“Tomó luego Samuel una piedra y la puso entre Mizpa y Sen, y le puso por nombre Eben-ezer, diciendo: Hasta aquí nos ayudó Jehová”. 1 Samuel 7: 12.

Es, en verdad, algo muy deleitable advertir la mano de Dios en las vidas de los santos de la antigüedad. Qué ocupación tan benéfica es observar la bondad de Dios cuando libra a David de las fauces del león y de las garras del oso; percatarnos de Su misericordia cuando pasa por alto la transgresión, la iniquidad y el pecado de Manasés; advertir Su fidelidad en guardar el pacto que hizo con Abraham; o reparar en Su intervención en favor del moribundo Ezequías. Pero, amados, ¿acaso no es mucho más interesante y benéfico que percibamos la mano de Dios en nuestras propias vidas? ¿No deberíamos considerar nuestra propia historia y ver que está al menos tan llena de Dios, tan llena de Su bondad y de Su verdad, ver que es una prueba tan completa de Su fidelidad y veracidad como las vidas de cualquiera de los santos que nos han precedido? Creo que no le hacemos justicia a nuestro Señor cuando suponemos que Él obró Sus poderosas obras antaño, y que se mostró fuerte para con la gente de los primeros tiempos, pero que no obra prodigios ni desnuda Su brazo en favor de los santos que están ahora en la tierra. Revisemos, les digo, nuestros propios diarios. Ciertamente en estas páginas modernas podemos descubrir algunos felices incidentes que son reanimantes para nosotros mismos y que glorifican a nuestro Dios. ¿No has experimentado ninguna liberación? ¿No has vadeado ningún río siendo sostenido por la presencia divina? ¿No has caminado a través de ningún fuego habiendo salido ileso? ¿No has sido librado en seis tribulaciones? Sí, y en la séptima ¿no te ayudó Jehová? ¿Has carecido por completo de manifestaciones? ¿No te ha hablado nunca a ti el Dios que habló con Abraham en Mamre? ¿No ha luchado nunca contigo el ángel que forcejeó con Jacob en Peniel? ¿No ha hollado nunca los carbones encendidos a tu lado el mismo que se paseaba en el horno de fuego con los tres santos varones? Oh amado, Él se ha manifestado a nosotros como no se manifiesta al mundo. No te olvides de esas manifestaciones. Nunca dejes de regocijarte en ellas. ¿No has recibido nunca ningún favor selecto? ¿Nunca te ha escuchado y no ha respondido tus peticiones el Dios que le concedió a Salomón el deseo de su corazón? ¿No te ha saciado nunca con grosuras ese Dios de pródiga munificencia de quien David cantó: “El que sacia de bien tu boca de modo que te rejuvenezcas como el águila”? ¿Nunca has sido conducido a descansar en lugares de delicados pastos? ¿No has estado jamás junto a aguas de reposo? Ciertamente, amados, la bondad de Dios exhibida en la antigüedad se ha repetido en nosotros. Las manifestaciones de Su gracia para con los que ya se han ido a la gloria han sido renovadas para nosotros, y las misericordias liberadoras tal como fueron experimentadas por ellos no son desconocidas para nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos.

 

Por tanto, yo les pido, queridos amigos, que por unos instantes en esta mañana fijen sus pensamientos en su Dios en conexión con ustedes mismos; y, mientras rememoramos a Samuel amontonando las piedras y diciendo: “Hasta aquí nos ayudó Jehová”, pongamos el énfasis en la palabra ‘nos’ y digamos: “Hasta aquí Jehová nos ayudó A NOSOTROS”, y si pudieran ponerlo en singular, y pudieran decir: “Hasta aquí me ayudó Jehová A MÍ”, sería mucho mejor.

 

Además, es un ejercicio muy deleitable recordar las diversas maneras en las que los agradecidos santos dejaron constancia de sus reconocimientos. ¿Quién podría mirar sin placer al altar que Noé edificó después de que fue preservado del diluvio universal? ¿No han brillado a menudo nuestros ojos al recordar que Abraham construyó un altar y lo llamó: “Jehová-jireh: en el monte de Jehová será provisto”? ¿No hemos leído con intensa satisfacción acerca de Jacob, cuando tomó la piedra que había puesto de cabecera, y derramó aceite encima de ella, e invocando el nombre del Señor, llamó el nombre de aquel lugar Bet-el, aunque Luz era el nombre de la ciudad primero? ¿Quién no se ha regocijado con la música marcial del pandero de María, y con las gloriosas notas del cántico de Moisés en el Mar Rojo? ¿Y no hemos hecho una pausa y mirado a las doce piedras levantadas en medio del Jordán por el buen Josué cuando las aguas que venían de arriba se detuvieron para que las huestes de Israel pudieran atravesarlo a pie enjuto? Ciertamente, hermanos, nos hemos regocijado en esta piedra que Samuel tomó y que llamó: ‘Eben-ezer’. Y al considerar las diversas maneras en que los santos de Dios han registrado Su misericordia en los tiempos antiguos, hemos sentido gran satisfacción al contemplar la perpetuidad de la gloria de Dios, ya que una generación muestra a otra todas Sus poderosas obras. Oh, ¿no sería igualmente placentero y más benéfico aún para nosotros que registremos las poderosas obras del Señor como las hemos visto? ¿No deberíamos edificar un altar a Su nombre o entretejer Sus misericordias en un cántico? ¿No deberíamos tomar el oro puro del agradecimiento, y las joyas de la alabanza, y hacer con ellos otra corona para la cabeza de Jesús? ¿No deberían nuestras almas producir una música tan dulce y tan alegre como la que alguna vez saliera del arpa de David? ¿No deberían los pies de nuestra gratitud pisar tan levemente como los de María cuando guió a las hijas de Israel? ¿No tenemos formas de alabar a Dios? ¿No hay métodos a través de los cuales podamos manifestar la gratitud que sentimos en nuestro interior? Estoy seguro de que podemos hacerle una ofrenda a nuestro Señor. Podemos atender a nuestro Amado con el vino adobado del mosto de las granadas, y las gotas escogidas del panal. Yo espero que en este día nuestras almas puedan idear alguna manera en la que dejemos constancia de las obras poderosas del Señor, y transmitamos a las generaciones venideras nuestro testimonio de Su fidelidad y de Su verdad.

 

Entonces, en el espíritu de estas dos observaciones, mirando la mano de Dios en nuestra propia vida, y reconociendo esa mano con alguna constancia de agradecimiento, yo, ministro de ustedes, llevado por la gracia divina a predicar esta mañana el quingentésimo de mis sermones impresos, publicados consecutivamente semana tras semana, erijo a Dios mi piedra de Eben-ezer. Yo le doy gracias a Él, le doy humildemente las gracias, pero, aun así, lo hago muy gozosamente, por toda la ayuda y el apoyo brindados en el estudio y la predicación de la palabra a estas grandísimas congregaciones a través de la voz, y posteriormente a tantas naciones gracias a la imprenta. Yo levanto mi piedra por señal en la forma de este sermón. Mi lema en este día será el mismo de Samuel: “Hasta aquí nos ayudó Jehová”. Y como la piedra de mi alabanza es demasiado pesada para mí para levantarla solo, yo les pido a ustedes, camaradas míos en el día de la batalla y compañeros trabajadores en la viña de Cristo, que se unan conmigo en la expresión de gratitud, mientras juntos levantamos la piedra del memorial y decimos: “Hasta aquí nos ayudó Jehová a nosotros”.

 

Esta mañana hay tres cosas de las que quiero hablar; tres cosas pero que son únicamente una. Esta piedra de ayuda llama a la reflexión respecto al lugar de su erección, a la ocasión de su edificación, y a la inscripción que llevaba.

 

I. Primero, entonces, se puede encontrar una muy valiosa instrucción y mucha motivación para un devoto agradecimiento en EL SITIO DONDE FUE ALZADA LA PIEDRA DE EBEN-EZER.

 

Veinte años antes Israel había sido derrotado en aquel campo. Veinte años atrás, Ofni y Finees, los sacerdotes del Señor, fueron asesinados en aquel terreno, y el arca del Señor fue secuestrada y los filisteos triunfaron. Era bueno que recordaran la derrota que habían sufrido, y aun en medio de la gozosa victoria debían recordar que la batalla se habría convertido en una derrota si el Señor no hubiese estado de su lado. Hermanos, debemos recordar nuestras derrotas. ¿Hemos olvidado cuando salimos en nuestra fuerza resueltos a someter nuestras corrupciones, pero descubrimos que éramos débiles como el agua? ¿Has olvidado cuando te apoyabas en el arca del Señor, cuando descansabas en las ceremonias y en las ordenanzas, y no en la Roca de tu salvación? ¿Has olvidado, te pregunto, cuán desconcertado estabas ante tus pecados y que no encontrabas ningún lugar de refugio que te protegiera de tus adversarios? ¿Hemos olvidado nuestros lamentables fracasos en la predicación y en la oración, cuando no dependíamos de Dios para obtener nuestra fortaleza? Oh, esos tiempos de gemir, cuando nadie ha creído a nuestro anuncio porque el brazo del Señor no fue manifestado. Yo traigo a mi memoria todos mis fracasos mientras estoy sobre este monte de gozo. No dudo que en el campo de Eben-ezer estuvieran las tumbas de miles de combatientes que habían sucumbido en la lucha. Que las tumbas de nuestros altivos conceptos pasados, las tumbas de nuestra confianza en nosotros mismos, las tumbas de nuestra fuerza y jactancia en la criatura, nos impulsen a alabar al Señor que hasta aquí nos ayudó. Tal vez en aquel sitio hubiera un trofeo levantado por los injuriosos filisteos. Oh, que el recuerdo de la jactancia del adversario, cuando decía: “¡Ajá! ¡Ajá!”, penetre en nuestros oídos para endulzar el grito de triunfo mientras glorificamos al Dios de Israel. ¿Has hecho algo por Dios? No habrías hecho nada sin Él. Mira tus derrotas anteriores. ¿Regresas victorioso? Habrías regresado arrastrando tus ropas en el cieno y con tu escudo deshonrado, si Dios no hubiese estado de tu lado. Oh, tú que has comprobado tu debilidad tal vez por alguna terrible caída, o por alguna triste desilusión; que el recuerdo del sitio donde fuiste vencido te constriña a alabar más al Señor que te ha ayudado hasta este día a triunfar sobre tus adversarios.

 

El campo entre Mizpa y Sen refrescaría también sus memorias respecto a sus pecados, pues era el pecado el que los había vencido. Si sus corazones no hubiesen sido capturados por el pecado, su tierra no habría sido capturada nunca por los filisteos. Si no le hubiesen dado la espalda a su Dios, no habrían vuelto la espalda delante los filisteos en el día del conflicto. Hermanos, recordemos nuestros pecados; ellos servirán como una negra hoja de realce sobre la cual relucirá con mayor intensidad la misericordia de Dios. La fertilidad de Egipto es más maravillosa debido a su cercanía a las arenas de Libia que la cubrirían por completo si no fuera por el río Nilo. Es maravilloso que Dios sea tan bueno, pero que sea tan bueno para ti y para mí que somos tan rebeldes, es un milagro de milagros. No conozco una palabra que pueda expresar la sorpresa y el asombro que nuestras almas deberían sentir ante la bondad de Dios para con nosotros. Nuestros corazones actúan como rameras; nuestras vidas están lejos de ser perfectas; nuestra fe está casi apagada; nuestra incredulidad es a menudo prevaleciente; nuestro orgullo yergue su maldita cabeza; nuestra paciencia es una pobre planta enfermiza casi quemada por la helada de una noche; nuestro valor es poco mejor que la cobardía; nuestro amor es tibio; nuestro ardor es sólo como el hielo; oh, mis queridos hermanos, si sólo pensáramos, cada uno de nosotros, qué masa de pecado somos; si reflexionáramos que después de todo sólo somos, como escribe uno de los padres: “muladares ambulantes”, nos sorprendería en verdad que el sol de la divina gracia continúe brillando tan perpetuamente sobre nosotros, y que la abundancia de la misericordia del cielo sea revelada en nosotros. Oh, Señor, cuando recordamos lo que habríamos podido ser, y lo que realmente hemos sido, tenemos que decir: “Gloria sea al benigno y misericordioso Dios que hasta aquí nos ayudó”.

 

Además, ese sitio les recordaría sus aflicciones. Qué triste capítulo en la historia de Israel es aquel que sigue a la derrota inflingida por los filisteos. El buen anciano Elí, ustedes recordarán, cayó hacia atrás y se desnucó; y su nuera en sus dolores de parto clamó con respecto a su hijo: “Llámenlo Icabod, pues traspasada es la gloria de Israel, por haber sido tomada el arca de Dios”. Sus cosechas fueron arrebatadas por los ladrones; sus viñas fueron cortadas por manos extrañas. Israel experimentó veinte años de una aflicción profunda y amarga. Habrían podido decir con David: “Pasamos por el fuego y por el agua; los hombres efectivamente cabalgaron sobre nuestra cabeza”. Bien, amigos, que el recuerdo de nuestras aflicciones nos inspire también a nosotros a sentir un agradecimiento más profundo mientras erigimos la piedra de Eben-ezer. Hemos tenido nuestras aflicciones como Iglesia. ¿Habré de recordarles acerca de nuestro lúgubre y negro día? Nunca podría ser borrado de nuestra memoria el tiempo de nuestra aflicción y tribulación. La muerte penetró por nuestras ventanas, y la consternación se apoderó de nuestros corazones. ¿No hablaron mal de nosotros todos los hombres? ¿Quién nos daría una palabra de aliento? El propio Señor nos afligió, y nos quebrantó en el día de Su ira. Así nos pareció entonces. Ah, Dios, Tú sabes cuán grandes han sido los resultados que fluyeron de aquella terrible calamidad, pero el recuerdo no podría borrarse de nuestras almas ni siquiera en el propio cielo. Al evocar aquella noche de confusión y aquellas largas semanas de calumnias y de abusos, rodemos una gran piedra delante del Señor, y escribamos sobre ella: “Hasta aquí nos ayudó Jehová”. Poco, creo, logró el diablo mediante aquel golpe maestro. Pequeño fue el triunfo que consiguió por ese acto de malicia. Más grandes multitudes que nunca se reunieron para escuchar la palabra, y algunos de los aquí presentes, que de otra manera no habrían asistido nunca a la predicación del Evangelio, permanecen como monumentos vivientes del poder de Dios para salvar. De todas las cosas malas de las que ha provenido un bien, podemos señalar siempre la catástrofe del Surrey Hall como uno de los bienes más grandes que haya acontecido jamás en este vecindario a pesar de las aflicciones que trajo consigo. Este hecho en particular es sólo una muestra de otros, pues la regla del Señor es extraer bien del mal para así demostrar Su sabiduría y enaltecer Su gracia. Oh, ustedes que se han levantado de lechos de languidez, ustedes que han sido doblegados por la duda y el miedo, y ustedes que han sido consumidos por la pobreza, o que han sido calumniados, o que han sido aparentemente abandonados por su Dios, si en este día la gloria de la gracia de Dios descansa en ustedes, tomen la piedra y derramen aceite encima de ella, y escriban allí: “Eben-ezer, hasta aquí nos ayudó Jehová”.

 

Mientras consideramos la peculiaridad de la ubicación, debemos observar que así como había sido el sitio de su derrota, de su pecado y de su aflicción, así ahora, ante la victoria, era el lugar de su arrepentimiento. Observen ustedes, amados, que fueron convocados para arrepentirse, para confesar sus pecados, para deshacerse de sus falsos dioses y para echar fuera de sus casas y de sus corazones a Astarot. Fue allí que vieron la mano de Dios y que fueron inducidos a decir: “Hasta aquí nos ayudó Jehová”. Cuando ustedes y yo somos más diligentes en darle caza al pecado, entonces Dios hace huir con valentía a nuestros enemigos. Ustedes cuidan de la obra en el interior y vencen el pecado, y Dios cuidará de la obra exterior y vencerá sus problemas y sus tribulaciones por ustedes. Ah, queridos amigos, al levantar esta piedra recordando cómo Dios nos ayudó, derramemos lágrimas de aflicción rememorando cuán ingratos hemos sido. La penitencia y la alabanza deben cantar siempre a coro en la tierra. Así como en algunas de nuestras tonadas hay dos o tres partes, vamos a necesitar siempre que ‘Arrepentimiento’ asuma las notas bajas en tanto que estamos aquí, mientras que ‘Fe’, en alabanza, se remonta hasta las notas más altas de la divina escala musical de ‘Gratitud’. Sí, con nuestro gozo por la culpa perdonada lamentamos haber horadado al Salvador, y con nuestro gozo por las gracias fortalecidas y por una madurante experiencia, tenemos que lamentar la ingratitud y la incredulidad. Hasta aquí te ayudó el Señor y, sin embargo, tú dijiste una vez, “Mi Dios me ha olvidado”. Hasta aquí te socorrió el Señor, y, con todo, tú murmuraste y te quejaste de Él. Hasta aquí te socorrió el Señor, y con todo, tú lo negaste una vez como Pedro. Hasta aquí te socorrió el Señor, y, con todo, tu ojo se ha extraviado en pos de la vanidad, y tu mano ha tocado el pecado y tu corazón ha sido lascivo. Arrepintámonos, hermanos míos, pues es a través de nuestras lágrimas que percibiremos mejor la belleza de estas agradecidas palabras: “Hasta aquí nos ayudó Jehová”.

 

Han de recordar, también, que Eben-ezer fue el lugar de lamentación por el distanciamiento del Señor. Se juntaron para orar a Dios pidiéndole que regresara a ellos. Ciertamente veremos a Dios si lo anhelamos con ansia. Cuán deleitable es ver a una Iglesia ansiosa de avivamientos, clamando, pidiéndole a Dios que venga a ella. Cuando ustedes saben, hermanos, que sin Dios las ordenanzas no son nada, cuando no se pueden quedar satisfechos con la letra muerta y seca sino que realmente quieren tener el poder y la presencia de Dios, entonces no pasará mucho tiempo antes de que lo tengan. Entonces, mientras ustedes y yo expresamos gratitud por el pasado, musitemos otra oración a Dios pidiendo una gracia renovada. Si tú personalmente has perdido la luz de Su rostro, ora pidiendo ésto esta mañana:

 

“¡Retorna, oh santa Paloma! ¡Retorna,

Dulce mensajera del reposo!

Odio los pecados que hacen que te contristes,

Y que te apartaron de mi pecho”.

 

Y si se tratara de la Iglesia entera, y en cualquier medida nuestro amor se hubiere enfriado y el espíritu de conversión y santificación hubiere partido, elevemos esta misma oración:

 

“Salvador, visita Tu plantación;

¡Concédenos, Señor, una agraciada lluvia!

Todo vendrá a ser desolación,

A menos que Tú regreses de nuevo;

Señor, vivifícanos,

¡Toda nuestra ayuda ha de venir de Ti!

 

El lugar de avivamiento debe ser el lugar de un piadoso agradecimiento.

 

En aquel día, también, Mizpa fue el lugar de un pacto renovado, y su nombre significa la torre vigía. Estas personas, digo, se juntaron para renovar su pacto con Dios y para esperarlo como en una atalaya. Siempre que el pueblo de Dios vuelve su mirada al pasado debería renovar su pacto con Dios. Pon de nuevo tu mano en la mano de Cristo, tú, santo del Altísimo, y entrégate a Él de nuevo. Sube a tu atalaya y está atento a la venida de tu Señor. Mira si hay pecado en tu interior, si hay tentación afuera de ti, algún deber descuidado o algún letargo que repta cautelosamente hacia ti. Ven a Mizpa, a la atalaya; ven a Mizpa, el lugar de renovación del pacto, y luego toma tu piedra y di: “Hasta aquí nos ayudó Jehová”.

 

Me parece que el sitio donde Samuel dijo: “Eben-ezer”, era en muchos sentidos sobremanera similar a la posición que ocupamos nosotros en este día. No creo que los hijos de Israel pudieran decir con un gozo más intenso que nosotros: “¡Eben-ezer!” Hemos cometido muchos pecados, hemos tenido una porción de aflicciones y algunas derrotas en razón de nuestra propia locura. Espero que nos hayamos humillado delante de Dios, y que nos hayamos lamentado por Él, y que deseemos contemplarlo y morar muy cerca de Él, y que nuestra alma bendiga en verdad Su nombre mientras renovamos el pacto en este día, mientras venimos a la atalaya y esperamos oír lo que Dios el Señor nos dirá. Vamos, entonces, en esta gran casa que el favor del Señor ha edificado para nosotros, cantemos juntos: “Hasta aquí nos ayudó Jehová”.

 

II. Cambiemos ahora el tema para considerar LA OCASIÓN DE LA ERECCIÓN DE ESTE MEMORIAL.

 

Las tribus desarmadas se habían reunido para adorar. Cuando los filisteos se enteraron de la reunión, sospecharon una revuelta. Un levantamiento no estaba contemplado en aquel momento, aunque sin duda los corazones del pueblo albergaban la esperanza de que serían liberados de una manera o de otra. Siendo los filisteos, como nación, muy inferiores en número a los hijos de Israel, tenían la desconfianza natural que invade a los opresores débiles. Si ha de haber tiranos, que sean fuertes, pues nunca son tan recelosos o crueles como esos pequeños déspotas que siempre están temiendo alguna rebelión. Oyendo que el pueblo se había reunido, los filisteos resolvieron atacarlos; fíjense: atacar a un grupo desarmado que se había reunido para adorar. La gente estaba alarmada; era natural que lo estuviera. Samuel, sin embargo, el profeta de Dios, estuvo a la altura de la ocasión. Les mandó que trajeran un cordero. No sé si el cordero fuera ofrecido según los ritos de Levítico, sin embargo, los profetas en todas las épocas tenían el derecho de prescindir de las leyes ordinarias. Esto era para mostrar que la dispensación legal no era permanente, que había algo que era superior al sacerdocio de Aarón, de tal manera que Samuel y Elías, hombres en quienes Dios moraba expresamente, eran más poderosos que los sacerdotes que oficiaban ordinariamente en el santuario. Samuel toma el cordero, lo coloca sobre el altar, lo ofrece, y cuando el humo se eleva al cielo, Samuel ofrece una oración. La voz del hombre recibe una respuesta de la voz de Dios; un gran trueno deja consternados a los filisteos que salen huyendo.

 

Me parece que nosotros hemos estado en circunstancias similares. Oigan el paralelo. El cordero obtuvo la victoria. Tan pronto como el cordero fue inmolado y el humo subió al cielo, la bendición comenzó a descender sobre los israelitas y la maldición cayó sobre los enemigos. “Siguieron a los filisteos” –noten las palabras- “hiriéndolos hasta debajo de Bet-car”, que al traducirse significa “la casa del Cordero”. Al ofrecerse el cordero los israelitas comenzaron a pelear contra los filisteos y los mataron hasta llegar a la casa del cordero. Hermanos, si hemos hecho algo por Cristo, si hemos alcanzado algunas victorias, si algunas almas en esta casa han sido convertidas, si algunos corazones han sido santificados, si algunos espíritus abatidos han sido consolados, den testimonio de que todo ha sido gracias al Cordero. Cuando nos hemos representado a Cristo inmolado, y hemos descrito las agonías que soportó sobre la cruz, y hemos intentado predicar íntegra aunque débilmente la gran doctrina de Su sacrificio sustitutivo, cuando lo hemos expuesto como la propiciación por los pecados, es entonces que las victorias han comenzado. Y cuando hemos predicado a Cristo ascendiendo a lo alto, llevando cautiva la cautividad, y cuando nos hemos gloriado en el hecho de que Él vive siempre para interceder por nosotros, y que vendrá para juzgar a vivos y muertos, si algún bien se ha logrado ha sido por medio del Cordero, del Cordero inmolado, o también del Cordero exaltado. Observen, queridos amigos, que cuando levantamos nuestro Eben-ezer esta mañana, lo hacemos honrándolo a Él. “Al Cordero una vez inmolado sea gloria por los siglos de los siglos”. Ustedes han vencido a sus enemigos, han hecho morir sus pecados y han dominado sus dificultades. ¿Cómo ha sido? Desde el altar de aquel cordero sangrante prosiguiendo hasta el trono de Aquel que ha de reinar por los siglos de los siglos, el camino entero ha sido manchado con la sangre carmesí de sus enemigos: ustedes han vencido gracias a la sangre del Cordero. El Cordero los vencerá. El que cabalga en el caballo blanco va delante de nosotros; Su nombre es el Cordero. Y todos los santos habrán de seguirle sobre caballos blancos, y saldrán venciendo y para vencer. “Eben-ezer; hasta aquí nos ayudó Jehová”. Pero la ayuda ha sido siempre por medio del Cordero, el sangrante, el viviente, el reinante Cordero.

 

Así como en aquella ocurrencia el sacrificio fue exaltado, así también fue reconocido el poder de la oración. Los filisteos se dieron a la fuga exclusivamente en virtud de la oración. Samuel oró al Señor. Le habían dicho: “No ceses de clamar por nosotros a Jehová nuestro Dios”. Hermanos, demos nuestro testimonio esta mañana de que si se ha logrado algún bien aquí, ha sido el resultado de la oración. A menudo he solazado mi corazón con el recuerdo de las oraciones ofrecidas en nuestra antigua casa de reunión en la calle de New Park. Qué suplicaciones escuché allá; qué gemidos de espíritus que forcejeaban en oración; hemos conocido tiempos en los que el ministro no ha tenido el ánimo para decir ni una palabra, porque las oraciones de ustedes a Dios lo han derretido, han impedido su expresión, y de buena gana ha pronunciado una bendición y los ha enviado a casa, porque el Espíritu de Dios estaba tan presente que difícilmente era el tiempo de hablarle al hombre, sino únicamente de hablarle a Dios. No creo que tengamos siempre aquí el mismo espíritu de oración, y con todo, en esto he de regocijarme y lo hago: no sé dónde se pueda encontrar más ejercitado el espíritu de oración que en este lugar. Yo sé que ustedes sostienen mis manos en alto, que ustedes son como Aarón y Hur sobre la cumbre del collado. Yo sé que ustedes interceden ante Dios para la conversión de este vecindario y para la evangelización de esta gran ciudad. Jóvenes y viejos, ustedes en verdad se esfuerzan juntos para que venga el reino y se haga la voluntad del Señor. Pero, oh, no debemos olvidar, al mirar a esta vasta Iglesia -dos mil miembros y fracción que caminan en el temor de Dios- no debemos olvidar que este incremento vino como resultado de la oración, y que es todavía en la oración donde nuestra fortaleza se debe apoyar. Yo los exhorto delante del Altísimo que no dependan nunca de mi ministerio. ¿Qué soy yo? ¿Qué hay en mí? Yo hablo, y cuando Dios habla por mi medio, yo hablo con un poder desconocido para los hombres en quienes no mora el Espíritu; pero si Él me deja, no sólo soy tan débil como otros hombres, sino más débil que ellos, pues no tengo la sabiduría que dan los años, no tengo el conocimiento humano, no he recibido ningún título en la universidad, y no tengo el reconocimiento de doctos honores. Si Dios habla por mi medio, Él debe recibir toda la gloria; si Él salva almas por medio de un ser tan frágil, Él debe recibir toda la gloria. ‘Dad a Jehová la gloria y el poder’; pongan cada partícula de la honra a Sus pies. Pero continúen orando; intercedan ante Dios por mí para que Su poder sea visto todavía, y que Su brazo siga interviniendo con poder en esta obra. Debemos recordar la oración que ha sido escuchada cuando levantamos nuestro Eben-ezer y decimos: “Hasta aquí nos ayudó Jehová”.

 

Además, así como hubo oración y sacrificio, han de recordar que en respuesta al olor grato del cordero y a la dulce fragancia de la intercesión de Samuel, Jehová salió para derrotar a Sus enemigos. Yo no leo que Israel haya prorrumpido en un grito de guerra. No, no se habría escuchado su grito en medio de aquellos fuertes truenos. Nos enteramos de que se lanzaron a la batalla; pero no fue su arco, ni su lanza, ni su espada, los que lograron la victoria. ¡Escuchen, hermanos míos, se oye la voz de Dios! ¡Aplasten, aplasten! ¿¡Dónde están ahora ustedes, hijos de Anac!? Los cielos se estremecen, la tierra tiembla, los collados antiguos se humillan, los pájaros del aire vuelan a las guaridas del bosque para ocultarse allí, las tímidas cabras sobre los montes buscan las hendiduras de los peñascos. Los truenos ruedan entre retumbos hasta que un monte responde al otro con un sonoro alboroto de espanto. De risco en risco salta el candente rayo y los filisteos se quedan enceguecidos por él, y se quedan horrorizados y luego ponen pies en polvorosa y huyen. ‘Esforzaos, oh filisteos, y sed hombres, para que no sirváis a los hebreos’. Resistan como hombres, pero a menos que sean dioses, ahora deben temblar. ¿Dónde están sus escudos y sus tachones de adorno? ¿Dónde están sus lanzas y su lustre? ¡Hagan ahora que sus espadas relumbren fuera de sus vainas; envíen ahora a sus gigantes y a sus escuderos! ¡Hagan ahora que sus Goliats desafíen al Señor Dios de los ejércitos! ¡Ajá! ¡Ajá! ¡Ustedes son ahora como mujeres! ¡Tiemblan, desfallecen! ¡Vean, vean! Ellos vuelven la espalda y huyen delante de los hombres de Israel, a quienes sólo consideraban como esclavos. Huyen. El guerrero huye y el de soberbio corazón se acobarda, y el hombre valiente huye como una tímida paloma a su escondite. “Gloria sea al Señor Dios de Israel: Su propia diestra y Su santo brazo le han obtenido la victoria”.

 

Amados, si algún bien se ha logrado, o si ustedes y yo hemos derrotado al pecado, ¿cómo ha sido? No por nuestra fuerza ni por nuestro poder, sino por la gloriosa voz de Dios. Dios truena cuando el Evangelio es predicado verdaderamente. Cuando hablamos de Jesús crucificado, el sonido producido pudiera ser tan débil como la voz de un niño, pero Dios truena, y yo les digo, amigos, que los truenos de Dios nunca hirieron el corazón de los filisteos como hiere el Evangelio de Cristo el corazón de los pecadores convictos. Cuando predicamos y Dios bendice la predicación, ésta se convierte en los rayos de Dios, en los destellos del fuego divino de Dios, en el brillo de Su lanza, pues nunca fueron tan heridos los filisteos con el resplandor del relámpago en sus rostros como lo son los pecadores cuando la ley de Dios y el Evangelio brillan en sus entenebrecidos ojos. ¡Pero a Dios sea la gloria, a Dios, a Dios y solo a Dios! Ni una sola palabra para el hombre, ni una sola sílaba para el hijo del hombre. “Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre… a él sea gloria”. Este es el cántico de los santos perfectos en lo alto; ¿acaso no habría de ser el cántico de los seres imperfectos aquí abajo? “No a nosotros, no a nosotros”, los serafines claman al tiempo que cubren sus rostros con sus alas y arrojan sus coronas a los pies de Jehová. Hemos de decir: “No a nosotros, no a nosotros”, mientras nos exultamos en Su poder y enaltecemos al Dios de nuestra salvación.

 

III. Entonces, esa fue la ocasión. No necesito demorarme más tiempo aquí, antes bien debo ir de inmediato a LA INSCRIPCIÓN SOBRE EL MEMORIAL, “Eben-ezer, hasta aquí nos ayudó Jehová”. La inscripción puede leerse de tres maneras.

 

Tienes que leer, antes que nada, la palabra que está en el centro, la palabra de la que depende todo el sentido y en la que se concentra su plenitud. “Hasta aquí nos ayudó Jehová”. Noten, amados, que no se quedaron quietos ni rehusaron usar sus armas, sino que mientras Dios estaba tronando ellos estaban peleando, y mientras los relámpagos estaban centelleando en los ojos del enemigo, ellos les hacían sentir la potencia de su acero. Así que a la vez que glorificamos a Dios no debemos negar ni descartar la agencia humana. Nosotros tenemos que luchar porque Dios lucha por nosotros. Debemos golpear, pero tanto el poder para golpear como el resultado de golpear tienen que venir de Él. Adviertan que ellos no dijeron: “Hasta aquí nos ayudó nuestra espada, hasta aquí nos animó Samuel”. No, no, “hasta aquí nos ayudó Jehová”. Tienen que admitir ahora que todo lo que es verdaderamente grande tiene que ser del Señor. No pueden suponer que algo tan grande como la conversión de los pecadores o el avivamiento de una Iglesia puedan ser jamás la obra de un hombre. En el río Támesis, cuando la marea se aleja, se puede ver que hay un largo trecho de cieno fétido y pútrido, pero más tarde la marea regresa. Pobre incrédulo, tú que pensabas que el río se iba a quedar sin agua hasta estar completamente seco y que los barcos iban a encallar, mira, una vez más la marea regresa llenando alegremente otra vez la corriente. Pero tú estás muy seguro de que un río tan grande como el Támesis no ha de ser llenado excepto por las mareas del océano. Entonces no puedes ver grandes resultados y atribuirlos al hombre. Cuando se realiza una pequeña obra, los hombres a menudo se otorgan el crédito, pero cuando se realiza una gran obra, no se atreven a hacerlo. Si Pedro hubiera estado lanzando su anzuelo sobre un costado del barco y hubiera capturado un gran pez, habría podido decir: “¡Bien hecho, pescador!” Pero cuando el bote estaba lleno de peces de tal manera que comenzaba a hundirse, no podía pensar en él entonces. No, antes bien cae de rodillas y dice: “Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador”. La grandeza de nuestra obra nos compele a confesar que debe ser de Dios, que debe ser sólo del Señor. Y, queridos amigos, ha de ser así si consideramos lo poco con lo que comenzamos. Jacob, cuando se aprestaba a cruzar el Jordán, dijo: “Con mi cayado pasé este Jordán, y ahora estoy sobre dos campamentos”. Ciertamente el hecho de que estuviera sobre dos campamentos debía ser obra de Dios, pues él sólo tenía su cayado. ¿Y no recuerdan, unos cuantos de ustedes aquí presentes, que una mañana pasamos este Jordán con un cayado? ¿Éramos un centenar cuando les prediqué por primera vez? Qué cantidad de reclinatorios vacíos, cuán escaso puñado de oyentes. Con el cayado pasamos ese Jordán. Pero Dios ha multiplicado a la gente y ha multiplicado el gozo, hasta convertirnos no sólo en dos campamentos, sino en muchos campamentos; y muchos en este día se están reuniendo para oír el Evangelio predicado por los hijos de esta iglesia, que han sido engendrados por nosotros y enviados por nosotros para ministrar la palabra de vida en muchas aldeas y villorrios a lo largo de estos tres reinos. Gloria sea a Dios porque esto no puede ser una obra del hombre. ¿Cuál esfuerzo hecho por la sola fortaleza del hombre habría de igualar lo que es alcanzado por Dios? Entonces, el nombre del Señor ha de ser inscrito sobre la piedra del memorial. Yo soy siempre muy celoso acerca de este asunto. Si como una Iglesia y como una congregación, si como individuos no le damos siempre la gloria a Dios, es totalmente imposible que Dios obre por medio de nosotros. He visto muchos prodigios, pero no he visto todavía a un hombre que se arrogara el honor de su obra para sí, a quien Dios no dejara solo tarde o temprano. Nabucodonosor dijo: “¿No es ésta la gran Babilonia que yo edifiqué?” Contemplen aquel pobre lunático cuyo pelo creció como plumas de águila y sus uñas como las de las aves: ese es Nabucodonosor. Y eso habrán de ser ustedes, y eso habré de ser yo, cada uno a su manera, a menos que nos contentemos con darle toda la gloria a Dios. Ciertamente, hermanos, seremos una pestilencia en la nariz del Altísimo, algo ofensivo, algo incluso como carroña delante del Señor de los Ejércitos, si nos arrogamos cualquier honor. ¿Para qué envía Dios a sus santos? ¿Para que sean semidioses? ¿Hizo Dios fuertes a los hombres para que se autoexaltaran hasta llegar a Su trono? ¿Cómo, acaso el Rey de reyes te corona con misericordias para que tú pretendas tener señorío sobre Él? ¿Cómo, acaso te dignifica para que usurpes las prerrogativas de Su trono? No; tienes que venir con todos los favores y honores que Dios ha puesto en ti, y arrastrarte hasta el pie de Su trono y decir: ‘¿Quién soy yo, y qué es la casa de mi padre para que te hayas acordado de mí? “Hasta aquí nos ayudó Jehová”.

 

Les dije que este texto puede leerse de tres maneras. Lo hemos leído una vez poniendo el énfasis en la palabra que está en el centro. Ahora ha de ser leído mirando en retrospectiva. Las palabras “hasta aquí” parecieran ser una mano que apunta en esa dirección. Miren el pasado, miren el pasado. ¡Veinte años, treinta, cuarenta, cincuenta, sesenta, setenta, ochenta, “hasta aquí”! Diga eso cada uno de ustedes. A través de la pobreza, a través de la riqueza, a través de la enfermedad, a través de la salud, en casa, fuera de casa, en tierra, en el mar, en honor, en deshonra, en perplejidad, en gozo, en tribulación, en triunfo, en oración, en la tentación, “hasta aquí”. Junten todas esas cosas. A veces me gusta contemplar una larga avenida de árboles. Es muy deleitable fijar la mirada desde un extremo hasta el otro del largo paisaje, una suerte de templo frondoso con sus pilares de ramas y sus arcos de hojas. ¿No puedes mirar los largos pasillos de tus años, mirar las verdes ramas de la misericordia en lo alto, y los sólidos pilares de benignidad y de fidelidad que sostienen tus goces? ¿No hay pájaros cantando en aquellas ramas? Seguramente debe de haber muchos. Y un sol radiante y un cielo azul están allá; y si volteas a lo lejos, puedes ver el brillo del cielo y un trono de oro. “¡Hasta aquí! ¡Hasta aquí!”

 

Luego el texto puede leerse de una tercera manera: de cara al futuro. Pues cuando un hombre se acerca a una determinada señal y escribe: “hasta aquí”, mira en retrospectiva a mucho de lo que representa el pasado, pero “hasta aquí” no es el fin, pues todavía se ha de recorrer una mayor distancia. Más pruebas, más dichas; más tentaciones, más triunfos; más oraciones, más respuestas; más arduos trabajos, más fortaleza; más luchas, más victorias; más calumnias, más consuelos; más leones y osos con los que luchar, más zarpazos del león para los Davides de Dios; más aguas profundas, más montes altos; más tropas de demonios, más huestes de ángeles todavía. Y luego viene la enfermedad, la ancianidad, los achaques, la muerte. ¿Ya se acabó todo? ¡No, no, no! Vamos a levantar otra piedra cuando entremos en el río; vamos a gritar Eben-ezer allí: “Hasta aquí nos ayudó Jehová”, pues aún viene algo más. Un despertar a Su semejanza, un ascenso por esferas estrelladas, arpas, cantos, palmas, vestiduras blancas, el rostro de Jesús, la compañía de los santos, la gloria de Dios, la plenitud de la eternidad, la infinitud de la bienaventuranza. Sí, tan seguramente como Dios nos ayudó hasta aquí hoy, nos ayudará hasta el final. “No te desampararé, ni te dejaré”. Entonces, ánimo, hermanos; y al tiempo que amontonamos las piedras, diciendo: “Hasta aquí nos ayudó Jehová”, ciñamos los lomos de nuestra mente, y seamos sobrios, y esperemos recibir la gracia que ha de ser revelada en nosotros hasta el fin, pues así como ha sido, así será por todos los siglos.

 

Necesito un poco de aceite para derramarlo sobre esta señal de piedra; necesito algo de aceite. Jacob derramó aceite sobre ella e invocó el nombre del Señor. ¿Dónde obtendré yo mi aceite? Agradecidos corazones, ¿tienen ustedes algo de aceite? Espíritus de oración, ¿tienen algo de aceite? Compañeros de Jesús, ¿tienen algo de aceite? Ustedes que tienen comunión con Él de día y de noche, ¿tienen algo de aceite? Derrámenlo, entonces. Rompan sus frascos de alabastro, oh, ustedes, Marías. Viertan sus oraciones junto con la mía en esta mañana. Ofrezcan sus acciones de gracias junto con mis agradecidas expresiones de reconocimiento. Acérquese cada uno de ustedes, y derrame hoy ese aceite sobre este Eben-ezer. Necesito algo de aceite y me pregunto si puedo obtenerlo de aquel corazón que está por allá. Oh, dice uno, mi corazón es un duro pedernal. Yo leo en la Escritura que el Señor extrajo aceite del duro pedernal. ¡Oh, que hubiese un alma que fuese conducida a creer en Cristo esta mañana, que algún corazón se entregara a Cristo hoy! ¿Por qué no habría de ser así? ¿Por qué no? El Espíritu Santo puede derretir el pedernal y mover montañas. Joven, ¿cuánto tiempo hemos de predicarte, cuánto tiempo hemos de invitarte, cuánto tiempo hemos de hacer que te duelas, cuánto tiempo hemos de suplicarte, de implorarte? ¿Será este el día en que cederás? ¿Dices tú: “yo no soy nada”? Entonces Cristo lo es todo. Tómalo, confía en Él. No sé de qué mejor manera celebrar este día de Eben-ezer y de acción de gracias que algunos corazones acepten en este día el anillo de matrimonio del amor de Cristo, y que sean prometidos al Hijo de Dios por los siglos de los siglos. Que Dios conceda que así sea. Así será si oran pidiendo eso, oh corazones veraces.