El primero que menciono es la sumisión.

“Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador. Así que, como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo.” Efesios 5:22-24

La epístola a los Colosenses dice lo mismo. Pedro se une a Pablo en este mismo tema.

“Asimismo vosotras, mujeres, estad sujetas a vuestros maridos”.

Antes de establecer el tipo de sumisión que aquí se ordena, es necesario que establezcamos la naturaleza de la autoridad a la que hay que rendirse. Aquí me gustaría indicar que, sea cual sea el tipo y el grado de autoridad que se le concede al marido sobre su esposa, no es de ningún modo incompatible con el más firme y tierno afecto.

Ningún hombre tiene derecho a imponer nada, y ninguna mujer está sujeta a obedecer una orden que vaya en contra de lo que está escrito en la biblia o del espíritu de la misma. Es una autoridad que está en consonancia con el sentido común.

Sus mandamientos deben ser razonables porque esperar que una mujer deba convertirse en la esclava de la necedad no es más que crueldad. Es una autoridad que está de acuerdo con la idea del compañerismo. Ella no es una de sus pertenencias, ni de sus posesiones.

La autoridad conyugal debe basarse en el amor, no se debe ejercer en oposición a la palabra de Dios o a la razón, y debe ir regulada por la idea del compañerismo. Dentro de estos límites no podrá nunca degenerar en tiranía, ni podrá oprimir a las personas.

Cualquier mujer podrá plegarse a este poder sin sentirse degradada porque “su yugo es fácil y su carga ligera”. En la constitución familiar la superioridad se le concede al marido: él es la cabeza, el que da la ley, el que gobierna.

En todos los temas que tienen que ver con el pequeño mundo que constituye su hogar él debe dirigir, no sin pedir consejo a su esposa. La esposa debería someterse de buen grado a su decisión. La usurpación de la autoridad siempre resulta odiosa. Representa una de las exhibiciones más ofensivas en la que el marido queda degradado.

Una de las mejores imágenes es la de una mujer sensata que emplea sus talentos y su habilidad, no para subvertir la autoridad de un marido débil, sino para apoyarla; una mujer que insta sin mandar, que convence sin imponer, que influencia sin obligar y que, tras esforzarse en ocultar su mediación, se somete a la autoridad que ella misma ha apoyado y guiado. Por lo tanto, debe haber sumisión.

Los maridos deberían ser prudentes y no poner demasiado a prueba la sumisión de sus esposas.

Las razones para la sumisión son muchas y fuertes. Observa la creación: la mujer fue hecha después que el hombre, “Porque Adán fue creado primero, después Eva”. Fue creada del varón, “Porque el hombre no procede de la mujer, sino la mujer del hombre”. Fue creada para el hombre, “pues en verdad el hombre no fue creado a causa de la mujer, sino la mujer a causa del hombre”.

Si consideramos la caída, fue la mujer quien la ocasionó. “Y Adán no fue el engañado, sino que la mujer, siendo engañada completamente, cayó en transgresión”. Por ello, fue castigada de esta forma:

“Tu deseo será para tu marido, y él tendrá dominio sobre ti”.

Consideremos su historia y veamos qué trato se le da a esto en el Nuevo Testamento:

“Porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia […] Pero así como la iglesia está sujeta a Cristo, también las mujeres deben estarlo a sus maridos en todo”.

Por ello, mis respetadas amigas, así como os someteríais a la autoridad de Cristo, os aconsejo humildemente que estéis sujetas en todo, no sólo al marido sabio y bueno sino también al necio e indigno. Podéis razonar, podéis protestar, pero no debéis rebelaros, ni negaros a ello. Que vuestra sumisión se caracterice por la alegría y no por el malhumor reticente; que no vaya precedida por una pelea, sino que sea una concesión voluntaria, alegre, sin pelea e irrevocable.

2. El siguiente deber que se le impone a la esposa es el respeto.

“Que la mujer respete a su marido”. Al utilizar esta palabra el apóstol no se refiere a que deba ser servil. Está hablando del respeto y la deferencia que se le debe a alguien a quien se nos ordena obedecer. Vuestras palabras mostrarán vuestro respeto; evitaréis rebajarlo en la estima de los demás; no expondréis sus defectos o pequeñas debilidades; no menospreciaréis su forma de ver las cosas o de gobernar el hogar.

El respeto se manifestará en la forma en la que habléis de él. “Así obedeció Sara a Abraham, llamándolo señor”. Debéis evitar el descaro; el sentimiento de superioridad despectiva; de mando; de contradicción innecesaria; de disputa insistente; de acusación y reprimenda; de enfado; de queja con reproche; de protesta ruidosa y escandalosa.

Casi todas las peleas domésticas empiezan con palabras. Por lo general, la mujer podría evitarlas siendo amable en su forma de hablar. La esposa debe cuidar la forma en la que habla con él o incluso delante de él cuando están con su familia y con extraños.

No debe mandarle callar, ni increparle, ni decir nada intencionado para herirle o rebajarle. No debe intentar eclipsarle ni atraer la atención de las personas hacia ella. Debería hacer todo lo posible para mantener su respetabilidad y dignidad en la estima de los demás. No debe caer en la recriminación, ni en un silencio desafiante, o en el resentimiento malhumorado.

El respeto de la esposa se extenderá a sus actos. Deseará complacer al esposo en todo. El apóstol da por sentado, como hecho general e indiscutible, que “la casada se preocupa […] de cómo agradar a su marido”.

Toda su conducta debería estructurarse sobre este principio: contentarle y hacer que se deleite más y más en ella. Con alegría y buen humor ella creará un ambiente de afabilidad en su hogar. Ella debe evitar, en la medida de lo posible, un carácter sombrío y malhumorado.

Debería salir a recibirle con una sonrisa, utilizar su ingenio para agradarle, consultar sus deseos, sorprenderle en ocasiones con ingeniosas muestras de amor inesperadas. Las pruebas extraordinarias de respeto y esas expresiones de consideración tienen una fuerza poderosa para unir al marido con su esposa.

El primer cuidado de la esposa debe ser agradar a Dios y, después, complacer al esposo. De este modo, hará que el corazón de él se aferre a ella y que no pueda separarse de ella.

3. El apóstol Pedro menciona especialmente la afabilidad, y lo llama “adorno de un espíritu tierno y sereno”. Si alguna virtud parece encajar prioritariamente con el carácter femenino, esa es la afabilidad. La esposa es quien más la necesita: la rebeldía de los hijos o las palabras ásperas del marido la mantendrían irritada todo el día si ella se deja provocar fácilmente por todo ello.

¡Qué molesta y odiosa puede ser una mujer gruñona y peleona! “Mejor es habitar en tierra desierta que con mujer rencillosa y molesta”. La fuerza de la mujer no se halla en la resistencia sino en la sumisión; su poder está en su suavidad. Cuando ella es capaz de refrenar su genio en medio de una riña doméstica, la tormenta se disuelve con la misma rapidez con la que empezó.

Poneos, pues, el adorno de un espíritu tierno y sereno. Prestad menos atención al aspecto externo de una persona y más al de su mente.

“Y que vuestro adorno no sea externo: peinados ostentosos, joyas de oro o vestidos lujosos, sino que sea el yo interno, con el adorno incorruptible de un espíritu tierno y sereno”.

El lenguaje de otro apóstol sobre este tema no es menos impresionante.

“Asimismo, que las mujeres se vistan con ropa decorosa, con pudor y modestia, no con peinado ostentoso, no con oro, o perlas, o vestidos costosos; sino con buenas obras, como corresponde a las mujeres que profesan la piedad”.

Ambos apóstoles denunciaron el gusto por los vestidos lujosos como algo indecoroso e impropio de la vida cristiana.

Por consiguiente, este tema merece sin duda la atención más seria por parte de todas las mujeres cristianas. ¿Qué podemos decir de los colores chillones y los modelos extravagantes que se lucen en nuestras iglesias, que no nos gustan y que, además, van en contra de lo que estaría acorde con la vida cristiana?

Las mujeres deben “profesar la piedad”, y no vagar por la locura de la moda. Deben volver a las Santas Escrituras. Afirmo que las mujeres cristianas deben abstenerse de modas caras, ostentosas y extravagantes en el vestir, y prescindir de todo tipo de adorno personal inadecuado.

No estoy argumentando a favor de un uniforme religioso. Estoy a favor de lo simple, lo limpio y lo económico; de lo que el apóstol cataloga de “ropa decorosa, con pudor y modestia”; de una diferencia entre aquellas que son creyentes y las que no lo son. Que no presten tanta atención a ese tipo de cosas como lo hacen las mujeres del mundo. Numerosos son los motivos que hacen que una inadecuada atención al vestir sea algo nocivo:

1. Se pierde un tiempo precioso en el estudio, los arreglos y las decisiones que tienen que ver con este tema.

2. La atención que se le dedica a la decoración externa de la persona se debería poner más bien en la mente y en el corazón.

3. La mente se llena de orgullo y vanidad, y se da paso a una influencia que va deteriorando la verdadera dignidad del alma.

4. El carácter se ve contaminado por un amor a la exposición.

5. Se gasta un dinero que debería utilizarse para aliviar la miseria y mejorar la condición de la humanidad.

6. Se da un ejemplo a la sociedad que provoca comentarios maliciosos de todo tipo.

No estoy abogando por la fealdad, ni por una uniformidad constante. ¡No! Yo defiendo lo pulcro lo simple y lo adecuado, la modestia, y lo económico. Es posible que muchas mujeres aleguen que su vestimenta es para agradar a sus maridos, pero incluso siendo así esto debe tener un límite.

Recordemos que no sólo el adorno externo es corruptible, sino también la propia persona que lo utiliza, pero las virtudes del corazón y la belleza del carácter no perecen nunca.

5. La economía y el orden en la administración de sus gastos personales y domésticos son deberes obvios de una esposa.

Debéis presidir la dirección de los asuntos de la casa y gran parte de la prosperidad y el bienestar de la pequeña comunidad dependerán de vuestras habilidades y de vuestros prudentes arreglos.. En nuestros días, las familias cristianas corren un peligro inminente de conformarse a la imagen del mundo; la línea de demarcación entre la iglesia y el mundo se está borrando rápidamente.. Muchos están preocupados por el esplendor de sus muebles, de estar a la moda y por el coste de sus diversiones exactamente igual que la gente del mundo.

Ahora bien, una esposa puede tener una gran influencia a la hora de controlar esto o de fomentarlo. Debe considerar lo poco que esto tiene que ver con la felicidad de la familia, aunque esta se encuentre en una buena situación de prosperidad.

Esforzaos por adquirir destreza en la administración doméstica; equilibrio en los gastos; prudencia; amor por el orden y la limpieza; un punto medio entre la tacañería y el lujo; algo adecuado a vuestra vida cristiana; una economía que os permita un pequeño ahorro para la causa de Dios y para aliviar las miserias de los hombres.

Controlad el gusto de vuestros maridos por los gastos en vez de fomentarlo; decidles que no es necesario para que vosotras seáis felices ni para el bienestar de la familia. Que el conocimiento, la piedad, el sentido común, las buenas costumbres, la armonía y el amor muto sean las fuentes de vuestros placeres familiares.

6. Una esposa debería estar más atenta a todo lo que concierne el bienestar y la comodidad de los niños en el caso de tenerlos.

Para ello, debe ser hacendosa en el hogar:

“que enseñen a las jóvenes a que amen a sus maridos, a que amen a sus hijos, a ser prudentes, puras, hacendosas en el hogar”.

¿Cómo podrá cumplir bien con todos sus deberes si no es hacendosa en el hogar? ¿A cuántas cosas debe atender, cuántos cuidados debe mantener, cuántas actividades debe apoyar cuando se trata de una pareja casada desde hace poco tiempo y con hijos pequeños? ¿Quién tiene tiempo libre para cotillear? ¿Quién puede deambular de casa en casa, “escuchando o contando algo nuevo”?

El lugar de una madre está en el seno de su familia; el deber de una madre es cuidarles. No seré yo quien prohíba a la mujer el lujo de leer, ni quien la rebaje a ser una simple esclava doméstica cuyas interminables tareas no deban tener un receso, ni un alivio en la literatura. Lejos de eso, pero su gusto por la literatura debe mantenerse dentro de los límites adecuados y no debe permitir que interfieran con sus deberes domésticos.

A ningún marido le puede agradar ver un libro en las manos de su esposa mientras toda la casa está desordenada y los niños estén desatendidos.

En este siglo en que la mediación femenina está muy solicitada, las mujeres deben estar muy alertas no sea que su dedicación a las instituciones públicas interfiera de forma perjudicial con sus deberes de esposas y madres. Cuando esto no se puede hacer, ninguna asociación humana o religiosa debería quitarle el tiempo de lo que es su esfera primordial y más adecuada. Debe ser hacendosa en el hogar, si allí se necesita su presencia.

Estos son, a mi parecer, los principales deberes de una esposa. Su propia comodidad y la de su esposo están conectadas, de forma vital, con el cumplimiento de sus obligaciones. El bienestar de sus hijos se ve profundamente involucrado en ello. Entonces, su personaje brilla con una luz particular.

Ser una buena esposa es un gran logro: se trata de la mujer en su gloria más resplandeciente desde la caída. Sin embargo, el apóstol menciona una consideración de suprema importancia a la que quisiera dirigir vuestra atención:

“Asimismo vosotras, mujeres, estad sujetas a vuestros maridos, de modo que si algunos de ellos son desobedientes a la palabra, puedan ser ganados sin palabra alguna por la conducta de sus mujeres al observar vuestra conducta casta y respetuosa”.

En el caso de que una mujer cristiana se una a un hombre que no es creyente, debe albergar y mostrar un profundo, tierno y juicioso desvelo por su salvación:

“Pues ¿cómo sabes tú, mujer, si salvarás a tu marido?”

No seré yo quien aconseje matrimonios desiguales: yo no intentaría siquiera el peligroso experimento del matrimonio con un hombre que no fuese creyente, con la esperanza de convertirlo. En esos casos la conversión suele funcionar al contrario.

Sin embargo, cuando la unión ya está formada, lo que sugiero es que emplee todo esfuerzo discreto para su bienestar eterno. En muchos casos el marido no creyente ha sido santificado por la esposa. Ella le ha atraído con las cuerdas de un amor tierno y juicioso y le ha llevado a considerar el tema de la religión personal.

¿Pero cómo se debe emplear ese desvelo? El apóstol nos dice:

para que “puedan ser ganados sin palabra alguna por la conducta de sus mujeres al OBSERVAR vuestra conducta casta y respetuosa”.

Vuestra vida cristiana debe verse en vuestro carácter y conducta. Debe ser algo coherente:

“Así brille vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas acciones y glorifiquen a vuestro Padre”.

Siempre debe verse en vosotros un hermoso ejemplo que, aunque silencioso, tenga una elocuencia viva. Vuestra vida cristiana debe irradiar su resplandor por todo vuestro carácter y debe dejar su huella más profunda en vuestra relación como esposas y madres.

Cualquier desprecio hacia el esposo por ser un pecador no convertido, provocará un prejuicio crónico no sólo hacia la religión sino también hacia vosotras mismas. Él odiará la religión por culpa vuestra y a vosotras por culpa de la religión.

Cuando os atreváis a hablarle sobre el tema, no lo hagáis en forma de conferencia, de reproche, ni de consciente superioridad. Utilizad toda la ternura, la afabilidad, la humildad y el afecto convincente que podáis. No le habléis nunca de su estado delante de los demás, ni os explayéis con él.

Es poco probable que consigáis el objetivo que perseguís si le cansáis importunándole continuamente. Un consejo ocasional, de la forma más tierna, respetuosa y delicada es todo lo que deberíais intentar y luego dejad que vuestro ejemplo sea el que hable por vosotras.

No invitéis demasiado a vuestros amigos cristianos para que no se aburra No interrumpáis nunca de forma descortés su ocupación, su lectura o la compañía de sus amigos, aunque no sean lo que vosotras aprobaríais de buena gana. Hasta que no reciba luz de lo alto él no verá nada malo en etas cosas. Intentar interrumpirle de una forma que no sea suave y respetuosa no hará más que dañarle.

Si él intentara apartaros de vuestra vida cristiana, en este caso no debéis someteros a su persuasión ni tenéis por qué hacer concesiones. Debéis ser firmes pero a la vez suaves. Si hacéis una concesión esto os llevará a tener que hacer otra. Si este comportamiento hace que recibáis reproches, ira y persecución debéis ser pacientes y encomendar vuestros pasos a Aquel que juzga con justicia.

Muchos maridos que han perseguido a sus esposas han sido doblegados, no por la religión sino por la tierna conducta, y por el carácter afable y resignado de sus esposas.

Terminaré diciendo que todos debemos procurar más del espíritu de la fe verdadera, el espíritu de fe, de esperanza y de oración. Debe ser una fe que realmente crea la palabra de Dios y que mire siempre a la cruz de Cristo, por medio de la cual obtenemos la salvación, y al mundo eterno donde nos gozaremos por completo y para siempre.

Necesitamos la ayuda del Espíritu Santo no sólo para los deberes que se refieren a nuestras relaciones con otro mundo, sino para aquellas que recaen sobre nosotros como consecuencia de nuestras relaciones en este.

“Pero la piedad es provechosa para todo, pues tiene promesa para la vida presente y también para la futura”.

El mismo principio de gracia divina que nos une a Dios, nos unirá los unos a los otros más estrechamente. Un buen cristiano no puede ser un mal marido ni un mal padre. De la misma manera, el más piadoso brillará más en todas las relaciones de la vida.

Una biblia colocada entre un hombre y su esposa como base de su unión; como norma de su conducta; como modelo de su espíritu hará una gran diferencia, los consolará cuando estén en aflicción; los guiará cuando estén en apuros; y los sostendrá cuando se despidan por última vez al separarse el uno del otro, volviendo a reunirlos en el mundo del que no tendrán que salir nunca más.

“Esas parejas que viven recordando que tienen que volver a separarse, y que tendrán que dar cuenta del trato que tengan el uno con el otro, serán adoptados gloriosamente en el día de su muerte.

Cuando vuelvan a vivir de nuevo, se casarán con su Señor y compartirán sus glorias. Todas esas cosas que ahora nos agradan pasarán de nosotros, o nosotros de ellas, pero las que tienen que ver con la otra vida son permanentes como los números de la eternidad.

Aunque en la resurrección no habrá relación de marido y mujer, ni se celebrará más matrimonio que las bodas del Cordero, se recordará cómo hombres y mujeres pasaron por ese estado que es un símbolo de esas bodas. De esa unión sacramental, todas las parejas santas pasarán a la unión espiritual y eterna donde el amor será su porción y el gozo coronará sus cabezas, y reposarán en el seno de Jesús y en el corazón de Dios por los siglos de los siglos”.