“Mas él se apartaba a lugares desiertos, y oraba. Aconteció un día, que él estaba enseñando, y estaban sentados los fariseos y doctores de la ley, los cuales habían venido de todas las aldeas de Galilea, y de Judea y Jerusalén; y el poder del Señor estaba con él para sanar. Y sucedió que unos hombres que traían en un lecho a un hombre que estaba paralítico, procuraban llevarle adentro y ponerle delante de él. Pero no hallando cómo hacerlo a causa de la multitud, subieron encima de la casa, y por el tejado le bajaron con el lecho, poniéndole en medio, delante de Jesús. Al ver él la fe de ellos, le dijo: Hombre, tus pecados te son perdonados. Entonces, los escribas y los fariseos comenzaron a cavilar, diciendo: ¿Quién es éste que habla blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios? Jesús entonces, conociendo los pensamientos de ellos, respondiendo les dijo: ¿Qué caviláis en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir: Tus pecados te son perdonados, o decir: Levántate y anda? Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados (dijo al paralítico): A ti te digo: Levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa. Al instante, levantándose en presencia de ellos, y tomando el lecho en que estaba acostado, se fue a su casa, glorificando a Dios. Y todos, sobrecogidos de asombro, glorificaban a Dios; y llenos de temor, decían: Hoy hemos visto maravillas”.   Lucas 5:16-26

Este mismo relato se encuentra en el capítulo noveno de Mateo y en el segundo capítulo de Marcos. Lo que ha sido registrado tres veces por las plumas inspiradas debe ser considerado como triplemente importante y como muy digno de nuestra más atenta consideración. Observen el hecho instructivo de que nuestro Salvador se retiraba y dedicaba un tiempo especial a la oración cuando veía que se juntaban con Él inusuales muchedumbres. Él se apartaba a lugares solitarios para tener comunión con Su Padre, y, en consecuencia, regresaba revestido de un abundante poder de sanar y salvar. No se trataba de que en Sí mismo, como Dios, no poseyera siempre ese poder sin medida, sino que lo hacía por nosotros, para que aprendamos que el poder de Dios sólo descansará en nosotros en la medida en que nos acerquemos a Dios. El descuido de la oración privada es la langosta que devora el poder de la iglesia.

 

Cuando nuestro Señor dejó Su retiro encontró que estaba rodeado de un enorme gentío que era a la vez grande y diverso, pues aunque había allí muchos creyentes sinceros, se encontraba un mayor número de observadores escépticos; algunos estaban ansiosos de recibir Su poder de curación y otros estaban igualmente deseosos de hallar ocasión en contra de Él. Así también, sin importar cuán revestido del espíritu y del poder de su Maestro esté el predicador, en todas las asambleas habrá gente de todo tipo; allí se juntarán sus fariseos y doctores de la ley, sus acérrimos censores listos a denigrar y sus impasibles críticos en busca de fallas; al mismo tiempo, elegidos por Dios y atraídos por Su gracia, estarán presentes algunos devotos creyentes que se regocijan en el poder que es revelado entre los hombres, y habrá también sinceros buscadores que desean sentir en carne propia la energía sanadora. Parece que nuestro Salvador, como regla, suplía a cada oyente con el alimento según su especie. Los fariseos encontraban pronto los asuntos que les parecían objetables; el Salvador formulaba Sus expresiones de tal manera que ellos las captaban ávidamente y lo acusaban de blasfemia; la enemistad de sus corazones fluía de esa manera a la superficie para que el Señor tuviera la oportunidad de reprocharla; pero si solo hubieran estado dispuestos, el poder del Señor estaba presente para sanarlos aun a ellos. Por lo pronto, esos pobres seres trémulos que rogaban pidiendo la curación no se vieron decepcionados; el Buen Médico no pasó por alto ningún caso, y, al mismo tiempo Sus discípulos, que buscaban las oportunidades para elogiarlo de nuevo, quedaron plenamente gratificados, pues con ojos dichosos vieron al paralítico restaurado y oyeron que sus pecados le fueron perdonados.

 

El caso que el relato pone ante nosotros es el de un hombre atacado de parálisis. Esta triste enfermedad pudo haberse prolongado durante mucho tiempo. Hay una parálisis que mata gradualmente el cuerpo reduciéndolo cada vez más a una completa impotencia. El poder de los nervios queda casi destruido; el poder de movimiento es enteramente suspendido y, no obstante, las facultades mentales subsisten aunque grandemente debilitadas, y algunas de ellas casi llegan a su extinción. Hay quienes han pensado que este hombre pudiera haber sido afectado por lo que se conoce como parálisis universal, que muy rápidamente produce la muerte, lo que pudiera explicar la extrema prisa que tenían los cuatro porteadores para acercarlo al Salvador. No conocemos los detalles de su condición, pero lo cierto es que estaba paralizado y, mirando el caso y estudiando los tres relatos, creo que percibo con igual claridad -de una manera o de otra al menos en el juicio del propio individuo- que su parálisis estaba conectada con su pecado. Él era evidentemente un penitente, así como un paralítico. Su mente estaba tan oprimida como lo estaba su estructura corporal. No sé si se le pudiera llamar del todo un creyente, pero es sumamente probable que, estando oprimido por un sentido de pecado, tuviera una débil esperanza en la misericordia divina, a la cual, como a una chispa en una mecha humeante, le resultara difícil existir, pero aun así, esa débil esperanza estaba verdaderamente presente allí. La aflicción por la que sus amigos se compadecían de él estaba en su cuerpo, pero él mismo sentía una turbación mucho más severa en su alma, y probablemente no era tanto con miras a ser sanado corporalmente, como por la esperanza de recibir una bendición espiritual, que él estaba anuente a ser sometido a cualquier proceso mediante el cual cayera bajo la mira del Salvador. Yo deduzco esto del hecho de que nuestro Salvador le dirigió estas palabras: “Ten ánimo”, insinuando que el paralítico estaba descorazonado, que su espíritu se abatía en su interior, y, por tanto, en vez de decirle de entrada: “Levántate, toma tu lecho”, nuestro Señor le dijo con un tierno corazón: “Hijo, tus pecados te son perdonados”. Le dio al principio una bendición que los amigos del paciente no habían pedido, pero que el hombre, aun sin decir nada, buscaba en el silencio de su alma. Él era un “hijo”, aunque era un hijo afligido; estaba dispuesto a obedecer la orden del Señor una vez que recibiera el poder, aunque todavía no podía levantar ni manos ni pies. Anhelaba con ansias el perdón del pecado pero no podía extender su mano para asirse del Salvador.

 

Tengo la intención de usar este relato con fines prácticos. Que el Espíritu Santo lo haga realmente útil. Nuestro primer comentario será este:

 

I. HAY CASOS QUE NECESITAN LA AYUDA DE UN PEQUEÑO GRUPO DE OBREROS ANTES DE QUE SEAN PLENAMENTE SALVADOS.

 

Marcos, el evangelista, nos informa que este hombre tuvo que ser cargado por cuatro acompañantes; tenía que haber un porteador en cada una de las esquinas de la camilla en la que estaba postrado. Una gran cantidad de personas que entran en el reino de Cristo son convertidas a través de las oraciones generales de la iglesia, por medio de los instrumentos de su ministerio. Probablemente tres de cada cuatro miembros de cualquier iglesia deben su conversión a la enseñanza regular de la iglesia de alguna forma u otra; su escuela, su púlpito y su prensa han sido las redes en las que han sido atrapados. Por supuesto que la oración privada personal ha sido mezclada con todo eso en muchos casos; pero todavía la mayoría de los casos no podrían ser rastreados como para ser atribuidos principalmente a las oraciones o a los esfuerzos individuales. Yo creo que la regla es que el Señor hará que muchos sean llevados a Él por el sonido de la gran trompeta del jubileo en la dispensación del Evangelio por Sus ministros. Hay algunos, además, que son conducidos a Jesús por los esfuerzos individuales de una persona. Así como Andrés encontró a su propio hermano Simón, así también un creyente, por su comunicación privada de la verdad a otra persona, se vuelve instrumental en su conversión, por el poder del Espíritu de Dios. Un convertido traerá a otro, y ese otro a un tercero. Pero esta narración pareciera mostrar que hay casos que no serán traídos por la predicación general de la palabra, ni tampoco por la instrumentalidad de una persona; esos casos requieren que haya dos, o tres, o cuatro personas que trabajen en santa combinación, quienes, de común acuerdo, sintiendo una común agonía de alma, resolverán unirse como un grupo para este único objetivo y no abandonarán nunca su santa confederación hasta que este objetivo sea alcanzado y su amigo sea salvado. Este hombre no podía ser llevado a Cristo por una sola persona; debía tener a cuatro que aplicaran su fuerza para transportarlo, o no podría llegar al lugar de su restauración.

 

Apliquemos el principio. Por allá está un padre de familia que todavía no es salvo: su esposa ha orado por él durante mucho tiempo pero sus oraciones no han recibido respuesta todavía. Buena esposa, Dios te ha bendecido con un hijo que se regocija contigo en el temor de Dios. ¿Acaso no tienes también dos hijas cristianas? Oh, ustedes son cuatro, tome entonces cada uno de ustedes una esquina de la camilla de este enfermo, y lleven al esposo, lleven al padre, al Salvador. Un esposo y una esposa están aquí y ambos han venido felizmente a Cristo; ustedes están orando por sus hijos; nunca dejen esa suplicación: continúen orando. Tal vez algún amado miembro de su familia sea inusualmente terco. Se necesita una ayuda adicional. Bien, el maestro de la escuela dominical será para ustedes un tercer integrante del grupo; él tomará una esquina de la camilla; y yo sería muy feliz si pudiera unirme para ser el cuarto integrante y formar un bendito cuarteto. Tal vez, cuando la disciplina hogareña, la enseñanza de la escuela y la predicación del ministro vayan juntas, el Señor mirará con amor desde lo alto y salvará a su hijo. Amado hermano, estás pensando en alguien por quien has orado largamente; también le has hablado y has usado todos los medios apropiados, pero todavía no han surtido efecto. Tal vez tu plática sea demasiado consoladora: pudiera ser que no le has presentado esa precisa verdad que su conciencia requiere para que toque las fibras de su ser. Busca aún más ayuda. Pudiera ser que un segundo hermano le hable instructivamente donde tú sólo le has hablado consoladoramente; tal vez la instrucción pudiera ser el instrumento de la gracia. Sin embargo pudiera ser que incluso la instrucción no sea de más ayuda de lo que fue la consolación, y pudiera ser necesario que se llame a un tercero, que tal vez hable con una persuasiva exhortación y con advertencia, lo cual pudiera ser lo que se necesita grandemente. Los dos que ya están en el campo pueden equilibrar su exhortación, que por sí sola podría haber sido demasiado mordaz, y podría haber generado un prejuicio en la mente de la persona, si sólo hubiera existido la exhortación. Los tres juntos comprueban ser los instrumentos apropiados en la mano del Señor. Con todo, después que ustedes tres se combinaran felizmente, pudiera ser que el pobre paralítico no sea todavía afectado salvadoramente; pudiera necesitarse un cuarto integrante, quien, con un afecto más profundo que el de ustedes tres juntos, y tal vez con una experiencia más apropiada para el caso que la de ustedes, intervenga y obrando conjuntamente con ustedes, el resultado se vea garantizado. Los cuatro colaboradores conjuntamente pueden lograr, por el poder del Espíritu Santo, lo que ni uno, ni dos, ni tres eran competentes de realizar. Pudiera suceder a veces que un hombre ha oído a Pablo predicar, pero su clara doctrina, aunque ha iluminado su intelecto, no ha convencido todavía a su conciencia. Ha oído a Apolos, y el brillo de los elocuentes ruegos del orador ha encendido su corazón pero no ha humillado su altivez. Más tarde todavía ha oído a Cefas, cuyas burdas frases cortantes lo han talado y lo han convencido de pecado; pero antes de que pueda encontrar gozo y paz en la fe, tendrá que oír las dulces palabras afectuosas de Juan. Sólo cuando el cuarto integrante sujete el lecho y lo impulse con fuerza hacia arriba, el paralítico será colocado en la senda de la misericordia. Yo deseo ansiosamente ver en esta iglesia pequeños grupos de hombres y mujeres que están ligados unos a otros por un celoso amor por las almas. Yo quisiera que se dijeran entre sí: “Este es un caso por el que sentimos un interés común: nos comprometeremos a orar por esta persona; buscaremos unidos su salvación”. Pudiera que ser que alguna de las personas que han pagado el derecho de ocupar un asiento en esta iglesia, después de escuchar mi voz los últimos diez o quince años, no haya sido persuadida; pudiera ser que otra persona haya dejado la escuela dominical sin ser salva. Que los cuartetos fraternales se ocupen de cuidarlas con la ayuda de Dios. Movidos por un impulso, forman un cuadrado en torno a estas personas, los acorralan por delante y por detrás, y no les permiten decir: “No hay quien cuide de mi vida”. Reúnanse en oración con un propósito definido en mente, y luego persigan ese objetivo por los caminos más probables. Yo no sé, hermanos míos, cuánta bendición podría venirnos a través de esto, pero estoy seguro de que mientras no lo hayamos intentado no podemos pronunciar un veredicto al respecto; tampoco podemos estar muy seguros de estar libres de toda responsabilidad para con las almas de los hombres mientras no hayamos probado cada método probable y posible para hacerles bien.

 

Me temo que aun en una iglesia grande no hay muchos que quieran convertirse en camilleros. Muchos dirán que el plan es admirable pero dejarán que otros lo implementen. Recuerden que las cuatro personas que se unen en tal labor de amor deberían, todas ellas, sentir un intenso afecto por las personas cuya salvación buscan. Han de ser individuos que no se arredrarán ante ninguna dificultad; que invertirán toda su fuerza para transportar la amada carga y perseverarán hasta haber logrado el éxito. Necesitan ser fuertes, pues la carga es pesada; necesitan ser personas resueltas, pues la obra pondrá su fe a prueba; necesitan ser seres de oración, pues de otra manera laboran en vano; tienen que ser creyentes, o serán completamente inútiles: Jesús vio su fe, y, por tanto, aceptó su servicio; pero sin fe es imposible agradarle. ¿Dónde encontraremos cuartetos como esos? Que el Señor los encuentre y que los envíe a algunos de ustedes, pobres pecadores moribundos, que hoy yacen paralizados aquí.

 

II. Ahora proseguimos a la segunda observación, que ALGUNOS CASOS TRANSPORTADOS DE ESA MANERA REQUERIRÁN DE MUCHA REFLEXIÓN ANTES DE QUE EL DESIGNIO SEA CUMPLIDO.

 

El instrumento esencial por medio del cual un alma es salvada es lo suficientemente claro. Los cuatro porteadores no se preguntaban entre ellos respecto a cuál era la manera de lograr la curación de este hombre; coincidían plenamente en esto: que tenían que llevarlo a Jesús; por algún medio u otro, a todo trance, tenían que ponerlo en el camino de Jesús. Ese era un hecho indudable. La pregunta era: ¿cómo hacerlo? Hay un viejo proverbio mundano que reza: “Querer es poder”; y me parece que ese proverbio puede ser aplicado con seguridad a las cosas espirituales, casi sin ninguna advertencia o salvedad. “Querer es poder”; y si los hombres son conducidos por la gracia de Dios a sentir una profunda ansiedad por alguna alma específica, hay una manera por la que esa alma puede ser llevada a Jesús, pero esa manera pudiera revelarse sólo después de mucha consideración. En algunos casos la forma de impresionar al corazón pudiera ser de una manera extravagante, de una manera extraordinaria, de alguna manera que ordinariamente no debería usarse y que no sería exitosa. Me atrevo a decir que los cuatro camilleros del relato pensaron temprano por la mañana: “Vamos a llevar a este pobre paralítico con el Salvador, y vamos a entrar en la casa por la puerta ordinaria”; pero cuando intentaron hacer eso, las multitudes bloquearon el camino de tal manera que ni siquiera podían acercarse al umbral. “¡Abran paso; abran paso para el enfermo! ¡Apártense de allí y dejen pasar a un pobre paralítico! ¡Por piedad, cedan un poco de espacio y permitan que llevemos al enfermo hasta donde está el profeta sanador!” Sus súplicas y sus instrucciones fueron vanas. Unas cuantas personas compasivas por aquí y por allá se separaban de la multitud, pero la mayoría de las personas ni pudieron ni quisieron quitarse; además, muchas de ellas están involucradas en ocupaciones similares, y tienen iguales razones para tratar de entrar como se pudiera. “Vean” –grita uno de los cuatro- “voy a abrir un espacio”; y empuja y da codazos y avanza un poco hacia la entrada. “¡Vamos, ustedes tres!”, -les grita- “síganme, y ábranse paso a la fuerza, pulgada a pulgada”. Pero ellos no pueden hacerlo. Es imposible. El pobre paciente está a punto de morir de miedo; la camilla es sacudida de un lado a otro por la muchedumbre como un barquichuelo o como una cáscara de nuez en medio de las olas del mar; la alarma del paciente aumenta, los portadores están turbados, y se alegran de regresarse otra vez para considerar el caso. Evidentemente es completamente imposible introducirlo por los medios ordinarios. ¿Qué hacer entonces? “No podemos cavar un túnel, pero, ¿no podríamos pasar por sobre las cabezas de las personas, y descolgar al hombre desde arriba? ¿Dónde está la escalera?” Frecuentemente hay una escalera exterior que conduce a la parte superior de una casa oriental; no podemos estar seguros de que hubiera una en este caso; pero si no fuera así, la casa vecina pudiera tener alguna escalinata, y entonces los resueltos porteadores treparon a lo alto de la casa vecina y pasaron de un techo a otro. Donde no contamos con ninguna información definida se puede dejar mucho a la conjetura; pero esto sí queda claro: por algún medio subieron su desdichada carga al techo de la casa y se proveyeron del aparejo necesario para descolgarlo. El Salvador probablemente predicaba en uno de los aposentos superiores, a menos que se tratara de una casa pobre desprovista de un piso superior. Tal vez la habitación abría a un patio que estaba abarrotado. De cualquier manera, el Señor Jesús estaba bajo la cubierta de un techo, de un sólido techo. Nadie que lea cuidadosamente el original dejará de ver que había un techo real en el que debía hacerse una perforación. Se ha sugerido como una dificultad, que la perforación de un techo podría involucrar un peligro para quienes estaban abajo, y que probablemente generaría una gran asfixia a causa del polvo; y para evitar esto, se han elaborado varias suposiciones, tales como que el Salvador estaba ubicado debajo de un toldo o cubierta de lona, y que los hombres enrollaron la lona; o que nuestro Señor estaba debajo de una veranda con una cubierta muy ligera que los hombres podían descorrer fácilmente; otros han inventado inclusive un escotillón para la ocasión. Pero con toda la debida deferencia para con los eminentes viajeros, las palabras de los evangelistas no pueden ser desechadas tan fácilmente. De acuerdo a nuestro texto, el hombre fue descolgado a través del “tejado”, no a través de una lona o de cualquier otro material ligero; prescindiendo de cuál hubiese sido el tipo de tejado, había sido confeccionado con toda seguridad con arcilla quemada, pues ese significado se encuentra en la esencia de la palabra. Además, según Marcos, después de haber perforado el techo, lo cual, yo supongo, quiere decir que quitaron el “tejado”, lo rompieron, que se parece mucho a abrir un hoyo en el techo. La palabra griega usada por Marcos que es interpretada como “rompimiento” es una palabra muy enfática, y significa hacer una perforación, o una remoción del tejado, lo cual transmite la idea de una labor considerable para poder quitar el material. Se nos informa que los techos de las casas orientales son a menudo fabricados con piedras grandes; eso pudiera ser cierto como regla general, pero no en este caso, pues la casa estaba cubierta de tejas; y en cuanto al polvo y a la caída de escombros, eso pudiera ser una conclusión necesaria o no; pero es tan claro como la luz del mediodía que un techo sólido que requería que se quitaran las tejas y que se quitara el material, quedó con un hoyo, y a través de la apertura fue descolgado el hombre en su camilla. Tal vez hubiera polvo, y posiblemente hubiera peligro también, pero los porteadores estaban preparados para cumplir su propósito prescindiendo del riesgo. Tenían que introducir al hombre de alguna manera. Sin embargo no hay necesidad de suponer alguna de las dos cosas, pues sin duda los cuatro hombres serían cuidadosos de no incomodar al Salvador ni a Sus oyentes. Las tejas o el yeso podían ser trasladados a otra parte del techo plano, y de igual manera la madera, conforme iban rompiendo el techo; y en cuanto a las vigas, podían estar lo suficientemente espaciadas para dejar pasar la estrecha camilla del enfermo sin que se tuviera que quitar ninguna de ellas. El señor Hartley, en sus ‘Viajes’ nos informa: “Cuando viví en Egina solía mirar con cierta frecuencia hacia los techos bajo los que me encontraba, y contemplaba cuán fácilmente pudo haberse llevado a cabo toda la transacción del paralítico. El techo estaba construido de la siguiente manera: “una capa de cañas, de especies de gran tamaño, que era colocada sobre las vigas; sobre ella se esparcía una cantidad de brezo; sobre el brezo se depositaba tierra, la cual era apisonada hasta convertirla en una masa sólida. Ahora, ¿qué dificultad habría en quitar primero la tierra, después el brezo, y luego las cañas? Tampoco se incrementaría la dificultad si la tierra tuviera una capa de tejas puestas sobre ella. Ninguna inconveniencia sobrevendría para las personas que estaban dentro de la casa por quitar las tejas y la tierra pues el brezo y las cañas detendrían cualquier cosa que pudiera caer al suelo de alguna manera, y eso sería quitado después de todo lo demás”.

 

Descolgar a un hombre a través del techo era un mecanismo sumamente extraño e impactante, pero contribuye al comentario que tenemos que hacer ahora. Si queremos que nuestras almas sean salvadas, no debemos ser demasiado escrupulosos ni delicados respecto a los convencionalismos, reglas y cosas apropiadas, pues el reino de los cielos sufre violencia. Tenemos que decidirnos a esto: “Todo lo que se interponga entre el alma y su Dios tiene que ser destrozado a golpes o porrazos: no importa qué tejas tengan que ser quitadas, qué yeso deba ser perforado, o qué tablas hayan de ser quebradas, o en qué labor, o en qué tribulación, o en qué gasto tengamos que incurrir; el alma es demasiado preciosa para nosotros para que nos paremos a hacer preguntas corteses. Nuestra política es hacerlo si en alguna manera podamos hacer salvos a algunos de ellos. Piel por piel, sí, todo lo que tenemos no es nada en comparación con el alma de un hombre”. Cuando cuatro corazones verdaderos tienen puesta la mira en el bien espiritual de un pecador, su hambre santa abrirá boquetes en las paredes de piedra o en los techos de las casas.

 

No tengo ninguna duda de que era una difícil tarea subir al paralítico; perforar el techo y quitar las tejas con sumo cuidado tiene que haber sido una tarea laboriosa y tiene que haber requerido mucha habilidad, pero, con todo, la obra fue realizada y el objetivo fue logrado. No debemos detenernos nunca ante las dificultades; sin importar cuán dura sea la tarea, tiene que ser siempre más difícil para nosotros dejar que un alma perezca que trabajar en pro de su liberación de la forma más abnegada.

 

Los porteadores realizaron una acción muy singular. ¿Quién hubiera pensado en perforar un techo? Nadie sino aquellos que amaban mucho y que mucho deseaban beneficiar al enfermo. Oh, que Dios hiciera que intentemos cosas singulares en pro de la salvación de las almas. Esperemos que brote una santa inventiva en la iglesia, una sagrada creatividad puesta al servicio de ganar los corazones de los hombres. Le pareció a su generación una cosa singular cuando John Wesley se paró junto a la tumba de su padre y predicó en Epworth. Gloria sea dada a Dios porque tuvo el valor de predicar al aire libre. Pareció algo extraordinario cuando ciertos ministros predicaban sermones en los teatros; pero es un feliz asunto que los pecadores sean alcanzados por tales irregularidades que bien pudieran haber escapado de todos los demás instrumentos utilizados. Hemos de sentir nuestros corazones llenos de celo por Dios, y de amor por las almas, y pronto seremos conducidos a adoptar algunos medios que otros pudieran criticar, pero que Jesucristo aceptará.

 

Después de todo, el método que los cuatro amigos siguieron resultó ser sumamente apropiado a sus habilidades. Yo supongo que eran cuatro individuos muy fuertes para quienes la carga no representaba un gran peso, y la labor de excavación fue para ellos relativamente fácil. El método se adaptaba exactamente a sus capacidades. ¿Y qué hicieron cuando descolgaron al hombre? ¿Contemplar la escena y admirarla? Yo no leo que dijeran una sola palabra, y con todo, lo que hicieron bastó: las habilidades de aquellos hombres para izar y cargar realizaron la obra necesaria. Algunos de ustedes dicen: “Ah, nosotros no podemos ser de ninguna utilidad; desearíamos poder predicar”. Aquellos hombres no podían predicar pero no necesitaron predicar. Ellos descolgaron al paralítico y con eso su obra fue consumada. Ellos no podían predicar, pero podían sostener una cuerda.

 

Necesitamos en la iglesia cristiana no solamente predicadores, sino ganadores de almas que pueden cargar con las almas en sus corazones y sentir la solemne carga; hombres que, pudiera ser, no pueden hablar, pero pueden llorar; hombres que no pueden quebrantar con su lenguaje los corazones de otros hombres, pero que con su compasión rompen sus propios corazones. En el caso que estamos considerando no hubo ninguna necesidad de suplicarle a Jesús: “Jesús, hijo de David, mira arriba, pues un hombre está siendo descolgado y Te necesita”. No hubo ninguna necesidad de argumentar que el paciente había estado enfermo durante muchos años. No sabemos si el propio hombre dijera una sola palabra. Indefenso y paralizado, no tenía el vigor de convertirse en un suplicante. Ellos colocaron su cuerpo casi inerte ante la mirada del Salvador, y ese fue un recurso que bastó: su triste condición fue más elocuente que las palabras. Oh, corazones que aman a los pecadores, pongan su condición perdida delante de Jesús; lleven sus casos tal como están delante del Salvador; si sus lenguas tartamudean, sus corazones prevalecerán; si ustedes ni siquiera pudieran hablarle al propio Cristo, como desearían, porque no tienen el don de la oración, con todo, si sus fuertes deseos brotaran del espíritu de oración, no podrían fallar. Que Dios nos ayude a utilizar los medios que estén a nuestro alcance, y que no nos sentemos ociosamente para lamentar la carencia de los poderes que no poseemos. Tal vez sería peligroso que poseyéramos las habilidades que ambicionamos; es siempre seguro consagrar las que tenemos.

 

III. Ahora debemos llegar a una importante verdad. Podemos deducir con seguridad del relato QUE LA RAÍZ DE LA PARALÍSIS ESPIRITUAL YACE GENERALMENTE EN EL PECADO QUE NO HA SIDO PERDONADO.

 

Jesús tenía la intención de sanar al paralítico, pero lo hizo diciendo ante todo: “Tus pecados te son perdonados”. En esta casa de oración hay algunos esta mañana que están paralizados espiritualmente; tienen ojos y ven el Evangelio; tienen oídos y lo han oído, e incluso lo han oído atentamente; pero están tan paralizados que les dirán -y lo dirán honestamente- que no pueden aferrarse a la promesa de Dios; que no pueden creer en Jesús para la salvación de sus almas. Si ustedes los exhortaran a orar, responderían: “Procuramos orar, pero la nuestra no es una oración aceptable”. Si les pidieran que tengan confianza, les dirán, aunque tal vez no se los digan con tantas palabras, que están entregados a la desesperación. Su triste cantinela es:

 

“Yo quisiera cantar, pero no puedo;

Yo quisiera orar, pero no puedo;

Pues Satanás me encuentra cuando intento,

Y espanta a mi alma.

 

Yo quisiera arrepentirme, pero no puedo,

Aunque me esfuerzo a menudo;

Este pétreo corazón no cede nunca

Hasta que Jesús lo ablanda.

 

Yo quisiera amar, pero no puedo,

Aunque sea atraído por el amor divino;

Ningún argumento tiene el poder de mover

A un alma tan ruin como la mía.

 

¡Oh, que pudiera creer!

Entonces todo sería fácil;

Yo quisiera, pero no puedo; Señor, alíviame;

Mi ayuda ha de venir de Ti”.

 

El fondo de esta parálisis es el pecado en la conciencia que obra muerte en ellos. Ellos son sensibles respecto a su culpa, pero son impotentes para creer que la fuente carmesí puede quitarla; sólo están vivos para la aflicción, el desaliento y la agonía. El pecado los paraliza con la desesperación. Les garantizo que en esta desesperación se encuentra contenido en gran manera el elemento de la incredulidad, que es pecaminoso; pero yo espero que también esté contenida allí una sincera medida de arrepentimiento que acarrea consigo la esperanza de algo mejor. Nuestros pobres paralíticos despiertos esperan algunas veces poder ser perdonados, pero no pueden creerlo; no pueden regocijarse; no pueden arrojarse sobre Jesús; están completamente sin fuerzas. Ahora, el fondo de ello, lo repito, está en el pecado no perdonado, y yo les suplico sinceramente a ustedes, que aman al Salvador, que sean denodados en buscar el perdón para estas personas paralizadas. Ustedes me dicen que yo debo ser denodado; en efecto he de serlo; y en efecto deseo serlo; pero, hermanos, sus casos parecieran estar más allá de la esfera de acción del ministro; el Espíritu Santo determina usar otras agencias en su salvación. Han oído la palabra predicada públicamente; ahora necesitan una consolación y una ayuda privadas que provengan de tres o cuatro personas. Préstennos su ayuda, ustedes, hermanos denodados; formen sus grupos de cuatro; agarren los colchones de estas personas que desean ser salvadas, pero que sienten que no pueden creer. Que el Señor, el Espíritu Santo, los convierta a ustedes en los instrumentos de conducirlos al perdón y a la eterna salvación. Han estado postrados en espera durante mucho tiempo; sin embargo, su pecado los mantiene todavía donde están; su culpa les impide aferrarse a Cristo; allí está el punto, y es para tales casos que yo invoco sinceramente la ayuda de mis hermanos.

 

IV. Procedamos a notar, en cuarto lugar, que JESÚS PUEDE QUITAR TANTO EL PECADO COMO LA PARÁLISIS EN UN SOLO INSTANTE. La ocupación de los cuatro porteadores era llevar al hombre a Cristo pero ahí terminaba su poder. Nuestra parte es llevar al pecador culpable al Salvador; allí termina nuestro poder. Gracias a Dios porque Cristo comienza cuando nosotros terminamos y Él obra muy gloriosamente. Observen que Él comenzó diciendo: “Tus pecados te son perdonados”. Puso el hacha a la raíz; no deseaba que los pecados del hombre fueran perdonados, ni expresaba un buen deseo en ese sentido, sino que pronunció una absolución en virtud de esa autoridad de la que estaba revestido como el Salvador. Los pecados de aquel hombre, allí, en ese instante, cesaron de existir y él fue justificado a los ojos de Dios. Querido oyente, ¿crees tú que Cristo hizo eso por el paralítico? Entonces yo te exhorto a que creas en algo más, es decir, que si en la tierra Cristo tenía poder para perdonar los pecados antes de haber ofrecido una expiación, mucho mayor poder tiene para hacer eso ahora que ha derramado Su sangre y ha dicho: “Consumado es”, y ha entrado en Su gloria y está a la diestra del Padre. Él es exaltado en lo alto, para dar arrepentimiento y remisión de pecado. Si Él enviara Su Espíritu a tu alma para revelarse en ti, tú serías absuelto enteramente en un instante. ¿Te ha ennegrecido la blasfemia? ¿Acaso te mancha una larga vida de infidelidad? ¿Has sido licencioso? ¿Has sido abominablemente perverso? Una palabra puede absolverte, una palabra salida de esos amados labios que dijeron: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Yo te exhorto a que pidas esa palabra absolutoria. Ningún sacerdote terrenal puede dártela pero el grandioso Sumo Sacerdote, el Señor Jesús, puede decirla de inmediato. Ustedes, grupos de dos y de cuatro personas, que tienen en la mira la salvación de los hombres, aquí hay un estímulo para ustedes. Oren por ellos ahora, mientras el Evangelio está siendo predicado a sus oídos; oren por ellos día y noche, y pongan las buenas noticias constantemente delante de ellos, pues Jesús es todavía capaz de “salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios”.

 

Después de que nuestro Señor hubo suprimido la raíz del mal, observen que luego quitó la propia parálisis, que desapareció al instante. Cada miembro del cuerpo del hombre fue restablecido a una condición saludable; pudo ponerse de pie, pudo caminar, pudo alzar su lecho, y tanto los nervios como los músculos cobraron un inusitado vigor. Un momento basta, si Jesús habla, para hacer feliz al que desespera y para llenar de confianza al incrédulo. Lo que no podemos hacer nosotros con nuestros razonamientos y súplicas y ni siquiera con la letra de la promesa de Dios, Cristo puede hacerlo en un solo instante por medio de Su Santo Espíritu, y ha sido nuestro dicha verlo realizado. Este es el milagro permanente de la iglesia, realizado por Cristo hoy al igual que antes. Almas paralíticas que no podían ni querer ni hacer, han sido capaces de hacer valientemente y de querer con una determinación solemne. El Señor ha derramado poder en los desfallecidos y a quienes carecían de poder les ha aumentado la fuerza. Él puede hacerlo todavía. Lo repito para los espíritus amorosos que están buscando el bien de otros, en espera de que esto los anime. Tal vez no tengan que esperar largo tiempo para que ocurran las conversiones que están buscando; pudiera ser que antes de que termine otro domingo la persona por la que oran sea llevada a Jesús; o si tuvieran que esperar un poco, la espera les recompensará con creces, y mientras tanto, recuerden que nunca habló en secreto, en un lugar oscuro de la tierra; no dijo a la descendencia de Jacob: “En vano me buscáis”.

 

V. Proseguimos, y nos acercamos a una conclusión: DOQUIERA QUE NUESTRO SEÑOR REALIZA EL DOBLE MILAGRO, SERÁ VISIBLE. Él perdonó los pecados del hombre y al mismo tiempo quitó su enfermedad. ¿Cómo fue evidente esto? Yo no tengo ninguna duda de que el perdón del pecado del hombre fue mejor sabido por él mismo; pero posiblemente aquellos que vieron ese rostro resplandeciente que había estado antes tan triste pudieran haber notado que la palabra de absolución fue absorbida en su alma como se absorbe la lluvia en la tierra sedienta. “Tus pecados te son perdonados”, es la frase que cayó sobre él como un rocío del cielo; el varón creyó en la sagrada declaración y sus ojos brillaron. Casi hubiera podido sentir indiferencia respecto a si permanecía paralizado o no, pues era tanto el gozo de ser perdonado, de ser perdonado por el propio Señor. Eso era suficiente, era más que suficiente para él; pero no era suficiente para el Salvador; por eso le ordenó que tomara su camilla y que caminara, pues le había dado la fuerza para hacerlo. La curación del hombre quedó demostrada por su obediencia. Para todos los espectadores una activa obediencia se convirtió abiertamente en una prueba indisputable de la restauración del pobre varón. Noten que nuestro Señor le ordenó que se levantara, y él se levantó; el hombre no tenía ningún poder para hacerlo excepto ese poder que acompaña a las instrucciones divinas. Se levantó porque Cristo le dijo: “Levántate”. Luego él dobló esa miserable colchoneta: la palabra usada nos muestra que era una cosa muy pobre, insignificante y miserable, y la enrolló tal como el Salvador se lo había ordenado, la puso sobre su hombro y se marchó a casa. Su primer impulso debe de haber sido arrojarse a los pies del Salvador, y decirle: “Bendito sea Tu nombre”; pero el Maestro le dijo: “vete a tu casa”; y yo no encuentro que se haya quedado para rendirle una agradecida pleitesía, sino que abriéndose paso con los codos por entre la multitud, con su carga en la espalda, procedió a irse a su casa tal como le fue dicho, y lo hizo sin discusión o cuestionamiento. Cumplió la orden de su Señor, y lo hizo con mucha alegría. ¡Oh, cuán alegremente lo hizo! Nadie podría saberlo, salvo quienes han sido restaurados de igual manera. Así que la obediencia es la verdadera señal del pecado perdonado y de la parálisis erradicada del corazón. Si tú has sido realmente salvado harás lo que Jesús te ordene; tu petición será: “Señor, ¿qué quieres que yo haga?” y una vez confirmado, lo harás con toda seguridad. Tú me dices que Cristo te ha perdonado, y no obstante vives en rebelión en contra de Sus mandamientos; ¿cómo podría creerte? Tú dices que eres un hombre salvo, y, con todo, eriges intencionalmente tu propia voluntad en contra de la voluntad de Cristo; entonces, ¿qué evidencia me das de lo que dices? ¿Acaso no tengo más bien una clara evidencia de que no dices la verdad? La obediencia a Cristo que es abierta, cuidadosa, pronta y alegre se convierte en la prueba de la maravillosa obra que Jesús obra en el alma.

 

VI. Por último, TODO ESTO TIENDE A GLORIFICAR A DIOS.

 

Esos cuatro varones fueron el medio indirecto de dar mucha honra a Dios y mucha gloria a Jesús, y ellos, no lo dudo, glorificaron a Dios en sus propios corazones en el propio techo de la casa. ¡Dichosos hombres por haber sido de tanto servicio para el amigo que se había visto obligado a guardar cama! ¿Quién más se unió en la glorificación a Dios? Pues bien, primero el propio hombre que fue restaurado. ¿Acaso no glorificó a Dios cada uno de los miembros de su cuerpo? ¡Me parece que lo veo! Pone un pie en el suelo para la gloria de Dios, apoya luego el otro para dar la misma nota; camina para la gloria de Dios; carga con su lecho para la gloria de Dios; mueve todo su cuerpo para la gloria de Dios; habla, grita, canta y salta para la gloria de Dios. Cuando un hombre es salvado su ser humano entero glorifica a Dios; se satura con una vida nacida de nuevo que refulge en cada uno de los componentes: espíritu, alma y cuerpo. Como un heredero del cielo, él aporta gloria al Grandioso Padre que lo ha adoptado en la familia y respira y come y bebe para alabanza de Dios. Todos nos alegramos cuando un pecador es llevado a la iglesia de Dios, pero ninguno de nosotros está tan gozoso y agradecido como lo está él; todos quisiéramos alabar a Dios, pero él siente que debe alabarlo más notoriamente, y lo hará.

 

A continuación, ¿quién más glorificó a Dios? El texto no lo dice, pero nos sentimos seguros de que su familia lo hizo pues se fue a su propia casa. Supondremos que tenía una esposa. Aquella mañana cuando los cuatro amigos vinieron y lo pusieron en el lecho, y se lo llevaron, pudiera ser que ella meneara su cabeza en muestra de amorosa ansiedad, y me atrevería a decir que dijo: “Estoy medio temerosa de confiarlo a ustedes. Mi pobre, pobre criatura, me aterra su encuentro con la muchedumbre. Me temo que es una locura esperar el éxito. Espero que les vaya bien, pero tiemblo. Sostengan bien la cama; asegúrense que no se les caiga. Si lo descuelgan a través del techo sostengan firmemente las cuerdas, tengan cuidado de que no le ocurra ningún accidente a mi pobre esposo postrado en cama; así como está ya está lo suficientemente mal, entonces no le causen más miseria”. Pero cuando lo vio regresar a casa, caminando y con la cama sobre su espalda, ¿pueden figurarse su deleite? Cómo comenzaría a cantar, y alabar y bendecir al Señor Jehová-Rafa, que había sanado a su ser querido. Si hubiesen niñitos por ahí jugando frente a la casa, cómo darían voces de alegría: “aquí está papá; aquí está papá caminando de nuevo, y de regreso en casa con el lecho sobre su espalda; está sano otra vez, tal como solía ser cuando éramos pequeñitos”. ¡Qué casa tan alegre! Se juntarían en torno a él, todos ellos, esposa e hijos, y amigos y vecinos, y comenzarían a cantar: “Bendice, alma mía, a Jehová, y bendiga todo mi ser su santo nombre. Bendice, alma mía, a Jehová, y no olvides ninguno de sus beneficios. Él es quien perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus dolencias”. Cómo cantaría el hombre esos versículos, regocijándose primero en el perdón y después en la curación, y preguntándose cómo es que David sabía tanto al respecto y cómo había expresado su caso con palabras tan apropiadas.

 

Bien, pero no terminó allí. Una esposa y una familia forman sólo una parte del jubiloso coro de alabanza, aunque una parte muy melodiosa. Hay otros corazones adoradores que se unen en la glorificación del Señor sanador. Los discípulos que rodeaban al Salvador también glorificaban a Dios. Se regocijaron, y se decían unos a otros: “Hoy hemos visto maravillas”. La iglesia cristiana se llena de sagrada alabanza cuando un pecador es salvado; aun el propio cielo se alegra.

 

Pero incluso la gente común que andaba por ahí glorificó a Dios. Esa gente no había entrado todavía en esa sintonía con Cristo que los discípulos sentían, pero fue impactada por la visión de ese gran portento, y ellos también no podían evitar decir que Dios había obrado grandes maravillas. Yo oro pidiendo que los espectadores, los extranjeros de la mancomunidad de Israel, cuando vean que los desalentados son consolados y que los perdidos son recuperados, se sientan compelidos a dar su testimonio del poder de la gracia divina, y sean conducidos ellos también a ser partícipes de eso. Cuando un alma paralizada se llena de agraciada fortaleza canta: “¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!”

 

Ahora, ¿va a ser necesario que me ponga de pie aquí, y suplique a los cuatro individuos que carguen a las pobres almas para llevarlas a Cristo? ¿Tendré que apelar a mis hermanos que aman a su Señor, y decir que se junten para ganar almas? Su humanidad para con el alma paralítica lo reclama, pero su deseo de dar gloria a Dios lo exige. Si ustedes fueran en verdad lo que profesan ser, glorificar a Dios debería ser el más caro deseo y la ambición más excelsa de sus almas. A menos que sean traidores a mi Señor e inhumanos para con sus semejantes, ustedes captarán el pensamiento práctico que me he esforzado por presentar ante ustedes, y buscarán a algunos compañeros cristianos y les dirán: “Vamos, oremos juntos por tal y tal persona”, y si saben de algún caso desesperado formarán un sagrado cuarteto para trabajar por su salvación. Que el poder del Altísimo habite en ustedes, ¿y quién sabe qué gloria podría recibir el Señor a través de ustedes? Nunca olviden esta extraña historia del lecho que transportaba al hombre y del hombre que cargaba con su lecho.

 

Porción de la Escritura leída antes del sermón: Lucas 5: 1-26.

 

Nota del traductor:

 

Escotillón: puerta en el suelo, por ejemplo para bajar a una bodega.