“Y tomaron los filisteos el arca de Dios, y la metieron en la casa de Dagón, y la pusieron junto a Dagón. Y cuando al siguiente día los de Asdod se levantaron de mañana, he aquí Dagón postrado en tierra delante del arca de Jehová; y tomaron a Dagón y lo volvieron a su lugar. Y volviéndose a levantar de mañana el siguiente día, he aquí que Dagón había caído postrado en tierra delante del arca de Jehová; y la cabeza de Dagón y las dos palmas de sus manos estaban cortadas sobre el umbral, habiéndole quedado a Dagón el tronco solamente.” 1 Samuel 5:2-4

El arca de Jehová fue capturada por los filisteos, aunque estaba custodiada por todos los hombres armados que Israel pudo juntar para la batalla. Cuando estuvo protegida por sacerdotes desarmados, no sufrió ningún daño. Y a lo largo de todo el funesto período de los Jueces, aunque los tiempos habían sido sobremanera alborotados y peligrosos, el arca nunca fue capturada. Sólo fue capturada cuando estuvo protegida por el arma carnal. Cuando la tuvieron a su cargo aquellos a quienes Dios había ordenado que cuidaran el arca del pacto, estuvo segura; pero cuando los altivos estandartes del Estado y los escuadrones de la nación ordenados en batalla, formaron el cuerpo de guardias del sagrado santuario del arca de Dios, ésta fue tomada. Cuando el poder civil se unió al espiritual, y el brazo de carne se entrometió para apoyar y para vincularse al brazo de la fortaleza de Dios, entonces el arca fue transportada en triunfo por sus enemigos.

A lo largo de toda la historia de la humanidad encontrarán la explicación de este hecho instructivo: dejen sola a la verdad de Dios y se cuidará a sí misma, sin ayuda de reyes ni de príncipes, leyes o instituciones, fundaciones o privilegios. Basta que expongan la verdad pura de la revelación y se abrirá su propio camino. Por otro lado, atavíenla y adórnenla con su elocuente lenguaje, o protéjanla y guárdenla con su sabiduría y prudencia carnales, y la verdad entrará en cautiverio. Dejen a la iglesia sola, oh ustedes, reyes y príncipes, o persíganla si quieren, pues se reirá hasta el escarnio de la oposición de ustedes; pero no pretendan propagar sus doctrinas por medio del poder civil, pues esta es la peor maldición que podría sobrevenirle. Tómenla bajo su protección, y el simple contacto con sus reales manos transmitirá enfermedad a su interior. La así llamada “iglesia” ha decaído casi hasta la muerte cuando sus ministros, como Ofni y Finees, se han aliado con el poder temporal; pues Dios obrará por Sus propios instrumentos, y a Su manera. No aceptará estar endeudado con el poderío de la carne. Defenderá Su propia gloria por medio de Su propio poder misterioso. Él usa como instrumentos a Sus consagrados, vestidos de lino fino, que es la justicia de los santos, y no a los hombres manchados de sangre, guarnecidos con sus cotas de malla y sus petos de acero reluciente.

Podemos aprender otra lección del incidente que estamos considerando. Cuando los filisteos derrotaron a los israelitas en la batalla, capturando el cofre llamado arca, se jactaron y se gloriaron como si hubiesen derrotado a Dios mismo. Ellos evidentemente consideraban el estuche de oro como la parte más preciosa del botín, y lo colocaron como un trofeo en el templo principal de su dios Dagón, para mostrar que él era más poderoso que Jehová Dios, que fue incapaz, según ellos, de proteger a Su pueblo. Esto lesionó al instante el honor de Jehová, y como Él es un Dios celoso, eso auguraba el bien para Israel. El hecho de que Dios es un Dios celoso, a menudo tiene un lado terrible para nosotros, pues nos conduce a nuestro castigo cuando le agraviamos: esto, en verdad, llevó a la derrota a Israel. Pero tiene también un lado brillante para nosotros, pues Su celo se inflama en contra de Sus enemigos de manera más terrible que contra Sus amigos; y cuando Su nombre es blasfemado, y los honores que se deben a Él son atribuidos a un simple ídolo, o cuando se declara que Él ha sido derrotado por un falso dios, entonces Sus celos arden como brasas de enebro, y desnuda Su diestra para golpear a Sus adversarios, como lo hizo en esta ocasión.

Él considera conveniente castigar a Su pueblo que le ha ofendido, pero cuando Filistea dice, “Dagón ha derrotado a Jehová,” entonces el Señor no tolerará más que Filistea triunfe. La respuesta de Jehová para Sus enemigos fue que Dagón fue hecho pedazos ante Su arca, y los filisteos fueron heridos con tumores hasta que, en su desesperado dolor y horrenda desgracia, dejaron libre el arca, no pudiendo soportar por más tiempo su presencia en ninguna de sus ciudades. Así, desde entonces, los judíos acostumbraban a exasperar a los filisteos, recordándoles la enfermedad que tan penosamente les había atribulado; y hay un rasgo de esto en el Salmo que dice del Señor, “E hirió a sus enemigos por detrás; les dio perpetua afrenta.” Jamás nación jactanciosa alguna sufrió una más profunda deshonra a los ojos de sus vecinos, para quienes se volvieron el hazmerreír, y nunca imagen alguna sufrió peor desgracia que la que recayó sobre su dios Dagón.

Ahora, entonces, siempre que en cualquier momento la infidelidad o la superstición prevalezcan al punto de desalentar sus mentes, reciban consuelo de esto: que el honor de Dios está comprometido en todas estas situaciones. ¿Han blasfemado Su nombre? Entonces Él protegerá ese nombre. ¿Se han sobrepasado más que nunca en sus sucias expresiones contra Él? Entonces le provocarán, y Él desnudará Su santo brazo. ¡Yo ruego para que le provoquen así! Toda Su iglesia dirá “¡Amén!” a eso, así que Él se levantará y consumará las gloriosas obras de Su fuerza y de Su amor en medio de los hijos de los hombres, y confundirá a los adversarios demostrando que todavía está con Su pueblo, y que es el Dios todopoderoso como lo fue en los días de antaño.

Entonces, díganse ustedes: “nuestro Señor no siempre soportará este papismo idólatra, que está multiplicando a sus sacerdotes dentro de nuestra iglesia nacional. Su pueblo no puede soportarlo; mucho menos Él. No siempre tolerará estas teorías blasfemas, por las cuales hombres eruditos y presumidos, juntamente con escépticos vanagloriosos, buscan sacar a Dios del mundo. Ellos le provocarán. Él se moverá; se mostrará fuerte a favor de Su verdad, descorrerá las olas del pecado, y hará saber a las edades que Él es todavía el grandioso YO SOY, el Dios victorioso sobre todo, bendito para siempre.” Me parece que esas dos verdades yacen sobre la superficie de este pasaje.

Y ahora, aunque sería muy erróneo considerar la palabra de Dios como un simple conjunto de alegorías, y así negar que registra hechos (y esto, confío, nunca lo haremos) sin embargo, el apóstol Pablo nos ha mostrado que muchos de los eventos del Antiguo Testamento son una alegoría, y como estas cosas son evidentemente tipos, y deben considerarse como emblemas y modelos de cosas que ocurren todavía, usaremos este pasaje de una manera espiritual, convirtiéndolo en un canal de enseñanza práctica. Cuando el Dios vivo viene al alma, Dagón, el dios-ídolo del pecado y de la mundanalidad, debe caer. Ese es el pensamiento que enfatizaremos en este momento.

I. Entonces, para comenzar: LA LLEGADA DEL ARCA AL TEMPLO DE DAGÓN ES UN SÍMIL ADECUADO DE LA LLEGADA DE CRISTO AL ALMA.

De acuerdo a la mejor información disponible, Dagón era el dios-pez de Filistea, tal vez tomado de los sidonios y de los hombres de Tiro, cuya actividad principal radicaba en el mar, y que, por tanto, inventaron una deidad marina. La parte superior de Dagón era un hombre o una mujer, y la parte inferior del ídolo estaba tallada como un pez. Podemos tener una idea aproximada de él, partiendo de la idea común de la fabulosa criatura ficticia llamada sirena. Dagón era simplemente un ser con un cuerpo pisciforme o una sirena; sólo que, por supuesto, no se tenía la pretensión que viviera. Era una imagen tallada, como esas que los papistas adoran y llaman la Bendita Virgen, o San Pedro o san Remigio. El templo de Asdod era, tal vez, la catedral de Dagón, el santuario principal de su adoración; y allí se sentaba erguido sobre el elevado altar, rodeado de pompas.

El arca del pacto de Jehová de los ejércitos era una pequeña caja de madera, recubierta de oro. De ninguna manera era un objeto pesado o voluminoso, mas sin embargo era muy sagrado, pues tenía un carácter representativo, y simbolizaba el pacto de Dios: su captura fue ciertamente dolorosa para los israelitas piadosos, pues sintieron que la gloria de Israel había sido traspasada cuando el arca fue tomada. La urna sagrada fue cargada en triunfo por los filisteos, y llevada al templo donde permanecía Dagón. Con el ojo de su mente podrán imaginarse al dios-pez, alto en su trono, y el incienso ardiendo ante él y los sacerdotes reunidos a su alrededor, y los príncipes de Filistea, con sus pendones triunfantes, inclinados ante su altar. Oímos los gritos de los príncipes filisteos cuando llevan el cofre de oro con sus varas de oro, y lo colocan al pie de Dagón, y cantan sus himnos victoriosos. Óyelos tocando sus trompetas y cantando sus himnos blasfemos: “¡Gloria a ti, oh Dagón! ¡Tú has triunfado en este día, oh poderoso dios de la tierra y del mar! ¡Glorioso dios-pez, tú has vencido a quienes vencieron a los cananeos; y aunque su Dios despojó de su vida a los egipcios de antes, tú los has matado por millares. Gloria sea a ti, poderoso dios!” Así enaltecerían a su deidad, derramando su desprecio sobre el arca capturada que pusieron junto a la imagen.

Luego, cuando el servicio terminó, y ya habían adorado a Dagón hasta saciar sus corazones, cerraron el templo, y hubo oscuridad en el lugar santo, o lugar impío: ¿cómo habremos de llamarle? El arca no permaneció allí por mucho tiempo, con Dagón en aparente supremacía, pero la simple entrada del arca en el templo del ídolo fue un cuadro adecuado de la introducción de la gracia de Dios en el corazón humano. Los filisteos introdujeron el arca del Señor, pero únicamente un acto del poder divino puede traer la gracia de Dios al alma. Por diversos medios, la verdad que es en Jesús es leída, es oída, es traída a la memoria, es vista impresa en las vidas de los hombres, y así entra en el templo del hombre interior. Cuando entra por primera vez en el corazón, encuentra al pecado entronizado allí; y el Príncipe de las Tinieblas reina supremo. La primera gracia que entra en el alma la encuentra en la oscuridad y en la muerte, bajo el dominio del pecado.

Hermanos, nosotros no tenemos que liberarnos del pecado y de la muerte y de la oscuridad, para entonces obtener la gracia; sino que, cuando aún estamos muertos, la gracia nos visita; cuando somos todavía esclavos, el libertador llega; en nuestra media noche más oscura, se levanta el sol de justicia. Mientras el Dagón del pecado se sienta firmemente sobre su trono, como si no pudiese ser perturbado, y su hórrida figura está sola y es vista señoreando sobre todos los pensamientos y las imaginaciones del corazón, en ese momento es que “Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, cuando estábamos muertos en nuestros delitos y pecados,” envía Su gracia poderosa para que more en nosotros. Cuando esa gracia entra en el alma, lo hace sin ser vista, y el pecado inicialmente sabe lo mismo acerca de la gracia entrante, que lo que Dagón sabía acerca del arca. La gracia, la luz, la verdad, el amor de Dios entran en el alma, y el hombre no sabe todavía lo que el Señor ha hecho por él. Está únicamente consciente de alguna impresión, de una cierta necesidad de reflexión que no había conocido antes, de un estado de ánimo en calma, de un deseo de considerar las cosas eternas; y eso es todo lo que percibe de la obra del Señor en él. Su Dagón parece estar allí en su acostumbrada majestad suprema, excepto que algo extraño está también en la mente, pero el hombre no sabe qué es. Es el principio del fin: de un fin bendito y glorioso.

Tenemos ahora a Dagón y al arca en el mismo templo, al pecado y la gracia en el mismo corazón, pero este estado de cosas no puede durar largo tiempo. Nadie puede servir a dos señores, y si pudiera, ninguno de los dos señores estaría de acuerdo en ser servido de esa manera. Los dos grandes principios del pecado y la gracia no habitarán en paz entre ellos, pues son tan opuestos como el fuego y el agua. Habrá un conflicto y una victoria, y sabemos quién vencerá, pues como siempre, cuando la gracia de Dios entra en el alma, el pecado recibe el aviso de marcharse.

Esa noche, cuando los filisteos habían terminado con sus ceremonias exultantes, pensaron que habían dejado a Dagón revestido de gloria, reinando y triunfando sobre el arca del Señor. Escasamente habrían cerrado las puertas y salido, antes de que Dagón cayera postrado en tierra delante del arca. Cayó postrado. No se inclinó, sino que cayó, y no cayó de costado, sino que se le hizo hacer reverencia delante del arca, pues quedó postrado; y no fue una caída a medias simplemente, sino que cayó postrado en tierra delante del arca: ¡un cambio de posiciones muy significativo para sus adoradores! El arca fue colocada al pie de la imagen de Dagón, y ahora Dagón está ante el arca como si se postrara en adoración ante el grandioso y poderoso Dios. De igual manera, la gracia no tarda mucho en echar fuera al pecado. ¡La gracia pone las cosas al revés! El santo y seña es: “echar abajo, echar abajo, echar abajo.” El Quebrantador ha subido, y las imágenes inventadas por el hombre deben ser hechas añicos.

Muy probablemente su Dagón tenga la forma de la justicia propia. La llamaré Dagón pues viene siendo lo mismo: uno de los peores ídolos en el mundo entero es el ídolo del ego. El hombre que tiene justicia propia se jacta diciendo que es tan bueno como los demás, si es que no es mejor, aunque no sea cristiano. Que él sepa, nunca ha hecho nada verdaderamente malo, y siente que en él hay mucho que es muy bueno y hasta excelente, y por tanto espera que las cosas le salgan bien al final. Tiene un hermoso mascarón de proa por su dios, y aunque su carácter pueda tener una cola “resbalosa,” él mantiene eso fuera de la vista en tanto que sea posible, y la encubre con excusas. El dios de su confianza en sí mismo es una cosa muy hermosa, tomada en su conjunto; es hermosa como una sirena, y él está fascinado con su belleza. Se inclina ante su ídolo y canta delante de él ese viejo cántico de los filisteos (quiero decir de los fariseos) que comienza, “¡Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres!” Cuando la gracia entra en el alma, el dominio del autocontrol llega a un fin, y al suelo va el dios-pez postrado delante del arca del Señor, y el hombre descubre que no tiene esa justicia en la que confiaba. Comienza a deplorar sus pecados y a lamentar sus deficiencias. Le ha sobrevenido un perfecto cambio de sentir. Ahora se desprecia a sí mismo tanto como antes se admiraba a sí mismo; y ahora, en vez de tomar el asiento más alto en la sinagoga, está anuente a ser portero en la casa del Señor. “¡Ah,” dice, “cuán gran pecador soy! ¡Cuán vil soy a los ojos de Dios!” ¿No pueden ver cómo este valeroso Dagón está postrado en tierra delante del arca?

Tal vez el hombre no poseyó nunca mucho de esta justicia propia llena de vanagloria, pero sirvió al Dagón del amado pecado que obsesiona. El hombre era un borracho, y Baco imperaba en él: pero tan pronto como la gracia de Dios fue traída al alma, acabó con el dios-bebida. El horrible Dagón de la borrachera es destronado por la gracia. El hombre no puede soportar cuando recuerda cómo se deshonró a sí mismo para ser un apasionado del desenfreno, y del sexo, y del exceso, y de la borrachera, y de pecados abominables semejantes, que llevan a la humanidad por debajo del nivel de las bestias. Aquél que es verdaderamente un penitente, odia el simple nombre de estos pecados inmundos.

Si un hombre ha sido culpable de usar un lenguaje sucio y juramentos blasfemos, la gracia de Dios generalmente lo cura de inmediato. He oído de hombres que habían vivido en la práctica de jurar durante muchos años, que han dicho que, desde el momento de su conversión, nunca tuvieron la tentación de hacerlo de nuevo; ese negro pecado salió por completo de ellos de inmediato. A algunos otros pecados les toma tiempo morir, pero el lenguaje blasfemo generalmente entrega el alma sin pelear. John Bunyan dice que una piedra del ariete mató al señor Profano fracturando su cráneo, de tal forma que pronto murió en el sitio de Almahumana; sería bueno que más pecados engañosos murieran de esa manera. Las ofensas externas más indecorosas, como Dagón, son abatidas pronto delante del arca.

Pecados de cualquier índole son abatidos delante de la gracia triunfante. Sí, y el hombre que recibe la gracia de Dios, siente que el amor de cualquier pecado y de todo pecado es arrojado fuera del lugar que ocupaba en su corazón. Ahora desea ser liberado de él por completo, y clama ansiosamente: “Señor, ¿qué quieres que yo haga?” Ya no buscará ni vivirá en el pecado, como lo hacía antes, y al igual que Pablo, no seguirá siendo un perseguidor del Señor, pues Jesús se le ha aparecido en el camino. ¡Qué caída, estilo Dagón, experimentó el orgullo del apóstol a las puertas de Damasco! Ese tipo de caídas se da en el corazón de cada individuo en quien la gracia de Dios llega con poder.

Ahora podemos avanzar con el paralelismo. Esta caída de Dagón comenzó a ser percibida muy pronto, pues “Cuando al siguiente día los de Asdod se levantaron de mañana, he aquí Dagón postrado en tierra.” Después de la entrada de la gracia, muy pronto se presenta esta señal, y no pasa mucho tiempo sin que sea vista y conocida. Que nadie conciba que hay gracia en su alma, si Dagón está sentado todavía en el trono. Esta es una de las primeras señales de la entrada de la vida de Dios en el alma: que el pecado se derrumba de su elevado sitio, y ya no es tenido por más tiempo en honor.

Al mismo tiempo, observen que Dagón no estaba quebrado. Había caído postrado, pero eso fue todo; de tal manera que al día siguiente, sus insensatos adoradores lo volvieron a su lugar. Algunas veces, a la primera entrada de la gracia hay una caída del pecado, pero nada parecido a una quebradura o destrucción del pecado en el alma, como las habrá después. Cuando la vida divina ha entrado, el pecado es destronado, y ya no se sienta más allí arriba, en el lugar que le corresponde a Dios; sin embargo, a pesar de ello, hay un tremendo poder que permanece en la naturaleza corrupta, una tendencia mortal a pecar, una poderosa ley en los miembros que sujeta al alma a la cautividad. Pero aun así, el ídolo es abatido, aunque no sea quebrado: no puede reinar, aunque puede permanecer para hostigarnos.

Ahora, ¿qué ocurrió en la noche mencionada en el texto? Dagón cayó delante del arca cuando todo estaba quieto y apacible en el templo. Mientras los adoradores se encontraban allí, durante el día, había ruido y gritos, y el falso de dios estaba en lo alto; entonces era muy difícil discernir que había un poder misterioso relacionado con el arca. Fue en la quietud de la noche que esta obra fue realizada, y así a menudo, al escuchar la palabra, la gracia es introducida en el corazón, pero ustedes no sabrían que se ha obrado algún cambio, pues es únicamente cuando el hombre se ha alejado del negocio del mundo (cuando se aísla y comienza a considerar) que un poder divinamente misterioso es manifestado por la gracia interior, para hundir al pecado, y abatir el poder del mal.

¡Quiera Dios que nuestros lectores aprovechen más oportunidades para considerar con quietud la palabra de Dios! ¡Cuánta mayor bendición se obtendría a menudo de los sermones y de los libros, si hubiese más meditación! Ustedes reciben las uvas, pero no las pisan en el lagar. Hacen un mayor esfuerzo en recoger las gavillas del sermón, del que luego invierten en desgranarlas. El poder que hirió a Dagón se manifestó en la quietud de la noche; y cuando la gracia de Dios ha entrado en sus almas, es probable que el abatimiento del pecado sea efectivamente consumado en tiempos de quietud de pensamiento y búsqueda de corazón, más que en cualquier otro período. El pensamiento es el canal de inmensa bendición para el alma. Cierren las puertas del templo y dejen que todo esté en calma, y entonces el Espíritu Santo obrará maravillas en el alma.

II. Ahora, en segundo lugar, QUE VOLVIERAN A DAGÓN A SU LUGAR LA SEGUNDA VEZ, Y SU SEGUNDA CAÍDA, REPRESENTAN MUY BIEN LA BATALLA QUE TIENE LUGAR EN EL ALMA, ENTRE EL PECADO Y LA GRACIA.

Cuán insensatos eran estos filisteos al seguir adorando a un dios que, cuando tropezaba y caía al suelo, no se podía levantar otra vez. Adorar a un dios que cayó postrado en tierra era ya suficientemente malo, pero adorar a un dios que no pudo levantarse cuando cayó, sino que necesitó de manos humanas que lo volvieran a su lugar, era ciertamente una vil fatuidad: pero levantaron a su valiosa deidad, y la volvieron a su lugar, y sin duda cantaron una especial “misa mayor” en su honor, y luego siguieron su camino, cada quien a su hogar, sin soñar siquiera que su hermoso dios-pez necesitaría de su ayuda otra vez y muy pronto.

De la misma manera Satán y la carne vienen a nuestras almas y tratan de volver al caído Dagón a su lugar, con algún grado de éxito. Sucede a menudo que en jóvenes convertidos llega un período en que, daría la impresión que han apostatado completamente y han regresado a su forma de vida anterior. Parecería como si la obra de Dios no fuera real en sus almas, y la gracia no fuera triunfante. ¿Se sorprenden de ello? Yo ya no me sorprendo. El Evangelio es predicado, y el hombre lo acepta, y hay un maravilloso cambio en él; pero cuando va con sus antiguos compañeros, aunque tenga la determinación de no caer en sus pecados anteriores, lo tientan muy severamente. ¡Es asediado de mil maneras! Algunos de nuestros jóvenes, si nos contaran su historia, perturbarían los sentimientos de ustedes al referir la forma en que todo tipo de burlas e insinuaciones y vituperios son arrojados contra ellos, y eso por personas influyentes: sus padres, sus hermanos y hermanas mayores, y quienes supervisan su trabajo; son acosados en el frente y en la retaguardia, de tal manera que si no transgreden de una manera, es muy probable que el diablo astutamente los haga tropezar de otra.

He conocido a un hombre que fue tentado para unirse a malas compañías, rehusando hacerlo una y otra vez. Sus tentadores se reían de él, y lo soportó estoicamente, pero al fin perdió su compostura; y tan pronto como sus enemigos vieron su pasión hirviendo, clamaron: “¡Ah, allí está! ¡Te agarramos!” En un momento como ese, el pobre hombre estaría inclinado a gritar: “Ay, no puedo ser un creyente, pues de lo contrario no habría hecho esto.” Ahora, todo eso es un violento intento de Satán y de la carne para volver a Dagón a su lugar. Ellos saben que el Señor lo ha derribado y no pueden soportarlo, y anhelan restablecer en el trono al dios-pez. Algunas veces vuelven a Dagón a su lugar y causan gran aflicción en el alma.

He conocido a una pobre oveja perdida que fue encontrada y vuelta al redil; pero se extravió miserablemente por un tiempo, y el diablo pensó que, en verdad, había recuperado esa oveja, y quería hacerla pedazos, pero estaba engañado, después de todo. Dagón fue vuelto a su lugar únicamente por un tiempo, y fue derribado de nuevo; y así sucede siempre que la gracia entra en el corazón. Los extraviados han regresado, llorando y suspirando, reconociendo que han deshonrado su profesión de fe: y ¿cuál ha sido el resultado a la larga? Bueno, que han tenido más humildad, más suavidad de corazón, más amor a Cristo, más gratitud, de lo que hayan tenido antes; y me ha alegrado (no me ha alegrado que se extraviaran, pero me ha alegrado) que la gracia de Dios, cuando los ha traído de regreso más plenamente, les ha dado una conversión más profunda, y una obra de gracia más duradera y sustancial, de tal manera que después, han continuado, por la gracia de Dios, como útiles y honorables cristianos hasta el fin.

Se da el caso muy a menudo, y hablo ahora a cualquier joven converso que diga en su corazón: “Oh, señor, yo ciertamente amo al Señor, pero he sido un gran rebelde. Yo verdaderamente confío en Jesús. Deseo ser cristiano, pero he sido derrotado por los enemigos, y me temo que no debo unirme a una iglesia cristiana, porque si no puedo resistir la tentación por seis semanas, ¿cómo podré esperar permanecer firme durante toda mi vida? Soy una criatura tan débil y tan pobre, tan inclinada al extravío, ¿qué será de mí?” Querido amigo, me duele pensar que hayas sido tan insensato, pero no dudo del poder del Espíritu Santo de Dios para ayudarte, y hacer trizas al enemigo, que aparentemente ha retomado su poder en ti.

Ahora, observen que aunque volvieron a Dagón a su lugar, fue derribado de nuevo y sufrió una peor caída. No dudo que les tomó un buen tirón y un buen jadeo para alzar el desagradable bulto de mármol y ponerlo otra vez en su lugar. Muchos fuertes músculos estaban cansados, y había miembros torcidos, por haber levantado al enorme dios, y haberlo colocado en su pedestal; pero no hubo ningún problema para que el Señor derribara la fea piedra. No se necesitó ninguna cuerda ni ningún esfuerzo de estirar o torcer músculos, “Se postró Bel, se abatió Nebo” cuando Jehová se yergue. Sólo cierren las puertas del templo, y dejen que el arca y Dagón diriman sus asuntos, y Dagón se llevará la peor parte. Únicamente fíjense en esto: Dagón no había ganado mucho al ser restablecido, pues esta vez, al caer al suelo, he aquí que había caído postrado en tierra delante del arca de Jehová, “y la cabeza de Dagón y las dos palmas de sus manos estaban cortadas sobre el umbral.” La cabeza del ídolo estaba cortada, y así el poder reinante del pecado es quebrantado y destruido por completo, y su belleza y su astucia y su gloria son reducidos a átomos. Este es el resultado de la gracia de Dios, y además su resultado seguro, si viene una vez al alma, independientemente de cuánto dure el conflicto, y de cuán desesperados sean los esfuerzos de Satán para recuperar su imperio.

Oh, creyente, el pecado puede hostigarte, pero no se volverá tu tirano. “El pecado no se enseñoreará de vosotros,” dice el Espíritu Santo, “pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia.” Si el poder del mal es colocado en alto por un tiempo, es únicamente para que caiga con mayor fuerza, y su cabeza sea cortada.

Luego, también, las manos de Dagón estaban cortadas, y de esa misma manera, el poder activo, el poder operante del pecado, es quitado. Las dos palmas de las manos del ídolo estaban cortadas sobre el umbral, de tal forma que se quedó sin manos. Ni el pecado de la diestra ni el pecado de la siniestra permanecerán en el creyente, cuando la gracia santificante de Dios derrumbe a Dagón. El secreto poder reinante es quebrantado, y de igual manera lo es el poder operante. El cristiano es guardado de estirar su mano a la iniquidad. Es crucificado con Cristo, y así ambas manos son clavadas a la cruz y atadas de esa manera no pueden hacer esas obras de maldad a las que las concupiscencias de la carne le impulsan.

Esto ocurrió, también, si lo observan, muy rápidamente; pues se nos informa una segunda vez que, cuando los filisteos se volvieron a levantar de mañana el siguiente día, he aquí, Dagón había caído postrado. No le toma mucho tiempo a la gracia, una vez que está en el alma, para derrumbar al poder reinante y a la energía activa del pecado, cuando por un tiempo éstos parecían haber llevado la ventaja. Hermanos y hermanas, espero que sepan esto. Espero que el Espíritu de Dios que está en ustedes, y el amor de Cristo que reina en ustedes, hayan destruido el poder que el pecado tuvo una vez en sus almas. Si no es así, entonces pregúntense si el Espíritu de Dios está en ustedes del todo. No es posible que el arca esté en el templo y que Dagón permanezca intacto allí. El mal no permanecerá inconmovible y sin rival sobre el trono hasta la mañana siguiente. No es posible que tú, querido amigo, puedas vivir y deleitarte en el pecado, y sin embargo seas un hijo de Dios. Si tu corazón está puesto en la iniquidad, donde está tu corazón allí está tu tesoro, y si el pecado es tu tesoro, no eres heredero del cielo. Lo que gobierna tu corazón es tu señor y tu dios; y serás juzgado por lo que ama tu corazón, y si amas el mal, serás condenado. Podemos pecar, ¡ah, quiera Dios que no lo hiciéramos! Pero no está en el creyente amar al pecado. Hay un antagonismo mortal entre la gracia y el pecado; y donde llega la vida de la gracia, la vida perversa debe caer. No puede haber una alianza entre Dagón y el arca, entre Dios y el mundo, entre Cristo y el pecado.

III. Y ahora, en tercer lugar, el paralelo es válido aún en un punto adicional, es decir, que AUNQUE EL DIOS-PEZ FUE DE ESTA MANERA MUTILADO Y QUEBRADO, EL TRONCO LE FUE DEJADO.

El original hebreo es, “Sólo Dagón le fue dejado,” o “únicamente el pez:” sólo la parte pisciforme permaneció. La cabeza y las porciones superiores fueron quebradas y separadas, y permaneció únicamente la cola de pez de Dagón, y eso fue todo; pero esa parte no se quebró. Ahora, este es el asunto que nos trae tanto infortunio: que le quedó el tronco. Yo desearía que no fuera así. He oído que algunas personas dicen que en ellos no permanece ningún pecado. Bien, querido hermano, ¡que el Señor te convierta! No diré nada más aparte de eso, pues si hubiese en ti suficiente luz para que percibieras tus tinieblas, sería diferente la forma en que hablarías. Todo hijo de Dios que sabe algo acerca de sí mismo y de la experiencia de un creyente real, sabe que hay pecado que mora en él, y eso en un grado tan temible, que hace que su alma misma clame en agonía, “¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?” No podría llegar al extremo de cantar, con Ralph Erskine, como una descripción de mí mismo, los versos escritos por él en sus “Sonetos del Creyente:”

< "Al bien y al mal, la misma propensión,
Y a la vez un diablo y un santo.”
Mas sin embargo, tomado con un puñado de sal, hay mucho de verdad en esa expresión incauta. Está la vieja corrupción dentro de nosotros, y no tiene sentido que la neguemos, pues negarlo nos hará bajar la guardia, hará que muchos de los rompecabezas de la vida se queden sin respuesta, y a menudo nos acarreará gran confusión de alma. La otra ley está en nosotros, así como la ley de la gracia. ¿Puedes acercarte a Dios, hermano mío, y no ver que Él puede justamente acusarte de insensatez? ¿Puedes estar en Su presencia, como lo hizo Job, y contemplar Su gloria, y no decir: “Por tanto me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza.”? ¿Acaso puedes tener tratos con la perfección, sin percibir tu falta? ¿Acaso puedes acercarte al atrio más céntrico del templo, y estar bajo esa excesiva luz de comunión que es la porción de los elegidos de Dios, y no ver en ti manchas y arrugas, sí, miles de ellas, tantas, que te inducen a cubrirte el rostro avergonzado, y adorar la gracia sorprendente que a pesar de eso te ama? ¿Acaso no puedes ver lo suficiente en tu vida diaria para condenarte, y arrojarte en el infierno, si no fuera porque Dios todavía te ve en Cristo, y no te imputa tu iniquidad, sino que te acepta en el Amado? ¡Oh, así es, así es, ciertamente!

El tronco de Dagón permanece todavía; y como permanece, queridos amigos, es algo que debe vigilarse, pues aunque ese tronco de piedra de Dagón no volvería a tomar su forma en el templo filisteo, ellos harían una nueva imagen, y la exaltarían de nuevo, y se inclinarían ante ella como antes. Ay, el tronco del pecado que está en nosotros no es una losa de piedra, sino que está lleno de vitalidad, como el árbol cortado, del que Job dijo: “Al percibir el agua reverdecerá.” Si abandonaras a sí mismo al pecado que mora en ti, y dejaras que entre la tentación, verías algo que dejaría ciegos de llanto a tus ojos. Es algo bueno que te veas al espejo, pero tu rostro no es tu ego; ningún espejo puede mostrarte tu ego. Hay una cierta tentación que tiene una afinidad con el mal que mora dentro de ti, y si Satán trae esa tentación cerca de ti, te verás a ti mismo, para tu horror y vergüenza. Entonces mirará hacia fuera de la ventana de tu cara un hombre al que no viste cuando te miraste en el espejo, pues sólo viste la casa en la que vivías. Tan feo es ese hombre que hace que la propia casa en que vive se mire horrible. Cuando el hombre airado se levanta, y se vuelve visible al ojo desnudo, ¡cómo deforma el rostro! Cuando el viejo Adán obstinado se pone junto a la ventana, ¡qué rostro tan repugnante muestra! Cuando ese espíritu envidioso se levanta, ¡qué mirada tan malvada hay en sus ojos! Cuando el espíritu incrédulo atisba a través de la celosía, ¡qué cara tan miserable enseña, comparada con el rostro de la fe y de la confianza infantil en Dios! No hay nadie en este mundo, amado hermano, a quien debas temer más que a ti mismo.

Agustín solía orar, “Señor, líbrame de ese hombre malvado, líbrame de mí mismo.” Es también una oración muy apropiada para una mujer: “Señor, sálvame de mí misma.” Si eres salvado de ti mismo, serás salvado del diablo; pues, ¿qué puede hacer el diablo a menos que el ego junte sus manos con él, en una impía alianza? ¡Oh, pero cuánta vigilancia requerirá! ¡Aquí hay ciertamente espacio para la fe! La fe no rehuye el conflicto, ni nos infla con la noción que la lucha ha terminado; al contrario, se viste de toda la armadura de Dios, porque ve que la batalla todavía es encarnizada. La fe es necesaria como el escudo que protege de los dardos encendidos, y la espada con la que podemos matar al enemigo. Esta es la esfera en la que la fe debe operar; no habla de una guerra terminada, sino que continúa la campaña de toda la vida hasta lograr la victoria final. La fe no dice: “he terminado con el conflicto”: ella sabe que no: la fe dice, “estoy en medio del conflicto, luchando en contra de mil enemigos, y esperando la victoria por medio de Jesucristo, mi Señor.” Oh, hermanos y hermanas, sean fuertes en la fe por el poder del Espíritu Santo, pues lo necesitan, ya que el tronco de Dagón permanece todavía. La concupiscencia de la carne mora todavía en el regenerado.

Consideren este asunto de nuevo. Ese tronco de Dagón que permaneció era una cosa vil: era una pieza de un ídolo, un fragmento de una imagen monstruosa que había sido adorada en lugar de Dios. Ahora, el pecado que mora en ustedes no debe ser considerado nunca por ustedes de ninguna otra manera que una cosa horrible, aborrecible y detestable. Que después del amor que tú y yo hemos conocido, haya todavía poder en nosotros para ser malagradecidos, debería horrorizarnos; después de la prueba de Su verdad que Dios nos ha mostrado, después de tal fidelidad y tan abundantes evidencias de fidelidad, que seamos todavía capaces de incredulidad, debería ser motivo de aflicción para nosotros. Oh, yo desearía no poder pecar otra vez a través del tiempo ni de la eternidad. Oh, que cada partícula de la yesca de la depravación en la que el diablo pudiera dejar caer una chispa, desapareciera de mi naturaleza. Es una misericordia que las chispas sean apagadas, pero es lástima que todavía se quede la mecha; y hay abundancia de esta yesca en nosotros. ¿Yesca? Ay, pólvora, tan rápida es para prenderse en el fuego que Satán está listo a provocar. Cargamos en nuestro corazón una bomba, y mejor sería que nos mantuviéramos lejos de las candelas del diablo para evitar una explosión del pecado flagrante. Estas candelas son lo suficientemente comunes en la forma de algún amigo plausible pero escéptico, o en la forma de diversiones que son cuestionables. Manténganse alejados de los cerillos de Lucifer. Tienen suficiente maldad en su corazón sin necesidad que vayan donde conseguirán más. Si alguien aquí piensa que es tan bondadoso y bueno que puede entrar sin problemas en tentación, estoy seguro que está laborando bajo un grandísimo error. Yo le diría, hermano, hay suficiente demonio en ti para que le envíes tarjetas de invitación a siete más. Acude a Aquél que arroja demonios. Acude a la compañía donde los poderes del mal son encadenados y atados; pero no vayas donde otros diablos tan malvados como él, llamarán al demonio que ahora te asedia y le motivarán para que obre maldad. El tronco de Dagón permanece. Sé cuidadoso, vigilante, lleno de oración, y detesta al pecado con toda tu alma.

IV. Pero ahora, finalmente, aquí encontramos la misericordia, porque AUNQUE EL TRONCO DE DAGÓN NO FUE SACADO DEL TEMPLO FILISTEO, PODEMOS IR MÁS ALLÁ DE LA HISTORIA Y REGOCIJARNOS PORQUE VA A SER SACADO DE NUESTROS CORAZONES. Viene el día, hermano, hermana, en el que no habrá más inclinación en ustedes a pecar de la que hay en un ángel. Viene el día en que su naturaleza estará tan firme en la verdad y la justicia y la santidad que todos los diablos del infierno no serán capaces de hacerlos pensar un pensamiento pecaminoso. “Oh,” dirá alguien, “yo quisiera que ese tiempo venga pronto.” Vendrá, hermano. El Señor te mantendrá todavía peleando y haciendo la guerra; pero vendrá el día cuando un mensajero esperará a tu puerta, y dirá: “el cántaro está quebrado junto a la fuente, y la rueda está rota sobre el pozo; tu carne debe volver a la tierra, y tu espíritu a Dios que lo dio,” y entonces tu espíritu abrirá sus ojos con agradable sorpresa y se encontrará liberado del cuerpo, y al mismo tiempo liberado de todo pecado. Vendrá muy pronto el sonido de la trompeta de la resurrección, y el cuerpo se levantará; y una de las principales características del cuerpo resucitado será que al tiempo de levantarse quedará libre de la servidumbre de la corrupción, y no tendrá ninguna tendencia a llevarnos al pecado. Cuando nuestro espíritu perfeccionado entre en nuestro cuerpo perfecto, entonces nuestra humanidad completa, cuerpo, alma y espíritu no mostrará ninguna suciedad, ni mancha, ni mácula. Todo su pecado pasado habrá sido lavado, es más, es lavado, en la sangre del Cordero, y todas sus propensiones, tendencias e inclinaciones a pecar se habrán ido para siempre, y las simples posibilidades de pecar serán quitadas eternamente.

“Esas regiones de bienaventuranza no conocen una nube,
Por siempre son hermosas y brillantes;
Pues el pecado, fuente de infortunio mortal,
No puede entrar allí jamás.”

John Bunyan representa a Misericordia como riendo en su sueño. Ella tuvo un sueño, dijo; y se reía por causa de los grandes favores que habrían de ser todavía dispensados sobre ella. Bien, si algunos de ustedes soñaran esta noche que la cosa grandiosa de la que he hablado, les sucederá a ustedes, de tal forma que estarían completamente libres de toda tendencia a pecar, ¿no estarían también ustedes como esos que sueñan y se ríen de puro gozo? Piénsenlo: no más motivo de vigilancia, no más necesidad de llorar a causa del pecado diario, antes que se duerman por la noche; no más pecado que confesar, ningún demonio que los tiente, ningún afán mundano, ninguna concupiscencia, ninguna envidia, ninguna depresión de espíritu, ninguna incredulidad, nada semejante a eso. ¿Acaso no será esto una gran parte del gozo del cielo? Bien, yo estoy listo para gritar de gozo al pensar que esto me sucederá a mí, sin importar cuán indigno soy. “Bendice, alma mía, a Jehová, y bendiga todo mi ser su santo nombre.” Así será, hermano, tanto para ti como para mí. Tan cierto como que hemos confiado en Cristo, Él perfeccionará todo lo que nos concierne.

“El santo más débil ganará el día,
Aunque la muerte y el infierno obstruyan el camino.”