He tomado dos textos de dos capítulos consecutivos del libro de Josué: el primero es del capítulo siete y del versículo tercero. Los espías que habían sido enviados a Hai regresaron a Josué y le dijeron: “No suba todo el pueblo, sino suban como dos mil o tres mil hombres, y tomarán a Hai.” Esta estrategia produjo una desastrosa derrota; y nuestro texto nos da el mandato del Señor concerniente al nuevo ataque. Lo encontrarán en el capítulo ocho de Josué, en el versículo primero: “Jehová dijo a Josué: No temas ni desmayes; toma contigo toda la gente de guerra, y levántate y sube a Hai. Mira, yo he entregado en tu mano al rey de Hai, a su pueblo, a su ciudad y a su tierra.”

Los dos textos pueden ser condensados en esto: primero, el consejo de los espías: emplear solamente una parte del pueblo en el asalto sobre Hai: “No suba todo el pueblo”; y, en segundo lugar, el mandamiento de Dios, que ordenara a todos los combatientes que fueran a la guerra: “Toma contigo toda la gente de guerra.”

Hermanos, como Israel, somos llamados a la guerra, y tenemos a uno más grande que Josué por cabeza nuestra, en cuyo nombre venceremos. Hay una herencia que todavía ha sido conservada por el adversario, y en el nombre de Dios tenemos que echarlo fuera. Con seguridad experimentaremos dificultades muy similares a aquellas con las que se enfrentaron las tribus; y yo no dudo que su historia (¿acaso no está escrita para que aprendamos?) resultará ser sumamente interesante para nosotros, si le damos la debida consideración.

Podríamos experimentar sus mismas derrotas si cayéramos en los mismos pecados, y ganaríamos semejantes victorias si fuéramos obedientes a los mandamientos que Dios nos ha dado, que son muy similares a los dirigidos al Israel de antes. Como en un espejo, nos vemos a nosotros mismos en las doce tribus, desde el primer día hasta ahora, y en los textos que tenemos frente a nosotros hay una lección que pedimos que Dios, por Su gracia, nos dé la capacidad de aprender. Pido al Espíritu Santo que ilumine nuestras mentes mientras leemos en el libro de las guerras del Señor, y como soldados de Cristo, aprendamos de los guerreros de antaño.

I. Consideremos EL CONSEJO DE LOS ESPÍAS, que condujo a tan vergonzosa derrota.

Y aquí tendremos que tratar con el error de suponer que únicamente una parte de la iglesia bastará para hacer el trabajo colectivo; el error de suponer que una gran proporción de personas pueda estar ociosa, y que el resto será suficiente para pelear las batallas del Señor. Siento que es un error que, aunque tal vez no sea sostenido teóricamente por ninguno de nosotros, en la práctica puede verse por todas partes en nuestras iglesias, y necesita ser identificado y resuelto.

En tiempos de Josué este error surgió entre los israelitas porque, por causa de sus pecados, Dios estaba enojado con ellos. El comienzo del capítulo nos dice que el Señor Dios estaba airado porque los hijos de Israel habían cometido una prevaricación en cuanto al anatema: la ira de Jehová se encendió contra el pueblo por el pecado de Acán. Esa fue la razón real de su derrota ante Hai; pero de esa causa secreta brotó la fuente más visible de la derrota: era que, debido a que Dios estaba descontento con ellos, fueron dejados solos, y por esta razón adoptaron una estrategia fatal.

Cuando Dios está en medio de una iglesia, Él guía sus consejos, y dirige los corazones de los hombres para que salgan a trabajar de la manera más sabia. ¿Acaso no hay un viejo dicho que dice: “a quien los dioses quieren destruir primero lo vuelven loco”? ¿Y no es ese proverbio pagano una sombra del hecho que los hombres se vuelven necios cuando han quebrantado los mandamientos de Dios, y así son disciplinados por una falta permitiéndoseles que caigan en otra? Una cierta medida de ceguera judicial puede sobrevenirle incluso al propio pueblo de Dios.

Pueden estar seguros que cuando llega a ser doctrina que únicamente se espera que ciertas categorías especiales de hombres trabajen en la iglesia, hay algo muy malo en el trasfondo. En esa iglesia que, más que cualquier otra, ha caído en esta falacia, y ha pintado la más clara raya entre aquellos llamados al sacerdocio y los pobres laicos desafortunados que están fuera, que tal vez puedan hacer algo para Dios, pero de los que no se espera, y, en verdad, a quienes no se les permite hacer algo en particular: en esa iglesia, digo, los errores más mortales han encontrado un hogar.

Nosotros, también, podemos dar por hecho que cuando comencemos a dejar que la obra cristiana sea llevada a cabo por un ministro, o las visitas a los pobres sean realizadas solamente por un misionero pagado, tenemos a un Acán en el campamento, con un manto babilónico muy bueno escondido en su tienda. Ha de haber un anatema en algún lado o en otro que ha causado que seamos abandonados a una insensatez tan grande: ya sea la mundanalidad, o la tibieza, o el amor al ocio, o la profunda degradación del corazón, deben estar en la raíz de esta estrategia descuidada e indolente.

No está en la mente de Dios que esto sea así; y, evidentemente, nos ha dejado a nosotros mismos cuando este método fatal es adoptado. Cuando el Espíritu Santo descansa sobre la iglesia, esta necedad es prácticamente evitada, no, ni siquiera es concebida. ¡Que Dios conceda a las iglesias representadas aquí hoy, que puedan caminar en tal sanidad de doctrina y tengan tal espiritualidad de vida que puedan ser llenadas de la presencia divina, y no sueñen nunca ni por un momento enviar únicamente a una parte de sus miembros a la guerra, y dejar al resto para que se siente con tranquilidad! No podemos permitir que las batallas de nuestro Señor sean peleadas utilizando tropas mercenarias; el ejército entero de hombres que se ofrecen voluntariamente en el día del poder del Señor, ha de salir bajo el comando de nuestro divino Josué para enfrentar al enemigo.

Además, esta estrategia errónea surgió de la presunción engendrada por el éxito. Hacía muy poco tiempo que todo Israel había marchado alrededor de Jericó durante siete días, y en el día séptimo, cuando gritaron, los muros de la ciudad fueron derrumbados completamente hasta el suelo. Tal vez comenzaron a decir: “¿Se cayeron esos sólidos muros cuando nosotros los rodeamos? ¡Oh Israel, tú eres una gran nación! ¿Y se cayeron solamente por unos gritos? ¡Entonces el heteo y el heveo y todos los demás enemigos, huirán delante de nosotros como tamo llevado por el viento! ¿Qué necesidad habría de llevar todo nuestro bagaje cuesta arriba hasta Hai? ¿Qué necesidad habría para que marchen tantos hombres? Dos o tres mil hombres serán más que suficientes para tomar por asalto a esa pequeña ciudad. ¡Nosotros podemos hacer maravillas, y, por tanto, no necesitamos emplear toda nuestra fortaleza!”

Hermanos, muchos peligros rodean al éxito; ninguno de nosotros puede soportarlo mucho. La vela totalmente desplegada requiere de mucho lastre para que el bote no se vuelque. Cuando en esta o en cualquier otra parte del mundo, la iglesia ve a muchos convertidos como el fruto de sus labores, y cuando hay grandes reuniones, y una buena cantidad de gritos, y un gran interés se ha generado, y hay conversiones multitudinarias, es muy natural suponer que el trabajo ha sido hecho con facilidad, y que no se requiere de ningún esfuerzo severo o general. ¡Se alimenta la idea que ahora no hay necesidad de continuas visitas de casa en casa, ni hay necesidad de más misioneros, ni hay necesidad del servicio regular ajetreado en la escuela o en la reunión en una casa del campo, y que no hay necesidad de poner a trabajar para Cristo a nuestros jóvenes de ambos sexos!

Los ejercicios y la organización del ejército regular están en peligro de ser estimados con ligereza. Toca la trompeta y los muros caerán con mucha facilidad. Como Jericó se ha derrumbado con gritos y con marchas, entonces reunámonos y mostremos que somos un pueblo poderoso, que no necesitamos más subir unánime y laboriosamente, cada uno derecho hacia adelante para la lucha, como lo hicieron nuestros padres.

Ah, hermanos, este espíritu maligno ha de ser exorcizado, pues proviene del diablo. Dios no nos bendecirá si toleramos este espíritu. Vamos, algunos de nosotros ya somos demasiado grandes para que nuestro Señor nos use en Su obra. Como la coraza de Saúl, somos inapropiados para que nuestro David se vista con nosotros si Goliat ha de ser eliminado. Hemos de ser más sensibles a la debilidad, más conscientes que la conversión de las almas es la obra de la omnipotencia, o veremos que se logra muy poco. Nosotros mismos hemos de creer más plenamente en la necesidad de un trabajo más denodado para Dios, y debemos invertir toda nuestra fuerza, y ejercitar cada tendón para Él, sabiendo que es Su poder el que obra en nosotros poderosamente cuando nos esforzamos con todos nuestros corazones. Hemos de aprender que nuestro grandioso Líder tiene el propósito que no solamente gritemos y toquemos las bocinas de cuernos de carnero, sino que utilicemos toda la fuerza de cada individuo de nuestras filas en Su glorioso caso. Que seamos librados de la presunción que conduce al necio curso de acción que Israel siguió.

No olvidemos que estos hijos de Israel estaban olvidando su cometido y violando el mandato de Dios. Es una terrible verdad que las tribus habían sido sacadas de Egipto para que fueran los ejecutores de la divina venganza sobre las razas que habían cometido crímenes capitales, por los cuales el Señor los había condenado a que fueran desarraigados.

El galardón de los ministros de justicia había de ser la tierra que los pueblos infames habían profanado. Se les había encargado no hacer ninguna alianza con ellos, ni que se casaran con ninguno de esos grupos étnicos, sino que los ejecutaran por sus crímenes; y la comisión no les fue dada solamente a algunos de los israelitas, sino a todos ellos, pues todos habían de ser recompensados con una porción de la tierra. La orden no les fue dada únicamente a Josué y a los ancianos, sino a todas las tribus. De la misma manera que todos esperaban contar con una morada en Canaán, así todos habían de conquistar el territorio por medio de sus propios esfuerzos. Todos ellos conformaban un ejército alistado para Dios, y Él nunca ordenó que solamente una parte saliera en Su gran controversia con los cananeos condenados.

Si alguna vez olvidamos prestar un servicio universal como una iglesia en la causa de Cristo, nos estaríamos apartando de nuestra responsabilidad y de nuestro llamamiento, pues el Señor ha enviado a todos Sus discípulos a testificar acerca de Él, y a contender contra el pecado. Él nos ha enviado a todos para que demos a conocer por todos lados, de conformidad a nuestra habilidad, las buenas nuevas de Su salvación; y Él no ha dado esta orden a este o aquel hombre, o a este o a aquel grupo de hombres, sino a todos Sus escogidos.

Cada miembro del cuerpo tiene su propio oficio, y no se puede permitir que ninguna parte de ese cuerpo se quede dormida. Él no le ha dicho a nadie: “Id, comed grosuras, y bebed vino dulce, y criticad a aquellos que realizan la obra”; pero a todos Sus santos nuestro Señor Jesús les dice: “Como me envió el Padre, así también yo os envío.” Todo cristiano es descrito en la Escritura como una luz, una luz que no ha de ser ocultada, sino que ha de ser vista de los hombres. Cada hijo de Dios es descrito como formando parte de esa “Ciudad asentada sobre un monte que no se puede esconder.”

No solamente los ministros son la sal de la tierra y la luz del mundo; sino “Vosotros sois la sal de la tierra”; “Vosotros sois la luz del mundo”; todos ustedes sin excepción. Cada uno en su propia proporción y en su propio lugar ha de ser usado como un vaso en la grandiosa casa del Señor: y nos apartaríamos de nuestra verdadera posición y de nuestro elevado llamamiento, si nos excusáramos o excusáramos a nuestros hermanos del servicio personal, para luego ir y participar en las reuniones públicas y agradecer a Dios por lo que otras personas han hecho en nombre nuestro.

Estos israelitas, en la nueva manera que estaban tratando de establecer, se estaban saliendo de su propio modelo. Ese modelo era, sin duda, el asedio de Jericó. En ese asedio hubo mucha dependencia de Dios, pero no hubo un descuido en cuanto a los instrumentos utilizados; y, aunque todo lo que hicieron fue rodear la ciudad y gritar, sin embargo, al hacerlo, ellos estaban cumpliendo las órdenes literalmente, y haciendo todo lo que había sido ordenado.

Sí, si esto derribaría los muros, lo hicieron completamente, pues marcharon como se les pidió y gritaron como era deseado. Todos ellos fueron alrededor de Jericó; no se dio el caso que algunos se sentaran en sus tiendas y miraran mientras los otros desfilaban, sino que todos desfilaron en orden. Podría parecer una procesión perfectamente inútil, pero fue ordenada por Dios, y todos se unieron a ella.

¡En formación marcial todos ellos rodearon la ciudad, y todos dieron el grito, y los muros se vinieron abajo, y allí mismo y en ese mismo momento cada hombre se dirigió hacia la presa, saltando sobre los muros derruidos para herir al enemigo en el nombre del Señor! Ese fue su precedente y su modelo, y se estaban saliendo de su modelo muy tristemente cuando dijeron: “No fatigues a todo el pueblo yendo allí.”

Entonces, ¿cuál es nuestro modelo como iglesia? ¿Acaso no es Pentecostés? ¿Acaso no constituyen aquellos primeros días, aquellos albores del cristianismo, una época de oro a la que miramos en retrospectiva como la edad heroica de nuestra santa fe? En aquellos días, ¿no participaban todos ellos en el partimiento del pan de casa en casa? ¿No vendían sus heredades y ponían su precio a los pies de los apóstoles? ¿Acaso no había un ardiente entusiasmo en el cuerpo entero de discípulos? Sabemos que era así; y si hemos de ver de nuevo los triunfos de aquellos tiempos primitivos, debemos regresar a la práctica primitiva, y cada hombre y cada mujer y cada niño de la iglesia ha de ser consagrado al servicio divino. ¿”Niño”, dije? Sí, ciertamente, pues “De la boca de los niños y de los que maman perfeccionaste la alabanza.”

Yo supongo que no hay ninguna persona presente que haya escuchado aquel sermón famoso de Matthew Wilks sobre el servicio universal que es prestado por los idólatras a sus falsos dioses, tomado del texto: “Los hijos recogen la leña, los padres encienden el fuego, y las mujeres amasan la masa, para hacer tortas a la reina del cielo.” El argumento del predicador en aquella ocasión fue el mismo sobre el que me gustaría insistir ahora: que todos deben participar en la obra del Señor. Diversos oficios pero metas unidas; operaciones diferentes pero el mismo espíritu; muchos y sin embargo uno: que así sea. Quiera Dios que la iglesia reconozca esto más plenamente, y que así vuelva a los grandiosos precedentes de su guerra.

Además, este error que debemos evitar cuidadosamente, provino sin duda del dictado de la sabiduría carnal. Los espías no fueron nunca de gran utilidad para Israel, pues únicamente dos de los primeros doce fueron fieles. ¿Qué pretendía Israel con los espías? Habría sido mucho mejor caminar por fe. Necesitaban enviar espías a Hai en vez de subir de inmediato en la confianza de la fe: el mal provino de allí, pues estos espías aconsejaron que sólo una parte del pueblo requería combatir sobre el monte.

Y, hermanos, los mejores ministros de Cristo, dignos de todo honor, serían la causa de un gran daño si alguna vez su sabiduría carnal los hiciera pensar que pueden reemplazar los planes primitivos con invenciones más sabias. Me atrevería a decir que los hombres en armas habrían dicho que las multitudes de Israel eran un obstáculo para el combate efectivo, y que la gente común interfería con los guerreros entrenados y estorbaban en la batalla.

Yo sé que algunos hermanos muy capaces comparten esta forma de pensar. ¿Acaso no han dicho de hecho aunque sin palabras: “ese jovencito está predicando. Nos gustaría que se quedara callado; ¡comete tales torpezas con el inglés de la reina! Tiene mucho celo, pero hay mucho peligro en él. Y esas buenas hermanas -sabemos que hacen una gran cantidad de trabajo que nunca había sido hecho, pero,” y menean sus cabezas delante de ellas. ¡Esa es a menudo la principal contribución de los pertenecientes a la clase más prudente de personas para el servicio de Dios! Ellos generosamente prodigan sus graves miradas y sus meneos de cabeza sobre los sujetos más jóvenes, frente a su innovación y su celo.

Está la escuela dominical; bien, esa es una cosa muy adecuada, porque es una agencia muy reconocida, pero si se comenzara hoy por la primera vez, muchos le menearían también sus cabezas. El trabajo de la misión citadina, de igual manera, es un modo de operación probado y comprobado; pero en días ya idos, se pensaba que había peligro en una agencia laica, especialmente debido a que los jóvenes no tenían un entrenamiento universitario.

Bien, hermanos míos, hay otras muchas agencias santas que todavía se han de inventar, y aunque ninguna de ellas será perfecta, los jarros de agua fría que les arrojemos no las van a mejorar. Sería mucho mejor ayudar a lo bueno, y en cuanto al pequeño daño que pudiese provenir de las agencias imperfectas, dejemos que los sabios administren el antídoto y rectifiquen los desatinos. Cualquier cosa es mejor que el aletargamiento y la muerte.

Gracias a Dios porque nuestra gente tiene en la mente hacer el bien, y su celo está inclinado a los fuegos arrasadores; entonces no los apaguemos, sino tratemos de usarlos para propósitos santos; pues, después de todo, arrasadores o no, es lo que necesitamos. Si tenemos el fuego del cielo en la forma de celo para la gloria de Dios, puede ser regulado con facilidad, pero la calamidad más terrible es no tener fuego del todo.

“Pero” -dirá alguien- “la defensa ignorante e indiscreta de la verdad por parte de personas sin las debidas calificaciones, ¿no podría hacer mucho daño a la causa que amamos?” Podría hacerlo; pero ¿acaso la verdad en que crees es tan débil como para estar en algún serio peligro por un accidente como esos? ¿Acaso la verdad no es invencible y plenamente capaz de cuidarse a sí misma? Todo lo que la verdad debe temer es la agencia paralizante e inmovilizadora de la excesiva prudencia. ¡Con la debilidad por su guardián y la necedad por su defensora, aún así está segura! El Dios que la protege de sus enemigos puede seguramente salvarla de sus amigos. El peligro radica en nuestra sabiduría carnal, que quisiera cubrir la luz con un almud para evitar que se apague, y envolver al talento en un pañuelo porque es el único.

Con mucha frecuencia escuchamos decir que no hay necesidad de tanta excitación y esfuerzo: y, esto, también, nos llega procedente de nuestros hombres prudentes: ¡nos dicen que debemos tomarlo con calma, pues las cosas salieron lo suficientemente bien en los días de nuestros abuelos, y los grandes hombres del pasado lo hicieron bien sin necesidad de toda esta conmoción! ¡Bien, hemos observado que los jarros de agua fría están en promoción, y pueden conseguirse a precios de mayoreo!

Ahora, hermanos, yo no sé lo que opinen al respecto, pero por lo menos yo siento que hay mucho trabajo por hacer, y contamos con muy poco tiempo para hacerlo. Si me sumergiera en el trabajo con todo mi poder, no podría hacer demasiado; pero, de cualquier manera, todo mi pequeño poder es demandado por una causa así.

Hay una bendita holganza que goza el corazón que se sienta a los pies de Jesús; pero yo estoy seguro que no es inconsistente con esa violencia que sufre el reino del cielo, “y los violentos lo arrebatan.” Había gente que se quejaba, en los días de Wesley y Whitefield, porque su celo causaba mucho fanatismo; pero, gracias a Dios, el bendito fanatismo se propagó por toda la tierra; y no está extinto ni siquiera ahora, ¡ni lo estará por la gracia de Dios, sino que seguirá aumentando hasta que Cristo venga!

¡Llevemos a nuestros hombres, a todas las tribus, por débiles que sean, y aunque sus armas no sean mejores que las hachas y los azadones con los que Israel combatió a los filisteos! Saltemos sobre nuestro enemigo como un hombre, como en los tiempos antiguos. Subamos todos a Hai; y tan cierto como que Dios estuvo con Su pueblo entonces, ¡así de seguro estará con nuestras huestes compactas hoy día, y el mundo aprenderá otra vez que hay un Dios en Israel!

Sólo una cosa más sobre este punto: estos hijos de Israel, al enviar a la guerra sólo a una parte de los hombres, estaban distorsionando el plan divino. El Señor no tuvo nunca el propósito de tener dos pueblos, sino uno; y así leemos que los rubenitas y a los gaditas atravesaron el Jordán para ir a la guerra, aunque su porción ya estaba conquistada. Era el propósito divino que ellos formaran un solo ejército del Dios vivo, y cada hijo de la simiente de Abraham, individualmente, había de pertenecer a ese ejército y combatir en él; tenía el propósito que no solamente algunos sino todos, vieran las poderosas obras de Su mano que trabajaba con ellos para demoler a sus adversarios. Cuando Jericó sucumbió, todos lo vieron; y si Hai había de caer ante el poder divino, todos debían estar allí para ver con sus propios ojos la gloria del Señor.

Estoy seguro que sucede lo mismo hoy con la iglesia de Dios. El Señor tiene el propósito de mantener a todos Sus escogidos como un solo ejército, e instruirlos a ellos como un solo grupo. ¿Y cuándo somos más visiblemente uno? Cuando nos ponemos a trabajar. Si vienes para una perorata sobre tus propios puntos peculiares, te daré los buenos días; pero si vas a trabajar para Jesús, permite que vaya contigo. He observado la historia de las organizaciones formadas sin un propósito práctico, e invariablemente han llegado a su fin, y no sé si debamos lamentar ese hecho; pero el trabajo desempeñado para Jesús es un poderoso lazo de unión.

Nuestro Dios no tiene el propósito que solamente Sus ministros visiten todos los lechos de muerte, y sean los únicos espectadores de los triunfos moribundos de Su pueblo. No, nuestros hermanos y hermanas han de visitarlos también, y que su fe sea fortalecida y sus perspectivas sean más brillantes. Él no desea que solamente los predicadores vean a todos los que son convertidos y alienten a los que están desanimados.

No, Su sabiduría percibe que es bueno que todos Sus siervos contemplen los trofeos de Su gracia, y sepan cómo utilizar los estímulos de Sus promesas.

El Señor no ordena que uno o dos lamenten la perversión de los corazones de los hombres y luchen solos con los pecadores. No; Él tiene el propósito que todos Sus siervos, en su medida, aprendan las lecciones que la guerra santa les puede enseñar. No tratar con las almas en la práctica es peligroso para nosotros mismos. Los hombres que gastan su tiempo suministrándonos ensayos maravillosos y articulos en las revistas, son en su mayoría poco firmes en su fe; pero si salieran al mundo de la vida real, para salvar a los hombres, si tuvieran que combatir personalmente con corazones empedernidos y pasiones perversas en la obra real de conversión, encontrarían que sus teorías bellamente entretejidas no sirven para nada; aprenderían que la fe puritana de nuestros antepasados es la más potente de todas armas y la mejor adaptada para el mundo tal como es, y que la vieja verdad es la única espada con la que puedes perforar los corazones de los hombres.

Para un cristiano, trabajar para Jesús es una educación. ¡Qué educación para el filántropo sería que viera lo que come el trabajador del campo, o, más bien, lo que no come! ¡Qué lección para el reformador de las condiciones sanitarias sería que viera con sus propios ojos dónde se aloja la gente! ¡Qué educación para un hombre de dinero sería que pasara una noche o dos en las salas abarrotadas donde nuestros obreros londinenses pasan sus noches!

Y de igual manera, el santo servicio es un entrenamiento para nosotros. Para conocer realmente la caída del hombre y el camino de la redención, debemos ir entre la gente y trabajar para su conversión. De aquí que nuestro Señor no excusará a ninguno de nosotros del servicio en esta guerra, porque sería en gran perjuicio nuestro ser alejados de ella; y es para nuestra motivación y crecimiento que hemos de participar en ella.

Voy a concluir esta parte de mi tema con una parábola. En los días de caballería, un cierto grupo de caballeros no había conocido la derrota nunca. En todas las batallas su nombre era terrible para el enemigo. En sus estandartes estaba impresa una larga lista de victorias; pero en una mala hora, el líder de los caballeros los reunió en capítulo y les dijo: “hermanos míos, nos estamos provocando nosotros mismos un arduo trabajo. Contamos con un grupo de habilidosos guerreros, versados en todas las artes del combate, que bastan para los conflictos ordinarios, y sería muy conveniente para la mayoría, que se quedaran en el campamento y descansaran, o alistaran sus armas para ocasiones extraordinarias. Dejemos que los paladines vayan solos. Aquel caballero puede partir con su espada a un hombre en dos mitades con un solo golpe, y su compañero puede romper una barra de hierro con su hacha; otros en medio de nosotros son igualmente poderosos, y cada uno es un ejército en sí mismo. Con el terror de nuestro nombre tras ellos, los paladines escogidos pueden sostener la guerra mientras el resto divide el botín.” El dicho agradó a los guerreros pero desde que aquella hora se escuchó el tañido fúnebre, y la derrota manchó su estandarte. Cuando se volvieron a reunir, se quejaron de los paladines porque no habían defendido el honor de la orden, y les pidieron que se ejercitaran más heroicamente. Así lo hicieron, pero con muy poco éxito. Las notas de descontento eran más y más fuertes así como las exigencias de nuevos paladines. Entonces uno de los caballeros de mayor edad dijo: “hermanos, ¿por qué nos culpan? El error está en esto. Anteriormente, cuando el enemigo nos asediaba, mil hombres se levantaban en armas, y nosotros que encabezábamos la vanguardia sabíamos que un ejército intrépido seguía estrechamente nuestros pasos. Pero ahora nos han convertido ustedes en solitarios paladines, y el adversario cobra valor para desafiarnos, al encontrarnos sin apoyo. Vengan todos ustedes con nosotros a la refriega como antes, y nadie podrá resistirnos.” Hermanos, no necesitan que nadie les interprete esto.

II. En segundo lugar, mi texto contiene EL MANDATO QUE TODO ISRAEL SE PRESENTE AL COMBATE. “Toma contigo toda la gente de guerra.”

Me voy a dirigir principalmente a mis hermanos en Cristo; y lo que he de decirles lo digo humildemente, hablándome primordialmente a mí mismo. Hermanos, hemos de hacer que todos los miembros de nuestra iglesia vayan a la guerra. El bagaje de nuestro ejército es demasiado pesado; los vivanderos y los no combatientes son demasiados. Necesitamos echar fuera a los zánganos y necesitamos un incremento de las verdaderas abejas obreras.

¿Cómo ha de hacerse esto? Hemos de estar profundamente impresionados por el mal que les ha sobrevenido a los cristianos ociosos por su holgazanería, y el mal que acarrean sobre el resto de la iglesia. Sólo supongan a un cristiano -voy a darle el tratamiento de una mera suposición- que vive una vida ociosa; si no le dan una tarea, se volverá insano por la introspección; o se tornará pendenciero, contendiendo con todos los que sostienen opiniones contrarias a su propia opinión; o deshonrará el nombre de Cristo por el pecado.

Ustedes recordarán cuándo fue que David cayó en lo tocante a Betsabé; era en el tiempo que salían los reyes a la guerra y él se había quedado en Jerusalén. David no hubiera caído en ese pecado si no hubiera desempeñado el papel del zángano en casa. ¿Dónde estaba su deber como comandante en jefe? ¿Acaso no estaba en el campamento?

La indolencia es una tentación. Algunas de nuestras iglesias están sufriendo por una doctrina equivocada, pero sufren casi lo mismo por falta de trabajo. El musgo crece sobre ellas, y la herrumbre las está carcomiendo; el oro se pone opaco, la plata está perdiendo su brillo, y todo por falta de uso.

Oh, hermanos, si nos ponemos al pie de un árbol infructuoso en la viña de Cristo sabemos lo que habrá de pasar. Cuando lo miramos y no vemos ningún fruto, nuestras emociones tendrían que ser las de la tristeza más amarga; pues el hacha está preparada para aquellos que no dan fruto.

¡Ay, que tengamos miembros en la iglesia que no son inconsistentes en el carácter moral, sino excelentes en muchos sentidos, pero que obstruyen el suelo! Hay por todas partes mucha caridad pero de un tipo malo, porque no se enfrenta a la verdad en un honesto deseo por el bien de los hombres. Hemos de ser verdaderamente caritativos en demasía para no entregarnos a esa caridad fatal. Suspiremos y clamemos cuando pensemos en los miembros inútiles de nuestra iglesia como pámpanos de la vid que no dan fruto, de quienes el Señor ha dicho que serán cortados: “Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará”; y “Los echan en el fuego, y arden.”

¡Qué tristeza llenaría nuestros corazones si reflexionáramos en esto! Si consideráramos a los profesantes infructuosos bajo esta luz, eso propiciaría más que cualquier otra cosa que tuviéramos éxito en motivar a todos nuestros hermanos a un servicio activo.

Hemos de comprender el alcance del daño que los holgazanes causan a los demás. Una oveja enfermiza infecta al rebaño; un miembro que no hace nada rebaja el tono de todo el cuerpo. La indolencia de profesantes prominentes no es meramente un desperdicio de su propia labor, sino de otros muchos profesantes más.

Los líderes son vistos por los demás como un tipo de modelo; y si Fulano de Tal se contenta meramente con ocupar su asiento y ofrenda tanto (o, más bien, tan poquito) por año, entonces otros dirán: “estaremos de conformidad a la norma si hacemos lo mismo.” Todo hombre de un ejército que no sea eficiente y no sea realmente de servicio está del lado del enemigo. ¿Qué podría desear más el enemigo que el ejército enemigo esté cargado de enfermos? ¿Cuáles podrían ser mejores noticias para ellos que oír que los hospitales están abarrotados, pues así saben que un gran número de hombres están ocupados cuidando a los enfermos y están impedidos de luchar? El enemigo aplaude y clama: “estos enfermos equivalen a muchas armas para nosotros.” Oh profesante inútil, no podrías servir de mejor manera al diablo que uniéndote a una iglesia para no hacer nada.

Quiero que mis hermanos sientan esto muy profundamente. No dudo que lo sientan, pero yo mismo quisiera sentirlo más vívidamente; pues cuando alcanzamos una condición verdaderamente sensible, -cuando nosotros que somos ministros estamos conscientes de este punto- podremos motivar al pueblo de Dios, a todo el pueblo, y cosas mayores que estas veremos.

Además, hermanos, debemos perseguir el pecado que conduce al mal contra el cual contendemos, y yo pienso que es falta de piedad vital en muchos casos. Yo no sé cómo lo vea mi amigo el señor Newman Hall; supongo que no sufre mucho por ello; pero conozco a pastores que afirman que cuentan con miembros muy respetables, pero que no se puede hacer nada con ellos. En muchos casos las reuniones de oración son suprimidas porque los miembros adinerados llegan a casa desde el centro de la ciudad y cenan a la hora que es usualmente elegida para la reunión de oración, y por ello no pueden asistir. Cenar es un asunto muy importante: parecería ser más importante que orar. Los hombres de negocios están cansados. . .Es cierto que vemos a carpinteros y albañiles y otros obreros deleitándose en nuestras reuniones de oración. ¿Se debe esto a que no trabajan tan fuertemente como sus hombres de negocios del centro de la ciudad?

En algunos barrios se encuentra imposible continuar con eficacia la obra de la iglesia porque las propias personas que deberían ser obreros y líderes están resueltos a que sus ofrendas liberales y la adoración dominical han de ser el todo de su ayuda para la causa de Cristo. En cuanto a entregarse a la obra santa, te miran en el rostro como si pensaran que has perdido la razón cuando propones cualquier servicio arduo para ellos.

Ahora, este eludir la oración y el servicio ha de ser expuesto y denunciado con toda fidelidad. Es con frecuencia el pecado que brota de la excesiva indolencia, la autoindulgencia, y la vida de lujos. Pareciera que entre más da Dios al hombre menos inclinado está el hombre a ofrecer un retorno.

Independientemente de cuál pudiera ser el pecado secreto de la iglesia, procuremos descubrirlo, y luego, con la ayuda del Espíritu Santo, esforcémonos para educar a todos nuestros miembros para que trabajen para el Señor.

Ha de haber una continua insistencia sobre las obligaciones personales de los cristianos. Nosotros que somos conocidos como bautistas somos de la opinión que el bautismo, como el acto personal de un creyente, es una buena lección para nuestro pueblo en lo tocante a sus responsabilidades personales; pero no voy a suponer ni por un momento que mis hermanos pedobautistas sean menos denodados en dar vigencia a esta misma verdad. Ustedes también creen firmemente en la personalidad de la verdadera religión y enseñan la necesidad de una fe y una consagración personales. Entonces concordamos sobre el gran beneficio de exhortar a cada persona sobre el deber de una obra personal para Cristo.

¿Qué estás haciendo para Cristo?, es una pregunta que ha de hacerse a todos. Debemos hacer que cada creyente sienta que no se pertenece, que ha sido comprado por precio; que ninguna cantidad de ofrendas puede compensar la labor personal para su Señor; que incluso aquel que por enfermedad o debilidad no pueda efectivamente trabajar, debe dar su contribución al esfuerzo general mediante una oración continua. Nadie debe presentarse vacío delante del Señor, sino que mediante un servicio activo o pasivo debe demostrar su gratitud a Dios.

Y entonces, como cada uno es responsable, el descuido por parte de uno es perjudicial al servicio común del todo. Vi una carreta estacionada a la vera del camino esta mañana y tenía encadenada una de sus ruedas; no había temor de que se moviera con esa rueda encadenada. Algunas veces una rueda encadenada en una iglesia obstruirá todo. Todos somos parte de una gran maquinaria, y la paralización de un parte no significa simplemente una detención, sino la afectación de la organización entera. Si un trozo de hueso en el cuerpo se muere, no es simplemente inutilizado, sino que se convierte en un foco de infección y una fuente de dolor. Empieza a descomponerse, genera enfermedades, y el cuerpo entero sufre un serio menoscabo.

Un profesante muerto, que se contenta con gozar de las doctrinas sin cumplir los preceptos del Evangelio, se convierte en una fuente de serios peligros para la iglesia de Jesucristo, y nosotros sabemos que así es.

Hermanos míos, reflexionen sobre la importancia de la empresa en la que estamos involucrados; y actuemos de tal manera que conduzcamos a otros a sentir su importancia. ¿Por qué molestarse tanto en acicalar un punto dudoso de teología, que no es de uso terrenal cuando ya está acicalado? ¿Por qué se pierde toda la mañana del domingo en discutir descabellados puntos de la fe? ¿Qué otra cosa es esto sino jugar con insignificancias?

Algunos son muy dados a lo que ellos llaman “pensar”; “soñar” es la palabra verdadera. Mejor de medio a medio es hundir la espada del viejo Evangelio de inmediato en los corazones de los hombres y eliminar sus pecados en el nombre del Señor que estar elucubrando sobre ciertas marcas de la empuñadura del arma.

Un sermón acerca de nada hará más daño que el bien que todas sus especulaciones podrían generar. Los hombres se llegan a olvidar que el Evangelio tiene el propósito de salvar almas, y lo ven como un conglomerado de temas interesantes. Se dice de ciertos sermones que son “deleites intelectuales”, creo que así he oído que los llaman. Pero nuestra religión no tiene ese propósito, sino que quiere decir luchar contra el pecado; es, por sobre todas las cosas, una obra práctica y claramente real para Jesucristo; y debemos demostrar que así es.

Nuestra enseñanza vacía presentada en un lenguaje elaborado hará que nuestra gente piense que la piedad práctica es un asunto sin importancia, y que el intelecto es mejor que la piedad. Debemos hacer sentir a los hombres que salvar a un hombre es mejor que poseer todo el conocimiento, ¡o incluso que ganar todo el mundo! Mientras otros están elaborando un nuevo evangelio trabajemos para salvar almas utilizando el viejo Evangelio.

¡Que Dios no dé capacidad de predicar con terrible denuedo, y mediante este instrumento, avivados por Dios el Espíritu Santo, lograremos que toda nuestra gente marche adelante a la batalla de su Dios!

Sobre todo, oremos pidiendo más gracia. No debemos leer nunca la historia de los tiempos antiguos y decir: “Que espléndida denominación ha sido la nuestra; entonces, ¿no podríamos descansar sobre nuestros laureles?” Imposible. Deben ganar frescos laureles. Napoleón solía decir: “La conquista me ha hecho lo que soy, y la conquista ha de sostenerme”; y lo mismo sucede con los cristianos. Deben avanzar; deben sobrepasar las proezas del pasado, y eclipsar los hechos de sus ancestros, o demostrarían que son indignos de ellos.

La batalla arrecia, y, ¿cómo enfrentaremos las crecientes demandas sobre nosotros excepto buscando una gracia siete veces mayor? Nuestro vigor espiritual requiere ser aumentado. Si fuésemos a reunir a un grupo de hombres, todos ellos que estornudan y tosen, y únicamente aptos para el Hospital de Tísicos, y los pusiéramos a trabajar en una vía férrea, podríamos alabarlos por su diligencia, pero nunca lograrían hacer mucho.

Por otro lado, junten a un grupo de hombres corpulentos y musculosos, y ellos dirían: “¿Quién eres tú, oh gran monte?”, y antes de que pudiese responder, ¡habría sido convertido en llanura! ¡Miren cómo usan el pico y la pala! Su fuerza motriz es su fuerza vital. ¡Oh Dios, fortalécenos! ¡Nosotros estamos dispuestos, algunos de nosotros, pero nuestros golpes son débiles! Concédenos, te suplicamos, más de Tu Santo Espíritu, y llevaremos a cabo grandes cosas. La fortaleza se deleita en el trabajo, pero la debilidad le teme. La fortaleza espiritual producirá un servicio espiritual universal para el Señor Jesucristo.

Habré concluido cuando haya mirado al futuro por un momento. Si llegara a suceder alguna vez que el ministro y todo su pueblo salieran a la guerra por el Rey Jesús, ¿qué pasaría? ¡Me parece estar en el paraíso cuando pienso en eso! Si todos, sin excepción, que nombran el nombre de Jesús, fueran a Su viña con total entrega, ¡qué vida habría, y qué unidad en todas las iglesias! No sobreviviría solamente un nombre, ¡sino habría vida real! No habría divisiones si todos fueran igualmente celosos de la gloria del Señor de todos. No se sabría de reuniones de iglesia que sólo son escenas de disturbios, ni de iglesias en las que los pastores son infelices; tales cosas serían consideradas como animales extintos de épocas pasadas.

Entonces no oiríamos más las quejas de que no estamos siendo lo suficientemente fuertes para hacer el trabajo de nuestras grandes ciudades y de las dispersas aldeas. La propia iglesia más débil, si cada uno hiciera su parte, sería lo suficientemente fuerte para su posición. Además, no habría escasez de fondos para ninguna empresa santa. Ah, si la tesorería de Dios recibiera de todos como recibe de algunos, casi tendríamos que decirle al pueblo que detuviera sus manos, porque difícilmente sabríamos cómo usar todas sus ofrendas.

Pero la riqueza que pertenece a Cristo y el servicio que no le es ofrecido se corrompe en los cofres de la gente, y el monto de todo eso que le es robado al Señor está más allá de todo cálculo. Las sociedades misioneras, en general muy bien sostenidas, no reciben más de una décima o de una centésima parte de lo que el pueblo debería dar para una obra tan divina.

Si el magnate comercial que contribuye para Cristo con lo que se considera como una suma respetable, diera solamente en la misma proporción que ofrendan algunas muchachas piadosas que tienen que ganar su sustento con tantos remiendos por un centavo, y si todos dieran como dan los pocos, pronto podríamos enviar misioneros a todas las naciones.

Y si este fuera el caso, ¿qué empresas no se generarían? ¿Qué sobreabundancia de celo cristiano no percibiríamos? Podríamos estar enviando mensajeros para que descubrieran cada región que permaneciese insumisa y de inmediato nos pondríamos a trabajar allí. Entonces el campo misional sería sólido con hombres de la aptitud más noble.

Yo no sé lo que piensen ustedes al respecto, pero me parece extraño que nosotros aquí en esta islita formemos una estrecha masa compacta, y sólo mandemos unas decenas o centenas de personas al campo misionero. “Algunos de nosotros tenemos grandes esferas aquí, y no se puede esperar que vayamos, ¿no es cierto?” Yo respondo, el predicador más capaz que haya vivido jamás no es demasiado bueno para la obra misionera; el hombre más útil en casa es probablemente el más adecuado para el campo foráneo.

Que cada uno de nosotros cuestione su propio corazón en lo tocante a los reclamos de los paganos: en cuanto a mí respecta, no me atrevo a dormir hasta no haber considerado honestamente si yo debo ir o no. Nosotros les decimos a nuestros jóvenes del Colegio del Pastor que deben demostrar que no tienen que ir, pues de lo contrario su deber es claro.

Si algunos de los hombres de Israel le hubiesen dicho a Josué: “nosotros no podemos ir a Hai”, Josué les hubiera respondido: “tienen que demostrarme que ustedes no pueden ir o no puedo excusarlos.” En igualdad de condiciones, los ministros deben dar por hecho que es su deber invadir nuevos territorios a menos que puedan demostrar lo contrario.

Cuando considero el número de jóvenes que están bien educados y que pueden leer un importante ensayo en el Instituto de Ingeniería Mecánica, y que profesan ser regenerados por el Espíritu Santo, me aflige ver sus talentos dedicados principalmente a fines más insignificantes. ¡Oh, Cordero sangrante, parece verdaderamente extraño que tengamos una mayor pasión por la literatura que por Ti! ¡Que tengamos más cuidado por las cosas pasajeras que por las duraderas!

Francia necesita el Evangelio. Vean lo que un amado hermano ha sido capaz de hacer en París: ¿acaso no hay nadie que pudiera hacer lo mismo por otras ciudades en ese país vecino? Por aquí y por allá algún buen hombre puede decir: “he desarrollado una buena capacidad.” ¿Por qué no vivir para emplearla en un lugar donde puedas derrocharla para la difusión del reino del Redentor? Algunos cuantos están haciendo eso, y, por taño, no es imposible hacerlo, y para quienes sigan ese grandioso ejemplo habrá una recompensa.

Vean lo que el pastor Harms hizo en la aldea de Hermansburg, cómo despertó a toda la gente hasta que se entregaron ellos mismos y sus propiedades al Señor, y construyeron un barco para la misión y viajaron en él al África, grupo tras grupo, para evangelizar.

¿No debería ser la ambición de un ministro sentir que si se queda en casa, con la ayuda del Espíritu Santo, por lo menos producirá un número respetable de misioneros en la aldea donde labora? Sé que viene el día en que se considerará como el más feliz, al hombre que hubiere sufrido y trabajado más por Cristo. Cuando esta gran lucha haya terminado el que tenga más cicatrices será el más honrado, y el que se quedó tranquilo en casa se considerará sólo escasamente bendecido porque no aportó lo que debía aportar para la guerra.

¡Pongámonos todos a trabajar para Cristo y Su iglesia redimida! ¡Todos a trabajar, en todo tiempo, y de todas las maneras por Cristo! Yo suplico para que se cumpla eso; y luego tomaremos otro lema y diremos: ¡el mundo para Cristo y Cristo para cada nación bajo el cielo! Esto se logrará cuando el Espíritu nos haya despertado a todos. ¡Oh, bendito Espíritu, convierte a la iglesia y convertirá al mundo!