Me pareció que, tan pronto como leyera esta promesa, el corazón de ustedes se abalanzaría sobre ella y dirían espontáneamente: “¡Señor, que éste sea el día –el primer día del año que además coincide con el día del Señor- haz que este sea el día a partir del cual Tú me bendecirás de una manera muy especial!” La bendición de Dios es el don más rico que Sus criaturas pudieran recibir y privarse de ella es su mayor calamidad. ¿Qué es el infierno? Es el lugar adonde la bendición de Dios no puede llegar. ¿Qué es el cielo? Es el lugar donde constantemente se disfruta de la bendición de Dios en toda su pureza. Dios mío, si se pudiera elegir entre Tu bendición o el cielo, yo escogería Tu bendición aunque me quedara fuera del cielo que estar en el cielo pero privado de la bendición de mi Dios si tal cosa fuese posible. La más sublime felicidad de una criatura es ser bendecido por su Creador, y la suprema felicidad del hijo de Dios es que la bendición de su Padre recaiga en su cabeza y en su corazón.

 

En un cierto sentido, queridos amigos, no podemos identificar el momento cuando Dios comenzó a bendecir a Su pueblo. Si se remontaran al día antes de todos los días, cuando no existía día sino solo el Anciano de días; si regresaran al tiempo cuando no había tiempo, cuando sólo existía la eternidad, encontrarían, en los salones del consejo de la Divinidad, que Dios ya estaba bendiciendo a Su pueblo. Si yo pudiera suponer un día en la eternidad, podría decir de él: “Desde este día Jehová bendecirá a Su pueblo”. Cuando Cristo se encarnó, aunque ni ustedes ni yo habíamos nacido, con todo, estábamos inscritos en el Libro en el que todos los miembros de Cristo están inscritos; y desde aquel día cuando Él inclinó Su cabeza y dijo: “Consumado es”, y entregó el espíritu, fue abierto un canal para esos potentes torrentes de gracia que brotaron del decreto divino y podría decirse especialmente que desde aquel día Dios comenzó a bendecirnos. Cuando ustedes y yo nacimos, desde el primer instante en que nuestro rostro recibió el aire y nuestros ojos se abrieron a la luz, las misericordias ya estaban esperándonos. Una tierna madre nos recibió en su pecho y un amoroso padre proveyó para las necesidades de nuestra debilidad y de nuestra infancia. Puedo decir que, desde la cuna, el Señor ha dicho: “Desde este día os bendeciré”. Pero, para algunos de nosotros, ha habido un segundo nacimiento, un día en que pasamos de muerte a vida, de las tinieblas a la luz. ¡Feliz día! No podemos olvidarlo nunca. Es semejante en felicidad a aquel día en el que veremos el rostro de Cristo sin un velo intermedio. El día más dichoso de nuestra existencia fue aquel cuando vimos a Cristo colgado del madero para recibir el castigo de nuestros pecados. Al estar al pie de la cruz y recordar el día cuando Jesús se reunió conmigo por vez primera allí, verdaderamente puedo afirmar que entonces me dijo: “Desde este día te bendeciré”.

 

Sin embargo, omitiendo todos esos tiempos y edades en los que muy bien podríamos estar inclinados a demorarnos, voy a usar mi texto, primero, para buscar almas. El tiempo ha llegado esta misma noche cuando Dios las bendecirá. Luego lo voy a usar para cristianos individuales. ¡Que igual les suceda a ellos! Luego voy a aplicarlo a esta iglesia como un todo. ¡Que esta iglesia experimente la bienaventuranza de la promesa!

 

I. Primero, usaré el texto PARA BUSCAR ALMAS.

 

Cuando mi corazón estaba buscando a Dios con intenso denuedo, recuerdo bien que mi deseo incesante y mi clamor diario eran: “¡Quién me diera el saber dónde hallar a Dios!” Y yo quería preguntarle al Señor: “¿Hasta cuándo, oh Jehová, clamaré, y no oirás? ¿Cuánto tiempo buscaré en vano el rostro de Cristo?” Esto me lleva a identificarme con otros que están en una condición semejante.

 

Tú has estado buscando reposo por mucho tiempo, sin encontrar ninguno. Estás trabajado y cargado y preguntas esta noche: “¿Cuándo me bendecirá Dios? ¿Cuándo tendré el privilegio de ver el rostro de mi Padre en Cristo Jesús, y saber que mis pecados son perdonados?

 

Amados hermanos y hermanas, hay un período que sólo Dios conoce cuando Él mostrará Su rostro a Su pueblo. Ese período, cuando en efecto llegue, ciertamente les proporcionará consuelo. Está escrito con respecto a Cristo: “Le era necesario pasar por Samaria” y hay una necesidad similar de que, para cada pecador elegido, venga un día de gracia para que vea a Cristo y sea salvado por medio de Él. Ese momento establecido y deleitable les ha de llegar. Oro pidiendo que llegue esta misma noche. Si quieren saber cuándo es probable que llegue, permítanme darles algunas señales por las cuales pueden verlo anticipadamente.

 

Es probable que experimenten el susurro del amor de Dios en su corazón una vez que renuncien a toda confianza en la carne. Pudiera ser que ustedes tuvieran en el momento presente alguna confianza indistinguible en sus propias oraciones. No son tan insensatos como para confiar en su bautismo, o en su confirmación, o en su asistencia a la iglesia o a la capilla, pero en su interior acecha el pensamiento traicionero de que hay alguna eficacia, alguna utilidad en su lectura de la Biblia, en sus lágrimas y en su arrepentimiento, o en algo más que provenga de ustedes. Ahora bien, recuerden que no conocerán nunca la plenitud de Cristo mientras no conozcan el vacío de todo lo que no sea Cristo. Todo lo que fue jamás tejido por el hombre, Dios lo desenredará; todos los palos y las piedras con los que la energía humana pudiera edificar en el tema de la eterna salvación, tienen que ser arrancados por la mano de Jehová, pues Cristo es el único que tiene que edificar esa casa y si Él no la edificare, en vano trabajan los que la edifican. Digo que esto pudiera ser sólo un asunto indistinguible, pero yo te ruego que deseches toda partícula de esa vieja levadura, pues Cristo y tu alma no pueden nunca estar de acuerdo mientras no estés dispuesto a recibirlo para que sea tu sola y única confianza; y si tienes una sombra de dependencia en cualquier otro sitio, Cristo no puede ser nunca un Salvador para ti. Revisa muy bien eso.

 

El tiempo de bendición probablemente llegará cuando haya un claro divorcio entre ustedes y todos sus pecados. Esto es lo que mantiene a tantos pobres pecadores en problemas porque, aunque han renunciado a muchos pecados, hay todavía algún pecado favorito que retienen. Pero, pecador, tú no puedes amar a Cristo y también a tus pecados. Yo sé que estás muy dispuesto a renunciar a todos los pecados visibles de la carne, pero puede haber alguna mundanalidad, alguna avaricia, algún pecadito al que estás renuente a renunciar; pero tú tienes que matar a cada uno de ellos en el propósito de tu corazón o no puedes ser reconciliado nunca con tu Padre y con tu Dios. Un pecado tolerado, un pecado consentido y deleitoso cerrará tan eficazmente las puertas del cielo para tu alma como si vivieras en fornicación, adulterio o asesinato. Tu corazón tiene que odiar todo pecado, y tu corazón tiene que amar toda santidad. Cuando esto suceda, desde ese día te bendecirá Dios.

 

Hay algunos que no han obtenido nunca la paz a través de Cristo, porque no la han buscado solícitamente. Dices: “yo he orado con denuedo. He gemido, y he dado voces, y he luchado”. Sí, yo sé que lo has hecho en ciertos momentos, pero tu denuedo ha sido de un tipo espasmódico. Las puertas del cielo se abren para todos los que realmente creen en Cristo, pero ellos tienen que saber cómo tocar, y tocar una y otra vez. Cuando tu alma haya llegado al punto en que digas:

 

“No puedo aceptar ninguna negativa,

Pues imploro en el nombre de Jesús”,

 

entonces no recibirás ninguna negativa. ¡Oh, alma, piensa en el infierno del que escaparías! ¿No despierta eso a tu adormilado espíritu? Luego piensa en el cielo del que serías partícipe. ¿No enciende esto a tu alma aletargada? Te ruego que medites un poco sobre tu estado y tu condición, sobre el tiempo, sobre la eternidad, sobre la muerte, sobre el cielo, sobre el infierno, y haz que tu alma comience a agitarse. Si estás frío y no amas la oración, Dios no te bendecirá; pero cuando tu alma llegue a un devoto entusiasmo, desde ese día Dios te bendecirá.

 

Creo que tienes mucha seguridad de obtener una bendición cuando estés dispuesto a recibirla al modo de Dios. Algunos de ustedes no tienen la intención de creer en Cristo a menos que sientan una profunda convicción. Si Dios condescendiera a alarmarlos con sueños, entonces acudirían a Él. Si han resuelto que han de ser salvados de una cierta manera estereotipada, y que no han de creer nunca en Jesús a menos que se agrade en manifestarse de esa manera particular, el día de su bendición se demorará bastante antes de llegar; pero cuando tu alma diga: “Con tal que pueda mirar a Jesús, no pediré tener esta experiencia o aquella. Sólo sálvame, Señor; introdúceme en el arca, y permite que escape de la destrucción que viene sobre todos los que están afuera, y entonces mi alma hará a un lado sus caprichos, sus deseos y su altiva voluntad, y bendecirá Tu nombre por lo que Tu gracia ha hecho”. Cuando tu corazón esté delante de Dios como la cera bajo el sello, lista para acoger cualquier impresión que la mano divina elija poner sobre ella, entonces Dios dirá: “Desde este día te bendeciré”.

 

En resumen, si hay algún pecador aquí que dijera en su alma: “Verdaderamente, voy a recibir a Cristo esta noche, y voy a descansar en Él. Veo claramente que no tengo ningún otro lugar adonde huir, y, por tanto, voy a volar a la hendidura que está en la Roca eterna y voy a encontrar abrigo allí”, desde esta noche Dios te bendecirá. Si tu fe está edificada en Cristo, y sólo en Cristo, sigue tu camino, pues tus pecados, que son muchos, te son perdonados, y tú eres un alma acepta, y ni la muerte ni el infierno te apartarán jamás del amor de tu Padre. Regocíjate con un gozo indecible, pues una larga caravana de misericordias será tuya, por todos los siglos.

 

Pienso que ya he dicho lo suficiente sobre ese punto. Todos los que entiendan el poder de la oración, oren pidiendo que Dios bendiga estas simples y débiles frases para consuelo de algunos cautivos y para que sean liberados de sus ataduras.

 

II. Y ahora voy a volverme AL PUEBLO DE DIOS, y voy a dirigirles unas cuantas palabras.

 

Presentes en esta asamblea, esta noche, están muchos santos que conocen su bienaventuranza en Cristo Jesús, pero que desean con vehemencia un estado más sublime de vida espiritual; quieren una mayor comunión con Cristo, y una mayor conformidad a Su imagen, y así sucesivamente.

 

Queridos amigos, ustedes quieren saber cuándo pueden esperar este selecto favor: cuándo se pueden atrever a caminar en la luz del rostro de su Padre. Permítanme responderles. Cuando su espíritu esté enteramente sometido a la voluntad divina, entonces, desde ese día Dios los bendecirá. Es muy difícil hacer descender a mi ‘señor Se-hará-lo-que-yo-quiera’ para que sea un siervo gustoso del Rey de reyes. Es fácil ponerse de pie aquí y cantar:

 

“Si Tú me llamaras a renunciar

A lo que más valoro, nunca fue mío;

Yo sólo te cedo lo que era Tuyo:

‘¡Hágase Tu voluntad!’”

 

Pero no es tan fácil decir eso cuando miras el rostro de un niño que ha muerto, o cuando tienes que acompañar a la tumba a una muy amada esposa o esposo, o a un hermano o hermana a quienes amabas mucho. Confirmar nuestra entrega es entonces algo muy difícil. Decimos: “Hágase Tu voluntad”, pero cuando se hace la voluntad de Dios, no siempre usamos el lenguaje de Job para decir: “Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito”. Cuando ves a un cristiano en el horno, no se puede esperar que salga con solo preguntar: “¿cuándo se apaciguará esta llama?” Pero el fuego pronto cesará cuando un hombre, en tales circunstancias, puede decir: “Que se haga la voluntad de Dios”. Una señal de que el metal ha sido debidamente fundido y de que la escoria ha desaparecido, es que veas en él la imagen del Refinador, que el corazón refleje el rostro de Dios y diga: “No sea como yo quiero, sino como tú”.

 

Amados, tengan la seguridad de que nuestras miserias crecen en la raíz de nuestro egoísmo. Donde comienza el egoísmo, la aflicción se hace presente; y donde el egoísmo está muerto, la aflicción fenece. ¿Me comprenden? Si nuestras almas se hubieran sometido enteramente a la voluntad de Jehová, nunca perderíamos nada, pues ya habríamos renunciado previamente a todo. No murmuraríamos nunca si pudiéramos decir como decía el viejo puritano: “Yo siempre hago lo que quiero, porque Dios me ha ayudado a hacer que Su voluntad sea mi voluntad”. Pudo comprobarse el buen estado del corazón del mendigo cuando alguien le dijo: “Te deseo un buen día”, y él replicó: “te agradezco tu deseo; pero siempre tengo días buenos. Si Dios está conmigo no creo que un día sea mejor que otro”. “Bien” –dijo su interlocutor- “pero seguramente hay algunos días que te gustan más que otros”. “No” –respondió él- “no los hay; todos los días agradan a Dios, y lo que le agrada a Dios, me agrada a mí”. Alguien le preguntó a una anciana cristiana- “si pudieras elegir dónde vivir y dónde morir, ¿qué elegirías?” Ella respondió: “yo no elegiría nada”. “Pero, supón que fueras obligada a elegir”. “Entonces yo le pediría a Dios que me hiciera el favor de elegir por mí”. Pueden ver que ella evitaba elegir a toda costa pues todo se lo dejaba al Señor. Cuando tu corazón cambia a ese grado, entonces, desde ese día Dios te bendecirá.

 

Como cristianos podemos esperar una gran bendición cuando ya no sean puras palabras decir que nos daremos enteramente para el servicio de Dios, sino cuando realmente lo hagamos; entonces, desde ese día, Dios nos bendecirá. Probablemente no necesite decir que la dádiva más aceptable para Dios es la que es más costosa para nosotros. La blanca de la viuda era valiosa, no porque fuera una blanca, sino porque era todo lo que ella poseía. El viejo proverbio reza: “el hombre liberal da hasta que su mano suda”. No hay muchas personas de ese tipo. La verdadera liberalidad comienza cuando la mano empieza a sentirla, cuando lo que damos al Señor nuestro Dios representa algún sacrificio. ¿Siento esta noche que todo lo que soy y todo lo que tengo le pertenecen a mi Señor? ¿Puedo decir verdaderamente que si una vida de dolor y pobreza le glorificaran, yo aceptaría vivir en el dolor y en la pobreza; y si mi muerte le honrara más, yo estaría dispuesto a renunciar de inmediato a la salud y al consuelo y a soportar el golpe de la espada de la muerte? ¿Sientes que:

 

“No hay ni una sola oveja en el rebaño

Que yo desdeñaría alimentar;

Que no hay ni un enemigo ante quien

Yo temería argumentar Su causa”?

 

¿Puedes hacer de nuevo esta noche la solemne declaración de fidelidad a tu Dios que hiciste cuando viniste a Cristo por primera vez?:

 

“Ha sido realizada, la gran transacción ha sido realizada;

Yo soy de mi Señor y Él es mío:

Él me atrajo y yo lo seguí,

Encantado de confesar la voz divina.

 

Si es así, entonces, desde este día Dios te bendecirá.

 

Hay algunos días específicos en los que Dios se complace en otorgar una nueva oportunidad de bendición para Su pueblo. Algunas veces sucede cuando han estado especialmente entregados a la oración. Yo supongo que todos ustedes tienen un hito en su vida que les sirve de referencia como el punto de inicio de su carrera espiritual, así como tienen también momentos de un goce espiritual peculiar. En tal día, por ejemplo, uno de ustedes puede decir: “tuve una dulce comunión con Cristo; mi alma estaba embelesada con la mirada de Sus ojos”. Bien, desde esa fecha tú sientes que hubo un período de un goce peculiar. Ahora, yo espero que esta noche, junto a la mesa de la comunión, seamos favorecidos con un momento semejante e igualmente mañana durante la oración privada.

 

Un cierto montañés escocés comenzó a experimentar dudas respecto a su salvación. Como no podía permanecer en la duda subió a la cumbre de un alto monte y pasó ahí toda la noche en oración y se quedó tan absorto en la devoción que permaneció allí todo el siguiente día; pero, desde aquel momento, nunca fue vejado por más dudas. Su poderosa lucha contra Satanás sobre la cumbre del monte pareció poner un fin definitivo al período de sus dudas y temores y desde aquel día un claro brillo se posó sobre él hasta que fue llevado a casa. Sería bueno que apartáramos algunos momentos para buscar la comunión con Cristo, pues en tales momentos Él nos bendecirá.

 

Yo creo, también, que algunos cristianos han fechado la nueva vida espiritual a partir de algún acto particular en su historia. A mí no me gusta contar mis propios secretos pero he vivido algunos días muy especiales a partir de los cuales he tenido que fechar un tipo de vida nueva. Tal vez nuestros amigos sepan poco al respecto, pero recuerdo en especial un domingo por la noche: durante algunas semanas previas las colectas para apoyar al Colegio no había sumado más de 2 o 3 libras esterlinas, y teníamos a unos veinte o treinta jóvenes estudiantes que teníamos que mantener. Todo lo que yo poseía se había gastado, y no había nada de dinero, que yo supiera, para cubrir otra semana. Aquella noche aprendí a caminar por la fe en Dios en las cosas temporales, una lección que no había aprendido tan plenamente antes. Esa misma noche salí de aquí, y le dije a uno de mis hermanos que está sentado detrás de mí: “Mi banco está agotado”. “No” –comentó él- “tu Banquero es el eterno Dios, y Él no puede agotarse nunca”. “Bien, de cualquier manera” –respondí yo- “no tengo nada en mano”. “Aun así” –replicó él- “¿no puedes confiar en tu Dios?” En aquel momento abrimos una carta que estaba colocada sobre la mesa, cuya existencia nosotros desconocíamos, y encontramos en su interior 200 libras esterlinas que habían sido enviadas por algún donante cuyo nombre nunca supe, y que probablemente nunca sabré hasta el día del juicio. Desde aquel momento hasta ahora he confiado en Dios en esa materia, y quiero recalcar que, aunque me he encontrado con que no hay fondos para esto o para aquello, nunca ha habido una carencia real de dinero, pues siempre que se ha necesitado, Dios lo ha enviado. Considero que desde aquella precisa noche, mi Padre celestial tomó esa obra en Sus propias manos y dijo: “Desde este día os bendeciré”.

 

Alguno de ustedes pudiera haber tenido un cómodo ingreso, y le iba muy bien, pero todo le fue arrebatado, y pareció quedarse a la deriva, pero entonces, por primera vez, comenzó a vivir por fe; y aunque fuera –según dice la gente- una existencia precaria, con todo, recibiste una mayor bendición en ella de la que recibiste jamás; y aunque tal vez no seas tan rico como antes, has tenido tal consuelo interior, y tal paz de conciencia, que has sentido que desde aquel día Dios te ha bendecido.

 

Si hay algún cristiano aquí que se haya quedado a medio camino entre la fe y la voz del sentido, yo le aconsejo que rompa la cadena. Los mundanos le dirán: “deja tranquilo a lo que está bien”, y cosas por el estilo; pero la mejor prudencia en el mundo es ser como un niño, y la más sublime sabiduría es la que el mundo considera necedad. “El mejor corredor es el que corre en línea recta”, era el dicho de un alemán cuando estaba confiado en Dios respecto a una de sus obras de piedad, y es muy cierto. No andes dando rodeos, por aquí y por allá, preguntando: “¿es cierto esto o aquello?”, sino que debes ir derecho a tu Dios por la simple senda del deber, por el santo camino de la fe. Toma esa ruta y “desde este día”, dice el Señor, “te bendeciré”.

 

III. Y ahora vamos a concluir. Creo que hay un momento en que CADA IGLESIA oye la voz de Dios diciendo: “Desde este día os bendeciré”.

 

Yo creo que la iglesia oirá esa voz tan pronto como esté decidida a obtener una bendición. Sin embargo, es algo difícil lograr que una iglesia adopte esa posición. Conozco a algunas iglesias ubicadas en el campo donde es casi seguro que los esfuerzos de los ministros serán infructíferos, no tanto debido a la congregación como debido a los miembros de la iglesia. Mis hermanos en el ministerio me dicen algunas veces: “traté de tener una reunión de oración, pero no venían. Quería tener algunas reuniones especiales, pero un viejo diácono dijo: ‘nunca tuvimos una cosa así, y no vamos a tenerla ahora’. Quería lograr que hicieran algo por la vía de la evangelización del vecindario, pero dijeron que no podían permitirse eso; ya estaban saturados de trabajo manteniendo su propia causa, y no podían hacerlo”. Ahora bien, tales iglesias no pueden esperar nunca una bendición; pero yo creo que en esta iglesia tenemos una sola mente que es: tenemos la intención de implorar ante Dios hasta que abra las ventanas de los cielos y derrame sobre nosotros una bendición. Todos nosotros sentimos, respecto a este tema, que vamos a luchar con el ángel del pacto hasta que nos conceda el deseo de nuestro corazón; y también sentimos que Cristo no estará satisfecho nunca hasta que muchas más joyas sean colocadas en Su reluciente corona. Bien, creo que si esto es cierto, desde esta misma noche Dios nos bendecirá.

 

Dios bendecirá con seguridad a Su pueblo cuando cada uno sienta que tiene algo que hacer y tenga la intención de hacerlo. No digan: “Mi hermano debería hacer tal y tal cosa; y mi ministro debería hacer esto y aquello”. Por supuesto que pueden hablar así si desean hacerlo, pero esa no es la manera de lograr una bendición. La principal ocupación de cada cristiano debería radicar en su propia responsabilidad personal. Me he enterado de un hombre que, cuando pasó junto a la canasta de las ofrendas el domingo, y cuando se le preguntó cuánto había dado, respondió: “Lo que di no es nada para nadie”. Alguien dijo que pensaba que eso era exactamente lo que dio. Ahora bien, hay algunas personas que, en lo que hacen, siguen la misma norma; no le hacen ningún bien a nadie. Viven para sí mismas; y cuando mueren, su existencia habrá sido una vida puramente egoísta. Tales personas atraen una maldición más bien que una bendición para la iglesia; pero si esta noche sienten, hermanos y hermanas, que cada uno de ustedes tiene un nicho que llenar y resuelve que tratará de llenarlo; si se dan cuenta de que hay algo por hacer y en el nombre de Dios cada uno de ustedes tiene la intención de hacerlo, desde este momento Dios los bendecirá.

 

Y con seguridad habrá una bendición cuando haya una fuerte corriente de oración; y en esta iglesia existe esa corriente precisamente ahora. Habrá esa corriente, yo espero, mañana por la noche cuando nos reunamos especialmente para orar. Yo espero que todos vengan con un corazón como un incensario lleno de dulce incienso, humeante con santa oración.

 

Hermanos y hermanas, tenemos que orar más en privado. En esto tal vez fallamos. Debemos instar a tiempo y fuera de tiempo, si es que la oración pudiera estar jamás fuera de tiempo. Y luego, cuando nos reunamos en nuestras reuniones de oración, tiene que haber tiempos de lucha, tiempos en los que seguramente la bendición ha de ser ganada a Dios mediante una lucha santa. Cuando el amor y la concordia reinen, cuando cada miembro ayude a los demás miembros, cuando la iglesia íntegra y unida no busque otra cosa sino la gloria de Dios en la conversión de las almas, entonces vendrá la bendición. Yo no soy un profeta, ni soy hijo de profeta, pero me aventuro a predecir una gran bendición para esta iglesia en el año que tan felizmente ha comenzado. Finalizamos el año pasado envolviéndolo en un sudario de oración; le daremos a este año las alas de la alabanza; pero todavía continuaremos orando pidiendo una visitación del Espíritu; y la tendremos seguramente y el nombre del Señor será glorificado.