Vemos que nuestro Señor dice: “El que me rechaza, y no recibe mis palabras, tiene quien le juzgue; la palabra que he hablado, ella le juzgará en el día postrero”.

¡Hay un día postrero! El mundo no seguirá siempre igual que ahora. Comprar y vender, sembrar y cosechar, plantar y construir, casarse y dar en casamiento: todo eso tocará un día a su fin. El Padre ha acordado un momento en el que toda la maquinaria de la Creación se detendrá y la dispensación actual será sustituida por otra. Tuvo un comienzo y también tendrá un final. Entonces los bancos cerrarán sus puertas para siempre. Los mercados de valores no abrirán más. Los parlamentos quedarán disueltos. El mismísimo Sol, que tan fielmente ha llevado a cabo su cometido diario desde el Diluvio de Noé, ya no saldrá ni se pondrá más. Nos iría mejor si pensáramos más en ese día. A menudo, los días de bodas y nacimientos o el día del pago del alquiler absorben todo nuestro interés. Pero nada es comparable al día postrero.

¡Hay un Juicio venidero! Los hombres tienen días de ajuste de cuentas, y al final, Dios también tendrá el suyo. Sonará la trompeta. Los muertos se levantarán incorruptibles. La vida será transformada. Toda persona de todo nombre, pueblo, lengua y nación se presentará ante el tribunal de Cristo. Se abrirán los libros y se presentarán las pruebas. Nuestro verdadero carácter quedará expuesto ante el mundo. Nada se ocultará ni se encubrirá, nada se podrá camuflar. Todo el mundo rendirá cuentas ante Dios y será juzgado según sus obras. Los malos irán al fuego eterno y los justos a la vida eterna.

¡Estas son terribles verdades! Pero son verdades, y es preciso decirlas. No sorprende que Félix, el gobernador romano, se espantara cuando el prisionero S. Pablo disertó acerca “de la justicia, del dominio propio y del juicio venidero” (Hechos 24:25). Sin embargo, el que cree en el Señor Jesucristo no tiene por qué temer. No será condenado en todo caso, y el Juicio Final no debe asustarle. Las virtudes de su vida darán testimonio de él, mientras que sus defectos no le condenarán. El hombre que rechaza a Cristo y se niega a escuchar su llamada al arrepentimiento es el que tendrá motivos para temer en el Juicio Final y sentirse abatido.

Que la idea del Juicio venidero tenga un efecto práctico en nuestra religión. Juzguémonos a diario con rectitud para que el Señor no nos juzgue y condene. Hablemos y actuemos como hombres que serán juzgados por la ley de la libertad (cf. Santiago 2:12). Seamos siempre conscientes de todos nuestros actos y no olvidemos que en el día postrero tendremos que rendir cuentas por cada palabra ociosa. En pocas palabras, vivamos como quien cree en la veracidad del Juicio, el Cielo y el Infierno. Al vivir así seremos verdaderamente cristianos y podremos tener valor en el día de la Venida de Cristo.

Que el día del Juicio sea la respuesta y la apología del cristiano ante los hombres que se burlan de él por ser demasiado estricto, demasiado meticuloso y demasiado estrecho en su religión. La irreligiosidad puede tener un resultado relativamente bueno durante un tiempo, mientras el hombre goce de salud y prosperidad y no piense más que en este mundo. Pero el que cree que debe rendir cuentas ante el Juez de vivos y muertos en su Venida y en la instauración de su Reino jamás se dará por satisfecho con una vida impía. Dirá: “Hay un Juicio. Nunca puedo servir a Dios lo suficiente. Cristo murió por mí. Nunca puedo hacer lo suficiente por Él”.