“Por eso os digo que todas las cosas por las que oréis y pidáis, creed que ya las habéis recibido, y os serán concedidas.” Marcos 11: 24 (Biblia de las Américas)

Este versículo tiene algo que ver con la fe de los milagros; pero yo creo que tiene mucha mayor relación con el milagro de la fe. Esta mañana, de todos modos, vamos a considerarlo bajo esa luz. Yo creo que este texto es la herencia, no sólo de los apóstoles, sino de todos aquellos que caminan en la fe de los apóstoles, creyendo en las promesas del Señor Jesucristo. Ese consejo que Cristo dio a los doce y a sus inmediatos seguidores, la Palabra de Dios lo repite para nosotros en este día. Que recibamos constante gracia para obedecerlo. “Todas las cosas por las que oréis y pidáis, creed que ya las habéis recibido, y os serán concedidas.

Cuántas personas hay que se quejan porque no disfrutan la oración. No la descuidan, pues no se atreverían a hacerlo; pero la descuidarían si pudieran atreverse, pues están muy lejos de encontrar algún placer en ella. Y, ¿acaso no debemos lamentar algunas veces que el carruaje pierda sus ruedas y nos conduzca pesadamente a lo largo de nuestras súplicas? Le dedicamos el tiempo programado, pero volvemos a ponernos de pie, sin alivio, como un hombre que ha estado acostado en su cama, pero que no ha dormido lo suficiente como para recuperar plenamente sus fuerzas. Cuando llega otra vez el tiempo de orar, nuestra conciencia nos vuelve a poner de rodillas, pero no tenemos una dulce comunión con Dios. No presentamos nuestras necesidades con la firme convicción de que Él las cubrirá. Después de musitar una vez más nuestra ronda acostumbrada de expresiones, nos ponemos de pie, tal vez más turbados en la conciencia y más afligidos en la mente, de lo que estábamos antes.

Creo que hay muchos cristianos que tienen esta queja: que oran, no tanto porque sea algo bendito que se les permita acercarse a Dios, sino porque deben orar, porque es su deber, porque sienten que si no lo hiciesen, perderían una de las evidencias ciertas de su condición de cristianos. Hermanos, yo no los condeno; pero a la vez, si pudiera ser el instrumento para izarlos de ese estado tan bajo de gracia y llevarlos a una atmósfera más elevada y saludable, mi alma se gozaría en sumo grado. Si yo pudiera enseñarles un camino más excelente; si pudiesen considerar a la oración, de ahora en adelante, como su elemento, como uno de los ejercicios más deleitables en su vida; si llegaran a valorarla más que el alimento necesario, y a considerarla como uno de los mayores lujos del cielo, ciertamente habría cumplido con un grandioso cometido, y ustedes tendrían que dar gracias a Dios por una grandiosa bendición.

Entonces, préstenme su atención mientras les solicito, primero, que miren al texto; en segundo lugar, que miren a su alrededor; y después, que miren por encima de ustedes.

I. Primero, MIREN AL TEXTO. Si lo miran cuidadosamente, pienso que percibirán las cualidades esenciales que son necesarias para que la oración sea grandemente exitosa y prevaleciente. De acuerdo a la descripción que hizo nuestro Salvador de la oración, siempre tiene que tener algunos objetivos definidos por los que debemos implorar. Él habla de cosas: “Todas las cosas por las que oréis y pidáis.” Parece, entonces, que no dispuso que los hijos de Dios vinieran a Él en oración, cuando no tuvieran nada que pedir.

Otro requisito esencial de la oración es un deseo vehemente; pues el Maestro supone aquí que cuando oramos tenemos deseos. Ciertamente, la forma externa o el esqueleto desnudo no sería una oración, sino solamente algo parecido a una oración. Pero no se trata de la actividad viva, la actividad que prevalece en todo, la actividad todopoderosa llamada oración, a menos que haya una plenitud y un desbordamiento de los deseos.

Observen, también, que la fe es una cualidad esencial de la oración exitosa: “Creed que ya las habéis recibido.” No pueden ser oídos en el cielo y recibir una respuesta satisfactoria para su alma, a menos que crean que Dios realmente les oye y que les responderá.

Otro requisito es evidente aquí en la propia superficie, es decir, que una expectación de cumplimiento debe acompañar siempre a una fe firme: “creed que ya las habéis recibido.” No se trata simplemente de creer que “las recibiremos” sino de creer que “realmente ” las hemos recibido. Considerarlas como ya recibidas, como si ya contáramos con ellas, y actuar de manera correspondiente: actuar como si estuviésemos seguros de obtenerlas: “Creed que ya las habéis recibido, y os serán concedidas.” Revisemos estas cuatro cualidades, una por una.

Para que la oración tenga algún valor, debe tener peticiones definidas por las cuales suplicar. Hermanos míos, a menudo divagamos en nuestras oraciones, yendo tras esto, eso, y lo otro, sin obtener nada, porque en cada caso realmente no deseamos nada. Parloteamos acerca de muchos temas, pero el alma no se concentra en ningún objetivo. ¿Acaso no se ponen de rodillas, algunas veces, sin haber pensado de antemano qué quieren pedirle a Dios? Lo hacen por costumbre, sin ninguna motivación de corazón. Son semejantes a un hombre que va a una tienda sin saber qué artículos quiere comprar. Quizá llegue a hacer una compra útil estando allí, pero ciertamente no es muy sabio adoptar un plan así. Y de igual manera, cuando el cristiano está orando, puede sobrevenirle un deseo real, y alcanzar su fin, pero cuánto mejor le iría si, habiendo preparado su alma mediante la reflexión y un autoexamen, viniera a Dios con una súplica real, con un objetivo que quiere alcanzar. Si solicitáramos una audiencia ante la corte de su majestad la reina, deberíamos esperar tener que responder a la pregunta: “¿para qué deseas verla?” Sería inconcebible por nuestra parte, que fuéramos ante la presencia de la realeza, y que hasta en ese momento pensáramos en la petición por la que hemos llegado allí.

Lo mismo sucede con el hijo de Dios. Él debe ser capaz de responder a la importante pregunta: “¿Cuál es tu petición y te será otorgada? ¿Cuál es tu demanda?” ¡Imagínense a un arquero que dispara con su arco, pero sin saber dónde se encuentra el blanco! ¿Tendrá posibilidades de éxito? ¡Conciban un barco en un viaje de exploración, que navega sin que el capitán tuviera la menor idea de lo que está buscando! ¿Acaso esperarían que regresara abundantemente cargado ya fuera con los descubrimientos de la ciencia, o con muchos tesoros de oro? En todo lo demás deben tener un plan. No se presentan a trabajar sin saber qué es lo que necesitan fabricar; ¿cómo es que van a Dios sin saber qué es lo que necesitan obtener? Si tuvieran algún propósito, no encontrarían nunca que la oración es un trabajo monótono y pesado; estoy persuadido que la anhelarían vehementemente. Dirían: “Hay algo que necesito. Oh, que me pudiera acercar a Dios, y pedírselo; tengo una necesidad, y necesito verla satisfecha, y anhelo poder estar solo, para derramar mi corazón delante de Él, y pedirle esta cosa importante por la que mi alma suspira sinceramente.” Descubrirán que es provechoso para sus oraciones que tengan objetivos a los que apuntar, y también pienso que es provechoso si cuenten con algunas personas que puedan mencionar en sus oraciones. No pidan a Dios simplemente por los pecadores en general, sino siempre mencionen a algunos pecadores específicos. Si eres un maestro en la escuela dominical, no pidas simplemente que tu clase sea bendecida, sino ora por cada uno de tus niños, específicamente, delante del Altísimo. Si hay alguna misericordia que anhelas para tu hogar, no vayas dando rodeos, sino sé claro y directo en tus peticiones a Dios.

Cuando ores al Señor, dile lo que necesitas. Si no tienes dinero suficiente, si estás en la pobreza, si sufres estrecheces, presenta tu caso. No vengas con una fingida modestia delante de Dios. Ve de inmediato al punto; habla honestamente con Él. Él no necesita de un circunloquio como el que usan constantemente los hombres cuando no quieren decir abiertamente lo que tienen en mente. Si no necesitas ninguna misericordia, ni espiritual ni temporal, dilo. No rebusques en la Biblia para encontrar palabras con las cuales expresarte. Declara tus necesidades con las palabras que naturalmente broten de ti. Serán las mejores palabras, puedes estar seguro de ello. Las palabras de Abraham eran las mejores palabras para Abraham, y las tuyas son las mejores para ti. No necesitas estudiar todos los textos de la Escritura para orar justo como Jacob y Elías lo hicieron. Si lo haces, no los imitarías. Podrías estarlos imitando literal y servilmente, pero no tendrías el alma que sugirió y animó sus palabras. Ora utilizando tus propias palabras. Habla claramente con Dios; pide de inmediato lo que necesitas. Nombra personas, nombra cosas, y apunta directamente a la mira de tus súplicas, y estoy seguro que pronto descubrirás que el cansancio y la monotonía de los que te quejabas a menudo en tus intercesiones, ya no te asediarán; o, al menos, no tan habitualmente como ha sucedido hasta este momento.

“Pero” -dirá alguno- “yo no siento que tenga algunos objetivos especiales por los cuales orar.” ¡Ah!, mi querido hermano, no sé quién seas, o dónde vivas, para que no tengas objetivos especiales por los cuales orar, pues yo descubro que cada día trae ya sea su necesidad o su problema, y que yo tengo algo que pedirle a mi Dios cada día. Pero si no tuviéramos ningún problema, mis queridos hermanos, si hubiéramos alcanzado tal estatura en la gracia, que no tuviéramos necesidad de pedir nada, ¿acaso amamos tanto a Cristo que no tenemos necesidad de orar para que le amemos más? ¿Poseemos tanta fe que hemos cesado de clamar: “Señor, aumenta nuestra fe”? Estoy seguro que siempre descubrirán muy pronto, mediante un pequeño examen de conciencia, que hay algún objetivo legítimo por el que pueden tocar a la puerta de la misericordia y clamar: “Concédeme, Señor, el deseo de mi corazón.” Y si no tienes ningún deseo, basta con que le preguntes al primer cristiano atribulado que encuentres, y él te compartirá uno. “Oh” -te responderá- “si no tienes nada que pedir para ti, ora por mí. Pide que mi esposa enferma se recupere. Pide que el Señor alce la luz de Su rostro sobre un corazón desalentado; pide que el Señor envíe ayuda a algún ministro que ha estado laborando en vano, y desgastando sus fuerzas infructíferamente.” Cuando hayas terminado con lo tuyo, suplica por otros; y si no te encuentras con alguien que pueda sugerirte un tema, mira a esta gigantesca Sodoma, esta ciudad como otra Gomorra desplegada ante ti; llévala constantemente en tus oraciones delante de Dios y clama: “Oh, ojalá Londres viva delante de Ti; que su pecado se detenga; que su justicia sea exaltada, que el Dios de la tierra atraiga hacia Sí mucho pueblo de esta ciudad.”

Junto con un objetivo de oración muy definido, es igualmente necesario que haya un deseo verdadero para alcanzarlo. “Las oraciones frías” -afirma un viejo teólogo- “piden ser rechazadas.” Cuando le pedimos al Señor con tibieza, sin fervor, es como si detuviésemos Su mano, y le impidiésemos darnos las mismas bendiciones que pretendemos estar buscando. Cuando tengan su objetivo bajo la mira, su alma tiene que ser tan poseída por el valor de ese objetivo, por su propia suma necesidad de él, por el peligro al que estarían expuestos a menos que la petición les fuera concedida, que serán compelidos a suplicar por ella como un hombre suplica por su vida.

Hay una hermosa ilustración de la verdadera oración, explicada en la forma de dos nobles damas, cuyos esposos estaban condenados a muerte y a punto de ser ejecutados, cuando vinieron delante del rey Jorge y le pidieron que los perdonara. El rey ruda y cruelmente les denegó la petición. ¡Era de esperarse de la naturaleza de Jorge I! Y por estar suplicándole una vez, y otra, y otra, no podían luego ponerse de pie; tuvieron que ser literalmente arrastradas fuera de la corte, pues no estaban dispuestas a retirarse hasta que el rey les hubiese sonreído, y les hubiese dicho que sus esposos vivirían. ¡Ay!, fracasaron, pero eran unas nobles mujeres por su perseverancia en suplicar de esta manera por las vidas de sus esposos. Esa es la forma en la que debemos orar a Dios. Debemos tener tal deseo por la cosa que necesitamos, que no nos levantaremos hasta que la hayamos obtenido: mas, sin embargo, siempre en sumisión a Su voluntad divina. Sintiendo que lo que pedimos no puede ser malo, y que Él mismo lo ha prometido, tenemos la determinación que nos sea otorgado, y si no lo fuera, argumentaremos la promesa, una y otra vez, hasta que las puertas del cielo sean sacudidas antes de que nuestras súplicas cesen. No nos debe sorprender que Dios no nos haya bendecido tanto últimamente, pues no somos fervientes en la oración como deberíamos serlo. Oh, esas oraciones provenientes de un corazón frío que se mueren en nuestros labios, esas súplicas congeladas: si no mueven los corazones de los hombres, ¿cómo habrían de mover el corazón de Dios? No brotan de nuestras propias almas, no provienen de las profundas fuentes secretas de lo íntimo de nuestro corazón, y, por tanto, no pueden elevarse a Él, que únicamente escucha el clamor del alma, ante quien la hipocresía no puede tejer ningún velo, o la formalidad no puede practicar ninguna simulación. Debemos ser sinceros, pues de otra manera no tendremos ningún derecho a esperar que el Señor escuche nuestra oración.

Y seguramente, hermanos míos, si comprendiéramos la grandeza del Ser ante quien suplicamos, sería suficiente para reprimir toda ligereza y constreñirnos a una incesante sinceridad. ¿Entraré en Tu presencia, oh Dios mío, para burlarme de Ti con palabras salidas de un corazón frío? ¿Acaso los ángeles velan sus rostros delante de Ti, y yo me contentaré con parlotear a través de una fórmula sin alma y sin corazón? Ah, hermanos míos, no tenemos idea de cuántas de nuestras oraciones son una abominación al Señor. Sería una abominación tanto para ustedes como para mí que oyéramos a unos individuos pidiéndonos algo en la calle, como si no necesitasen lo que pedían. Pero, ¿acaso no hemos hecho lo mismo con Dios? Eso que es la mayor bendición del cielo para el hombre, ¿no se ha convertido en un deber árido y muerto? Se decía de John Bradford que tenía un arte peculiar para orar, y cuando se le preguntó su secreto, respondió: “cuando sé lo que necesito, siempre me quedo en esa oración hasta que siento que la he argumentado con Dios, y hasta que Dios y yo hemos llegado a un acuerdo al respecto. Yo nunca prosigo con otra petición hasta no haber completado la primera.”

¡Ay!, algunos hombres comienzan diciendo: “Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre;” y sin advertir el pensamiento de adoración contenido en: “santificado sea tu nombre,” comienzan a repetir las siguientes palabras: “Venga tu reino”; luego, tal vez, algo impresione su mente: “¿realmente deseo que venga Su reino? Si llegara a venir ahora ¿dónde estaría yo?” Y mientras están pensando en eso, su voz sigue adelante con: “Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra;” de esta manera mezclan sus oraciones y dicen las frases de corrido. ¡Oh!, deténganse al final de cada frase hasta que verdaderamente la hayan orado. No traten de poner dos flechas en la cuerda a la vez, porque ninguna dará en el blanco. El que quiere poner dos balas en la pistola no puede esperar tener éxito. Descarguen un tiro primero, y luego carguen el otro. Pídanle algo a Dios y prevalezcan, y entonces pidan de nuevo. Alcancen la primera misericordia, y luego vayan otra vez por la segunda. No se satisfagan con pintar los colores de sus oraciones el uno sobre el otro, hasta el punto que no se pueda mirar ningún cuadro sino sólo un gigantesco pintarrajo, un embadurnamiento de colores de pésimos trazos.

Miren a la propia Oración del Señor. Qué trazos tan claro y definidos se observan en ella. Hay ciertas misericordias definidas que no se entrecruzan. Allí está, y conforme miramos el conjunto, descubrimos un magnífico cuadro; no vemos confusión, sino un orden bellísimo. Que sea lo mismo con sus oraciones. Quédense en una petición hasta que hayan prevalecido con esa, y luego pasen a la siguiente. Con objetivos definidos y con ardientes deseos entremezclados, hay una alborada de esperanza de que prevalecerán con Dios.

Pero otra vez: estas dos cosas no servirían de nada si no estuvieran mezcladas con una cualidad divina todavía más esencial, es decir, una fe firme en Dios. Hermanos, ¿creen en la oración? Yo sé que ustedes oran porque son el pueblo de Dios; pero, ¿creen en el poder de la oración? Hay un gran número de cristianos que no. Piensan que es algo bueno, y creen que algunas veces hace maravillas; pero no creen que la oración, la oración real, tenga siempre éxito. Piensan que en efecto depende de muchas otras cosas, pero que no tiene ninguna cualidad esencial o poder en sí misma. Ahora, la convicción de mi propia alma es que la oración es el mayor poder en el universo entero; que tiene una fuerza más omnipotente que la electricidad, que la atracción, que la gravedad, o que cualquier otra de estas fuerzas secretas que los hombres han llamado por nombres, pero que no entienden. La oración tiene una influencia tan invariable, tan segura, tan verdadera, tan palpable sobre el universo entero, como cualquiera de las leyes de la materia.

Cuando un hombre ora realmente, no se trata de si Dios le oirá o no. Dios debe oírle. No porque haya alguna compulsión en la oración, sino porque hay una dulce y bendita compulsión en la promesa. Como es el sublime y verdadero Dios, no puede negarse a Sí mismo. ¡Oh!, pensar en esto: que tú, un hombre insignificante puedas estar aquí y hablar con Dios, y a través de Dios puedas mover todos los mundos. Sin embargo, cuando tu oración es escuchada, la creación no es alterada; aunque las mayores peticiones sean contestadas, la providencia no será desordenada ni un solo instante. Ninguna hoja caerá más pronto del árbol, ninguna estrella detendrá su curso, ninguna gota de agua caerá más lentamente de su fuente, todo continuará siendo igual, y sin embargo, tu oración lo habrá afectado todo. Hablará a los decretos y a los propósitos de Dios mientras están siendo cumplidos diariamente, y todo ellos gritarán a tu oración, y clamarán: “tú eres nuestra hermana; nosotros somos decretos y tú una oración; pero tú misma eres un decreto, tan antiguo, tan seguro, tan viejo como lo somos nosotros.” Nuestras oraciones son decretos de Dios en otra forma. Las oraciones del pueblo de Dios no son sino promesas de Dios musitadas por corazones vivos, y esas promesas son los decretos, sólo que puestos en otra forma y figura. No pregunten: “¿cómo pueden mis oraciones afectar los decretos?” No pueden, excepto que en la medida que sus oraciones son decretos, y que conforme brotan, cada oración que es inspirada por el Espíritu Santo a su alma, es tan omnipotente y eterna como ese decreto que dijo: “Sea la luz; y fue la luz;” o como ese decreto que eligió a Su pueblo, y ordenó su redención por la sangre preciosa de Cristo.

Tú tienes poder en la oración, y tú estás hoy entre los ministros más potentes en el universo que Dios ha hecho. Tú tienes poder sobre los ángeles, pues ellos volarán a tu voluntad. Tú tienes poder sobre el fuego, y el agua, y los elementos de la tierra. Tú tienes poder para que tu voz sea escuchada más allá de las estrellas. Donde los truenos se desvanecen en silencio, tu voz despertará los ecos de la eternidad. El oído del propio Dios la escuchará y la mano de Dios mismo cederá a tu voluntad. Él te pide que clames: “Hágase tu voluntad,” y tu voluntad será hecha. Cuando tú puedes argumentar Su promesa entonces tu voluntad es Su voluntad. ¿No parece algo sobrecogedor, mis queridos amigos, tener tal poder en las manos de uno como el poder de orar?

Han oído algunas veces historias de hombres que pretendían tener un poder extraño y místico, por el cual podían llamar a los espíritus de los profundos abismos, por el cual provocaban aguaceros torrenciales y detenían el sol. Todo era una invención de la imaginación, pero si fuera verdad, el cristiano es todavía un mayor mago. Basta que tenga fe en Dios, y no habrá nada imposible para él. Será libertado de lo profundo de las aguas, será rescatado de las más penosas aflicciones, en los días de hambre será saciado, será librado de la peste, en medio de la calamidad caminará con paso firme y fuerte, en la guerra siempre será protegido, y en el día de la batalla alzará su cabeza, si cree simplemente en la promesa, y la levanta delante de los ojos de Dios y la argumenta con la convicción de una confianza inconmovible. No hay nada, lo repito, no hay una fuerza tan tremenda, no hay una energía tan maravillosa, como la energía con la que Dios ha dotado a cada hombre, que como Jacob puede luchar, como Israel puede prevalecer con Él en oración.

Pero tenemos que tener fe en esto; tenemos que creer que la oración es lo que es, o de lo contrario no es lo que debería ser. A menos que crea que mi oración es eficaz, no lo será, pues dependerá de mí en gran medida. Dios me puede otorgar la misericordia aun cuando no tenga fe; eso dependerá de Su propia gracia soberana, pero Él no ha prometido hacerlo. Pero cuando yo tengo fe, y puedo argumentar la promesa con verdadero deseo, ya no es más una probabilidad si voy a obtener la bendición, o si mi voluntad se verá cumplida. A menos que el Eterno se aparte de Su Palabra, a menos que el juramento que ha dado sea revocado, y Él mismo cese de ser lo que es, “sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho.”

Y ahora, subiendo otro escalón, conjuntamente con objetivos definidos, debe haber fervientes deseos y fe firme en la eficacia de la oración, y, ¡oh, que la gracia divina lo haga una realidad en nosotros! Deberíamos ser capaces de contar las misericordias antes de recibirlas, creyendo que vienen en camino.

Leyendo el otro día un dulce librito, que recomiendo a todos ustedes, escrito por un autor norteamericano que parece conocer enteramente el poder de la oración y con quien estoy en deuda por muchas cosas buenas, un librito llamado La Hora del Sosiego, me encontré una referencia a un pasaje del libro de Daniel, en su capítulo diez, creo, donde, como dice, toda la maquinaria de la oración está al desnudo. Daniel está de rodillas en oración, y el arcángel se le acerca. Habla con él y le dice que tan pronto como Daniel comenzó a disponer su corazón para entender, y para humillarse delante de Dios, sus palabras fueron oídas, y el Señor despachó al ángel. Luego le dice como si se tratase de cualquier conversación de negocios en el mundo: “a causa de tus palabras yo he venido. Mas el príncipe del reino de Persia se me opuso durante veintiún días; pero he aquí Miguel, uno de los principales príncipes, vino para ayudarme . . .He venido para hacerte saber lo que ha de venir.”

Vean, ahora, que Dios sopla el deseo en nuestros corazones, y tan pronto como el deseo está allí, antes de que llamemos, Él comienza a responder. Antes de que las palabras hayan recorrido la mitad de su camino al cielo, mientras todavía están temblorosas sobre los labios (conociendo las palabras que queremos decir) comienza a responderlas, y envía al ángel; el ángel llega y trae la bendición solicitada. Vamos, esto es una revelación, si pueden verla con sus ojos. Algunas personas piensan que las cosas espirituales son sueños, y que estamos hablando de cosas imaginarias. No, yo creo que hay tanta realidad en la oración de un cristiano como la que hay en un relámpago; y la utilidad y excelencia de la oración de un cristiano puede ser tan conocida sensiblemente, como el poder de un relámpago cuando parte un árbol, quiebra sus ramas y lo sacude hasta en su propia raíz. La oración no es una imaginación ni una ficción; es una cosa verdadera y real que ejerce coerción en el universo, atando con grillos a las propias leyes de Dios, y constriñendo al Sublime y Santo a poner atención a la voluntad de su pobre pero favorecida criatura humana.

Pero necesitamos creer en esto siempre. Necesitamos una seguridad en la eficacia de la oración. ¡Necesitamos contar las misericordias antes de que sean otorgadas! ¡Necesitamos estar seguros que van a llegar! ¡Necesitamos actuar como si ya las tuviésemos! Cuando hayan pedido por su pan de cada día, no deben turbarse con afanes, sino que deben creer que Dios los ha oído y se los dará. Cuando hayan presentado el caso de su hijo enfermo delante de Dios, deben creer que el niño se recuperará, y si no fuera así, que entonces será mayor bendición para ustedes y mayor gloria a Dios, y así dejarlo todo en Sus manos. Poder decir: “yo sé que me ha escuchado ahora; sobre la atalaya estaré yo continuamente; buscaré a mi Dios y oiré lo que tenga que decir a mi alma.” ¿Te viste frustrado alguna vez, cristiano, habiendo orado en fe y habiendo esperado una respuesta? Yo doy mi propio testimonio aquí, esta mañana, que todavía no he confiado en Él, pero que me fallara. He confiado en el hombre y he sido engañado, pero mi Dios nunca me ha denegado la petición que le he hecho, cuando he apoyado la petición con fe en Su disposición a escucharme, y en la seguridad de Su promesa.

Pero oigo que alguien pregunta: “¿podemos pedir por cosas temporales?” Ay, claro que pueden hacer eso. En todo den a conocer sus necesidades a Dios. La oración no es únicamente para lo espiritual, sino también para las preocupaciones cotidianas. Lleven sus más pequeñas preocupaciones delante de Él. Él es un Dios que oye la oración. Él es el Dios de su hogar así como el Dios del santuario. Siempre lleven todo lo que tengan delante de Dios. Como un buen hombre que está a punto de ser unido a esta Iglesia me dijo de su difunta esposa: “Oh” -dijo- “ella era una mujer que yo no podía convencerla de hacer algo hasta que hubiera orado por ello. Cualquier cosa que fuese, solía decir: ‘debo ponerlo en oración'”. Oh, que tuviéramos más de este dulce hábito de extender todo delante del Señor, justo como lo hizo Ezequías con la carta del Rabsaces, dejándolo todo allí, y diciendo: “Hágase Tu voluntad, yo me pongo en Tus manos.”

La gente dice que el señor Müller de Bristol es entusiasta, porque reúne a setecientos niños y cree que Dios dará la provisión para ellos; aunque no haya nada en la bolsa, a menudo, él cree que la provisión vendrá. Mis queridos hermanos, él no es un entusiasta; él sólo hace lo que debería ser la acción común de cada cristiano. Él está actuando sobre una norma de la cual el mundano siempre se burla porque no la entiende; es un sistema que siempre parece visionario y romántico al débil juicio del sentido, pero que nunca será percibido así por el hijo de Dios. No actúa conforme al sentido común, sino conforme a algo más elevado que el sentido común: la fe poco común. ¡Oh, que tuviéramos esa extraña fe que le toma la palabra a Dios! Él no puede permitir y no permitirá que el hombre que confía en Él sea avergonzado y confundido. He expuesto delante de ustedes ahora, lo mejor que he podido, lo que considero que constituyen cuatro elementos esenciales de la oración que prevalece: “Todas las cosas por las que oréis y pidáis, creed que ya las habéis recibido, y os serán concedidas.”

II. Habiéndoles pedido de esta manera que miraran el texto, LES PIDO QUE MIREN A SU ALREDEDOR. Miren a su alrededor en nuestras reuniones de oración, y miren a su alrededor en sus intercesiones privadas, y juzguen ambos elementos al tenor de este texto. Primero, miren a su alrededor en reuniones de oración; no puedo ser muy puntual en este tema, porque creo honestamente que las reuniones de oración que usualmente tienen lugar entre nosotros, tienen mucho menos fallas de las que estoy a punto de indicar, que cualquiera de los otros grupos a los que he asistido. Pero todavía tienen algunas de las fallas, y espero que lo que diremos, sea recibido personalmente por cada hermano que tenga el hábito de practicar públicamente la oración en las reuniones de oración. ¿No es un hecho que, tanto pronto como entran a la reunión, sienten que, si son llamados a orar, tienen que ejercitar un don? Y ese don, en el caso de muchos hombres que oran (hablando duramente, tal vez, pero pienso que honestamente) radica en tener una excelente memoria para recordar una buena cantidad de textos, que siempre han sido citados desde los días del abuelo de nuestro abuelo, y en ser capaz de repetirlos en el orden adecuado. El don radica también, en algunas iglesias, especialmente en iglesias de aldeas, en tener buenos pulmones, como para ser capaces de sostener el tono sin respirar, durante veinticinco minutos cuando son breves, o tres cuartos de hora cuando se alargan un poco. El don radica también en pasar a través de toda una hilera de cosas, siendo incapaces de pedir algo específico, haciendo de la oración, no una flecha con una punta, sino más bien una herramienta estrambótica que no tiene una punta, y sin embargo está destinada a ser puntiaguda; que apunta a todos lados, y que, por consiguiente, no le atina a nada. A estos hermanos se les pide con frecuencia que oren, a esos que tienen esos peculiares, y tal vez, excelentes dones, aunque en verdad debo decir que yo no puedo obedecer el mandato del apóstol de procurar dones como esos.

Ahora, si en lugar de eso, se le pidiera que orara a alguien que no ha orado nunca antes en público; supongamos que esta persona se levantara y dijera: “¡Oh Señor, me siento tan pecador que difícilmente puedo dirigirme a Ti, Señor, ayúdame a orar! ¡Oh, Señor, salva mi pobre alma! ¡Oh, que Tú salves a mis antiguos compañeros! ¡Señor, bendice a nuestro ministro! Que te agrade enviarnos un avivamiento. Oh Señor, no puedo decir nada más; óyeme por Jesucristo nuestro Señor! Amén. Bien, entonces, ustedes sentirían de alguna manera como si hubiesen comenzado a orar. Sentirían un interés por ese hombre, en parte por miedo a que se detuviera, y también porque quiso decir lo que dijo. Y si otro se levantara después de él, y orara en el mismo espíritu, ustedes saldrían diciendo, “esta fue una oración real.” Yo preferiría tener tres minutos de una oración como esa, que treinta minutos de una oración del otro tipo, porque uno está orando, y el otro está predicando.

Permítanme citar lo que dijo un viejo predicador acerca del tema de la oración, y comentarlo como un pequeño consejo para ustedes: “Recuerden que el Señor no los escuchará por la aritmética de sus oraciones; Él no cuenta su número. Él no los escuchará por la retórica de sus oraciones; no le importa el lenguaje elocuente en el que son transmitidas. Él no los escuchará por la geometría de sus oraciones; no las calcula por su longitud, ni por su anchura. No los considerará por la música de sus oraciones; no le importan las dulces voces, ni las frases armoniosas. Tampoco los mirará por la lógica de sus oraciones; porque estén bien arregladas y excelentemente compartidas. Pero Él los oirá, y medirá la cantidad de bendición que les otorgará, de acuerdo a la divinidad de sus oraciones. Si ustedes pueden argumentar la persona de Cristo, y si el Espíritu Santo los inspira con celo y sinceridad, las bendiciones que pidan, de seguro vendrán a ustedes.”

Hermanos, me encantaría quemar todo el cúmulo de viejas oraciones que hemos estado usando estos últimos cincuenta años. Ese “aceite que va de vasija en vasija,” ese “caballo que se apresura a la batalla,” ese texto cortado citado indebidamente: “donde están dos o tres congregados, Tú estarás en medio de ellos,” y todas esas otras citas que hemos estado fabricando, y dislocando, y copiando de hombre a hombre. Yo quisiera que vengamos a hablar con Dios, simplemente desde lo profundo del corazón. Sería algo grandioso para nuestras reuniones de oración; habría una mayor asistencia; y estoy seguro que serían más fructíferas, si cada persona se sacudiera de ese hábito de formalidad, y hablara con Dios como un hijo habla con su padre; pidámosle lo que necesitemos, y luego sentémonos y habremos terminado. Digo esto con toda la sinceridad cristiana.

A menudo, porque he decidido no orar según cualquier fórmula convencional, la gente ha dicho: “¡ese hombre no es reverente!” Mi querido amigo, tú no eres el juez de mi reverencia. Ante mi propio Señor, me sostengo o caigo. No creo que Job haya citado a alguien. No creo que Jacob haya citado al viejo santo en el cielo: a su padre Abraham. No encuentro que Jesucristo citara la Escritura en oración. Ellos no oraban con palabras de otras personas, sino que usaban sus propias palabras. Dios no quiere que vayan recogiendo esas excelentes pero muy enmohecidas especias del antiguo santuario. Él quiere el aceite nuevo, acabado de destilar del fresco olivo de su propia alma. Él quiere especias e incienso, no de los viejos cofres, donde han permanecido por tanto tiempo que han perdido ya su olor, sino que quiere incienso fresco, y mirra fresca, traídos del Ofir de la experiencia de su propia alma. Procuren mucho orar realmente, no aprendan el lenguaje de la oración, sino busquen el espíritu de la oración, y que Dios Todopoderoso les bendiga, y les haga más poderosos en sus súplicas.

He dicho: “miren a su alrededor.” Quiero que continúen la obra y miren en sus propios aposentos. ¡Oh, hermanos y hermanas, no hay lugar que nos dé más vergüenza mirar que la puerta de nuestro aposento! No puedo decir que los goznes estén herrumbrados; la puerta abre y cierra a la hora acostumbrada. No puedo decir que la puerta esté cerrada con llave y tenga telarañas. No descuidamos la oración misma; pero esas paredes, esa vigas que sobresalen de las paredes, ¡qué cosas no dirían! “¡Oh!” -podría clamar la pared- “yo te he oído cuando has tenido tanta prisa que difícilmente podías pasar dos minutos con tu Dios, y te he oído, también, cuando estabas medio dormido, y cuando no te dabas cuenta de lo que estabas diciendo.” Entonces alguna de las vigas podría clamar: “te he oído llegar y pasar diez minutos y no pedir nada; al menos tu corazón no pidió nada. Tus labios se movieron, pero tu corazón estaba silente.” Cómo podría clamar otra viga: “¡Oh!, he oído que gimes con toda tu alma, pero he visto que te retiras desconfiado, sin creer que tu oración fuera oída, citando la promesa, pero incrédulo de que Dios la cumpliría.” Seguramente las cuatro paredes del aposento podrían juntarse y caer sobre nosotros en su ira, porque a menudo hemos insultado a Dios con nuestra incredulidad y con nuestra prisa, y con todo tipo de pecados. Le hemos insultado incluso en Su propiciatorio, en el lugar donde se manifiesta más plenamente Su condescendencia. ¿Acaso no sucede lo mismo con ustedes? ¿Acaso no debe confesarlo cada uno de nosotros cuando nos toque nuestro turno? Cuídate entonces, hermano cristiano, y haz una enmienda, y que Dios te haga más poderoso y más exitoso en tus oraciones. que hasta este momento.

III. Pero para no detenerlos, mi último punto es, miren hacia arriba, MIREN ARRIBA. Miremos arriba, hermanos y hermanas cristianos, y lloremos. Oh Dios, Tú nos has dado un arma poderosa, y hemos dejado que se llene de herrumbre. Tú nos has dado la oración que es poderosa como Tú mismo, y hemos dejado que su poder permanezca dormido. ¿No constituiría un vil crimen si se le diera a un hombre un ojo que no quisiera abrir, o una mano que no quisiera levantar, o un pie que se quedara tieso por falta de uso? Ah, y, ¿qué diríamos de nosotros cuando Dios nos ha dado poder en la oración, poder sin par, lleno de bendición para nosotros mismos, y de innumerables misericordias para otros, y sin embargo, ese poder permanece quieto. Oh, si el universo se quedara quieto como nosotros, ¿dónde estaríamos? Oh, Dios, Tú le das luz al sol y el sol brilla con ella. Tú le das luz a las estrellas y ellas titilan. A los vientos les das fuerza y ellos soplan. Y al aire Tú le das vida y se mueve, y los hombres respiran ese aire. Pero a tu pueblo Tú le has dado un don que es mejor que la fuerza, y la vida, y la luz, y, sin embargo, ese pueblo permite que se quede quieto. Olvidándose que blanden el poder, raras veces lo ejercitan, aunque sería bendecido para incontables miríadas. Llora, hombre cristiano.

Constantino, el emperador de Roma, vio que en las monedas de los otros emperadores, sus efigies estaban en una postura erecta: triunfante. En lugar de eso, él ordenó que su efigie fuera grabada de rodillas, pues dijo: “esa es la postura en la que he triunfado”. Nunca triunfaremos hasta que nuestra efigie sea grabada de rodillas. La razón por la que hemos sido derrotados, y por qué nuestros estandartes se arrastran en el polvo, es porque no hemos orado. Vayan, vayan de regreso a su Dios, con tristeza, y confiesen delante de Él, ustedes hijos de Efraín, que estuvieron armados y llevaban arcos, pero dieron sus espaldas en el día de la batalla. Vayan a su Dios y díganle que si no fueran salvadas las almas, no es porque Él no tenga el poder de salvar, sino porque no han laborado copiosamente como si estuviesen de parto por los pecadores que perecen. Sus entrañas no han vibrado como arpas por Kir-hareset, ni su espíritu ha sido conmovido por las defensas de la tribu de Rubén.

Despierten, despierten, ustedes que son el pueblo de Israel; sorpréndanse ustedes, descuidados; ustedes que han descuidado la oración; ustedes pecadores que están en el propio centro de Sion, y que han permanecido tranquilos. Despiértense; luchen y esfuércense con su Dios, y entonces recibirán la bendición: la lluvia temprana y la tardía de Su misericordia, y la tierra producirá en abundancia, y todas las naciones la llamarán bienaventurada. Miren arriba, entonces, y lloren.

Una vez más, miren hacia arriba y gócense. Aunque han pecado en contra de Él, a pesar de eso los ama. No han orado ni han buscado Su rostro, pero, he aquí, Él todavía clama a ustedes: “Buscad mi rostro;” y no ha dicho: “En vano me buscáis.” Tal vez no han ido a la fuente, pero ella sigue corriendo tan libremente como antes. Han cerrado sus ojos a ese sol, pero todavía brilla sobre ustedes con todo su lustre. No se han acercado a Dios, pero Él los espera para derramar Su gracia, y está listo para oír todas sus peticiones. He aquí, Él les dice: “Pregúntenme acerca de las cosas venideras, y en lo concerniente a mis hijos y a mis hijas, pídeme.” ¡Qué cosa tan bendita es que el Señor del cielo esté siempre listo para oír! Agustín tiene un hermoso pensamiento acerca de la parábola del hombre que tocó a la puerta de su amigo, a la medianoche, diciendo: “Amigo, préstame tres panes.” La paráfrasis suya va más o menos así: “yo toco a la puerta de la misericordia, y está muy entrada la noche. ¿Saldrá alguno de los siervos de la casa para responderme? No; yo toco, pero están dormidos. ¡Oh!, ustedes, apóstoles de Dios, ustedes, mártires glorificados, ustedes duermen; descansan en sus camas; ustedes no pueden oír mi oración. Pero, ¿no responderán los hijos? ¿No hay hijos que estén listos a venir para abrir la puerta a su hermano? No; duermen. Mis hermanos que han partido, a quienes les pedía consejo, y que eran los compañeros de mi corazón, no pueden responderme, pues descansan en Jesús: sus obras les han seguido, pero no pueden obrar por mí. Pero mientras los siervos están dormidos, y mientras los hijos no pueden responder, el Señor está despierto, despierto también a la medianoche. Podrá ser medianoche en mi alma, pero Él me oye, y cuando yo digo: “préstame tres panes,” Él viene a la puerta y me da todo lo que yo necesito.

Cristiano, mira hacia arriba y regocíjate. Siempre hay un oído abierto para una boca abierta. Siempre hay una mano lista cuando hay un corazón listo. No tienes más que clamar y el Señor oirá; es más, antes de que llames, Él responderá, y mientras estés hablando, Él oirá. ¡Oh, entonces no seas tardo en la oración. Acércate a Él cuando llegues a tu casa; no, en el propio camino alza tu corazón silenciosamente; y cualesquiera que sean tus peticiones o tus súplicas, pídelo todo en el nombre de Jesús, y te será concedido.

Además, miren hacia arriba, queridos hermanos cristianos, y enmienden sus oraciones de ahora en adelante. No miren más a la oración como una ficción romántica o como un arduo deber; mírenla como un poder real, como un placer real. Cuando los filósofos descubren algún poder latente, parecen deleitarse al ponerlo en acción. Creo que ha habido un gran número de ingenieros que han diseñado y construido algunas de las obras humanas más maravillosas, no porque fueran remunerativas, sino simplemente por un amor a mostrar su propio poder para realizar maravillas. Para mostrar al mundo lo que puede hacer la capacidad, y lo que el hombre puede lograr, han convencido a las compañías para que hicieran especulaciones sin ningún retorno aparente, hasta donde puedo ver, para poder tener una oportunidad de mostrar su genio.

Oh hombres cristianos, y, ¿desarrollará grandiosas obras tan magnífico Ingeniero, manifestando Su poder, y tendrán ustedes un poder superior al que jamás haya tenido algún hombre, aparte de Su Dios, y permitirán que permanezca inmóvil? No, piensen en un grandioso objetivo, y ejerciten la musculatura de su oración para alcanzarlo. Que cada vena de su corazón esté saturada con la rica sangre del deseo, y luchen, y contiendan, y tiren con fuerza y esfuércense con Dios para alcanzarlo, usando las promesas y argumentando los atributos, y vean si Dios no les concede el deseo de su corazón. Los reto a que en este día sobrepasen en oración la munificencia de mi Señor. Les arrojo el guante del desafío. Crean que es más de lo que es; abran su boca tan grande que Él no pueda llenarla; vayan ahora a Él por más fe de la que garantiza la promesa; aventúrense, arriésguense, sobrepasen al Eterno si eso fuera posible; inténtenlo.

O, como preferiría expresarlo, tomen sus peticiones y necesidades y vean si no las honra. Prueben si creyendo en Él, no les cumple la promesa, y los bendice ricamente con el aceite de la unción de Su Espíritu por el cual ustedes serán potentes en la oración.

No puedo evitar agregar únicamente estas pocas sílabas antes de que se vayan. Sé que hay algunos de ustedes que nunca han orado en su vida. Han dicho una forma de oración, tal vez, muchos años, pero no han orado ni una sola vez. ¡Ah!, pobre alma, debes nacer de nuevo, y mientras no hayas nacido de nuevo, no puedes orar, de la manera que he estado dirigiendo al cristiano para que ore. Pero permítanme preguntarles esto. ¿Anhela su corazón la salvación? ¿Les ha susurrado el Espíritu: “Ven a Jesús, pecador, pues Él te oirá?” Crean en ese susurro, pues Él les oirá. La oración del pecador despierto es aceptable a Dios. Él oye a los de quebrantado corazón y también los sana. Lleven sus gemidos y sus suspiros a Dios y Él les responderá. “Ah” -pero dirá uno- “yo no tengo nada que pedir.” Bien, suplica como lo hizo David: “Perdonarás también mi pecado, que es grande.” Tienen esa petición: su iniquidad es muy grande. Luego argumenten esa sangre preciosa, (ese argumento que prevalece), digan: “por Jesús que derramó su sangre,” y prevalecerás, pecador. Pero no vayas a Dios, pidiendo misericordia con tu pecado en tu mano. ¿Qué pensarías del rebelde que se apareciera delante de su soberano y le pidiera perdón con una daga ceñida al cinto, y con la declaración de su rebelión en su pecho? ¿Merecería ser perdonado? No podría merecerlo, de ninguna manera, y ciertamente merecería doble condenación por haberse burlado de esta manera de su señor, mientras pretendía pedir misericordia. Si una esposa hubiese abandonado a su marido, ¿piensan que podría tener la desfachatez de regresar con frente descarada y pedir su perdón apoyándose en el brazo de su amante? No, no podría tener tal desfachatez, y sin embargo, así sucede con ustedes (tal vez pidiendo misericordia pero continuando en el pecado), pidiendo ser reconciliados con Dios, y sin embargo, albergando y entregándose a sus deseos. ¡Despierta! ¡Despierta!, y clama a tu Dios, tú que duermes. La barca se acerca a la roca, tal vez pueda chocar contra ella mañana y quedar deshecha, y tú podrías ser lanzado a los abismos insondables de la aflicción eterna. Invoca a tu Dios, digo, y cuando hayas clamado a Él, arroja tu pecado o no podrá oírte. Si alzas tus manos inmundas con una mentira en tu mano derecha, la oración sería indigna en tus labios. Oh, ven a Él, y dile: “quita toda iniquidad, recíbeme con gracia, ámame de pura gracia,” y Él te oirá, y todavía orarás como príncipe prevaleciente, y un día estarás como más que un vencedor delante del trono estrellado del que reina por siempre, Dios sobre todo, bendito para siempre.