“Pero si se predica de Cristo que resucitó de los muertos, ¿cómo dicen algunos entre vosotros que no hay resurrección de muertos? Porque si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe. Y somos hallados falsos testigos de Dios; porque hemos testificado de Dios que él resucitó a Cristo, al cual no resucitó, si en verdad los muertos no resucitan. Porque si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó; y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados. Entonces también los que durmieron en Cristo perecieron. Si en esta vida solamente esperamos en Cristo, somos los más dignos de conmiseración de todos los hombres”. 1 Corintios 15: 12-19

Nuestra religión no está basada en opiniones, sino en hechos. Oímos a veces que algunas personas dicen: “Esos son tus puntos de vista, y éstos son los nuestros”. Prescindiendo de cuáles sean sus “puntos de vista”, eso es un asunto menor. ¿Cuáles son los hechos del caso? Después de todo, si necesitamos un fundamento firme, debemos llegar a los hechos reales. Ahora, los grandiosos hechos del Evangelio son: que Dios se encarnó en Cristo Jesús, vivió aquí una vida de santidad y amor, murió en la cruz por nuestros pecados, fue sepultado en el sepulcro de José, al tercer día resucitó de los muertos, y después de un breve tiempo, ascendió al trono de Su Padre donde se sienta ahora, y pronto vendrá para ser nuestro Juez, y en ese día los muertos en Cristo resucitarán en virtud de su unión con Él.

 

Entonces, en poco tiempo, dentro de la Iglesia de Dios surgieron personas que comenzaron a disputar en contra de los principios fundamentales y cardinales de la fe, y lo mismo sigue ocurriendo ahora. Cuando quienes están fuera de la Iglesia niegan que Cristo sea el Hijo de Dios, cuando niegan Su sacrificio expiatorio y niegan Su resurrección, no nos sorprende en absoluto. Son incrédulos, y sólo actúan de conformidad a su profesión de incredulidad.

 

Pero cuando dentro de la Iglesia hay hombres que se identifican como cristianos, pero niegan la resurrección de los muertos, nuestra alma se agita en nuestro interior, pues, es un mal sumamente grave y serio dudar de esas santas verdades. No saben lo que hacen. No pueden ver todo el resultado de su incredulidad. Si pudieran verlo, uno pensaría que retrocederían horrorizados, y pondrían a la verdad en su lugar y dejarían que permaneciera donde debe estar, donde Dios la ha puesto.

 

La resurrección de los muertos ha sido atacada, y es todavía asediada por quienes se llaman cristianos e incluso por quienes se hacen llamar ministros cristianos pero que volatilizan la idea misma de la resurrección de los muertos, de tal manera que nos encontramos hoy, en cierta medida, en una condición semejante a la que se encontraba la iglesia de Corinto cuando, en su propio seno, se levantaron hombres que profesaban ser seguidores de Cristo pero decían que no había resurrección de los muertos.

 

El apóstol Pablo, después de haber dado su testimonio y recapitulado las pruebas acerca de la resurrección de Cristo, procede a mostrar las terribles consecuencias que habría si no hubiera resurrección de los muertos y Cristo no hubiera resucitado. Demostró que esta es una verdad fundacional y, si fuera eliminada, muchas más cosas de las que suponían serían eliminadas; en verdad, todo se desvanecería, según procedió a demostrar.

 

Queridos amigos, nunca debemos alterar la verdad de Dios. Yo recurro a ella, en la medida de lo posible, para gozar del consuelo de la verdad, y para aprender las lecciones espirituales de la Palabra de Dios, y no me erijo en un crítico suyo; y descubro que es inmensamente de más bendición para mi propia alma adorar con fe, que inventar incrédulamente objeciones o incluso tratar de hacerles frente diligentemente. Hacer frente a las objeciones es una labor sin término. Cuando has matado a un regimiento de objeciones, otro regimiento ya viene al ataque; y cuando has pasado por espada a legiones enteras de dudas, las personas que dudan todavía pulularán en torno a ti como las ranas de Egipto. Es un mal negocio. No responde a ningún fin práctico. Es muchísimo mejor creer firmemente lo que profesas creer, y asumir todas las benditas consecuencias de cada una de las verdades que, en tu propio corazón y en tu alma, has recibido del Señor.

 

Una de las verdades que creemos con mayor firmeza es que habrá una resurrección de todos aquellos que mueren en Cristo. Habrá una resurrección de los impíos así como de los piadosos. Nuestro Señor Jesús les dijo a los judíos: “De cierto, de cierto os digo: Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oyeren vivirán. Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo; y también le dio autoridad de hacer juicio, por cuanto es el Hijo del Hombre. No os maravilléis de esto; porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación”. Pablo declaró ante Félix la doctrina de la “resurrección de los muertos, así de justos como de injustos”. Pero su argumento para con los corintios se refería especialmente a los creyentes que resucitarán de los muertos y estarán con Cristo en el día de Su venida, revividos con la vida que le revivió a Él, y resucitados para compartir la gloria que el Padre le ha dado.

 

I. El argumento de Pablo comienza aquí, y este será nuestro primer encabezado: SI NO HAY RESURRECCIÓN DE MUERTOS, CRISTO NO RESUCITÓ.

 

Si la resurrección de los muertos fuera algo imposible, entonces Cristo no pudo haber resucitado de los muertos. Ahora, los apóstoles dieron testimonio de que Cristo había resucitado. Se habían encontrado con Él, habían estado con Él, le habían visto comer un trozo de un pez asado y un panal de miel en una ocasión. Le habían visto realizar actos que no podían ser realizados por un espíritu, ya que requerían que fuera de carne y hueso. En verdad, Él dijo: “Un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo”. Uno de ellos metió su dedo en el lugar de los clavos, y fue invitado a meter su mano en el costado de Cristo. Fue reconocido por dos de Su discípulos al partir el pan, una señal familiar por la cual le reconocían mejor que por cualquier otra cosa. Le oyeron hablar, conocían los tonos de Su voz. No fueron engañados. En una ocasión, quinientos de Sus discípulos le vieron con claridad; o, si hubiese alguna posibilidad de un error estando todos juntos, no fueron engañados cuando le vieron uno a uno y entraron en una comunión personal muy cercana con Él, cada uno en diferentes circunstancias.

 

“Ahora”, -dice Pablo- “si no hubiese resurrección de los muertos, si eso fuera imposible, entonces, por supuesto, Cristo no resucitó; y, sin embargo, todos nosotros les aseguramos que lo vimos, y que estuvimos con Él, y tendrían que creer que todos nosotros somos mentirosos, y que la religión cristiana es una mentira, o bien, tienen que creer que hay una resurrección de los muertos”.

 

“Pero”, -dirá alguien- “Podría ser que Cristo resucitara, mas no necesariamente Su pueblo”. No es así, pues de acuerdo a nuestra fe y a nuestra firme creencia, Cristo es uno con Su pueblo. Cuando Adán pecó, la raza humana entera cayó en Adán, pues era uno con él; en Adán todos murieron. Incluso quienes no pecaron a la manera de la transgresión de Adán, han muerto. La sentencia de muerte ha tenido efecto incluso sobre los infantes, porque eran uno con Adán. No se puede separar a Adán de su posteridad.

 

Ahora, Cristo es el segundo Adán, y Él tiene una posteridad. Todos los creyentes son uno con Él, y nadie puede separarlos de Él. Si ellos no viven, entonces Él no vivió; si Él no resucitó, entonces ellos no resucitarán. Pero lo que le suceda a Él tiene también que sucederles a ellos. La Cabeza y los miembros están tan unidos entre sí que no hay forma de separarlos. Si Él hubiera dormido un sueño eterno, entonces toda alma justa habría hecho también lo mismo. Si Él resucitó, ellos tienen que resucitar, pues Él los ha tomado para Sí para que sean parte y porción de Su propio ser. Él murió para que ellos pudieran vivir. Porque Él vive, ellos también vivirán, y ellos han de ser por siempre partícipes de Su vida eterna.

 

Entonces, este es el primer argumento de Pablo para la resurrección de los justos: que, en tanto que Cristo resucitó, ellos han de resucitar, pues están identificados con Él.

 

II. Pero ahora Pablo sigue adelante con su tema, no tanto argumentando sobre la resurrección de otros, como sobre la resurrección de Cristo; y su siguiente razonamiento es que, SI NO HAY RESURRECCIÓN, LA PREDICACIÓN APOSTÓLICA SE DESPLOMARÍA: “Si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación” (vean el versículo catorce). “Y somos hallados falsos testigos de Dios; porque hemos testificado de Dios que él resucitó a Cristo, al cual no resucitó, si en verdad los muertos no resucitan”.

 

Si Cristo no resucitó, los apóstoles fueron falsos testigos. Cuando un hombre da un falso testimonio, usualmente tiene un motivo para hacerlo. ¿Qué motivo tenían aquellos hombres? ¿Qué ganaban con dar un falso testimonio tocante a la resurrección de Cristo? Si Cristo no había resucitado, todo era pérdida sin ninguna ganancia para ellos. Los apóstoles declararon en Jerusalén que Él había resucitado de los muertos, y en seguida los hombres comenzaron a encarcelarlos y a matarlos. Los sobrevivientes daban el mismo testimonio. Estaban tan plenamente convencidos de él, que viajaron a distantes países para contar la historia de Jesús y de Su resurrección de los muertos. Algunos fueron a Roma, algunos a España. Probablemente algunos incluso vinieron a esta remota isla de Bretaña. Dondequiera que iban, testificaban que Cristo había resucitado de los muertos, y que le habían visto vivo, y que Él era el Salvador de todos aquellos que confiaban en Él.

 

Así predicaron siempre, y ¿qué fue lo que les pasó? Yo podría decir con Pablo, que: “Fueron apedreados, aserrados, puestos a prueba, muertos a filo de espada; anduvieron de acá para allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, pobres, angustiados, maltratados”. Fueron llevados delante del Emperador romano una y otra vez, y delante de los procónsules, y fueron amenazados con la más dolorosa de las muertes; pero ni uno solo de ellos se retractó jamás de su testimonio relativo a la resurrección de Cristo. Sostuvieron su declaración de que le habían conocido en vida, de que muchos de ellos habían estado cerca de Él en Su muerte, y que todos habían tenido comunión con Él después de Su resurrección. Ellos declaraban que Jesús de Nazaret es el Hijo de Dios, que murió y fue sepultado, que resucitó y que hay salvación para todos los que crean en Él.

 

¿Eran estos hombres testigos falsos? Si así fuera, serían los testigos falsos más extraordinarios que jamás existieran. ¿Cuál era su moral? ¿Qué tipo de hombres eran? ¿Eran unos borrachos? ¿Eran unos adúlteros? ¿Eran unos ladrones? No; eran los mejores hombres y los más puros de la humanidad; sus adversarios no podían presentar ninguna acusación en contra de su conducta moral. Eran eminentemente honestos y hablaron con el acento de la convicción. Como ya les he dicho, padecieron por su testimonio.

 

Ahora, bajo la ley, el testimonio de dos hombres tenía que ser aceptado; pero, ¿qué diremos del testimonio de quinientos hombres? Si fue verdad cuando declararon inicialmente que Jesucristo resucitó de los muertos, es verdad igualmente ahora. No importa que el evento sucediera hace casi mil novecientos años; sigue siendo igualmente cierto ahora. Los apóstoles dieron un testimonio que no podría ser contradicho, y por tanto, es firme todavía. No podemos suponer que todos aquellos hombres apostólicos eran falsos testigos de Dios.

 

Si siquiera supusiéramos que estaban equivocados en este asunto, deberíamos sospechar de su testimonio sobre todo lo demás, y el único resultado lógico sería renunciar enteramente al Evangelio. Si hubieran estado equivocados en cuanto a que Cristo resucitó de los muertos, no serían testigos creíbles de ninguna otra cosa; y si quedaran desacreditados, toda nuestra religión se desplomaría con ellos; la fe cristiana, y especialmente todo lo que los apóstoles construyeron con base en la resurrección, debería ser arrojado por la puerta como un completo engaño. Los apóstoles enseñaron que la resurrección de Cristo de los muertos fue la evidencia de que Su sacrificio fue aceptado. Enseñaron que resucitó para nuestra justificación, que Su resurrección es la esperanza de los creyentes en esta vida y la seguridad de la resurrección de sus cuerpos en la vida venidera. En el instante en que duden de la resurrección del Señor de los muertos, tienen que renunciar a toda su esperanza de salvación.

 

En cuanto a Pablo, quien se pone a sí mismo con el resto de los apóstoles y dice: “Si Cristo no resucitó… somos hallados falsos testigos de Dios”, me aventuro a solicitarle que pase al frente en calidad de un testigo solitario de la categoría más convincente. No necesito recordarles cómo se oponía a Cristo al principio. Era fariseo de fariseos y uno de los más intolerantes miembros de la secta que odiaba el propio nombre de Cristo. Tenía una justicia que sobrepasaba a la de los hombres de su tiempo. Pablo era un líder religioso y un perseguidor y, sin embargo, estaba tan convencido de la aparición de Cristo a él en el camino a Damasco que, a partir de entonces, experimentó un cambio radical predicando con un celo ardiente la fe que una vez blasfemó. Envuelve a Pablo una honestidad que convence en seguida y si no hubiere visto al Salvador resucitado de los muertos, no habría sido el hombre que afirmara que lo vio.

 

Queridos hermanos, pueden estar seguros de que Jesucristo resucitó en verdad de los muertos. No pueden desechar a esos buenos hombres como impostores; no pueden catalogar al apóstol Pablo entre aquellos individuos fácilmente engañables o entre los engañadores de los demás; entonces, pueden estar seguros de que Jesucristo resucitó verdaderamente de los muertos, de conformidad a las Escrituras.

 

III. Además, el argumento de Pablo es que SI NO HAY UNA RESURRECCIÓN, LA FE SE CONVERTIRÍA EN UN ENGAÑO.

 

Así como tendríamos que renunciar a los apóstoles, con toda su enseñanza, si Cristo no resucitó de los muertos, así también tendríamos que concluir que sus oyentes creyeron en una mentira: “Vana es también vuestra fe”. Amados, me dirijo a quienes han creído en el Señor Jesucristo y confían en Él con gran consuelo y paz para sus mentes, sí, y que han experimentado un cambio radical de corazón y un cambio radical en sus vidas a través de la fe en Cristo. Ahora, si Él no resucitó de los muertos, ustedes están creyendo en una mentira. Reflexionen en esto: si Él no resucitó literalmente de los muertos al tercer día, esta fe suya que les da consuelo, esta fe que les ha renovado en corazón y vida, esta fe que ustedes creen que los está conduciendo al hogar del cielo, tiene que ser abandonada como un puro engaño pues su fe está basada en una falsedad. ¡Oh, qué terrible conclusión sería esta! Pero la inferencia sería claramente cierta si Cristo no resucitó; estarían arriesgando su alma por una falsedad si Cristo no resucitó de los muertos. Esa es una declaración terrible. Yo lo expresé el domingo pasado y lo repito ahora:

 

“Sobre una vida que no viví,

Sobre una muerte que no morí,

Arriesgo mi eternidad entera”.

 

Así es. Si Jesús no murió por mí y no resucitó por mí, estoy perdido; no tengo ni un rayo de consuelo que provenga de otra dirección; no dependo de nada excepto de Jesús crucificado y resucitado; y si esa áncora de salvación fallara, todo fallaría con ella, en mi caso, y lo mismo ha de suceder en el caso suyo.

 

“Vana es también vuestra fe”, escribió Pablo a los corintios, pues, si Cristo no resucitó, la prueba será demasiado grande para que la soporte la fe, pues tiene a la resurrección de Cristo de los muertos como la propia clave del arco. Si no resucitó, tu fe se apoya en algo que nunca sucedió y no es cierto y, ciertamente, tu fe no aguantaría ni esa ni ninguna otra prueba.

 

Al creyente le sobreviene, cada vez y cuando, un tiempo de gran prueba. ¿Has yacido en alguna ocasión -como me ha sucedido varias veces a mí- lleno de dolor, casi por cruzar la frontera de este mundo y enfrentar la eternidad, al borde de la eternidad y mirando hacia el terrible abismo? Allí, a menos que estés seguro acerca del cimiento de tu fe, estarías en una condición verdaderamente terrible. A menos que tengas entonces una sólida roca debajo de ti, tu esperanza se desvanecería para convertirse en nada, y tu confesión te dejaría solo.

 

Cuando estás seguro de que “Ha resucitado el Señor verdaderamente”, entonces sientes que hay algo debajo de tu pie que es inconmovible. Si Jesús murió por ti, y Jesús resucitó por ti, entonces, mi querido hermano, no sientes miedo ni siquiera de aquel tremendo día cuando la tierra será quemada y los elementos se derretirán con calor ardiente. Sientes una confianza que pasará incluso esa prueba. Si Cristo no resucitó de los muertos y estás apoyando tu alma en la creencia de que Él resucitó, qué fracaso sería para ti en el otro mundo, qué frustración cuando no te despiertes en Su semejanza, ¡qué espantoso sería si no hubiera perdón de pecado ni salvación por medio de la sangre preciosa! Si Cristo no resucitó, vana es tu fe. Si es vana, renuncia a ella; no te aferres a algo que no es cierto. Yo preferiría sumergirme en el agua, y nadar o vadear a través del río, que confiarme a un puente podrido que se rompería por el centro. Si Cristo no resucitó, no confíes en Él, pues vana sería tal fe; pero, si tú crees que en verdad murió por ti y resucitó por ti, entonces cree en Él, gozosamente confiado en que un hecho como éste proporciona una sólida base para tu fe.

 

IV. Ahora voy a avanzar un poco más. Pablo dice a continuación que SI NO HAY NINGUNA RESURRECCIÓN, PERMANECÍAN EN SUS PECADOS: “Y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados”.

 

¡Ah!, ¿podrías soportar ese pensamiento, amado mío en Cristo, que todavía estás en tus pecados? Yo creo que su simple sugerencia se apodera de ti, te aterra y te congela la sangre. No hace mucho tiempo tú estabas en tus pecados, muerto en ellos, cubierto con ellos como con un manto carmesí, y estabas condenado y perdido. Pero ahora, tú crees que Cristo te ha sacado de tus pecados, y te ha lavado y te ha limpiado con Su sangre preciosa; sí, y te ha cambiado de tal manera que el pecado no tendrá dominio sobre ti, pues ahora, por la gracia, eres un hijo de Dios. Bien, pero si Cristo no resucitó, aún estás en tus pecados.

 

Observa eso, pues entonces no se hizo una expiación; al menos, no se hizo una expiación satisfactoria. Si la expiación de Cristo por el pecado hubiere sido insatisfactoria, Él habría permanecido en la tumba. Él fue allí por nosotros, como un rehén por nosotros; y si lo que hizo sobre el madero no hubiera satisfecho la justicia de Dios, entonces no habría salido jamás del sepulcro.

 

¡Piensen por un instante cuál sería nuestra posición si yo me parara aquí para predicar únicamente a un Cristo muerto y sepultado! Él murió hace casi mil novecientos años; pero supongan que nunca se hubiera sabido nada de Él desde entonces. Si no hubiera resucitado de los muertos, ¿podrías tener confianza en Él? Tú dirías: “¿Cómo podríamos saber que Su sacrificio fue aceptado?” Cantamos con mucha verdad:

 

“Si Jesús no hubiera pagado nunca la deuda,

Nunca habría sido puesto en libertad”.

 

La Fianza habría estado sujeta a ataduras a menos que hubiere cumplido con toda su responsabilidad; pero Él lo hizo y ha resucitado de los muertos:

 

“Y ahora ambos, la Fianza y el pecador, son libres”.

 

Entiendan claramente lo que les estoy diciendo. El Señor Jesucristo, el Hijo de Dios, asumió la totalidad de la culpa de todo Su pueblo. “Mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros”. Él murió, y por Su muerte obtuvo el pleno cumplimiento de todas nuestras obligaciones. Pero Su resurrección fue, por decirlo así, el recibo del pago completo, el comprobante de que Él cumplió con el total de las tremendas deudas que había asumido; y ahora, puesto que Cristo resucitó, ustedes que creen en Él no están en sus pecados. Pero, si Él no resucitó, entonces habría sido cierto que “aún estáis en vuestros pecados”.

 

Habría sido cierto, también, en otro sentido. La vida por la que viven los verdaderos creyentes es la vida de resurrección de Aquel que dijo: “Porque yo vivo, vosotros también viviréis”. Pero si Cristo no resucitó, no hay vida para quienes están en Él. Si todavía estuviese dormitando en el sepulcro, ¿dónde estaría la vida que ahora nos llena de gozo y nos conduce a aspirar las cosas celestiales? No habría vida para ustedes si no hubiera habido primero vida para Él. “Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos”, y en Él, ustedes resucitan a una vida nueva; pero, si Él no resucitó, aún están muertos, aún están bajo pecado, aún están sin la vida divina, aún sin la vida inmortal y eterna que habrá de ser su vida en el cielo a lo largo de la eternidad.

 

Entonces, ustedes ven, una vez más, las consecuencias que se siguen de: “Si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados”.

 

V. Ahora sigue, si es posible, una consecuencia aún más terrible. SI NO HAY RESURRECCIÓN, TODOS LOS MUERTOS PIADOSOS HAN PERECIDO: “Entonces también los que durmieron en Cristo perecieron”. “Perecieron” que no significa “aniquilados”; están en una peor condición que ésa.

 

Una frase ha de ser explicada por la otra que le precedió; si Jesucristo no resucitó, aún están en sus pecados. Murieron, y nos decían que habían sido lavados con la sangre y perdonados y que esperaban ver el rostro de Dios con gozo; pero si Cristo no resucitó de los muertos, no hay ningún pecador que haya ido al cielo, no hay ningún santo que haya muerto que haya tenido jamás alguna esperanza real; ha muerto bajo engaño y ha perecido.

 

Si Jesucristo no resucitó, los muertos piadosos aún están en sus pecados, y nunca podrían resucitar; pues, si Cristo no resucitó de los muertos, ellos no podrían resucitar de los muertos. Únicamente por medio de Su resurrección hay resurrección para los santos. Los impíos resucitarán para vergüenza y para eterno desprecio; pero los creyentes resucitarán a la vida eterna y a la felicidad, por su unidad con Cristo; pero, si Él no resucitó, ellos no podrían resucitar. Si Él estuviera muerto, ellos tendrían que estar muertos, pues tienen que compartir con Él. Ellos son y siempre tienen que ser uno con Él; y todos los santos que han muerto murieron bajo error si Cristo no resucitó. Nosotros desechamos ese pensamiento con aborrecimiento.

 

Muchos de nosotros hemos tenidos padres y amigos amados que han muerto en el Señor, y sabemos que la plena seguridad de su fe no fue un error. Hemos visto morir a hijos amados en la esperanza segura y cierta de una gloriosa resurrección; y sabemos que no fue un error de su parte. He estado junto al lecho de muchos moribundos creyentes, muchos de ellos triunfantes y muchos más tranquilos y calmados como una dulce noche de verano. No estaban equivocados.

 

No, queridos amigos, con fe en Cristo, que vivió, y murió y resucitó, tenían confianza en medio del dolor, y gozo en la hora de su partida. No podemos creer que estaban equivocados; por tanto, confiamos que Jesucristo resucitó de los muertos.

 

VI. Además, SI NO HAY RESURRECCIÓN, NUESTRA FUENTE DE GOZO DESAPARECERÍA. Si Jesús no resucitó de los muertos, nosotros, que creemos que resucitó, somos los más dignos de conmiseración de todos los hombres: “Si en esta vida solamente esperamos en Cristo”, y ciertamente no tenemos ninguna esperanza de cualquier otra vida aparte de Cristo, “somos los más dignos de conmiseración de todos los hombres”.

 

¿Qué quiere decir Pablo? ¿Que los hombres cristianos son más dignos de conmiseración que los demás, si estuvieran equivocados? No, no quiere decir eso; pues aún el error, si fuera un error, les proporciona gozo; el error, si fuera un error, les produce confianza y paz en el presente. Pero suponiendo que tuvieran la seguridad de que están bajo un error, de que cometieron un error, su consuelo se esfumaría, y serían los más dignos de conmiseración de todos los hombres.

 

Los creyentes han renunciado a los goces sensuales; han renunciado diligentemente a ellos; no encuentran ningún consuelo en ellos. Hay mil cosas en las que los mundanos encuentran un tipo de gozo, todas las cuales son despreciadas por el cristiano. Bien, si has renunciado al pan color café y no puedes comer el pan blanco, entonces padeces de hambre. Si consideramos que el júbilo de los mundanos no es mejor que las algarrobas que comen los cerdos, y no hay ningún pan para nosotros en el hecho de que Cristo resucitó de los muertos, entonces, verdaderamente estamos pasando hambre.

 

Y, más que eso, ahora hemos aprendido cosas superiores. Hemos aprendido a amar la santidad y la buscamos. Hemos aprendido a amar la comunión con Dios, y hablar con nuestro Padre y con nuestro Salvador se ha convertido en nuestro cielo. Ahora buscamos las cosas que son espirituales; y tratamos de manejar las cosas que son carnales como deben ser tratadas, como cosas que han de ser usadas pero no abusadas. Ahora si después de haber gustado estos goces superiores, resulta ser que no son nada, y resultan ser nada si Jesús no resucitó de los muertos, entonces, en verdad, somos los más dignos de conmiseración de todos los hombres.

 

Más que eso, hemos tenido excelsas esperanzas, esperanzas que han hecho saltar de gozo a nuestros corazones. Hemos estado listos algunas veces a salirnos de inmediato del cuerpo, con deleites y arrebatos excelsos, en la expectativa de estar “con Cristo, lo cual es muchísimo mejor”. Hemos dicho: “Y después de deshecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios; al cual veré por mí mismo, y mis ojos lo verán, y no otro”. Hemos sido embelesados con la plena convicción de que nuestros ojos “verán al Rey en su hermosura; verán la tierra que está lejos”; y si eso no fuera seguro, si se pudiera probar que nuestras esperanzas son vanas, entonces somos los más dignos de conmiseración de todos los hombres.

 

Se preguntarán por qué me he demorado tanto en presentar estos puntos, y cuál es mi propósito. Bien, mi propósito es éste: después de todo, todo gira alrededor de un hecho, un antiguo hecho, y si ese hecho no fuera un hecho, todo dependería de nosotros. Si Jesucristo no resucitó de los muertos, entonces Su Evangelio se desintegra por completo. Lo que quiero que adviertan es esto: que tiene que haber una base de hecho en nuestra religión; estas cosas tienen que ser hechos, o de lo contrario, nada podría proporcionarnos consuelo.

 

Nuestras esperanzas eternas no dependen de nuestra condición moral; pues, observen que estos hombres de Corinto no habrían sido ni mejores ni peores si Cristo no hubiera resucitado de los muertos. Su carácter era justo el mismo. Había sido formado, es cierto, por una fe en que Él resucitó de los muertos; pero si resucitó o no resucitó, ellos eran justamente los mismos hombres, de tal forma que su esperanza no dependía de su buena condición moral. El apóstol no dice: “Si ustedes están o no en tal y tal condición moral”, sino, “Si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestro pecados”.

 

Entonces, amados míos, la razón por la que están seguros es porque Cristo murió por ustedes, y porque resucitó; no es el resultado de lo que son, sino de lo que Él hizo. El eje principal de todo ello no está en ustedes: está en Él, y ustedes han de poner su confianza, no en lo que ustedes son, o esperan ser, sino completa y enteramente en un gran hecho que ocurrió hace cerca de mil novecientos años. Si Él no resucitó de los muertos, ustedes aún están en sus pecados, sin importar lo buenos que pudieran ser; pero si Él resucitó de los muertos, y ustedes son uno con Él, ustedes no están en sus pecados; todos ellos han sido quitados, y ustedes son “aceptos en el Amado”.

 

Ahora doy otro paso hacia el frente. La grandiosa esperanza que tienen ustedes no depende de su estado espiritual. Tienen que nacer de nuevo; tienen que tener un nuevo corazón y un recto espíritu, o de lo contrario, no pueden asir a Cristo, y Él no es suyo; pero aún así, su última esperanza no radica en lo que ustedes sean espiritualmente, sino en lo que Él es. Cuando la oscuridad les embarga el alma, y ustedes dicen: “tengo miedo de no ser convertido”, aún así, crean en Él, que resucitó de los muertos; y cuando, después de que hayan tenido una visión de ustedes mismos, estén resbalándose hacia una negra desesperación, aférrense a Aquel que los amó, y se entregó por ustedes y resucitó de los muertos por ustedes.

 

Si tú crees que Cristo resucitó de los muertos, y si este fuera el cimiento de tu esperanza del cielo, esa esperanza permanece muy firme, ya sea que seas brillante o torpe, que puedas cantar o te veas forzado a suspirar, que puedas correr o que estés tullido y con tu pierna quebrada, y seas capaz únicamente de yacer a los pies de Cristo. Si Él murió por ti, y resucitó por ti, allí está el cimiento de tu confianza, y te ruego que te apegues a eso. ¿Ves cómo Pablo insiste en esto? “Si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados”. La conclusión es que si Cristo resucitó, y tú tienes fe en Él, tu fe no es vana, y no estás en tus pecados y eres salvo. Tu esperanza no ha de estar aquí, en lo que tus manos puedan hacer, sino allá, en aquella cruz, en lo que Él hizo, y allá, en aquel trono, en Aquel que resucitó para tu justificación.

 

La cosa más difícil del mundo pareciera ser lograr que la gente se apegue a esta verdad, pues he notado que mucho de la doctrina del pensamiento moderno no es nada sino la justicia propia disfrazada de nuevo. Les está pidiendo a los hombres que todavía crean en ellos mismos, que confíen en su carácter moral, que confíen en sus aspiraciones morales, o en esto o en aquello.

 

Estoy aquí esta noche para decirles que la base de su esperanza no es ni siquiera su propia fe, ni mucho menos sus propias buenas obras; sino que la base de su esperanza es lo que Cristo hizo de una vez por todas, pues “vosotros estáis completos en él”, y nunca podrían estar completos de ninguna otra manera.

 

Aquí, además, quiero que noten que Pablo no dice que ser perdonados y salvados dependa de su sinceridad o de su denuedo. Han de ser sinceros y denodados; Cristo no es suyo si no lo son; pero aún así, podrían ser muy sinceros, y muy denodados y, sin embargo, haber estado equivocados todo el tiempo; y entre más sinceros y denodados sean de la manera equivocada, más se descarriarán. El hombre de justicia propia puede ser muy sincero cuando se esfuerza por establecer una justicia propia; pero entre más lo haga, más se arruina a sí mismo. Pero aquí está el blanco al que tienen que apuntar, no a su sinceridad, aunque debe haber sinceridad; pero si Cristo resucitó, y en eso basan sus esperanzas, entonces no están en sus pecados, sino que son aceptos en Cristo, y justificados en Él.

 

En esto me baso yo, y ruego a cada creyente que se base en esto. Hay muchos nuevos descubrimientos hechos por la ciencia; nos agrada saber eso. Yo espero que seamos capaces de viajar más rápidamente, y pagar menos por hacerlo. Espero que tengamos mejor luz, y que no sea tan cara. Entre más haya verdadera ciencia, mejor; pero cuando la ciencia entra para decirme que ha descubierto algo acerca del camino al cielo, entonces yo le presto oídos sordos. “Si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe… aún estáis en vuestros pecados”. Pero si Cristo resucitó, entonces sé en dónde estoy. Si realmente es así: si Él es Dios en carne humana; si tomó mi pecado, y asumió las consecuencias de él, y lo limpió por completo desde el tribunal del Altísimo; si Su resurrección es el testimonio de Dios de que la obra está hecha, y de que Cristo, que intervino como Sustituto por mí, es aceptado en mi favor, ¡oh, aleluya, aleluya! ¿Qué más necesito, sino alabar y bendecir el nombre de Aquel que me ha salvado con una salvación eficaz? Ahora voy a trabajar para Él. Ahora gastaré lo mío y yo mismo me gastaré a Su servicio. Ahora voy a odiar todo camino falso y todo pecado, y voy a buscar la pureza y la santidad; pero no, en ningún sentido, como el fundamento de mi confianza. Mi única esperanza en el tiempo y en la eternidad es Jesús, únicamente Jesús; Jesús crucificado y resucitado de los muertos.

 

Yo no conozco ningún pasaje de la Escritura que, de manera más completa que éste, ponga el énfasis donde debe ir el énfasis, no en el hombre, sino en Cristo únicamente: “Si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe”.

 

Oh, amado oyente, si quieres ser salvado, tu salvación no radica en nada tuyo, sino en Él que abandonó el seno del Padre, y descendió a la tierra como un bebé en Belén, y se acogió a los pechos de una mujer; sobre Él, que vivió aquí durante treinta y tres años una vida de sufrimiento y dura labor, y que luego tomó sobre Sí el pecado de Su pueblo, y lo llevó al madero, y allí asumió todas las consecuencias del pecado en Su propio cuerpo:

 

“Aguantó todo lo que el Dios Todopoderoso podía soportar,

Con fuerza suficiente, pero sin desperdiciar nada de ella”.

 

Jesucristo aguantó aquello que ha convertido al perdón de Dios en un acto de justicia, y vindicó Su perdón del pecado de tal forma que nadie puede decir que Él es injusto cuando pasa por alto la transgresión. Cristo hizo todo eso; y luego, muriendo, fue puesto en el sepulcro, pero, al tercer día, Su Padre lo resucitó de los muertos en señal de que dijo la verdad cuando afirmó en la cruz: “Consumado es”. Ahora la deuda está pagada; entonces, ¡oh pecador, abandona tu prisión, pues tu deuda está pagada! ¿Estás encerrado en la desesperación por causa de tu deuda del pecado? Toda tu deuda ha sido liquidada si has creído que Él resucitó de los muertos. Él ha quitado todo tu pecado, y eres libre. Ese texto de las ordenanzas en contra tuya está ahora clavado en Su cruz. Prosigue tu camino, y canta: “Ha resucitado el Señor verdaderamente”, y sé tan feliz como los pájaros del aire, hasta que estés, muy pronto, tan feliz como los ángeles en el cielo, por medio de Jesucristo nuestro Señor. Amén.