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Presentación de la Confesión de Fe Bautista de 1644

A todos los que desean con sinceridad la exaltación del nombre del Señor Jesús, las pobres despreciadas Iglesias de Dios en Londres envían saludos, con oraciones por su crecimiento en el conocimiento de Cristo Jesús.

Nosotros no cuestionamos, pero parecerá extraño para muchos hombres – que, así como nosotros, se encuentran bajo esa calumnia y sombrío estigma, y son frecuentemente llamados de herejes y sembradores de división – que osemos aparecer públicamente como ahora lo hacemos. Pero, aun así, podemos decir, para responder a los tales, lo que David dice a su hermano, cuando estuvo en la batalla del Señor, en medio del combate: “¿No hay una causa?” (1 Samuel 17:29)

Ciertamente, si alguna vez alguien tuviera motivos para hablar en defensa de la verdad de Cristo en sus manos, nosotros los tenemos, siendo este el principal impulso que en este momento nos lleva a la labor; pues, si algo de parte del hombre fuese tramado solamente contra nuestras personas, claramente podríamos haber permanecido sentados, y entregado nuestra causa a aquel que es un Juez justo, quien, en el gran día del juicio, juzgará los secretos de los corazones de todos los hombres por medio de Cristo Jesús. Pero, por el contrario, como no fue sólo a nosotros mismos, sino que a la verdad que profesamos, no podemos y no osamos hacer cualquier otra cosa sino hablar. No son desconocidas, para cualquier hombre observador, que tristes acusaciones son hechas, no sólo por el mundo, que no conoce a Dios, sino que también por aquellos que se considerarían muy perjudicados si no fuesen tenidos como las principales Dignidades de la Iglesia de Dios, y Centinelas de la Ciudad. Pero, eso es lo que ellos hacen con nosotros, como ocurrió con la pobre Esposa al buscar a su Amado (Cantares 5:6-7). Ellos nos encontraron mientras andábamos a pie fuera de aquella carretera común por la que ellos mismos andaban, y nos hirieron, y removieron nuestro velo, de modo que pudiésemos ser repudiados por ellos como odiosos a los ojos de todos los que nos ven, y en los corazones de todos los que piensan sobre nosotros; eso es lo que ellos han hecho tanto en el púlpito como impreso, acusándonos de apoyarnos en el libre albedrío; la caída de la gracia; de que negamos el pecado original; de que renunciamos a los Magistrados, que nos negamos a auxiliarlos ya sea con nuestras personas o recursos, en cualquiera de sus órdenes legítimas; que hacemos actos indecorosos en la administración de la Ordenanza del Bautismo; a manera de hacernos identificados entre los Cristianos. De todas estas acusaciones, no eximimos como notoriamente falsas; aun, en razón de esas calumnias divulgadas sobre nosotros, muchos que temen a Dios son desanimados y se vuelven reacios a mantener un buen pensamiento, en cuanto a nosotros o a lo que profesamos; y muchos que no conocen a Dios son animados, en caso de ellos conseguir encontrar el lugar donde acostumbramos a reunirnos, a formar bandos y lanzarnos piedras, viéndonos como un pueblo que mantiene tales cosas, como si no fuésemos dignos de vivir.

Nosotros, por lo tanto, para el esclarecimiento de la verdad que profesamos, para que eso ocurra en libertad, ahora estamos en prisiones, brevemente publicamos una Confesión de nuestra Fe, deseando que todos los que temen a Dios consideren seriamente (para que ellos comparen lo que aquí decimos y confesamos en la presencia del Señor Jesús y de Sus santos) si no tienen, con sus lenguas en el púlpito y lápices en el papel, tanto hablado como escrito cosas que son contrarias a la verdad. Incluso de no ser así, nosotros sabemos que nuestro Dios en Su tiempo esclarecerá nuestra causa, y exaltará a Su Hijo para volverlo la principal piedra angular, a pesar de que ha sido (o es) rechazado por los Edificadores.

Y porque se puede concebir que esta publicación sea solo el juicio de una congregación particular, más refinada que las demás; nosotros, en respuesta, aquí suscribimos algunos en nombre de cada cuerpo, y con el nombramiento de siete congregaciones, las cuales, aun cuando seamos distintas en relación a nuestros cuerpos particulares, por conveniencia, siendo tantos como podemos reunirnos en un solo lugar, con todo somos uno en comunión, reconociendo que Jesucristo es nuestra Cabeza y nuestro Señor; bajo cuyo gobierno, solamente, deseamos caminar, siguiendo al Cordero donde quiera que Él vaya; y creemos que el Señor diariamente hará que la verdad sea evidenciada en los corazones de Sus santos, y los avergüence por su locura en la tierra de su nacimiento, de forma que así ellos puedan de modo más cuidadoso exaltar el Nombre del Señor Jesús, y se fortalezcan en Sus decretos y leyes; estos son los deseos y oraciones de las Iglesias de Cristo condenadas en Londres, por todos los santos.

Subscriben en nombre de siete Iglesias en Londres.

William Kiffin

Thomas Patience

John Spilsbery

George Tipping

Samuel Richardson

Thomas Skippard

Thomas Munday

Thomas Gunne

John Mabbatt

John Webb

Thomas Killcop

Paul Hobson

Thomas Goare

John Mabbatt

Joseph Phelpes

Edward Heath