Se le ordena que AME a su esposa. ¿Por qué se impone este deber de forma tan específica al marido? Quizás por las siguientes razones:

1. Porque su propia naturaleza le hace más propenso a fallar en su deber. El Creador le ha colocado como “cabeza de la esposa” y le ha otorgado un cierto derecho a gobernar su familia. Puede confundir la sensibilidad con su conciencia de superioridad.

2. Porque es más deficiente en este deber que la otra parte. En mi opinión, ellas les superan en ternura, fuerza y en la constancia de su afecto.

3. Porque la falta de amor en el hombre supone más sufrimiento para la mujer: mayores excesos en violencia, crueldad y depravación. La ausencia de amor en él puede afectar más su propio carácter, y la paz de la esposa, que si fuese al contrario.

El apóstol establece dos ejemplos, o normas, para el afecto del marido: uno es el amor que Cristo ha manifestado por su iglesia; y el otro es el amor que un hombre siente por sí mismo.

El amor de Cristo era SINCERO: No era de palabra sino de hecho, sin fingimiento. Nosotros debemos ser como Él y tener verdadero respeto en el corazón y en la conducta. La hipocresía en el amor es lo más vil.

El amor del Redentor era ARDIENTE: vivió y murió por su pueblo. No podemos tener el mismo tipo de amor y respeto, pero deberíamos ser nuestro ejemplo.

Como Él dio su vida por nosotros, debemos dar nuestra vida en un amor fuerte, constante e imaginativo. Ella lo ha dejado todo por nosotros, y tiene derecho a esperar nuestro respeto. Cada marido debería esforzarse en hacer feliz a su esposa.

El amor de Cristo por su iglesia fue SUPREMO:

“El Señor tu Dios está en medio de ti, guerrero victorioso; se gozará en ti con alegría, en su amor guardará silencio, se regocijará por ti con cantos de júbilo”.

El marido debe amar a su esposa, y considerarla por encima de todas las demás, de todos los de fuera de su casa, y también de los de dentro. Ella debe tener prioridad en su corazón y en su conducta por encima de los demás, de familiares e hijos. No debe abandonarla en su tiempo libre por otra persona.

El amor de Cristo es UNIFORME: es el mismo ayer, hoy y por los siglos. El amor conyugal debe tener el mismo carácter, ser el mismo siempre y en todo lugar. Muchas esposas suspiran: “¡Ojalá me tratara en casa como lo hace cuando hay gente delante!” Ese cariño sólo es hipocresía. El hogar es el principal lugar para la atención cariñosa hasta en los más pequeños detalles.

El amor del Redentor era PRÁCTICO y LABORIOSO: Proporcionó todo lo necesario para el bienestar y la comodidad de la iglesia. Una buena esposa no puede ser perezosa (Proverbios 31). Esta exquisita descripción combina trabajo, prudencia, dignidad, sabiduría y piedad.

Sin embargo, el sustento de la familia le corresponde principalmente al marido. En algunos países, la carga de las tareas recae sobre la mujer mientras el marido come del trabajo del ser infeliz que llama esposa, pero que trata como a una esclava.

Hoy en día también hay maridos así. Son miserables, hacen poco o nada para mantener a su familia, no se conmueven ante las súplicas y las lágrimas de su mujer, no dejan de visitar a diario la taberna, y deambulan perezosamente, en vez de trabajar. Condenan a su familia a una vida de miseria y ruina. Una persona así es un monstruo.

En general, una mujer debería dedicar su tiempo y su atención, al cuidado de su familia. Lo que ella gana en un trabajo fuera de casa se pierde a menudo en el hogar por la falta de una madre y de un ama de casa. La comodidad y el orden, al igual que el dinero, son riquezas domésticas.

Los niños quieren tener cerca a su madre, y esto no debería faltarles nunca. Dejemos, pues, que sea el hombre quien se encargue de proveer y la mujer de administrar. Esta es la regla de la razón y también la de la palabra de Dios.

Cristo no sólo trabajó para su iglesia durante su vida en la tierra. Se ocupó de proveer para su bienestar cuando dejó nuestro mundo. El marido debería cuidar de su mujer, y asegurarse de que si él falta un día ella podrá seguir teniendo sus medios habituales de subsistencia.

El amor del hombre hacia su esposa debe ser práctico. Debe atender a su bienestar y sus sentimientos; consultar sus gustos; disimular sus fallos; no hacer nada que la pueda degradar, sino exaltarla delante de sus hijos. Debería reconocer sus cosas buenas y elogiar los esfuerzos que hace por complacerle; satisfacer sus peticiones razonables e incluso anticiparse a ellas. En resumen, debería hacer todo lo que pueda para su felicidad y su bienestar en general.

El amor de Cristo por su iglesia fue DURADERO e INMUTABLE. “Habiendo amado a los suyos […] los amó hasta el fin”. Así deberían amar los esposos a sus mujeres, no solo al principio sino hasta el final de su unión.

Cuando ya no sea tan bella, cuando las arrugas de la edad hayan remplazado la juventud habrá ganado en sabiduría y experiencia lo que ha perdido de su hermosura externa. La mujer no es lo que era, pero la esposa, la madre, la cristiana es mucho mejor de lo que nunca fue.

Antes de dejar este análisis debo advertir sobre otra norma:

“Así también deben amar los maridos a sus mujeres, como a sus propios cuerpos. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama”.

Los hijos son parte del hombre; su mujer es él mismo: “Y los dos serán una sola carne”. Si entiende la forma en la que se trata a sí mismo, no necesita añadir nada más a la conducta que debe tener hacia ella.

Apelo a vuestro sentido del honor. Maridos, recordad con cuanta diligencia, y atenciones conseguisteis el amor y la confianza de esa mujer. ¿Faltareis a los votos que prometisteis y la decepcionareis? Es deshonroso olvidar los deberes de marido porque esto hace que la compañera de vida compare, con nostalgia, la amorosa atención que recibió como novia y la que está recibiendo como esposa.

Os animo a que améis a vuestras esposas recordando ese momento solemne cuando os unisteis mediante un juramento formal. Ya no os pertenecéis a vosotros mismos. No tenéis derecho a la vida individual: “Ambos son una sola carne”.

Vosotros podéis hacer más que nadie, a excepción de Dios, por su felicidad. Un marido desagradable es un tormento. Aunque no quede nada más, el interés no debería perderse nunca. Ningún hombre puede odiar a su esposa sin odiarse a sí mismo ya que “ella es su propia carne”.

El amor es una doble bendición. El odio es un doble tormento. Si envenenamos el amor y lo convertimos en algo desagradable será como abrir una fuente de veneno en el centro de nuestra alma. Antes de que destile y torture a otros, nos atormentará a nosotros mismos.

No puedo evitar insertar aquí el llamamiento conmovedor que Jay pone en labios de las esposas, y que va dirigido a sus maridos:

“Honradnos; sed cariñosos con nosotras. […] Pasáis de ser nuestros esclavos a convertiros en nuestros tiranos. […]La providencia parece habernos capacitado más para proporcionar felicidad que para disfrutarla. Cada condición tiene nuevas mortificaciones para nosotras, […] y un sacrificio perpetuo. No podemos dar vida a otro ser sin arriesgar la nuestra.

Tenemos sufrimientos que vosotros no compartís, que no podéis compartir. […] Podemos morir y pronto caemos en el olvido. Los días de vuestro duelo acaban pronto y se repara nuestra pérdida. […] Por mucho que los deberes que hemos cumplido con regularidad sean importantes y necesarios no proporcionan celebridad. La esposa, la madre, no llena una página de la historia […]”