“Y le dijo: ¡Sansón, los filisteos sobre ti! Y luego que despertó él de su sueño, se dijo: Esta vez saldré como las otras y me escaparé. Pero él no sabía que Jehová ya se había apartado de él. Mas los filisteos le echaron mano, y le sacaron los ojos, y le llevaron a Gaza; y le ataron con cadenas para que moliese en la cárcel”. Jueces 16:20-21.

En muchos sentidos Sansón es uno de los hombres más notables entre aquellos cuya historia quedó registrada en las páginas de la inspiración. Sansón gozó de un privilegio singular que sólo le fue concedido a otra persona más en el Antiguo Testamento. Un ángel predijo a sus padres su nacimiento. Isaac fue prometido a Abraham y Sara por unos ángeles a quienes habían ofrecido hospitalidad sin percatarse del hecho, pero con la excepción de Isaac, Sansón fue el único cuyo nacimiento fue profetizado por un mensajero angélico antes de la inauguración de la dispensación evangélica. Fue dedicado a Dios antes de su nacimiento, siendo apartado como un nazareo. Ahora bien, un nazareo era una persona consagrada enteramente a Dios, y en señal de su consagración, se abstenía completamente del vino y dejaba crecer su cabello sin que le pasaran navaja. Pueden entender, por tanto, que Sansón estaba enteramente consagrado a Dios, y quienes le veían dirían: “Aquel hombre es un varón de Dios, un nazareo, un consagrado”. Dios dotó a Sansón con una fuerza sobrenatural, una fuerza que no podía haber sido jamás el resultado de un mero poder muscular. No era la simple constitución física de Sansón la que le hacía fuerte; no hería a los filisteos con el brazo o con el puño; era un milagro que moraba en su interior, una continua emanación de la omnipotencia de Dios la que le hacía más fuerte que miles de sus enemigos. Parece que Sansón descubrió muy pronto la gran fuerza que poseía, pues “el Espíritu de Jehová comenzó a manifestarse en él en los campamentos de Dan”. Sansón juzgó a Israel treinta años, y lo liberó gloriosamente. ¡Cuán noble ser debe de haber sido! Mírenlo cuando se aparta un momento de sus padres para entrar en la viña. Un león que se halla agazapado allí salta sobre él, pero Sansón se le enfrenta completamente desarmado, lo recibe en sus musculosos brazos y lo despedaza como si se tratara de un cabrito. Véanlo tiempo después, cuando sus paisanos le ataron y le hicieron descender de la peña y le entregaron a los miles de filisteos. Apenas se está acercando a ellos cuando, sin ninguna arma, con su propio pie comienza a patearlos y hallando una quijada de asno fresca toma esa innoble arma, y barre con los hombres que tenían cascos en sus cabezas y sobre sus piernas traían grebas de bronce. Y su vigor tampoco le falló años después, pues murió en la flor de sus días. Realizó una de sus mayores hazañas en esta etapa precisa de su vida. Sansón está encerrado en la ciudad de Gaza. Se queda allí hasta la medianoche; está tan confiado en su fuerza que no tiene ninguna prisa por partir, y en vez de atacar a los guardias y obligarlos a quitar los cerrojos, arranca los dos pilares y se lleva las puertas con todo y cerrojos, y transporta su pesada carga a lo largo de varias millas hasta la cumbre del monte que está delante de Hebrón. En todos los sentidos debe de haber sido algo grandioso ver a este hombre, especialmente si uno lo contaba como amigo. Si uno hubiera sido su enemigo, era mucho mejor verlo desde muy lejos, pues nadie podía escapar de él excepto quienes huían; pero tenerlo como amigo y estar con él en el día de la batalla era sentir que tenías un ejército en un solo hombre, y que tenías en un solo cuerpo lo que infundiría terror a miles de personas. Sin embargo, aunque Sansón tenía una gran potencia física, sólo tenía una pequeña fuerza mental y tenía todavía menos poder espiritual. Su vida entera es una escena de milagros y de locuras. Tenía muy poca gracia y era fácilmente vencido por la tentación. Es seducido y llevado al descarrío. Se le corrige con frecuencia pero aun así peca de nuevo. Por fin cae en las manos de Dalila. A ella la sobornan con una enorme suma y entonces se esfuerza por sacarle el secreto de su fuerza. Sansón juega insensatamente con el peligro y con su propia destrucción. Por fin, acosado por la importunidad de ella, le descubre el secreto que no debía haber confiado a nadie y que sólo a él le pertenecía. El secreto de su fuerza se ocultaba en sus guedejas. No era que su cabello le hiciera fuerte, pero su cabellera era el símbolo de su consagración y era la prenda del favor de Dios para con él. Mientras no tocaron su cabellera, Sansón fue un varón consagrado; tan pronto se la raparon, ya no estuvo más perfectamente consagrado y entonces su fuerza le abandonó. Le cortaron su cabellera. Le quitaron las guedejas que una vez le cubrieron y entonces se redujo a ser un débil jovenzuelo como otros hombres. Ahora los filisteos comienzan a oprimirle y le sacan los ojos con un hierro candente. ¡Cómo han caído los valientes! ¡Cómo son atrapados los grandes en la red! Se ve a Sansón, el gran héroe de Israel, arrastrando sus pies cuando se encamina a Gaza. Dije que marcha arrastrando los pies porque acaba de quedarse ciego –que era algo nuevo para él- por lo que todavía no había aprendido a caminar tan bien como aquellos que habiendo sido ciegos durante años, aprenden por fin a poner firmemente su pie sobre la tierra. Atados sus pies con cadenas de bronce -un modo inusual de atar a un prisionero, pero adoptado en este caso porque se suponía que Sansón seguía siendo muy fuerte y que cualquier otro tipo de cadenas sería insuficiente- se le ve caminando en medio de una pequeña escolta hacia Gaza. Y ahora llega a la propia ciudad de la cual había salido en todo su orgullo con las puertas y su cerrojo a cuestas; y los niñitos salen, y las clases bajas del pueblo le rodean y le señalan diciendo: “¡Sansón, el gran héroe, ha caído! ¡Divirtámonos con él!” ¡Qué espectáculo! El ardiente sol cae sobre su cabeza desnuda que una vez estuvo protegida con aquellas exuberantes guedejas. Miren a la escolta que lo custodia: un simple puñado de hombres; cómo hubieran huido delante de él en sus días más brillantes; pero ahora hasta un niño podría vencerle. Lo llevan a un lugar donde un asno está moliendo en el molino y Sansón tiene que desempeñar esa misma innoble tarea. Vamos, él tiene que ser la diversión y la burla de todos los que pasan por ahí y de todo necio que entre para ver esa gran maravilla: el destructor de los filisteos reducido a trabajar en el molino. ¡Ah, qué caída tuvo lugar, hermanos míos! Bien podemos detenernos y llorar por el pobre ciego Sansón. Fue terrible que perdiera sus ojos; que perdiera su fuerza fue peor; pero que perdiera el favor de Dios por un tiempo y que se convirtiera en la diversión de los enemigos de Dios, fue lo peor de todo. Por esto podemos llorar en verdad.

 

Ahora, ¿por qué he narrado esta historia? ¿Por qué querría dirigir su atención a Sansón? Por esta razón. Todo hijo de Dios es un hombre consagrado. Su consagración no está tipificada por ningún símbolo externo; no se nos ordena que dejemos crecer por siempre nuestro cabello, ni que nos abstengamos de carnes o bebidas. El cristiano es un hombre consagrado, pero sus semejantes no ven su consagración excepto en las obras externas que son su resultado.

 

Y ahora quiero hablarles a ustedes, mis queridos amigos, como a hombres consagrados, como a nazareos, y creo que voy a encontrar una lección para ustedes en la historia de Sansón. Mi primer punto será la fuerza de los consagrados, pues ellos son varones fuertes; en segundo lugar, el secreto de su fuerza; en tercer lugar, el peligro al que están expuestos; y en cuarto lugar, la ignominia que recaerá sobre ellos si caen en este peligro.

 

I. Primero, LA FUERZA DEL VARÓN CONSAGRADO. ¿Saben ustedes que el hombre más fuerte en todo el mundo es un hombre consagrado? Aun si se pudiera consagrar a un objetivo equivocado, si fuera una completa consagración, tendría fuerza, fuerza para el mal, pudiera ser, pero aun así, fuerza. En las antiguas guerras romanas contra Pirro, ustedes recordarán una antigua historia de abnegada entrega. Un oráculo había dicho que la victoria acompañaría a aquel ejército cuyo líder se entregara a la muerte. Decio, el cónsul romano, sabiendo esto, se apresuró a entrar en lo más denso de la batalla para que su ejército pudiera vencer por su muerte. Los prodigios de valor que realizó son pruebas del poder de la consagración. En aquel tiempo cada romano parecía ser un héroe porque cada hombre era un hombre consagrado. Iban a la batalla con este pensamiento: “Voy a vencer o morir; el nombre de Roma está escrito en mi corazón; estoy preparado a vivir por mi país, o a derramar mi sangre por él”. Y ningún enemigo podía hacerles frente jamás. Si un romano caía, no había heridas en su espalda porque todas estaban en su pecho. Su rostro, aun en la fría muerte, era como el rostro de un león, y cuando se le miraba era de un terrible aspecto. Eran hombres consagrados a su país; tenían la ambición de hacer que el nombre de Roma fuera la palabra más noble del lenguaje humano y por consiguiente el romano se volvía un gigante. Y hasta este día basta que un hombre tenga un propósito en su interior -y no me importa cuál sea su propósito- y que su alma entera sea absorbida por él, y entonces, ¿qué no hará? Ustedes que tienen la visión que afirma: “todas las cosas por turnos y nada por mucho tiempo”, que no tienen nada por lo cual vivir, que son cadáveres sin alma que caminan en esta tierra y malgastan su aire, ¿qué pueden hacer? Pues nada. Pero el hombre que sabe a lo que está dedicado y que tiene su objetivo, se dirige velozmente a él “como una flecha arrojada desde un arco por un arquero vigoroso”. Nada puede apartarlo de su designio. Cuánto más cierto es esto si limito la descripción a lo que es peculiar del cristiano: ¡la consagración a Dios! ¡Oh, qué fuerza tiene el hombre que está dedicado a Dios! ¿Hay uno de esos varones aquí? Sé que lo hay. Yo sé que pudiera haber muchos que se han consagrado al Señor Dios de Israel en el secreto de su alcoba, y que pueden decir en sus corazones:

 

“Ha sido concluida, la gran transacción ha sido concluida

Yo soy de mi Señor, y Él es mío.

Él me atrajo, y yo le seguí,

Alegre de obedecer a la voz divina”.

 

Ahora, el hombre que puede decir eso y que está completamente consagrado a Dios, sea quien sea o lo que sea, es un hombre fuerte que habrá de hacer portentos.

 

¿Necesito hablarles de las maravillas que han realizado los hombres consagrados? Ustedes han leído las historias de tiempos antiguos, cuando a nuestra religión se le daba caza como a una perdiz en los montes. ¿Nunca oyeron cómo hombres y mujeres consagrados aguantaron dolores y agonías inauditos? ¿No han leído cómo los echaban a los leones, cómo fueron aserrados en mitades, cómo languidecieron en prisiones o se encontraron con una muerte más rápida a filo de espada? ¿No han oído cómo andaban de acá para allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, pobres, angustiados, maltratados, de los cuales el mundo no era digno? ¿No han oído cómo desafiaron en su cara a los tiranos, cómo, cuando los amenazaban, se atrevían a reírse de todas las amenazas del enemigo con gran valentía; cómo, estando en la hoguera, aplaudían con sus manos en el fuego, y cantaban salmos de triunfo cuando hombres peores que demonios se mofaban de sus miserias? ¿Cómo fue eso? ¿Qué hizo que las mujeres fueran más fuertes que hombres y los hombres más fuertes que ángeles? Vamos, pues fue esto: ellos estaban consagrados a Dios. Ellos sentían que cada dolor que desgarraba su corazón estaba dándole la gloria a Dios, que todos los padecimientos que soportaban en sus cuerpos no eran sino las marcas del Señor Jesús, por las cuales patentizaban que estaban enteramente dedicados a Él. Y no sólo en esto se ha evidenciado el poder de los consagrados. ¿No han oído nunca cómo los santificados han realizado portentos? Lean las historias de quienes no estimaron preciosa su vida para ellos mismos con tal de honrar a su Señor y Maestro predicando Su Palabra, exponiendo el Evangelio en tierras extrañas. ¿No han oído cómo los hombres han abandonado su parentela y sus amigos y toda esa vida tan preciada, y han atravesado mares tormentosos y se han adentrado en las tierras de los paganos donde los hombres se devoraban unos a otros? ¿No se han enterado de cómo pusieron sus pies en aquel país y vieron que el barco que los había transportado desaparecía en la distancia, y con todo, sin ningún miedo moraron en medio de salvajes incivilizados de los bosques, caminaron en medio de ellos, y les contaron la simple historia del Dios que amó al hombre y murió por él? Ustedes han de saber cómo esos hombres vencieron, cómo aquellos que parecían ser más fieros que leones se encorvaron delante de ellos, escucharon sus palabras, y fueron convertidos por la majestad del Evangelio que ellos predicaban. ¿Qué hizo que esos hombres fueran héroes? ¿Qué los capacitó para que se separaran de sus familias y de sus amigos, y se desterraran en tierras de pueblos extraños? Fue porque eran consagrados, completamente consagrados al Señor Jesucristo. ¿Qué hay en el mundo que el varón consagrado no pueda hacer? Tiéntalo; ofrécele oro y plata; llévalo a la cima del monte y muéstrale todos los reinos del mundo, y dile que los tendrá a todos si postrado adorare al dios de este mundo. ¿Qué dice el varón consagrado? “¡Quítate de delante de mí, Satanás! Tengo más que todo esto que tú me ofreces; este mundo es mío, y los mundos venideros; yo desprecio la tentación; no me voy a postrar delante de ti”. Si los hombres amenazan a un varón consagrado, ¿qué dice él? “Yo temo a Dios; por eso no puedo tenerles miedo; juzguen si es justo delante de Dios obedecerlos a ustedes antes que a Dios; pero, en cuanto a mí, yo no serviré a nadie más que a Dios”. Tal vez hayas visto en tu vida a un varón consagrado. ¿Se trata de una personalidad pública? ¿Qué es lo que no puede hacer él? Predica el Evangelio y mil enemigos lo asedian de inmediato; lo atacan por todos lados; algunos por esta razón y otros por aquella otra; sus virtudes reales son distorsionadas y son convertidas en vicios, y sus más ligeras faltas son magnificadas y son convertidas en los más grandes crímenes. Casi no tiene amigos; los propios ministros del evangelio le rehúyen; es considerado tan raro que todo el mundo debe evitarlo. ¿Qué hace él? En el interior de la cámara de su propio corazón sostiene una conversación con su Dios, y se hace esta pregunta: “¿hago bien? La conciencia da el veredicto: sí, y el Espíritu da testimonio a su espíritu de que la conciencia es imparcial. “Entonces” –dice- “venga lo bueno o venga lo malo, si estoy bien, no me voy a desviar ni a la derecha ni a la izquierda”. Tal vez sienta en secreto lo que no expresará en público. Siente el dolor de la deserción, de la deshonra y de la censura; clama:

 

“Si sobre mi rostro, por causa de Tu amado nombre,

Recayeran la vergüenza y el reproche

Saludaré al reproche, y daré la bienvenida a la vergüenza

Si Tú me recuerdas”.

 

En cuanto a su carácter público, nadie podría decir que le importan estas cosas, pues puede decir con Pablo: “De ninguna cosa hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal de ganar a Cristo y de que acabe mi carrera con gozo”. ¿Qué no puede hacer un varón consagrado? Yo en verdad creo que si tuviera al mundo entero en su contra, demostraría ser más que un antagonista para todos ellos. Diría: “Un montón, dos montones, con la quijada de un asno maté a mil hombres”. No me importa cuán violento pueda ser su enemigo, ni cuán grande pudiera ser la ventaja que ese enemigo le sacara; aunque el león pudiera haberse agazapado para saltar, y pudiera estar saltando sobre él, lo desgarrará como si fuese un cabrito, pues es más que vencedor por medio de Aquel que le amó. Sólo es así quien está enteramente consagrado al Señor Jesucristo.

 

“Pero” –dice alguien- “¿podemos consagrarnos a Cristo? Yo pensé que eso era únicamente para los ministros”. “Oh, no, hermanos míos; todos los hijos de Dios deben ser seres consagrados. ¿A qué te dedicas? ¿Estás involucrado en negocios? Si eres lo que profesas ser, tu negocio tiene que estar consagrado a Dios. Tal vez no tengas ninguna familia; tal vez estés involucrado en el comercio y estés ahorrando cada año alguna suma considerable. Déjame contarte el ejemplo de un hombre que está completamente consagrado a Dios. Vive en Bristol, (de nombre desconocido), un varón cuyos ingresos son sustanciales; ¿y qué hace con ellos? Trabaja en negocios continuamente para generar esos ingresos, pero de ellos, cada centavo, cada año, es gastado en la causa del Señor excepto lo que requiere para las cosas necesarias de la vida. Reduce sus necesidades al mínimo para disponer de más dinero para darlo. Él es un varón de Dios en su negocio. Yo no los exhorto a que hagan lo mismo. Pudieran encontrarse en una posición diferente; pero un hombre que tiene una familia y que está en los negocios debería ser capaz de decir: “Bien, yo gano tanto con mis negocios; tengo que proveer para mi familia pero no busco amasar riquezas. Voy a hacer dinero para Dios y voy a gastarlo en Su causa. Cuando me uní a la iglesia, dije:

 

“Todo lo que soy, y todo lo que tengo,

Será Tuyo siempre;

Todo lo que mi deber me pida dar

Lo entregarán alegremente mis manos”.

 

Y lo dije con toda la intención. No entiendo a algunas personas cristianas que cantan ese himno, pero luego reducen, aprietan y recortan cualquier cosa cuando se trata de dar para la causa de Dios. Si canto eso es porque tengo la intención de decirlo. No lo cantaría a menos que así fuera. Si me uno a la iglesia, entiendo que me doy yo mismo y todo lo que tengo a esa iglesia; no quisiera hacer una profesión mentirosa; no quisiera hacer una confesión de una consagración que no tuviera la intención de hacer. Si he dicho: “yo soy de Cristo”, por Su gracia seré de Cristo. Hermanos, los que están en los negocios pueden estar tan consagrados a Cristo como el ministro en su púlpito; ustedes pueden convertir sus transacciones ordinarias de la vida en un solemne servicio a Dios. Muchos hombres han deshonrado una sotana, pero muchos otros han consagrado una bata de obrero; muchos hombres han manchado los cojines de su púlpito, pero muchos otros han convertido la horma de zapatero en santidad al Señor. Dichoso el varón que es consagrado al Señor; dondequiera que esté, es un consagrado y hará maravillas.

 

Se ha señalado a menudo que todos somos hombrecitos en esta época. Hace cien años o más, si hubiéramos recorrido las iglesias, habríamos encontrado fácilmente un número de ministros de gran nota. Pero ahora todos somos hombrecitos, los babeantes hijos de unos “don nadie”; nuestros nombres no serán recordados nunca pues no hacemos nada para merecerlo. Es raro encontrar a un hombre vivo en esta tierra; se puede encontrar a muchos que se autodesignan hombres, pero ellos son cáscaras de hombres; se han quedado sin vida; el precioso núcleo pareciera haber partido. La pequeñez de los cristianos de esta época resulta de la pequeñez de su consagración a Cristo. La época de John Owen fue la era de grandes predicadores, pero déjenme decirles que esos fueron los días de una gran consagración. Esos grandes predicadores cuyos nombres recordamos, no consideraban nada como propio; les fueron suprimidas sus prebendas porque no pudieron conformarse a la Iglesia Establecida, y renunciaron voluntariamente a todo lo que tenían por el Señor. Les daban caza de un lugar a otro; la deshonrosa acta de las cinco millas no les permitía acercarse dentro un radio de cinco millas a cualquier ciudad que tuviera un mercado; deambulaban por aquí y por allá para predicar el Evangelio a unas pobres ovejas escasas, estando entregados plenamente a su Señor. Aquellos eran tiempos malos pero ellos prometieron que andarían el camino en las buenas o en las malas, y en efecto lo anduvieron con las rodillas hundidas en el lodo, y lo habrían recorrido aun si hubieran tenido que hacerlo con las rodillas hundidas en sangre. Se convirtieron en grandes hombres; y si nosotros fuéramos, como ellos lo fueron, enteramente entregados a Dios, si pudiéramos decir de nosotros mismos: “Desde la coronilla de mi cabeza hasta la planta de mi pie, no hay ni una sola gota de sangre que no sea enteramente de Dios; todo mi tiempo, todos mis talentos, todo lo que tengo es de Dios”, si pudiéramos decir eso, seríamos fuertes como Sansón, pues el consagrado tiene que ser fuerte.

 

II. Ahora, en segundo lugar, veremos EL SECRETO DE SU FUERZA. ¿Qué hace fuerte al varón consagrado? ¡Ah, amados!, no hay fuerza en el hombre por sí mismo. Sansón sin Dios no era sino un pobre necio. El secreto de la fuerza de Sansón consistía en esto: que en tanto que estuviera consagrado sería fuerte; en tanto que estuviera entregado enteramente a su Dios y no tuviera ningún objetivo sino el de servir a Dios, (y eso debía ser indicado por el crecimiento de su cabellera), en tanto que así fuera, y nada más, Dios estaría con él para ayudarle. Y ahora ustedes ven, queridos amigos, que si tienen alguna fuerza para servir a Dios, el secreto de su fuerza se esconde en el mismo lugar. ¿Qué fuerza tienes tú, salvo en Dios? ¡Ah!, he oído que algunos hombres hablan como si la fuerza del libre albedrío de la naturaleza humana fuera suficiente para llevar a los hombres al cielo. El libre albedrío ha llevado a muchas almas al infierno, pero nunca ha llevado todavía a un alma al cielo. Ninguna fuerza de la naturaleza puede bastar para servir al Señor debidamente. Nadie puede decir que Jesús es el Cristo sino por el Espíritu Santo. Nadie puede venir a Cristo si el Padre, que envió a Cristo, no le trajere. Entonces, si el primer acto de la vida cristiana está más allá de toda fuerza humana, ¿cuánto más están más allá de cualquiera de nosotros esos pasos más elevados? ¿No expresamos una cierta verdad cuando decimos en las palabras de la Escritura, “No que seamos competentes por nosotros mismos para pensar algo como de nosotros mismos, sino que nuestra competencia proviene de Dios”? Yo pienso que cualquiera que realmente tenga un alma vivificada, tarde o temprano será conducido a sentir esto. ¡Sí!, yo cuestiono si un hombre puede ser convertido un día sin que descubra su propia debilidad. Es sólo un pequeño espacio antes de que el niño descubra que puede estar solo de pie en tanto que Dios su Padre lo tome por sus brazos y le enseñe a caminar, pero que si la mano de su Padre le es retirada no tiene ningún poder para estar de pie, sino que se cae de inmediato. Vean a Sansón sin su Dios saliendo contra mil hombres. ¿No se reirían de él? Y casi sin tiempo para expresar su terror, huiría, o sería despedazado. Imagínenlo sin su Dios, encerrado en Gaza, con las puertas cerradas firmemente. Él sale a las calles para escapar; ¿pero cómo puede encontrar una ruta de escape? Es apresado en una red como un toro salvaje; él puede dar vueltas una y otra vez alrededor de los muros, ¿pero dónde estará su liberación? Sin su Dios sólo es como otros hombres. El secreto de su fuerza radica en su consagración y en la fuerza que es su resultado. Recuerden, entonces, el secreto de su fuerza. Nunca piensen tener un poder que sea propio; confíen enteramente en el Dios de Israel y recuerden que el canal a través del cual tiene que venir esa fuerza ha de ser su entera consagración a Dios.

 

III. En tercer lugar, ¿cuál es EL PELIGRO PECULIAR DE UN HOMBRE CONSAGRADO? Su peligro es que sus guedejas sean cortadas, es decir, que su consagración sea quebrantada. En tanto que está consagrado él es fuerte; rompan eso, y se vuelve débil como el agua. Ahora, hay mil navajas con las cuales el diablo puede rapar las guedejas de un varón consagrado sin que se dé cuenta. Sansón está profundamente dormido; el barbero es tan astuto que lo arrulla para que se duerma al tiempo que sus dedos recorren la cabeza, la coronilla del necio, que está poniendo al desnudo. El demonio es aun mucho más astuto que el hábil barbero; él puede rapar las guedejas del creyente casi sin que se dé cuenta. ¿Quieren que les diga con qué navajas puede consumar esa obra? Algunas veces toma la filosa navaja del orgullo, y cuando el cristiano se queda dormido y se descuida, viene con ella y comienza a pasar sus dedos sobre las guedejas del cristiano, y le dice: ¡Cuán excelente eres tú como persona! ¡Qué portentos has realizado! ¿Acaso no destrozaste hábilmente al león? ¿Acaso no fue una gran hazaña que hirieras cadera y muslo a los filisteos? ¡Ah!, se hablará de ti mientras el tiempo dure por llevarte a cuestas las puertas de Gaza. No tienes que temer a nadie”. Y así la navaja prosigue su obra y caen una guedeja tras otra, pero Sansón no se da cuenta. Él sólo piensa en su interior, “¡Cuán valiente soy! ¡Cuán grande soy!” Así funciona la navaja del orgullo: rapa, y rapa y rapa, y él se despierta para descubrirse calvo y que toda su fuerza ha desaparecido. ¿No han pasado nunca esa navaja por tu cabeza? Yo confieso que la pasan sobre mi cabeza. Después que han sido capaces de soportar aflicciones, ¿no han oído nunca una voz que les dice: “¡Cuán paciente fuiste!?” Después que han rechazado alguna tentación, y han sido capaces de mantenerse en el curso inamovible de la integridad, ¿no les ha dicho Satanás: “Eso que hiciste es algo excelente; actuaste con valentía”? Y en todo ese tiempo no te dabas cuenta de que era la astuta mano del maligno la que estaba rapando tus guedejas con la filosa navaja del orgullo. Observen pues que el orgullo vulnera nuestra consagración. Tan pronto comienzo a volverme orgulloso por lo que hago o por lo que soy, he de preguntarme: ¿de qué estoy orgulloso? Vamos, hay en ese orgullo el acto de quitarle a Dios Su gloria. Yo prometí que Dios debía recibir toda la gloria, ¿y no es esa una parte de mi consagración? Y yo la estoy tomando para mí. He vulnerado mi consagración; mis guedejas han desaparecido y yo me vuelvo débil. Observa esto, cristiano: Dios no te dará nunca fuerzas para que te glorifiques a ti mismo. Dios te dará una corona, pero no para que la pongas sobre tu cabeza. Tan pronto como un cristiano comienza a escribir sobre su propio escudo de armas sus hazañas y sus triunfos y toma la gloria para sí, Dios le abatirá hasta el polvo.

 

Otra navaja que usa también es la autosuficiencia. “Ah”, dice el diablo al tiempo que rapa tus guedejas, “Has hecho muchísimo. Ves que te ataron con mimbres verdes y tú los hiciste pedazos: simplemente olieron el fuego y se rompieron. Entonces tomaron cuerdas nuevas para atarte; ¡ah!, aun a ellas las venciste, pues tú hiciste pedazos las cuerdas como si se trataran de un hilo. Luego tejieron las siete guedejas de tu cabeza, pero tú arrancaste la estaca del telar con la tela y te alejaste. Tú puedes hacer cualquier cosa, no tengas miedo; tú tienes la suficiente fuerza para hacer cualquier cosa; puedes realizar cualquier hazaña que te propongas”. Cuán delicadamente el diablo hará todo eso; cómo frota la cabeza mientras la navaja se desliza suavemente sobre su superficie y las guedejas caen al suelo y él las pisa en el polvo. “Tú has realizado todo esto, y puedes hacer cualquier otra cosa”. Cada gota de gracia destila del cielo. Oh hermanos míos, ¿qué tenemos que no hayamos recibido? No debemos imaginar que nosotros podemos crear una fuerza con la cual ceñirnos. “Todas mis fuentes están en ti”. En el momento en que comenzamos a pensar que es nuestro propio brazo el que nos ha alcanzado la victoria, todo habrá concluido para nosotros: nuestras guedejas de la fuerza serán rapadas y la gloria se apartará de nosotros. Vean, entonces, que tanto la autosuficiencia como el orgullo pueden ser la navaja con la que el enemigo rapa nuestra fuerza.

 

Hay todavía otro peligro aun más palpable. Cuando un hombre consagrado comienza a cambiar su propósito en la vida y a vivir para sí, esa navaja rapa su cabeza completamente. He ahí un ministro; cuando comenzó su ministerio podía decir: “Dios es mi testigo de que sólo me he puesto un objetivo: estar limpio de la sangre de cualquiera de mis oyentes y que pueda predicar el Evangelio fielmente y honrar a mi Señor”. En breve, tentado por Satanás, cambia su tono y habla de esta manera: “Debo conservar mi congregación. Si predico una doctrina dura, no vendrán. ¿No me criticó uno de los periódicos, y no se fueron algunos de mis congregantes debido a eso? Debo preocuparme respecto a qué persigo. Debo mantener esto en marcha. Debo tener mucho más cuidado y pulir más mi lenguaje. Tengo que adoptar un estilo más suave, o predicar una doctrina de nuevo diseño pues tengo que mantener mi popularidad. ¿Qué será de mí si me voy a pique? La gente dirá: ‘subió como un cohete y bajó como una vara’, y entonces todos mis enemigos se reirán”. Ah, cuando un hombre se comienza a preocupar con respecto al mundo hasta por un chasquido de los dedos, todo ha terminado para él. Si puede subir a su púlpito y decir: “He recibido un mensaje que tengo que entregar, y ya sea que lo oigan o que no lo oigan, voy a entregarlo tal como Dios lo pone en mi boca; no voy a cambiar el punto de una ‘i’ o la tilde de una ‘t’ ni siquiera por el hombre más grande que viva, o para atraer a la congregación más numerosa que se hubiera sentado jamás a los pies de un ministro”, ese hombre es poderoso. No permite que los juicios humanos lo muevan y él va a mover al mundo. Pero dejen que se desvíe y que piense acerca de su congregación y cómo será conservada: ¡ah, Sansón, cómo son rapadas tus guedejas! ¿Qué puedes hacer ahora? Esa falsa Dalila te ha destruido; te sacaron los ojos y suprimieron tu comodidad, y tu futuro ministerio será como la molienda de un asno alrededor del molino que gira continuamente; no tendrás ni reposo ni paz nunca jamás. O dejen que se desvíe de otra manera. Supongan que dijera: “Tengo que obtener una prebenda, o riqueza, tengo que cuidarme muy bien, tengo que enriquecerme aprovechando mi posición, ese tiene que ser el objetivo de mi vida”. No estoy hablando ahora meramente del ministerio, sino de todos los consagrados; y tan pronto como comenzamos a hacer del yo el objetivo primordial de nuestra existencia, nuestras guedejas son recortadas. “Ahora” –dice el Señor- “Yo le di fuerza a ese hombre, pero no para que la use para sí mismo. Luego lo puse en una alta posición, pero no para que se cubra de gloria; lo puse allí para que mire por mi causa, por mis intereses; y si no hace primero eso, caerá”. Ustedes recuerdan a la reina Ester: ella es exaltada y pasa de ser una humilde doncella a convertirse en la esposa del gran monarca Asuero. Bien, Amán consigue un decreto en contra de la nación de ella que establece que será destruida. El pobre Mordecai viene a Ester y le dice: “Tienes que ir a hablar con el rey”. “Bien” –responde ella- “pero si voy, moriré”. “Ah”, -dice él- “si callas absolutamente en este tiempo, respiro y liberación vendrá de alguna otra parte para los judíos; mas tú y la casa de tu padre pereceréis. ¿Y quién sabe si para esta hora has llegado al reino?” Ester no fue elegida como la reina Ester para que ella se hiciera gloriosa, sino para que ocupara una posición para salvar a los judíos; y si ahora se prefiriera a su país entonces todo habría acabado para ella; la suerte de Vasti sería como nada comparada con su destrucción.

 

Y así, si tú vives en este mundo y Dios te prospera, alcanzas tal vez una posición, y dices: “heme aquí; voy a cuidar de mí mismo; antes he estado sirviendo a la iglesia pero ahora voy a cuidarme un poco”. “Vamos, vamos”, dice la naturaleza humana; “tienes que cuidar a tu familia”, (que quiere decir: tienes que cuidarte a ti mismo). Muy bien, hazlo, amigo, como tu principal objetivo, y entonces eres un hombre arruinado. “Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas”. Si tu ojo es bueno, todo tu cuerpo estará lleno de luz. Aunque pareciera que habías suprimido la mitad de la luz por tener ese ojo bueno, con todo, tu cuerpo estará lleno de luz. Pero si comienzas a tener dos señores y a servir a dos objetivos, no servirás a ninguno; no prosperarás en este mundo, ni en el mundo venidero. Oh, cristiano, por sobre todas las cosas cuida tu consagración. Has de sentir siempre que estás enteramente entregado a Dios, y únicamente a Dios.

 

IV. Y ahora, por último, está LA IGNOMINIA DEL CRISTIANO. Le rapan sus guedejas. Yo le he visto, a pesar de ser joven, y tú con tus cabellos grises sobre tu frente le has visto con mayor frecuencia que yo. Le he visto en el ministerio. Hablaba como un ángel de Dios; había muchos que le tenían en alta consideración y se colgaban de sus labios; parecía ser ortodoxo en doctrina y sincero en su conducta. Le he visto desviarse; sólo fue algo insignificante, alguna ligera desviación de la antigua ortodoxia de sus padres, alguna leve violación de la ley de su iglesia. He visto que ha ido renunciando a una doctrina tras otra, hasta que al fin el propio lugar en el que predicaba se convirtió en un refrán y un proverbio; y el padre de cabellos grises señala al hombre a su hijo como a alguien al que hay que ver con sospecha, el cual, si dicta una conferencia, ha de ser oído con cautela, y si predica, no ha de ser escuchado en absoluto. ¿No le han visto? ¡Qué gran deshonra! ¡Qué caída! El hombre que llegó a los campos de Dan y que parecía ser movido por el Espíritu del Señor se ha convertido en un esclavo del error. Se ha introducido en los propios campos del enemigo, y allí está ahora, moliendo en el molino para los filisteos a quienes más bien debería estar golpeando con su brazo. Ahora, hay dos maneras de explicar esto. Ese hombre o es un hipócrita empedernido o un creyente caído. Algunas veces la gente dice de los que se desvían al pecado: “Miren ahora; vean, hay un cristiano caído, un hijo de Dios caído”. Es algo así como cuando el vulgo ve en la noche una luz brillante en el cielo y dice: “Ah, hay una estrella caída”. No era una estrella; las estrellas están muy bien. Tomen un telescopio; todas ellas están ahí. La Osa Mayor no ha perdido ni una sola estrella de su cola; y si miran, ahí está el cinturón de Orión muy seguro y la daga no se ha caído de allí. ¿Qué es, entonces? No sabemos exactamente lo que es. Tal vez pudieran ser unos cuantos gases que suben por un momento y que han estallado, y eso es todo, o alguna sustancia errante que ha caído y ya era tiempo de que eso sucediera. Pero todas las estrellas están bien. Entonces, pueden tener la seguridad de que los hijos de Dios están siempre seguros. Ahora, esos hombres que se han desviado y que han quebrantado su voto de consagración son señalados como una ignominia para ellos mismos y como una deshonra para la iglesia. Y quienes son miembros de la iglesia de Cristo han visto a hombres que han estado en sus filas como firmes soldados de la cruz, y los han visto “salir de nosotros, porque no eran de nosotros”, o como al pobre Sansón, los han visto ir a sus tumbas sin los ojos del consuelo que les fueron sacados, con los pies de su utilidad atados con cadenas de bronce y sin la fuerza de sus brazos que desapareció por completo. Ahora, ¿alguno de ustedes desea ser un renegado? ¿Deseas traicionar la santa profesión de tu religión? Hermanos míos, ¿hay alguien entre ustedes que en este día haga una profesión de amor a Cristo pero que desee ser un apóstata? ¿Hay alguien de ustedes que desee que le saquen los ojos como a Sansón y que sea obligado a moler en el molino? ¿Quisieras cometer un gran pecado, como David, e ir con los huesos rotos a la tumba? ¿Quisieras emborracharte, como Lot, y caer en la lascivia? No, yo sé lo que dices: “Señor, haz que mi senda sea como el vuelo del águila; haz que vuele al sol a lo alto, y que nunca me detenga ni me desvíe. Oh, dame gracia para servirte, como Caleb, con un corazón perfecto, y que desde el principio hasta el fin de mis días, mi senda sea como la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el día es perfecto”. Sí, yo sé cuál es tu deseo. Entonces, ¿cómo has de lograrlo? Considera muy bien tu consagración; ve que sea sincera; cuida de hacerla de corazón, y entonces mira al Espíritu Santo, después de que hayas mirado a tu consagración, y pídele que te dé tu gracia de cada día; pues así como el maná caía día a día, así debes recibir tu alimento diario de lo alto. Y, recuerda que no es por ninguna gracia que tengas en ti, sino por la gracia que es en Cristo y que te tiene que ser dada cada hora que has de ser sostenido, y habiendo hecho todo, ser coronado al fin como alguien fiel que ha perseverado hasta el fin. Yo les pido sus oraciones para que sea guardado fiel a mi Señor; y por otro lado, yo ofreceré mis fervientes oraciones para que ustedes le puedan servir mientras Él les preste aliento, para que cuando la voz suya se pierda en la muerte, le alaben con más dulces y más sonoros acordes melodiosos a lo largo de una inmortalidad sin fin.