“Porque él dijo: No te desampararé, ni te dejaré”. Hebreos 13: 5

En “Jehová ha dicho así” reside un gran poder. El hombre que puede empuñar, mediante la fe, esta espada: “Porque él dijo”, tiene en su mano un arma que lo vence todo. ¿Existe alguna duda que no pueda ser eliminada por esta espada de dos filos? ¿Cuál miedo no caerá aniquilado con una herida mortal propinada por esta flecha salida del arco del pacto de Dios? Si podemos parapetarnos tras el baluarte de “Porque él dijo”, ¿acaso las turbaciones de la vida y las agonías de la muerte no parecerán sólo unas leves aflicciones? ¿Y no sucederá exactamente lo mismo con las corrupciones internas y con las tentaciones externas, con las tribulaciones que provienen de lo alto y con las tentaciones que surgen de lo bajo? Ya sea para encontrar deleite en nuestra quietud o para recibir fortaleza en nuestro conflicto, “Porque él dijo” ha de ser nuestro refugio cotidiano.

 

De aquí que debamos aprender, hermanos míos, el valor extremo de escudriñar las Escrituras. Pudiera haber una promesa en la Palabra que se adapte exactamente a tu caso, pero tú podrías desconocerla y perderte así de su consuelo. Ustedes son como prisioneros recluidos en un calabozo, y pudiera haber una llave en el manojo que abriría la puerta para dejarlos en libertad; pero si no la buscaran, seguirían siendo todavía prisioneros aunque la libertad estuviera al alcance de su mano. En la gran farmacia de la Escritura podría estar disponible una potente medicina, pero ustedes seguirían enfermos aunque allí estuviera el remedio preciso que curaría su enfermedad si examinaran y escudriñaran las Escrituras para descubrir qué “ha dicho Él”. Además de leer la Escritura, ¿no deberíamos pertrechar ricamente nuestras memorias con las promesas de Dios? Podemos recordar los dichos de los grandes hombres y atesoramos los versos de poetas renombrados; ¿no deberíamos ser profundos en nuestro conocimiento de las palabras de Dios? Las Escrituras deberían ser los clásicos del cristiano, y así como nuestros oradores citan a Homero, a Virgilio o a Horacio cuando quieren corroborar un punto, así deberíamos ser capaces de citar las promesas de Dios cuando queramos resolver alguna dificultad o suprimir alguna duda. “Porque él dijo”, es el fundamento de todas las riquezas y la fuente de toda consolación; entonces que repose en ustedes ricamente como “una fuente de agua que salte para vida eterna”. Y, oh, hermanos míos, ¡cuán diligentemente deberíamos probar las Escrituras! Además de escudriñarlas -leyéndolas y atesorándolas en nuestra memoria- deberíamos probarlas mediante la experiencia, y siempre que comprobemos que una promesa es verdadera, deberíamos identificarla con una señal y anotar que nosotros también coincidimos con lo que dijo alguien en la antigüedad: “Ella es mi consuelo en mi aflicción, porque tu dicho me ha vivificado”. “Aguarda a Jehová”, dice el Salmista, y luego agrega: “Sí, espera a Jehová”, como si su propia experiencia lo condujera a hacer eco a la voz de Dios para sus oyentes. Prueba la promesa, presenta el cheque de Dios en el mostrador y registra que fue cambiado. Sujeta la palanca que Él destina para levantar tus tribulaciones y comprueba que posee un poder real. Echa este árbol divino en las aguas amargas de tu Mara y aprende cómo las endulza. Toma esta sal, y échala en las turbias aguas y atestigua que son sanadas, así como fueron sanas las aguas de antaño por el profeta Eliseo. Gustad, y ved que es bueno Jehová, pues nada falta a los que le temen.

 

Ustedes notarán que, a semejanza de su Maestro, los apóstoles solían recurrir a las citas. Si bien eran hombres inspirados que hubieran podido utilizar palabras nuevas, con todo, como un ejemplo para nosotros, preferían citar estas palabras: “Porque él dijo”. Hagamos lo mismo, pues, aunque las palabras de los ministros pudieran ser dulces, las palabras de Dios son más dulces; y aunque los pensamientos originales pudieran tener lo novedoso de la frescura, con todo, las antiguas palabras de Dios tienen el tintineo, el peso y el valor de antiguas y preciosas monedas que no serán encontradas deficientes en el día en que las usemos.

 

Con base en nuestro texto pareciera que “Porque él dijo” no es solamente útil para ahuyentar dudas, temores, dificultades y demonios, sino que también nutre todas nuestras gracias. Ustedes perciben que cuando el apóstol nos exhorta a tener contentamiento, dice: “Contentos con lo que tenéis ahora; porque él dijo”; y cuando nos motiva a estar confiados y a ser valientes, dice así: “Porque él dijo, por tanto, nosotros podemos decir confiadamente: el Señor es mi ayudador; no temeré lo que me pueda hacer el hombre”. Cuando el apóstol quiere nutrir la fe, lo hace citando de la Escritura los ejemplos de Abraham, de Isaac, de Jacob, de Moisés, de Gedeón, de Barac y de Jefté. Cuando Santiago quiere nutrir nuestra paciencia, dice: “Habéis oído de la paciencia de Job”; o si se trata de nuestra práctica de la oración, dice: “Elías era un hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras, y oró y prevaleció”. “Porque él dijo” es alimento para toda gracia así como muerte para todo pecado. Aquí tienen ustedes un nutrimento para lo bueno, y un veneno para lo malo. Escudriñen, entonces, las Escrituras, pues así se desarrollarán sanos, fuertes y vigorosos en la vida divina.

 

Con gran placer regresamos de inmediato a las maravillosas palabras de nuestro texto: “Porque él dijo: no te desampararé, ni te dejaré”. Sin duda ustedes están conscientes de que nuestra traducción no transmite toda la fuerza del original, y que en inglés difícilmente sería posible expresar todo el significado del griego. Podríamos traducirlo así: “Porque él dijo: yo nunca, nunca te dejaré; yo nunca, nunca, nunca te desampararé”, pues, aunque esa no sería una traducción literal, sino más bien una traducción libre, con todo, como hay cinco negaciones en el griego, nosotros no sabemos cómo expresar su fuerza de ninguna otra manera. Dos negaciones se anulan en nuestro idioma; pero aquí, en el griego, intensifican el significado cuando se repiten la una después de la otra, como supongo que lo habrían hecho las cinco piedras que David tomó del torrente si la primera no hubiera bastado para hacer que el gigante se tambaleara. El verso que acabamos de cantar hace unos instantes es una excelente traducción del original:

 

“Al alma que se ha apoyado en Jesús en busca de reposo,

Yo no la abandonaré, no la abandonaré a sus enemigos;

Aunque todo el infierno procure embestir a esa alma,

Yo nunca, no, nunca, no, nunca la abandonaré”.

 

Aquí tienen las cinco negaciones muy bien colocadas, y en la medida de lo posible se conserva muy fielmente la fuerza del griego.

 

Al tratar de exponer esta quíntuple seguridad, esta quintaesencia de consolación, tendremos que pedirles que presten atención, ante todo, a una terrible condición, o aquello que es negado; en segundo lugar, a una agraciada promesa, o aquello que es garantizado positivamente; a continuación, hemos de observar las notables ocasiones o tiempos en los que esta promesa fue expresada; diremos unas cuantas palabras sobre ciertas dulces confirmaciones que comprueban que el texto es veraz; y luego, en quinto lugar, presentaremos unas conclusiones necesarias que fluyen de las palabras de la promesa.

 

I. Entonces, consideren ante todo, UNA TERRIBLE CONDICIÓN: ¡perdidos y DESAMPARADOS por Dios! Si intentáramos describir este estado mental sería una vana empresa. He pensado en él, he soñado con él y lo he sentido en la débil medida en que un hijo de Dios puede sentirlo, pero no sé cómo describirlo.

 

1. El desamparo implica una completa soledad. Pongan a un viajero en un vasto desierto aullante, en el que por muchas leguas no haya trazas de seres humanos ni pisadas de ningún viajero. El desventurado viajero solitario clama pidiendo ayuda pero el eco vacío de las rocas es su única respuesta. Ningún ave surca el aire; no hay ni un chacal que aceche en el yermo; ni un solo insecto le hace compañía bajo los rayos del sol; ¡no hay ni siquiera una solitaria hojita de hierba que le recuerde a Dios! Con todo, ni siquiera allí está solo, pues esas rocas demuestran que hay un Dios y la arena caliente debajo de sus pies y el sol abrasador encima de su cabeza dan testimonio de una Deidad presente. Pero, ¡cuál no será la soledad de un hombre abandonado por Dios! Ninguna migración podría ser tan terrible como ésta, pues dice: “Si tomare las alas del alba y habitare en el extremo del mar, allí tú estás”. Una condición así sería peor que el infierno, pues David dice: “Y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás”. La soledad es un sentimiento que no le produce ningún deleite a nadie. La soledad puede tener algunos encantos, pero quienes son forzados a ser sus cautivos no los han descubierto. Una soledad pasajera pudiera proporcionar algún placer. Pero estar solo, completamente solo, es algo terrible. Estar solo, sin Dios, es una soledad tan enfática que yo desafío incluso al labio de un réprobo a expresar el horror y la angustia que deben estar concentrados en esa soledad. Cuando nuestro Señor Jesús dice: “He pisado yo solo el lagar” hay en el lenguaje mucho más de lo que ustedes y yo pudiéramos soñar. ¡Solo! Ustedes recordarán que Él dijo en una ocasión: “Me dejaréis solo; mas no estoy solo, porque el Padre está conmigo”. No hay agonía en esa frase, pero cuál no habrá sido Su aflicción cuando dijo: “¡He pisado yo solo el lagar!” “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” es el clamor de la naturaleza humana en su desánimo extremo. Gracias a Dios porque mediante esta promesa se nos enseña a ustedes y a mí que nunca conoceremos la desesperada soledad de ser desamparados por Dios; con todo, ¡así sería si Él nos desamparara!

 

2. En combinación con esta penosa soledad hay un sentido de completo desamparo. De Dios es el poder; si el Señor se retira, los hombres fuertes habrán de fallar por completo. Sin Dios, el arcángel llega a su fin y desaparece y los montes eternos se inclinan y las sólidas columnas de la tierra se desploman. Sin Dios, nuestro polvo regresa a la tierra; sin Dios, nuestro espíritu lamenta como David: “He sido olvidado de su corazón como un muerto; he venido a ser como un vaso quebrado”. Cristo supo lo que era eso cuando dijo: “Yo soy gusano, y no hombre”. Él estaba tan completamente quebrantado, tan vacío de todo poder, que cuando pendía de la cruz con Sus miembros dislocados, exclamó: “Como un tiesto se secó mi vigor… y me has puesto en el polvo de la muerte”. Ninguna caña cascada o pábilo que humeare pudieran ser tan débiles como un alma desamparada por Dios. Nuestro estado sería tan deplorablemente desvalido como el de la criaturita de Ezequiel, abandonada y arrojada sobre la faz del campo sin nadie que le pusiera pañales y la cuidara, abandonada completamente para perecer y morir; ¡así seríamos nosotros si fuéramos abandonados por Dios! Gloriosas son esas negaciones que nos protegen de todo temor de experimentar esa calamidad.

 

3. Ser desamparado por Dios implica una completa carencia de amistades. ¡Sea Jehová bendito mil veces porque sólo unos cuantos de nosotros han sabido lo que es no tener amigos! Ha habido momentos en la experiencia de algunos de nosotros en los que sentíamos que estábamos sin ningún amigo en la esfera particular que ocupábamos entonces, pues teníamos un dolor que no podíamos confiar a ningún otro corazón. Todo hombre que sea eminentemente útil en la Iglesia conocerá tiempos cuando como un paladín de Israel tenga que salir solo. Esto, sin embargo, es compensado por una fe más fuerte y la grandeza moral del heroísmo solitario. Pero ¿en qué consistirá ser un pobre desventurado cuyos padres han estado enterrados desde hace mucho tiempo, que ha perdido incluso a sus parientes más lejanos y que pasando por unas calles recuerda el nombre de alguien que fue una vez un amigo de su padre, toca a su puerta pero sufre una repulsión; recuerda a otro –y este es su última esperanza- a alguien con quien jugó en la infancia; se para frente a su puerta solicitando una caridad pero se le pide que prosiga su camino; recorre las calles en un Noviembre frío mientras llueve a cántaros, sintiendo para su gran desmayo que no cuenta con ningún amigo. Si regresara a su propio vecindario sería como regresar a su propio calabozo, ¡y si entra en la casa de caridad ninguno de los ojos reflejaría alguna simpatía por él! ¡Está completamente desprovisto de amigos y está solo! Yo creo que muchos suicidios han sido provocados por la falta de un amigo. En tanto que un hombre sienta que hay alguien que le ama, tiene algo por lo cual vivir; pero cuando el último amigo ha partido y sentimos que estamos flotando sobre una balsa que está lejos de la costa, sin ningún barco de vela a la vista, entonces exclamamos: “¡Bienvenida sea la muerte!” Nuestro Señor y Maestro fue conducido a ese estado, y supo lo que es el desamparo, pues no le quedó ningún amigo. “El que come pan conmigo, levantó contra mí su calcañar”. “Todos los discípulos, dejándole, huyeron”.

 

Hermanos, muchos santos han perdido a todos sus amigos pero han soportado valientemente la prueba, pues volviendo sus ojos al cielo han sentido que, aunque no contaban con amigos, no se les había dejado de brindar amistad. Oyeron la voz de Jesús que les decía: “No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros”; y fortalecidos por la amistad divina, sintieron que no se habían quedado completamente solos. ¡Pero ser desamparados por Dios! ¡Oh, que ustedes y yo no sepamos nunca lo que es eso! Estar sin un amigo en el cielo; mirar a ese trono de gloria y ver la negrura de la oscuridad allá; dirigirse a la misericordia y encontrarse con un ceño fruncido; volar al amor y recibir un regaño; dirigirse a Dios y descubrir que Su oído se ha agravado para oír y que Su mano se ha acortado para ayudar; ¡oh, ser desamparado de esa manera es gran terror, es terror apilado sobre terror!

 

4. Soledad, desamparo y falta de amigos, sumen todas esas cosas y luego agreguen otro componente: la desesperanza. Un hombre al que los demás han abandonado puede albergar todavía esperanzas. Pero si fuere desamparado por Dios, entonces la esperanza se habría desvanecido; la última ventana se habría cerrado; ni un solo rayo de luz penetra en la densa oscuridad egipcia de su mente. La vida es muerte; la muerte es condenación, una condenación en sus más extremos alcances. Si mira a los hombres, no son más que cañas cascadas; si recurre a los ángeles, son seres vengadores; si mira a la muerte, incluso la tumba no le proporciona ningún refugio. Puede mirar donde quiera, pero una desesperación vacía y negra se apodera de él. Nuestro bendito Señor conoció esto cuando amante y amigo le desampararon, y sus conocidos permanecieron en la oscuridad. Fue únicamente Su fe transcendente la que le permitió decir, después de todo, “No dejarás mi alma en el Seol, ni permitirás que tu santo vea corrupción”. La negra sombra de esta completa desesperación lo cubrió cuando dijo: “Mi alma está muy triste, hasta la muerte”, y “era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra”.

 

5. Para compensar este quíntuple abandono, contra el cual tenemos las cinco negaciones, agreguemos a toda esta soledad, desamparo, falta de amigos, y desesperación, un sentido de indecible agonía. Hablar de agonía es una cosa, pero sentirla es algo muy diferente. Calamidad y desesperación: -que incluye la lucha de estas cosas con el espíritu hasta que el espíritu es pisoteado y aplastado y quebrado y elige la estrangulación más que la vida; que incluye un horrible sentido de que cada mal ha establecido su guarida en el propio corazón; que incluye estar conscientes de que somos el blanco de todas las flechas de Dios, que todas las ondas y las olas de Dios han pasado sobre nosotros, que Él ha olvidado ser clemente, que no será misericordioso para con nosotros, que ha cerrado airado las entrañas de Su compasión- todo eso es una parte de ser abandonado por Dios que únicamente los espíritus perdidos en el infierno pueden conocer. Nuestra incredulidad nos permite algunas veces un atisbo de lo que sería eso, pero se trata de un atisbo únicamente, de una mirada únicamente; demos gracias a Dios porque somos librados de todo temor de este tremendo mal. Por medio de cinco heridas nuestro Redentor mata nuestra incredulidad.

 

Hermanos, si Dios nos dejara, fíjense en el resultado: yo visualizo el óptimo estado de un desamparado por Dios: es incertidumbre y azar. Yo preferiría ser un átomo al que Dios gobierna, al que le predestina su senda y fuerza a seguir avanzando de acuerdo a Su propia voluntad, que ser un arcángel dejado a mi propio arbitrio para hacer lo que yo quisiera y para actuar como me pluguiera, sin el control de Dios; pues un arcángel, dejado de Dios, pronto perdería su camino y caería en el infierno; o se derretiría, y caería y moriría; pero el diminuto átomo, teniendo a Dios con él, cumpliría su curso predestinado; estaría siempre en una pista segura y a lo largo de toda la eternidad tendría tanta potencia en él como en el momento en que fue creado. No puedo entender por qué algunas personas están tan encariñadas con el libre albedrío. Yo creo que el libre albedrío es el deleite de los pecadores, pero que la voluntad de Dios es la gloria de los santos. No hay nada de lo que yo desee deshacerme tanto como de mi propia voluntad, para ser absorbido en la voluntad y el propósito de mi Señor. Actuar según la voluntad de Aquel que es sumamente bueno, sumamente veraz, sumamente sabio y sumamente poderoso, me parece que es el cielo. Que otros elijan la dignidad de la independencia; yo, en cambio, ansío la gloria de estar enteramente muerto en Cristo, y únicamente vivo en Él. ¡Oh!, queridos amigos, si el Señor nos desamparara, nuestro curso sería incierto, para decirlo de la mejor manera, y, pronto terminaría en la nada. Sabemos, además, que si Dios abandonara al mejor santo viviente, ese hombre caería inmediatamente en pecado. Ahora se apoya con seguridad en ese pináculo elevado, pero su cerebro se tambalearía y el santo caería si unas manos secretas no lo sostuvieran. Ahora escoge sus pasos cuidadosamente; pero si le quitaran la gracia se echaría en el cieno, y se revolcaría en él como otros hombres. Si el piadoso fuera desamparado por su Dios, iría de mal en peor, hasta que su conciencia, que ahora es muy tierna, sería cauterizada como con un hierro candente. ¡Luego se convertiría en un ateo o en un blasfemo, y llegaría a su lecho de muerte echando espuma por la boca lleno de ira; se presentaría ante el tribunal de su Hacedor con una maldición en sus labios; y en la eternidad, dejado de Dios y desamparado por Él, se hundiría en el infierno con los condenados, sí, y entre los condenados él tendría el peor lugar, más bajo que los más bajos, encontrando en las más hondas profundidades una profundidad más honda, descubriendo en la ira de Dios algo más terrible que la ira ordinaria que cae sobre los pecadores comunes!

 

Cuando describimos así lo que es ser desamparado por Dios, ¿no es satisfactorio en grado sumo recordar que tenemos la palabra de Dios repetida cinco veces a este fin: “Yo nunca, nunca te dejaré; Yo nunca, nunca, nunca te desampararé?” Yo sé que quienes caricaturizan al calvinismo dicen que si se permitiera que un hombre viviera como pluguiera, pero Dios estuviera con Él, estaría seguro al final. Nosotros no enseñamos nada que se asemeje a eso, y nuestros adversarios saben que es cierto. Ellos saben que nuestras doctrinas son invulnerables si las enunciaran correctamente, y que la única manera en la que pueden atacarnos es calumniándonos y pervirtiendo lo que enseñamos. Es más, en verdad nosotros no decimos eso, sino que decimos que donde Dios comienza la buena obra, el hombre no vivirá nunca como le plazca, o si lo hiciera, querría vivir como Dios quiere que viva; que donde Dios comienza una buena obra, Él la continúa; que el hombre no es desamparado nunca por Dios, ni el hombre abandona a Dios, sino que es guardado hasta el fin.

 

II. Ahora, en segundo lugar, tenemos ante nosotros UNA AGRACIADA PROMESA, o aquello que es garantizado positivamente.

 

¿Qué es lo que esta promesa garantiza? Amados, en ella Dios le da a Su pueblo todo. “Yo no te dejaré”. Entonces ningún atributo de Dios puede cesar de estar ocupado en nosotros. ¿Es Él poderoso? Él se mostrará fuerte en favor de los que confían en Él. ¿Es Él amor? Entonces con eterna misericordia tendrá misericordia de nosotros. Cada uno de los atributos que constituyen el carácter de la Deidad estará comprometido de nuestro lado a su límite máximo. Además, todo lo que Dios tiene, ya sea en el más bajo Hades o en el más sublime cielo, todo lo que pueda estar contenido en la infinitud o pueda caber dentro de la circunferencia de la eternidad, cualquier cosa, por fin, que pudiera estar en Aquel que llena todas las cosas, y que con todo, es más grande que todas las cosas, estará con Su pueblo por siempre, porque “él dijo: No te desampararé, ni te dejaré”. Cuánto podría extenderse uno respecto a todo esto, pero me abstengo; ustedes mismos saben que resumir “todas las cosas” es una tarea que sobrepasa todo poder humano.

 

III. Sin embargo, con el objeto de exponer esta promesa más plenamente, quisiera recordarles las cinco ocasiones en las que ocurren en la Escritura. El número cinco permea en todo nuestro tema. El sentido y el espíritu del texto han de encontrarse en innumerables lugares, y posiblemente pudiera haber otros pasajes que se aproximan tan cercanamente a nuestro texto que ustedes podrían decir que son también repeticiones, pero pienso que hay cinco textos que pudieran tener claramente la prioridad.

 

1. Uno de los primeros casos se encuentra en Génesis 28: 15. “He aquí, yo estoy contigo, y te guardaré por dondequiera que fueres, y volveré a traerte a esta tierra; porque no te dejaré hasta que haya hecho lo que te he dicho”. Aquí tenemos esta promesa en el caso de un hombre atribulado. Más que Abraham o que Isaac, Jacob fue un hijo de la tribulación. En esa ocasión Jacob iba huyendo de la casa de su padre, dejando atrás el cariño excesivo y el apego de una madre y el aborrecimiento de su hermano mayor que buscaba su muerte. Jacob se acuesta a dormir, con una piedra por almohada, con los setos por cortinas, con la tierra por lecho, y los cielos por dosel; y mientras duerme así, sin amigos, solitario y aislado, Dios le dice: “No te dejaré”. Observen su vida posterior. Es guiado a Padan-aram. Dios, su guía, no lo deja. En Padan-aram Labán lo engaña, lo engaña perversa y malvadamente de muchas maneras, pero Dios no lo deja, y Jacob es un digno contrincante del ratero Labán. Huye al fin con sus esposas e hijos; Labán, lo persigue enfurecido, pero el Señor no lo deja; el Monte Mizpa da testimonio de que Dios puede detener al perseguidor, y hacer que el enemigo se torne en un amigo. Esaú sale contra él: que el vado de Jaboc sirva de testigo de las luchas de Jacob, y por medio del poder de Aquel que nunca desamparó a Su siervo, Esaú besa a su hermano al que una vez pensó matar. Luego Jacob mora en tiendas y en cabañas en Sucot; recorre toda esa tierra y sus hijos matan traicioneramente a los habitantes de Siquem. Luego las naciones vecinas buscan vengar a sus muertos pero el Señor interviene de nuevo, y Jacob es liberado. Después el pobre Jacob es separado de sus hijos. Clama: “José no parece, ni Simeón tampoco, y a Benjamín le llevaréis; contra mí son todas estas cosas”. Pero esas cosas no están en su contra. Dios no lo ha dejado, pues todavía no ha hecho todo lo que le había dicho. El anciano desciende a Egipto; sus labios se refrescan cuando besa las mejillas de José, su hijo dilecto, y hasta el final, cuando encoje sus pies en la cama y canta acerca de aquel Siloh que habría de venir y del cetro que no sería quitado de Judá, el buen anciano Jacob demuestra que en seis tribulaciones Dios está con Su pueblo, y en siete no lo desampara; que incluso hasta las canas Él no cambia, y hasta la vejez lo soportará. A ustedes, que son como Jacob, llenos de aflicción; a ustedes, afligidos y atribulados herederos del cielo, a cada uno de ustedes Él le ha dicho -¡oh, créanle!- “Yo nunca te desampararé, ni te dejaré”.

 

2. El siguiente caso en donde encontramos esta misma promesa está en Deuteronomio 31: 6. Aquí encontramos que es dada, no tanto a individuos sino más bien al cuerpo tomado en su colectividad. Moisés le dijo al pueblo de Judá, por la Palabra de Dios: “Esforzaos y cobrad ánimo, no temáis, ni tengáis miedo de ellos, porque Jehová tu Dios es el que va contigo; no te dejará, ni te desamparará”. Amados, podemos considerar esta promesa como si fuera entregada a la Iglesia de Dios, como una Iglesia. Estas personas habían de luchar contra las naciones malditas de Canaán, para echar fuera a los gigantes y a los hombres que tenían carros herrados, pero el Señor dijo que nunca los dejaría, y no lo hizo, hasta que desde Dan hasta Beerseba la raza escogida poseyó la tierra prometida, y las tribus subieron a Jerusalén con la voz de un jubiloso cántico. Ahora, como Iglesia de Dios, hemos de recordar que la tierra se extiende ante nosotros, y que somos llamados por Dios a que subamos y la poseamos. ¡Yo quisiera que fuera mi porción aún más y más, como Josué, guiarlos de un lugar a otro, eliminando a los enemigos del Señor y extendiendo el reino del Mesías! Sin importar lo que emprendamos, nunca fallaremos. Atrevámonos a hacer grandes cosas por fe, y haremos grandes cosas. Aventurémonos a realizar notables hazañas que podrían parecer fanáticas a la razón y absurdas a los hombres prudentes, pues Él ha dicho: “No te desampararé, ni te dejaré”. Bastaría que la Iglesia de Dios supiera que su Señor no puede dejarla, y entonces intentaría cosas mayores de las que hubiere hecho jamás, y el éxito de sus intentos sería sumamente cierto y seguro. Dios no puede desamparar nunca a un pueblo que ora, ni echar fuera a una Iglesia que labora; Él ha de bendecirnos hasta el fin.

 

3. La tercera ocasión en la que esta promesa fue hecha se encuentra en Josué 1: 5., donde el Señor le dice a Josué: “Nadie te podrá hacer frente en todos los días de tu vida; como estuve con Moisés, estaré contigo; no te dejaré, ni te desampararé”. Ahora, este es el texto de un ministro. Si somos llamados a conducir al pueblo, a enfrentar lo más arduo de la batalla, el peso y el calor del día, hemos de atesorar esto como una preciosa consolación: Él no nos dejará ni nos desamparará. No es necesario que les diga que no es cualquiera el que puede ir al frente de las filas, y que, aunque no es pequeña la parte de honra dada por Dios a una tal persona, con todo, hay en su porción una amargura que nadie más puede conocer. Hay momentos en los que, si no fuese por la fe, entregaríamos el espíritu, y, si no fuera porque el Maestro está con nosotros, daríamos la espalda y huiríamos, como Jonás lo hizo respecto a Nínive. Pero si alguno de ustedes es llamado a ocupar posiciones prominentes en la Iglesia de Dios, que ate esto alrededor de su brazo y lo fortalecerá. Él te ha dicho: “No te desampararé, ni te dejaré”. Vé con esta tu fuerza; Jehová está contigo, varón esforzado y valiente.

 

4. En la siguiente ocasión, David, en sus últimos momentos, le dio esta misma promesa a su hijo Salomón, en 1 Crónicas 28: 20. David hablaba de lo que él mismo había comprobado por experiencia que era verdad, y declara: “Anímate y esfuérzate, y manos a la obra; no temas, ni desmayes, porque Jehová Dios, mi Dios, estará contigo; él no te dejará ni te desamparará, hasta que acabes toda la obra para el servicio de la casa de Jehová”. Algunos cristianos son colocados donde necesitan mucha prudencia, discreción y sabiduría. Pueden tomar esta promesa y hacerla suya. La reina de Sabá vino para ver a Salomón; le hizo muchas preguntas difíciles, pero Dios no lo dejó, ni lo desamparó, y Salomón fue capaz de responderlas todas. Como juez sobre Israel, eran llevados delante de él muchos casos complejos; ustedes recuerdan al bebé y a las mujeres rameras, y cuán sabiamente juzgó ese caso. La construcción del templo era una obra muy imponente; no se había visto nada semejante en la tierra, pero, por la sabiduría que le fue dada, las piedras fueron moldeadas y puestas una sobre otra, hasta que por fin se colocó la piedra de coronamiento en medio de aclamaciones. Tú harás lo mismo, oh hombre de negocios, aunque la tuya sea una situación de mucha responsabilidad. Tú terminarás tu carrera, oh responsable obrero, aunque haya muchos ojos que estén atentos a tu claudicación. Tú harás lo mismo, hermana, aunque necesites tener siete ojos en vez de dos; tú oirás la voz de Dios diciéndote: “Este es el camino, andad por él”. Nunca serás avergonzada ni confundida, por todos los siglos.

 

5. A continuación -y tal vez esta quinta ocasión sea la más consoladora para la mayoría de ustedes- se encuentra en Isaías 41: 17, “Los afligidos y menesterosos buscan las aguas, y no las hay; seca está de sed su lengua; yo Jehová los oiré, yo el Dios de Israel no los desampararé”. Tú podrías ser conducido a ese estado el día de hoy. Tu alma pudiera necesitar a Cristo, pero pudieras ser incapaz de encontrarlo. Pudieras sentir que estás perdido sin la misericordia que proviene de la sangre expiatoria. Pudieras haber recurrido a las obras y a las ceremonias, a las oraciones y a las acciones, a la limosna y a las experiencias, y haber descubierto que todas esas cosas son pozos secos, y ahora difícilmente puedes orar, pues tu lengua se pega al paladar de tu boca debido a la sed. Ahora bien, en tu peor condición, llevado a la más baja condición a la que una criatura pudiera ser arrojada jamás, Cristo no te desamparará, Él vendrá en tu ayuda.

 

Seguramente una de estas cinco ocasiones tiene que adaptarse a ti, y permíteme recordarte aquí que todo lo que Dios ha dicho a cualquier santo, se lo ha dicho a todos. Cuando Él abre un pozo para un hombre es para que todos puedan beber. Cuando cae el maná, no es solamente para los que están en el desierto, sino que nosotros también, por fe, comemos todavía el maná. Ninguna promesa es de interpretación privada. Cuando Dios abre una puerta del granero para distribuir alimento, pudiera haber un hombre que se está muriendo de hambre que sirva de ocasión para que sea abierta, pero todos los hambrientos pueden acercarse y alimentarse también. Ya fuera que diera la palabra a Abraham o a Moisés, no importa; te la ha dado a ti como a uno de la simiente del pacto. No hay una sola bendición sublime que sea demasiado elevada para ti, ni una amplia misericordia que sea demasiado extensa para ti. Alza ahora tus ojos al norte y al sur, al este y al oeste, pues todo esto es tuyo. Asciende a la cumbre del Pisga, y mira hasta el último confín de la promesa divina, pues toda la tierra es de tu propiedad. No hay ni un solo torrente de agua viva del cual no puedas beber. Si la tierra fluye leche y miel, come la miel y bebe la leche. Las vacas más gordas, sí, y los más dulces vinos, todo eso es tuyo, pues no se le puede negar nada de eso a ningún santo. Sé valiente para creer, pues Él dijo: “No te desampararé, ni te dejaré”. Haciendo un resumen, no hay nada que pudieras necesitar, no hay nada que pudieras pedir, no hay nada de lo que pudieras carecer en el tiempo o en la eternidad, no hay nada vivo, no hay nada muerto, no hay nada en este mundo, no hay nada en el mundo venidero, no hay nada ahora, nada en la mañana de la resurrección ni nada en el cielo que no esté contenido en este texto: “No te desampararé, ni te dejaré”.

 

IV. Voy a dar cuatro golpes para remachar el clavo mientras hablo sobre LAS DULCES CONFIRMACIONES de esta promesa sumamente preciosa.

 

1. Permítanme recordarles que el Señor no dejará a Su pueblo ni querría hacerlo, en razón de Su relación con ellos. Él es tu Padre; ¿acaso tu Padre te dejaría? ¿Acaso no ha dicho: “Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo del vientre? Aunque olvide ella, yo nunca me olvidaré de ti”. Siendo tú malo, ¿dejarías que tu hijo pereciera? ¡Nunca, nunca! Recuerda que Cristo es tu esposo. ¿Siendo tú un esposo, descuidarías a tu esposa? ¿Acaso no sería una vergüenza que un esposo no sustentara y cuidara a su esposa como a su propio cuerpo, y acaso Cristo se habría de convertir en uno de esos malos esposos? ¿No se ha dicho: “Él aborrece el repudio”, y te habría de repudiar? Recuerda que tú eres parte de Su cuerpo. Nadie aborreció jamás a su propia carne. Tú podrías ser sólo como el dedo meñique, pero ¿dejará que Su dedo se pudra, que perezca, que se muera de hambre? Tú podrías ser el menos digno de todos los miembros, pero ¿no está escrito que esos se visten más dignamente, y así nuestras partes menos decorosas se tratan con más decoro? Si Él es padre, si es esposo, si es cabeza, si es todo en todo, ¿cómo podría dejarte? No pienses tan duramente de tu Dios.

 

2. Luego, a continuación, Su honra lo obliga a no desampararte nunca. Cuando vemos una casa construida a medias y que permanece en ruinas, decimos: “Este hombre comenzó a edificar, y no pudo acabar”. ¿Se dirá esto de tu Dios: que comenzó a salvarte y que no pudo llevarte a la perfección? ¿Es posible que quebrante Su palabra, y que manche así Su verdad? ¿Serán capaces los hombres de desacreditar Su poder, Su sabiduría, Su amor, Su fidelidad? ¡No, gracias a Dios, no! “Yo les doy” –dice- “vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano”. Si tú perecieras, creyente, el infierno resonaría con una risa diabólica contra el carácter de Dios; y si alguna vez pereciera alguien a quien Jesús se propuso salvar, entonces los demonios del abismo señalarían por siempre al Cristo derrotado con el dedo del escarnio, al Dios que se propuso hacerlo pero que no pudo cumplirlo.

 

“Su honor está comprometido a salvar

A la más insignificante de Sus ovejas;

Todo lo que Su Padre celestial le dio

Sus manos lo guardan seguramente”.

 

3. Y si eso no bastara, recuerda que además de esto todo el pasado sirve para demostrar que Él no te desamparará. Tú has estado en abismos de aguas; ¿te has ahogado? Tú has caminado en medio de los fuegos; ¿te han quemado? Tú has tenido seis tribulaciones; ¿te ha desamparado? Tú has descendido hasta la raíz de los montes y el alga se enredó a tu cabeza; ¿acaso no te ha sacado a flote de nuevo? Tú has experimentado grandes y agudas tribulaciones; pero ¿acaso no te ha librado? Dinos, ¿cuándo te ha dejado? Testifica en Su contra; si has descubierto que es olvidadizo, entonces duda de Él. Si lo has encontrado indigno de tu confianza, entonces desconócelo, pero no hasta entonces. El pasado resuena con mil cánticos de gratitud, y cada una de sus notas demuestra por una indisputable lógica que Él no desamparará a Su pueblo.

 

4. Y si eso no bastara, pregúntale a tu padre y a los santos que ya han partido. ¿Pereció jamás alguno de ellos confiando en Cristo? Me he enterado de que se dice que algunos a quienes Jehová amó han caído de la gracia y se han perdido. He oído que labios de ministros se prostituyen así con la falsedad, pero yo sé que ese no fue nunca el caso. Él guarda a todos Sus santos; ni uno solo de ellos ha perecido; ellos están en Su mano y han sido preservados hasta aquí. David deplora: “Todas tus ondas y tus olas han pasado sobre mí”; con todo, exclama: “Espera en Dios; porque aún he de alabarle”. Jonás se lamenta: “La tierra echó sus cerrojos sobre mí para siempre”; y, sin embargo, al poco tiempo dice: “La salvación es de Jehová”. Ustedes, seres glorificados en lo alto, a través de muchas tribulaciones han heredado el reino y, ataviados con sus vestiduras blancas, ustedes sonríen desde sus tronos de gloria y nos dicen: “No duden del Señor ni desconfíen de Él, Él no ha desamparado a Su pueblo ni ha echado fuera a Sus elegidos”.

 

5. Amados amigos, no hay ninguna razón por la que nos deba desechar. ¿Pueden aducir ustedes alguna razón por la que Él debería repudiarnos? ¿Es acaso la pobreza de ustedes, la desnudez, el riesgo, el peligro de su vida? En todas estas cosas somos más que vencedores por medio de Aquel que nos amó. ¿Dices que son tus pecados? Entonces yo te respondo que el pecado no puede ser nunca una causa para que Dios deseche a Su pueblo, pues ellos estaban llenos de pecado cuando abrazó sus personas la primera vez y abrazó su causa. Esa habría sido una razón por la que nunca debió amarlos, pero habiéndolos amado cuando estaban muertos en delitos y pecados, su pecado no puede ser nunca una razón para dejarlos. Además, el apóstol dice: “Estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir” –y el pecado es una de las cosas presentes, y me temo que es una de las cosas por venir- “ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro”. Oh hijo de Dios, no hay temor de que uses indebidamente esta preciosa verdad. El profesante de piedad que es de origen villano podría decir: “Voy a pecar, pues Dios no me desechará”; pero ustedes que son herederos del cielo no dirían eso; más bien atarán esto alrededor de su corazón, y dirán: “Ahora voy a amar a Aquel que habiendo amado a los suyos, los amó hasta el fin”. A Dios sea la gloria.

 

“En medio de todo mi pecado, y cuidados y dolor

Su Espíritu no me soltará”.

 

Esclavos que temen la maldición de Dios, aplíquense a sudar y a trabajar arduamente. Nosotros somos Sus hijos, y sabemos que no puede expulsarnos de Su corazón. Que Dios nos libre de la infame servidumbre de la doctrina que hace que los hombres teman que Dios pueda ser infiel, que Cristo pueda divorciarse de Su propia esposa y que pueda permitir que los miembros de Su propio cuerpo perezcan; que muera por ellos y, sin embargo, que no los salve. Si hay alguna verdad que la Escritura enseña, es que los hijos de Dios no pueden perecer. Si este Libro nos enseña algo, si no es una ficción de principio a fin, nos enseña en cien lugares que “Proseguirá el justo su camino, y el limpio de manos aumentará la fuerza”. “Los montes se moverán, y los collados temblarán, pero no se apartará de ti mi misericordia, ni el pacto de mi paz se quebrantará, dijo Jehová, el que tiene misericordia de ti”.

 

V. Y ahora, en quinto lugar, veremos las CONCLUSIONES APROPIADAS que han de extraerse de esta doctrina.

 

1. Una de las primeras conclusiones es el contentamiento. El apóstol dice: “Teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto porque Él dijo: ‘No te desampararé, ni te dejaré’”. Ismael, el hijo de Hagar, tenía su agua en un odre y él hubiera podido reírse de Isaac porque Isaac no poseía ningún odre, pero la diferencia entre ambos consistía en que Isaac habitaba junto al pozo. Ahora bien, algunos de nosotros tenemos muy poco en este mundo; no tenemos ningún odre de agua, ni ninguna provisión a la mano, pero, por otra parte, vivimos junto al pozo, y eso es todavía mejor. Depender de la providencia cotidiana de un Dios fiel es mejor que contar con veinte mil libras esterlinas al año.

 

2. La siguiente lección es la valentía. Digamos valientemente: “Dios es el que me ayuda, ¿qué puede hacerme el hombre?” ¡Un hijo de Dios temeroso! Vamos, no hay nada que sea más contrario a su naturaleza. Si alguien los persiguiera, mírenlo al rostro y sopórtenlo alegremente. Si se rieran de ustedes, que se rían; ustedes podrán reír cuando ellos aúllen. Si alguien los despreciara, estén contentos de ser despreciados por los necios y ser incomprendidos por los locos. Sería duro si el mundo nos amara pero es algo fácil si el mundo nos odia. Estamos tan acostumbrados a que se diga de nosotros que somos completamente viles en nuestros motivos y egoístas en nuestros propósitos; estamos tan acostumbrados a oír que nuestros adversarios distorsionan nuestras mejores palabras y destrozan nuestras frases, que si hicieran cualquier otra cosa que aullar, nos consideraríamos indignos. “¿Quién eres tú para que tengas temor del hombre, que es mortal, y del hijo de hombre, que es como heno? Y ya te has olvidado de Jehová tu Hacedor, que extendió los cielos y fundó la tierra”.

 

3. Luego, a continuación, hemos de desechar nuestro desánimo. Algunos de ustedes vinieron aquí esta mañana con un ánimo tan negro como el clima. Hace unos instantes vimos algunos rayos de sol espiando a través de aquellas ventanas, al punto de que nuestros amigos se apresuraron a cerrar las persianas para impedir que la deslumbrante brillantez cegara sus ojos; yo espero, sin embargo, que no impidan el paso de los rayos del santo gozo que irrumpe ahora en ustedes. No, porque Él dijo: “No te desampararé, ni te dejaré” dejen sus problemas en sus reclinatorios, y llévense una canción.

 

4. Y luego, hermanos míos, aquí tienen un argumento para el mayor deleite posible. ¡Cómo debemos regocijarnos con un gozo indecible si Él no nos dejará nunca! Las meras canciones no bastan; todos ustedes, los rectos de corazón, prorrumpan en gritos de júbilo.

 

5. Y, por último, ¡qué sustento tenemos aquí para la fe! Apoyemos todo nuestro peso en nuestro Dios. Arrojémonos sobre Su fidelidad igual que lo hacemos sobre nuestras camas, trayendo todo nuestro desfallecimiento a Su amado reposo. Ahora, echemos los pesos de nuestros cuerpos y de nuestras almas sobre nuestro Dios porque Él dijo: “No te desampararé, ni te dejaré”.

 

¡Oh, yo desearía que esta promesa les perteneciera a todos ustedes! ¡Yo daría mi mano derecha si eso se pudiera! Pero algunos de ustedes no deben tocarla; a algunos de ustedes no les pertenece, pues es propiedad exclusiva del hombre que confía en Cristo. “¡Oh!”, -dirá alguien- “entonces voy a confiar en Cristo”. Hazlo, alma, hazlo; y si confías en Él, nunca te dejará. Negro como eres, Él te lavará. Él nunca te dejará. Malvado como eres, Él te santificará. Él no te dejará nunca. Aunque no tienes nada que merezca Su amor, Él te estrechará contra Su pecho. Él no te dejará nunca. En la vida o en la muerte, en el tiempo o en la eternidad, Él no te desamparará nunca, sino que te llevará con seguridad a Su diestra, y dirá: “Heme aquí, y los hijos que me has dado”.

 

Que Dios selle estas cinco negaciones en nuestras memorias y en nuestros corazones, por nuestro Señor Jesucristo. Amén.