“Entonces degollará el becerro en la presencia de Jehová.” — Levítico 1:5.

Ustedes recordarán que el domingo pasado hablamos de dos elementos que son vitalmente esenciales para un verdadero sacrificio, y el primero de esos elementos sobre el que ya predicamos, fue la imposición de las manos del oferente sobre la víctima, acto mediante el cual, él aceptaba la ofrenda como su propio sacrificio, y hacía una transferencia típica del pecado suyo a la víctima. Ahora, la segunda cosa esencial, de la cual vamos a hablar esta mañana, es esta: que la víctima que así llevaba la culpa del oferente, debía ser degollada: se debía derramar su sangre en la presencia del Señor. Nada que no fuera su muerte violenta la convertiría en una expiación para el oferente: “Degollará el becerro.” Ustedes descubrirán que esta orden se repite continuamente siempre que se habla de un sacrificio.

Como dije el domingo pasado, siento una gran satisfacción en este tiempo de mi debilidad, debido a que se me permite hablarles sobre cosas esenciales. Siempre fue un estigma en el carácter del emperador Calígula que en ciertas ocasiones reunía a sus guerreros, y aprestaba sus barcos; y, cuando la gente de Roma esperaba algún grandioso crecimiento del imperio debido a la vasta expedición naval, él simplemente anclaba sus barcos cerca de la costa, y ordenaba que sus legiones avanzaran hacia la playa para recoger conchas y piedritas, y que las llevaran a sus casas como trofeos de una conquista indiscutible. Calígula tomaba las cosas muy a la ligera cuando debía más bien esforzarse; él desperdiciaba su tiempo y su trabajo en cosas sin importancia, y descuidaba los asuntos prioritarios de su reino.

Nosotros no haremos eso hoy: no nos interesan ni las conchas ni los guijarros. Nuestro interés son asuntos que valen más que el oro o las perlas, cosas esenciales para la vida eterna, y vitales para la salvación de las almas de los hombres.

Tampoco traigo conmigo algún tema controversial para debatir con ustedes. Independientemente de la importancia que pueda tener a veces la controversia, nos alegra mantenernos lejos de su refriega, para considerar una doctrina alrededor de la cual se reúnen los verdaderos creyentes en unidad de corazón, una doctrina que debe ser aceptada plenamente por la iglesia cristiana, que se aloja en la propia raíz de la verdad y en el mero corazón de la religión verdadera. Sin ninguna controversia, grande es el misterio de la piedad, que Cristo que fue manifestado en carne debía morir por el pecado, pues de lo contrario el pecado no podría ser quitado.

Ustedes recordarán lo que dijo aquel griego cuando escuchó a un anciano filósofo de cabellos blancos y barba gris que debatía acerca de cómo se debe vivir. “¡Caramba!” dijo él, “si a su edad él está debatiendo acerca de ese tema, ¿cuándo podrá poner en práctica sus conclusiones si es que finalmente las encuentra?” Ciertamente yo les puedo preguntar a ustedes, a quienes he ministrado durante tanto tiempo, que si siempre estamos aprendiendo sin llegar alguna vez al conocimiento de la verdad, ¿qué será de nosotros? Si no logramos tener nada, excepto asuntos debatibles puestos frente a nosotros, ¿cuándo llegará el momento de la posesión real y del gozo de la bendición del Evangelio?

En esta hora mi tema es tal que yo les hablo sin ningún temor ni duda. En este caso “Nosotros hemos creído y conocemos.” Concerniente a nuestro Señor Jesucristo, el gran sacrificio por el pecado, era esencial que Él muriera; pues únicamente por medio de la sangre que Él derramó en el Calvario por la culpa humana, se puede predicar la remisión de los pecados para los hombres.

“¿Qué puede lavar mis manchas?
¡Nada sino sólo la sangre de Jesús!
¿Qué puede devolverme la salud?
¡Nada sino sólo la sangre de Jesús!

Esta es toda mi esperanza y mi paz:
¡Nada sino sólo la sangre de Jesús!
Esta es toda mi justicia:
¡Nada sino sólo la sangre de Jesús!”
¡Que el Espíritu Santo abra en este momento nuestras conciencias a la sangre de la expiación, para la gloria de Dios y para nuestra propia paz!

I. En relación a la muerte y degolladura de la ofrenda, nuestro primer punto es que era ABSOLUTAMENTE ESENCIAL. El derramamiento de la sangre de la víctima era un elemento sumamente esencial del tipo. La muerte de Cristo mediante el derramamiento de Su sangre fue absolutamente necesaria para hacerlo a Él un sacrificio aceptable por el pecado. “Y así fue necesario que el Cristo padeciese.” Él sólo podía entrar a la presencia de Dios con Su propia sangre. Él no hubiera podido ser el grano de trigo que produce mucho fruto, si no hubiera muerto.

Recuerden que aunque había importantes características acerca de la víctima, no hubieran servido de nada si no hubiera sido sacrificada. El israelita traía un becerro sin defecto, pero el hecho que no tuviera defecto no lo convertía en una expiación por el pecado; sin duda, muchos becerros y corderos todavía se alimentaban en las llanuras de Sarón. Si el animal más perfecto hubiera salido con vida del altar, no habría efectuado absolutamente nada por vía de expiación. Tenía que ser sin ningún defecto para que fuera una ofrenda de entrada; aún así, sus perfecciones no lo convertían en un sacrificio hasta que no era sacrificado. No importaba lo que se pudiera decir de ese becerro; hubiera podido ser el animal más laborioso de todo Israel; pudiera haber arrastrado el arado para arriba y para abajo, y aún llevar la carreta cargada de cosecha; pero todo eso no servía de nada para convertirlo en un sacrificio por el pecado. Debía morir, y su sangre debía rociarse sobre el altar, o de lo contrario el oferente no hubiera traído una oblación aceptable. Ni su vida ni su trabajo habrían sido suficientes.

Tampoco habría bastado con llevar el becerro allí para dedicarlo a Dios. Algunos animales que habían sido dedicados al servicio divino eran usados para jalar las carretas que llevaban los utensilios sagrados a través del desierto; pero ellos no eran considerados como sacrificios por eso, ni tampoco servían para llevarse el pecado. Era indispensable y necesario que el becerro fuera sin ningún defecto; era necesario que fuera dedicado voluntariamente a Dios; pero si no hubiera sido degollado, no hubiera existido ninguna presentación de una ofrenda de conformidad a la ley divina, ni una descarga de conciencia para el israelita.

De igual manera, Jesús debía morir: Su naturaleza perfecta, Su ardua labor, Su vida sin defectos, Su perfecta consagración, no podían servir de nada sin el derramamiento de Su sangre por muchos, para remisión del pecado. Lejos de que Su muerte fuera un simple proceso más y una conclusión de Su vida, es el asunto más importante conectado con Él; se destaca en primer plano, es el encabezado y la parte frontal de Su obra de redención. Nosotros lo valoramos justamente por Su ejemplo, y por Su intercesión viva; pero en el tema de la expiación es necesario más allá de todo, que lo veamos como el Cordero sacrificado.

Ahora observen que esto fue declarado expresamente por Dios en el libro de la ley judaica con palabras expresas. Amablemente les pido que vayamos al libro de Levítico, al capítulo diecisiete, y leamos allí el versículo once: “Porque la vida de la carne en la sangre está, y yo os la he dado para hacer expiación sobre el altar por vuestras almas; y la misma sangre hará expiación de la persona.” No es hacer arder a la víctima, no es desollarla, ni lavarla; es el derramamiento de su sangre. Es decir, es tomar su vida, lo que la convierte en una expiación por el pecado. No necesito citar ningún otro texto del Antiguo Testamento, ya que este es perfectamente preciso y cubre ampliamente todo el terreno. La expiación no consiste en el animal en sí, sino en la sangre del animal, cuya sangre representa su vida.

En cuanto a todas las Escrituras, están llenas de revelaciones de esta verdad. Yo solamente voy a recordarles unos pocos versículos prominentes; citarlos todos sería imposible. Cuando un niño se pone a recoger flores en los prados en primavera, cuando están revestidos con flores como campanitas de oro, llena su mano una vez, pero está casi persuadido de arrojar lo que ha recogido para poder cortar más flores de la abundancia que lo rodea; de igual manera estoy convencido de que lo que ahora les presento puede ser cambiado adecuadamente por otra selección, por muchas otras selecciones, si tuviéramos suficiente tiempo.

En el Antiguo Testamento, uno de los tipos más instructivos de la redención que nos fue dado, es el del cordero de la Pascua. Cuando Dios estaba a punto de herir a Egipto, Él prometió preservar a Su pueblo; y para su salvación Él ordenó que cada familia tomara un cordero, lo sacrificara, y rociara la sangre en el dintel y en los dos postes de las puertas. Luego debían permanecer dentro de sus casas hasta la mañana, y el ángel heridor no tocaría a ninguno de ellos. ¿Qué fue lo que dijo Dios expresamente acerca de este pasar de lejos? ¡Escuchen las palabras, y beban maravillados su enseñanza! “Y veré la sangre y pasaré de vosotros” Nunca existió un tipo más completo de la redención de Cristo, no puedo acordarme de ninguno que sea más pleno, que el de pasar de lejos de los israelitas por la sangre del cordero pascual; pero la esencia de ese pasar de lejos nos es mostrada en esta frase: “Y veré la sangre y pasaré de vosotros.” El ojo de Dios que se posa sobre la evidencia de una vida que ha sido tomada en lugar de la vida del pecador, es la razón por la que pasa por alto al pecador, y éste no muere.

Cuando Isaías, el gran profeta evangélico, habló en relación a Aquél sobre quien el Señor puso nuestra iniquidad, menciona Su muerte como la principal causa de Su gloriosa recompensa. El último versículo del capítulo cincuenta y tres de Isaías es el punto culminante de todo, y dice así: “Por tanto, yo le daré parte con los grandes, y con los fuertes repartirá despojos; por cuanto derramó su vida hasta la muerte.” Es una expresión maravillosa: explica que Cristo debía morir, o de lo contrario no habría alcanzado la victoria para nosotros, ni habría repartido despojos. Él debía derramar Su alma, Él debía entregar Su vida, debía derramarla pródigamente, como si poseyera mucho de ella: debía hacerla brotar como agua convertida en torrente proveniente de la peña golpeada. Esto debía hacerlo voluntariamente y sin escatimar nada: “derramando su vida hasta la muerte” hasta que no quedó nada, y el fondo de la vasija fue alcanzado en la muerte.

Es claro que si Él no hubiera hecho esto, no hubiera hecho nada; pues Él alcanza la victoria debido a esto; no porque haya guardado Su alma de manchas, no porque haya predicado la justicia en la gran asamblea, Él no fue recompensado por ninguna otra cosa que haya hecho; pero la obra victoriosa fue que “derramó su vida hasta la muerte.” Este es el veredicto, no sólo del Espíritu Santo en la inspirada profecía, sino también de todo lo que habita con Dios arriba, pues cantan con una dulce armonía ante el trono: “y cantaban un nuevo cántico, diciendo: Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos; porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación.”

Los pasajes que exponen la doctrina sobre la cual estamos hablando hoy, abundan en el Nuevo Testamento. Vayamos por ejemplo a Hebreos 9: 12. Allí se nos dice expresamente: “Y sin derramamiento de sangre no se hace remisión.” No hay remisión por la vida de Cristo, no hay remisión por la enseñanza de Cristo, no hay remisión por nuestro arrepentimiento, no hay remisión por nuestra fe, aparte del derramamiento de la sangre de Cristo, por Quien únicamente el pecado es borrado.

Esto es negativo; pero en este caso el negativo es tan fuerte como puede serlo la expresión más positiva; pues ya que sin el derramamiento de sangre no hay remisión, entonces podemos darnos cuenta de cuán importante es ese derramamiento de sangre. Si desean un enunciado positivo, sale de inmediato una frase de nuestros labios: “La sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado.” Observen, no la vida, no la encarnación, no la resurrección, no la segunda venida del Señor Jesús, sino Su sangre, Su muerte, la entrega de Su vida, eso es lo que nos lava de todo pecado. Esta es esa purificación con hisopo de la que habla David cuando lamenta su pecado, y sin embargo busca ser hecho más blanco que la nieve por el perdón lleno de gracia de su Dios.

Esta verdad es el tema de toda predicación verdadera del Evangelio. Ustedes ya saben cómo la expone Pablo: “Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios;” “porque,” continúa, “los judíos piden señales, y los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado.” No es predicación de Cristo en cualquier otra situación, sino de Cristo crucificado, de Cristo hecho maldición por nosotros en el madero, ese es el hecho más importante y el primero que estamos llamados a predicar entre los hijos de los hombres. “En quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia.” Quiten esta muerte sustitutiva de nuestro Señor y habrán quitado todo: sin la muerte de Cristo no queda para nosotros sino sólo la muerte; olviden al Crucificado y habrán olvidado al único Nombre por medio del cual podemos ser salvados. Oh, que todos ustedes confiaran en Él “a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados.”

Hermanos míos, los santos están en el cielo por esta causa. En el primer capítulo del Libro de Apocalipsis, en el versículo cinco, encontramos la doxología que comienza, “Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre.” Así alaban todos los glorificados. Más adelante, se nos dice en relación a los santos: “Han lavado sus ropas, y las han emblanquecido en la sangre del Cordero. Por esto están delante del trono de Dios, y le sirven día y noche en su templo; y el que está sentado sobre el trono extenderá su tabernáculo sobre ellos.” Esta es la lectura correcta del versículo catorce del último capítulo del Libro de Apocalipsis: “Bienaventurados los que lavan sus ropas, para tener derecho al árbol de la vida, y para entrar por las puertas en la ciudad.” Así, el pasaporte para la gloria es la preciosa sangre de Jesús. El acceso a Dios, ya sea en la tierra o en el cielo, es únicamente por medio de la sangre del Hijo de Dios.

A veces nos encontramos con una persona melindrosa que dice: “no puedo soportar la mención de la palabra sangre.” Tales personas estarán horrorizadas hoy: y se pretende que lo estén. El pecado es una cosa tan horrible que Dios ha establecido que sea la sangre la que lo lave, que el propio horror que el pensamiento de la sangre causa, pueda proporcionarnos alguna noción de la terrible naturaleza del pecado de la manera que Dios la juzga.

La terrible culpa de ustedes no puede ser limpiada de ninguna otra manera sino mediante un terrible derramamiento de sangre. Cargar con el pecado, y sufrir por el pecado no pueden ser jamás cosas placenteras; tampoco puede ser placentero para el observador, el tipo que expresa esas cosas. En los grandes días de sacrificio, los atrios del templo deben haber parecido como un matadero, y era simplemente lo justo, para que todos pudieran ser impactados por la naturaleza mortal del pecado.

Puesto que la sangre de Jesús es mencionada en los himnos del cielo, no dejemos que sea olvidada en los cánticos de la tierra.

“A Quien amó las almas de los hombres,
Y nos lavó con Su sangre,
Levantó nuestras cabezas para recibir honores reales,
Y nos hizo sacerdotes para Dios;

A Él alabe toda lengua,
Y ame todo corazón.
A Él se den todos los honores de la tierra,
A Él, los cánticos más nobles del cielo.”
La iglesia militante es llamada continuamente a conmemorar el derramamiento de sangre. Siempre que nos reunamos alrededor de la mesa de la comunión, podemos hacernos la pregunta: “La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo?” Alrededor de la mesa sagrada mostramos la muerte de nuestro Señor hasta que Él venga. Él nos dice con palabras expresas: “Esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados.” Él te pide que recuerdes la sangre al momento de beber el fruto de la vid, diciendo: “esta copa es mi sangre del nuevo pacto.” Si quitas la sangre, la comunión de la Cena del Señor habrá desaparecido; no queda nada sino la misa de la iglesia católica que es llamada de manera blasfema un sacrificio incruento para vivos y para muertos.

No se olviden que cada persona que se congrega alrededor de la mesa de la comunión es, si es lo que profesa ser, un hombre consagrado, y cómo llega a serlo si no es por esta razón: “¿Y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio.” Somos redimidos para Dios por la sangre de Jesús. “Sabiendo que fuisteis rescatados no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación.” Es la sangre la que los convierte a ustedes en lo que son, y es la sangre la que les permite a ustedes gozar lo que Dios ha preparado para ustedes; así que desde toda perspectiva, ustedes pueden ver la absoluta esencialidad de la muerte del grandioso Sacrificio.

Consideremos adicionalmente aquí que la muerte es el resultado y el castigo del pecado. “El alma que pecare, esa morirá.” “Y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte.” “Porque la paga del pecado es muerte.” Era necesario que el Sustituto cargara con un castigo similar al que debía recaer sobre el pecador. Nuestro Salvador no tuvo que experimentar la aniquilación, pues ese no es el significado de la muerte: ni la primera ni la segunda muerte deben ser explicadas así. Jesús no fue aniquilado, pero soportó el dolor, la pérdida, la ruina, la separación, lo opresivo que conlleva la muerte. Él fue inclusive abandonado por Dios, de tal forma que clamó: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” El castigo era la muerte, y por lo tanto Jesús tuvo Su alma muy triste, hasta la muerte; Él puso Su vida por nosotros, y se hizo obediente hasta la muerte, la muerte de cruz. La ley exigía la muerte, y la muerte ha recaído sobre la grandiosa Cabeza del Pacto. “A su tiempo Cristo murió por los impíos.”

Hay gran consuelo para mi alma en esto, pues si el Señor Jesús ha pagado la sentencia de muerte no queda nada que no haya sido pagado. “Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado;” es decir, si la ley ha ejecutado al hombre, ya no le puede pedir más, ese hombre debe ser libre de cualquier otro cargo de culpabilidad. Cuando el criminal ha muerto, él ha sufrido la última sentencia de la ley, y ahora está más allá de su jurisdicción. Nuestro Señor Jesús ha muerto, el justo por los injustos, y debido a que eso que ha soportado es nada menos que la muerte, debe cubrir todo lo que es debido por el pecado.

“Él llevó en el madero mi sentencia,
Y ahora, tanto la Garantía como el pecador, son libres.”
Puesto que Jesús ha muerto por el pecado una vez, ya no muere más, la muerte no tiene dominio sobre Él; Él ha cargado con el último castigo y el de mayor alcance, y ya no queda nada pendiente. Su expiación fue una redención completa.

Si ustedes estuvieran endeudados, y tuvieran que pagar una cierta cantidad al mes, estarían muy agradecidos a un amigo que interviniera y pagara varias mensualidades en lugar de ustedes; pero si alguien dueño de un espíritu más liberal cancelara el saldo total, la gratitud de ustedes sería profunda y desbordante. Debemos gozarnos que el Señor Jesucristo, mediante Su sacrificio sustitutivo, ha cancelado de manera evidente, no sólo una parte o una porción de nuestro pecado, sino su totalidad. Al entregarse a la muerte, Él ha quitado todas nuestras obligaciones legales, y nos ha puesto más allá del alcance de demandas adicionales. “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición.” Ahora podemos cantarle a Quien nos ha separado de nuestras trasgresiones a tal distancia, como el este está separado del oeste.

Esta muerte de Cristo era también absolutamente necesaria para la purificación de la conciencia atribulada. Una conciencia que ha despertado nunca podrá ser apaciguada con algo que no sea la sangre del Cordero: descansa al contemplar el grandioso Sacrificio, y no puede descansar en ninguna otra parte. Una conciencia afligida por el sentido de pecado es una fuente inigualable de miseria. Una vez que la conciencia comienza a azotar al pecador, él descubrirá que es el verdugo más terrible venido del infierno.

Yo no sé si el profeta Isaías fue aserrado y partido en dos por Manasés, pero sí sabemos que algunos de los santos sufrieron esa tortura; sin embargo, una sierra que gradualmente corta a un hombre en dos mitades desde la cabeza hasta los pies, es un cuadro tenue de lo que la conciencia puede hacer cuando comienza a operar en la mente con toda su fuerza cortante.

Cómo será esa divina expiación que puede calmar las tormentas de una conciencia acusadora, trayendo al alma una paz permanente. Algunos podrán no darle mayor importancia a sus conciencias, pero cuando Dios actúa, los hombres no pueden dejar de darle importancia. La cosa más importante del mundo para un hombre sensible es la condición de su propia conciencia: si su conciencia está intranquila, el hombre está en verdaderos problemas.

Thomas Fuller nos dice de una manera original, que un día le pidió a un ministro vecino que predicara en su lugar, cuando llegó a visitarlo. “No,” respondió el ministro, “no puedo hacerlo, pues no estoy preparado.” “Pero,” dijo Fuller, “aunque no estés preparado, yo estoy seguro que predicarás tan bien que mi congregación estará satisfecha.” Su amigo respondió: “Eso puede ser verdad, pero yo no podría predicar lo suficientemente bien para satisfacer mi propia conciencia.” Ahí está el asunto con un hombre de verdad. No podemos vivir lo suficientemente bien para satisfacer a nuestras conciencias, y no podemos orar lo suficientemente bien para satisfacer a nuestras conciencias.

Una conciencia realmente tierna es tan ambiciosa como la garrapata de los caballos que clama: “¡Dame! ¡Dame!” Esa conciencia pide la perfección y como no podemos dársela a causa del pecado, la conciencia nunca abandonará sus gritos hasta que sea aquietada mediante la preciosa sangre de Jesucristo. Una vez que podemos ver a Jesús ofrecido sobre la cruz por el pecado, nuestro corazón siente que es suficiente. Cuando Dios ha sido agradado, podemos estar satisfechos, y proseguir nuestro camino gozando de paz con Dios desde ahora y para siempre.

Esto ha sido suficiente en lo relativo a nuestro primer punto: por muchas razones era absolutamente necesario que nuestro gran Sacrificio muriera.

II. En segundo lugar, meditaremos con gran deleite en el hecho que la muerte de Cristo PREVALECE DE MANERA EFICAZ. Otras ofrendas, aunque habían sido sacrificadas de la manera requerida, no hacían un trabajo completo, no hacían un trabajo permanente, no hacían nada realmente, como una expiación; pues la Escritura dice: “Porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados”: la verdadera purificación es encontrada únicamente en la muerte del Hijo de Dios.

Cuando nuestro Señor fue sujetado al madero, dijo: “Consumado es,” y entregó el espíritu, allí acabó con la trasgresión, terminó con el pecado, y trajo justicia eterna. Al ofrecer un sacrificio por los pecados de una vez y para siempre la obra estaba consumada, el registro acusador había sido completamente borrado. ¿Por qué tenía tal poder de borrar la sangre del Redentor? Yo respondo, por varias razones.

En primer lugar, por causa de la gloria de Su persona. ¡Sólo piensen de Quién se trataba! Era nada menos que la “Luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero.” No estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que tomó nuestra naturaleza y nació de una virgen. Su alma santa habitó en un cuerpo perfectamente puro, y a esta Deidad estaba unido: “Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad.” Entonces, que muera esta persona gloriosa, sin pecado, divina, es una cosa asombrosa. Que el Señor de los ángeles, Creador de todas las cosas, que sostiene a todas las cosas por el poder de Su palabra; que Él, repito, incline Su cabeza a la muerte como una vindicación de la ley, es una recompensa inconcebiblemente majestuosa, para honor de la eterna justicia. De ninguna otra manera la justicia podría haber sido exaltada más gloriosamente en presencia de seres inteligentes, que cuando el Señor de todo se sometió Él mismo a sus requerimientos. Su muerte debe tener un mérito infinito: un merecimiento indecible, sin medida. Creo que si hubiera habido un millón de mundos, su redención no habría necesitado más que este “sacrificio de sí mismo.” Si el universo entero, rebosante de mundos tan abundantes como las arenas del mar, hubiera requerido ser rescatado, ese Hombre que entregó su espíritu habría sido suficiente como el precio justo por todos ellos.

Independientemente de la gravedad de los insultos que el pecado pueda haberle hecho a la ley, todos deben ser olvidados, pues Jesús engrandeció abundantemente a la ley, y la hizo honorable mediante Su muerte. Yo creo en el especial designio de la muerte expiatoria de nuestro Señor, y no voy a ceder ante nadie en mi creencia en el valor absolutamente infinito de la ofrenda que nuestro Señor Jesús ha presentado; la gloria de Su persona convierte en un insulto a la idea de que haya límites.

A continuación consideren la perfección del carácter de nuestro Señor. En Él no había pecado, ni tendencia a pecar. Él era “Santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores.” En Su carácter vemos a cada virtud en su plenitud; Él es incomparable. Por tanto si Él murió, “el justo por los injustos,” ¿cuál no debe ser el mérito de tal muerte? Su justicia tiene tal dulzura en sí que todo el mal sabor de nuestra trasgresión es quitada por medio de ella: no es una sorpresa que mediante la obediencia de uno como este segundo Adán muchos son hechos justos.

En seguida piensen, queridos amigos, en la naturaleza de la muerte de Cristo, y podrán ver cuán eficaz debe ser. No fue una muerte por enfermedad, o por vejez, sino una muerte violenta, muy bien simbolizada por el sacrificio de la víctima en el altar. Él no murió en su cama, yéndose de este mundo en medio del sueño; sino que fue tomado por manos perversas, y azotado y escupido, y después fue sujetado para morir con la muerte de un criminal.

La suya fue una muerte cruel; difícilmente la malicia humana pudo haber inventado algún método de ejecución que creara con mayor seguridad tal dolor y angustia que la muerte por crucifixión en un madero, sujetado por clavos que traspasaban las manos y los pies. Además de Su dolor físico, nuestro Señor estaba terriblemente atribulado en espíritu. Los sufrimientos de Su alma eran el alma de Sus sufrimientos: “Mi alma está muy triste, hasta la muerte.” El cielo escondió su sonrisa: Su mente estaba sumida en tinieblas. Ser mirado por Dios con enojo era parte del castigo de nuestro pecado, y a Él no se le escatimó ese dolor, el más amargo y espantoso.

Dios mismo alejó Su rostro de Él, y lo dejó en la oscuridad. Él murió de una muerte deshonrosa, sí, una muerte maldita: “Porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero.” Ahora, fue algo asombroso que el Hijo de Dios muriera, y que muriera de tal manera. Ningún mártir ha muerto clamando que ha sido abandonado por Dios: esa deserción fue el dolor del Salvador en su mayor profundidad, y puesto que murió así, puedo entender muy bien que por medio de eso Él fue hecho una amplia expiación por el pecado de todos quienes creen en Él. ¡Oh, grandiosa expiación de mi bendito Señor, mis pecados son absorbidos por ti! Mirando a la cruz y al corazón traspasado de Jesús mi Señor, recibo la garantía que si soy lavado por Su sangre seré más blanco que la nieve.

Y luego piensen en el espíritu con el que nuestro Señor y Salvador soportó todo esto. Los mártires que han muerto por la fe han pagado únicamente la deuda de la naturaleza un poco antes de tiempo, pues tarde o temprano ellos tenían que morir; pero nuestro Señor no tenía que haber muerto de ninguna manera. Él dijo refiriéndose a Su vida: “Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo.” Ningún hombre tenía el poder de derramar Su alma hasta la muerte hasta que el Señor quiso entregarse a Sí mismo como un sacrificio. “Se entregó a sí mismo por mí.” Él entregó Su vida por Sus ovejas. Él bebió voluntariamente la copa que había sido preparada, por amor a Dios y a los hombres: la única compulsión que Él conoció fue Su propio deseo de bendecir a Sus elegidos. “El cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio.” Esa vida de nuestro Señor fue vivida espléndidamente; ¡el espíritu que la guió la ilumina con un brillo inigualable! Oh, esa muerte de nuestro Señor fue sufrida espléndidamente, ¡pues Él subió a la cruz con tal sumisión voluntaria, que se convirtió en Su trono!

La corona de espinas fue una diadema tal como ningún emperador jamás haya usado, estaba construida con los dolores ya terminados de Su pueblo; dolores que habían llegado a su fin cuando rodearon Su majestuosa cabeza. Él ahuyentó a Sus enemigos en la cruz, convirtiéndolos abiertamente en un espectáculo, triunfando allí sobre ellos. En el acto de Su muerte, Él clavó a Su cruz el manuscrito de las ordenanzas que estaba dirigido contra nosotros, y así destruyó el poder de condenación de la ley. ¡Oh, glorioso Cristo, debe haber un mérito infinito en una muerte como la Tuya, soportada con tal estilo!

Y luego les pido que recuerden una vez más el carácter del pacto que Cristo sostuvo: pues cuando Él fue crucificado nosotros consideramos así que uno murió por todos, y en Él morimos todos. Él no fue muerto como un individuo privado, sino que fue sacrificado como un hombre representativo. Dios había entrado en un pacto con Cristo, y Él fue la garantía de ese pacto; por lo tanto Su sangre es llamada “la sangre del pacto eterno” Recuerden la expresión del apóstol donde habla de “la sangre del pacto en la cual fue santificado.” Ni el primer pacto ni el segundo fueron celebrados sin sangre; pero el nuevo pacto fue establecido no por medio de sangre de animales, sino por la sangre de nuestro Señor Jesucristo, ese grandioso Pastor de las ovejas.

Cuando se ofreció a Sí mismo, Él fue aceptado en ese carácter y esa capacidad en que Dios lo había considerado desde antes de la fundación del mundo; de tal forma que lo que hizo, lo hizo como cabeza del Pacto de Su pueblo. Era necesario que Él muriera por nosotros, viendo que Él asumió la posición del segundo Adán, habiendo sido constituido nuestra Cabeza federal y nuestro Representante. El castigo de nuestra paz fue sobre Él porque condescendió a ser una carne con nosotros; y con Sus azotes somos sanados porque hay una unión de pacto entre nosotros. Esto es suficiente en relación a la eficacia que prevalece en ese sacrificio: un tema tan vasto que uno podría elaborar sobre él todo el tiempo.

III. Amados amigos, me parece que nadie me va a impedir decir, en tercer lugar, que el hecho de la necesidad de la muerte del Señor Jesús es INTENSAMENTE INSTRUCTIVO. Escuchen mientras yo repito las lecciones muy brevemente: ustedes podrán extenderse más cuando se hayan ido de aquí para meditar en soledad.

¿Deben morir las víctimas? ¿Debe derramar Su sangre Jesús? Entonces veamos qué es lo que reclama nuestro justo Dios. El reclama nuestra vida: Él exigía el ofrecimiento de la sangre de la víctima, que era su vida: Él justamente reclama de cada uno de nosotros nuestra vida entera. No debemos soñar con satisfacer a Dios con oraciones formales, o con limosnas ocasionales, o con ceremonias externas, o con una reverencia a medias. Él debe tener todo nuestro corazón, y nuestra alma, y nuestra mente y nuestra fuerza: todo lo que constituye nuestro verdadero yo, la vida de nuestro ser.

Las obras muertas no tienen ningún valor ante el Dios viviente. Él reclama nuestra vida y la tendrá de una forma o de otra; ya sea porque esta vida es dedicada perfectamente a Su servicio, o si no, siendo golpeada hasta la muerte como el castigo justo de la rebelión. Tampoco la demanda es injusta. ¿Acaso no nos hizo Él, y acaso no nos preserva? ¿No debe recibir Él el homenaje de las criaturas de Su mano?

A continuación, ¿debe morir el sacrificio? Entonces vean el mal del pecado. No es algo sin importancia como lo imaginan ciertos hombres. Es un mal mortal, un veneno que mata. El propio Dios en forma humana tomó la culpa sobre Sí: el pecado no era suyo, solamente le era imputado, pero cuando fue hecho pecado por nosotros, y cargó con nuestras iniquidades, no había ninguna otra opción ¡Él debía morir! ¡Sí, Él debía morir! No era posible que la copa fuera apartada de Él.

Se oyó una voz desde el trono: “Levántate, oh espada, contra el pastor, y contra el hombre compañero mío, dice Jehová de los ejércitos. Hiere al pastor.” La justicia divina es tan firme, que ni quiere ni puede pasar por alto el pecado, en dondequiera que esté; es más, aún cuando esa culpa no sea propia de la persona, sino que se toma únicamente como sustituto. El pecado, dondequiera que esté, debe ser castigado con la espada de la muerte: esta es una ley fija e inalterable. ¿Quién entonces disfrutará la trasgresión? ¿Acaso cada hombre que ame su propia vida no se levantará para pelear contra la iniquidad? Pecador, arroja con una sacudida tu pecado, de la misma manera que Pablo sacudió la víbora arrojándola al fuego. No te diviertas con el pecado. Pídele a Dios que puedas terminar con él de inmediato. Es una cosa horrible y atroz, y Dios te dice: “No hagáis esta cosa abominable que yo aborrezco.” Que Dios les ayude a huir de toda iniquidad.

A continuación, conozcan el amor de Dios. ¡Vean cómo Él los amó a ustedes y a mí! Él debe castigar el pecado, pero Él quiere salvarnos, y así Él da a Su Hijo para que muera en lugar nuestro. No me estaré aventurando muy lejos si digo que al dar a Su Hijo el Señor Dios se dio a Sí mismo, pues Jesús es uno con el Padre. No podemos dividir la Sustancia aunque distingamos a las Personas: de esta manera Dios mismo hizo expiación por el pecado contra Él mismo. La iglesia es “el rebaño de Dios que él ganó por su propia sangre.”

¡Maravilla de maravillas! ¡Ciertamente el amor es tan fuerte como la muerte según lo vemos en el corazón de Dios! “Ciertamente, apenas morirá alguno por un justo; con todo, pudiera ser que alguno osara morir por el bueno. Mas Dios muestra su amor para nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.” Esto es un manojo de maravillas. ¡Contemplen qué forma de amor el Padre nos ha otorgado!

Seguidamente aprendan cómo Cristo ha puesto un fin al pecado. El pecado es cargado sobre Él y Él muere; entonces el pecado está muerto y enterrado; si es buscado no podrá ser encontrado. Hablando de poner fin a una cosa, este es el fin más verdadero y seguro que ha existido o que existirá jamás. “Si el hombre muriere, ¿volverá a vivir?” No como antes. Si Cristo murió, ¿qué hay después de la muerte? Nada sino el juicio, y he aquí, Él se presenta a ese juicio: “sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él.” Este es nuestro gozo, porque ni el pecado ni la muerte pueden tener dominio sobre nosotros, por quienes Cristo murió, y que hemos muerto en Él. Cristo ha puesto un fin al pecado. Su ofrenda única ha perfeccionado para siempre a quienes han sido apartados.

Estas no son sino unas cuantas lecciones que podemos aprender de la necesidad que el Sacrificio sea inmolado. Les ruego que se las aprendan bien. Que sean grabadas en sus corazones por el Espíritu Santo.

IV. Y voy a concluir diciendo que este bendito tema no solamente está lleno de enseñanza, sino que es ENERGÉTICAMENTE INSPIRADOR.

En primer lugar, nos inspira con el espíritu de consagración. Cuando pienso que no puedo ser salvo excepto por la muerte de Jesús, entonces siento que no me pertenezco a mí mismo, sino que he sido comprado con un precio. Recuerdo haber leído acerca de Charles Simeon, el famoso clérigo evangélico de Cambridge, que fue arrojado un día de su cabalgadura, y temía haber sufrido una lesión seria. Cuando se hubo recuperado de la fuerza de la caída, extendió su brazo derecho, lo sintió, y viendo que no había ningún hueso roto, consagró de nuevo ese brazo al Dios viviente, que tan misericordiosamente lo había preservado. A continuación examinó su brazo izquierdo y lo encontró en perfecto estado, y lo alzó, y lo dedicó de nuevo al servicio divino. Hizo lo mismo con su cabeza, sus piernas, y con todo su cuerpo.

Cuando meditaba en este tema sentí como si debía recorrer mi cuerpo, mi alma, y mi espíritu, y dedicarlo todo a ese amado Salvador por cuya sangre soy enteramente redimido de la muerte y del infierno. “Bendice, alma mía, a Jehová, y bendiga todo mi ser su santo nombre.” Puesto que no he sido echado de la presencia de Dios, no he sido destruido, no estoy en medio de tormentos, ni en el infierno, yo dedico a Dios mi espíritu, mi alma y mi cuerpo comprados con sangre y los dedico para que sean del Señor de aquí en adelante mientras viva. Hermanos y hermanas, ¿no sienten ustedes lo mismo? Ruego a Dios el Espíritu Santo que los conduzca a hacer eso de una manera muy práctica. Esta doctrina de la muerte de Cristo debería inspirarlos hasta el punto de cantar:

“Jesús, Cordero de Dios sin mancha,
Tú me has comprado con Tu sangre,
No quiero valorar nada fuera de
Jesús, Jesús crucificado.

Yo soy tuyo y solamente tuyo,
Esto lo reconozco con gozo y plenamente;
Y en todas mis obras y caminos,
Ahora sólo buscaré Tu alabanza.”
A continuación, esta verdad debería crear en nosotros el anhelo de la mayor santidad, pues deberíamos preguntar “¿El pecado mató a mi Salvador? ¡Entonces yo mataré al pecado! ¿No podría ser salvado del pecado, excepto mediante Su preciosa sangre? Entonces, ¡oh pecado, seré vengado en ti! Voy a ahuyentarte con la ayuda del Espíritu de Dios. No te voy a soportar ni te voy a abrigar. No haré ninguna provisión para la carne. Como el pecado fue la muerte de Cristo por mi, así Cristo será la muerte del pecado en mí.

¿Acaso no les inspira esto un gran amor por el Señor Jesús? ¿Pueden contemplar sus amadas heridas, y no ser heridos con amor por Él? ¿No son sus heridas como bocas que les suplican que sometan a Él todos sus corazones? ¿Pueden mirar en Su rostro bañado de un sudor sangriento, y luego retirarse para ser atrapados por las bellezas pintadas del mundo? ¿Han oído alguna vez de un enamorado vestido con tales mantos de amor como esos que Jesús vistió? ¿Alguna vez usó el amor tales medios sagrados para ganarse el corazón amado como Cristo lo ha hecho? ¿Qué puede hacer alguien, sino responder de esta manera?

“Aquí, Señor, yo me entrego a Ti,
Es todo lo que puedo hacer.”
¿No creen que esta solemne verdad debería inspirarnos un gran celo por la salvación de otros? Como Cristo entregó Su vida por nosotros, ¿no deberíamos entregarnos nosotros por las almas que están pereciendo, y si fuera necesario, entregar nuestras vidas por nuestros hermanos? ¿No deberíamos practicar la abnegación en nuestros trabajos para traer a los hombres a Jesús? ¿No deberíamos laborar arduamente con gozo, y soportar el reproche con alegría, si por cualquier medio podemos hacer salvos a algunos de ellos?

Me parece que si este tema penetrara hasta lo más profundo de nuestros corazones, sería de mucho beneficio para nosotros de mil maneras, y nos haría mejores soldados de la cruz, y seguidores más fieles del Cordero. Ruego que el Espíritu Santo lo coloque en el centro de nuestras almas, y lo guarde allí. Traerá con él paz y descanso. ¿Por qué deberíamos estar preocupados, pues Cristo murió? Llenará nuestras bocas con alabanzas. ¡Aleluya al Cordero que fue muerto, que nos ha redimido por Su sangre! Esto nos llevará a una comunión más íntima con Él. Si Él nos amó y murió por nosotros, debemos vivir con Él, y en Él y para Él.

¡Ciertamente también hará que anhelemos contemplarlo! ¡Oh, la visión del Crucificado! ¿Cuándo veremos el rostro que fue tan desfigurado por nosotros? ¿Cuándo contemplaremos las manos y los pies que llevan todavía las marcas de los clavos, y miraremos al costado traspasado enjoyado con la herida causada por la lanza? Oh, ¿cuándo, en lo alto y lejos de todos nuestros pecados y aflicciones, lo contemplaremos eternamente en Su brillo y podamos verlo permanentemente ante nosotros? Oh, cuándo estaremos:

“Lejos de un mundo de aflicción y pecado,
En la compañía de Dios, eternamente.”
Hasta entonces, nuestra esperanza, nuestro solaz, nuestra victoria, todo eso se encuentra en la sangre del Cordero, a Quien sea dada gloria por los siglos de los siglos. Amén.