“Y el cabello de su cabeza comenzó a crecer, después que fue rapado.” Jueces 16:22.

Permítanme introducir el texto para ustedes. Sansón fue apartado desde su nacimiento para ser un paladín de Israel, para quebrantar el poder de los filisteos que sojuzgaban al pueblo de Dios. Todo lo relativo a su educación estaba referido a su peculiar llamamiento como el héroe de Israel, como el martillo de Filistea. Había de ser un nazareo desde su nacimiento.

Entre otras cosas que concernían a los nazareos, nunca tocó el vino, y es más, ni siquiera las uvas, ni las cáscaras de las uvas, ni nada que proviniera de la vid: esto sirve para mostrar que la mayor fuerza física es alcanzable sin el uso del vino o de bebidas embriagantes. Independientemente de lo que hubiere sojuzgado a Sansón, nunca fue dominado por la borrachera; y, sin embargo, pecó grandemente, que sirve para mostrar que la abstinencia total no es en sí misma suficiente para formar un carácter.

Un nazareo, en adición a la abstinencia de vino, también se abstenía de compartir la apariencia común de los hombres. Su cabello no debía ser rapado en ningún momento, y ni siquiera había de ser cortado: de tal forma que cuando Sansón alcanzó la edad adulta, estaba cubierto con una hirsuta masa de pelo. Debe haberse visto como el león que era. Esas guedejas suyas eran la señal de su consagración a Dios, eran las marcas exteriores de su separación para ser el siervo del Dios de Israel. ¿Acaso no pueden imaginarle con la terrible gloria de su pelo sobre su cuerpo?

El pobre Sansón era tan débil moralmente como fuerte físicamente, y cayó presa primero de una mujer malvada, y después de otra. Tal vez la extraordinaria fortaleza física de su cuerpo lo colocaba bajo una tentación más fuerte que la que es común al hombre: de todas maneras, estaba constituido peculiarmente, y parecía ser más bien un muchacho extravagante que un juez en Israel.

A través de este peculiar pecado suyo, los filisteos encontraron la oportunidad de arremeter contra él. Convencieron a Dalila, a quien él amaba, para que descubriera el secreto de su gran fuerza. Era tan fuerte que despedazó a un león como si hubiese sido un cabrito; tan fuerte, que cargó con las puertas de la ciudad en la que lo habían encerrado; tan fuerte, que hirió a un ejército de filisteos, “cadera y muslo con gran mortandad.”

La mercenaria mujer, por quien neciamente sentía una irresistible atracción, le extrajo gradualmente el secreto de su fuerza; y cuando él dormía sobre sus rodillas, los principales de los filisteos ordenaron a un rapador que rapara las guedejas de su cabeza. Cuando despertó de su sueño estaba rapado. Entonces salió y pensó en combatir a los filisteos como lo había hecho antes: pero para su sorpresa descubrió que su fuerza había desaparecido. Las guedejas de su dedicación habían sido rapadas; ya no era más el reconocido siervo del Señor, y era tan débil como los demás hombres.

Entonces los principales de los filisteos le echaron mano, le perforaron los ojos -pues esa es la explicación proporcionada en la nota marginal de nuestras antiguas Biblias- le sacaron los ojos, le encadenaron a un molino, y lo obligaron a trabajar como un esclavo o como un asno. En esa lastimosa condición lo encuentra nuestro texto: pero llega con una llave de liberación para dejar libre al cautivo.

Mi texto dice así -es el versículo veintidós del capítulo dieciséis de Jueces-: “Y el cabello de su cabeza comenzó a crecer, después que fue rapado.”

¡Pobre Sansón! Acabo de bosquejar su historia burdamente, como con un crayón. No puedo detenerme para intentar un retrato más preciso. ¡Pobre Sansón, el paladín de Israel, ahora convertido en el hazmerreír de sus enemigos! ¡Pobre Sansón, antaño el héroe de tantas luchas, y ahora por fin vencido por su propia insensatez! Los filisteos le echaron mano, lo ataron, le sacaron sus ojos, y allí está, ciego, en medio de sus adversarios, que le sujetan con cadenas a un molino, y lo azotan mientras va moliendo para ellos.

Para humillarlo lo ponen a hacer el trabajo de una mujer, pero que hicieron más difícil para que fuera como el trabajo de las bestias. Vean lo que hace el pecado. Vean cómo el hombre que había peleado las batallas de Dios, sufre una gran pérdida, gran dolor, gran desfiguración, gran deshonor, y entra en una cruel y aborrecible servidumbre por causa de su pecado.

Ese hombre rapado convertido en esclavo, es el cuadro de muchísimos individuos que una vez fueron declarados siervos de Dios, y eran valientes por la verdad. Pero han confesado su secreto, le han dicho al mundo lo que nadie debía saber excepto ellos mismos, han perdido las guedejas de su dedicación, y son conducidos cautivos a entera voluntad del diablo. No ven como solían ver, y la oscuridad les impide todo gozo: no trabajan para Dios como solían hacerlo, pues están trabajando como esclavos para los hombres, para pobres y pasajeros objetivos terrenales. Han entrado en una terrible esclavitud, y al mismo tiempo, han acarreado gran deshonra y debilidad a la iglesia a la que pertenecen.

¡Cómo han caído los valientes! ¡Hijos de Dios, independientemente de lo que Dios haga por ustedes, traten de recordar siempre que no pueden ganar nada con el pecado! Convertirse en un siervo del pecado constituye una pérdida, y una pérdida total, en todos los sentidos. ¡Nuevamente clamo: cómo han caído los valientes! ¡Cómo se convirtió el paladín en un esclavo atado a un molino!

¡Cuán a menudo en nuestras iglesias, aquellos que fueron excelentes y útiles, son reducidos a la nada y convertidos en blanco de la irrisión! ¡Cuán a menudo los más valientes guerreros convierten a la cruz de Cristo en objeto de desprecio por su pecado! ¡Que el Señor nos guarde de caer de esta manera! ¡Es mejor que muramos antes que deshonrar a nuestro Señor!

Comienzo entonando una nota lúgubre, porque quiero hablar sobre la grandiosa bondad de Dios para con los rebeldes, y sobre cómo los restaura. Pero quiero advertirles, desde el propio comienzo, que el pecado no paga, y que independientemente de lo que resultase del pecado gracias a la misericordia de Dios, apartarse del Señor es algo muy malo y muy amargo.

Aunque el pelo de Sansón creció otra vez, y su fuerza regresó, y murió luchando gloriosamente contra los filisteos, ¡nunca recuperó sus ojos, ni su libertad, ni su vivo poder en Israel! Breve y eficaz fue su último golpe contra el adversario, pero le costó su vida. No pudo levantarse otra vez para ser el hombre que antes fue; y aunque Dios en verdad le dio una gran victoria sobre el pueblo filisteo, no fue sino el chisporroteo de una vela que se extinguía, y ya nunca fue una lámpara de esperanza para Israel. Su utilidad se vio reducida, e incluso llegó a su final, debido a su insensatez.

Independientemente de lo que la gracia de Dios haga por nosotros, no puede hacer que el pecado sea algo recto, o seguro, o permisible. Es un mal, únicamente un mal, y eso de continuo.

¡Oh hijos de Dios, no sean esclavizados por concupiscencias carnales! ¡Oh nazareos para Dios, vigilen que sus guedejas no sean cortadas por el pecado mientras ustedes duermen sobre las rodillas del placer! ¡Oh siervos de Jehová, sirvan al Señor, por Su gracia, con alma y corazón hasta el final, y guárdense de ser trasquilados por el mundo!

Con todo esto a manera de prefacio, volvemos otra vez al texto: “Y el cabello de su cabeza comenzó a crecer, después que fue rapado.”

Primero, veamos qué es lo que describe este crecimiento del cabello; en segundo lugar, veamos lo que simboliza específicamente; y en tercer lugar, lo que profetiza.

I. Primero, ¿QUÉ DESCRIBE ESTE CRECIMIENTO DEL CABELLO? Creo que describe la restauración gradual de ciertas personas entre nosotros, que se han apartado de Dios. El cabello creció sobre la cabeza de Sansón aunque había sido rapado. Aunque el cabello había sido cortado, el adversario no pudo sacarle las raíces. Era algo vivo y crecería de nuevo.

Lo mismo sucede con aquellos que son miembros del pueblo de Dios. El demonio puede rasurarlos muy prolijamente, y cercenar su belleza, su fuerza y su consagración; pero algo vivo está todavía allí, y crecerá de nuevo. Si ha habido una real obra regeneradora de Dios el Espíritu Santo en sus corazones, se hará patente de nuevo.

Aunque el fruto y el producto santo de este principio vivo pueda ser eliminado por un tiempo -tristemente eliminado para su amarga pérdida y daño- yo digo que las raíces vivas de la gracia están todavía en el alma, y muy pronto habremos de decir: “El cabello de su cabeza comenzó a crecer.”

Los pozos pueden ser tapados por un tiempo, pero el agua viva irrumpirá, y saldrá otra vez a la superficie. El árbol puede perder cada hoja que lo adornó alguna vez, pero su sustancia permanece en él; y cuando la primavera sonría de nuevo, comenzará a florecer otra vez. La vida eterna puede dormitar, puede desfallecer, pero no puede morir por completo; de lo contrario, ¿cómo sería vida eterna? El cabello, aunque sea cortado prolijamente, crecerá otra vez.

Les mostraré ese cabello en su proceso de crecimiento. Un hombre fue una vez un miembro de una iglesia cristiana, y era piadoso y benévolo. Satanás lo ha rapado de todo lo que era algo distintivo y religioso. Se ha ido al mundo; ha sido echado fuera por sus hermanos. Su conducta era demasiado inconsistente para una continuación de su profesión. Pero había habido realmente un cambio de corazón, había habido una obra radical de la gracia en su alma; y, por tanto, después de un tiempo, comienza a sentirse muy miserable y desasosegado. Es imposible que esté feliz en medio de los filisteos que lo han capturado. Sus alegres camaradas, que se hacían la ilusión que habían echado mano de él esta vez, no podían descifrarlo. Tiene ataques de melancolía. Ocasionalmente cae en un profundo abatimiento, y expresa extrañas palabras que no les gusta oír, que en parte son denuncias de sí mismo, y en parte son profecías de mal para los que le rodean. Él está evidentemente incómodo en los caminos del pecado. Ahora se aísla y suspira:

“¿Dónde está la bienaventuranza que conocí
Cuando vi por primera vez al Señor?”
Hay algo en su corazón que lo turba de día y de noche. Su alma dice: “iré y regresaré a mi primer esposo; pues entonces me iba mejor que ahora.” Y el cabello de su cabeza comenzó a crecer otra vez. Aunque ha sido rapado muy astutamente, las raíces no fueron extraídas, y podrán ver que pronto será un hombre de abundante cabello otra vez. No puede estar tranquilo en su pecado: ningún hijo de Dios verdaderamente nacido de nuevo podría estarlo. El Gigante Mata lo Bueno podría levantar a un peregrino en el camino cuando está desfallecido y cansado, pero no puede nunca alzar los huesos de un verdadero creyente. Él saldría de la guarida del gigante de una forma u otra. ¡Es una lástima que hubiera entrado allí alguna vez!

Bien, ahora noten que el hombre comienza a entrar para oír un sermón. Desde hacía mucho tiempo no acostumbraba asistir a la casa de oración; pero ahora se encuentra aquí esta noche después de una larga ausencia. Recuerda cuando solía estar siempre aquí, y casi riega el piso con sus lágrimas conforme recuerda los felices días que solía gozar en medio del pueblo de Dios, cuando daba la bienvenida a la luz el domingo por la mañana, y el camino no se le hacía nunca demasiado largo si se trataba de asistir al lugar donde estaba su amor. En aquellos días la palabra del Señor era dulce para Él. No ha asistido durante algún tiempo, pero de alguna manera, hoy sintió que debe venir otra vez. ¡Cuán bienvenido es! ¡Cuán contento estoy de verle, aunque se mire tan tosco y desaliñado y sin rasurar!

He escuchado -no estoy seguro de ello, pero pienso que es muy probable- que ha estado leyendo su Biblia de nuevo. Ese pobre Libro ha sido abandonado hasta quedar cubierto de polvo, pero lo ha tomado nuevamente, y ha mirado un salmo que antes solía embelesar su corazón, y ha llorado en ese pasaje que una vez le reveló a Cristo. Incluso gimió al pensar que hubiera llegado al punto de olvidar la voz del Dios vivo que solía hablarle por medio de ese santo Libro. También hoy leyó un sermón. No ha hecho eso a menudo. Alguien en la calle le dio un folleto, y lo leyó con avidez: este también es un signo esperanzador.

Hace poco tiempo, en los primeros días en que abandonó al Señor, podía blasfemar: podía decir cosas duras en contra de Cristo y de Su palabra; pero ahora no hace eso. Sería imposible que ridiculizara la religión ahora; es demasiado sensible para eso. Tiene un fuerte deseo de oír otra vez el mensaje de la gracia inmerecida y del amor agonizante; anhela escuchar una vez más los tañidos de esas campanas de plata que una vez fueron música para sus oídos. Yo pienso que ha de ser verdad que el Señor lo está atrayendo otra vez.

Seguramente mi texto está recibiendo cumplimiento: “Y el cabello de su cabeza comenzó a crecer.” El diablo podría rapar esas ondeantes guedejas que una vez lo adornaron, pero no puede extirpar las raíces porque no alcanza su profundidad. ¿Acaso no creen que nuestro rapado Sansón pueda volver a ser él mismo? Ciertamente su cabello ha comenzado a crecer como nuevo, y confío que esta noche crecerá muy rápidamente mientras se encuentra en esta casa de oración oyendo las buenas nuevas del perdón inmerecido.

Me siento alentado más que nada por el hecho de que comienza a sentir en su alma una angustia y una amargura, y un dolor, y una sed y un anhelo. Tengo grandes esperanzas en él, ahora que sus viejos sentimientos están regresando. Creo que le escucho decir: “no puedo vivir así.” Suspira: “he probado el camino de los transgresores, y es duro. He experimentado la vida del placer pecaminoso, y no hay nada en ella. Todas las copas del mundo son pura espuma. El pan del diablo es puro afrecho. Me sofoca, me envenena. No puedo soportarlo por más tiempo. ¡Oh, que pudiera regresar a Dios! ¡Oh, que fuera verdaderamente convertido, si nunca fui convertido! ¡Si soy en verdad un hijo de Dios, oh, que manifestase una vez más su amor perdonador para conmigo, y mostrara el perdón de mis pecados, pues no puedo descansar tal como soy!”

Oh, mi querido hermano, yo estuve muy preocupado cuando te descarriaste: tu rebeldía me ha causado mucho dolor en mi corazón; pero comienzo a regocijarme ahora al oírte hablar de esa manera, pues pienso que el texto comprueba que es cierto: “Y el cabello se su cabeza comenzó a crecer.”

Y ahora, deténganse hasta que nuestro desasosegado amigo regrese a casa esta noche. Es más, tal vez ocurrirá antes que abandone esta asamblea. Comienza a orar: “Dios, sé propicio a mí, pecador.” No dice eso en voz alta, pues tiene miedo que alguien le oiga. Casi se sorprende ahora de no ser excluido del lugar de adoración, considerando qué clase de pecador ha sido. Ha entrado subrepticiamente esta noche, pero se encuentra adentro, y tiembla al darse cuenta que es así: apenas se atreve a alzar sus ojos. A duras penas se atreve a esperar. Su deseo es volver a Dios, y ser perdonado; y así, con temblorosa esperanza y miedo tremulante, ha comenzado a orar.

Observen que Sansón comenzó a orar cuando su cabello comenzó a crecer; y cuando lo llevaron a aquel templo, donde querían que les sirviera de diversión, elevó una sincera oración a Dios para ser fortalecido y servir a la vez a su pueblo y a su Dios.

¡Cuán sinceramente invito a aquellos que se han rebelado contra Dios y contra Sus caminos, para que oren esta noche pidiendo al Señor que los regrese en misericordia, que los llene una vez más hasta el borde con Su Santo Espíritu, y haga que los huesos que Él ha quebrantado se regocijen!

Si ustedes comienzan a orar, yo comenzaré a alabar: cuando supliquen con lágrimas, yo comenzaré a bendecir al Señor con exultación. Para ti se hizo verdad esto: “Y el cabello de su cabeza comenzó a crecer, después que fue rapado.”

Y si esa oración fuera más lejos todavía, y dijeras: “voy a romper cualquier conexión que me retenga a los caminos del pecado,” esto sería mejor todavía. Si fueras a clamar: “sé qué fue lo que me apartó, y no quiero saber nada del mal que me destruyó,” sería en verdad un signo esperanzador. ¡Oh, si esta noche hubiera una separación entre ti y los cerdos y todas las algarrobas que comen, debido a que estás resuelto a ir a tu Padre, sería muy bueno para ti!

En nuestra membresía de la iglesia encontramos algunas veces a uno que ha sido hecho a un lado por un motivo, y a otro por otro: ¡ay, los caminos descendentes son tan numerosos como las puertas de la muerte! ¡Cuántos son tentados con amores prohibidos! ¡Cuántos son seducidos por la copa fatal! ¡Ah, cuántos se desvían a través de la falsa doctrina, la herejía, y los engaños del día! ¡Cuántos son neciamente tentados por su propia prosperidad! Se vuelven ricos, y no pueden tolerar la adoración en el lugar donde antes adoraban. Por otro lado, ¡cuántos son desviados por su pobreza! No consideran que sus vestidos sean lo suficientemente dignos para entrar: eso es una muestra de orgullo de la que pido que seamos librados.

O, debido a que han perdido posición en el mundo, y no pueden gastar como antes lo hacían, abandonan a sus hermanos y a su Señor. Por diferentes razones los hombres se apartan de la verdad y de la santidad; pero es una feliz circunstancia que clamen: “si he sido apartado de Cristo por algo pecaminoso, renuncio a ello. Echaré de mí mi ojo, o mi brazo, o mi pie, de tal forma que pueda entrar en el reino; pues mejor me es entrar a la vida ciego, o cojo, o manco, que, teniendo estos amados miembros, sea echado en el fuego del infierno.” Cuando el Señor de gracia conduce a los hombres a esta resolución, vemos que el texto se ha cumplido otra vez: “Y el cabello de su cabeza comenzó a crecer.”

Cuando el rebelde llega a esta encrucijada, pronto podrán ver ustedes otros signos. El hombre que se descarrió tan lejos busca ahora al Señor de nuevo, y comienza otra vez a andar en Sus caminos. Cuando un nazareo perdía su consagración, todos los años previos de consagración no contaban: tenía que comenzar de nuevo. De igual manera, algunos de ustedes han de comenzar de nuevo. ¡Comenzar de nuevo es dulce! ¡Comenzar de nuevo es seguro! Aunque confío que no me he apartado de Dios, ni en mis actos ni en mi corazón, sin embargo, con frecuencia comienzo otra vez. Me deleita renovar el amor de mis esponsales, y reiterar los votos de mi juventud delante del Señor mi Dios.

Si el diablo me dijera: “tu religión es una farsa; tu experiencia es un error”; no intentaría argumentar con él en ese terreno, sino que debería responderle: “no voy a cavilar acerca del pasado, sino que voy a comenzar de nuevo.” Soy un pecador; reconozco eso, y el propio demonio no tiene la desvergüenza de desmentirme. Entonces, Jesucristo murió por los pecadores, y por eso yo vuelvo al Salvador de los pecadores, y me confío a Él como si no hubiese confiado en Él nunca antes. Yo encuentro que este es el camino directo a la paz.

Respirar otra vez el propio aire nativo es una prescripción sumamente útil para quienes quieran recuperar su salud y fortaleza. ¿No podrías regresar otra vez al punto de partida, tú que te has descarriado? Si así fuera, todos nosotros daremos gracias a Dios por ti, y te veremos como un Sansón, cuyo cabello comienza a crecer otra vez después de haber sido rapado.

Si el asunto continúa como se espera, sé lo que sucederá: el rebelde perdido comenzará a albergar una débil esperanza. “Oh,” -dirá- “¡confío en que seré restaurado! Si lo soy, yo seré un milagro de la gracia divina; pero creo que seré restaurado.” Más adelante clama incluso: “espero ser restaurado y ser colocado una vez más entre los hijos.” Recibe un poco de pan de la mesa de los hijos, y aunque siente que no es mucho mejor que un perro, tiene el valor de disfrutarlo. “Los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos”; y este pobre hombre está consciente de ese agraciado hecho, y se atreve a tomar plena ventaja de él.

Algunas veces, mientras come una migaja de promesa, le sabe tan dulce que se susurra: “no creo ser un perro después de todo. Creo que debo de ser un hijo, pues tengo el gusto que tiene cualquier hijo. Este es alimento de los hijos, y yo lo gozo de tal manera que, tal vez, yo soy, después de todo, un hijo de Dios.”

¡Ah!, y permítanme decirles que a veces, cuando el tiempo está soleado, este pobre buscador se siente grandemente alentado y animado. Aunque irá cojeando al cielo en razón de su pecado pasado, sin embargo, en días radiantes, casi olvida su cojera. Ha hecho el papel del hijo pródigo y casi llegó a dudar de su condición de hijo, pero con su rostro vuelto a la casa del Padre, ahora clama: “Mirad cuál amor me ha dado el Padre, para que sea llamado hijo de Dios.”

En sus más felices momentos se siente a punto de estallar en arrebatamiento, porque goza de un sentido del amor divino. Incluso se aventura a decir: “sí, soy perdonado. Jesús sonríe, y todavía me ama.” Cuando está solo y nadie puede oírle, se aventura a hablar de sí mismo, después de todo, como uno de aquellos a quienes el Padre ha amado con un amor eterno, y Cristo ha redimido con la sangre preciosa, y el Espíritu ha regenerado, y el Señor nunca echará fuera.

¡Qué placer es ver su fe regresando así a él! “Y el cabello de su cabeza comenzó a crecer.” Lo tendremos de regreso otra vez, y le veremos y sabremos otra vez que es el mismo Sansón que una vez conocimos en sus días primeros, antes de haberle hecho al necio, y de haber sido esclavizado. Pronto diremos: “¡entra, y sé bienvenido, querido hermano, pues el Señor te ha recuperado del deterioro que tu pecado te ha provocado! Eres de nuevo un nazareo, y tu cabeza y tu barba están cubiertas con las señales de tu consagración. Ven y toma tu lugar entre aquellos que son consagrados al Señor.” ¡Cuánto deseo que así fuera con todos aquellos que se desviaron anteriormente del camino recto, pero que vuelven ahora una mirada anhelante hacia él!

Yo creo que ese es el cuadro que nuestro texto nos pinta.

II. Ahora voy a dar un pequeño giro, pero siempre manteniendo al paladín de Israel claramente delante de nosotros. En segundo lugar, hemos de ver en nuestro texto EL SIGNIFICADO ESPECÍFICO, ya que este texto es un tipo muy claro de algo. Ustedes ven que la fuerza de Sansón radicaba en su consagración. Su cabello era una señal de su dedicación a Dios. Cuando perdió sus guedejas, perdió, por decirlo así, su consagración; y cuando hubo perdido su consagración, perdió su fuerza. Por otro lado, la única manera por la cual podía recuperar su fuerza era restableciendo su consagración; y de esto, el crecimiento de su cabello era el tipo y la señal.

Bien, ahora, conozco algunas iglesias que cumplieron una gran obra hace cien años, o hace cincuenta años, o menos. Sus primeros tiempos fueron heroicos. Sus tiempos florecientes fueron embellecidos con gran prosperidad. Estas iglesias sabían cómo sufrir y servir, eran fieles a la verdad, y dedicadas a la santa labor, y el Señor hizo que fueran sumamente útiles; pero ahora se han vuelto respetables e inútiles. No hacen nada extravagante ahora: la pregunta es, ¿están haciendo algo? Su ministro es un hombre extremadamente instruido, y tan pulido como un espejo. Por supuesto que no se dirige nunca a las personas vulgares, ni se opone a los puntos de vista de sus oyentes ilustrados. La iglesia misma es altamente respetable; nadie cuestiona nunca su elevada respetabilidad, ni habla de ella sin la debida deferencia a su prominente posición. Sin embargo, ha dejado de ser un poder para bien: no tiene influencia sobre la masa de pecadores a su alrededor.

Por supuesto que su utilidad es una consideración secundaria, pues no ha de olvidarse que tiene un ministerio superior, y una reputación superior: ¡sus diáconos son superiores, y también lo son la mayoría de sus miembros!

¡Además cuentan con un coro muy celebrado, y un órgano encantador! Una gran cantidad de dinero fue gastada en ese órgano; y si eso no salva las almas y no glorifica a Dios, ¿qué lo haría? ¿Qué haríamos con nuestra respetabilidad si no la proclamáramos comprando el órgano más caro del mercado? Pero no olviden el coro. Creo que sus integrantes usan sobrepellices; pero ya sea que sí o que no las usen, el canto es muy bueno, el edificio es arquitectónico, el púlpito es único, y todo el asunto es conducido de una manera modelo. Es cierto que nadie es salvo; no se agregan nuevos miembros a la iglesia; no han usado el baptisterio por largo tiempo, pero por otro lado, ¡son maravillosamente respetables! ¿Qué más quisieran?

En la opinión de algunas personas, Sansón se veía mucho mejor cuando su cabello enmarañado hubo sido rapado. Se veía más presentable; lucía más de conformidad a la buena sociedad. Y así, en el caso de algunas iglesias, la idea es que se vuelven mucho mejores si abandonan sus peculiaridades. Ustedes que están en el secreto lo saben mejor, y podrán seguirme mientras busco tristemente un remedio para la infeliz debilidad que ha sobrevenido sobre muchas comunidades que una vez fueron fuertes en el Señor.

¿Cómo podría ser llevada esta iglesia, toda rapada y trasquilada, esta pobre entidad esclavizada y miserable, de regreso a su antigua condición? ¿Cómo habrá de recobrar su fuerza otra vez, este Sansón que una vez fue fuerte? Bien, únicamente dejando que su cabello crezca otra vez. Debe ser consagrado de nuevo a Dios. Esta iglesia debe regresar al viejo Evangelio; debe decir una vez más: “Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo.” Debe volverse insaciable de nuevo de la conversión de los hombres. La oración debe convertirse nuevamente en el deleite de toda la iglesia, y su confianza debe ser depositada en el Espíritu del Señor. La gloria de Dios debe tomar posesión de la iglesia sustituyendo su deseo de estar a la moda y de ser respetable; y cuando sus guedejas crezcan de nuevo, su fuerza regresará. Cuando esté consagrada a Dios, recuperará su antigua fuerza, dará su testimonio como en los mejores días, y una vez más sacudirá al mundo con su poder.

Ahora, la misma verdad es aplicable a todo predicador. Hay algunos predicadores que son hombres espléndidos, y, sin embargo, son fracasos prácticos. Se puede ver en ellos un amplio conocimiento, lenguaje elocuente, y, sin embargo, nada. Pueden hablar tan decorosamente que una junta de personas venerables podría sentarse a sus pies con admiración; pero cuando concluyen, nadie es compungido de corazón, nadie es convencido de pecado, nadie es conducido a contemplar las bellezas de Cristo.

Sin embargo, en su juventud, estos hombres eran ganadores de almas, y eran considerados como paladines de Cristo. Oh, Sansón, ¿cómo hemos de hacerte fuerte de nuevo? Ese predicador debe comenzar a servir a Dios otra vez con todo su corazón. Debe renunciar a la idea de ser un gran hombre, o un hombre letrado, o un hombre elocuente. Ha de renunciar a la idea de embelesar a la elite, y de reunir a las personas elegantes, y debe entregarse por entero a glorificar a Dios ganando almas.

Cuando su cabello crezca otra vez en ese respecto, veremos qué puede hacer Sansón. Todavía asirá las columnas del templo filisteo, y hará que se derrumben sobre las cabezas de los principales.

Denme un hombre perfectamente consagrado, y no me importa mucho lo que pudiera ser. Podría ser tosco, rudo e incluso analfabeta; pero si es consagrado, la gente sentirá su poder. Podría ser educado al grado de entender todo conocimiento, y podría hablar tan elocuentemente como Cicerón; pero si es un hombre consagrado, su poder no será menor, sino tal vez mucho mayor, debido a su educación.

Pero esto es esencial: ha de haber consagración a Dios, y en consecuencia, entrega plena, pues de lo contrario será un Sansón rapado. ¡Que Dios nos conceda una plena consagración a cada uno de nosotros que estamos delante del pueblo para hablar en Su nombre, pues en esa consagración radica el poder del Espíritu Santo para bendecirnos! Él no puede y no quiere bendecir a hombres no consagrados. Si no vivimos para la gloria de Dios, Dios no nos usará.

Lo mismo es cierto de cada obrero cristiano. He visto esto demostrado una y otra vez en la vida diaria. He visto a una mujer cristiana que ha sido sumamente útil en una clase, llevando al Salvador muchas de las niñas a quienes ha enseñado; pero de súbito, un cambio se ha producido, no ha habido conversiones, y durante años la clase ha decaído, y nada ha resultado de ella. Si se hiciese una investigación, se encontraría que la consagración de la maestra ha declinado. Ya no habla con ojos llenos de lágrimas y con un corazón sincero, buscando llevar con amor a esas niñas a Cristo; y debido a que su consagración se extinguió, su fuerza desapareció.

Sucede exactamente lo mismo si predicas en las calles, o distribuyes folletos, o haces cualquier cosa: si estás plenamente consagrado a Dios, serás fuerte. Yo no estoy diciendo que ustedes, únicamente por una sincera devoción, ganarán todos los talentos y todas las fuerzas mentales que pudieran desear; pues, créanme, la fuerza no radica en estas cosas: estas cosas son como espadas y lanzas, pero la fuerza con la que han de ser empuñadas está en otra parte. No requieren en lo absoluto de grandes habilidades; sino que deben tener una consagración perfecta. Estén agradecidos si tienen jabalina y escudo, pero sigan adelante sin ellos si no hubieran sido armados con ellos; pues, para un hombre devoto, aun un hueso desechado constituirá un arma suficiente.

Sansón no esperó hasta que encontró un sable digno de su heroica mano; sino que usaba los instrumentos que encontraba a su disposición. Es en la consagración que radicará la fuerza de ustedes. Basta solamente que la flecha sea arroja con un potente impulso del arco, e irá directo hacia el frente en proporción a la fuerza con que ha sido disparada. Basta que Dios los acomode en Su arco, y los dispare con energía divina: ¿qué más necesitarían? El impulso que viene de lo alto es su fuerza, y ese impulso es encontrado en su consagración a su Señor.

Tal vez me esté dirigiendo a alguna persona cristiana que no sea un obrero del todo, sino parcialmente un sufridor. Él es únicamente un cristiano privado, que soporta como puede las pruebas de la vida. Te has vuelto más bien deslustrado últimamente, querido amigo. No disfrutas las cosas como antes lo hacías. No tienes la vivacidad y el gozo en las cosas de Dios que una vez tenías. Vigila esto. ¿No ha estado trabajando una navaja sobre ti en algún punto?

Oh, sí, conocí a un hermano que, cuando tenía un poco de dinero, ¡se gozaba por tenerlo porque daba a la causa de Dios abundantemente! Creo que ahora tiene cien veces más dinero que antes, y da una centésima parte de lo que solía dar cuando era más pobre. En la proporción en que su bolsillo ha crecido en oro, su corazón se ha vuelto de bronce. Se ha reducido en su ser interior en la proporción en que su propiedad ha aumentado, y ahora no goza las cosas como solía hacerlo. Es una pobre criatura en comparación a lo que fue; ¡incluso en su propia estima no es el hombre feliz que una vez fue! ¡Cuánto desearía que el cabello de este buen hombre creciera de tal manera que otra vez viviera para su Señor, a quien confío que todavía ame!

Conozco a personas cristianas que solían pasar una hora al día en oración. La hora se redujo a cinco minutos. Solían ser constantes en los servicios que tienen lugar durante la semana. Raramente nos alegran ahora con su presencia; y no son tan felices como lo fueron una vez. Puedo leer este acertijo. Si un hombre redujera sus alimentos y comiera una vez a la semana, no podríamos garantizar su salud. Yo no podría garantizar que si hombre no comiera nunca excepto los domingos, se volviera fuerte. Así, yo no creo que la gente que descuida los medios de la gracia, y renuncia a su consagración pueda esperar estar animado, feliz o vigoroso.

Cuando la navaja se pone a trabajar, y el cabello de una devoción consciente y resuelta a Dios comienza a caer al suelo, guedeja tras guedeja, la fuerza se está diluyendo; y estas personas podrían esperar ser útiles, influyentes y fuertes en el Señor, únicamente conforme ese cabello comience a crecer de nuevo, y regrese la consagración espiritual.

No debo agregar nada más acerca de este punto; pero es sumamente importante, y ruego al Espíritu Santo que despierte sus mentes puras en lo concerniente a esto.

III. Concluiré con esta consideración adicional. Hemos de recordar ahora CUÁL ERA LA PROFECÍA cuando el cabello de Sansón comenzó a crecer de nuevo. Me pregunto el por qué estos filisteos no se cuidaron que su cabello no creciera del todo. Si cortar su cabello demostró en una ocasión ser muy eficaz, me sorprende que no hayan enviado al peluquero cada mañana, para asegurarse que ni un solo cabello creciera en su cuero cabelludo o en su mentón.

Pero los hombres malvados no son sabios en todos los asuntos: en verdad, fallan tan conspicuamente en un punto o en otro que la Escritura los llama necios. El demonio mismo es después de todo un necio. Él cree que es maravillosamente astuto, pero hay siempre un lugar en el que falla. Estos siervos de Satanás, estos filisteos jactanciosos, dijeron llenos de confianza: “Hemos acabado ahora con él, de una vez por todas. Le hemos sacado sus ojos, y, ¿qué puede hacer un ciego?” No siguieron cortándole su cabello porque se imaginaron que, una vez perdida, la fuerza de ese buen hombre estaba perdida para siempre. Tal vez se dijeran: “ahora le hemos atado al molino: entre más fuerza recupere más podrá moler; por tanto, dejemos que su cabello crezca, y de esta manera será más útil para nosotros.” Grande fue la insensatez de su sabiduría: estaban propiciando su propia destrucción.

Satanás es también muy astuto para apoderarse de los rebeldes, pero generalmente se las arregla para permitir que se escapen por su exceso de confianza en la intención de ellos. ¡He visto a muchos hombres que regresan al amado Salvador por causa de la opresión que han sufrido de manos de su viejo amo, el príncipe de las tinieblas! Si hubiesen sido bien tratados, podrían no haber regresado a Cristo nunca más; pero no es posible que los ciudadanos del lejano país traten bien a los hijos pródigos; tarde o temprano los hacen padecer hambre, así que se van huyendo a casa.

Cuando el cabello de Sansón comenzó a crecer, ¿qué estaba profetizando? Bien, primero, profetizaba esperanza para Sansón. Estaré obligado a decir que puso su mano en su cabeza, y sintió que se estaba poniendo hirsuta, y luego puso su mano en su barba, y la encontró áspera. Sí, sí, sí, estaba saliendo, y pensó para sí: “pronto todo estará bien. No voy a recuperar mis ojos. Ellos no crecerán otra vez. Soy un horrible perdedor por mi pecado, pero recuperaré otra vez mi fuerza, pues mi cabello está creciendo. Seré capaz de asestar aún un golpe por mi pueblo y por mi Dios.” Así que siguió dando vueltas al molino, moliendo, moliendo, pero cada vez y cuando ponía su mano sobre su cabeza y pensaba: “¡mi cabello está creciendo; oh, está creciendo de nuevo! ¡Me está regresando el cabello!” El molino daba vueltas sintonizado felizmente a la esperanza, pues Sansón sentía que recuperaría su antigua fuerza otra vez. Mientras lo cargaban y oprimían para hacer su trabajo más pesado, su cabello seguía creciendo; y así descubrió que la carga era más ligera que antes, y su corazón comenzó a danzar en su interior, antes la perspectiva de volver a ser el mismo de antes.

Ahora, si alguno de ustedes muestra señales de la gracia restauradora en su corazón, y está regresando a su Dios y Salvador, debe estar contento, debe estar agradecido. No titubeen en hacer visible a todos los que les rodean, su renovada devoción para con Dios. ¡Vamos, hermano, vamos; tus hermanos están esperándote para recibirte! ¡Vamos, hermana mía descarriada, vamos; todo el pueblo de Dios te dará la bienvenida! Si la gracia de Dios te está moviendo, ten esperanza y aligera tus pasos, y ven a Jesús. Ven a Él ahora mismo, igual que como viniste la primera vez. Sí, y si no viniste nunca antes, ven ahora, y arrójate a los pies de la cruz, y mira a lo alto, a esas cinco preciosas heridas. Mira y vive, pues hay vida en una mirada al Crucificado. Hay vida en este preciso momento incluso para el primero de los pecadores.

¿Qué profetizaba esto? Gozo para Sansón, pero, también, esperanza para Israel. Oh, si alguno de los israelitas hubiese entrado para verlo en prisión, ¡cómo habría sido motivado por el espectáculo de su cabello que crecía! Algún viejo israelita le diría a su hermano: “fui a visitar al pobre Sansón. Tú lo recordarás. Tuvimos que sacarlo de la iglesia, tú sabes. Fue un triste caso. Fui a visitarlo.” “¿Cómo lo viste?” “Bien” -responde- “hubo muchas cosas que me entristecieron, pero también algunas que me consolaron. No se ve como se veía el día que los filisteos lo raparon. Se ve greñudo otra vez.” “¡Oh!” -diría el otro- “entonces se pondrá fuerte otra vez, y cuando sea fuerte, usará sus potentes brazos contra los opresores de su pueblo. Sé que luchará por su país de nuevo. Cuando se vuelva fuerte otra vez, alzará ese musculoso brazo suyo que hirió a los filisteos, y les hará saber que todavía es un israelita. Sé que lo hará; pues su corazón regresará al amor de Dios y de Sus escogidos. No siempre triunfará Filistea sobre nosotros. Hay esperanza para nosotros.”

Así, mis queridos hermanos y hermanas, cuando vemos en ustedes pequeños signos de gracia, y ustedes están regresando, no se imaginan cuán alegremente lo comentamos entre nosotros. Por ejemplo, en la reunión de los ancianos, uno de ellos dijo: “nuestro pobre hermano Jones estaba en el Tabernáculo la otra noche. Ustedes lo recuerdan.” “Sí, efectivamente lo recordamos.” “Bien, él estaba escuchando a nuestro pastor; me dio mucho gusto verlo.”

Otro hermano también dijo: “me da gusto decirles que la señora Tal y Tal, la hermana que se descarrió tan tristemente, estaba afuera de la capilla; y cuando la presioné para que entrara, lloró, y dijo que desearía no haberse alejado nunca. Hay una buena obra que se está manifestando allí.”

Nos regocijamos todos juntos, y decimos: “¡Gracias a Dios, están regresando otra vez!” ¡Oh, no se imaginan el gozo que les darán, ustedes que son rebeldes, a los corazones del pueblo de Dios si regresan! Hay gozo no solamente en el Grandioso Pastor, sino en sus amigos y en sus vecinos cuando la oveja perdida es restaurada al redil. ¿No saben que el Pastor en jefe reúne a sus hermanos y les dice: “Gozaos conmigo, porque he encontrado mi oveja que se había perdido?”

Por último, ¿qué profetizaba? Bien, profetizaba un mal para los filisteos. Ellos no lo sabían, pero si hubiesen podido leer la escritura en el corazón de Sansón, habrían entendido que tenía la intención de rapar a su nación tan minuciosamente como ellos lo habían rapado. Una tormenta se estaba gestando para Filistea. El que despedazó a un león como si hubiese sido un cabrito, estaba recuperando su fuerza. El que recogió una quijada de asno, y dijo: “Con la quijada de un asno, un montón dos montones; con la quijada de un asno maté a mil hombres,” pronto estará diseminando la muerte entre los opresores de su pueblo. ¡Ay de ustedes, príncipes de Filistea! ¡Ay de ustedes, príncipes de Gaza!

Cuando un pecador que se ha descarriado es restaurado, se pronostica un mal para el reino de Satanás. ¡Oh, cómo servirá a su Dios! ¡Cómo intentará llevar de regreso a sus compañeros pecadores! Habiéndosele perdonado mucho, este hombre amará mucho, y servirá mucho a Jesús. Él será uno de sus cristianos más entregados, pueden estar seguros de ello. Orará mucho; será muy cuidadoso en su caminar; será santo en su conversación; contenderá denodadamente por las doctrinas de la gracia; será un líder en medio de las huestes de Dios, de la misma manera que antes fue un cabecilla para el pecado. Invadirá los lugares oscuros, y llevará al primero de los pecadores cautivo a la cruz. ¡Ay de ti, Filistea, cuando el cabello de Sansón crezca de nuevo! ¡Ay de las huestes del mal, cuando el rebelde sea restaurado!

De esta manera he puesto todo delante de ustedes. He procurado presentar el tema de manera interesante; pero todo el tiempo, mi corazón ha estado suspirando por aquellos que se han descarriado, anhelando la restauración de aquellos que han vuelto a su vómito como el perro, y como la puerca lavada a revolcarse en el cieno.

Anhelo la restauración de ustedes, o su verdadera conversión. Quiero ver una naturaleza diferente en ustedes, para que ya no sean ni perros ni puercas, sino que se conviertan en verdaderos hijos de nuestro Dios y Padre; y entonces no regresarán a sus antiguos caminos. ¡Si se han manchado, que puedan ser lavados de inmediato! ¡Si se han descarriado, que puedan ser restaurados de inmediato a Jesús y a Su iglesia, para alabanza de la gloria de Su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado! Amén.

Porción de la Escritura leída antes del sermón: Oseas capítulos 11 y 14.