“Porque ¿quién de vosotros, queriendo edificar una torre, no se sienta primero y calcula los gastos, a ver si tiene lo que necesita para acabarla? No sea que después que haya puesto el cimiento, y no pueda acabarla, todos los que lo vean comiencen a hacer burla de él, diciendo: Este hombre comenzó a edificar, y no pudo acabar”. Lucas 14: 28-30

Este pasaje es exclusivo de Lucas, y él nos informa que en el momento en que nuestro Señor expresó estas palabras, grandes multitudes iban con Él. Podemos observar que nuestro Señor no se deprimía cuando la muchedumbre lo abandonaba, y que tampoco se entusiasmaba cuando Su ministerio ganaba popularidad. Él reaccionaba tranquila y sabiamente en medio de la excitación de las desbordantes multitudes. Este pasaje nos sirve de suficiente evidencia de ello. En esta ocasión nuestro Señor habló con miras a la criba del gran montón conformado por el discipulado nominal que se encontraba frente a Él, para desechar el tamo y conservar el valioso grano. El discurso que estamos considerando nos recuerda el proceso que siguió Gedeón para reducir aquel vasto pero abigarrado ejército del cual dijo el Señor: “El pueblo que está contigo es mucho”. Después de haberle pedido a los pusilánimes que se marcharan, llevó luego a las aguas a los miles que quedaban, y les ordenó que bebieran, y entonces conservó sólo a aquellos que lamieron de una cierta manera peculiar que indicaba su celo, su rapidez, su energía y su experiencia. Nuestro Señor probó a Sus seguidores para que con Él permanecieran únicamente aquellos que serían idóneos para la conquista del mundo. Quería seleccionar los vasos que llevarían Su propio tesoro -aquellos que la gracia había hecho aptos para ser usados por Él- y prescindir del resto.

 

Nuestro Señor Jesús era demasiado sabio para enorgullecerse por el número de Sus convertidos; a Él le interesaba más la calidad que la cantidad. Se alegraba por un pecador que se arrepentía, pero diez mil pecadores que meramente profesaban haberse arrepentido no le proporcionaban ninguna alegría. Su corazón apetecía lo real y aborrecía lo falso; deseaba vivamente la sustancia y no podría contentarse con la sombra. Su aventador estaba en Su mano para limpiar Su era, y Su hacha estaba puesta a la raíz de los árboles para derribar a los que no daban buen fruto. Él ansiaba dejar una iglesia viva, como buen trigo de siembra en la tierra, lo más libre posible de cualquier mezcla. De ahí que en este caso en particular aunque uno pensaría que repelía a los hombres en vez de atraerlos a su liderazgo, en realidad no hizo nada de eso. Él entendía muy bien que la verdad es lo que tiene que ganar verdaderamente a los hombres, que el verdadero amor es siempre honesto y que el mejor discípulo no es aquel que se une apresuradamente a la clase del grandioso Maestro para descubrir luego que la enseñanza no era lo que esperaba, sino que debe ser alguien que busca suspirando el conocimiento que el maestro está dispuesto a proporcionarle. Además, nuestro Señor sabía lo que nosotros tendemos a olvidar: que no hay mayor congoja en el mundo para el obrero piadoso que la proveniente de unas esperanzas frustradas, cuando quienes han dicho: “Maestro, te seguiré adondequiera que vayas”, regresan a la perdición, y cuando el tibio aliento que exclamó: “¡Hosanna!”, se convierte en un cruel grito lanzado a sangre fría: “¡Crucifícale, crucifícale!” No hay nada más perjudicial para una iglesia que verse invadida por unos miembros desganados, y nada es más peligroso para las propias personas, que se les permita hacer una falsa profesión. Por eso el Señor tuvo sumo cuidado -en un momento en que el cuidado era algo primordialmente necesario- para que no lo siguiera nadie bajo un malentendido, sino que tenían que estar plenamente conscientes de lo que implicaba ser Sus discípulos, para que no fueran a decir luego: “Fuimos desinformados; fuimos seducidos a entrar a un servicio que nos decepciona”. A diferencia del sargento reclutador que para ganar a un recluta expone todas las glorias del servicio militar con colores deslumbrantes, el grandioso Capitán de nuestra salvación quiere que Sus seguidores tomen en cuenta todas las cosas antes de unirse a Él.

 

Esta mañana nuestro texto puede ser tan apropiado y su advertencia puede ser tan necesaria y tan saludable como cuando el Maestro la expresó por primera vez, pues grandes multitudes están siguiendo a Cristo precisamente ahora. Ha llegado un avivamiento que ha conmocionado a un buen núcleo de personas. Entre los aspirantes a discípulos (¡bendito sea Dios!), hay muchos a quienes el propio Señor ha llamado, y por cada uno de ellos damos gracias de todo corazón, pero junto con ellos, necesariamente, y por supuesto, (pues, ¿cuándo ha sido diferente?), hay otros que no son llamados por Dios en absoluto, sino que son movidos por el impulso natural de imitar a otros y son sacudidos por sentimientos que no por intensos en el momento dejan de ser fugaces; por tanto, en nombre de Cristo nos corresponde dirigirnos a ustedes tal como Él lo hizo, y advertirles en Sus propias palabras: “Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo. Y el que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo. Porque ¿quién de vosotros, queriendo edificar una torre, no se sienta primero y calcula los gastos, a ver si tiene lo que necesita para acabarla? No sea que después que haya puesto el cimiento, y no pueda acabarla, todos los que lo vean comiencen a hacer burla de él, diciendo: Este hombre comenzó a edificar, y no pudo acabar”.

 

Para ayudar a nuestra memoria, vamos a dividir nuestra meditación en tres partes. La primera será encabezada de esta manera: la verdadera religión es costosa; la segunda llevará este lema: la sabiduría sugiere que antes de entrar en ella debemos calcular el costo; y la tercera llevará esta inscripción: cueste lo que cueste, vale lo que cuesta.

 

I. Primero, entonces, partiendo de nuestro texto, es claro que LA VERDADERA RELIGIÓN ES COSTOSA. Lejos de nosotros esté el crear aquí alguna confusión de pensamiento. Los dones de la gracia de Dios no nos cuestan nada y Su salvación no podría ser comprada con dinero, ni con mérito, ni gracias a votos y penitencias. “Si diese el hombre todos los bienes de su casa por este amor, de cierto lo menospreciarían”. El lema evangélico es: “sin dinero y sin precio”. Nosotros somos “justificados gratuitamente por Su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús”. No obstante, si un hombre es cristiano, le costará algo.

 

Consideren un momento. Allí está un ciego, sentado a la vera del camino, mendigando; pide que sus ojos le sean abiertos. ¿Le costará algo? No, el Salvador no aceptaría ni todo el oro del mundo por esa curación. Le abre sus ojos gratuitamente; pero una vez abiertos, a ese ciego le costará algo. Al obtener su vista será llamado a cumplir con los deberes de alguien que tiene ojos. Desde ese momento ya no se le permitirá sentarse allí para mendigar, o, si tratara de hacerlo, perdería la simpatía que es acordada a la ceguera. Ahora que sus ojos han sido abiertos, tiene que usarlos para ganar su propio pan. Le costará algo, pues ¡ahora estará consciente de la oscuridad de la noche de la cual no supo nada antes! Y ahora tiene que mirar algunos tristes espectáculos que nunca antes lo habían afligido, pues a menudo el corazón no lamenta lo que el ojo no ve. Un hombre no puede ganar una facultad (como la vista) excepto gastando algo; el que añade conocimiento o la forma de aumentarlo, añade aflicciones y obligaciones.

 

Tomen otro caso. Un hombre pobre es convertido en un príncipe de pronto: eso le costará tener que renunciar a sus hábitos anteriores y lo llenará de nuevos deberes y cuidados. Un hombre es puesto en el camino al cielo como un peregrino: ¿paga algo por entrar por la puerta angosta? Claro que no. La gracia inmerecida lo admite a la sagrada senda. Pero haber sido puesto en el camino al cielo le costará algo a ese hombre. Necesitará sinceridad para tocar a la puerta angosta, y tendrá que sudar para subir al Monte de la Dificultad; le costará lágrimas encontrar de nuevo su pergamino después de haberlo perdido en el árbol de la tranquilidad; tendrá que poner sumo cuidado al bajar al Valle de la Humillación; le costará resistir hasta la sangre cuando entre en un conflicto cuerpo a cuerpo contra Apolión; le costará muchos temores cuando tenga que atravesar el Valle de la Sombra de Muerte; le podría costar su vida cuando llegue a la Feria de las Vanidades, si como Fiel, fuera llamado a dar testimonio en la hoguera. La verdadera religión es un don de Dios y no hay nada que podamos hacer para comprarla; pero al mismo tiempo que la recibimos se producen ciertas consecuencias, y tenemos que considerar si seremos capaces de hacerles frente.

 

Pueden estar seguros de que el costo tiene que ser alto, pues nuestro Señor lo compara con la edificación de una torre. La palabra utilizada aquí como “torre” ha sido empleada a menudo para significar una casa guarnecida con torreones, una villa o una mansión campestre. “¿Quién de vosotros” –le pregunta a la gente- “queriendo edificar una mansión para residir con toda tranquilidad, no se sienta primero y calcula los gastos?” El edificio habrá de ser costoso. Doddridge se equivoca al suponer que se tiene la intención de describir aquí una construcción temporal. Es claro que costaría una suma considerable por lo dicho por el Salvador respecto a que un hombre sabio se sienta primero y calcula los gastos. No se pone de pie simplemente y pasa su mano por su frente diciendo: “Esta torre me costará tantos cientos de libras esterlinas”, sino que ha de ser una construcción elaborada, casi un edificio palaciego, y, por tanto, se sienta, como un comerciante en su escritorio, y considera concienzudamente el proyecto; consulta al arquitecto y al ingeniero constructor, y calcula cuál será el costo de las paredes exteriores, cuál será el costo del techo, cuál será el costo de los arreglos interiores y otros componentes similares, y no hace un cálculo impreciso, sino que calcula el gasto de igual manera que los hombres cuentan su oro. Evidentemente es un asunto de consideración para él, y lo mismo es la verdadera religión: no es una nimiedad, sino que es un asunto de suma importancia. Aquel que piensa que una especulación descuidada, atolondrada y carente de un plan definido bastará para sus intereses eternos, es lo contrario de un sabio.

 

La verdadera piedad es la edificación de un carácter que resistirá el día del juicio. Comienza por cavar profundamente los cimientos en fe, amor y un corazón renovado; se continúa la obra poniendo paciente y cuidadosamente, y a menudo dolorosamente, piedra sobre piedra, los materiales del imponente edificio, añadiendo diligentemente: “a vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad; a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor”. La obra de nuestra vida consiste en “edificarnos sobre nuestra santísima fe”. ¿No ven que el carácter cristiano es asemejado a un glorioso palacio?

 

Pero para que no pensemos todavía que el gasto es pequeño, nuestro Señor lo compara con una guerra, y habla del número de tropas involucrado en esa guerra, mostrando que no es ninguna refriega intrascendente entre dos tribus insignificantes. Lo compara con una guerra en la que de un lado hay una formación de diez mil, y del otro lado un ejército de veinte mil. Ahora bien, la guerra es siempre una obra costosa; además del costo de los avíos y de las municiones, está el costo de la vida y de la sangre de los seres humanos, está la supresión de brazos fuertes para la obra en casa, y están los más calamitosos riesgos de una derrota, una cautividad y una devastación. Entonces, el Señor compara a la religión, en sus elementos externos, con una batalla entre el hombre agraciado y los males desenfrenados del mundo exterior. El discípulo de Jesús tiene que defenderse contra un gigantesco enemigo, y tiene dentro de sí un poder que, por sí solo, no es suficiente para la contienda; las posibilidades son temibles: diez mil contra veinte mil. Bien dice el Salvador, en el último caso, que es bueno sentarse primero para consultar. El rey con el ejército más pequeño consulta, pregunta a sus sabios senadores, toma consejo de la experiencia, manda llamar a unos buenos consejeros y debate acerca de la factibilidad del proyecto. De igual manera debemos considerar el asunto de nuestras almas, pues la religión es algo costoso y no debemos entrar en ella, como dijo el francés: “con despreocupación”. Esa despreocupación le costó mucho a su nación y así nos costará mucho a nosotros si la consentimos.

 

Podríamos haber inferido esto, pienso, a partir de algunas otras consideraciones, es decir, primero, del hecho de que la verdadera religión es algo duradero. Dura toda la vida. La falsa religión viene y se va. La verdadera regeneración no se repite nunca, y es el comienzo de una vida que no conocerá un fin ni en el tiempo ni en la eternidad. Ahora bien, cualquier cosa duradera es necesariamente costosa. Puedes dar a colorear tu cristal, si quieres, y buscar lo más barato, pero pronto el sol le quitará toda su belleza. Si quieres conseguir un cristal que retenga su color durante siglos, cada uno de los pasos en el proceso de su fabricación será costoso, involucrando mucha mano de obra y gran cuidado. Lo mismo sucede con la verdadera religión. Puedes conseguirla muy barata, si quieres, y se verá casi tan bien como la religión real, y durante un breve tiempo te proporcionará casi todo el consuelo y el respeto que el artículo genuino te habría proporcionado; pero no durará; pronto se desvanecerá su color, y la pretensión de belleza y de excelencia que había en ella pronto se habrá esfumado. Querido amigo, tú necesitas, (estoy seguro de que la necesitas), tú necesitas una piedad que te dure hasta tu muerte: bien, entonces tiene que costarte algo, ten la certeza de ello.

 

Recuerda también que la verdadera religión tendrá que soportar mucha tirantez, pues verá una segura oposición. Esta torre no será edificada sin oposición. Igual que sucedió con el muro de Jerusalén, Sanbalat y Tobías querrán con seguridad obstaculizar la construcción. La verdadera religión tiene que ser capaz de soportar la dureza: si no puede hacerlo no sirve para nada. La vieja espada de Toledo le costó mucho al guerrero de inicio, pero una vez que la hubo conseguido, él sabía que penetraría hasta las coyunturas y los tuétanos en el día de la batalla, y no tenía miedo de lanzarse a lo más recio de la refriega, ya que confiaba en su temple sin rival y en su agudo filo. ¿No habría podido encontrar una espada más barata? Yo supongo que hubiera podido encontrarla muy fácilmente, y con poca inversión de oro, pero entonces en el momento en que su espada golpeara el casco de su enemigo, en vez de partirle el cráneo, se quebraría en la mano del guerrero y le costaría su propia vida. Así es la religión barata que muchos adoptan; no hay abnegación en ella, no hay abandono del mundo, no hay renuncia de las diversiones carnales: son exactamente lo mismo que el mundo; su religión no les cuesta nada, y al final, cuando la necesiten, les fallará, y se romperá en el día de la batalla como una espada mal hecha, y los dejará indefensos. ¡Oh, si quieren algo que resista en el conflicto tienen que pagar por eso!

 

Jesucristo sabía que las personas a quienes les hablaba no serían capaces de soportar las pruebas que les esperaban a Sus discípulos; no sabían que Él sería crucificado, pues justo entonces era popular y esperaban que fuera el Rey de Israel, pero el Salvador sabía que vendrían días oscuros en los que el Rey de los judíos sería colgado de un patíbulo, y Sus discípulos, incluso los verdaderos, lo abandonarían momentáneamente y huirían; y, por tanto, en efecto les dijo: “han de estar preparados para llevar la cruz, han de estar preparados para seguirme en medio de la burla, de la vergüenza y del reproche, y si no están listos para eso, su discipulado es un error. En su caso ese tipo de discipulado no pasó la prueba; esas personas se escondieron cuando llegó el tiempo de la tribulación.

 

Y recuerden, queridos amigos, y quiero enfatizar este punto, que necesitamos una religión que soporte la inspección del grandioso Juez en el último día. Hay cosas en el mundo que pueden aguantar por un tiempo, pero si se miran de cerca, y especialmente si son colocadas bajo el microscopio, se verá que tienen muchos defectos: ahora bien, ningún examen microscópico puede ser comparado ni por un instante con la mirada de Jehová. Él nos leerá exhaustivamente. Oh, las hermosas profesiones serán fulminadas con la mirada en el día cuando Su ojo de fuego las contemple. Nunca se secan las hierbas ni la mitad de rápido bajo el simún como se marchitarán las hermosas llanuras del pretendido cristianismo bajo la mirada divina en el último tremendo día. Mirará a lo que los hombres llaman cristianismo, que casi se disipará si es que no se disipa por completo, pues “cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?” ¿No será, entonces, evidentemente cierto que “muchos son llamados, y pocos escogidos”? “Esforzaos a entrar por la puerta angosta –es todavía la voz de Cristo para todos nosotros- “porque os digo que muchos procurarán entrar, y no podrán”. Si nuestra religión ha de ser pesada en la balanza, y puede ser tal vez hallada falta, es bueno que nos cuidemos de eso y que sepamos que tiene que ser sincera, genuina y costosa, si ha de pasar esa ordalía.

 

Entonces, ¿cuál es el gasto? ¿Cuál es el costo de edificar esta torre o de pelear esta guerra? La respuesta es dada por nuestro Salvador, no por mí. Yo no me hubiera atrevido a inventar unas pruebas como las que Él ha ordenado; a mí me corresponde ser el eco de Su voz y nada más. ¿Qué dice Él? Pues bien, primero, que si quieres ser Suyo, y quieres tener Su salvación, tienes que amarlo más que a cualquier otra persona en este mundo. ¿No es ése el significado de esta expresión: “Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre”? ¡Nombres amados! ¡Nombres amados! “¡Padre y madre!” ¿Acaso vive algún hombre con un alma tan muerta que pueda pronunciar cualquiera de estas palabras sin emoción, y especialmente la última: “madre”? Varones y hermanos, este es un nombre amado y tierno para nosotros; toca una cuerda que emociona a nuestro ser; con todo, mucho más poderoso es el nombre del Salvador, el nombre de Jesús. Menos amados han de ser padre y madre que Jesucristo. El Señor exige precedencia también sobre la muy amada “esposa”. Aquí toca otro conjunto de cuerdas del corazón. Esa palabra “esposa” es amada, se trata de la compañera de nuestro ser, el consuelo de nuestra aflicción y el deleite de nuestros ojos: “¡esposa!” Con todo, esposa, tú no debes tomar el lugar principal; tú tienes que sentarte a los pies de Jesús, pues de otra manera, tú serías un ídolo y Jesús no toleraría tu rivalidad. Y los “niños”, los amados bebés que anidan en el pecho y se suben a la rodilla y pronuncian el nombre de los padres con musicales acentos, ellos no deben ser nuestro principal amor; no deben interponerse entre nosotros y el Salvador, y no debemos contristar a nuestro Señor por causa suya, ni por darles placer o promover su ventaja mundana. Muchos hijos son señores de su padre, muchas hijas han sido amas de su mamá; pero si es para mal, esto ha de llegar de inmediato a su fin. Si nos tientan al mal deben ser tratados como si los odiáramos; sí, el mal en ellos debe ser odiado por causa de Cristo. Si son discípulos de Cristo, su Señor tiene que ser primero, y luego seguirán madre, padre, esposa, hijos, hermanos y hermanas en su debido rango y en su orden.

 

Me temo que muchos profesantes no están preparados para esto. Serían cristianos si su familia lo aprobara, pero tienen que consultar con su hermano, con su padre o con su esposa. Ellos se opondrían a los placeres mundanos si otros lo hicieran, pero no pueden tolerar figurar como excéntricos ni oponerse a los puntos de vista de sus parientes. Dicen: “mi padre lo desea, y no me atrevo a decirle que está mal”. “Mi madre dice que no debemos ser tan mojigatos, y por tanto, aunque mi conciencia me dice que está mal, con todo, yo lo haré”; o por otra parte dicen: “mis hijas están creciendo y tienen que divertirse, y mis hijos tienen que disfrutar de sus placeres, y, por tanto, tenemos que ser tolerantes con el pecado”.

 

Ah, hermanos míos, si son verdaderamente discípulos de Cristo, no debe ser así. Deben hacerlos a todos a un lado, y los más queridos tienen que ser los primeros en irse antes que abandonar a Cristo; pues, ¿no dice Él en los Salmos: “Oye, hija, y mira, e inclina tu oído; olvida tu pueblo, y la casa de tu padre; y deseará el rey tu hermosura; e inclínate a él, porque él es tu señor”? Advierte que demostrarás mejor tu amor a tus parientes optando por lo recto, pues entonces será más probable que ganes sus almas. Ámalos intensamente como para no consentir lo malo en ellos; ámalos tan verdaderamente que odies en ellos lo que te dañaría a ti y los arruinaría a ellos. Tienes que estar preparado para sufrir por causa de quienes están ligados a ti por los lazos más amorosos; el pecado no debe ser tolerado prescindiendo de lo que pudiera pasar. No podemos ceder en el punto del pecado; nuestra determinación es invencible; venga odio o venga amor, tenemos que seguir a Cristo.

 

El siguiente elemento de costo es éste: el ‘yo’ debe ser odiado. Me temo que hay algunos que preferirían odiar a padre o a esposa que odiar a su propia vida. Sin embargo, esa es la exigencia. Quiere decir esto: que allí donde mi propio placer, o mi propia ganancia, o mi propia reputación, o incluso mi propia vida obstaculicen la gloria de Cristo, yo soy muy pequeño para considerarme algo e incluso tengo que odiarme a mí mismo si el ego se interpone en el camino de Cristo. He de considerar a padre, madre, hermano, hermana y a mí mismo también como enemigos, en la medida en que se opongan al Señor Jesús y a Su santa voluntad. Tengo que amarlos y desear su bien así como también deseo mi propio bien, pero no he de desear ningún bien para ellos o para mí mismo a costa de pecar y de robarle al Señor Jesús Su gloria. En cuanto a mí, si veo cualquier cosa que se oponga a Jesús, tengo que desecharla. Tengo que mortificar la carne con sus afectos y lascivias, negándome a mí mismo cualquier cosa que contriste al Salvador o que impida alcanzar mi perfecta conformidad a Él.

 

A continuación, el Salvador prosigue diciendo que si queremos seguirle tenemos que llevar nuestra cruz: “El que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo”. Algunas veces esa cruz viene en la forma de confesar nuestra fe delante de los contradictores. “Ah” –dice el de tímido corazón- “si hiciera eso tendría a todos mis amigos en contra mía”. ¡Toma tu cruz! Es una parte del costo del verdadero discipulado. “Difícilmente sabría cómo conducirme en el hogar si confesara mi religión”. ¡Toma tu cruz!, hermano mío, o no puedes ser discípulo de Cristo. “Bien, pero implicará un cambio incluso en mi vida diaria”. Haz el cambio, hermano mío, o no puedes ser discípulo del Señor. “Pero yo sé que hay alguien muy querido a quien he considerado como candidato para que sea mi futuro compañero, y él me dejaría si abandonara los caminos del mundo”. Entonces, por muy pesada que sea la pérdida, déjalo ir, si es que no puedes seguir a Cristo y unirte a él, pues debes seguir a Jesús o te perderás para siempre. ¡Qué palabras tan duras son esas! ¡Son excelentes detectores de la hipocresía de muchos cristianos profesantes! ¿Se separaron jamás del mundo? No, ellos no; siguen sus modas igual que los peces muertos flotan con la corriente. ¿Les reprocha alguien por ser demasiado rígidos y demasiado puritanos? ¡Oh, no!, pues la suya es la religión que el mundo alaba, y por consiguiente, la religión que Dios aborrece. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él, y el que goza de la sonrisa de los impíos busca la censura de Dios.

 

Pero, además de esto, el Salvador, como otro elemento de costo, requiere que Su discípulo tome su cruz y le siga, es decir, que tiene que actuar como Cristo actuó. Si no estamos preparados a convertir a Cristo en nuestro ejemplo, sí, si no es nuestra sublime ambición vivir como Él vivió y entregarnos a actuar como Él actuó, no podemos ser Sus discípulos.

 

Por último, tenemos que hacer a Jesús una entrega sin reservas de todo. Escuchen estas palabras: “Cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo”. Podría llegarse incluso al punto de que pudiera surgir la persecución, y tendrías que renunciar efectivamente a todo. Tienes que estar preparado para ese evento. Tal vez no tengas que renunciar a nada, pero la entrega tiene que ser tan real en tu corazón como si hubiera sido llevada a cabo en acto y de hecho. Nadie se ha entregado a Cristo verdaderamente a menos que haya dicho también: “Señor mío, yo te doy en este día mi cuerpo, mi alma, mis poderes, mis talentos, mis bienes, mi casa, mis hijos y todo lo que tengo. A partir de ahora voy ser responsable de ellos según Tu voluntad, como un mayordomo bajo Tus órdenes. Ellos son Tuyos; en cuanto a mí, no tengo nada, pues todo te lo he entregado”. Ustedes no pueden ser discípulos de Cristo a ningún costo menor que ese; si posees un cuarto de penique que sea tuyo y no de tu Señor, Cristo no es tu Señor. Todo tiene que ser Suyo, cada iota y cada tilde, y tu vida también, o no puedes ser Suyo.

 

Estas son palabras escrutadoras, pero quisiera recordarte una vez más que no son mías en absoluto. Si al exponerlas he errado, me aflige que así sea, pero estoy persuadido de que no he errado del lado de una gran severidad. Confieso que pude haber hablado demasiado benignamente. Las palabras del texto ponen el hacha a la raíz, y son demoledoras en sumo grado. ¡Oh, calculen, entonces, el costo! Y si cualquiera de ustedes ha asumido una religión que no le cuesta nada, abandónela y huya de ella, pues será su maldición y su ruina.

 

¿Hay forma de llegar al cielo sin incurrir en este costo? No. ¿Pero no podemos ser cristianos sin estos sacrificios? Podrían ser falsificaciones de cristianos, podrían ser hipócritas, podrían ser hermanos de Judas, pero no podrían ser verdaderos cristianos. Este costo es inevitable, y no puede ser reducido ni una pizca. Que Dios les conceda que puedan ser capacitados a someterse a él.

 

II. El segundo encabezado es este: LA SABIDURÍA SUGIERE QUE DEBEMOS CALCULAR EL GASTO. Tú piensas que te gustaría ser cristiano. Querido amigo, dame tu mano. Me alegra que tengas esa inclinación. Pero al tomar tu mano queriendo llevarte gustosamente a Cristo, te miro a la cara y te pregunto: “¿Sabes qué es lo que quieres? ¿Estás seguro de que deseas eso?” Hay hombres que cuando yacen sobre sus lechos de enfermedad claman pidiendo ayuda, pero cuando se recuperan y tienen que salir y que combatir con el mundo, puede llegar un momento cuando digan: “Quisiera que se me concediera estar de nuevo sobre el lecho de enfermo”. No me gustaría que llegara el momento cuando alguno de ustedes dijera: “me uní a la iglesia, pero fue un error. No sopesé el asunto correctamente. Estoy adentro debido a eso, pero lamento estar adentro, pues no debería estar adonde estoy”. Si eres honesto, deberías renunciar a tu profesión, si tal es el caso. Si no tienes gracia, espero que tengas suficiente honestidad común para no adherirte a una falsedad práctica. Me afligiría en verdad si eso sucediera, y, por eso te ruego que calcules el gasto esta mañana, pues advierte que si no calculas el costo, no serás capaz de llevar a cabo tus resoluciones. Se trata de un gran edificio, se trata de una gran guerra. Ningún error puede ser mayor que la idea de que para ser salvados sólo se necesita una medida de emoción durante unos cuantos días, y la creencia ejercida en una hora decisiva. Si yo predicara tales doctrinas estaría engañando a sus almas. La fe y el arrepentimiento no son la obra de una semana o de dos, antes bien, son la obra de toda una vida. En tanto que el cristiano esté en la tierra tiene que arrepentirse, y en cuanto a la fe, no se trata de decir: “yo creo en Jesús y entonces soy salvo”, sino que es una gracia cotidiana, es la confianza de toda una vida. El cristiano permanece creyendo y arrepintiéndose mientras no comience a triunfar en la eterna gloria. Además, la fe produce continuamente resultados santificantes en la vida del creyente, o de otra manera, no está poseído por la fe debida. El que cree en Jesucristo es salvo, pero si hubiese tal cosa como una fe temporal, habría algo así como una salvación temporal. El que se arrepiente verdaderamente del pecado es un hombre renovado, pero si el arrepentimiento del pecado fuera sólo una cosa transitoria y acabara pronto, la vida que indicaba acabaría también. No debes contentarte con una religión falsa y transitoria. Estás comenzando a edificar una torre de la cual la piedra cimera nunca será puesta sino hasta que seas llevado al cielo, y estás comenzando una guerra que no acabará nunca hasta que intercambies la espada por la rama de palma.

 

Recuerda, también, que fallar en esta gran empresa implicaría una terrible derrota, pues, ¿qué dice el Señor? Él dice que ser incapaz de acabar te expondría al ridículo. Te ruego que adviertas la forma de ese ridículo: “Todos los que lo vean comiencen a hacer burla de él, diciendo unos a otros (pues esa es la fuerza de la expresión): Este hombre comenzó a edificar, y no pudo acabar”. Nuestro Señor no los describe como diciendo al insensato constructor: “tú comenzaste a construir y no pudiste acabar”, sino como hablando acerca de él como en tercera persona: “Este hombre”. Ahora bien, pudiera ser que los cristianos indiferentes, los hombres religiosos indiferentes no sean objeto de burla en su propia cara en las calles, pero son el común blanco del ridículo tras sus espaldas. Los falsos profesantes son despreciados universalmente. Los mundanos dicen riéndose: “¡Ah, estos son hermosos especímenes de miembros de la iglesia!” El mundo contempla a la iglesia mundana con absoluto desdén, y por mi parte poco lamento que tal irrisión sea arrojada sobre un objeto que tanto lo merece. Ser un mero pretendiente al discipulado cristiano es convertirse en un objeto de escarnio en el tiempo y en la eternidad, y tal será el destino del falso profesante.

 

Amigo: si pretendes ser cristiano, resuelve, íntegra y decididamente, que eso será lo correcto; pues entonces aunque los hombres no anden rondando y te alaben en tu cara, ellos te honrarán, e incluso quienes te odian conocerán tu valor; pero si sólo eres cristiano a medias, y no lo eres íntegramente, puede ser que no se presenten ante ti para mostrar su desprecio, pero al pasar junto a ti se mofarán y tendrán más respeto por un mundano descarado que por ti, porque él es lo que dice ser y no pretende ser ninguna otra cosa, pero en cambio tú, tú comenzaste a edificar y no pudiste acabar. ¡Qué desgracia es ser un cristiano fingido! Hemos visto algunas veces que algunos especuladores han comenzado y han abandonado grandes edificios, y los vecinos se han referido a ellos como: “la locura de Smith”, o “la locura de Brown”, o “la locura de Robinson”, o cosas parecidas; esos son sólo motivos pasajeros de mofa; pero el aparentador, el hombre que en apariencia comenzó a ser cristiano y luego perdió el ánimo, será señalado con el dedo incluso por los perdidos que están en el infierno. El borracho exclamará: “¿y tú? ¿Has venido tú también aquí? Tú, que eras tan elocuente acerca de la sobriedad y tan propenso a regañar al amante de la bebida”. “¡Ajá!”, -exclama otro- “tú eres el hombre que vivía en nuestra misma calle y que hacía todo un espectáculo de su religión; tú me dijiste que yo era muy perverso, pero, ¿en qué eres mejor tú que yo?” He aquí, yo veo a los profanos descarados levantarse de los potros de castigo de su remordimiento para exclamar: “¿Llegaste a ser como nosotros? Tú, un miembro de la iglesia, ¿estás en el infierno? ¿Está todavía en tus labios el sabor del vino sacramental? ¿Por qué, entonces, pides una gota de agua para refrescar tu lengua? Ese pan sacramental que engulliste tan rápido, ¿no está atorado incluso ahora en tu hipócrita garganta? Tú, un mentiroso delante de Dios y de los hombres, es justo y recto que seas echado fuera igual que nosotros”.

 

Oh, si han de perderse, piérdanse por cualquier causa excepto por ser hipócritas; si han de perecer, perezcan más bien fuera de la iglesia que dentro de ella. ¡No parodien al Señor de gloria! No conozco ningún acto que sea peor que parodiar las excelencias del Salvador con una insolente imitación de Sus gracias. ¿Qué peor ofensa pudieran propinar a la majestad de Su sagrado poder que parodiar Su santidad y Su perfección?

 

III. La última palabra será esta, que CUESTE LO QUE CUESTE, LA RELIGIÓN VERDADERA VALE LO QUE CUESTA. Nosotros somos como un hombre afligido con la peste negra que sabe que se está muriendo, y, con todo, tiene a su lado una medicina que lo curará. “Doctor” –dice- “usted exige un precio tan alto que cada gota me cuesta un diamante; está requiriendo más que su peso en perlas escogidas, pero no importa, tengo necesidad de ella. Si no la tomo soy hombre muerto y entonces ¿de qué me serviría haber guardado mi oro?”

 

Es el caso de cada uno de nosotros aquí presente: hemos de tener a Cristo o pereceremos para siempre, y sería mejor que nos cortáramos el brazo derecho o que nos arrancáramos el ojo derecho, a que fuéramos arrojados en el fuego del infierno.

 

Fíjense, hermanos, que las presentes bendiciones de la verdadera religión valen todo su costo. ¿Qué importa si tengo que romper un afectuoso lazo? Jesús, Tú eres mejor para mí que un esposo, una esposa o un hijo. Si es preciso que la que se reclina sobre mi pecho me considere su enemigo, Tú estarás en mi corazón, Salvador mío, mejor que una Raquel, o que una Rebeca. Sí, si es preciso que el padre diga: “Si sigues a Cristo nunca entrarás por mis puertas otra vez”, no importa que lo diga, pues cuando me abandonen mi padre y mi madre, el Señor me recogerá. El gozo inmediato recompensará la pérdida inmediata; sí, sin duda puedes estimar todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús nuestro Señor, y no obstante, sigues siendo un ganador.

 

Y además, qué recompensa por todo el costo incurrido se recibe en el consuelo suministrado por la genuina piedad en el artículo de la muerte. Cuando se está al borde de la muerte, no producirá ningún dolor ser capaz de decir entonces: “fui echado fuera de mi familia por Jesús”. No será ninguna aflicción recordar: “fui ridiculizado por Cristo”. No producirá ningún dolor decir: “fui considerado demasiado exigente y demasiado puritano”. No, hermanos míos, esas no son las cosas que ponen espinas en las almohadas fúnebres. ¡Oh, no!, allá veremos cuán dulce fue haber llevado cualquier parte de la cruz de Jesús; una astilla de Su cruz valdrá el rescate de un rey en el día de la muerte.

 

Además, en el juicio, cuando la trompeta suene y los muertos resuciten, no diremos: “Sufrí demasiado por Cristo”. Cuando Sus elegidos se pongan a Su diestra, y nosotros entre ellos, no miraremos al pasado lamentando el hecho de que perdimos nuestra casta en la sociedad y nuestra posición entre los refinados por causa de Jesús. No lamentaremos haber asistido a un despreciado conventículo, y haber adorado entre los pobres de este mundo por amor a Jesús y por fidelidad a Su Evangelio. ¡Oh, no! Yo les garantizo que en aquel día brillará con mayor refulgencia aquel que fue más ensombrecido por causa de su Señor. En medio de los seres resplandecientes será doblemente resplandeciente el grupo de mártires de quienes el mundo no fue digno, que fueron considerados como la escoria de todas las cosas; y mientras que cada uno de los discípulos recibirá ciento por uno por todo lo que hubo de renunciar por causa de su Señor, ellos se llevarán la mejor porción.

 

Además, déjenme recordarles, amados, que Cristo no les pide que renuncien a nada que los pueda dañar. Si tienen que odiar a padre y madre es únicamente en este sentido: que no van a ceder a las peticiones equivocadas, ni van a dejar a Cristo por ellos. Si tienen que renunciar a algún placer es porque no es un placer apropiado para ustedes; es azúcar venenosa de plomo y no una verdadera dulzura. Cristo te dará, por mucho, muchos mayores goces.

 

Además, yo recuerdo que nuestro Redentor no le pide a nadie que haga lo que Él mismo no ha hecho. Ese pensamiento me cala hasta lo más hondo y deseo que pudiera afectarlos a ustedes también. Señor, ¿dices tú que renunciemos a nuestro padre? ¿No dejaste Tú a tu padre? ¿Me pides que deje incluso la casa de mi padre si tiene que ser así por tu causa? ¿No dejaste Tú las gloriosas mansiones del cielo? ¿Qué importa si soy llamado a sobrellevar el reproche? Al Padre de familia llamaron Beelzebú. ¿Qué importa si soy echado fuera? A Ti también te echaron fuera. Cuando pensamos en los azotes, en la vergüenza y en los escupitajos que el Señor soportó, ¿qué son nuestras aflicciones? Y si por Su causa fuéramos incluso condenados a muerte, sabemos cómo colgó Él de la cruz, despojado de todo lo Suyo, para salvarnos de la ira venidera.

 

Oh, creyente, ¿puedes seguir a tu Señor adondequiera que Él vaya? Soldados de la cruz, ¿pueden seguirlo a Él? ¿Acaso es el camino lo suficientemente allanado para esos amados pies Suyos pero es demasiado áspero para ti? Allí está Él en lo recio de la batalla donde los golpes caen con mayor rapidez, ¿lo seguirás? ¿Te atreves a seguirlo, o añoras las tiendas del sosiego y los blandos sillones de los cobardes que se echan para atrás y se pasan al campo enemigo? Oh, por todo lo bueno, si son realmente Sus seguidores, los exhorto a que den estas voces: “Donde está Él, allí ha de estar Su siervo; según como le vaya, así le ha de ir al siervo; sea nuestra Su humillación en este mundo para que en el mundo venidero podamos ser partícipes de Su gloria”.

 

Esta predicación es dura, me dicen ustedes, pero el Salvador quiso decir todo lo que yo he dicho. El Suyo era un discurso probatorio, pero hay verdades a ser recordadas que pueden consolarnos mientras las oímos. Es cierto que no puedes edificar la torre; Josué le dijo al pueblo en su tiempo: “No podréis servir a Jehová”. Si has calculado el gasto, sabes ahora que no puedes pelear la guerra. Diez mil no pueden enfrentarse a veinte mil. Pero, con todo, tiene que realizarse, la necesidad inevitable presiona por detrás; sin importar lo que hubiere en el frente, no nos atrevemos a dar la espalda. Recuerden a la esposa de Lot. ¿Qué, pues, hemos de hacer? Oigan las palabras del Señor: “Para los hombres es imposible, mas para Dios, no; porque todas las cosas son posibles para Dios”. ¿Estás dispuesto? Entonces el Espíritu de Dios te ayudará. Tú renunciarás al mundo y a la carne sin un suspiro; lucharás contra tus lujurias y las vencerás por medio de la sangre del Cordero. La torre será edificada y el Señor la habitará. Échense sobre Jesús por medio de una fe simple: apóyense en Su poder, y día a día crean en Su fuerza, y Él los llevará seguramente hasta el final.

 

¿Notan el versículo que le sigue a este pasaje? Me pregunto si algo semejante seguirá a mi sermón. Es asombroso que aunque Jesús tronó como desde de la cumbre del Sinaí, y Sus palabras parecían duras, con todo, está escrito: “Se acercaban a Jesús todos los publicanos y pecadores para oírle”, como si dijeran: “Este hombre nos dice la verdad, entonces, lo oiremos”. Y luego Él comenzó a contarles las preciosas verdades de Su gracia inmerecida, actuando justo como un labrador que pone el arado y remueve la tierra; y cuando ve los terrones que se rompen en el surco entonces arroja la semilla de oro, pero no antes. ¡Oigan, todo aquel que quiera tener a Cristo, venga, y recíbalo! Tú que quisieras tener la salvación, acéptala como el don de Su gracia soberana, pero no la recibas bajo una interpretación equivocada; entiende lo que significa. La salvación no es sólo una liberación del infierno; es liberación del pecado. No es meramente rescatar a los hombres del eterno dolor; es la redención para ellos de los caminos vanos y perversos del mundo. No puede ser dividida, es una túnica sin costura, de un solo tejido de arriba abajo. Si quieres tener la justificación, tienes que tener la santificación; si quieres tener el perdón, tienes que tener santidad; si quieres ser uno con Cristo, tienes que apartarte de los pecadores. Si quieres caminar en las calles de oro en lo alto, tienes que recorrer el camino de la santidad aquí abajo. Que Dios les conceda Su Santo Espíritu para que los capacite a hacerlo, y Suya sea la alabanza por los siglos. Amén.

 

Porciones de la Escritura leída antes del sermón: Salmo 53;

Lucas 14: 25-35.