“Y mojará el sacerdote su dedo en la sangre, y rociará de aquella sangre siete veces delante de Jehová, hacia el velo del santuario. Y el sacerdote pondrá de esa sangre sobre los cuernos del altar del incienso aromático, que está en el tabernáculo de reunión delante de Jehová; y echará el resto de la sangre del becerro al pie del altar del holocausto, que está a la puerta del tabernáculo de reunión.” — Levítico 4: 6, 7.

Hace muy poco tiempo prediqué sobre los tipos del sacrificio de nuestro Señor: el tema es amplio y de suma importancia. Comenzamos con la imposición de manos sobre la ofrenda (sermón no. 1771) y proseguimos al asunto extremadamente importante del sacrificio de la víctima (sermón no. 1772). Ahora llegamos al tema del uso que se hacía de la sangre del sacrificio, una vez que era inmolada la ofrenda. Pensando acerca de este tema, me parece oír una voz que me dice: “Quita tu calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es.”

Este es el misterio central de nuestra religión, y es necesario que tengamos reverencia en nuestros corazones conforme nos aproximamos a él. La doctrina de la sustitución es el corazón de todo el asunto, y nuestros corazones necesitan ser levantados mientras hablamos de él. El propio Hijo de Dios, asumiendo la naturaleza humana, y en esa naturaleza desangrándose y muriendo en nuestro lugar y posición, es la revelación suprema, la maravilla de maravillas, la gloria del Dios glorioso.

Muy bien podemos llenarnos de solemnidad y temor mientras meditamos en este tema. ¡Oh, que el Espíritu de Dios esté con nosotros ahora! ¡Que Su poder de derretir esté sobre esta vasta asamblea! ¡Que el predicador lo sienta, que los lectores lo experimenten de tal manera que, unánimes, en espíritu y en verdad, Lo miremos a Él, por el Espíritu Eterno, ofrecido Él mismo sin mancha a Dios!

Los sacrificios bajo la ley eran variados de conformidad a los pensamientos predominantes en las mentes de las personas que los ofrecían y su condición especial ante Dios. Un holocausto, un sacrificio de paz, o un sacrificio por el pecado podían ser traídos, de conformidad a lo que los hombres querían ofrecer al Señor, para tener comunión con Él, o para confesar a Él sus pecados. Había un sacrificio especialmente destinado para el sacerdote ungido, otro para toda la congregación, otro para un rey, y todavía otro más para alguien del pueblo: en verdad todos los tipos de sacrificios apuntaban al único grandioso sacrificio, pero a la vez indicaban varias marcas y características del indiviso Cordero de Dios. Las víctimas iban desde un becerro pasando por un cordero hasta llegar a dos tórtolas o dos palominos.

Tenemos perspectivas diferentes del sacrificio de Cristo según nuestra capacidad de verlo; y sin embargo todas estas perspectivas pueden estar muy conformes con la verdad, pues la expiación tiene muchas facetas, y opera en muchas direcciones. Los tipos que encontramos en el Libro de Levítico representan las diferentes perspectivas que las mentes de los creyentes tenían de nuestro Señor Jesucristo: todos ellos manifestaban a un Cristo único, pero cada uno desde una diferente perspectiva.

La misericordia es que el sacrificio de nuestro Señor Jesús es apropiado para ti, e igualmente apropiado para mí, y para todos los que vienen a Él por fe. El rico, el pobre, el valiente, el tímido, el amigable, y el inmoral, todos encuentran en Jesús aquello que se ajusta al caso individual. Tú puedes ser una persona de mente grandiosa y de pensamiento profundo, pero tú encontrarás en Jesús todo lo que tu elevada inteligencia pueda desear. Yo podré ser una persona de poca educación y de estrechos poderes de pensamiento, pero yo encontraré que el Señor Jesús se adapta a mi capacidad limitada.

Los rabinos dicen que el maná era placentero al gusto de cada persona, y de la misma forma el Cristo de Dios es el Cristo de cada persona, de tal forma que ningún hombre que venga a Él estará decepcionado, sino que cada uno verá su necesidad provista. Cada hombre encontrará su caso perfectamente resuelto por la expiación del Salvador, tanto como si Jesús estuviera preparado para resolver únicamente su caso, como si ese hombre fuera el único pecador bajo el cielo, o Jesús fuera un Redentor enviado únicamente para él, entre todas las familias de los hombres. ¡Oh, la profundidad de la sabiduría y de la gracia de Dios en la persona y la obra de nuestro Señor Jesucristo!

Noten especialmente, con gran interés, que había sacrificios provistos para pecados por ignorancia (pecados por yerro) bajo la ley: por lo tanto podemos concluir con seguridad que un pecado por ignorancia es un pecado. No hay esa intensidad de mal en un pecado por ignorancia como la que se ve en una trasgresión deliberada y premeditada; pero aún así hay pecado en él: pues ninguna ley puede tolerar que la ignorancia sea una excusa para la ofensa, puesto que el sujeto tiene el deber de conocer la ley. Aún si yo hago aquello que es malo con el deseo sincero de hacer lo correcto, aún así mi acto indebido tiene una medida de pecado en él. Ninguna cantidad de sinceridad puede convertir la injusticia en justicia, o transformar la falsedad en verdad.

Pueden ilustrar esto con los severos hechos de la naturaleza. Ciertos inventores han creído que ellos podrían volar, y con una fe perfectamente honesta han saltado al vacío desde un elevado despeñadero; pero su honesta creencia no los ha salvado del resultado de violar la ley de la gravedad: han caído a tierra, y se han despedazado tan cierta y terriblemente, como si no hubieran creído realmente en sus poderes de volar. Si un hombre toma un veneno mortal creyendo que es una medicina que proporciona salud, su sinceridad no impedirá el curso natural del resultado: morirá en su error.

Así es precisamente en el mundo moral y espiritual. Los pecados cometidos en ignorancia todavía constituyen pecados ante el Señor, o de otra manera no se habría provisto una expiación por ellos. Sin el derramamiento de sangre no hay remisión ni siquiera de los pecados cometidos en la ignorancia. Pablo perseguía ignorantemente a los santos, pero de esa manera incurrió en pecados que requirieron ser lavados; eso le dijo Ananías, y Pablo así lo sentía, pues él se autonombró el primero de los pecadores, ya que perseguía a la iglesia de Dios.

Cuando el pueblo pecaba por ignorancia, y el asunto estaba oculto a los ojos de la asamblea, debían traer una ofrenda tan pronto como el pecado fuera conocido. Si tú has trasgredido ignorantemente, hermano mío, puede llegar el momento cuando descubras que estabas pecando, y entonces tu corazón se deleitará cuando sepas que el Señor Jesús ha expiado tus pecados aun antes de que supieras que eran pecados.

Me gozo grandemente al pensar que se haya provisto un sacrificio de esa naturaleza, puesto que puede resultar que el mayor número de nuestros pecados sean pecados de los que no hemos estado conscientes, ya que la dureza de nuestro corazón ha impedido que descubramos nuestro error. Tú puedes haber pecado y sin embargo no tener una conciencia de ese pecado en el presente, ay, y puede ser que nunca tengas conciencia de esa ofensa particular en este mundo, y sin embargo será de todas formas un pecado.

Muchos hombres buenos han vivido con un mal hábito, y han permanecido con él hasta la muerte, y sin embargo no han sabido que era malo. Ahora, si la sangre preciosa de Jesús sólo quitara el pecado que hemos percibido en detalle, su eficacia estaría limitada por la iluminación de nuestra conciencia, y por lo tanto algún pecado gravoso podría ser pasado por alto y probaría ser nuestra ruina: pero puesto que esta sangre quita todos los pecados, borra aquellos que nosotros no descubrimos, así como también aquellos que nosotros lamentamos. “Líbrame de los (errores) que me son ocultos,” es una oración para la que la expiación de Cristo es una respuesta plena. La expiación actúa de conformidad a como ve Dios al pecado y no de conformidad como nosotros lo vemos, pues nosotros sólo lo vemos en parte, pero Dios lo ve plenamente y lo borra completamente.

Cuando nosotros descubrimos nuestra iniquidad, nuestro deber es llorar por su causa, con arrepentimiento verdadero y profundo; pero si hay algunos pecados cuyos detalles no hemos discernido, y consecuentemente no los hemos confesado separadamente mediante un acto de arrepentimiento específico, sin embargo, a pesar de eso, el Señor quita ese pecado nuestro; pues está escrito: “la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado.” Esos desconocidos sufrimientos de Cristo que menciona tan sabiamente la liturgia griega, han quitado de nosotros esos pecados desconocidos que nosotros no podemos confesar en detalle, porque todavía no los hemos percibido. Bendito sea Dios por ese sacrificio que limpia para siempre no sólo nuestras faltas deslumbrantes, sino aquellas ofensas que el auto-examen más minucioso no ha descubierto todavía.

Después que la sangre había sido vertida al sacrificar la ofrenda, y así se había hecho la expiación, tres actos diferentes se debían realizar por parte del sacerdote: los tenemos descritos en nuestro texto; y si ustedes amablemente miran, verán que casi las mismas palabras se repiten en los versículos diecisiete y dieciocho, y asimismo en el versículo veinticinco, y en el versículo treinta y cuatro, donde con menos detalle se expresa casi el mismo acto. “Y mojará el sacerdote su dedo en la sangre, y rociará de aquella sangre siete veces delante de Jehová, hacia el velo del santuario. Y el sacerdote pondrá de esa sangre sobre los cuernos del altar del incienso aromático, que está en el tabernáculo de reunión delante de Jehová; y echará el resto de la sangre del becerro al pie del altar del holocausto, que está a la puerta del tabernáculo de reunión.” Todo esto es simbólico de la obra del Señor Jesús y de los múltiples efectos de Su sangre.

Había tres cosas: primero, “mojará el sacerdote su dedo en la sangre, y rociará de aquella sangre siete veces delante de Jehová, hacia el velo del santuario”: esto representa el sacrificio de expiación en su referencia a Dios. A continuación, “el sacerdote pondrá de esa sangre sobre los cuernos del altar del incienso aromático, que está en el tabernáculo de reunión delante de Jehová”: esto expresa la influencia de la sangre sobre el ofrecimiento de oración de intercesión. En tercer lugar, leemos, “y echará el resto de la sangre del becerro al pie del altar del holocausto”: esto expresa la influencia de la sangre de Cristo en todo nuestro servicio para el Señor. ¡Oh, que tengamos el poder del Espíritu con nosotros para mostrar las cosas de Cristo!

I. Comenzamos con EL SACRIFICIO DE CRISTO EN SU RELACIÓN CON EL SEÑOR DIOS DE ISRAEL.

En el tipo que tenemos ante nosotros el asunto prominente ante Dios es la sangre de la expiación. No se hace ninguna mención de la ofrenda vegetal, ni de la libación y ni siquiera del incienso aromático sobre el altar de oro; el único objeto conspicuo es la sangre. Esta era rociada delante el Señor, hacia el velo del Lugar Santísimo. Estoy muy consciente que algunas personas exclaman: “El predicador está hablando continuamente de sangre, y esta mañana desde el primer himno hasta el último, él nos ha puesto frente a nosotros alusiones constantes a la sangre. ¡Estamos horrorizados de eso!” Yo deseo que se horroricen; pues, ciertamente, el pecado es una cosa ante la que debemos temblar, y la muerte de Jesús no es un asunto que debamos tratar con ligereza.

La intención de Dios era despertar en el hombre un gran sentimiento de disgusto por el pecado, haciéndole ver que sólo podía ser quitado mediante el sufrimiento y la muerte. En el Tabernáculo en el desierto casi todo fue santificado mediante la sangre. Las gotas púrpuras cayeron sobre el libro y sobre todo el pueblo. La sangre debía verse por todos lados. Tan pronto entrabas al atrio exterior podías ver el gran altar de bronce; y al pie del altar se derramaban continuamente vasijas conteniendo sangre. Cuando traspasabas el primer velo y entrabas al lugar santo, si podías ver algún sacerdote lo hubieras visto todo salpicado de sangre, sus vestiduras blancas como la nieve mostraban muy vívidamente las manchas carmesí ante los ojos. Si veías a tu alrededor, mirabas los cuernos del altar de oro del incienso manchados con sangre, y el hermoso velo que cubría al santuario interior estaba orlado con la sangre que rociaban.

El santo tabernáculo no era en lo absoluto un lugar para los sentimentales; sus enseñanzas emblemáticas tenían que ver con realidades terribles, de una manera tremendamente impresionante; su ritual no tenía la intención de gratificar al gusto, sino impresionar la mente. No era un lugar para caballeros refinados, sino para pecadores quebrantados. Por todos lados, el ojo ignorante podía ver cosas desagradables; pero la conciencia abrumada podía leer lecciones de paz y de perdón. ¡Oh, que algunas de estas palabras mías pudieran motivar a quienes toman con ligereza el pecado a ser conmovidos ante esa cosa abominable! Yo quisiera que se llenaran de horror ante esa cosa detestable que no puede ser quitada con nada excepto por aquello que está infinitamente más calculado para horrorizar a la mente educada que los ríos de sangre de los becerros y de los machos cabríos: quiero decir el sacrificio del propio Hijo de Dios, cuya alma fue hecha una ofrenda por el pecado.

La sangre del sacrificio era rociada siete veces hacia el velo del santuario, significando esto: primero, que la expiación hecha por la sangre de Jesús es perfecta en su referencia a Dios. A través de todas las Escrituras, como ustedes saben bien, siete es el número de perfección, y en este lugar no hay duda que se usa con esa intención. Siete veces es lo mismo que de una vez por todas: contiene el mismo significado que cuando leemos: “Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados,” y también, “somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre.” Es un acto completo. En este texto entendemos que el Señor Jesús ofreció a la justicia de Dios una expiación absolutamente completa y satisfactoria por Su sufrimiento vicario y Su muerte por los hombres culpables. No hay necesidad de ninguna otra ofrenda por el pecado. “Consumado es.” Él sólo ha purgado nuestros pecados.

En tiempos antiguos, antes de la venida de nuestro Señor, el velo colgaba oscuramente entre el lugar de la presencia gloriosa de Dios y su pueblo que se acercaba a Él para adorarlo: sólo era levantado por un momento una vez al año, y entonces sólo un hombre podía entrar al Santo de los Santos, de entre todos los hombres, por un breve espacio, pues el camino hacia el lugar Santísimo no había sido hecho manifiesto; pero la sangre era rociada hacia el lugar donde la gloria de Dios tenía el agrado de morar; indicando que el acceso a Él sólo podía ser por medio de la sangre.

Aunque ese moderno pensamiento querrá contradecirme, no cesaré de afirmar perpetuamente que el resultado más grande de la muerte del Señor Jesús fue en lo relacionado con Dios. No sólo nos reconcilia con Dios por Su muerte, y convierte nuestra enemistad en amor, sino que Él ha llevado el castigo de nuestra paz, y así engrandeció la ley y la hizo honorable. Dios, el juez de todos, puede pasar por alto la trasgresión, la iniquidad y el pecado, sin violar Su justicia.

La sangre de la ofrenda por el pecado era rociada delante del Señor porque el pecado estaba delante del Señor. David dice: “Contra ti, contra ti solo he pecado,” y el hijo pródigo clama: “He pecado contra el cielo y contra ti.” El sacrificio de Cristo es así principalmente una propiciación ante Dios, tan plenamente es una vindicación de la justicia divina, que esta perspectiva de la expiación es suficiente para cualquier hombre, aunque no obtenga ninguna otra; pero que tenga mucho cuidado de no confiar en una fe que no mire a la gran propiciación. Esta es la perspectiva que salva al alma; la idea que pacifica a la conciencia y gana al corazón: nosotros creemos en Jesús como la propiciación por el pecado. Las luces que se derraman desde la cruz son muy variadas; pero así como los rayos de todos colores se encuentran en la blanca luz del día, así todas las múltiples enseñanzas del Calvario se encuentran en el hecho que Jesús sufrió por el pecado, el justo por los injustos.

¿Acaso sus corazones no se sienten gozosos al pensar que el Señor Jesucristo ha ofrecido una expiación perfecta, cubriéndolo todo, quitando cada obstáculo a la misericordia de Dios, limpiando el camino para que el Señor justifique al culpable muy justamente? Ningún hombre necesita traer nada más, ni ninguna cosa propia, con la cual apaciguar la ira de Dios; pero puede venir tal como es, culpable y manchado, y utilizar como argumento esta preciosa sangre que ha llevado a cabo una expiación eficaz por él. Oh alma mía, acepta esta doctrina, siente las dulces experiencias que fluyen de ella, y ponte ahora en la presencia de Dios sin temor: pues siete veces ha hablado la sangre a favor tuyo ante Dios.

Observen a continuación, que no solamente es en sí misma perfecta la expiación, pero que la presentación de esa expiación es perfecta, también. Rociar la sangre siete veces era un tipo de Cristo como Sacerdote, presentándose al Padre como un sacrificio por el pecado. Esto se ha llevado a cabo plenamente. Jesús ha llevado a cabo la propiciación en el santuario y se presentó ante la presencia de Dios a favor nuestro. Aquí están las propias palabras del apóstol: “por su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención.” No es nuestra presentación de la sangre, sino la presentación que hace Cristo de la sangre, lo que ha efectuado la expiación; como tampoco consiste en que nosotros veamos la sangre, sino que Jehová vea la sangre, lo que nos permite escapar; como fue escrito concerniente a la Pascua: “Y veré la sangre y pasaré de vosotros.” Jesús en este momento coloca Su expiación ante la vista de un Dios justo, y por tanto es el Juez de toda la tierra, capaz de mirar al culpable con ojos de misericordia.

Quedémonos perfectamente satisfechos de que todo lo que requerimos para acercarnos a Dios ha sido hecho a favor nuestro, y ahora podemos acercarnos libremente al trono de la gracia celestial.

“Ya no estamos más lejos de Dios: sino que ahora
Acercados por la preciosa sangre,
Aceptados en el Bien amado,
Permanecemos cerca de Su corazón.”
Ahora pasamos a unos cuantos pensamientos acerca de nosotros en relación a este tipo. Esta rociada de la sangre llevada a cabo siete veces delante del velo significaba que el camino de nuestro acceso a Dios es sólo en virtud de la sangre preciosa de Cristo. ¿Has sentido alguna vez un velo colgando entre tú y Dios? En verdad, no hay ninguno; pues Jesús lo ha quitado por medio de Su carne. En el día en que Su bendito cuerpo fue ofrecido, el velo del templo se partió en dos de arriba hacia abajo, mostrando que no hay nada ahora que separe al creyente de su Dios; pero si todavía piensas que existe tal velo que separa, si sientes como si el Señor se hubiera escondido, si estás tan desanimado que temes que no te podrás acercar jamás al propiciatorio, entonces rocía la sangre delante del trono de la gracia, derrámala en ese velo que aparenta separarte de tu Dios. Deja que tu corazón vaya hacia Dios aun si no puedes alcanzarlo, y deja que esta sangre vaya delante de ti; pues puedes estar seguro que nada puede disolver los obstáculos ni darte un acceso abierto a Dios, excepto la sangre de Jesucristo el Hijo de Dios.

Puedes estar seguro que ya has venido a Dios si con valor, ay, si tímidamente con un dedo tembloroso, no haces sino rociar la sangre en la dirección que tu fe anhela seguir. Si tú mismo no puedes presentar la expiación de Cristo con la mano firme de fe intrépida, recuerda que la propia mano de Cristo ha presentado la propiciación mucho antes, y por tanto la obra no fracasará por causa de tu debilidad.

Oh, que por una sencilla confianza en el Señor, tu Redentor, puedas hoy imitar el ejemplo del sacerdote bajo la ley, pues Jesús te hace sacerdote por el Evangelio. Puedes ahora mirar al Señor y utilizar como argumento esa sangre que prevalece en todo, que nos acerca a nosotros que una vez estábamos lejos. Con frecuencia he admirado ese bendito precepto evangélico: “Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra;” pues supongan que no puedo ver, sin embargo si miro, tengo la promesa de ser salvo.

Si hay bruma o una nube entre mí y la serpiente de bronce, sin embargo si miro en esa dirección seré sanado. Si no puedo discernir todas las glorias de mi Señor y Salvador, sin embargo si miro con una mirada de confianza, Él me salva. Vuelvan, pues, sus ojos abiertos a medias, que sólo por un rincón admiten la luz, vuélvanlos digo hacia Dios y hacia Cristo, y sepan que por causa de la sangre que expía, ustedes son salvos.

El camino bañado de sangre es el único que pueden andar los pies de un pecador, si quiere venir a Dios. Es sencillo, claro y abierto. Vean, el sacerdote tenía el Evangelio en la punta de sus dedos; en cada movimiento de su mano lo predicaba; y el efecto de tal predicación permanecía en todos los sitios donde las gotas encontraban un lugar de descanso.

Además pienso que la sangre era rociada sobre el velo siete veces para mostrar que una contemplación deliberada de la muerte de Cristo es grandemente para nuestro beneficio. Cualquier otra cosa pueden tratar con ligereza, pero el sacrificio del Calvario debe ser considerado seriamente una y otra vez; ¡aun siete veces debe meditarse!

Lean la historia de la muerte de nuestro Señor en los cuatro evangelistas y ponderen cada detalle hasta que estén familiarizados con sus aflicciones. Quisiera que se supieran la historia de memoria, pues nada le hará más bien al corazón. Lean de nuevo el Salmo veintidós y el capítulo cincuenta y tres de Isaías cada día, si tienen alguna inquietud de corazón acerca del pecado, y pídanle a Dios que los ilumine para que puedan ver la grandiosidad extrema de Su gracia para con nosotros en Cristo Jesús. ¡Oh, que ustedes pudieran creer en el Cordero de Dios con todo su corazón! Los ángeles anhelan mirar en estas cosas, por tanto, les ruego, no descuiden una salvación tan grande. Piensen con amor en el sacrificio de expiación; ¡deben considerarla una segunda vez, háganlo una tercera vez, háganlo una cuarta vez, háganlo una quinta vez, háganlo una sexta vez, háganlo una séptima vez!

Recuerden, también, que esto establece cuán grande ha sido nuestra culpa, puesto que la sangre debe rociarse siete veces antes de que la obra de expiación pueda ser vista plenamente por ustedes. Nuestra culpa es siete veces negra, por tanto tiene que haber una limpieza que lave siete veces. Si ustedes argumentan la sangre de Jesús una vez y no obtienen paz por eso, arguméntenla nuevamente; y si la carga todavía permanece en su corazón, continúen argumentando con el Señor utilizando el único argumento que prevalece y éste es que Jesús derramó Su sangre. Si por el momento presente ustedes no obtienen paz mediante la sangre de la cruz, no concluyan por eso que su pecado es demasiado grande para ser perdonado, pues no es así, “Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres.” Un conocimiento más pleno de Él, que ha conseguido la paz mediante Su sangre calmará la tempestad de sus mentes.

Cristo es un grandioso Salvador para grandes pecadores, y Su preciosa sangre puede quitar las manchas más negras de la iniquidad. Véanla rociada siete veces por el pecador siete veces contaminado, y descansen sus almas en Él aunque siete demonios hayan entrado en ustedes. Dios, que nos ordena perdonar aun hasta setenta veces siete, no establece límites para Su propio perdón.

Reflexionen con seriedad que si su caso les parece a ustedes muy difícil, puede ser tratado por esta sangre rociada siete veces. Si tú dices: “¡Mi corazón es tan duro! No puedo lograr que sienta”; o si dices: “soy tan frívolo e insensato que olvido lo que una vez aprendí”; entonces continúa mirando la sangre de Jesús, y obtén esperanza de allí aun hasta siete veces. No se separen de eso, les pido: ¿dónde más podrían ir? El deseo del diablo es apartarlos del pensamiento de Cristo; pero recuerden que los pensamientos sobre cualquier otra cosa les servirán de muy poco.

Su esperanza está en pensar en Jesús, no en ustedes. Mastiquen y digieran un texto como éste cada mañana: “por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios.” Váyanse a la cama con este versículo en sus bocas: “la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado.” O éste: “al que a mí viene, no le echo fuera.”

Ese hombre de Dios tan querido, el señor Moody Stuart, nos dice en alguna parte que una vez habló con una mujer que tenía muchas angustias por sus pecados. Ella era una persona muy instruida, y conocía la Biblia muy bien, así que este señor tenía problemas acerca de qué decirle, ya que ella estaba muy acostumbrada a la verdad salvadora. Finalmente le recordó con mucha fuerza aquel pasaje: “Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores,” y él observó que ella pareció encontrar un quieto alivio en un suave fluir de lágrimas. Él oró con ella y cuando ella se puso de pie, parecía mucho más consolada. Viéndola al día siguiente, y mirando su rostro sonriente y encontrándola llena de descanso en el Señor, le preguntó: “¿Qué fue lo que causó tu liberación?” “Oh,” respondió ella, “fue el texto, ‘Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores.'” “¿Sabías eso antes?” preguntó el señor Stuart. Sí, ella sabía las palabras desde antes, pero descubrió que en lo más profundo de su corazón ella había creído que Jesús vino para salvar a los santos, y no a los pecadores.

¿Acaso muchas personas despiertas no permanecen en ese mismo error? Bien, quiero que tú, pobre corazón atribulado, ay, y también tú que tienes un espíritu lleno de gozo, que continúen con esta presentación, repetida siete veces, del sacrificio de Cristo para Dios; y aun si pende un velo entre tú y el Señor, te ruego que te mantengas rociando con sangre el velo hasta que ante tus ojos de fe, el velo se parta en dos, y tú estés en la presencia de tu Dios reconciliado, gozándote en Cristo Jesús.

II. Nuestro siguiente encabezado es éste: LA SANGRE Y SU INFLUENCIA EN LA ORACIÓN. “Y el sacerdote pondrá de esa sangre sobre los cuernos del altar del incienso aromático, que está en el tabernáculo de reunión delante de Jehová.” El sacerdote en este caso va desde el interior del lugar santo rumbo al atrio exterior; habiendo estado frente al velo del Lugar Santísimo, se regresa y encuentra a un costado el altar recubierto de oro del incienso, con una cubierta de oro; hacia allá se dirige con determinación, y pone una porción de la sangre sobre cada uno de sus cuernos. Los cuernos significaban poder, y la explicación del símbolo es que no hay ningún poder en la oración de intercesión aparte de la sangre de la expiación.

Recuerden, primero, que la intercesión de Cristo mismo está basada en Su expiación. Él está intercediendo diariamente ante el trono de Dios, y su gran argumento es que Él se ofreció a Sí mismo sin mancha ante Dios. Me parece a mí muy claro y bendito que nuestro Señor haga esta súplica principal ante el Padre a favor nuestro: “He terminado la obra que me diste que hiciera.” Él ha sufrido en lugar nuestro, y cada día argumenta estos sufrimientos por nosotros: Su sangre habla mejor que la de Abel. Él no busca ningún nuevo argumento, sino que siempre menciona este viejo argumento: Su sangre derramada por muchos para remisión de los pecados. “Con todo eso, Jehová quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento,” y ahora le agrada al Padre escucharlo. Las especias molidas de Su pasión son un incienso de olor agradable, y derivan una doble aceptación del altar untado de sangre sobre el que es presentado.

Y ahora apliquen el tipo a ustedes. Ustedes y yo debemos ofrecer incienso sobre este altar de oro por nuestra intercesión diaria a favor de otros, pero nuestro argumento debe ser siempre la sangre de expiación de Jesús. Les ruego, queridos amigos, que utilicen este argumento mucho más de lo que acostumbran hacerlo en sus oraciones. Tenemos que clamar a Dios por los pecadores, y tenemos que clamar a Dios por los santos, pero el sacrificio de Jesús debe ser nuestra fortaleza en las peticiones.

La intercesión es una de las tareas más excelentes en las que se puede involucrar un cristiano: tiene en sí el honor tanto del sacerdocio como del trono. El altar del incienso tiene que estar continuamente echando humo ante el Señor Dios de Israel, no sólo en las reuniones públicas de oración, sino también en nuestras súplicas privadas. Continuamente debemos estar suplicando por nuestros hijos, por nuestros amigos, por nuestros vecinos, por aquellos que tienen esperanza, y aquellos que parecen no tenerla; pero el gran argumento debe ser siempre: “Por Tu agonía y Tu sudor sangriento; por Tu cruz y pasión:”

Ofrece el dulce incienso del amor, y fe, y esperanza, y descansa sobre los carbones ardientes de un fuerte deseo, pero unta la sangre en el cuerno de tu altar.

“La sangre tiene una voz que perfora los cielos,
‘Venganza’ clama la sangre de Abel;
Pero la rica sangre de Jesús inmolado
‘Paz’ clama fuertemente por todas Sus venas.”
Tengan cuidado de no introducir ningún otro argumento, o si utilizan otro, debe ser algo muy subsidiario a este argumento principal. Podemos decir: “oh, Señor, salva a los hombres; porque sus almas inmortales son preciosas; sálvalos para que escapen de una miseria sin fin, y para que puedan manifestar el poder de Tu gracia; sálvalos también para que Tu palabra no regrese a Ti vacía y que tu iglesia pueda ser construida por sus medios”; pero nunca debemos estar contentos con estos argumentos; debemos incluir el nombre de Jesús pues cualquier cosa que pidamos en ese nombre, la recibiremos.

Aquél que una vez derramó Su alma hasta la muerte, y ahora intercede por los trasgresores, se asegurará que nuestras súplicas no sean rechazadas. En todas nuestras intercesiones debemos recordar al Calvario; el altar del incienso para nosotros debe ser rociado siempre en el cuerno de su fortaleza, con la sangre.

Y, muy amados hermanos, como este debe ser el argumento de nuestra intercesión, también debe ser nuestro impulso cuando intercedamos. Cuando oramos nos acercamos, por decirlo así, a este altar de oro, y lo contemplamos: ¿qué es lo que vemos? ¡Manchas de sangre! Lo contemplamos una vez y otra vez y vemos manchas de color carmesí, mientras todos los cuatro cuernos están teñidos de sangre. Mi Señor derramó su alma hasta la muerte por los hombres, y ¿acaso yo no voy a derramar mi alma en sinceridad viva cuando oro? ¿Puedes ahora doblar tu rodilla para suplicarle a Dios y sentir que tu corazón no argumenta la bondad de los hombres, al ver que tu Señor ha entregado Su vida para que ellos puedan ser salvos? Las frías plegarias y las súplicas apagadas desaparecerían si tan sólo recordáramos cómo amó Jesús; cómo estando en agonía sudó gruesas gotas de sangre.

Hermanos, tristemente somos dignos de censura por olvidar la oración de intercesión. No podría decirles cuánta bendición dejamos de recibir debido a que no oramos importunamente por los que nos rodean. ¡Que el Señor nos despierte! ¡Que nunca permita que seamos indiferentes al uso precioso del propiciatorio!

Cuando el ya fallecido doctor Bacchus se encontraba enfermo, y cercano a su muerte, un cirujano lo visitó, y cuando ya se iba por la puerta, se le vio platicando con el sirviente. El buen teólogo anciano le solicitó a su ayudante que le dijera lo que le había dicho el cirujano. Después de una pausa le dijo: “querido señor, me dijo que no lo abandonara ni un momento, pues usted no podría vivir más de media hora.” “Entonces,” dijo el santo, “ayúdame a levantarme de la cama, déjame ponerme de rodillas y pasar mi última media hora sobre la tierra orando por la iglesia de Dios, y por la salvación de los hombres.” Cuán bendita manera de pasar la última media hora de una persona; mejor diré: ¡cuán bendita manera de pasar una media hora en cualquier momento! ¡Pruébenlo hoy! No conozco ningún otro método de beneficiar a nuestros amigos que sea más constantemente abierto a todos nosotros que ese de la oración de intercesión; y no puedo darles un argumento mejor del por qué deben usarlo que este, que el Señor de ustedes ha rociado el altar de oro de la intercesión con Su propia sangre. Donde Él derramó su sangre, ¿no derramarán ustedes sus lágrimas? Él ha dado Su corazón sangrante por los hombres, ¿no darán ustedes sus labios para que intercedan?

Pienso, también, que untar los cuernos del altar con sangre tiene la intención de darnos un gran ánimo y seguridad siempre que venimos a Dios en oración. Nunca den por perdido a alguien, independientemente de cuán malo sea. Si ustedes conocen a algún hombre que se parece tanto al diablo como se parecen dos frijoles entre sí, todavía tengan esperanza por él, porque cuando ustedes vienen al altar de oro para ofrecer sus oraciones a su favor ¿qué es lo que ven? Pues allí está la sangre de Cristo. ¿Qué pecado hay que esa sangre no pueda quitar? “Oh,” dirá alguno, “¿acaso Jesús murió por pecadores como este hombre, y yo voy a perder mi esperanza por ese hombre y por tanto voy a rehusar a orar por él?” Este es un argumento lógico. Nosotros somos lentos para trabajar por otros hombres debido a que somos lentos de corazón para esperar su salvación, y esto se desprende de nuestra estrecha perspectiva de nuestro Señor Jesús.

Yo oro para que ustedes amplíen sus ideas acerca de la misericordia de Dios y del poder de Cristo para limpiar. No oren con una fe fantasma, sino con una sólida confianza, diciendo: “Señor, no hago sino seguir con mis lágrimas, allí donde Tú has estado con Tu sangre. Estoy suplicando por el perdón de este hombre, y Tú también estás intercediendo por los trasgresores. Estoy pidiendo por aquellos que Tú has comprado con Tu sangre, y por tanto tengo la confianza que mi deseo está en consonancia con Tu voluntad, y que seré escuchado en el cielo, el lugar donde Tú habitas.”

Cuando oremos, argumentemos con vehemente deseo la sangre de Jesucristo. Tal vez menos peticiones, pero más argumentos acerca de los méritos de Cristo, harían mejores oraciones. Si no nos extendiéramos tanto en lo que pedimos, pero sí nos extendiéramos más en la razón por qué debemos obtenerlo, podríamos prevalecer con mayor facilidad. Yo sugiero que usemos menos clavos; pero que esos clavos sean clavados con el martillo manchado de sangre del Calvario, y remachados con este argumento, “por Cristo Jesús.” Que este tipo de oración sea usado por todos nosotros tanto en privado como en público, y entonces debemos prevalecer y prevaleceremos.

III. El tiempo vuela demasiado rápidamente el día de hoy, y por tanto debo pasar por alto muchas cosas que había considerado mencionar. El último punto es, LA SANGRE EN SU INFLUENCIA SOBRE TODO NUESTRO SERVICIO. Ustedes ven que hemos venido caminando desde el velo hacia fuera pasando por el altar de oro y ahora salimos del lugar santo hacia el atrio exterior, y allí al aire libre está el grandioso altar de bronce, el primer objeto que el israelita veía cuando entraba al recinto sagrado. Apenas traspasaba las puertas del tabernáculo, su ojo se posaba sobre el gran altar de bronce, sobre el cual se ofrecían los holocaustos, y las ofrendas eran presentadas al Señor. Era al pie de este altar de bronce que se derramaban de manera continua las vasijas conteniendo sangre, de tal forma que el altar estaba enrojecido de ella, y el suelo alrededor del altar estaba remojado del líquido sanguíneo.

Ese altar representa muchas grandes cosas, y entre ellas a nuestro Señor Jesús presentándose a Sí mismo a Dios como un sacrificio aceptable. Siempre que piensen en nuestro Señor como una ofrenda de olor agradable a Dios, nunca separen de sus mentes ese hecho, de que fue sacrificado por el pecado, pues todo el servicio de nuestro Señor está teñido por su muerte expiatoria. Es un gran error cuando estén tratando de explicar cualquiera de los sacrificios explicados en Levítico, quedarse enteramente en una sola perspectiva, pues hay una bendita unión de todos ellos en Cristo.

Las ofrendas de un olor grato eran todas ellas en cierto sentido ofrendas por el pecado: hay claras indicaciones de esto. Al mismo tiempo la ofrenda por el pecado no era del todo una abominación, pero en parte era un olor agradable, pues la grosura, como lo hemos visto en la lectura de hoy, era presentada sobre el altar. Lo que Dios ha unido no lo separe el hombre. Ustedes pueden mirar a su Señor desde varias perspectivas, y pensar de manera separada en Su vida y en Su muerte; pero nunca estereotipen aun esa división, pues Su muerte fue el clímax de Su vida, y Su vida fue necesaria para Su muerte. Siempre piensen en Jesús, en todas sus meditaciones sobre Él, como presentándose a Sí mismo a Dios y derramando Su alma hasta la muerte como una expiación. Cuando veo ese gran altar de bronce no olvido cómo nuestro Señor fue aceptado por Dios, pero cuando veo los ríos de sangre al pie del altar se me recuerda el hecho de “Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero.”

Viendo el tipo en referencia a nosotros mismos, aprendamos que siempre que vengamos a ofrecer cualquier sacrificio al Señor debemos tener cuidado de presentarlo por el poder de la sangre preciosa de Cristo. La adoración de esta mañana: Dios conoce nuestros corazones, Él sabe cuántos lo han adorado realmente, y Él sabe, de entre todos los que adoran, cuántos le hemos presentado nuestro sacrificio pensando sólo en el mérito de Jesús, como la razón por la cual debe ser recibido. Cuando se levantan después de estar de rodillas en la oración matutina, ¿han argumentado realmente la preciosa sangre? Sus peticiones no van a ser aceptables a Dios de ninguna otra manera. Cuando están orando a la caída de la tarde, y están hablando con el Padre celestial, ¿tienen sus ojos sobre Cristo? Si no es así, tu devoción será rechazada. Lo mismo que sucede con la adoración en forma de oración, así también sucede con la adoración en forma de alabanza. Los sonidos dulces son muy deleitosos cuando cantamos alabanzas a Dios, pero a menos que el altar sobre el que colocamos nuestros salmos y nuestros himnos, esté manchado de sangre, no serán aceptados a pesar de su belleza musical.

También traemos a Dios nuestras ofrendas conforme Él nos prospera; confío que todos estamos preparados a darle a Él una porción de nuestras ganancias; pero ¿presentamos esa porción sobre el altar que santifica al dador y a la porción? Vemos sobre él la sangre de Cristo, y ¿presentamos nuestro oro y nuestra plata mediante eso que es mucho más precioso? Si no es así, muy bien podemos retener nuestro dinero en nuestros bolsillos.

Cuando vayan esta tarde a la escuela dominical, o salgan a las calles a predicar, o se pongan a distribuir folletos, ¿van a presentar a Dios su santo trabajo a través de la sangre preciosa? Sólo hay un altar sobre el cual Él aceptará sus servicios, y ese altar es la persona de Su amado Hijo, y en este tema Jesús debe ser visto como derramando Su sangre por nosotros. Nosotros debemos ver que la expiación está conectada con cada cosa santa. Yo creo que nuestros testimonios de Dios serán bendecidos por Dios en la proporción que mantengamos el sacrifico de Cristo siempre por delante.

Alguien le preguntó a nuestro hermano, el señor Moody, a qué se debía que era tan exitoso, y se dice que él respondió: “Bien, si debo responder, yo creo que es debido a que nosotros predicamos sencilla y claramente la doctrina de la sustitución.” Con ese comentario dio en el clavo. Esa es la doctrina salvadora; mantengan eso siempre en su mente, y preséntenla a la consideración de las mentes de aquellos que ustedes quieren beneficiar. Que el Señor vea que ustedes están pensando todo el tiempo en Su amado Hijo.

Y, amados, ¿no piensan ustedes que este derramamiento de la sangre al pie de este altar de bronce nos indica cuánto debemos traer allí? Si Jesús ha traído Su vida allí, y se entregó a Sí mismo sobre él ¿no debemos traer nosotros todo lo que somos y todo lo que tenemos, y consagrar todo a Dios? No debemos ofrecer un sacrificio magro y flaco, o uno que está medio muerto, o quebrado o enfermo; pero traigamos lo mejor en su mejor apogeo, y presentémoslo alegremente ante el Altísimo por medio de la sangre preciosa.

Alguien preguntó de un joven que se había unido a la iglesia recientemente “¿Acaso es él e y e?” y otro le respondió, “¿qué quieres decir con eso?” “pues,” dijo el primero, “quiero decir: ¿está él enteramente entregado a Cristo? ¿Se da él en espíritu, alma y cuerpo a Jesús? Ciertamente cuando vemos el altar con Cristo mismo sobre él, y Su sangre derramada allí, debemos reconocer que si podemos pasar nuestra vida entera trabajando llenos de celo, y luego morir la muerte de un mártir, no habríamos entregado ni la mitad de lo que ese amor asombroso merece. ¡Debemos ser estimulados y avivados por la visión de la sangre sobre el altar de bronce!

Por último, ustedes pueden observar que la sangre era derramada al pie del altar. Qué podría significar eso sino que el altar de la ofrenda de acción de gracias estaba sobre y se erigía desde una base de sangre. Así todas nuestras obras para Dios, nuestros sacrificios por Su causa, deben surgir del amor que Él ha manifestado en la muerte de Su amado Hijo. Nosotros lo amamos porque (ustedes saben el por qué) porque Él nos amó primero. Y ¿cómo sabemos que Él nos ama? Miren a la muerte de Jesús como la evidencia más segura. Yo anhelo poner todo mi ser sobre ese altar, y sentiría al hacerlo que a pesar de todo ello no le estoy dando absolutamente nada a mi Dios, sino sólo presentándole a Él lo que Su amado Hijo ha comprado un millón de veces al haber derramado la sangre de Su vida. Cuando hayamos hecho todo, todavía seremos siervos inútiles, y lo diremos. Todo lo que hemos dado a Dios ha sido presentado como producto de la gratitud por el hecho de que de tal manera nos amó Dios a nosotros que ha dado a su Hijo unigénito para que muriera por nosotros para que tuviéramos vida a través de Él. ¡Llenen el altar! ¡Que haya muchas ofrendas acumuladas sobre él! Que hecatombes (sacrificios antiguos de cien bueyes) lancen su humo sobre el altar, pues está construido sobre el indecible don de Dios. Cuando el pecado es quitado, el servicio es aceptado; “entonces ofrecerán becerros sobre tu altar.” No intenten presentar ninguna ofrenda de obras propias hasta entonces, pues los pecadores que no han sido perdonados traen ofrendas inaceptables.

Primero, que la sangre sea reconocida, y dejen que la expiación plena sea gozada. El servicio prestado a Dios con un deseo de mérito personal es abominable a Sus ojos; pero cuando nuestro mérito se encuentra todo en la divina persona de Su Hijo, entonces Él nos aceptará y también a nuestra ofrenda en Cristo Jesús. Que Dios les conceda, amados lectores, ser aceptados en el Amado. Amén.