“Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia”. 1 Corintios 1: 26-29.

 

El apóstol Pablo es guiado a confesar que Cristo Jesús fue menospreciado tanto por los judíos como por los gentiles. Confesó que esto no era ninguna causa de tropiezo para él, pues lo que otros consideran una necedad, era tenido por él como sabiduría, y se regocijaba porque lo insensato de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres. Sin embargo, para que nadie en la iglesia de Corinto tropezara por el hecho de que Cristo fue menospreciado, el apóstol procede a mostrar que esta es la manera general de proceder de Dios: selecciona los instrumentos que los hombres desprecian porque así recibe toda la gloria cuando alcanza Su propósito por su medio; y como prueba de ello, Pablo los remite al ejemplo de su propia elección y llamamiento: “Pues mirad, hermanos, vuestra vocación”, -les dice- “que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles”, sino, ustedes, que son pobres, iletrados, despreciados, ustedes, han sido llamados exactamente por la misma razón: para que Dios sea todo en todo y nadie se jacte en Su presencia.

 

Es claro para todo el que observe la Escritura o los hechos, que Dios nunca tuvo la intención de hacer que Su Evangelio se ajustara a la moda; que lo último que hubiera pensado sería seleccionar a la élite de la humanidad y acumular dignidad para Su verdad, partiendo de las galas llamativas del rango y de la posición. Por el contrario, Dios ha retado a todo el orgullo de la condición humana; ha arrojado cieno al rostro de toda la excelencia humana, y con el hacha de combate de Su fuerza, ha partido en dos el escudo de armas de la gloria del hombre. “A ruina, a ruina, a ruina lo reduciré”, parecería ser el propio lema del Señor de los Ejércitos, y lo será “hasta que venga aquel cuyo es el derecho, y yo se lo entregaré”, porque Suyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos.

 

No hay doctrina más humillante, en verdad, que la doctrina de la elección, y es por esta razón que el apóstol Pablo hace referencia a ella: para que los discípulos de Corinto estuvieran muy contentos de seguir al humilde y menospreciado Salvador que lleva Su cruz, porque la elección de gracia se compone de los humildes y despreciados quienes, por esa misma razón, no pueden sentirse avergonzados de seguir a Uno que, como ellos mismos, fue despreciado y desechado entre los hombres.

 

Entonces, abordando de inmediato nuestro texto, primero observaremos en él, muy claramente, al Elector; en segundo lugar, veremos una extraña elección; luego, observaremos a los elegidos; y cuando hayamos considerado un poco todo, reflexionaremos sobre las razones que Dios ha dado para Su elección: que “nadie se jacte en su presencia”.

 

I. Primero, entonces, remontémonos a las alturas sobre las alas del pensamiento esta mañana para considerar, por un momento, al ELECTOR.

 

Algunos hombres son salvados y otros hombres no son salvados; sigue siendo siempre un hecho incuestionable que algunos entran en la vida eterna y otros persiguen el mal y perecen. ¿Cómo se propicia esa diferencia? ¿Cómo es que algunos se remontan al cielo? La razón por la que algunos se hunden en el infierno es su pecado. No se vuelven a Dios y, por tanto, perecen voluntariamente por sus propias acciones y obras. Pero, ¿cómo es que otros son salvados? ¿A quién pertenece la voluntad que establece esa diferencia? El texto responde esa pregunta de manera sumamente perentoria tres veces: “escogió Dios, escogió Dios, escogió Dios”. La gracia encontrada en cualquier hombre, y la gloria y la vida eterna alcanzadas por algunos, son enteramente dones de la elección de Dios, y no se otorgan según la voluntad del hombre.

 

Esto quedará muy claro para cualquier persona atenta, si antes que nada consideramos los hechos. Dondequiera que encontramos un caso de elección en el Antiguo Testamento, es Dios quien manifiestamente la realiza. Retrocedan, si quieren, a los tiempos de la mayor antigüedad. Los ángeles cayeron. Una multitud de espíritus resplandecientes que rodeaban el trono de Dios y cantaban Sus alabanzas, fueron engañados por Satanás y cayeron en pecado. La gran serpiente arrastró consigo a la tercera parte de las estrellas del cielo: cayeron en desobediencia; fueron condenados a cadenas y al fuego eterno para siempre. El hombre pecó también. Adán y Eva quebrantaron el pacto con Dios y comieron del fruto prohibido. ¿Fueron ellos condenados al fuego eterno? No; sino que Dios, en la plenitud de Su gracia, susurró esta promesa al oído de la mujer: “la simiente de la mujer herirá la cabeza de la serpiente”. Algunos hombres son salvados, pero ningún demonio es salvado. ¿Por qué? ¿Fue el hombre la causa de la diferencia? ¡Silencio, vano fanfarrón que sueñas con tal cosa! Dios mismo es quien testifica: “Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca”. Fue por una soberanía como ésta que el Señor declaró virtualmente: “Yo me propongo y decreto que de la raza del hombre salvaré a una multitud que ningún hombre puede contar, que serán los vasos de mi misericordia; en cambio, aquellos ángeles que una vez fueron mis siervos, vindican el terror de mi justicia y la majestad de mi equidad”. Esto no lo cuestiona nadie. Nunca he oído al mayor ultra pelagiano presentar un argumento a favor del diablo. He oído acerca de Orígenes que pareció argumentar que Satanás debería ser incluido en la ley general de la misericordia, pero muy pocas personas hablan así en nuestros días. Aquí tenemos un ejemplo de elección: algunos de la raza humana son salvados y algunos de la raza angélica fueron entregados a la perdición para siempre. ¿Quién podría haber efectuado esa distinción, sino el propio Jehová? Y debemos decir esto de nuestra raza favorecida: “escogió Dios”.

 

No nos quedamos perplejos cuando vemos a la misma soberanía discriminatoria obrando entre los individuos de nuestra propia raza. En la época patriarcal todos los hombres, con muy pocas excepciones, estaban sumidos en el paganismo; había unos pocos patriarcas que, elegidos por Dios, permanecían siendo todavía fieles a la pura adoración del Altísimo. El Señor resolvió adoptar a un pueblo especial, que habría de leer los oráculos de Dios y preservar y mantener la verdad, y seleccionó a Abram como el progenitor de la raza elegida. ¿Eligió Abram a Dios, o Dios llamó y eligió a Abram? ¿Había naturalmente algo en Abram que le diera derecho a ser el siervo del Altísimo? Contamos con una prueba muy contundente en la Escritura de que no había nada en Abram. Por el contrario, es descrito como un sirio digno de perecer, y su raza era como las demás, corrompida por la idolatría, por no decir algo peor; sin embargo, fue llamado a salir del Este, y fue constituido en el padre de los fieles por la propia voluntad especial de Dios.

 

Permítanme preguntarles: ¿qué había en los judíos, para que fueran bendecidos con profetas, con los sacrificios, y con los ritos y ordenanzas de la verdadera adoración, en tanto que todas las demás naciones fueron dejadas para que se inclinaran delante de dioses de madera y piedra? Sólo podemos decir que Dios lo hizo; Su voluntad separa a la raza de Israel y deja al resto en el pecado. Tomen cualquier caso particular de gracia divina mencionado en el Antiguo Testamento, por ejemplo, el caso de David. ¿Encontramos que David escogió el trono, que David se seleccionó y se apartó para ser el mensajero escogido por Dios para Israel? ¿Acaso había alguna aptitud manifiesta en el menor de los hijos de Isaí? No, por el contrario, los hombres habrían elegido a sus hermanos; incluso Samuel dijo: “De cierto delante de Jehová está su ungido”, cuando vio que se presentó Abinadab (1). Pero Dios no mira lo que mira el hombre, y Él había elegido al rubio David para ser rey en Jesurún.

 

Así podríamos multiplicar los casos, pero sus propios pensamientos me ahorrarán mis palabras. Todos los hechos del Antiguo Testamento sirven para mostrar que Dios hace lo que quiere con los ejércitos del cielo y entre los habitantes de este mundo inferior; Él abate y ensalza; Él alza del muladar al mendigo y lo coloca entre los príncipes de Su pueblo. Escogió Dios, escogió Dios, y no el hombre. “Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia”.

 

Contemplemos el asunto bajo otra luz. Es claro que la voluntad del Señor tiene que determinar el asunto si consideramos Su oficio y posición para con los hombres. El oficio de Dios: Dios es un rey. ¿Acaso no hará el rey lo que le plazca? Los hombres establecen una monarquía constitucional, y están en lo correcto; pero si se pudiera encontrar un ser que fuera la perfección misma, entonces una forma absoluta de gobierno sería innegablemente lo mejor. De cualquier manera, el gobierno de Dios es absoluto, y aunque nunca viola la justicia pues Él es la santidad y la verdad misma, no obstante considera esta joya de Su corona como la más preciada que posee. “Yo soy, y fuera de mí no hay más”. Él no rinde cuentas de Sus asuntos. A todas las preguntas les da esta respuesta: “Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: por qué me has hecho así? ¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra?” La posición absoluta de Dios como rey, especialmente en la obra de salvación, exige que Su voluntad sea la gran fuerza determinante.

 

Expongamos un caso y ustedes lo verán. Un grupo de criminales se encuentra encerrado en prisión, y todos sus integrantes merecen la muerte. Su culpa es la misma. Si todos ellos son llevados a la ejecución mañana por la mañana, nadie podría decir una palabra en contra de la justicia. Ahora, si algunas de estas personas fueran perdonadas, ¿quién tendría la jurisdicción para perdonarlas? ¿Acaso sería el propio criterio de ellas? Es cierto que sería sumamente benevolente que se les enviara un mensajero y se les pidiera que se presentaran y recibieran la misericordia perdonadora si acaso quisieran venir; pero supongan que todas esas personas, al unísono, rehusaran ser salvadas; supongan que habiendo sido invitadas para ser salvadas, cada una de ellas rehusara aceptar el perdón; si en tal caso la misericordia superior determinara hacer a un lado sus perversas voluntades, y se propusiera lograr que algunas de ellas fueran eficazmente salvadas, ¿a quién le correspondería la selección? Si se les dejara a las personas involucradas, todas ellas insistirían en elegir la muerte en lugar de la vida. Por tanto, sería inútil dejarles la decisión a ellas. Además, dejar el atributo de la misericordia en manos de un criminal sería un modo de proceder sumamente extraño. No, ha de ser el rey, ha de ser el rey el que diga quién ha de ser perdonado por misericordia, y quién ha de morir de acuerdo con la norma de justicia.

 

La posición de Dios como rey y la posición de los hombres como criminales, exigen que la salvación dependa de la voluntad de Dios; y, en verdad, es mejor que lo dejemos a Su voluntad que a nuestro propio criterio, pues Él es más benevolente con nosotros de lo que somos con relación a nosotros mismos; Él está más lleno de amor por el hombre que el hombre mismo. Él es justicia, Él es amor: justicia en la plenitud del esplendor, amor con un ilimitado poder. La misericordia y la verdad se han reunido en Él y se han besado mutuamente, y es muy bueno, es muy bueno, es lo mejor de todo que le correspondan a Él, el gobierno y la administración de la salvación.

 

Ahora les presentaremos unas cuantas figuras de las que utiliza la Escritura en conexión con la obra de salvación, y pienso que verán entonces que la voluntad debe corresponderle a Dios. La salvación consiste en parte en una adopción. Dios adopta en Su familia a pecadores que eran herederos de la ira, igual que los demás. ¿Quién debería tener autoridad en el asunto de la adopción por gracia? ¿Acaso los hijos de ira? Ciertamente no; y sin embargo, ¡todos los hombres son hijos de ira! No; es acorde con la naturaleza, con la razón y con el sentido común que nadie sino los padres pueden tener la discreción de adoptar. Como padre, si alguien deseara entrar en mi familia, tengo el derecho de adoptar o rehusar adoptar a la persona en cuestión; ciertamente nadie puede tener un derecho a imponerse a la fuerza en mi vida, ni decirme que voy a ser considerado como su padre reconocido. Yo digo que de conformidad a la razón y al sentido común, el derecho debe estar del lado del padre; y en la adopción, debe ser Dios quien elija a Sus propios hijos.

 

Además, la Iglesia es descrita como un edificio. ¿Sobre quién recae la arquitectura del edificio? ¿Recae en el edificio mismo? ¿En las piedras? ¿Acaso las piedras se seleccionan a sí mismas? ¿Acaso la piedra que está en aquel rincón eligió su lugar? O aquella piedra que está colocada en los cimientos, ¿acaso seleccionó su propia posición? No; únicamente el arquitecto dispone de sus materiales elegidos de acuerdo a su propia voluntad; y así, en la construcción de la Iglesia, que es la gran casa de Dios, el grandioso Maestro de Obras reserva para Sí la selección de las piedras y los lugares que ocuparán.

 

Tomen un caso todavía más aparente. La Iglesia es llamada la esposa de Cristo. ¿Acaso alguno de los aquí presentes estaría de acuerdo que le fuere impuesta una esposa? No hay nadie entre nosotros que se rebajaría por un solo instante a renunciar a sus derechos para elegir a su propia esposa; y ¿acaso Cristo dejaría al azar y a la voluntad humana la decisión de quién habría de ser Su esposa? No; mi Señor Jesús, el Esposo de la Iglesia, ejerce la soberanía que Su posición le confiere, y selecciona a Su propia esposa.

 

Además, se dice que nosotros somos miembros del cuerpo de Cristo. David nos informa que, en el libro de Dios: “Estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas”. Según esto, el cuerpo de todo hombre tiene sus miembros registrados en el libro de Dios. ¿Ha de ser el cuerpo de Cristo una excepción a esta regla? ¿Acaso aquel grandioso cuerpo de divina humanidad, Cristo Jesús, el Salvador místico, habría de ser formado de acuerdo a los caprichos y deseos del libre albedrío, mientras que otros cuerpos, sustancialmente inferiores, tienen sus miembros escritos en el libro de Dios? No debemos soñar así. Sería una plática ociosa y sería desconocer el significado de las metáforas de la Escritura.

 

Me parece claro, de conformidad a las figuras e ilustraciones de la Escritura, que la selección final de los hombres que serán salvados, debe corresponderle a Dios. ¿Acaso no es confirmado esto, queridos amigos, por su propia experiencia? Lo es en cuanto a mí. Podría haber algunos que odian esta doctrina; hay muchos o al menos podría haber algunos cuyas bocas echan espuma mientras nos oyen hablar así de la soberanía de Dios, pero yo confieso que toca un resorte secreto de mi naturaleza que me obliga a llorar cuando nada más puede hacerlo. Hay algo en mi conciencia que parece decirme: “Él tiene que haberme elegido, pues yo nunca habría podido elegirle”. Yo estaba resuelto a vivir en pecado; yo era propenso a descarriarme; yo era aficionado a la iniquidad; yo tragaba el mal como el buey bebe su porción de agua; y ahora, salvado por la gracia, ¿me atrevería por un solo instante a imputar esa salvación a mi propia elección? Yo en verdad elijo a Dios muy libremente, muy plenamente, pero debe ser por alguna obra previa realizada en mi corazón que cambió ese corazón, pues mi corazón empedernido nunca habría podido elegirle.

 

Amado, ¿no sientes en este preciso instante que la inclinación natural de tus pensamientos es apartarse de Dios? Si la gracia de Dios te fuera quitada, ¿qué serías de ti? ¿Acaso no eres como el arco que se dobla mientras la cuerda lo mantiene así, pero si cortaran esa cuerda, recobraría de inmediato su antigua posición? ¿No sucedería así contigo? Si la poderosa gracia de Dios te fuera retirada, ¿no regresarías de inmediato a tus antiguos caminos? Bien, entonces ves claramente que incluso ahora que has sido regenerado, tu naturaleza corrompida no elige a Dios, y mucho menos le habría podido elegir cuando no había una nueva naturaleza que la mantuviera a raya y la controlara. Mi Señor les mira a la cara, oh ustedes, pueblo suyo, y les dice: “No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros”; y cada uno de nosotros siente que Él despierta un eco en nuestros corazones, pues respondemos: “Sí, Señor, nosotros no te hemos elegido en nuestro estado natural, pero Tú nos has elegido, y a Tu libre y soberana elección sea la honra por los siglos de los siglos”.

 

II. Que podamos sentir las influencias presentes del Espíritu Santo mientras reflexionamos sobre LA ELECCIÓN MISMA.

 

El Señor está a punto de elegir a un pueblo que dará honra a la cruz de Cristo. Ellos han de ser redimidos por la sangre preciosa y han de ser, en algún sentido, una digna recompensa por los grandes sufrimientos de Jesús. Observen ahora cuán extraña es la selección que hace. Leo con asombro: “Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles”. Si el hombre hubiera recibido el poder de elegir, estas serían justamente las personas que habrían sido seleccionadas. “Sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil y lo menospreciado…” Si el hombre hubiera realizado la selección, estas son exactamente las personas que habrían sido dejadas fuera. La selección es muy extraña, muy extraña; yo creo que incluso en el cielo será objeto de eterno asombro, y excepto por las razones dadas en nuestro texto, nos quedaríamos perplejos sin saber por qué pasó por alto, con escarnio divino, los palacios de los encumbrados reyes, y buscó a los de innoble cuna y a los humildes para hacerlos el objeto de Su selección.

 

Observen que, a la par de ser extraño, contiene esta peculiaridad: es directamente contrario a la selección humana. El hombre selecciona a aquellos que serían de mayor ayuda para él: Dios selecciona a aquellos para quienes Él es de mayor ayuda. Nosotros seleccionamos a quienes pueden darnos el mejor retorno: Dios selecciona frecuentemente a quienes más necesitan de Su ayuda. Si yo selecciono a un amigo, me inclino hacia él debido a una cierta servicialidad que pudiera encontrar en él. Este es el egoísmo del hombre. Pero Dios elige a Su amigo de acuerdo a la servicialidad que Él mismo puede rendir al seleccionado. Es exactamente la manera opuesta de seleccionar. Nosotros seleccionamos a aquellos que son los mejores porque son los que más merecen. Él selecciona a aquellos que son los peores porque son los que menos merecen, para que así Su selección pueda ser vista más claramente como un acto de gracia y no de mérito. Yo digo que esto es claramente contrario a la forma de seleccionar de los hombres. El hombre selecciona a los más hermosos y a los más agradables. Dios, por el contrario, viendo la negrura y la inmundicia de todo lo que es llamado agradable, no selecciona lo que es llamado así, sino que toma aquello que los hombres encuentran incluso desagradable y lo torna donoso con la donosura con la que Él lo cubre. ¡Extraña selección! Oh Señor, ¿Es este el estilo de los hombres?

 

Ustedes observarán que la selección es muy misericordiosa; ¡oh, cuán misericordiosa, en el caso suyo y en el mío! Es misericordiosa incluso en su exclusión. No dice: “No ningún sabio”, sino únicamente dice: “No sois muchos sabios”, de tal forma que los grandes no están completamente excluidos. La gracia es proclamada también para el príncipe, y en el cielo hay unos que en la tierra llevaron coronas de títulos nobiliarios y oraron. Cuán bendita es la gracia condescendiente de la elección, que toma a las cosas débiles, a las cosas necias.

 

Uno pensaría que cuando Dios dijo: “No”, al príncipe, debe haberlo dicho para que sea excusado de otorgar misericordia a todo mundo, pues tenemos el hábito de decir: “Bien, hemos rechazado al señor Fulano de Tal, y él es una persona mucho más importante que tú, por tanto, no puedo darte el favor a ti. ¡Vamos!, el rey me pidió ese favor y no quise hacérselo; ¿piensas que lo haría por ti?”

 

Pero Dios razona de otra manera; Él pasa por alto al rey a propósito para reunirse con el mendigo; Él deja al noble para tomar al vil, y pasa por alto al filósofo para recibir al necio. Oh, esto es extraño y sobrepasa a lo extraño, es maravilloso; hemos de alabarle por esta gracia portentosa.

 

¡Oh, cuán alentador es esto para nosotros esta mañana. Algunos de nosotros no podemos jactarnos de ningún linaje distinguido; no tenemos grandes conocimientos; no tenemos riquezas; nuestros nombres son todos desconocidos para la fama; pero, ¡oh, qué gran misericordia! A Él le ha agradado elegir a tales entes necios como nosotros, a tales criaturas despreciables como nosotros mismos, a tales cosas que no son para deshacer las cosas que son.

 

Para no pasar todo el tiempo esta mañana simplemente señalando esta extraña selección y sorprendiéndonos ante ella, nos bastará observar que cada cristiano que se descubre elegido considerará su propia elección como la selección más extraña que se haya hecho:

 

¿Qué había en ti que pudiera ameritar la estima,

O proporcionar deleite al Creador?

‘Sí, Padre’, es lo que siempre has de cantar

‘Fue porque así te agradó’.

 

III. Hemos de considerar ahora A LOS ELEGIDOS. Los seleccionados son descritos negativamente y positivamente.

 

Son descritos negativamente. “No sois muchos sabios según la carne”. Observen que no dice: “No sois muchos sabios” simplemente, sino “No sois muchos sabios según la carne”, porque Dios ha elegido ciertamente sabios, puesto que todo Su pueblo es hecho verdaderamente sabio; pero son “sabios según la carne” aquellos que Dios no ha elegido. Los “sophoi”, como los griegos los llaman, los filósofos, los hombres que tienen pretensiones de sabiduría o que aman la sabiduría, los astutos, los metafísicos, los grandes estudiantes, los observadores agudos, los rabíes, los doctores, los infalibles, los hombres que miran con profundo desprecio a los ignorantes y los llaman idiotas y los tratan como si fuesen el polvo que está debajo de sus pies; éstos no son seleccionados en grandes números. Es extraño, ¿no es cierto? Y sin embargo, se aduce una buena razón. Si fuesen elegidos, entonces dirían: “¡Ah, cuánto nos debe el Evangelio! ¡Cuánto le ayuda nuestra sabiduría!” Si los primeros doce apóstoles hubieran sido doce doctores o doce sabios, todo mundo habría dicho: “vamos, por supuesto que el Evangelio era poderoso; había doce hombres seleccionados y sabios procedentes de Judea, o de Grecia, para apoyarlo”. Pero en lugar de eso, Dios busca por las ensenadas y por las bahías a doce pobres pescadores, que son tan ignorantes como podrían serlo, y los toma, y se convierten en apóstoles y difunden el Evangelio, y el Evangelio recibe la gloria y no los apóstoles. En la sabiduría de Dios, los sabios son pasados por alto.

 

A continuación observen que dice: “Ni muchos poderosos”. Uno diría que los sabios habrían podido forzar su entrada al cielo por su talento, pero allí están, con su ciego conocimiento, buscando a tientas el picaporte de la puerta del cielo, mientras que los indoctos y la gente sencilla ya han entrado en él. La ciega sabiduría busca a tientas en la oscuridad, y a semejanza de los sabios, va a Jerusalén en vano, mientras que los pobres y humildes pastores van a Belén y encuentran a Cristo de inmediato.

 

¡Aquí viene otro orden de grandes hombres! Los hombres poderosos, los valientes paladines, los príncipes, su Alteza Imperial, los conquistadores, los Alejandros, y los Napoleones, ¿acaso ellos no son elegidos? Ciertamente cuando el rey se vuelve cristiano, puede obligar a otros con su espada a recibir a Cristo. ¿Por qué no elegirlo a él? “No” –dice el texto- “ni muchos poderosos”. Y ustedes ven el porqué: porque si los poderosos hubiesen sido escogidos, todos nosotros diríamos: “¡Oh, sí!, vemos por qué el cristianismo se expande tanto: es el buen temple de la hoja de la espada, y la fortaleza del brazo que la blande”.

 

Todos nosotros podemos entender el progreso del islamismo durante sus primeros tres siglos. Hombres como Alí y Khaled estaban dispuestos a eliminar a naciones enteras; montaron sus caballos, ondearon sus cimitarras sobre sus cabezas y arremetieron contra cientos, y eran intrépidos en la batalla. Y fue sólo cuando se enfrentaron a hombres tales como nuestro Ricardo Corazón de León que el islamismo fue repelido por algún tiempo; cuando la espada chocó con la espada, entonces los que la tomaron perecieron a espada.

 

Cristo no escogió a ningún guerrero; uno de Sus discípulos usó una espada, pero fue para un muy pobre efecto, pues únicamente cortó la oreja de un hombre y Cristo la tomó y la sanó y eso puso término a la lucha del pobre Pedro. De tal manera que la gloria de las conquistas del Señor no depende de los valientes; Dios no los ha seleccionado.

 

Luego dice el apóstol: “Ni muchos nobles”, con lo que quiere decir aquellas personas con un gigantesco árbol genealógico, que desciende a lo largo de un línea de príncipes, de los lomos de los reyes, con sangre azul en sus venas. “Ni muchos nobles”, pues se habría podido pensar que la nobleza selló al Evangelio con su prestigio. “¡Oh!, sí, no ha de sorprender que el Evangelio se extienda cuando mi señor Tal y Tal y el duque de Tal se inclinan ante él”. Sí, pero pueden ver que hubo pocos de ellos en la iglesia primitiva; los santos de las catacumbas eran hombres y mujeres pobres y humildes; y es un hecho muy memorable que entre todas las inscripciones de las catacumbas de Roma, escritas por los primeros cristianos, hay muy pocas que ostentan una ortografía apropiada; casi todas ellas muestran una gramática tan deficiente como su ortografía, una clara prueba de que fueron grabadas allí por hombres pobres, indoctos, ignorantes, que eran en aquel entonces los defensores de la fe, y los verdaderos conservadores de la gracia de Dios.

 

Tenemos de esta forma el lado negativo: ni los sabios, ni los poderosos, ni los nobles. Pero ahora veremos el lado positivo, y necesito que presten una cuidadosa atención a la expresión usada por el apóstol. “¿Sino que a los necios del mundo escogió Dios?” No, no dice eso: “Sino que lo necio del mundo escogió Dios”, como si los escogidos del Señor no fueran por naturaleza lo suficientemente buenos para ser llamados hombres, y fueran únicamente “cosas”; como si el mundo los mirara con tal desprecio que no decía: “¿quiénes son estos hombres?”, sino “¿quiénes son estas cosas?” Una o dos veces en Lucas ustedes observarán que Cristo fue llamado “éste”; pero la palabra “éste” está puesta en cursivas, y no figura en el original; pues en el griego está expresado así: “pero respecto a ese______, no sabemos de dónde sea. No dijeron qué era, ni siquiera le llamaron “un tipo”, aunque la traducción es muy buena pues transmite la idea correcta al lector ordinario. Parecieran decir de Cristo: “pero respecto a ese_____, bien, llámenle bestia si les parece, o ‘una cosa’ si les parece”; y así Pablo ha puesto aquí “lo necio”, no simplemente hombres necios, a quienes el mundo considera tontos, indoctos, ignorantes, estúpidos, jalados por la nariz y fácilmente engañados a creer esto o aquello, sino “lo necio”, que no son nada sino estupidez, escogió Dios.

 

A continuación, Dios ha escogido “Lo débil”. Observen con cuidado la expresión referida a “cosas”; no son meramente hombres débiles, sino que el mundo los consideraba cosas débiles. “¡Ah!”, -dijo César en la sala del tribunal- “¿quién es el Rey Jesús? ¡Un pobre desventurado que fue colgado de un madero! ¿Quiénes son estos hombres que lo están predicando? ¡Doce pobres pescadores que difícilmente podrían reunir un solo talento de oro entre ellos! ¿Quién es este Pablo que desvaría tan vigorosamente acerca de Cristo? ¡Un fabricante de tiendas! ¿Quiénes son sus seguidores? ¡Unas cuantas mujeres despreciadas que se reúnen con él junto al río! ¿Es Pablo un filósofo? No, se rieron de él en la colina de Marte, pues consideraron que lo que decía era mera palabrería”. Sin duda César pensó que ellos eran demasiado insignificantes para ser dignos de su atención, pero “lo débil” es lo que Dios ha escogido.

 

Observen la siguiente descripción: “lo vil”. La palabra utilizada allí significa cosas sin genealogía, cosas desposeídas de un padre, cosas que no pueden rastrear su ascendencia, nadie como Sir Harry, nadie como el Muy Honorable, está emparentado con ellos; su padre fue un ‘don nadie’, y su madre no era ‘nada’. Así eran los primeros apóstoles: eran lo vil de este mundo y, sin embargo, Dios los escogió.

 

Y si esto no bastara, está escrito: “lo menospreciado”, lo escarnecido, lo perseguido, lo acorralado, o lo que es tratado con lo que es todavía peor: con indiferencia, que es peor que el escarnio. “No son dignos de ser advertidos, son necios que no vale la pena considerar, pásalos por alto y no les hagas caso” y, sin embargo, Dios los eligió.

 

Además, como si fuera para eclipsar todo lo demás, y resumirlo en una palabra: “Lo que no es” escogió Dios. La pura nada, entidades inexistentes. “¡Oh!”, -dice el hombre del mundo- “sí, acabo de enterarme que hubo una cuadrilla de fanáticos de ese tipo”. “¡Oh!”, -dice otro- “yo nunca oí acerca de ellos. No me junto nunca de ninguna manera con un conjunto tal de gente vulgar y de bajo nivel. ¿Tuvieron alguna vez un obispo entre ellos? ¿Un ‘reverendísimo padre’ en Dios?” No, nada de ese tipo, amigo; ellos son necios, viles, insignificantes, despreciados; el mundo, por tanto, los rechaza. “Sin embargo”, -dice Dios- “yo los escojo”. Ellos forman el pueblo que Él elige precisamente.

 

Ahora, observen que eso fue válido en los días de Pablo y es válido ahora, pues la Biblia no cambia con el pasar de los años; y en mil ochocientos sesenta y cuatro, Dios selecciona a las cosas que son menospreciadas de igual manera que lo hizo en el año sesenta y cuatro; y todavía hará que el mundo sepa que quienes son ridiculizados, y tildados de fanáticos, considerados locos y perversos, son, después de todo, Sus elegidos seleccionados para Dios y para Su verdad para conformar el ejército sacramental de los elegidos, y para ganar para Dios la batalla del último día. No nos avergonzamos de gloriarnos en esto: que Dios selecciona las cosas que son menospreciadas. Podemos tomar nuestro lugar con el pueblo despreciado de Dios, esperanzados de participar en la elección de Su gracia soberana.

 

IV. Para concluir, se tiene LAS RAZONES POR LAS QUE DIOS HA SELECCIONADO A ESTE PUEBLO. Se nos proporcionan dos razones: la primera es la razón inmediata; la segunda es la razón última.

 

La primera, o razón inmediata, está contenida en estas palabras: “Sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es”.

 

Observen, entonces, que la razón inmediata es, primero, para avergonzar a los sabios. Que un sabio avergüence a otro sabio es algo notable; que un sabio avergüence a un necio es algo muy fácil; pero que un necio avergüence a un sabio, ¡ah!, dedo de Dios es éste. Ustedes saben lo que sucedió con los apóstoles. Un filósofo escuchó a Pablo, y cuando le hubo oído, le dijo: “¡No hay nada de sustancia en ello! ¡Es una perfecta necedad! ¡Un montón de ideas sin valor de principio a fin! No hay necesidad de que nos molestemos en responder eso”. Transcurrieron los años y cuando el filósofo se estaba llenando de canas y esa pestilente herejía del cristianismo se estaba expandiendo por todos lados, su propia hija fue convertida e incluso su esposa solía salir a hurtadillas por la noche para asistir a la asamblea secreta. El filósofo no se podía explicar esto. “Me sorprende”, -decía- “que yo demostré hasta la saciedad que todo era una estupidez, y sin embargo, esta gente se aferra a eso. Yo respondí a todos sus argumentos, ¿no es cierto? Y no sólo respondí e impugné, sino que establecí mis argumentos de tal manera que yo pensé que había puesto fin a esa necedad por completo. Y ahora la veo aquí, en mi propia casa”. Algunas veces el filósofo tenía lágrimas en sus ojos, y decía: “lo siento en mi propio corazón, me ha derrotado, me ha avergonzado, yo podía hacer silogismos y racionalizar, y vencer al pobre de Pablo, pero Pablo me ha derrotado. Lo que yo consideré una necedad ha avergonzado mi sabiduría”.

 

En unos cuantos siglos después de la muerte de Cristo, la religión cristiana se extendió por todo el mundo civilizado, mientras que el paganismo que tenía a toda la filosofía del oriente y del occidente para apuntalarlo, cayó en el desprestigio y fue objeto de escarnio.

 

Además, Dios ha escogido a lo débil para avergonzar a los fuertes. “¡Oh!”, -decía César- “pronto erradicaremos este cristianismo, y le cortaremos la cabeza”. Los diferentes gobernadores se apresuraron a matar a los discípulos, uno tras otro, pero entre más los perseguían más se multiplicaban. Los procónsules tenían órdenes de destruir a los cristianos; entre más los cazaban, más cristianos había, hasta que por fin los hombres presionaban al tribunal solicitando que se les permitiera morir por Cristo. Inventaron tormentos, arrastraban a los santos atados a las patas de caballos salvajes, los colocaban sobre parrillas recalentadas al rojo vivo, los despellejaban quitándoles la piel pedazo a pedazo, fueron aserrados y partidos en dos, fueron envueltos en pieles y embadurnados con alquitrán y colocados por las noches en los jardines de Nerón para ser quemados, los abandonaban en calabozos hasta que se pudrieran, eran convertidos en espectáculo de los hombres en el anfiteatro, los osos los trituraban hasta la muerte, los leones los destrozaban, los toros salvajes los lanzaban al aire con sus cuernos y, sin embargo, el cristianismo se expandió. Todas las espadas de los legionarios que habían puesto en huída a los ejércitos de todas las naciones, y habían derrotado a los invencibles galos y a los salvajes britanos, no pudieron oponerse a la debilidad del cristianismo, pues la debilidad de Dios es más poderosa que los hombres. Si Dios hubiese escogido a los fuertes, se hubieran dado la vuelta y habrían dicho: “Dios es deudor de nosotros”; si hubiese elegido a los sabios, habrían dicho: “nuestra sabiduría lo ha logrado”; pero cuando selecciona a los necios y a los débiles, ¿dónde estás tú ahora, filósofo? ¿No se ha reído Dios de ti hasta el escarnio? ¿Dónde están ustedes ahora, oh espada y lanza? Oh, hombre fuerte que las blandiste, ¿dónde estás ahora? La debilidad de Dios te ha derrotado.

 

Se dice que Él escogió lo que no es, para deshacer lo que es. Deshacer lo que es, es más que avergonzarlo. “Lo que es”. ¿Qué eran ellos en los días de los apóstoles? Júpiter sentado en su excelso trono sostiene los rayos en su mano; Saturno está reclinado como el padre de los dioses; Venus deleita a sus adoradores con sus placeres lascivos; la casta Diana toca su cuerno. Aquí viene Pablo con: “el único verdadero Dios, y Jesucristo, a quien ha enviado”; él representa “lo que no es”. La herejía del cristianismo es tan despreciable que si se hubiera hecho una lista de las religiones de los diferentes países, el cristianismo habría quedado fuera del catálogo.

 

Pero vean el resultado. ¿Dónde está Júpiter ahora? ¿Dónde está Saturno? ¿Dónde están Venus y Diana? Excepto como nombres clásicos en los diccionarios de los estudiosos, ¿dónde están todos ellos? ¿Quién se inclina delante del santuario de Ceres en el día de la cosecha, o quién eleva sus oraciones a Neptuno en la hora de la tormenta? ¡Ah!, se han ido; las cosas que son han sido deshechas por las que no son.

 

Hemos de reflexionar que lo que es válido en los días de Pablo es válido para hoy. El año mil ochocientos sesenta y cuatro verá repetidos los milagros de los tiempos antiguos: las cosas que son serán deshechas por las cosas que no son. Vean el tiempo de Wycliffe; las ‘cosas que son’ eran las santas cruces en cada iglesia; san Winifred, santo Tomás de Canterbury son adorados por todas las multitudes de ingleses. Allí viene mi señor el arzobispo a través de las calles; por allá el Papa es adorado por miles, y está la Virgen que es adorada por todos. ¿Qué veo? Un monje solitario en Lutterworth comienza a predicar en contra de los frailes mendicantes, y al predicar contra ellos descubre la verdad, y comienza a predicar que Cristo es la única base de la salvación, y que quienes confían en Él son salvos. Bien, era una cosa tan despreciable que, al principio, no se preocuparon por perseguirle. Es cierto que al final le presentaron delante de ‘su Gracia’ en San Pablo, pero allí estaba un hombre fuerte, un tal John o’ Gant que se presentó con él, y dijo un par de palabras a su áspera manera, y se le permitió a Wycliffe sentarse; y aunque condenado, regresa a su parroquia de Lutterworth. “¡Lo que no era!”, no era digno de ser abatido por sangre, se extinguiría solo. ¿Acaso se extinguió? ¿Dónde están sus santos crucifijos hoy? ¿Dónde está santo Tomás de Canterbury, dónde están santa Inés y san Winifred? Pregunten a sus amigos puseyistas, pues sólo ellos pueden decírselo. Verdaderos consortes de los topos y de los murciélagos, ellos saben adónde han sido arrojados los ídolos: ellos buscan restaurar las supersticiones del pasado, pero, por la gracia de Dios, su tarea no será nada fácil.

 

El presente sistema de superstición inglesa, con su regeneración por agua, su gracia bautismal, sus confirmaciones, y su otorgamiento de gracia por medio del pan y del vino, aunque sean atacados por quienes son cosas que no son, dejarán de ser; y la verdad como es en Jesús, y la pura fe simple que nadie es un sacerdote distintivamente sobre sus semejantes, sino que cada cristiano es un sacerdote para Dios; y la pura verdad que ninguna agua necesariamente trae el Espíritu de Dios con ella, y que ninguna forma exterior ni los ritos contienen ninguna virtud aparte de la fe de aquellos que los reciben; sin embargo, éstos, apoyados por el Espíritu de Dios, desharán las cosas que son. En esto nos apoyamos en la fortaleza de Dios. Yo no querría que los paladines de Dios fueran más fuertes.

 

Hermanos, si hubieran sido más fuertes, ellos se llevarían la gloria. Han de ser débiles, y han de ser pocos, y han de ser despreciados; su poca cantidad, su pobreza, su debilidad, hará que el grito de alabanza al eterno Conquistador sea todavía más fuerte, y la música será al unísono, y habrá solamente este refrán: “No a nosotros, oh Jehová, no a nosotros, sino a tu nombre da gloria, por tu misericordia, por tu verdad”.

 

Éste, entonces, es el propósito inmediato de Dios al seleccionar a lo necio, lo débil, lo que no es para avergonzar a los fuertes. Pero Su razón última es “a fin de que nadie se jacte en su presencia”. Quiero que noten esa última frase y habré concluido. No dice que “nadie”, no, el texto no está en humor de agradar a nadie; dice: “que ninguna carne”. ¡Qué palabra! ¡Qué palabra, digo! Aquí están Solón y Sócrates, los sabios. Dios los señala con Su dedo y los llama: “carne”. La carne es vendida en la carnicería, ¿no es cierto? Los perros la desgarran, los gusanos se la comen, nada sino carne. Allí está César, con su púrpura imperial que le cubre, y cuando el poderoso Emperador está de pie muy erguido, cómo desenvainan sus espadas los guardias pretorianos y gritan: “¡Grande es el Emperador! ¡Que tenga larga vida!” “Carne”, -dice la palabra de Dios, “carne”. Aquí vienen marchando, cientos en línea, los fuertes legionarios de Roma, ¿quién podría enfrentarse contra las puntas de sus adargas? “Carne”, -dice la palabra- “carne”. Aquí hay hombres cuyos progenitores eran de un linaje real y cuyos abuelos eran de rango imperial, y ellos son descendientes de una larga línea de honor. “Carne”, -dice Dios- “carne, nada sino carne”; alimento de perros, alimento de gusanos, cuando así lo quiere. “A fin de que nadie se jacte en su presencia”. Vean, entonces, que Dios pone Su sello sobre nosotros, indicando que no somos nada sino carne, y Él selecciona la carne más pobre, y la carne más necia, y la carne más débil, para que toda otra carne que es únicamente carne y únicamente hierba vea que Dios derrama desprecio sobre toda ella, y no acepta que ninguna carne se jacte en Su presencia.

 

¿Ahora, cuál es tu espíritu esta mañana en cuanto a este tema? ¿Das coces contra él? ¿Acaso dices que no puedes soportarlo? Me temo que quieres jactarte en la presencia de Dios. Tu visión de las cosas y la visión de Dios de las cosas difieren, y por tanto, necesitas tener un nuevo corazón y un espíritu recto.

 

Pero, por el contrario, ¿dices esta mañana: “no tengo nada de qué jactarme, no quiero jactarme en Tu presencia, sino que quiero postrarme en el propio polvo y decir: “haz conmigo lo que quieras”? Pecador, ¿sientes que no eres nada sino carne y carne pecaminosa? ¿Estás tan quebrantado delante de Dios que sientes que, independientemente de lo que hiciere contigo sería justo, y que sólo puedes apelar a Su soberana misericordia? Entonces Dios y tú son uno. Estás reconciliado. Puedo ver que estás reconciliado. Cuando Dios y tú están de acuerdo en que Dios debe reinar, entonces Dios está de acuerdo en que vivas. Pecador, toca el cetro de Su gracia. Jesús crucificado está delante de ti ahora y te pide que le mires y que vivas. Que se te pida que mires es una instancia de la gracia poderosa, y que seas capacitado para ver esta mañana será un portento del amor divino por el que tendrás que bendecirle en el tiempo y en la eternidad. Y ahora, que Dios, cuyo nombre hemos buscado honrar esta mañana, bendiga nuestras palabras tartamudeantes, por Jesús nuestro Señor. Amén.

 

Notas del traductor:

 

(1) Las palabras citadas realmente se refieren a otro hermano de David, a Eliab, según 1 Samuel 16: 6. Estas citas las decía el pastor Spurgeon de memoria.

 

Donosura: gracia, donaire.

Donoso: que tiene donaire y gracia.

 

Puseyista: doctor E. B. Pusey, líder tractario, de fuertes inclinaciones a imitar a la iglesia de Roma en su ritualismo y otras prácticas católicas externas, como el bautismo infantil. El señor Spurgeon usa frecuentemente: Pusey y puseyismo para designar esas tendencias.