaban al mecanismo del perdón para el culpable por la fe, y la aceptación de los pecadores por medio una justicia que no era propia de ellos. Este es ciertamente uno de los pasajes en los que Moisés escribió del Salvador que estaba por venir.

Sin embargo, no se nos deja solamente conjeturarlo; porque el apóstol Pablo, bajo la guía del Espíritu Santo, ha citado este pasaje en el capítulo décimo de su Epístola a los Romanos. En cierto modo nos da una paráfrasis de él; no citándolo con exactitud verbal, pero sí dando su sentido, y luego introduciendo la interpretación de ese sentido que puede aceptarse como decisiva, sabiendo que hablaba bajo la influencia directa del Espíritu de Dios. El Espíritu de Dios sabe mejor que nadie lo que quiso decir por las palabras que habló por medio de Moisés. Aunque el mismo Moisés no haya querido decir enteramente lo mismo, el propio significado del Espíritu debe prevalecer. Creo, sin embargo, que Moisés se propuso lo que Pablo le atribuye, y que él vio en la total revelación de Dios bajo la antigua dispensación, el espíritu, el espíritu esencial del evangelio, que fue declarado luego más completamente por nuestro Señor Jesucristo. En esta ocasión él no hablaba de la ley tal como fue dada sobre el Sinaí, si la vemos como un pacto de obras. Se los demostré al leer el primer versículo del capítulo veintinueve, el cual es prefacio del pasaje que tenemos ahora ante nosotros. Ahí leemos “Estas son las palabras del pacto que Jehová mandó a Moisés que hiciera con los hijos de Israel en la tierra de Moab, además del pacto que hizo con ellos en Horeb.” Debemos entender que Moisés habla ahora de la salvación de Dios según está establecida en los tipos, y sacrificios y ordenanzas de la dispensación mosaica, la que Pablo llama, “la justicia de la fe.” Pablo interpreta a Moisés como hablando del propio evangelio, y usando estas palabras notables concernientes a la salvación por la gracia.

Lo que se quiere decir con estas palabras es esto: que el camino de la salvación es simple y claro, no está oculto entre los misterios del cielo: “No está en el cielo, para que digas: ‘¿Quién subirá por nosotros al cielo y lo tomará para nosotros, y nos lo hará oír, a fin de que lo cumplamos?'” Tampoco está envuelto en las profundidades de los oscuros secretos que no han sido revelados: “Tampoco está al otro lado del mar, para que digas: ‘¿Quién cruzará el mar por nosotros y lo tomará para nosotros, y nos lo hará oír, a fin de que lo cumplamos?'”

El camino de la salvación se nos entrega de manera directa y fácil, y se pone al alcance de nuestro entendimiento; nos es comunicado en lenguaje humano, y se entrega dentro del ámbito de las emociones humanas. Podemos repetirlo con nuestras bocas, y gozarlo con nuestros corazones. Es un tesoro propio, no una rareza extraña. No está tan remoto de nosotros que solamente lo pueden conocer los que viajan muy lejos para hacer descubrimientos, ni es tan sublimemente difícil que sólo pueden entenderlo los que han volado al cielo y saqueado los secretos del libro sellado con siete sellos. Se nos trae a nuestras puertas como el maná, y fluye a nuestros pies como el agua de la roca. Está, como dice Moisés “muy cerca de nosotros, sí,” muy cerca de cada uno que oye el evangelio; porque Moisés lo pone en singular: “Muy cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón para que la cumplas.”

I. Y así comienzo mi discurso en esta mañana con este primer encabezado: EL CAMINO DE LA SALVACIÓN ES CLARO Y SIMPLE. No necesitas ni ver hacia el cielo ni hacia el mar para encontrarlo: aquí está ante ti; tan cerca como tu lengua, inseparable de ti como tu corazón. No necesitas ni elevarte a lo sublime ni hundirte en lo profundo; está ante ti como un secreto abierto. Como dice Moisés en el último versículo del capítulo previo: “Las cosas secretas pertenecen a Jehová nuestro Dios, pero las reveladas son para nosotros y para nuestros hijos, para siempre.”

Creo que podríamos esperar esto si consideramos la naturaleza de Dios, quien ha hecho esta maravillosa revelación. Cuando Dios le habla al hombre teniendo como propósito su salvación, es perfectamente natural que, en su sabiduría, le hable para ser entendido. No es sabiduría la que hace que los maestros no sean claros: si quieren enseñar, deben adaptarse a la capacidad del discípulo. No hay duda que algunos hombres han obtenido una reputación de sabios porque no han sido entendidos; pero esto era ficticio e indigno de hombres verdaderos. Si hubieran poseído la más alta sabiduría, habrían buscado aclarar las cosas cuando su objetivo era instruir. Como regla general, cuando un orador no es claro para sus oyentes es porque el pensamiento no es claro ni para él mismo.

Esto no se puede suponer nunca de quien conoce todas las cosas, y ve todas las cosas como son. El único Dios sabio abunda para nosotros en toda sabiduría y prudencia en su manera de impartirnos el conocimiento de su voluntad: al enseñar, verdaderamente enseña; y al explicar, explica claramente. Puede haber, y de hecho hay una torpeza pecadora en las mentes de hombres pecadores; pero no hay tal oscuridad en la revelación como para excusar a los hombres por su ceguera. Dios, que es infinitamente sabio, no nos daría una revelación sobre el punto vital de la salvación, dejándola en la oscuridad de modo que fuera imposible para las mentes comunes el comprenderla si desearan hacerlo. Dios adapta los medios a los fines, y no permite que los hombres pierdan el cielo por falta de claridad de Su parte. Esperamos una revelación clara y sencilla, porque Dios ha hecho una revelación perfectamente adaptada para su fin, en la que no se puede mejorar nada. Ustedes deben haber observado que cuando se presenta por primera vez un invento ante la vista pública, casi siempre es complicado; y la razón de esto descansa en el hecho que todavía está en su infancia. A medida que se mejora ese invento, se va simplificando. Casi cualquier alteración a una pieza de maquinaria que busca su perfección, está dirigida también a hacerla más sencilla; y al fin, cuando el invento se ha completado, es singularmente simple. Lo que viene de la mente de Dios, que es perfecta, va directamente hacia su deseado fin. Admito que ciertas partes de la revelación divina son difíciles de ser entendidas, pero la razón es que están destinadas para nuestra educación, para que ejercitemos nuestras mentes y pensamientos, y así con la guía del Espíritu Santo podamos crecer por su medio. Pero en el asunto de la salvación, en donde la vida o la muerte de un alma están en juego, es necesario que la visión sea clara, y nuestro sabio Señor que está lleno de gracia ha condescendido a esa necesidad. En todo lo que concierne al arrepentimiento y a la fe, y a los asuntos vitales del perdón y la justificación, no hay oscuridad; todo es tan recto como un báculo. El que corre puede leer, y el que lee puede correr.

Podrían haber esperado esto de Dios, por su condescendencia llena de gracia. Cuando se digna hablar con el tembloroso individuo que busca, no lo hace a la manera de un doctor difícil de comprender, sino a la manera de un padre con su hijo, deseoso que su hijo conozca de inmediato lo que está en su mente de padre. Hace el camino muy fácil para que el viajero, aunque no sea muy inteligente, no se equivoque al recorrerlo. Él explica sus grandes pensamientos de manera adecuada para nuestras limitadas capacidades: Él tiene compasión del ignorante, y se convierte en el maestro de los infantes. Verdaderamente el conocimiento que el Señor nuestro Dios nos imparte es sublime, pero su manera de enseñarlo es sencilla porque Él nos trae mandato tras mandato, y línea tras línea y un poquito allí, un poquito allí. Él no viene a nosotros a medias, sino que se inclina a los hombres de humilde condición, y mientras que Él esconde estas cosas al sabio y al prudente se las revela a los niños: “Sí, Padre, porque así te agradó.”

Recuerden hermanos míos, que nuestro gran Señor tiene cuidado de que no haya provisión alguna para el orgullo de los hombres. Él odia de la misma manera que cualquier otro tipo de orgullo, el orgullo del intelecto. Ninguna carne se glorificará en su presencia. Él atrapa al orgulloso en su propia astucia, mientras que eleva al humilde y al manso; por eso, podemos esperar que hable en términos claros a pastores y a pescadores, a quienes otros consideran incultos e ignorantes; para que los hombres sabios de este mundo no se exalten sobre los más humildes. No es designio del Todopoderoso Señor Dios que una clase de personas que se consideran superiores monopolicen las bendiciones del evangelio afirmando que las verdades de la revelación están envueltas en términos cultos que la gente sin educación no puede entender. Los diversos sistemas de idolatría han buscado rodear sus falsas enseñanzas con secretos místicos; pero la palabra de nuestro Dios es reveladora de cosas ocultas desde la fundación de la tierra, y podemos estar seguros que cuando Dios trata con los hombres no hará nada que promueva que la humana sabiduría se jacte de sí misma. Nadie recibirá la gloria por considerar que, después de todo, su cultura era la cosa necesaria para que el evangelio de Dios fuera efectivo. La filosofía no pondrá su tienda en la tierra de Emmanuel exclamando: “Yo soy, y no hay otro. Aparte de mí.” Es la manera de Dios que se inclina al humilde y al contrito, que haga que su salvación sea la alegría de los humildes. “De la boca de los pequeños y de los que todavía maman has establecido la alabanza frente a tus adversarios.” Los que conocen al Dios viviente no se maravillan cuando leen palabras como éstas: “Porque está escrito: Destruiré la sabiduría de los sabios, y desecharé el entendimiento de los entendidos. ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el escriba? ¿Dónde el disputador de esta edad presente? ¿No es cierto que Dios ha transformado en locura la sabiduría de este mundo? Puesto que en la sabiduría de Dios, el mundo no ha conocido a Dios mediante la sabiduría, a Dios le pareció bien salvar a los creyentes por la locura de la predicación.” También podemos esperar sencillez cuando recordamos la intención del plan de salvación. Dios quiere claramente, por medio del evangelio, la salvación de los hombres. Nos pide predicar el evangelio a toda criatura. Era necesario un evangelio sencillo para que fuera predicado a toda criatura. Le doy gracias a Dios con todo mi corazón que el sabio aquí es puesto al mismo nivel que un niño; porque el evangelio debe ser recibido por él como un niño pequeño lo recibe. Si la gracia de Dios se le da a la persona menos educada de cualquier aldea, es tan capaz de recibirlo como el más profundo erudito en la universidad. ¿Quisiera alguno de ustedes que fuera de otra manera? ¿Podrían ser tan inhumanos? ¿Debe el evangelio estar limitado a una aristocracia? ¿Acaso las pocas personas cultas deben ser gratificadas a expensas de la ruina de las masas? Dios no lo quiera. Pero así sería a menos que la doctrina de salvación del evangelio pueda ser percibida por las muchas personas que no han podido estudiar.

Todo corazón generoso se deleita al pensar que “a los pobres se les anuncia el evangelio.” Hermanos, para salvar a muchos la verdad debe de ser muy simple y fácil de ser entendida porque estos muchos están ocupados en su trabajo necesario. Desde la mañana hasta la noche sus manos tienen que ganar el pan perecedero, y sus pensamientos deben estar mayormente ocupados en su esfuerzo diario. Yo les concedo que muchos están demasiado absorbidos por los cuidados de su vida diaria; y por lo tanto, en buena medida, estarán impedidos por sus necesarias ocupaciones del estudio cuidadoso y del pensamiento constante, y deben tener una salvación que pueda ser entendida de inmediato, y sostenida sin la tensión del debate perpetuo.

Si los hombres no pueden salvarse sin semanas ni meses de estudio cuidadoso ciertamente se perderán. Tener un evangelio más allá de la comprensión ordinaria, equivaldría a no tener salvación. Nuestros trabajadores necesitan un evangelio que pueda ser escuchado y entendido mientras ganan su pan cotidiano. Debe ser claro como el sol, y sencillo como el A B C, que puedan verlo y luego guardarlo en la memoria. Denme un evangelio que pueda ser escrito en una línea del cuaderno de un muchacho o bordado en la labor de una muchacha; un evangelio que el más humilde campesino pueda aprender, y amar y vivir por él.

La mayoría de nuestros conciudadanos no sólo están muy ocupados, sino que por su pobreza y el entorno en el que viven nunca alcanzarán un alto nivel de educación. Agradecemos todo lo que hacen las autoridades de educación y otras agencias por nuestras escuelas; pero estos se esfuerzan para el mundo presente más que para las cosas eternas y espirituales. Los hombres pueden aprender todo lo que los libros les puedan enseñar, y no por eso se acercan más al conocimiento de la verdad celestial. El conocimiento celestial es de otro tipo, y está abierto para quienes no poseen certificados y no pasan los exámenes. Quienes saben que su Biblia es verdadera, y en ella encuentran al Salvador que nos ha sido dado, no han alcanzado ese conocimiento por haberlo aprendido en las escuelas: podemos decir de cada uno de ellos, “Bienaventurado eres, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos.” La palabra de vida está dirigida a los hombres como pecadores y no como filósofos; y por ello el mensaje es sencillo y claro. Además, esperaríamos que el evangelio sea muy sencillo, por las muchas mentes débiles que serían incapaces de recibirlo si no lo fuera. Recuerden a los niños. ¡Cuán felices somos porque nuestros jóvenes pueden conocer al Salvador que dijo, “Dejad a los niños y no les impidáis venir a mí”! Si para su salvación nuestros niños tuvieran que ser teólogos eruditos, si antes de poder conocer al Señor tuvieran que entender las discusiones de nuestras publicaciones mensuales y quincenales, estarían seguramente en una terrible situación. Tendríamos que cerrar nuestras escuelas dominicales, convencidos que los niños deben perecer, o cuando menos esperar hasta que llegaran a una mayor edad. ¿Les gustaría esto? ¡Oh señores! estoy seguro que no; pienso que preferirían ayudar a reunir a las ovejas.

Recuerden, también, que muchas personas padecen de debilidad mental en su vejez. ¡Cuántos que desplegaron una gran fuerza intelectual en sus años de madurez encuentran que sus facultades comienzan a fallar conforme aumentan sus años! Queremos un evangelio que un anciano pueda entender cuando la vista y el oído le fallen, cuando se debilite la memoria, y cuando se haga débil el juicio: queremos un evangelio que pueda entenderse en la segunda niñez, pues, si no, nuestros venerables ancianos resentirían la falta del bastón en el que se han apoyado tanto tiempo, y otras personas de avanzada edad que han llegado a la última hora sin fe en Jesús deben ser abandonadas en su desesperación. ¿Quisieran acaso que así fuera? Nadie entre nosotros querría eso.

Recuerden, una vez más, que muchas personas que poseen mentes débiles, no son necesariamente retrasados mentales, pero no tienen la categoría de intelectuales; no carecen de pensamiento y razón, pero tienen un muy limitado alcance de entendimiento. ¿Deben ellos quedarse fuera a causa de un evangelio complicado y filosófico? No podemos pensar eso. Nosotros podemos dar testimonio de haber conocido a muchas personas fuertes en la fe, que le dan gloria a Dios, y muy bien instruidas en la doctrina divina, que han sido despreciadas completamente por el juicio de intelectos presuntuosos. El evangelio de nuestra salvación salva de la misma manera al de mente débil como al inteligente; llega a quien es lento y tardo igual que al rápido y brillante. ¿No está bien que así sea? El Señor ha dado un evangelio que muchos pueden entender aunque no puedan llegar a comprender ninguna otra cosa. Ha puesto delante de nosotros un camino de salvación, que los que tienen pies temblorosos pueden pisar con seguridad sin hallar ningún obstáculo en el que puedan tropezar. Nuestro evangelio no necesita que nos elevemos con las alas de la imaginación hasta el cielo de lo sublime, ni que nos sumerjamos con profundas investigaciones en el insondable mar del misterio; el Señor lo ha traído cerca de nosotros, lo ha puesto en nuestras bocas, y lo ha colocado cerca de nuestros corazones, de modo que los que somos gente común podamos tomarlo como nuestro y gozar de sus bendiciones. ¿Qué piensan, amigos míos, que ocurriría con los moribundos si el evangelio fuera enredado y complejo? ¿Cómo obtendrían consuelo los santos a la hora de su muerte en medio de un laberinto de misterios? En ocasiones se nos llama para visitar personas que están en sus últimos momentos, enfrentando el juicio sin Dios y sin esperanza. Es una situación triste. Es siempre un motivo para que nos pongamos a temblar, cuando tenemos que tratar a un impenitente en las fronteras del mundo eterno. Pero no visitaríamos otro lecho de enfermo, pues no podríamos hablar con esperanza a ningún moribundo, si no pudiéramos llevarles un evangelio, que puedan entender aquellos cuyas mentes están aturdidas en medio de las sombras de la tumba. Necesitamos un evangelio que un hombre pueda recibir igual que se toma una medicina, o, aún mejor, como se toma un vaso de agua fría que le da la enfermera que está junto a su cama. Esperaríamos, pues, del objetivo del evangelio que es salvar a muchos, incluyendo a los menos inteligentes, que deba ser muy sencillo; y así lo encontramos.

Además, queridos amigos, vemos que es así, si miramos sus resultados. “Pues considerad, hermanos, vuestro llamamiento: No sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles. Más bien, Dios ha elegido lo necio del mundo para avergonzar a los sabios, y lo débil del mundo Dios ha elegido para avergonzar a lo fuerte. Dios ha elegido lo vil del mundo y lo menospreciado; lo que no es, para deshacer lo que es.”

Los escogidos por Dios son usualmente personas de mente honesta y sincera, que están más deseosas de creer que de discutir. El Espíritu Santo ha abierto sus corazones; no los ha hecho sutiles y amigos de andar buscando argumentos. No los ha puesto en la clave musical de la duda perpetua, sin llegar nunca a nada concreto; sino que los ha afinado para otra nota, es decir, a inclinar sus corazones y venir al Señor Jesús, y escuchar que sus almas pueden vivir. De allí que la mayoría de los que siguen al Señor Jesús no están ansiosos de ser contados entre los sabios y los filósofos; prefieren más bien ser creyentes en la revelación que expertos en la especulación. Para nosotros el conocimiento de Cristo crucificado es la ciencia más excelente, y la doctrina de la cruz la filosofía más elevada. Preferimos recibir la palabra de nuestro Señor como niños pequeños que ser famosos como “hombres pensadores.”

Hallarán que aquellos que han predicado el evangelio con la mayor aceptación, sin importar sus dones naturales y habilidades, han sido casi siempre personas que han preferido recurrir a una gran sencillez en su lenguaje. Han sentido que el evangelio es en sí mismo tan bello que adornarlo con adornos de pura apariencia sería más bien deshonrarlo. Podrían decir con Pablo, “Pero aun si nuestro evangelio está encubierto, entre los que se pierden está encubierto.” “Así que, teniendo tal esperanza, actuamos con mucha confianza.” No somos como Moisés, que ponía un velo en su rostro. Los verdaderos servidores de Dios se quitan todos los velos que puedan, y se esfuerzan por mostrar a Cristo claramente crucificado entre su gente. Entre más han hecho esto, más se ha complacido Dios en reconocer como propio ese mensaje para la conversión de las almas.

Pero, amados, no necesito argumentar partiendo de lo que esperamos o vemos; les pido que miren a la revelación misma, y vean si no está cerca de nosotros. Aún en los días de Moisés, ¡cuán evidentes eran ciertas cosas! Debe haber sido claro para cada israelita que el hombre es un pecador, si no, ¿cuál sería la razón del sacrificio, de las purificaciones y los lavamientos? Toda la economía levítica proclamaba a gran voz que el hombre ha pecado: ¡todos los diez mandamientos retumbaban con esta verdad! No podían evitar conocerlo. Era evidente también que la salvación es por el sacrificio. No pasaba ningún día sin el cordero de la mañana y el de la tarde. Durante todo el año había sacrificios especiales por medio de los cuales la doctrina de la expiación por la sangre se declaraba claramente. Estaba escrito claro como un rayo de sol, “sin derramamiento de sangre no hay perdón.” Era evidente también la doctrina de la fe; cada persona que traía un sacrificio ponía su mano sobre la víctima, confesaba su pecado, y por ese acto transfería su pecado a la ofrenda.

De esa manera se describía típicamente a la fe como el acto por el que aceptamos la propiciación preparada por Dios, y reconocemos al Sustituto dado por Dios. También era claro para cada israelita que esta limpieza no era el efecto de los propios sacrificios que servían de tipos, porque no los habrían repetido año tras año y día tras día; porque como bien lo dice Pablo, con la conciencia limpia, no se hubiera requerido de un sacrificio posterior. El recuerdo del pecado se repetía una y otra vez, para que Israel conociera que los sacrificios visibles apuntaban a una auténtica forma de limpieza, y estaban diseñados para presentar al Cordero bendito de Dios que quita el pecado del mundo.

De muchas maneras se desalentaba al judío de confiar en formas y ceremonias, y se le dirigía a la verdad interior, la sustancia espiritual, que es Cristo. Igualmente claro debe de haber sido para cada israelita que la fe que trae el beneficio del gran sacrificio es una fe práctica y operativa que afecta la vida y el carácter. Eran exhortados continuamente a servir al Señor con todo su corazón. Eran exhortados a la santidad y se les advertía contra la trasgresión y se les enseñaba a obedecer de corazón los mandamientos del Señor. De manera que, aunque la dispensación pueda ser considerada una sombra comparada con el día del evangelio, de manera real y positiva era lo suficientemente clara. Aún entonces “la palabra estaba cerca” para ellos, “en su boca y en su corazón.”

Si puedo decir esto de la dispensación mosaica, puedo asegurar con energía que en el evangelio de Cristo la verdad es ahora manifiesta más abundantemente. Moisés trajo luz de luna, pero en Jesús se ha levantado el sol, y nos gozamos en sus rayos meridianos. Hermanos, benditos son nuestros ojos porque vemos y nuestros oídos porque oímos cosas que profetas y reyes desearon en vano ver y oír. Ahora nuestro Señor habla claramente, y no utiliza proverbios. En nuestras calles oímos el evangelio y no tenemos necesidad de remontarnos al cielo ni buscar por todos lados en el mar para encontrarlo. En este día oímos a cada hombre hablar en su propio idioma, acerca de las maravillosas obras de Dios.

II. En segundo lugar, LA PALABRA HA VENIDO MUY CERCA DE NOSOTROS. Quisiera su completa atención a este punto. Suplico a quienes no son convertidos que escuchen con atención. Para todos nosotros el evangelio ha venido muy cerca: y de manera muy clara para los habitantes de estas islas privilegiadas. “Ciertamente muy cerca de ti está la palabra, en tu boca.” Es algo de lo que puedes hablar; has hablado de ella; y sigues hablando de ella. “es algo tan familiar en sus bocas como el lenguaje materno.”

La mayor parte de ustedes es capaz de hablar de ella con otros, pues la aprendieron en el catecismo, la repitieron a sus maestros de la escuela dominical. La cantan en los himnos; la leen en libros, y en folletos y en revistas; y la escriben en cartas para sus amigos. Me da gusto que la tengan en su bocas: entre más, mejor: ¡Qué cerca ha venido! Oh, pero que la lengua de ustedes también pueda ser capaz de decir, “¡la creo, acepto a Jesús como mi Salvador. Confieso mi fe ante los hombres! Entonces estará aún más cerca. ¡Oh, que Dios el Espíritu Santo los guíe en su gracia para que así sea! La palabra de vida no es una cosa que no se pueda conocer, y por consecuencia que no se pueda hablar de ella: es una cosa que puede ser hablada por lenguas como las nuestras cuando estamos sentados en casa o cuando vamos por el camino. El gran pensamiento de Dios ha venido muy cerca de nosotros cuando puede ser expresado por el lenguaje de los hombres. Humildemente aunque con denuedo me atrevo a hablar de mi propio ministerio, y de ustedes mis oyentes, que la palabra llega muy cerca de ustedes desde este púlpito, porque siempre he buscado la mayor sencillez y la franqueza al dirigirme a ustedes. No hay nadie entre ustedes que no entienda el evangelio que escucha de mí cada Domingo. Si perecen no es por falta de lenguaje sencillo. La palabra está en la lengua de ustedes.

Moisés también agregó, “y en tu corazón.” Para los hebreos, corazón no significa los afectos, sino los elementos internos, que incluyen el entendimiento. Mis queridos oyentes, ustedes pueden entender el evangelio. Quien cree en el Señor Jesucristo será salvo, no es una frase oscura. La salvación por gracia por medio de la fe es una doctrina tan evidente como la nariz en tu rostro. Que Jesucristo se entregó Él mismo para morir en lugar de los hombres, para que quien creyera en Él no pereciera, sino que tuviera vida eterna, es algo que puede ser entendido por el menos educado de los hombres bajo el cielo. Además, las doctrinas del evangelio son tales que nuestra naturaleza interna da testimonio de la verdad de ellas. Cuando predicamos que los hombres son pecadores, la conciencia de ustedes dice, “Es verdad.” Cuando declaramos que hay salvación por el sacrificio, el entendimiento de ustedes está de acuerdo que este es un modo gracioso por el que Dios es justo, y a la vez justificador del que tiene fe. Aun si no son salvos por la palabra, no pueden dejar de decir que es un sistema digno de Dios, que quiera salvar por medio del don de su Hijo unigénito como sacrificio por el pecado. Si lo creen, este evangelio será tan sencillamente verdadero que cada parte de la naturaleza de ustedes lo testificará. Muchos de nosotros hemos aceptado esta camino de salvación; ahora amamos esta palabra y nos deleitamos en ella, y para nosotros es el sistema más sencillo y al mismo tiempo más sublime que pueda concebirse. Nuestro corazón lo absorbe como el vellón de Gedeón absorbió el rocío. Nuestras almas viven de él y en él, como el pez vive en el mar. Nos gozamos en el evangelio como las flores sonríen a la luz del sol. ¡Cuán contentos estamos de que no tenemos un evangelio envuelto en jeroglíficos, o enterrado en una fría metafísica! Ha entrado en nuestros corazones, habita dentro de nosotros, y ha llegado a ser el Señor de nuestro pecho.

El Evangelio no contiene ni dificultades ni oscuridades excepto las que nosotros mismos creamos. Lo que consideramos como oscuridad es en realidad nuestra propia ceguera. Si no crees en el evangelio, ¿por qué es que no crees en él? Se apoya en la mejor evidencia, y en sí mismo es evidentemente verdadero. La razón de tu incredulidad está en parte en la tendencia natural del hombre hacia el legalismo. La naturaleza humana no puede creer en la gracia inmerecida. Está acostumbrada a comprar y vender, y por consiguiente debe traer un precio en su mano: tener todo por nada parece imposible. La noción de un salario que debe ganarse es bastante natural; pero que la vida eterna es el don de Dios no se percibe fácilmente: sin embargo así es. He escuchado la historia de un misionero que trataba que un oriental entendiera la salvación por la gracia, y que se la expuso inútilmente de muchas formas, hasta que finalmente exclamó: “La salvación es una propina del Todopoderoso.” Entonces el oriental captó la idea. La vida eterna es el don gratuito de Dios, que Él da a los hombres no por nada que haya en ellos, o algo que hayan hecho, o sentido, o prometido, sino por Su propia infinita riqueza, y el deleite que tiene al mostrar su misericordia. No se puede introducir la idea de la gracia en la cabeza del hombre natural; se requiere de una divina operación quirúrgica para abrir la vía de entrada para esta verdad en nuestras mentes mercenarias; sí, se requiere que podamos ser hechos nuevas criaturas antes que podamos verla. Que Dios libremente perdona, y que ama a los hombres únicamente y sólo porque Él es amor, es un pensamiento divinamente simple, pero nuestros prejuicios egoístas rehúsan aceptarlo. En muchas ocasiones es el orgullo el que hace que parezca tan difícil el evangelio. Ustedes no pueden pensar que Jesús los salva, y todo lo que tienen que hacer es aceptar su salvación completa. Como Naaman, preferirían hacer alguna cosa grande. Quisieran ser algo, ¿no es cierto? La naturaleza desea ardientemente participar de alguna manera en la salvación: sentir algo, gemir durante un tiempo, o desesperar hasta cierta medida; pero cuando el evangelio viene con el único mensaje, “Crean y vivan,” el orgullo no estará de acuerdo en ser salvado en términos tan pobres. Sin embargo, así es; acéptenlo, y tienen la salvación; extiendan su mano y tomen lo que Dios otorga tan libremente. El evangelio es lo suficientemente sencillo en sí mismo para un corazón humillado por la gracia. Cuando se quitan de nuestros ojos las escamas del orgullo vemos bastante bien. ¡Ay de la incredulidad que crece de este orgullo, y de la enemistad natural contra Dios! El hombre creerá a cualquier persona excepto a su Dios. Una mentira publicada en el periódico tiene piernas con las que corre alrededor del mundo; pero una grandiosa verdad que salta de los labios de Jehovah mismo es obligada a cojear en la presencia de los hombres impíos. Los hombres no regenerados no pueden y no quieren creer en su Dios. Esto es también causado por el amor del pecado. Los que no quieren renunciar a sus pecados favoritos pretenden que el evangelio es muy difícil de entender, o casi imposible de aceptar, y así se excusan para continuar en su iniquidad. Después de todo, ¿acaso algún hombre realmente siente que es justo echarle la culpa de su incredulidad a Dios? ¿Osas decir que el Evangelio es la causa de tu ruina? ¿Pides piedad por ti, como si no pudieras evitar ser un enemigo de Dios, y un hombre que rechaza el camino de Su misericordia? ¿Murmuras que no puedes ver? ¿Quién ha cerrado tus ojos? No hay nadie tan ciego como aquellos que no quieren ver: tu ceguera es voluntaria. No entiendes: ¿quieres entender? Nada es tan incomprensible como lo que no queremos comprender. Si no deseas reconciliarte con Dios, ¿es de maravillarse que sueñes que Dios no está dispuesto a reconciliarse contigo? ¡Oh alma, te lo ruego, no le imputes tu condena a tu Dios, quien en infinita bondad ha traído su palabra tan cerca de ti! La salvación es del Señor, pero la condenación es del hombre solamente.

Hasta ahí dejo el tema. Te puedo llevar al agua, pero no te puedo obligar a beberla. ¡Que Dios el Espíritu Santo aplique en sus corazones y en sus conciencias la importante verdad que, ya sea que entren o no, “el reino de Dios ha venido cerca de ti”! ¡Oh Señor, concede que ninguno de mis lectores pueda rechazar Tu palabra, y que se considere indigno de la vida eterna!

III. Termino diciendo que EL OBJETIVO DE ESTA SENCILLEZ Y CERCANÍA DEL EVANGELIO ES PARA QUE LO RECIBAMOS. Observen como el texto lo expresa claramente: “Ciertamente muy cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón, para que la cumplas.” “Para que la cumplas.” Ustedes que tienen abiertas sus Biblias, notarán que el versículo doce termina con “Nos lo hará oír, a fin de que lo cumplamos”; el trece también dice, “Nos lo hará oír, a fin de que lo cumplamos”; es decir dos veces; pero cuando llega a la tercera vez, en el versículo catorce, no es “Nos lo hará oír, a fin de que lo cumplamos,” sino, “Para que la cumplas.” Ya han oído lo suficiente algunos de ustedes; ya han oído hasta que sus oídos deben estar adoloridos de tanto oír. Comienzan ahora a decir, “Es la vieja historia, siempre estamos oyendo eso y nada más.” ¿No quieren dar un paso adelante, y ya no ser sólo oidores? “Ahora, entonces, háganlo.” No se envía el Evangelio a los hombres para satisfacer su curiosidad, para dejarlos ver cómo otra gente se va al cielo. Cristo no vino a divertirnos, sino a redimirnos. Su palabra no está escrita para nuestro asombro, pero “estas cosas han sido escritas para creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.” El evangelio tiene siempre una encomienda presente, urgente, práctica. Le dice a cada hombre, “Tengo un mensaje de Dios para ti.” Grita: “¡Hoy!” Y advierte a los hombres que no endurezcan sus corazones. Observen otra vez cómo el texto pone su última advertencia en singular. Pueden oír en el plural: “Nos la hará oír, a fin de que la cumplamos”; pero la acción real está siempre en singular: “Para que la cumplas.” Yo no puedo ir con cada uno de ustedes alrededor del Tabernáculo, y sentarme a su lado por un minuto; pero quisiera poder hacerlo, y poner mi mano en cada inconverso y decir, “Ciertamente muy cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón, para que la cumplas.”

Así como la palabra de Dios no se envía para satisfacer la curiosidad, tampoco se envía para informarles con frialdad de un hecho que pueden poner sobre un estante para uso futuro. Dios no te envía un ancla para colgarla en el muelle; pero como tú ya estás en alta mar, Él pone el ancla a bordo para uso inmediato. El Evangelio se nos envía como maná para el día de hoy, para ser comido de inmediato. Debe ser nuestro dinero para el gasto así como nuestro tesoro.

Oh, mi lector, como eres un hombre moribundo te reto a que aceptes de inmediato la salvación presente, para que de inmediato puedas hacer lo que la palabra requiere de ti.

Ni siquiera se te envía para hacerte meramente ortodoxo en tu opinión en asuntos religiosos, aunque muchas personas piensan que esta es la única cosa que se necesita. Recuerda que la perdición para el ortodoxo será tan horrible como la ruina eterna para el heterodoxo. Será una cosa espantosa irse al infierno con una cabeza sana y un corazón podrido. ¡Ay! Temo que algunos de ustedes tan solo incrementarán su propia miseria al incrementar su conocimiento de la verdad, porque no practican lo que ustedes saben. Dios nos salva del conocimiento muerto, y nos da la gratuita acción que es el fruto del conocimiento: “Para que la cumplas”!

Oh, que pudiera prescindir del lenguaje ahora, y que mi corazón pudiera hablar de alguna misteriosa manera interna a los corazones de ustedes! ¡Oh que el Espíritu Santo incline a cada uno de ustedes a una seria atención personal para este asunto! ¡Oh mi lector, has recibido la palabra en este sermón “para que la cumplas” ¡Oh, que así pudiera ser!

¿Qué se debe hacer? Hay dos cosas que hay que hacer. Primero, que tú creas en el Señor Jesucristo como tu Salvador. Tómalo como tu sacrificio: confía en Él únicamente y plenamente desde este momento como tu rescate del pecado. Tómalo para que sea tu Señor así como tu Salvador: entrégate a Él como tu profeta, tu sacerdote, y tu rey. Deja que Jesús sea tu todo en todo, y tú sé completamente de Él. La segunda cosa es que tú confieses al Señor con tu boca. Confiesa que eres un creyente en Jesús, y su seguidor. Hazlo a Su propia manera pues Él ha dicho, “El que cree y es bautizado será salvo.” Pero que tu confesión sea sincera; no le mientas al Señor. Confiesa que tú eres su seguidor, si efectivamente lo eres; y de ahora en adelante y por toda tu vida lleva Su cruz y síguelo. Esto es lo que debes hacer; rendirte a Él a quien Dios ha designado para salvar a su pueblo de sus pecados.

“Pero,” dice alguien, “pensé que habría una cierta experiencia.” Seguro que hay una experiencia; pero toda experiencia verdadera termina en esto, en conducir al corazón para aceptar a Cristo como su Salvador. “Pero pensé,” dice otro, “que tú habitarías por mucho tiempo en el trabajo del Espíritu Santo.” Yo me gozo en ese trabajo y les diré mucho acerca de él en otro momento; pero el principal trabajo del Espíritu Santo es desnudarte de ti mismo, y llevarte al punto de recibir esa sencilla palabra de Dios que es el tema del sermón de esta mañana. “Bien,” dice uno, “te concedo que es sencillo: pienso que es hasta demasiado sencillo.” Lo sé; lo sé. Y como es tan sencillo das patadas en contra de él. ¡Qué locura! Por esto necesitas al Espíritu Santo para que te lleve al punto de aceptarlo. Algunas veces peleas porque es demasiado duro, y luego porque es demasiado sencillo. Esto muestra cuán dura y necia es la voluntad del hombre. Se requiere de la gracia Todopoderosa para traerte al punto de aceptar tu propia salvación. ¡Llevarte a aceptar a Cristo como tu Salvador requiere un milagro de gracia! Deja que te salve, eso es todo: pero eso es demasiado para nuestra orgullosa confianza en nosotros mismos. ¡Oh, extraña resistencia que comprueba la profunda depravación de la naturaleza humana, que no quiere aceptar algo así! Otra vez digo, la dificultad no está en el Evangelio, sino en el hombre cuyo corazón malvado no quiere recibir el don más escogido del cielo. Si tú estás deseoso de tener a Cristo, Cristo es tuyo. El hecho de que estás deseoso de recibirlo prueba que Él ha venido a ti. Cree que es tuyo y ten la paz. Si tú quieres inclinarte ante el Cristo de Dios, y tomarlo de ahora en adelante para que sea tu Salvador, eres salvo. El simple acto de confiar en Jesús ha traído tu justificación; y tu abierta confesión de Él en la forma señalada por Él, te traerá una realización más plena de la salvación. Al ponerte en el lado del Señor, reunirás fuerzas para vencer los pecados que ahora te asedian, y serás ayudado para trabajar en tu propia salvación con temor y temblor, porque Dios es el que produce en ti tanto el querer como el hacer, para cumplir su buena voluntad.

Voy a predicar el evangelio una vez más, y habré terminado. El apóstol Pablo, pensando en lo que Moisés dijo acerca de subir al cielo o descender a la profundidad del mar para hallar el secreto sagrado, dice en efecto, “Eso es correcto, Moisés; era necesario que alguien descendiera de la misma manera que era necesario que alguien subiera: pero esa necesidad ha dejado de ser.” Todo el evangelio descansa en esto: Había Uno en el cielo a la diestra del Padre, Dios verdadero de Dios verdadero, y para salvarte a ti pobre pecador perdido y arruinado, este adorable Hijo de Dios bajó, bajó, bajó al pesebre, a la cruz, a la tumba, a las partes más bajas de la tierra; y bajó en dolor, en rechazo, en agonía, en muerte. ¡Porque Él vino bajo el peso y la maldición del pecado, Él bajó ciertamente!

Como Jesús ha bajado así y ha llevado el castigo del pecado, el que cree en Él es justificado. Porque el Señor descendió del cielo, el pecado del pecador es borrado, y la trasgresión del creyente es perdonada. ¿Crees tú esto? ¿Crees tú que Jesús cargó con tus pecados en su propio cuerpo en el madero? ¿Confiarás tú en ese hecho? TÚ ERES SALVO. No lo dudes.

Hasta ahora esto te limpia del pecado. Pero era necesario que nosotros no fuéramos meramente lavados del pecado, pues nos dejaría desnudos, sino que nosotros teníamos que ser revestidos con la justicia. Para ese fin nuestro Señor Jesús se levantó otra vez, y así vino de las profundidades. Cuando nuestro Redentor hubo terminado su descenso poniendo así fin al pecado, todavía tenía que traer justicia eterna, y así regresó por el camino por el que se había ido. Se levantó de la tumba; se levantó del monte de los Olivos; se levantó hasta que una nube lo ocultó de la vista de los apóstoles; se levantó a través de las regiones superiores del aire; se levantó hacia la puerta de perlas; se levantó hacia el trono de Dios donde Él se sienta como quien ha cumplido su servicio, esperando hasta que sus enemigos sean hechos escabel de sus pies. Su resurrección ha traído a la luz nuestra justicia, nos ha cubierto con ella; de manera que en este momento todo hombre que cree en el Salvador resucitado está vestido con las ropas reales de la justicia de Dios. “Si tú crees en tu corazón que Dios lo ha levantado de los muertos, serás salvo.” Oh hermanos, vivan porque Jesús vive, levántense porque Él se ha levantado, tengan un asiento en el cielo porque Él se sienta en el cielo. “El que cree es justificado”: así dice la Escritura. ¿Ves tú esto? Yo lo creo, yo lo creo con todo mi corazón, y por eso lo confieso ante toda esta multitud con mi boca, y yo soy salvo. Cree y confiésalo. ¡Oh, que el Espíritu bendito te traiga a esto: esta es la entrada al camino de la vida eterna. Este el amanecer de un día que nunca se convertirá en oscuridad. Que el Espíritu bendito te lleve a esta fe, y a esta confesión por nuestro Señor Jesucristo! Amén