” pero nosotros predicamos a Cristo crucificado” 1 Corintios 1:23

En el versículo que precede a nuestro texto, Pablo escribe: “Los judíos piden señales”. Decían: “Moisés obró milagros; si vemos que se obran milagros, entonces, creeremos”, olvidando que todos los portentos que obró Moisés fueron totalmente eclipsados por los milagros obrados por Jesús en la carne, cuando estuvo en la tierra. Luego hubo ciertos maestros judaizantes que, para ganarse a los judíos, predicaban la circuncisión, exaltaban la pascua y procuraban demostrar que el judaísmo podía existir al lado del cristianismo, y que los antiguos ritos podían ser practicados todavía por los seguidores de Cristo. Entonces, Pablo, ‘que a todos los hombres fue hecho de todo, para que de todos modos salvara a algunos’, tomó una determinación, y dijo, en efecto: “Prescindiendo de lo que hagan otros, nosotros predicamos a Cristo crucificado; y no nos atreveríamos a alterar, ni podríamos alterar, ni alteraríamos el tema grandioso de nuestra predicación, ‘Jesucristo, y a éste crucificado’.”

 

Luego agregó: “y los griegos buscan sabiduría”. Corinto era el ojo mismo de Grecia, y los griegos de Corinto buscaban ávidamente aquello que valoraban como la sabiduría, es decir, la sabiduría de este mundo, no la sabiduría de Dios que Pablo predicaba. Los griegos atesoraban asimismo el recuerdo de la elocuencia de Demóstenes y otros oradores famosos, y pensaban que la verdadera sabiduría debía ser proclamada con los adornos de una elocución magistral; pero Pablo escribe a esos griegos de Corinto: “Me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado… y ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder, para que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.”

 

Hay algunas personas, en estos días, que se alegrarían si nosotros predicáramos cualquier cosa excepto a Cristo crucificado. Acaso los más peligrosos de ellos sean los que piden a gritos una predicación intelectual, con lo que quieren decir, una predicación que ni los oyentes ni los predicadores mismos puedan entender, el tipo de predicación que tiene poco o nada que ver con las Escrituras, y que requiere, para su explicación, más bien de un diccionario que de una Biblia. Estas son las personas que continuamente van de un lado a otro preguntando: “¿Han escuchado a nuestro ministro? Nos dio un asombroso discurso el domingo pasado por la mañana; mencionó citas en hebreo, y en griego, y en latín, y recitó trozos encantadores de poesía; de hecho, fue en todo un festín intelectual.”

 

Sí, y yo he comprobado que, usualmente, esos festines intelectuales conducen a la ruina de las almas; ese no es el tipo de predicación que Dios bendice generalmente para la salvación de las almas, y, entonces, aunque otros prediquen la filosofía de Platón, o adopten los argumentos de Aristóteles, “nosotros predicamos a Cristo crucificado”, al Cristo que murió por los pecadores, al Cristo del pueblo, y “nosotros predicamos a Cristo crucificado” en un lenguaje sencillo y en un mensaje claro que la gente común pueda entender.

 

Voy a procurar dar a nuestro texto una aplicación práctica, diciéndoles, primero, lo que predicamos; en segundo lugar, a quiénes lo predicamos; y, en tercer lugar, cómo lo predicamos.

 

I. En primer lugar, LO QUE PREDICAMOS. Pablo es un modelo para todos los predicadores, y él dice: “nosotros predicamos a Cristo crucificado.”

 

Para poder predicar el Evangelio plenamente, debe haber una muy clara descripción de la persona de Cristo; y nosotros predicamos a Cristo como Dios; no un hombre convertido en Dios, no un Dios degradado al nivel del hombre, no alguien entre un hombre y un Dios, sino “Dios verdadero de Dios verdadero”, uno con Su Padre en todos los atributos: eterno, que ni tiene principio de días, ni fin de vida; omnipresente, llenando todo espacio; omnipotente, teniendo todo poder en el cielo y en la tierra; omnisciente, sabiendo todas las cosas desde la eternidad; el grandioso Creador, Preservador, y Juez de todo, en todas las cosas la misma y expresa imagen del Dios invisible. Si erramos en lo relativo a la Deidad de Cristo, erramos en todo. El evangelio que no revela al Salvador Divino no es un evangelio en absoluto. Es como un barco sin timón. El primer viento contrario que sopla la encamina a la destrucción, y, ay de las almas que confían en él. No hay hombros, excepto los hombros poderosos que sostienen las gigantescas columnas de la tierra que pudieran sostener jamás el enorme peso de la culpa y la necesidad humanas. Nosotros les predicamos a Cristo, el Hijo de María, que una vez durmió en los brazos de Su madre, y, sin embargo, el Infinito, incluso cuando era un infante; Cristo, el conocido Hijo de José, trabajando en el taller de carpintería, pero siendo todo el tiempo el Dios que hizo los cielos y la tierra; Cristo, que no tenía dónde recostar Su cabeza, despreciado y rechazado entre los hombres, que es, sin embargo, “Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos”; Cristo clavado al madero maldito, sangrando por cada uno de Sus poros, y muriendo en la cruz, y, sin embargo, viviendo para siempre; Cristo sufriendo agonías que son indescriptibles, pero siendo al mismo tiempo el Dios a cuya diestra hay placeres para siempre. Si Cristo no hubiese sido hombre, no habría podido identificarse ni con ustedes ni conmigo, ni habría podido sufrir en lugar nuestro. ¿Cómo hubiera podido ser la Cabeza del pacto de los hijos e hijas de Adán, si no hubiese sido hecho en todo según la semejanza de ellos, excepto que no tenía pecado? Con esa sola excepción, Él era tal como somos, hueso de nuestros huesos y carne de nuestra carne, y, sin embargo, era tan verdaderamente Dios como era hombre, el Ser de quien Isaías fue inspirado a profetizar: “Se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz.” Entonces, cuando predicamos a Cristo crucificado, predicamos la gloria del cielo conjuntamente con la belleza de la tierra, la perfección de la humanidad reunida con la gloria y la dignidad de la Deidad.

 

A continuación, debemos predicar muy claramente a Cristo como el Mesías, el Enviado de Dios. Desde mucho tiempo atrás, había sido profetizado que un grandioso Libertador debía venir, que sería: “Luz para revelación a los gentiles”, y gloria de Su pueblo Israel, y Jesús de Nazaret fue ese Libertador prometido, de quien, tanto Moisés en la ley como los profetas, escribieron. Él fue enviado por Dios para ser el Salvador de los pecadores. No asumió este oficio sin autoridad, sino que podía decir en verdad: “He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad.” Él se convirtió en el Sustituto de los pecadores, pero esto no sucedió accidentalmente, sino por un decreto divino, pues leemos: “mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros.” Un sacerdote que no ha sido ordenado, un profeta que no ha sido enviado por Dios, un rey sin la autoridad divina habría sido únicamente una burla; pero nuestro grandioso Sumo Sacerdote fue ungido divinamente, nuestro Profeta sin par fue enviado por Dios, y nuestro Rey es Rey de reyes y Señor de señores, que reina justamente como el Hijo eterno del eterno Padre.

 

Pecador, esta verdad, debería proporcionarte esperanza y consuelo: el Cristo que predicamos es el Ungido del Señor; y lo que Él hace, lo hace por decreto. Cuando Él te dice: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar”, habla a nombre de Su Padre como también a nombre propio, pues tiene la garantía del Eterno que avala Su declaración. Por tanto, vengan confiadamente a Él, y pongan Su confianza en Él.

 

Una vez que el predicador ha puesto un fundamento bueno y sólido por medio de la predicación de la persona de Cristo y la condición de Mesías de Cristo, ha de continuar predicando la obra de Cristo. Sólo puedo proporcionar un breve resumen de lo que tomaría toda la eternidad para explicarlo. Hemos de predicar de tal manera que mostremos cómo, en el pacto eterno, Cristo tomó el lugar de Fianza y Representante de Su pueblo; y cómo, en la plenitud del tiempo, salió de los palacios de mármol llevando las vestiduras de la carne; y, cómo cumplió primero una justicia activa por la perfecta obediencia de Su vida cotidiana, y al final cumplió una justicia pasiva por Sus sufrimientos y muerte en la cruz. Comenzando en la encarnación, prosiguiendo a la obra grandiosa de la redención, hablando de la sepultura de Cristo, de la resurrección, ascensión, intercesión ante el trono de Su Padre y la gloriosa segunda venida, tenemos un tema que los ángeles muy bien podrían codiciar, un tema que muy bien podría despertar la esperanza en el corazón del pecador.

 

Pero es especialmente a Cristo crucificado a quien hemos de predicar. Sus heridas e hinchazones nos recuerdan que debemos decirles que “Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados.” La salvación debe ser encontrada en el Calvario, donde Jesús inclinó Su cabeza, y entregó Su espíritu, venció a los poderes de las tinieblas y abrió el reino de los cielos a todos los creyentes.

 

Hay una palabra que todo verdadero siervo de Cristo debe ser capaz de explicar muy claramente; y esa palabra es: sustitución. Yo creo que ‘sustitución’ es la palabra clave para toda la teología: Cristo ocupa el lugar de los pecadores, y es contado entre los transgresores por causa de las transgresiones de ellos, no las Suyas propias; Cristo paga nuestras deudas y salda todos nuestros pasivos. Esta verdad implica, por supuesto, que nosotros tomamos el lugar de Cristo cuando Él toma el nuestro, de tal forma que todos los creyentes son amados, aceptados, hechos herederos de Dios, y, en el tiempo señalado, son glorificados con Cristo para siempre.

 

Hermanos ministros, si no predican otra cosa, hagan que sus oyentes entiendan siempre, claramente, que hay un Sustituto divino y suficiente en todo para los pecadores, y que, todos los que ponen su confianza en Él, serán salvados eternamente.

 

Cuando predicamos así a Cristo, debemos predicar también Sus oficios. Debemos predicar a Cristo como el grandioso Sumo Sacerdote que vive para siempre e intercede por nosotros. Debemos predicarle como el Profeta cuyas palabras son divinas, y, por tanto, llegan a nosotros con una autoridad de la que no puede hacerse caso omiso. Debemos asegurarnos de predicarle siempre como Rey, poniendo la corona de alabanza sobre Su cabeza real, y reclamando de Su pueblo la inalterable fidelidad y lealtad de sus corazones, y el servicio indiviso de sus vidas.

 

Debemos predicar también los derechos de Cristo para Sus oficios. ¿Es un Esposo? Debemos decirle cuán amoroso y cuán tierno es. ¿Es un Pastor? Debemos proclamar Su paciencia, Su poder, Su perseverancia, y debemos publicar, especialmente, Su abnegado amor demostrado al entregar Su vida por Sus ovejas. ¿Es un Salvador? Debemos mostrar cómo Él puede salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios. Debemos hablar mucho sobre la mansedumbre que no quiebra la caña cascada, ni apaga el pábilo que humeare. Nos debe deleitar hablar de Cristo, que se inclina hacia el hombre de quebrantado corazón y le sana las heridas, y tiene Su oído abierto para el oír el clamor de un espíritu contrito. El carácter de Cristo es el imán que atrae a los pecadores a Sí, y sobre este bendito tema podría seguir hablando sin cesar.

 

Cuando, en una ocasión, Rutherford estaba hablando de las bellezas del Cristo a quien amamos tan encarecidamente, uno de sus oyentes se vio constreñido a gritar: “Vamos, hombre, tienes el tono correcto, sigue así”; y, en verdad, este es un tema que podría inducir al tartamudo a hablar con poder, y hacer que el propio mudo fuera elocuente por Cristo.

 

¡Oh, cuán glorioso es nuestro bendito Señor! Podemos decir muy bien con la esposa: “Todo él es codiciable.” No podemos exagerar Sus excelencias y encantos, y nuestra meta constante ha de ser pintar tal retrato de Él que los pecadores se enamoren de Él, y confíen en Él para ser salvados con Su grandiosa salvación.

 

Debemos hacernos el propósito de predicar siempre a Cristo como la única esperanza del pecador. En tiempos antiguos, había ciertas personas ingenuas que pretendían encontrar un remedio universal para todas las enfermedades, una panacea; pero su búsqueda fue en vano. Todos los anuncios de medicinas de curanderos que pudieran engañar a la gente ingenua, no convencerán nunca a la gente juiciosa de que se descubrió o será descubierta jamás una panacea para todas las enfermedades heredadas por la carne. Sin embargo, hay un remedio universal para las enfermedades del alma, y ese remedio universal es Cristo. Cualquiera que sea tu enfermedad: la furibunda fiebre de la lujuria, la trémula calentura intermitente de las dudas y temores o la feroz destrucción de la desesperación, Jesucristo puede sanarte. Sin importar la forma que pueda tomar el pecado -ya fuera un ojo ciego, o un oído sordo, o el duro corazón de piedra, o una conciencia embotada y cauterizada- hay una medicina en las venas de Jesús que muy bien podríamos llamar el ‘divino curalotodo’. Ningún caso sometido alguna vez a Cristo ha desconcertado Su habilidad, y Él es aún “grande para salvar”. Debemos ser muy claros en decirle al pecador que no hay esperanza para él en ninguna parte excepto en Cristo. Nueve de diez de las flechas que están en la aljaba de un ministro deben ser disparadas contra las buenas obras del pecador, pues estas son sus peores enemigos. Esas “obras de muerte” que necesitan ser arrojadas “a los pies de Jesús”, -ese procurar ser o sentir algo para poder salvarse a sí mismos-, esa es la maldición de muchos.

 

Oh, pecador, aunque desde la coronilla de tu cabeza hasta la planta de tus pies no haya una parte sana en ti, y sólo estés lleno de heridas y contusiones y de llagas putrefactas, si crees en Jesús, Él sanará cada partícula de tu ser, y proseguirás tu camino como un pecador salvado por la gracia.

 

Debemos predicar también a Cristo como el único deleite del cristiano. Necesitábamos a Cristo como un salvavidas cuando nos estábamos hundiendo en las olas del pecado, pero ahora que nos ha puesto a salvo en tierra, necesitamos que sea nuestro alimento y nuestra bebida. Cuando estábamos enfermos por medio del pecado, necesitábamos a Cristo como nuestra medicina; pero ahora que ha restaurado nuestra alma, le necesitamos como nuestro sustento continuo. No hay ninguna carencia que pudiera experimentar un cristiano que Cristo no pueda suplir, y no hay nada en Cristo que no sea útil para un cristiano. Ustedes saben que algunas cosas que poseemos son buenas, pero no todas son completamente útiles para nosotros. Por ejemplo, la fruta es buena, pero tiene una cáscara que ha de ser mondada, y una semilla que ha de ser desechada; pero cuando Cristo se da a nosotros, podemos tomarlo todo, y gozarlo para deleite de nuestro corazón. Todo lo que Cristo es, y todo lo que Cristo tiene, es nuestro.

 

Por tanto, cristiano, haz un pacto con tu mano, de que te asirás de la cruz de Cristo para que sea tu única confianza; haz un pacto con tus ojos, de que no buscarás la luz en ninguna otra parte excepto en el Sol de justicia; haz un pacto con tu ser entero, de que será crucificado con Cristo, y luego será llevado al cielo para vivir y reinar con él eternamente. Sí, esta ha de ser la expresión de tu corazón:

 

“Tú, oh Cristo, Tú eres todo lo que necesito,

Lo que encuentro en Ti no tiene límites.”

 

II. Ahora, en segundo lugar, ¿A QUIÉN DEBEMOS PREDICAR ESTO?

 

Posiblemente algún hermano diga: “debes predicar a Cristo a los elegidos.” Pero, ¿cómo podríamos saber quiénes son los elegidos? Leí un sermón, hace algún tiempo, en el que el ministro decía: “he estado predicando a los vivos en Sion; el resto de ustedes está muerto, y no tengo nada que decirles a ustedes. La elección lo ha logrado pero el resto está enceguecido.” Los predicadores de ese tipo tienen vida, para predicarla a los vivos, y medicina, para prescribirla a quienes están sanos, pero ¿de qué sirve eso? Imaginen a Pedro poniéndose de pie con los once, el día de Pentecostés, y diciéndole a la multitud congregada alrededor de ellos: “yo no sé cuántos de los que están aquí son elegidos, pero he de decirles que la elección lo ha logrado, y el resto está enceguecido.” ¿Cuántos habrían sido convertidos y agregados a la iglesia por medio de un mensaje como ése? Ahora, Pedro estaba en aquel momento lleno del Espíritu Santo, y fue por inspiración divina que predicó a Cristo crucificado a toda aquella mezclada multitud; y, entonces cuando se compungieron de corazón, y preguntaron: “Varones hermanos, ¿qué haremos?, Pedro estaba igualmente inspirado cuando respondió: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo”.

 

Yo pretendo hacer lo que Pedro hizo, pues considero que la comisión de Cristo para Sus discípulos es obligatoria para nosotros hoy: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. Yo no puedo saber si toda criatura a la que predico es elegida o no, pero mi oficio consiste en predicar el Evangelio a todos los que me encuentro, teniendo la garantía de que todos aquellos a quienes Dios ha elegido para vida eterna, ciertamente la aceptarán.

 

Cuando un cierto clérigo le preguntó al Duque de Wellington: “¿Piensa, su gracia, que sirve de algo predicar el Evangelio a los hindúes?”, él simplemente respondió: “¿Cuáles son tus órdenes de marcha?” Como soldado, él creía en obedecer órdenes; y cuando el clérigo le respondió que las órdenes eran: “Predicad el evangelio a toda criatura”, el duque replicó: “Entonces tu deber es muy claro; obedece las órdenes de tu Señor, y no debes preocuparte por la opinión de alguien más”.

 

El principal oficio de un verdadero ministro es predicar el Evangelio a los pecadores, y nunca está tan contento como cuando les está predicando a quienes se reconocen pecadores. Cuando les está predicando a los que tienen justicia propia, tiene grandes problemas en cuanto a los efectos del mensaje, pues teme que podría resultar ser olor de muerte para muerte para ellos; pero cuando se reúne con aquellos que confiesan, llenos de aflicción, que son culpables, y que están perdidos y arruinados, entonces se deleita en la esperanza de resultados bendecidos provenientes de su predicación. Siente que ahora está entre peces que picarán la carnada, así que tira el sedal en el río, y pronto experimenta el gozo de sacar a tierra muchos peces. Sabe que el pan es siempre mucho más delicioso para los hambrientos, y que incluso la medicina amarga será tragada ávidamente por el hombre que está muy enfermo y anhela ser curado. Entiende que son los desnudos quienes necesitan ser vestidos, y quienes no tienen dinero son los que claman pidiendo limosna.

 

Oh, pecadores, si ustedes se dan cuenta de que son viles e inmundos, repletos de toda forma de mal, que no cuentan con nada propio que sea digno de ser llamado bueno, y si están anhelando ser liberados del mal de todo tipo, y ser hechos santos como Dios es santo, me alegra que mi Señor me haya dado en Su Palabra un mensaje como éste para ustedes: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.”

 

Aun así, un verdadero ministro de Cristo no limita su predicación a los pecadores que están persuadidos de su culpa, sino que predica el Evangelio a pecadores de cualquier edad. A los menores, cuyas vidas no han sido manchadas todavía por los vicios de la edad, les predica a Cristo crucificado como el Salvador de los niños, y se alegra en verdad, cuando los muchachos y muchachas confían en Jesús, y son salvados. A ustedes, que han alcanzado la mitad de la vida, les predica a Cristo crucificado como el bálsamo que cura toda herida, el cordial usado para toda preocupación, y queda agradecido cuando ustedes son salvados también por la gracia por medio de la fe en Jesús. A los ancianos y a los que tienen grises sus cabellos, a los decrépitos, a quienes están al propio borde de la tumba, les predica a Cristo crucificado; si pudiese encontrar un pecador que hubiere alcanzado la edad de Matusalén, todavía le predicaría el mismo Evangelio, pues sabe que no hay ningún Salvador excepto el Cristo crucificado del Calvario, y sabe también que, sean viejos o jóvenes, o ni viejos ni jóvenes, todos los que confían en Él, son salvados inmediatamente y salvados para siempre.

 

Y a la vez que predica a Cristo a los pecadores de todas las edades, él también predica a Cristo a los pecadores de todos los rangos. Para las reinas y los príncipes y los nobles no tiene nada mejor que predicar que Cristo, y no tiene nada menos que Cristo para predicarles a los campesinos y artesanos, o a los indigentes; Cristo crucificado para los hombres de letras y erudición, y Cristo crucificado, igualmente, para los ignorantes y los analfabetas.

 

Él también predica de Cristo a los pecadores de todo tipo, incluso a los ateos, al hombre que dice que no hay Dios, y lo exhorta a que crea y viva. Predica de Cristo a los hombres abiertamente profanos; cuando hacen una pausa momentánea en sus blasfemias, les habla de ese grandioso juramento que Dios ha jurado: “Vivo yo, dice Jehová el Señor, que no quiero la muerte del impío, sino que se vuelva el impío de su camino, y que viva.” Nosotros predicamos a Cristo a las rameras en las calles; y, ¡oh, cuán gozosamente muchas de ellas le recibieron, y cuán alegremente han encontrado limpieza de sus inmundas manchas en la preciosa sangre de Jesús! Predicamos a Cristo al borracho, pues nosotros creemos que nada, salvo la gracia de Dios, puede rescatarle de su degradación y pecado, y hemos visto muchos pecadores de ese tipo que han sido recuperados por el Evangelio.

 

La predicación de Cristo crucificado, el izamiento del Hijo de Dios agonizante “como Moisés levantó la serpiente en el desierto”, tiene el poder suficiente para trastornar al mundo entero, y para convertir en santos a los pecadores, por tanto, tenemos la intención de continuar predicando a Cristo a todos los pecadores de todo tipo. No tenemos la intención de dejar fuera a nadie, ni siquiera a ti, amigo mío, que piensas que has sido dejado fuera, o que deberías ser dejado fuera. Sabemos que hay un libro de la vida delante del trono de Dios, y que no pueden ser escritos más nombres en él; todos fueron registrados antes de la fundación del mundo, cuando el Padre le dio a Cristo aquellos que han de ser eternamente suyos. Nosotros no podemos remontarnos al cielo para leer los nombres de los redimidos que están escritos allí, pero creemos que la lista contiene millones y millones de nombres de aquellos que todavía no han confiado en Cristo, por lo que tenemos la intención de seguir predicando de Cristo a los pecadores de toda edad, de toda condición, de todo tipo, de todo grado de negrura y vileza, y creemos que “aún hay lugar”, que aún hay misericordia para el miserable, que aún hay perdón para el culpable que venga y confíe en Jesucristo, y en Él crucificado.

 

III. Ahora, por último, ¿CÓMO DEBEMOS PREDICAR A CRISTO CRUCIFICADO?

 

Yo creo, primero, que debemos predicar a Cristo muy valerosamente. Recuerdo a un joven que subió a un púlpito, para dirigirse a una pequeña congregación, y comenzó diciendo que esperaba que perdonaran su juventud, y que excusaran su impertinencia al venir a hablarles. Algún viejo caballero insensato dijo: “¡cuán humilde es ese joven, ya que habla así!”, pero otro, que era más sabio que él, aunque era más joven, dijo: “¡Qué deshonra para su Señor y Maestro! Si Dios le envió con un mensaje para esas personas, ¡qué importa que sea joven o sea viejo! Una modestia fingida como esa está fuera de lugar en el púlpito.” Yo pienso que el segundo hombre estaba en lo correcto, y que el primero estaba equivocado. Un verdadero ministro del Evangelio es un embajador de Cristo, y ¿acaso nuestros embajadores van a las cortes extranjeras con disculpas por llevar mensajes de su soberano? Sería un grave insulto para la corona de esos reinos si ellos mostraran una humildad así en su capacidad oficial.

 

Los ministros del Evangelio deben guardar su modestia para otras ocasiones, cuando deba ser manifestada, pero no deben deshonrar a su Maestro ni desacreditar Su mensaje como lo hizo aquel joven necio. Cuando predicamos a Cristo crucificado, no tenemos ninguna razón para tartamudear, o balbucear, o dudar, o disculparnos; no hay nada en el Evangelio de lo que tengamos un motivo para avergonzarnos. Si un ministro no está seguro acerca de su mensaje, que se quede callado hasta que esté seguro acerca de él; pero nosotros creemos, y, por tanto, hablamos con el acento de la convicción. Si no he probado el poder del Evangelio en mi propio corazón y en mi vida, soy un vil impostor al estar en este púlpito para predicar ese Evangelio a otras personas; pero como yo sé con toda seguridad que soy salvo por la gracia por medio de la fe en Jesucristo, y como tengo la certeza de que he sido llamado divinamente a predicar Su Evangelio:

 

¿Acaso por miedo al hombre enclenque,

Restringiré el curso del Espíritu en mí?

¿O, sin desfallecer en obras ni palabras,

Seré un verdadero testigo para mi Señor?

 

Pero a la vez que predicamos a Cristo valerosamente, también hemos de predicarle afectuosamente. Ha de haber un grande amor en nuestra proclamación de la verdad. No debemos dudar de señalar a los pecadores el estado de ruina a la que los ha llevado el pecado, y debemos exponerles claramente el remedio divinamente prescrito; pero hemos de combinar la ternura de una madre con la severidad de un padre. Pablo parecía tanto una madre como un padre, en un sentido espiritual, en su ministerio. Escribió a los gálatas: “Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros”; y a los de Corinto escribió: “en Cristo Jesús yo os engendré por medio del evangelio”; y todo verdadero ministro de Cristo, a su medida, puede identificarse con él en esas dos experiencias. Sí, pecadores, en verdad, nosotros les amamos; con frecuencia, nuestro corazón está a punto de ser quebrantado por el anhelo que tenemos de verlos salvos. Desearíamos poder predicarles con los ojos bañados en llanto de un Baxter; no, más bien, con el corazón que se derrite y con el celo consumidor del Salvador.

 

Entonces, a continuación, debemos predicar solamente a Cristo. Con Pablo, todo verdadero ministro debería ser capaz de decirles a sus oyentes; “Me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado”. El predicador no debe mezclar nunca ninguna otra cosa con el Evangelio. Cada vez que predica, debe tratar siempre el mismo viejo tema, “Jesucristo, y a éste crucificado.” Cristo es el Alfa del Evangelio, y es la Omega también; la primera letra del alfabeto del Evangelio, y la última letra, y todas las letras que están en medio. Debe ser Cristo, Cristo, CRISTO de principio a fin. No debe haber ningún tráfico de obras ni ninguna otra cosa mezclados con Cristo. No debe haber ningún recubrimiento con lodo suelto en nuestra edificación sobre Cristo, el único cimiento que está puesto de una vez para siempre.

 

El predicador debe proponerse predicar a Cristo muy sencillamente. Debe demoler sus grandes palabras y sus largas frases, y debe orar pidiendo protección contra la tentación de usarlas. Usualmente son las frases cortas, -como dagas-, las que hacen el mejor trabajo. Un verdadero siervo de Cristo no debe intentar nunca dejar que la gente vea cuán bien predica; nunca debe desviarse de su camino para insertar un hermoso trozo de poesía en su sermón, ni debe introducir excelentes citas de los clásicos. Debe emplear un estilo sencillo y casero, o cualquier estilo que Dios le hubiere dado; ha de predicar a Cristo tan claramente que sus oyentes no sólo puedan entenderle sino que no puedan malinterpretarle incluso si trataran de hacerlo.

 

Ahora, mi tiempo se ha agotado, y debo concluir diciendo que debemos procurar predicar a Cristo salvadoramente. ¡Oh, pecadores, yo quisiera que ustedes confiaran en Cristo en este preciso instante! ¿Se dan cuenta de cuán grande es su peligro? ¡Alma inconversa, tú estás parada, por decirlo así, sobre la boca del infierno, sobre una sola tabla, y esa tabla está podrida! ¡Hombre, tú podrías estar en tu tumba antes de que amanezca otro día domingo; y, entonces, si no eres salvo, estarás en el infierno! Te cuidado de no ser llevado sin que estés preparado; pues, si esa fuera tu infeliz porción, no habrá recompensa que pudiera librar a tu alma de descender al abismo. Mira tu necesidad de Cristo, pecador, y aférrate a Él, por la fe. Nadie sino Cristo puede salvarte. Cristo es el Camino; tú puedes andar por todos lados, toda tu vida, tratando de encontrar otra entrada al cielo, pero no la encontrarás, pues éste es el único camino. ¿Por qué no habrías de venir a Dios por medio de Cristo? ¿Por qué razón eres tan ingrato como para despreciar la misericordia paciente de Dios? ¿No te conducirá la bondad de Dios al arrepentimiento? ¿Acaso morirá Cristo por los pecadores, y tú, pecador, te apartarás de Él, que es el único que puede darte la vida? Basta que creas en Él, y Él te salvará; tus pecados, que son muchos, te serán perdonados todos; tú serás adoptado en la familia de Dios, y a su debido tiempo, te encontrarás en el cielo para no salir jamás. Si quieres ser feliz, si quieres gozar de la paz que sobrepasa todo entendimiento, si quieres tener dos cielos –un cielo abajo y un cielo arriba- confía en Jesús, pecador, confía en Jesús en este preciso instante. No salgas de este edificio como un réprobo. Una mirada creyente te traerá la salvación, pues:

 

"Hay vida en una mirada al Crucificado:
Hay vida en este instante para ti;

Entonces mira, pecador: míralo y sé salvo,

A Él, que fue clavado al madero.”

 

¡Míralo a Él, míralo a Él ahora; que el Espíritu Santo los habilite para mirar y vivir, por Jesucristo nuestro Señor! Amén.