“Muera yo la muerte de los rectos, y mi postrimería sea como la suya”. Números 23: 10.

Carlyle, en su “Historia de la Revolución Francesa”, nos informa de un tal Duque de Orleans que no creía en la muerte, de tal manera que cuando su secretario se tropezó con las palabras: “El finado rey de España”, él airadamente le preguntó qué significaba eso. El servil asistente le respondió: “señor mío, es un título que han adoptado algunos de los reyes de España”. En toda esta asamblea no cuento con ningún lunático parecido a él, pues todos ustedes creen unánimemente que la raza humana entera espera de igual manera la hora inevitable. Nosotros sabemos que todas nuestras sendas, por sinuosas que sean, nos conducirán a la tumba. Un cierto rey de Francia creía en la muerte, pero prohibía que fuera mencionada jamás en su presencia. “Y si me veo pálido en cualquier momento” –decía- “ningún cortesano debe atreverse, so pena de incurrir en mi disgusto, a mencionarla en mi presencia”, imitando así al necio avestruz, que, cuando es perseguido por el cazador y ya no puede escapar del todo, se dice que hunde su cabeza en la arena y así fantasea estar protegido del enemigo al que no puede ver. Yo confío que no me estoy dirigiendo hoy a nadie que sea tan necio como para desear olvidar la certeza de la muerte, o como para suprimir de su recuerdo ese hecho inevitable. Confío que, siendo ustedes hombres sanos, desean hacer frente a la totalidad de su historia futura, tanto en el mundo presente como en los mundos que están más allá del alcance de la vista, y, viendo anticipadamente que el alma y el cuerpo deben separarse in articulo mortis (en el artículo de la muerte), están deseosos de considerar ese evento para estar preparados para él. Ustedes desean incorporar a la muerte en sus cálculos para que no los sorprenda desprevenidos. El que se involucra en un largo viaje, y previene cada dificultad del camino con la excepción de una, probablemente descubra que el viaje resulta ser un fracaso. Si con un carruaje apto para los caminos firmes, se olvidara de encontrar los medios de atravesar el postrer río que lo separa del país que buscaba, quedará frustrado después de todos sus dolores. Si has provisto para la vida, pero no te has preparado también para la muerte, ¿estarías mejor, mi querido oyente, que ese viajero insensato?

Nos hemos enterado de alguien que, entrando a una taberna, ordenó conforme a sus deseos más disparatados, y festejó suntuosamente con lo mejor que la casa podía ofrecerle, hora tras hora. Pero cuando vino el responsable del establecimiento con la factura, el hombre le informó que no tenía nada de dinero y que había olvidado por completo la cuenta, pensando que le bastaba con prestar atención a la comida y a la bebida mientras fueran la agenda del día, sin preocuparse por el futuro desconocido. ¡Ay!, mi querido oyente, ¿estás viviendo  en este mesón de la vida olvidado de la cuenta? ¿Vas de copa en copa, de júbilo en júbilo, festejando como si no hubiese ningún día de rendición de cuentas señalado para ti? Si es así, ¿eres acaso un necio o un canalla, o ambas cosas? Pues el hombre que quiere disfrutar la vida pero a la vez eludir la rendición de cuentas por sus responsabilidades, que es el evento con el que ha de concluir la escena, es, ya sea un necio, un canalla, o ambas cosas. Ciertamente, como tenemos que morir, como “uno no se puede dar de baja en esta guerra”, como todo hombre tiene que ser un conscripto en el ejército de la muerte, como, ya sea mañana o el día siguiente o en unos cuantos años, cada uno de nosotros ha de atravesar la puerta de hierro, sabiendo eso, nos incumbe tomarlo muy en cuenta, ser diligentes en prevenir sus demandas y prepararnos para sus emergencias. Y, con todo, no nos sorprendería si muchas personas presentes llegaran casi a estremecerse ante el tema que ahora estoy introduciendo, tan desacostumbradas están a él; o, si lo escucharan, lo consideran especialmente aplicable a quienes les rodean, pero son incapaces de ver su aplicación para ellas mismas. El verso de Young es verídico: “Todos piensan que todos los demás son mortales excepto el interesado”. Consideran que los demás ostentan a la muerte escrita sobre sus frentes, pero se imaginan que ellos al menos tendrán una larga duración. No se atreverían a decir que son inmortales, y, sin embargo, ¡ay!, actúan como si pensaran serlo, y, dilapidando un año tras otro, permiten que la propia vida se esfume sin ninguna mejoría. Yo exhorto en esta hora a todos los corazones honestos y sabios a que reflexionen sobre su postrimería. Prepárense ahora para estar listos cuando sea emitida la orden judicial final a comparecer, y que Dios les conceda gracia para que las palabras de esta mañana sean de ayuda para sus preparativos.

Aunque Balaam era un hombre despreciable, no era ningún necio. Albergaba pensamientos acerca de la muerte. No cerraba sus ojos a lo que no le gustaba. Creía que iba a morir, y tenía deseos al respecto, y aunque esos deseos no se realizaron nunca, antes bien, le sobrevino todo lo contrario, con todo, tenía la suficiente sensatez para contemplar las tiendas del Israel elegido de Dios, y para decir de todo corazón: “Muera yo la muerte de los rectos, y mi postrimería sea como la suya”.

Voy a considerar que esta exclamación contiene un doble deseo: primero, un deseo concerniente a la muerte, y segundo, un deseo concerniente a lo que está más allá de la muerte. Después de comentar estas cosas con la ayuda del Espíritu Santo, voy a tratar de darle algún uso práctico a todo el material.

I.   Primero, queridos amigos, tenemos EL DESEO DE BALAAM RELATIVO A LA MUERTE.

Él deseaba ansiosamente morir de una muerte semejante a la de los rectos. Encomiamos de verdad su elección, pues, en primer lugar, al recto, mínimo le irá tan bien cuando muera como a cualquier otro hombre. Por recto queremos decir el hombre que ha creído en Jesús, y que, por tanto, ha sido cubierto con la justicia de Cristo, y ha sido lavado en Su sangre sumamente preciosa, y además, por el poder del Espíritu Santo, ha recibido un corazón nuevo, un corazón recto, de tal manera que sus acciones son rectas tanto para con Dios como para con el hombre. El hombre que ha sido hecho recto por la fe en Jesucristo para una perfecta justificación, y que ha sido hecho recto también en acto y en espíritu a través de la santificación por el Espíritu Santo, es, exclusivamente, el hombre verdaderamente recto. A un hombre así le tiene que ir bien al final, y esto lo verán claramente por la siguiente historia:

‘Un cierto infiel criticón, después de haber discutido con un pobre campesino que conocía la fe, pero casi solo eso, le dijo: “Bien, Hodge, tú eres realmente tan estúpido que no sirve de nada discutir contigo, pues no te puedo sacar de tu absurda religión”. “¡Ah, bien!”, -respondió Hodge- “me atrevo a decir que soy estúpido, señor, ¿pero sabe usted que a nosotros, los pobres, nos gusta tener dos cuerdas para nuestro arco?” “Muy bien” –dijo el crítico- “¿qué me quieres decir con eso?” “Señor, se lo mostraré. Supongamos que todo resultara ser como usted dice. Supongamos que no hubiese ningún Dios, y que no hubiera un más allá. ¿No ve que yo estaría tan bien como usted? Ciertamente no me iría peor a mí de lo que le iría a usted, si los dos fuéramos aniquilados. Pero, si resultara ser verdad lo que yo creo, ¿qué sería de usted?”

Claramente, en cualquiera de los dos casos, al recto le irá bien, pues aunque él, ignorantemente, hubiera aceptado una fábula astutamente ideada, con todo, viéndolo desde la perspectiva de su experiencia, eso lo hace un hombre más feliz y mejor. Hasta este punto vamos bien. Él no resulta ser un perdedor aquí. Y al final, ciertamente no se encontrará en una posición peor que el hombre que rechazó las santas y consoladoras influencias de aquello que identificaba como un engaño. En cambio, si la religión de Jesús resultara ser cierta, ¡ah, sería un terrible SI para ustedes que dudan!, si todo fuera cierto, ¡ah!, entonces tu llanto y tu gemido ante ese descubrimiento sería un terrible contraste con el gozo y la gloria que Dios ha reservado para quienes lo aman. Ante el escenario más negativo posible, al recto le irá bien, tan bien, de cualquier manera, como al mejor de los otros hombres.

Esto ha de decirse  a favor del hombre recto: va a la cámara mortuoria con una conciencia tranquila. Ha sido claramente establecido que, en el evento de la muerte, la mente está frecuentemente sintonizada a un alto nivel de actividad, de tal manera que piensa más en el curso de cinco minutos de lo que tal vez pudo haberlo hecho en otros tiempos en el transcurso de muchos años. Algunas personas que han sido rescatadas cuando se ahogaban, dijeron que se imaginaron haber estado semanas en el agua, pues los pensamientos, las muchas perspectivas y visiones, la retrospección larga y detallada, les pareció haber requerido de semanas, y, sin embargo, todo el incidente aconteció en unos cuantos segundos. Frecuentemente, hacia el final, el alma viaja a una velocidad asombrosa, abarcando su vida pasada como si se transportara sobre un rayo.

¡Ah, entonces, cuán bendito es aquel hombre que, ponderando su pasado, ve muchas cosas que su conciencia puede aprobar! ¡Y cuán maldito ha de ser el lecho de muerte de aquel hombre que tiene que mirar en retrospectiva a una juventud perdida en la insensatez, a una edad adulta de pecado y a una ancianidad de iniquidad! ¿Qué pasará, mi querido oyente, si, en el momento de tu muerte, regresan a tu memoria aquellas personas que condujiste al pecado, que sedujiste al vicio o que instruiste en el libertinaje? Una torva asamblea ha de congregarse en torno a los lechos de algunos hombres cuando la culpa, como un sombrío camarero, los hace pasar, uno a uno, y anuncia sus nombres con espeluznante claridad, y cuentan sus actos y sus tratos con el desdichado que tiembla al borde de la muerte, acusado por tantos, pero incapaz de responder ni siquiera a uno de mil. Yo me imagino a un tal hombre viajando por los yermos del remordimiento, acosado por los lobos de sus pecados pasados, apresurándose con desesperación hacia una destrucción que es todavía peor que su presente aflicción, siendo totalmente incapaz de tolerar los terribles aullidos de sus viejos pecados, y mucho menos de soportar sus agudísimos colmillos cuando lo despedazan sin que haya nadie que lo libre.

Pero el recto sabe que aunque sus pecados eran como la grana, fueron emblanquecidos como lana por medio de la sangre preciosa de Cristo; y, además, por el poder del Espíritu Santo, su vida ha sido protegida de los vicios del mundo, y él mismo ha sido capacitado para servir a su Señor. Esto seguramente ha de ayudar a ablandar su almohada mortuoria. Recuerda aquellos días santos de sagrada adoración, aquellas reuniones en torno al altar familiar, a ese hijo al que enseñó a orar, a aquel joven recuperado de la insensatez y conducido en las sendas de la rectitud. Sobre todo, recuerda las visitas amorosas que el Señor Jesús ha realizado a su alma favorecida. Y así, perfectamente en paz, perdonando a todos los hombres sus ofensas así como él desea ser perdonado, y consciente de que su Padre lo ha perdonado, puede dormir sobre su lecho de muerte, tan sosegadamente, como si fuera la noche más apacible de su vida. “Muera yo” –en ese sentido- “la muerte de los rectos”.

Además, cuando muere, el hombre recto no pierde todo lo que es suyo. Para cualquier otro hombre, el sonido de “la tierra a la tierra, el polvo al polvo, y las cenizas a las cenizas”, representa el fin de la presente riqueza aparente y el comienzo de la carencia eterna y real. Pero el cristiano no es llevado a la quiebra por el sepulcro: la muerte para él es ganancia. “Vayan” –dijo el moribundo héroe sarraceno, Saladino- “tomen esta mortaja, y tan pronto como yo expire, pórtenla en una lanza a través de todas las calles, y que, al tiempo de sostener en alto la enseña de la muerte, el heraldo exclame: ‘Esto es todo lo que queda de Saladino, el conquistador del Oriente’”. No habría necesitado decir eso si hubiera sido un cristiano, pues la ruda mano de la muerte no le arrebata la herencia al creyente, sino más bien se la entrega. El mundo venidero y todas sus infinitas riquezas y bendiciones son nuestros al momento de nuestra partida. Sobre la tumba de Ciro ha sido escrito: “Forastero, aquí yace Ciro, que dio el Imperio a los persas; no le escatimes la poca tierra que lo cubre”.

Pero el cristiano no yace allí bajo el mausoleo; no está aquí, pues ha resucitado. Ha dejado sus pobres ropas raídas aquí para que sean lavadas, y limpiadas y purificadas y, pronto, cuando estén más blancas de lo que podría blanquearlas el lavador, vendrá y tomará sus ropas de nuevo; pero, mientras tanto, el cristiano no está enterrado aquí, ni esta tumba es su única posesión; su tesoro está en el cielo, y él se ha ido allá donde está atesorada su riqueza. ¿Quién no desearía morir una muerte que fuera una ganancia para él? ¿No están conscientes de que la muerte sería una horrible pérdida para algunos de ustedes? Cerraría para siempre todos los conductos de su júbilo presente y todas las fuentes de su presente gozo. ¡Ay de ustedes, pues el día del Señor será para ustedes tinieblas y no luz!

Sería bueno que “Muera yo la muerte de los rectos” fuera nuestro deseo, porque mueren con una buena esperanza. Atisbando en la eternidad, con ojos maravillosamente fortalecidos, el creyente contempla frecuentemente, incluso estando todavía aquí abajo, algo de la gloria que ha de ser revelada en él. ¿No han oído nunca las canciones de las mujeres moribundas, y no han visto que sus rostros resplandecían porque podían oír a los ángeles y casi ver la gloria invisible? ¿Nunca han visto sus ojos relucientes y no han oído sus memorables palabras, tan ricas, tan originales, tan extrañas y tan húmedas del rocío del cielo, que no habrían podido ser tomadas prestadas? He oído a personas ignorantes e iletradas, en sus momentos de agonía, decir palabras que eran dignas de la poesía más refinada. ¿Nunca han visto al hombre de cabellos canos, quien, por su debilidad, había llegado a hablar como un niño, pero que súbitamente se ha vestido con un dignidad patriarcal, y, extendiendo su mano huesuda, ha exclamado: “Sí, aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento”? Es dulce morir con la feliz tierra de Canaán a la vista y fundirse en la eterna bienaventuranza, así como el crepúsculo matutino se disuelve en el día que despunta. Ha de ser algo terrible morir creyendo en la aniquilación o esperando una condenación todavía peor.

Mi querido oyente, ¿será esa tu muerte? ¿Oirás el clamor de advertencia del ángel: “El primer ay pasó; he aquí, vienen aún dos ayes después de esto”? La muerte ha pasado, pero el juicio y el abismo han de venir todavía. Dios no quiera que tales horrores congelen la corriente jovial de mi alma, antes bien, que la bienaventuranza eterna sea mi panorama desde la cumbre de mi agonizante Pisga. ¡Muera yo como el cristiano cuyos ojos refulgen con visiones de luz, y cuyo corazón arde con la confianza de ver a su Redentor y de ser hecho a semejanza de Él y de morar con Él por todos los siglos!

Además, amados, el creyente muere en los brazos de un amigo. No me refiero a los brazos de un amigo mortal, pues a algunos cristianos les ha tocado ser quemados en la hoguera, y otros se han podrido hasta la muerte en los calabozos; pero, con todo, voy a repetirlo: todo creyente muere en los brazos de un amigo; el mejor de los amigos, el amigo que se aferra más íntimamente que un hermano. La comunión con el Hijo de Dios es preciosa, y nunca lo es más que cuando se la goza al borde del cielo.

“Jesús puede hacer que el lecho de un moribundo, Se sienta suave como almohadas de plumas, Entonces apoyo mi cabeza en Su pecho, Y exhalo mi vida dulcemente allí”.

Jesús es un amigo que es amigable de una manera sumamente práctica, pues el hombre recto, de la manera más tranquila y convencida, deja a su esposa y a sus hijos en las manos de Dios y cita la promesa: “Deja tus huérfanos, yo los criaré; y en mí confiarán tus viudas”. Él viviría gustosamente para consolar a la pareja de su pecho un poco más, y ver crecer a los hijos de su mutuo amor hasta la madurez, pero puesto que tiene que irse, cuán a menudo Dios le capacita para olvidar todo cuidado y para depositarlo tan completamente en las manos de Cristo, que canta: “¡Todo está bien!” Algunas veces he escuchado de algunos santos agonizantes frases como ésta: “Mi negocio está bien arreglado, no quiero oír nunca más de las acciones, de la finca, o de la tienda, o de la familia; todo lo he arrumbado; Dios proveerá por aquellos que dejo atrás, y ahora no tengo nada más que hacer sino sólo oír los emplazamientos: ‘Ven aquí a lo alto’, y luego entrar en la casa de mi Padre”.

Mis queridos oyentes, no les estoy presentando un cuadro exagerado; no les estoy contando asombrosas historias de notables partidas, sino les estoy comentando la manera común de morir de los rectos, y confío que su conciencia quede convencida de que eso es lo que naturalmente esperan sentir los rectos cuando regresan a su Dios.

El cristiano muere en paz y a menudo en triunfo. De acuerdo al estado de su cuerpo, o a la enfermedad por la cual partirá, sus sentimientos habrán de variar entre la paz y el triunfo. Algunas veces la escena de la muerte es apacible como una noche de verano, y el cristiano atraviesa el Jordán casi a pie enjuto; o si hubiere una tormenta, y el Jordán desbordara sus bancos, el creyente, apoyado en el brazo eterno, pisa el fondo del río y lo encuentra bueno. Algunas veces, sin embargo, le ha agradado a Dios dar a Su pueblo la gracia para que se remonte al cielo en un carro de gozo ardiente, de tal manera que su lecho de muerte ha sido un trono y su aposento un palacio de gloria.

Estos ejemplos no son excepcionales; son probablemente la regla; pero en todos los casos hay una corriente fuerte y profunda de una paz preciosa y pura que se desliza a lo largo del valle de sombra de muerte y alegra al seguidor del Cordero: “Muera yo la muerte de los rectos”, pues tal muerte es el amanecer de la bienaventuranza, el anticipo de la gloria inmortal.

Por último, cuando muere el buen hombre, muere con honor. ¿A quién le importa la muerte del malvado? Unos pocos amigos enlutados se lamentan por un tiempo breve, pero, después de uno o dos días, sienten que es casi un alivio que tal persona se hubiese marchado. En cuanto a la muerte del recto, hay llanto y lamentación por él. Igual que Esteban, hombres devotos lo llevan al sepulcro y hacen una gran lamentación por él.

¿Ven el funeral de la maleza? Es juntada apresuradamente en manojos que son arrojados sobre el muro del huerto y quemados inmediatamente sin que nadie lo lamente; no fue una bendición mientras vivía, y no es una lamentación al morir. ¿Vieron ustedes alguna vez el funeral del trigo, si pudiera llamarlo así? Aquí vienen las doradas gavillas. La carreta está pesada con la preciosa carga; arriba va alguien dando la nota alegre, y en torno, los segadores y las doncellas de la aldea danzan y gritan de júbilo al traer a casa los montones de dorada mies que van al granero. Sea yo reunido en casa con el triunfante funeral del trigo que el hombre valora, que es acopiado por los ángeles, que es almacenado con cánticos de los espíritus santos, y que no es desechado como una cosa reprobada e indigna, como la maleza, de la que se alegran los hombres de ser liberados. ¡Que cuando partamos, a ustedes y a mí nos corresponda ser recordados por aquellos a quienes socorrimos en su necesidad, a quienes instruimos en su ignorancia y a quienes consolamos en su congoja! Que no partamos de este mundo siendo sacudidos de él, como fue sacudida la víbora de la mano de Pablo, sino que nuestras cenizas sean recogidas como polvo sagrado, precioso a los ojos del Señor. Muera yo, en ese sentido y en todos los demás, “la muerte de los rectos”.

No necesito demorarme mucho tiempo sobre este punto. Cualquiera de estas sugerencias podría bastar para provocar, incluso en un individuo como Balaam, un deseo de “morir la muerte de los rectos”. Seguramente despertará en ustedes los mismos anhelos.

II.   Balaam habló DE LA POSTRIMERÍA del hombre piadoso.

Yo no sé si este malvado profeta, el varón cuyos ojos fueron abiertos una vez, supiera algo acerca de esta postrimería, según la voy a interpretar; pero ustedes y yo sí sabemos, y, por tanto, usemos sus palabras, aunque no sus pensamientos. Nosotros no creemos que la muerte sea el fin último de los seres humanos. Aquellos que sí lo creen son bienvenidos a creerlo. Nosotros ciertamente no desearíamos privarlos de su convicción. Cuando un perro tiene su hueso, que lo conserve; nosotros no envidiamos que lo disfrute. Si los impíos se deleitan con el pensamiento de morir como bestias, tal vez ellos conozcan mejor su propio valor, y sepan qué es lo que sería mejor para la sociedad si eso les sucediera a ellos; así que, habiendo hecho su elección, que la mantengan si así lo quieren. En cuanto a nosotros, creemos que somos inmortales, que Dios nos ha dotado de una naturaleza espiritual que sobrevivirá al sol, que sobrepasará en duración a las estrellas, y que será coetánea con la eternidad. Dios ha ordenado que la vida de las almas sea como los años de la diestra de Dios y como los días del Altísimo. Ahora, muy bien puedo creer que la mayoría de nosotros desea que nuestra posición después de la muerte sea como la de los rectos.

La primera consideración en la muerte es que el espíritu es inmaterial. A qué se asemeja un espíritu sin un cuerpo, ni ustedes ni yo lo podríamos adivinar; no es, por supuesto, algo que pudiera ser visto, u oído, o tocado o manejado; está sustancialmente fuera de la esfera de lo material y bastante más allá del alcance de los sentidos. Sin embargo, ustedes y yo estamos conscientes de que hay un algo inmaterial en nuestro interior que es infinitamente más precioso que estas pobres manos nuestras, y que estos pies y que estos ojos de barro. Este algo inmaterial abandonará el cuerpo, que quedará desnudo. Eso no es algo deseable, pues incluso Pablo dice: “No quisiéramos ser desnudados”. Pablo no deseaba ese estado inmaterial como tal, y nosotros no deberíamos desearlo tampoco. Esos santos incorpóreos que están ahora en el cielo son felices, perfectamente felices en cuanto a sus almas, pero, en cuanto a su condición humana, todavía no han sido hechos perfectos. Ellos sin nosotros –dice el apóstol- no pueden ser hechos perfectos; hasta que todos nosotros seamos reunidos y venga el día de la resurrección, estarán sin sus cuerpos y son, por decirlo así, sólo hombres a medias; todos los poderes que tienen están llenos de felicidad, pero están esperando la adopción, es a saber, la redención del cuerpo, que tendrá lugar en la segunda venida del Señor Jesucristo. Pero ¿qué hay de deseable en el estado del cristiano cuando su espíritu es inmaterial? Yo desearía ser como un cristiano en el estado inmaterial, porque no estará enteramente en un mundo nuevo y extraño. Algunos de ustedes no han ejercitado nunca sus espíritus en cuanto al mundo del espíritu. Han hablado con miles de personas con cuerpos pero no han hablado nunca con seres espirituales. Para ustedes la esfera del espíritu es completamente desconocida; pero permítanme decirles que los cristianos tienen el hábito cotidiano de tener comunión con el mundo del espíritu, con lo cual quiero decir que sus almas conversan con Dios; sus espíritus son influenciados por el Espíritu Santo; tienen comunión con ángeles, que son espíritus ministradores enviados para ministrar a quienes son herederos de la salvación. Ahora, cuando algunos de ustedes entren en el mundo del espíritu, dirán: “Nunca antes estuve aquí; esta es una tierra extraña para mí”. Puedo concebir que busquen a algún compañero. “¿Hay alguien aquí con quien haya tenido tratos?” Y se oirá una voz que dice: “Sí, a menudo he hablado contigo, y tú conmigo”. “¿Quién es?” Es Satanás o algún espíritu maligno, los únicos de entre todos los espíritus con quienes han tenido alguna vez alguna comunión; él será el único amigo que los reciba, ¡y qué amigo! ¡Su sombrío amigo, su compañero pecador, y su compañero de prisión para siempre! Pero un cristiano en el estado incorpóreo, si pudiera imaginármelo, clamaría: “¿Dónde están mis amigos? He estado aquí antes. ¿Dónde están aquellos con quienes tuve antes compañerismo?” Y vendrá una respuesta de los ángeles ministradores. Sobre todo allí estará el bendito Espíritu de Dios. Allí estará Dios mismo y el Espíritu del Cristo eterno. Todos ellos constituirán una dulce compañía para el creyente. Después de que el alma abandona el cuerpo, nosotros creemos que se presenta de inmediato delante de Dios, y recibe por anticipado la que será su sentencia final. Para el alma recta no hay sueño en la tumba, no hay demoras en el purgatorio antes de entrar en el cielo. “Hoy estarás conmigo en el paraíso”, es la porción de todos los que confían en Jesús.

Ahora, piensa, querido oyente, que tu espíritu incorpóreo tendrá que comparecer delante de los ígneos ojos de Dios; entonces, ¿cuál es tu relación con Dios esta mañana? Vamos, algunos de ustedes no piensan nunca en Él; algunos de ustedes, -casi me sonrojo al decirlo- lo han maldecido en Su cara e incluso le han pedido que los condene. ¡Ah, Él lo hará, a menos que se arrepientan! Pero cuán deleitable ha de ser para un hombre decir: “Subo a Dios. Él es mi Padre. Para mí esto es tan natural como sería para un niño ir de la escuela a su casa. Yo voy a mi Dios, con quien estoy reconciliado por la sangre preciosa de Jesús. He conocido a mi Dios. Él no es un extraño para mí. Lo vi en Cristo y confié en Él, y a lo largo de toda mi vida aprendí a verlo en las obras de la naturaleza. Podía decir acerca de los montes y de los valles: ‘Mi Padre los hizo a todos ellos’. Nunca era tan feliz como cuando los pensamientos de Dios inundaban mi espíritu. Mi espíritu ha morado con Dios cuando estaba en el cuerpo; por tanto, no tiene miedo de remontarse a Dios ahora que ha dejado el cuerpo tras de sí”. Ciertamente, ante la perspectiva de un juicio así, cada hombre puede decir: “Mi postrimería sea como la suya”.

Después que el juicio es pronunciado, el espíritu incorpóreo habita en el cielo. Algunos de ustedes no podrían ser felices si se les permitiera entrar a ese cielo. Si pudieran ser admitidos a través de esas puertas de perla que excluyen para siempre la contaminación, el pecado y la vergüenza, no podrían ser felices allí. ¿Les digo por qué? Es una tierra del espíritu, y ustedes han descuidado su espíritu; algunos de ustedes niegan incluso que tengan un espíritu y no me sorprende que lo digan porque no creo que lo hayan ejercitado alguna vez; pero dejen que entre en el mundo del espíritu un hombre que se ha deleitado en tener comunión con el Espíritu Santo, ¡y se encontrará en su elemento! Además, el mundo venidero es un mundo santo. Los compromisos de los espíritus incorpóreos son todos puros y hermosos. ¿Qué haría el hombre que amó la borrachera, que se complació en hábitos inmundos? Estaría fuera de su elemento. Si pudiera estar en el cielo, como Whitefield solía decir, le pediría a Dios que lo dejara salir, y correría al infierno en busca de abrigo, pues el cielo sería un terrible lugar para un impío.

Se cuenta la historia de un sueño (no lo cuento por el sueño mismo, sino por su moraleja) de una joven mujer que imaginó que estaba en el cielo, siendo inconversa, y pensó que vio sobre el pavimento de oro transparente a multitudes de espíritus danzando al son de la música más dulce. Ella se quedó quieta, infeliz, inmóvil, callada, y cuando el Rey le preguntó: “¿Por qué no participas del gozo?”, ella le respondió: “No puedo unirme a la danza pues no conozco el compás ni puedo unirme al canto, pues no conozco la melodía”; entonces Él dijo con una voz de trueno: “¿Qué haces aquí?” Y se pensó expulsada para siempre.

¡Ah, querido oyente!, el cielo es un lugar preparado para gente preparada. Si no aprendes el lenguaje del cielo en la tierra, no puedes aprenderlo en el mundo venidero. Si no eres santo, no puedes estar con los santos. Qué desgracia sería para ti estar por siempre con quienes están alabando y sirviendo a Dios, si no conoces nada de Su amor. Si nunca lo has alabado en la tierra, no lo harías fácilmente allá. Serías un forastero en una tierra extraña. ¡Ah, no se preocupen, esa no será nunca su porción! “El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios”, y mucho menos puede entrar allá jamás.

Después de un tiempo, nuestros cuerpos resucitarán; el alma entrará de nuevo en el cuerpo, pues Cristo no sólo ha comprado las almas de Su pueblo, sino sus cuerpos también. Piensen en aquel tremendo día cuando se oiga la trompeta, estridente como un clarín, resonando a lo largo de la tierra y del cielo y del infierno: “¡Despierten, ustedes que están muertos! ¡Despierten, ustedes que están muertos, y preséntense al juicio! ¡Preséntense al juicio, vengan!” Entonces se levantarán los cuerpos de los malvados. Yo no sé en qué formas de horror resucitarán, ni cómo comparecerán ni qué formas de espanto adoptarán. Qué horrores retorcerán sus sienes, no podría decirlo; pero esto sí sé: que cuando los rectos resuciten, serán gloriosos como el Señor Jesús; ellos tendrán toda la hermosura que el cielo mismo puede darles. Su cuerpo aquí no es sino un grano seco sembrado en la tierra; su próximo cuerpo será mucho más glorioso que ese, así como la flor más dulce de la primavera es más hermosa que el grano seco que fue arrojado en la tierra. Será un cuerpo glorioso, resucitado en honor, resucitado en poder, resucitado para no morir más. ¡Oh, hora gloriosa! “Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo; y después de deshecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios; al cual veré por mí mismo, y mis ojos lo verán, y no otro”. ¿No quisieran ustedes resucitar en la imagen de Cristo, como lo harán los rectos? Recuerden que han de resucitar de la tumba de manera muy semejante a lo que son cuando sean depositados en ella. Pienso que veo ante mí un modelo perfecto de una ciudad, conteniendo todo lo que ha de ser construido. Aquí veo un templo de alabastro, y allí un muladar. Al arquitecto se le pide reproducir en la escala más amplia, en el mármol más puro, esa ciudad según está modelada ante él. Tengan la seguridad de que reproducirá al templo como un templo, sólo que mucho más espléndido, y al muladar como un muladar, sólo que diez mil veces más repugnante. Ahora, ¿qué serían ustedes en ese modelo? Pues esta vida es un modelo de la vida venidera, y está escrito: “El que es inmundo, sea inmundo todavía,… y el que es santo, santifíquese todavía”.

¡Ah, mi querido oyente!, harías bien en desear ser santo aquí, para que seas santo allá; ser puro aquí, para que seas puro allá; ser semejante a Dios en la tierra, para que seas semejante a Dios en el cielo. “Mi postrimería sea como la suya”. Déjenme agitar la palma de la victoria; déjenme llevar la corona del triunfo; déjenme ceñirme con el hermoso lino limpio de la perfección inmaculada; déjenme arrojar mi corona ante los pies de Jehová; déjenme entonar el cántico perdurable; déjenme unirme a ese coro eterno: “¡Aleluya, Aleluya, el Señor nuestro Dios Todopoderoso reina! ¡Oh, cómo voy a cantar! ¡Cuán dulcemente armonizará mi voz con las notas de gratitud! ¡Cómo danzará con éxtasis mi corazón ante ese trono! “Muera yo la muerte de los rectos, y mi postrimería sea como la suya”.

III.   Como ésta es la última ocasión de mi predicación en este gran salón, me aventuraré a abusar un poco más de su tiempo, y en el tercer encabezado voy a solicitarles muy encarecidamente su solemne atención durante unos cuantos minutos más. Tenemos que DARLE UNA APLICACIÓN PRÁCTICA A TODO ESTO. 

Contemplen la vanidad de los meros deseos. Balaam deseaba morir la muerte de los rectos, y, sin embargo, fue muerto en una batalla peleando contra esos rectos a quienes envidiaba. Hay un viejo proverbio que reza: “Los que viven en un mundo de ilusión son malos mayordomos”; y otro que declara: “La ilusión nunca llena el saco”. Yo les recomiendo ahora la médula de esos proverbios. El simple deseo de morir la muerte de los rectos, aunque pudiera ser natural, es sumamente improductivo. Yo les suplico que no se detengan allí. ¿No han oído nunca la vieja historia clásica de aquellos antiguos galos que, habiendo bebido una vez los dulces vinos de Italia, conforme chasqueaban sus labios, se decían constantemente el uno al otro: “¿Dónde está Italia?” Y cuando sus líderes les señalaron a los gigantescos Alpes coronados de nieve, preguntaron: “¿No podríamos cruzar?” Cada vez que probaban el vino surgía la misma pregunta: “¿Dónde está Italia?”, y también, “¿no podremos ir allá?” Esa era una pregunta muy sensata. Entonces se vistieron sus arreos de guerra, y marcharon a la antigua Roma a pelear por los vinos de Italia.

Entonces, hermano mío, cada vez que oigas acerca del cielo me gustaría que, con ardor gótico, preguntaras: “¿Dónde está?, yo iría gustosamente”. Y yo sería feliz si los hombres se pusieran los arreos del cristiano, y dijeran: “A  través de inundaciones y de llamas, por una conquista así y para beber de tales vinos purificados, gustosamente iríamos a la batalla para poder ganar la victoria”. ¡Oh, la insensatez de aquellos que, sabiendo y deseando esto, gastan su energía en balde!

El emperador romano proveyó de pertrechos a una gran expedición y la envió a conquistar Bretaña. Los valientes legionarios saltaron a la costa, y cada hombre reunió un puñado de conchas, y regresó a su barca de nuevo, y eso fue todo. Algunos de ustedes son así de necios. Están equipados por Dios para grandes esfuerzos y excelsas empresas, pero están recogiendo conchas: su oro y su plata, sus casas y sus tierras –esas cosas sólo son conchas vacías- y dejan escapar el cielo y la vida perdurable. Como Nerón, ustedes envían a Alejandría por arena para sus diversiones, y no envían por el grano para sus almas muertas de hambre. Oh insensatos y tardos de corazón, ¿cuándo Dios, que les dio almas, dará a esas almas la sabiduría para que busquen el verdadero tesoro, la perla real, las riquezas celestiales?

“Bien” –clama alguien- “¿cómo se ha de alcanzar el cielo?” Se ha de alcanzar únicamente por una búsqueda personal del mismo. He leído de alguien que, cuando se estaba ahogando, vio el arcoíris en los cielos. Imagínenlo al momento en que se hunde: mira hacia arriba, y allí, si viera el arco multicolor, podría pensar para sí: “Allí está la señal del pacto de Dios de que el mundo no será inundado nunca más, y, sin embargo, heme aquí ahogándome en este río”. Lo mismo sucede con ustedes. Allí esta el arco de la promesa de Dios sobre ustedes: “De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”, y, sin embargo, debido a que ustedes no creen en Él, se ahogarán en sus pecados: “Entonces, gustosamente me alistaría” –dice alguien- “en el ejército de Cristo, y lucharía por el cielo”. Vamos, entonces, yo soy el oficial de reclutamiento de Cristo el día de hoy. “¿Qué he de dar?”, pregunta alguien. ¡Dar! No tienes que dar nada. “Pero yo tengo muchas buenas obras”. Esas no han de ser pagadas como el precio por el cielo. “Tengo mis oraciones, y mis lágrimas de arrepentimiento”. Esas cosas no sirven de nada meritoriamente. Si quieres ser un cristiano, tienes que venir a Cristo con las manos vacías. Ustedes saben cómo el sargento de reclutamiento hace a un soldado: no lo hace pidiéndole al hombre que le dé algo, sino haciendo que ‘tome el centavo de la reina’. Tomen a Cristo –ese es el dinero del reclutamiento de Dios- y quedan reclutados. No traigan absolutamente nada, sino tomen libremente el agua de vida. Si confían en el Señor Jesús, y lo reciben para que sea su salvación, entonces han sido alistados como soldados de Jesús. ¡Oh, que recibieran la gracia para hacer eso! Pero recuerden que todos los soldados tienen que combatir. Una de las primeras cosas que tendrán que hacer, si se convierten en cristianos, es llevar una cruz. ‘¡Ah!, no me gusta eso’. “Su yugo es fácil, y ligera su carga”; tómala sobre ti; y, sin embargo, para hombros carnales, la cruz es muy mortificante, y nada excepto la gracia puede aligerarla. Tendrás que renunciar a tus pecados; tendrás que renunciar a tus vacuos placeres; a partir de este momento tendrás que dar testimonio de Cristo ante esta torcida y perversa generación. No pienses ser un soldado de Cristo y, sin embargo, no usar Su librea. No, tienes que ponerte Su uniforme del regimiento; tienes que llevar Su divisa: Su divisa es la cruz; tienes que tomar Su escudo, el escudo de la fe, y Su espada, que es la espada del Espíritu, la palabra de Dios, y descansando únicamente en Él, dependiendo únicamente de Su mérito, obtendrás ciertamente la victoria.

Hermanos míos, qué bendición será si ustedes y yo llegamos alguna vez a la tierra del triunfo. Ustedes recuerdan el cuadro de Bunyan. Dice que vio un magnífico palacio y al mirar a lo alto, pudo oír a unos espíritus dichosos que cantaban en la parte superior. Caminaban vestidos de blanco, vestidos con ropas regias; y al oírlos cantar, anhelaba estar con ellos. Ascendiendo a la puerta, notó que estaba resguardada por hombres armados, por un gran ejército, con picos, y alabardas y espadas que detenían a todos los que deseaban entrar. A poco vio a un hombre de rostro resuelto, cubierto con una armadura, que subió hasta donde estaba un individuo sentado junto a una mesa con un tintero de escribano, y le oyó decir: “señor, registre mi nombre”; tan pronto como el nombre fue registrado, el hombre desenvainó su espada y comenzó a acometer y a abrirse camino a sablazos a través del núcleo de sus enemigos. Después de estar cubierto de sudor y sangre, y de muchas heridas, a la larga forzó una entrada, y Bunyan dice: “los oí cantar dulcemente en la parte de arriba: ‘¡Entra! ¡Entra! Eternal gloria ganarás’”.

Esta mañana yo soy el hombre con el tintero de escribano. ¿Hay alguien aquí que quiera decir: “señor, registre mi nombre”? Yo confío que así sea. Yo confío que el Espíritu Santo ganará sus corazones para Jesús y que descansarán únicamente en Él; pero en el instante en que su nombre esté escrito, recuerden entonces que la batalla comienza; entonces, con su espada desenvainada, tienen que comenzar a contender con sus pecados asediantes; tienen que acabar con sus antiguos caminos, y combatir contra ellos. Tienen que dar tajos como nunca lo hizo soldado alguno, pues tendrán que herirse a ustedes mismos: tendrán que renunciar a sus propios brazos y a sus ojos, y sus propios pecados son los que tendrán que ser exterminados. Pero, ¡oh, la victoria enmendará todo eso!

Hace sólo unos escasos días que en este piso unos hombres compitieron por el campeonato de lucha libre –un deporte peligroso en el que a pocos de nosotros nos gustaría participar- pero no dudo que a quienes consiguieron la victoria, les pareció una amplia compensación. Ciertamente para los antiguos legionarios de Roma, desfilar a lo largo de las calles, y que todo el pueblo se subiera a los propios sombreretes de las chimeneas para verlos cabalgar por las calles de Roma, era una suficiente recompensa para todas sus privaciones; pero los triunfos del cielo, los clamores de los ángeles, los cantos de los redimidos, los aleluyas, la bienaventuranza perdurable, la gloria sin fin, ¡oh!, todo eso será una abundante recompensa para los humildes seguidores del Cordero. Tengan buen ánimo, hermanos míos. ¡Sigan al Capitán de su salvación! ¡Avancen a la batalla, a la victoria y a la corona! Y que el Señor los bendiga, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.