“El me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber. Todo lo que tiene el Padre es mío; por eso dije que tomará de lo mío, y os lo hará saber.” Juan 16: 14, 15.

Amados amigos, ¡aquí tienen a la Trinidad, y no hay salvación fuera de la Trinidad! Es el Padre, y el Hijo y el Espíritu Santo. “Todo lo que tiene el Padre es mío,” dice Cristo, y el Padre tiene todas las cosas. Siempre fueron Suyas; son Suyas; siempre serán Suyas; y no podrán ser nuestras hasta que cambien de dueño. Hasta que Cristo diga: “Todo lo que tiene el Padre es mío.”

Es en virtud del carácter representativo de Cristo, como Garantía del Pacto, que “Todo” lo que tiene el Padre es traspasado al Hijo, y sólo entonces puede ser entregado a nosotros. “Por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud;” “porque de su plenitud tomamos todos.” Pero nosotros somos tan torpes, que no podemos llegar a la grandiosa fuente, aunque el tubo conductor esté conectado a ella. Estamos lisiados. No podemos alcanzarla. Pero en eso interviene la tercera Persona de la divina Unidad, es decir, el Espíritu Santo, que toma de las cosas de Cristo y nos las hace saber. Así que realmente recibimos lo que es del Padre, a través de Jesucristo, por el Espíritu.

Ralph Erskine, en su prefacio a un sermón sobre el versículo quince, tiene un notable comentario. Él compara la gracia con la miel: miel que alegra a los santos, y endulza sus bocas y corazones; pero aclara que en el Padre “la miel está en la flor, y a tal distancia de nosotros que no podemos extraerla.” En el hijo “la miel está en el panal, preparada para nosotros en nuestro Emanuel, Dios-Hombre, el Verbo hecho carne, que dice: ‘Todo lo que tiene el Padre es mío; y mío, para uso y provecho de ustedes.” Está en el panal. Pero a continuación, la miel está en la boca: el Espíritu toma todas las cosas, y hace una aplicación, mostrándonos esas cosas, y llevándonos a comer y beber con Cristo, y a compartir ‘todas estas cosas.’ Sí, no sólo a comer la miel, sino también el panal rebosante de miel; no sólo Sus beneficios, sino a Él mismo.”

Es una hermosa división del tema. La miel en la flor en Dios, como en misterio; verdaderamente allí. Nunca habrá más miel que la que se encuentra en la flor. Pero, ¿cómo la obtendremos? No tenemos sabiduría para extraer su dulzura. No somos como las abejas que son capaces de hallarla. Es miel de abejas, no miel de hombres.

Pero en Cristo se convierte en la miel en el panal y, por tanto, Él es dulce a nuestro gusto como la miel que gotea del panal. A menudo estamos tan débiles que no podemos estirar la mano para alcanzar ese panal; ay, y hubo un tiempo en el que nuestros paladares eran tan depravados, que preferíamos las cosas amargas, hasta el punto de considerarlas dulces.

Pero ahora que el Espíritu Santo ha venido, la miel ha sido puesta en nuestra boca junto con el gusto para disfrutarla. Sí, ahora hemos gozado tanto de ella, que la miel de la gracia ha llegado a formar parte de nuestro ser, y nos hemos vuelto dulces para Dios; y su dulzura nos ha sido entregada mediante este extraño método.

Amados amigos, no necesito recordarles que mantengan la existencia de la Trinidad en un lugar prominente en su ministerio. Recuerden que no pueden orar sin la Trinidad. Si la obra plena de la salvación requiere de una Trinidad, el aliento de nuestra vida también la necesita. Ustedes no pueden acercarse al Padre excepto a través del Hijo y por el Espíritu Santo. Indudablemente, hay una trinidad en la naturaleza. Y de manera cierta y constante, surge la necesidad de una Trinidad en el dominio de la gracia; y cuando lleguemos al cielo entenderemos, quizá con más plenitud, el significado de la Trinidad en su Unidad.

Pero, si eso es algo que no podamos entender nunca, al menos lo captaremos con más amor, y nos regocijaremos más intensamente, cuando los triples tonos de nuestra música se eleven en perfecta armonía hasta Él, que es uno e indivisible, y sin embargo es tres, por siempre bendito, Padre, Hijo, y Espíritu Santo, único Dios.

Ahora, en cuanto al punto que debo abrirles el día de hoy, aunque yo no pueda hacerlo, Él sí lo hará. Debemos sentarnos aquí y pedir que podamos experimentar este texto en nosotros. “El me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber.” ¡Que lo experimentemos en este preciso momento!

Primero, la obra del Espíritu Santo: “Tomará de lo mío, y os lo hará saber.” Segundo, el propósito del Espíritu Santo y Su eficacia: “El me glorificará.” Y luego, en tercer lugar, cómo en ambas cosas Él es el Consolador. Es el Consolador quien lo hace; y encontraremos nuestro consuelo más rico y seguro en esta obra del Espíritu Santo, quien tomará de las cosas de Cristo y nos las hará saber.

I. Primero, LA OBRA DEL ESPÍRITU SANTO. Es evidente, queridos amigos, que el Espíritu Santo trata con las cosas de Cristo. Como dijo nuestro hermano, Archibald Brown, al comentar el capítulo que estamos estudiando ahora, Él no tiene ningún propósito de originalidad. Trata con las cosas de Cristo. Todas las cosas que Cristo había oído de Su Padre nos las hizo saber. Se apegó estrictamente a ellas. Y ahora el Espíritu toma únicamente de las cosas de Cristo. No debemos esforzarnos por buscar algo nuevo. El Espíritu Santo podría tratar con cualquier otra cosa arriba en el cielo, o abajo en la tierra: la historia de las edades pasadas, la historia de las edades por venir, los secretos íntimos de la tierra, la evolución de todas las cosas, si hubiese una evolución. Él podría hacer todo eso. Como el Señor, podría manejar cualquier clase de tópicos que eligiera; pero se limita a las cosas de Cristo, y en ello encuentra libertad inefable e ilimitada independencia.

¿Acaso piensas, querido amigo, que puedes ser más sabio que el Espíritu Santo? Y si Su elección es sabia, ¿acaso tu elección podría serlo si comenzaras a tomar de las cosas de algo o de alguien más? Tendrás al Espíritu Santo cerca de ti cuando estés recibiendo de las cosas de Cristo; pero, como se dice que el Espíritu no trata nunca sobre otra cosa, cuando estás haciendo uso de otras cosas el día domingo, las haces tú solo; y entonces el púlpito se convierte en una lúgubre soledad, aun en medio de una multitud, si el Espíritu Santo no está allí contigo.

Puedes inventar, si lo crees conveniente, una teología que brote de tu brillante cerebro; pero el Espíritu Santo no está allí contigo. Pero, ¡fíjate bien!, algunos de nosotros estamos resueltos a quedarnos con las cosas de Cristo, y continuar tratando con ellas mientras Él nos permita hacerlo. Y sentimos que estamos en tan bendita compañía con el Espíritu divino, que no envidiamos tu amplio bagaje de conocimientos.

El Espíritu Santo todavía existe, y trabaja, y enseña en la iglesia; pero tenemos una regla mediante la cual podemos saber si lo que la gente asegura que es una revelación, lo es realmente o no: “Él tomará de lo mío.” El Espíritu Santo no irá nunca más allá de la cruz, ni de la venida del Señor. Él no irá más allá de lo que concierne a Cristo. “Tomará de lo mío.” Por tanto, cuando alguien susurra a mi oído que esto o aquello le ha sido revelado, y yo no lo encuentro en la enseñanza de Cristo ni de Sus apóstoles, le respondo que debemos ser enseñados por el Espíritu Santo.

Su única vocación es tratar con las cosas de Cristo. Si olvidamos esto, podemos ser arrastrados por extravagancias, como ya lo han experimentado muchos. Los que quieran tratar con otras cosas, que lo hagan; pero en cuanto a nosotros, estaremos satisfechos con encerrar nuestros pensamientos y nuestra enseñanza dentro de estos límites ilimitados: “Él tomará de lo mío, y os lo hará saber.”

Me gusta pensar que el Espíritu Santo trata con estas cosas. Son tan dignas de Él. Ahora se ha elevado a las montañas. Su mente poderosa está entre las infinitudes cuando trata con Cristo, pues Cristo es el Infinito con el velo de lo finito. Vamos, Él parece algo más que infinito cuando penetra a lo finito; y el Cristo de Belén es menos entendible que el Cristo del seno del Padre. Parecería, si eso fuera posible, que Él ha sobrepasado lo infinito, y el Espíritu Santo tiene aquí temas que son dignos de Su vasta naturaleza.

Cuando te has pasado todo el domingo por la mañana contrayendo poco a poco un texto hasta convertirlo en nada, ¿qué has hecho? Un rey pasó todo un día tratando de hacer un retrato sobre la semilla de una cereza: un rey que gobernaba imperios; y aquí hablamos de un ministro que profesa que tiene un llamado del Espíritu Santo para el oficio de tomar de las cosas de Cristo, que ha desperdiciado toda una mañana con preciosas almas moribundas, predicándoles sobre un tema sin mayor importancia.

¡Oh, imiten al Espíritu Santo! Si profesan que Él habita en ustedes, entonces sean movidos por Él. Que se diga de ustedes, en su medida, lo mismo que se dice del Espíritu Santo, aunque sin medida: “Tomará de lo mío, y os lo hará saber.”

Ahora bien, ¿qué hace el Espíritu Santo? Él trata con hombres débiles. Sí, Él mora en nosotros, pobres criaturas. Yo puedo entender que el Espíritu Santo tome de las cosas de Cristo y Se regocije en ello; pero lo maravilloso es que glorifique a Cristo mostrándonos estas cosas. Y, sin embargo, hermanos, es en medio de nosotros que Cristo es glorificado. Nuestros ojos Lo verán. Un Cristo oculto es poco glorioso; y las cosas de Cristo que no han sido gustadas y que no son amadas, parecen haber perdido mucho de su fulgor. Pero al mostrar al pecador la salvación de Cristo, Le glorifica, y por tanto dedica Su tiempo, y ha dedicado todos estos siglos, a tomar de las cosas de Cristo, para que nosotros las conozcamos.

¡Ah!, es una gran condescendencia de Su parte, que nos muestre esas cosas; pero también es un milagro. Si se reportara que repentinamente las piedras cobran vida, y los cerros tienen ojos, y los árboles cuentan con oídos, sería algo extraño; pero que a nosotros, que estábamos muertos y ciegos y sordos en un sentido terrible (pues lo espiritual es más enfático que lo natural), a nosotros, que estábamos tan alejados, el Espíritu nos haga saber las cosas de Cristo, es para Su honra. Y así lo hace. Él baja del cielo para morar con nosotros. Démosle honra y bendigamos Su nombre.

Yo nunca he podido decidir qué admiro más, como acto de condescendencia: la encarnación de Cristo, o la morada del Espíritu Santo en nosotros. La encarnación de Cristo es maravillosa: que asumiera la naturaleza humana; pero, observen, el Espíritu Santo habita en la naturaleza humana pecaminosa; no en la naturaleza humana perfecta, sino en la naturaleza humana imperfecta; y continúa morando, no en un cuerpo que fue creado exclusivamente para Él, puro y sin mancha; no, sino que mora en nuestro cuerpo. ¿Acaso no saben que son templos del Espíritu Santo, aquellos que fueron manchados por naturaleza, y en quienes permanece todavía una medida de corrupción, a pesar de que Él habite allí? Y esto ha hecho Él toda esta multitud de años, no sólo en un caso, ni en miles de casos, sino en incontables casos. Él continúa poniéndose en contacto con la humanidad pecadora. No muestra las cosas de Cristo a los ángeles, ni a los serafines, ni a los querubines, ni a las huestes que han lavado sus ropas, y las han emblanquecido en la sangre del Cordero; sino que las hará saber a los hombres.

Yo supongo que significa que toma de las palabras de nuestro Señor, las que Él habló personalmente y las palabras que dijo por medio de Sus apóstoles. No permitamos nunca que alguien haga una división entre la palabra de los apóstoles y la palabra de Cristo. Nuestro Señor mismo las unió. “Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos.” Y si algunos rechazaran la palabra apostólica, quedarían excluidos del número de aquellos por quienes Cristo ora; ellos mismos se colocarían fuera, por ese simple hecho. Yo quisiera que recordaran solemnemente que la palabra de los apóstoles es la palabra de Cristo. Él no se quedó por largo tiempo después que resucitó de los muertos, ni hubo la oportunidad que nos diera una exposición más detallada de Su mente y de Su voluntad; tampoco la hubiera dado antes de Su muerte, porque no era el momento oportuno. “Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar.”

Después de la venida del Espíritu Santo, los discípulos estaban preparados para recibir lo que Cristo habló por medio de Sus siervos Pablo y Pedro, y Santiago y Juan. Ciertas doctrinas que algunos afirman que no son reveladas por Cristo, sino por Sus apóstoles, fueron todas reveladas por Cristo, cada una de ellas. Todas pueden ser encontradas en Su enseñanza; pero muchas de ellas se encuentran en forma parabólica. No es sino hasta que subió a la gloria, y por Su Espíritu preparó a un pueblo que pudiera entender la verdad con mayor claridad, que envía a Sus apóstoles, diciendo: “Vayan, y abran el significado de todo lo que dije, a quienes he elegido en el mundo.”

El significado está todo allí, lo mismo que todo el Nuevo Testamento está en el Antiguo; y a veces he pensado que, en lugar de que el Antiguo sea menos inspirado que el Nuevo, es más inspirado. Las cosas están más condensadas en el Antiguo Testamento que en el Nuevo Testamento, si fuera posible. Hay mundos de significados en una línea preñada del Antiguo Testamento; y en palabras del propio Cristo, es así. Él es el Antiguo Testamento en el que entran las Epístolas como un tipo de Nuevo Testamento; pero todo forma una unidad indivisible; no pueden ser separados.

Bien, las palabras del Señor Jesús y las palabras de Sus apóstoles, deben ser interpretadas para nosotros por el Espíritu Santo. Nunca llegaríamos al meollo de su significado sin Su enseñanza. Nunca entenderíamos su sentido pleno, si comenzáramos a disputar acerca de las palabras, diciendo: “yo no puedo aceptar esas palabras.” Si no quieres tener la cáscara, nunca tendrás al polluelo. Eso es imposible. “Las palabras no son inspiradas,” afirman.

Un ejemplo de una escena en la corte puede ayudarnos a entender lo débiles y confusas que son las palabras que no tienen el debido respaldo: pensemos en un hombre que es llamado a la corte como testigo, y que jura decir la verdad, y dice que así lo ha hecho; pero cuando lo someten a interrogatorio, dice: “pues bien, he dicho la verdad, pero retiro mis palabras.” El abogado que lo está interrogando tiene una copia de cierta declaración suya. El testigo dice: “¿sabe?, yo no garantizo la verdad de esas palabras.” Entonces le preguntan: “¿Cuál es su testimonio, entonces? No tenemos ninguna otra declaración. No entendemos nada de lo que quiere decir. Todo lo que ha dicho bajo juramento fueron sus propias palabras.” Todo lo que esto significa es que ese individuo es en realidad un mentiroso, un perjuro. Bueno, yo no digo más de lo que el sentido común sugeriría si estuviéramos en una corte. Ahora, si un hombre que estuviera predicando, dijera: “Yo he dicho la verdad, pero aún así no podría garantizar que mis palabras sean ciertas;” ¿qué queda? Si no hubiera inspiración en las Palabras de Dios, tendríamos una inspiración impalpable que se escurriría poco a poco entre los dedos, sin dejar ningún rastro.

Bien, tomen las palabras, y nunca disputen sobre ellas. Sin embargo, no podrían llegar al alma de su significado genuino, si el Espíritu Santo no los condujera hasta allí. Quienes las escribieron, en muchas ocasiones no entendían por completo lo que escribían. Algunos de ellos preguntaban y escudriñaban diligentemente para entender esas cosas que el Espíritu Santo les había hablado, y que les había ordenado anunciar.

Y ustedes, a quienes se dirigen estas palabras, tendrán que hacer lo mismo. Deben ir y decir: “Gran Señor, te damos gracias de todo corazón por el Libro; y te agradecemos porque has puesto el Libro en palabras; pero ahora, buen Señor, no vamos a cavilar acerca de la letra, como lo hicieron los judíos antiguamente, y los rabinos, y los escribas, perdiendo así su significado. Abre de par en par la puerta de las palabras, para que podamos entrar a la cámara secreta de su significado; y enséñanos lo que dicen, te lo pedimos. Tú tienes la llave. Llévanos adentro.”

Queridos amigos, siempre que quieran entender un texto de la Escritura, traten de leerlo en el original. Consulten con alguien que haya estudiado su significado en el idioma original; pero recuerden que la manera más efectiva para adentrarse en un texto, es orar en el Espíritu Santo. Oren por entender todo el capítulo. Afirmo que si leemos de rodillas un capítulo, buscando en cada palabra a Quien la dio, el significado vendrá a ustedes infinitamente más iluminado que por vía de cualquier otro método utilizado para estudiarla. “El me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber.” Él volverá a entregar el mensaje del Señor para ustedes, en la plenitud de su significado.

Pero yo no creo que eso sea todo lo que el texto quiere decir: “Tomará de lo mío.” En el siguiente versículo el Señor pasa a decir: “Todo lo que tiene el Padre es mío.” Por tanto, yo pienso que quiere decir que el Espíritu Santo nos enseñará las cosas de Cristo. Aquí tenemos un texto para nosotros: “Las cosas de Cristo.” Cristo habla como si en ese momento no poseyese nada que fuera especialmente Suyo, pues no había muerto todavía; no había resucitado todavía; no estaba suplicando todavía como el grandioso Intercesor en el cielo: todo eso estaba por venir. Pero, a pesar de eso, dice: “Aun ahora, todo lo que tiene el Padre es mío: todos Sus atributos, toda Su gloria, todo Su reposo, toda Su felicidad, toda Su bendición. Todo eso es mío, y el Espíritu Santo les mostrará eso.”

Pero podría leer mi texto desde una diferente perspectiva; pues Él ha muerto, ha resucitado, ha subido a lo alto, y he aquí, Él viene. Sus carros están en camino. Hay ciertas cosas que el Padre tiene, y que Jesucristo tiene, que son verdaderamente las cosas de Cristo, enfáticamente las cosas de Cristo; y mi oración es que ustedes y yo, predicadores del Evangelio, podamos tener el cumplimiento de este texto en nosotros: “Él tomará de lo mío, (mis cosas), y os lo hará saber.”

Supongan, amados hermanos, que vamos a predicar la palabra, y el Espíritu Santo nos muestra a nuestro Señor en Su Deidad. ¡Oh, cómo lo predicaríamos como divino: cuán ciertamente podría bendecir a nuestra congregación! ¡Cuán verdaderamente podría someter todas las cosas a Sí mismo, siendo que Él es Dios verdadero de Dios verdadero!

Es igualmente dulce verlo como hombre. ¡Oh, que tuviéramos el ángulo de visión del Espíritu hacia la humanidad de Cristo! Reconocer con toda claridad que Él es hueso de mis huesos, y carne de mi carne, y que en Su infinita ternura tendrá compasión de mí, y tratará con mi pobre pueblo, y con las conciencias atribuladas que me rodean; que todavía tengo que ir a ellos, para decirles de Alguien que se conmueve de sus debilidades, habiendo sido tentado en todo de manera semejante a sus tentaciones.

Oh, hermanos míos, si alguna vez, no, más bien, si en todo momento antes de predicar, tuviéramos una visión de Cristo en Sus naturalezas divina y humana, y bajáramos después de haber tenido esa fresca visión, para hablar acerca de Él, ¡qué eficaz predicación sería para nuestro pueblo!

Es glorioso tener una visión de los oficios de Cristo, recibida directamente del Espíritu Santo; pero especialmente de Su oficio de Salvador. A menudo Le he dicho: “Tú debes salvar a mi pueblo. Ese no es un asunto mío. Nunca he puesto un letrero sobre mi puerta diciendo que soy un salvador, ni me he erigido como tal; pero Tú has sido preparado para ese oficio. Tú lo has aprendido por experiencia, y Tú lo reclamas como Tu propio honor. Tú eres exaltado en lo alto como un Príncipe y un Salvador. Haz Tu obra, Señor mío.”

Yo tomé este texto, y lo prediqué a unos pecadores el otro domingo por la noche, y sé que Dios lo bendijo mientras les decía: “¡Que el Espíritu Santo les muestre que Cristo es un Salvador! Un médico no espera que ustedes se disculpen cuando acuden a él porque están enfermos, pues él es médico, y él los necesita para poder demostrar su capacidad. De igual manera, Cristo es un Salvador, y no necesitan disculparse por acudir a Él; pues Él no podría ser un Salvador si no tuviera a nadie a quien salvar.”

El hecho es que Cristo no puede tomar posesión de nosotros de otra manera, excepto por nuestro pecado. El punto de contacto entre el enfermo y el médico es la enfermedad. Nuestro pecado es el punto de contacto entre nosotros y Cristo. ¡Oh, que el Espíritu de Dios tomara de los oficios divinos de Cristo, especialmente del de Salvador, y nos los hiciera saber!

¿Alguna vez les enseñó el Espíritu Santo estas cosas de Cristo, es decir, Sus compromisos del pacto? Cuando acordó el pacto con el Padre, fue para comprometerse a traer muchos hijos a la gloria; no perdería ninguno de los que el Padre le dio, sino que serían salvados; tiene el compromiso con Su Padre de traer a Sus elegidos a casa.

Cuando las ovejas tengan que pasar bajo la mano de quien las cuenta, pasarán bajo la vara una por una, cada una mostrando una marca de sangre; y Él no descansará hasta que el número de las que estén en el redil celestial, coincida con el número registrado en el Libro.

Yo así lo creo; y ha sido maravilloso que esto me haya sido enseñado cuando he salido a predicar. Es una mañana triste, opaca, húmeda y brumosa. Sólo hay unas cuantas personas presentes. Sí, pero son un pueblo elegido, a quienes Dios ha ordenado que estén allí, y está el número que debe estar. Voy a predicar, y habrá algunas personas que serán salvas. No esperamos resultados al azar; sino que, guiados por el bendito Espíritu de Dios, predicamos con una viva certeza, sabiendo que Dios tiene un pueblo que Cristo se ha comprometido a traer a casa, y lo traerá; y cuando vea el fruto de la aflicción de Su alma, Su Padre se deleitará en cada uno de ellos. Si alcanzan una clara visión de esto, les proporcionará mucha firmeza y los hará fuertes.” “Él tomará de lo mío, y les enseñará mis compromisos del pacto, y cuando los vean, recibirán mucho consuelo.”

Pero, amados, el Espíritu Santo los favorece tomando lo que es peculiarmente de Cristo, es decir, Su amor, para mostrárselos. Lo hemos visto, algunas veces más vívidamente que otras. Pero si toda la brillante luz del Espíritu Santo fuera a concentrarse sobre el amor de Cristo, y nuestra visión fuera ampliada a su máxima capacidad, sería una visión tal, que ni el cielo podría sobrepasarla. Deberíamos sentarnos en nuestro estudio con la Biblia frente a nosotros, hasta llegar a sentir: “Bien, ahora, he aquí un hombre, si en el cuerpo, o fuera del cuerpo, no lo sé. Ese hombre es arrebatado al paraíso.”

¡Oh, poder ver el amor de Cristo a la luz del Espíritu Santo! Cuando nos es revelado así, no solamente vemos la superficie, sino el propio amor de Cristo. Ustedes saben que no han visto nada todavía, estrictamente hablando. Sólo ven la apariencia de la cosa: la luz que se refleja en ella; eso es todo lo que ven.

Pero el Espíritu Santo nos muestra la verdad desnuda, la esencia del amor de Cristo; y cuál es esa esencia: ese amor que no tiene principio, inmutable, ilimitado, sin fin; y ese amor que ha sido depositado sobre Su pueblo simplemente por motivos que provienen de Él y no por ningún motivo ab extra: cuál sea ese motivo, ¿qué lengua podría expresarlo? ¡Oh, es una visión encantadora!

Yo pienso que si pudiera haber una visión más maravillosa que el amor de Cristo, sería la visión de la sangre de Cristo.

Es el punto culminante de Dios. No conozco nada más divino. Parecería como si todos los propósitos eternos se dirigieran hacia la sangre de la cruz, y luego obraran desde la sangre de la cruz hacia la sublime consumación de todas las cosas. ¡Oh, pensar que Él habría de hacerse hombre! Dios creó el espíritu, un espíritu puro, un espíritu encarnado; y luego lo material; y de alguna manera, como si lo unificara todo, la Deidad se vincula a Sí misma con lo material, y se cubre de polvo al igual que nosotros; y juntando todo eso, luego va, y en esa forma, redime a Su pueblo de todo el mal de su alma, y de su espíritu, y de su cuerpo, derramando una vida que, mientras fue humana, estaba conectada con lo divino, para que hablemos correctamente de “la sangre de Dios.”

Vayamos al capítulo veinte de los Hechos, y leamos cómo lo expresa el apóstol: “Para apacentar la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre.” Yo no creo que el doctor Watts esté equivocado cuando afirma: “Dios que amó y murió.” Es una precisión incorrecta, una precisión de incorrección absoluta y estricta. Así sucede siempre cuando lo finito habla de lo Infinito. Fue un sacrificio maravilloso que pudo borrar, aniquilar, y extinguir absolutamente el pecado, y todas las trazas que pudieran quedar de él; pues “Él ha terminado la prevaricación, y puesto fin al pecado, y ha expiado la iniquidad, para traer la justicia perdurable.”

¡Ah, queridos amigos! Ustedes han visto esto, ¿no es cierto? Pero todavía tendrán que ver más; y cuando lleguemos al cielo, sabremos lo que significa la sangre, y con qué vigor cantaremos: “¡Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre!” ¿Habrá alguien allí que diga: “acaso no es esa la religión sangrienta” como blasfemamente la llaman algunos? ¡Ah, amigos míos, ellos estarán en la condición de arrepentirse tardíamente por no haber creído en la “religión sangrienta!” Pienso que el alma de cualquier hombre que se haya atrevido jamás a hablar de esa manera, arderá como carbones de enebro, por haber despreciado la sangre de Dios, y así, por sus propias obras intencionales, ese hombre será echado fuera para siempre.

¡Que el Espíritu Santo les muestre hoy Getsemaní, y Gabata y el Gólgota! ¡Y luego, que les permita una visión de lo que ahora está haciendo nuestro Señor! ¡Oh, y cómo les levantaría invariablemente el ánimo, cuando estuvieran deprimidos, tan sólo verlo intercediendo por ustedes!

Crean que si su esposa estuviera enferma, o su hijo se doliera de algo, y hubiera escaso alimento en la alacena, y ustedes salieran por la puerta trasera, y Lo vieran con Su pectoral, con todas sus piedras relucientes, y su nombre escrito allí, intercediendo por ustedes; ¿acaso no regresarían de inmediato y le dirían: “vamos, esposa, todo está bien; Él está orando por nosotros”? ¡Oh, sería un consuelo si el Espíritu Santo les mostrara un Cristo intercesor! Y pensar que Él reina a la vez que intercede. Él está a la diestra de Dios el Padre, que ha puesto todas las cosas bajo Sus pies. Y está en espera que el último enemigo sea puesto allí. Ahora, ustedes no tienen miedo de aquellos que los han atacado, y se les han opuesto, ¿no es cierto? Recuerden que Él ha dicho: “Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones. . . y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.”

Además, que el Espíritu Santo les muestre una clara visión de Su venida. Eso es lo mejor de todo. Esa es nuestra más brillante esperanza: “¡He aquí, Él viene!” Cuando cobre valor el adversario y haya menos fe, y el celo parezca casi extinto, estaremos recibiendo las señales de Su venida. El Señor siempre dijo eso: que no vendría antes de que se diera primero la apostasía; y así, en la medida en que la noche se torna oscura, y la tormenta enfurece, podremos recordar mejor que Él se acercó a los discípulos en el lago de Galilea, caminando sobre las olas, en medio de la noche, en lo más fiero de la tormenta.

Oh, ¿qué dirán Sus enemigos cuando Él venga? Cuando contemplen las huellas de los clavos del Glorificado, y al Hombre que lleva la corona de espinas, (cuando realmente lo vean venir), los que despreciaron Su palabra y Su sangre siempre bendita, ¡cómo se esconderán de Su rostro de amor ofendido! Nosotros, por el contrario, por Su infinita misericordia, diremos: “Esto es lo que Espíritu Santo nos enseñó; y ahora lo vemos literalmente. Le damos gracias por los anticipos que nos dio de la visión beatífica.”

No he terminado con el primer encabezado todavía, porque hay un punto que necesito que recuerden. Cuando el Espíritu Santo toma de las cosas de Cristo, y nos las hace saber, tiene un propósito al hacerlo. Espero que no se rían cuando les recuerde lo que hacen los niñitos, a veces, en la escuela. He visto a un niño que saca de su bolsillo una manzana, y le dice a su compañero: “¿Ves esta manzana?” “Sí,” replica el otro. “Entonces, verás cuando me la como,” dice el primero. Pero el Espíritu Santo no es ningún Tántalo, que toma de las cosas de Cristo, para guardarlas y mofarse de nosotros. No: Él dice: “¿Ves estas cosas? Si puedes verlas, puedes tenerlas.” ¿Acaso no dijo el propio Cristo: “Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra”? Mirar les proporciona un argumento; y si pueden verlo, Él es suyo.

Sucede con ustedes, lo mismo que le ocurrió a Jacob, en relación al tema del Espíritu que enseña cosas. Ustedes saben que Jacob se acostó y se durmió, y el Señor le dijo: “La tierra en que estás acostado te la daré a ti.” Ahora, en el lugar que elijan, a lo largo de todas las Escrituras, si encuentran dónde acostarse, ese lugar les pertenece. Si pueden dormir sobre una promesa, esa promesa es suya.

“Alza ahora tus ojos,” dijo Dios a Abram, “y mira desde el lugar donde estás hacia el norte y el sur, y al oriente y al occidente. Porque toda la tierra que ves, la daré a ti.” Que el Señor aumente nuestra santa visión de gozosa fe; pues no hay nada que veas que no puedas también disfrutar; todo lo que es en Cristo está allí para ustedes.

II. Ahora, en segundo lugar, ¿CUÁL ES EL PROPÓSITO DEL ESPÍRITU SANTO Y CUÁL ES SU EFICACIA? “El me glorificará.”

¡Ah, hermanos! El Espíritu Santo no viene nunca para glorificarnos a nosotros, o para glorificar a una denominación, o, creo, ni siquiera para glorificar un arreglo sistemático de doctrinas. Él viene para glorificar a Cristo. Si queremos tener el mismo propósito, debemos predicar para glorificar a Cristo. No alberguemos nunca este pensamiento: “voy a incorporar este trozo; va a sonar muy bien. Los amigos sentirán que la oratoria no ha desaparecido todavía, que Demóstenes está presente en esta aldea.”

No, no. Debo decirte, hermano, que aunque sea una pieza encantadora, debes eliminarla sin piedad; pues si has tenido un pensamiento así, no debes ponerte en el camino de la tentación al usarlo. “¡Sí, es una magnífica frase! No sé bien dónde la encontré, o si viene de mi inspiración. Me temo que la mayoría de nuestros amigos no la entenderán; pero les dará la impresión que cuentan con un pensador profundo en el púlpito.”

Pues bien, aunque sea muy admirable, y, además, aunque pudiera ser algo muy correcto predicarles esa preciosa pieza, si piensas así, elimínala. Bórrala sin piedad. Debes decir: “¡no, no, no! Si mi objetivo no es glorificar claramente a Cristo, no tendría el mismo propósito del Espíritu Santo, y no podría esperar Su ayuda. No tendríamos el mismo objetivo, y por tanto no estaría predicando para glorificar a Cristo de manera simple, sincera y única.”

Entonces, ¿cómo glorifica a Cristo el Espíritu Santo? Es muy hermoso pensar que Él glorifica a Cristo mostrando las cosas de Cristo. Si quisieras honrar a alguien, tal vez le llevarías un regalo que pudiera utilizar para decorar su casa. Pero en este caso, si quieres glorificar a Cristo, debes ir y tomar las cosas de la casa de Cristo, “las cosas de Cristo.” Siempre que tenemos que alabar a Dios, ¿qué hacemos? Simplemente decimos lo que Él es. “Tú eres esto, Tú eres eso.” No hay otra forma de alabarlo. No podemos tomar nada de ninguna otra parte, para traerla a Dios; las alabanzas a Dios son simplemente los hechos acerca de Él.

Si quieres alabar al Señor Jesucristo, háblale a la gente acerca de Él. Toma de las cosas de Cristo, y enséñalas a la gente, y glorificarás a Cristo. ¡Ay!, yo sé lo que ustedes harán. Tejerán palabras y les darán forma y las ordenarán de una manera elegante, hasta producir una encantadora pieza literaria. Cuando hayan hecho eso de manera muy cuidadosa, métanla al fuego en el horno, y dejen que se incinere. Posiblemente puedan hornear pan con eso. Hermanos, es mejor que digamos lo que es Cristo, que inventar diez mil palabras bonitas de alabanza en referencia a Él. “El me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber.”

Además, yo pienso que el bendito Espíritu glorifica a Cristo al hacernos saber las cosas de Cristo como de Cristo. ¡Oh, ser perdonados! Sí, es algo grandioso; ¡pero encontrar ese perdón en Sus heridas, eso es algo más grandioso aún! ¡Oh, alcanzar la paz! Sí, ¡pero encontrar esa paz en la sangre de Su cruz!

Hermanos, mantengan la señal de la sangre muy visible sobre todas las misericordias que reciben. Todas ellas están marcadas con la sangre de la cruz; pero algunas veces pensamos tanto en la dulzura del pan, o en la frescura de las aguas, que nos olvidamos de dónde proceden, y cómo nos llegaron, y entonces pierden su mejor sabor. Que haya venido de Cristo es lo mejor acerca de la mejor cosa que provenga jamás de Cristo. Que Él mismo me salve es, de alguna manera, mejor, que simplemente ser salvado. Ir al cielo es una gran bendición; pero yo sé que es mejor estar con Cristo, y, como resultado de ello, ir al cielo. Es Él mismo, y lo que procede de Él, lo que es lo mejor de todo, porque viene de Él mismo.

Así, el Espíritu Santo glorificará a Cristo haciéndonos ver que estas cosas de Cristo son verdadera y plenamente de Cristo, y todavía están vinculadas con Cristo; y únicamente las gozamos porque nosotros estamos unidos a Cristo.

Entonces se dice en el texto: “El me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber.” Sí, que el Espíritu Santo nos haga conocer a Cristo, ciertamente glorifica a Cristo. ¡Cuántas veces he anhelado que hombres de mentes sobresalientes pudieran ser convertidos! He deseado que pudiéramos contar con unos cuantos hombres como Milton, pero que cantaran al amor de Cristo; unos cuantos hombres poderosos, maestros de política y de ciencias semejantes, que consagraran sus talentos a la predicación del Evangelio.

¿Por qué no sucede así? Bien, porque parece que el Espíritu Santo no cree que esa sea la manera de glorificar supremamente a Cristo; y prefiere, como una mejor manera de hacerlo, traernos a personas comunes, y tomar de las cosas de Cristo y hacérnoslas saber. Él verdaderamente glorifica a Cristo; y bendito sea Su santo nombre porque por siempre mis ojos de confusa mirada contemplarán su infinita amabilidad; que por la eternidad un infeliz como yo, que puede entender cualquier cosa excepto lo que debe entender, sea conducido a comprender las alturas y las profundidades, y conocer, con todos los santos, el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento.

Pueden conocer, en una escuela, a un chico inteligente. Pero no dependió del maestro haber hecho de él alguien preparado. Pero por otro lado tenemos a un destacado estudiante, cuya madre nos relata que en la familia era el tonto más grande. Todos sus compañeros de clase dicen, “¡cómo, él estaba en la cola! Daba la impresión que no tenía cerebro; pero nuestro maestro, de alguna manera, le infundió algo de cerebro, y lo llevó a conocer algo que antes parecía incapaz de saber.” De alguna manera, nos da la impresión que nuestra propia insensatez, e impotencia, y muerte espiritual, (si el Espíritu Santo nos hace saber las cosas de Cristo), ayudarán a aumentar la grandiosa glorificación de Cristo, que es el propósito del Espíritu Santo.

Luego, amados hermanos, puesto que es para honra de Cristo que Sus cosas sean dadas a conocer a los hombres, Él nos las hará saber, para que nosotros vayamos y las hagamos saber a otras personas. Esto no lo podemos hacer nosotros, excepto en la medida que Él esté con nosotros para abrir los ojos a los demás; pero Él estará con nosotros mientras prediquemos lo que Él nos ha enseñado; así que el Espíritu Santo realmente estará haciéndolo saber a los otros, al tiempo que nos lo muestra a nosotros mismos. Una influencia secundaria fluirá de este servicio, pues recibiremos ayuda para usar los medios correctos para hacer que otros vean las cosas de Cristo.

III. Se nos acabó el tiempo; pero en tercer lugar debo señalarles simplemente CÓMO EN AMBAS COSAS ÉL ES NUESTRO CONSOLADOR.

Lo es, primero, por esta razón: que no hay ningún consuelo en el mundo como la visión de Cristo. Él nos hace saber las cosas de Cristo. ¡Oh, hermanos, si ustedes son pobres, y el Espíritu Santo les muestra que Cristo no tenía donde reclinar Su cabeza, qué visión consoladora es para ustedes! ¡Y si están enfermos, y el Espíritu Santo les muestra los sufrimientos que tuvo que soportar Cristo, qué consuelo les llega a ustedes! Y si son conducidos a ver las cosas de Cristo, cada una de conformidad a la condición en la que se encuentren, ¡cuán prontamente son liberados de su aflicción!

Y luego, si el Espíritu Santo glorifica a Cristo, esa es la cura para cualquier tipo de aflicción. Él es el Consolador. Tal vez ya se los he dicho antes, pero no puedo evitar repetirlo, que hace muchos años, después del terrible accidente ocurrido en Surrey Gardens, tuve que irme al campo y guardar reposo. Simplemente ver la Biblia me producía llanto. Únicamente podía mantenerme solo en el jardín; y estaba deprimido y triste, pues varias personas murieron en el accidente; y allí estaba yo también medio muerto; y recuerdo cómo recibí de nuevo mi consuelo, y prediqué el domingo siguiente a mi recuperación. Había estado caminando por el jardín, y estaba parado bajo un árbol. Si está allí todavía, no lo sé; pero recuerdo estas palabras: “A éste, Dios ha exaltado con su diestra por Príncipe y Salvador.” “Oh,” pensé para mí mismo, “yo sólo soy un soldado común. Si muero en una trinchera, no me importa. El rey es honrado. Él obtiene la victoria;” y yo era como uno de esos soldados franceses de tiempos antiguos, que amaban a su emperador; y ustedes saben cómo, cuando estaban a punto de morir, si el emperador pasaba junto a ellos, cada herido hacía un esfuerzo por erguirse apoyándose en su codo, y gritaba una vez más: “¡Vive l’Empereur!” (Viva el Emperador), pues el emperador estaba esculpido en su corazón.

Lo mismo, estoy seguro, sucede con cada uno de ustedes, hermanos míos, en esta guerra santa. Si nuestro Señor y Rey es exaltado, entonces nada importa todo lo demás: si Él es exaltado, no te preocupes por lo que nos pueda pasar. Somos un conjunto de pigmeos; todo está bien si Él es exaltado. La verdad de Dios está segura, nosotros estamos perfectamente anuentes a ser olvidados, ridiculizados, calumniados, y cualquier otra cosa que quieran hacernos los hombres. La causa está segura, y el Rey está en Su trono. ¡Aleluya! ¡Bendito sea Su nombre!

Nota del traductor: Al pie de este sermón hay una nota, con el informe del estado de salud de Spurgeon, bastante deteriorado:

“Ha transcurrido otra semana de ansiedad, y por la bendición del Señor sobre los medios utilizados, el señor Spurgeon ha logrado mantenerse con vida. La oración unida y casi universal por su completa recuperación sigue siendo ofrecida de manera continua; y al momento que este sermón es enviado a los impresores, parece haber una ligera mejoría en la condición de nuestro querido enfermo, que sigue siendo muy crítica. La señora Spurgeon, y los otros miembros de la familia, así como la Iglesia del Tabernáculo, están muy agradecidos por toda la simpatía que ha encontrado expresión de diversas maneras; y les suplican a todos los creyentes que sigan pidiendo por la plena restauración del señor Spurgeon, si es la voluntad de Dios.”