“Y Moisés hizo una serpiente de bronce, y la puso sobre una asta; y cuando alguna serpiente mordía a alguno, miraba a la serpiente de bronce, y vivía.”

Números 21: 9.

Este discurso, cuando vea la imprenta, se convertirá en el número mil quinientos de mis sermones publicados con regularidad, semana tras semana. Esto es, en verdad, un hecho notable. No sé de ningún otro caso, en los tiempos modernos, en el que mil quinientos sermones de una persona hayan salido uno tras otro de la imprenta, y hayan continuado atrayendo a un gran círculo de lectores.

Deseo expresar de todo corazón mi agradecimiento a Dios por la ayuda divina para concebir y predicar estos sermones que no han sido meramente impresos, sino que han sido leídos con avidez, y traducidos también a lenguas extranjeras; sermones que son leídos públicamente, en este mismo domingo, en cientos de lugares en los que no se dispone de un ministro; sermones que Dios ha bendecido para conversión de multitudes de almas. Puedo y debo alegrarme y regocijarme por esta gran bendición que atribuyo de todo corazón al favor inmerecido del Señor.

Pensé que la mejor manera en la que podía expresar mi agradecimiento, sería predicar otra vez a Jesucristo, y presentarlo en un sermón en el que el simple Evangelio sea expuesto tan claro como el alfabeto de un niño. Yo espero que al completar la lista de mil quinientos discursos, el Señor me dará una palabra que será más bendecida que cualquiera otra que la hubiere precedido, para la conversión de aquellos que la oigan o la lean. Que los que están sumidos en tinieblas porque no entienden la gratuidad de la salvación y el fácil método por el cual puede ser obtenida, sean llevados a la luz por el descubrimiento del camino de la paz a través de la fe en Cristo Jesús. Perdonen este preludio; mi agradecimiento no me permitiría que me abstuviera de expresarlo.

Vamos ahora a nuestro texto y a la serpiente de bronce. Si buscan en el Evangelio de Juan, notarán que su inicio contiene una especie de lista ordenada de tipos tomados de la Santa Escritura. Comienza con la creación. Dios dijo: “Sea la luz”, y Juan comienza declarando que Jesús, la Palabra eterna, es “aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, y que venía a este mundo”. Antes de concluir su primer capítulo, Juan ha introducido un tipo suministrado por Abel, pues cuando el Bautista vio que Jesús se acercaba a él, dijo: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.” Y no se ha terminado el primer capítulo antes de que se nos recuerde la escalera de Jacob, pues descubrimos que nuestro Señor le declara a Natanael: “De aquí adelante veréis el cielo abierto, y a los ángeles de Dios que suben y descienden sobre el Hijo del Hombre.” Cuando llegamos al tercer capítulo, ya hemos avanzado tan lejos como lo hizo Israel en el desierto, y leemos las jubilosas palabras, “Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.”

Vamos a hablar de este acto de Moisés esta mañana, para que todos nosotros podamos contemplar a la serpiente de bronce y comprobar que la promesa es verdadera, “Cualquiera que fuere mordido y mirare a ella, vivirá.” Pudiera ser que ustedes, que la han mirado antes, obtengan un beneficio renovado al mirarla otra vez, mientras que algunos que no han vuelto nunca sus ojos en esa dirección, pudieran mirar fijamente al Salvador levantado, y pudieran ser salvados del veneno abrasador de la serpiente en esta mañana, de ese veneno mortal del pecado que acecha ahora en su naturaleza, y engendra muerte en sus almas. Que el Espíritu Santo haga que esta palabra sea eficaz para ese misericordioso fin.

I. He de invitarles a considerar el tema, primero, viendo a LA PERSONA EN PELIGRO MORTAL, para la cual la serpiente de bronce fue hecha y alzada. Nuestro texto dice: “Y cuando alguna serpiente mordía a alguno, miraba a la serpiente de bronce, y vivía.”

Notemos que las serpientes ardientes llegaron en medio del pueblo, antes que nada, porque ese pueblo había despreciado el camino de Dios y el pan de Dios. “Y se desanimó el pueblo por el camino.” Era el camino de Dios, Él lo había escogido para ellos, y lo había elegido en sabiduría y misericordia, pero ellos murmuraron contra el camino. Como afirma un viejo teólogo: “era solitario y prolongado”, pero, aun así, era el camino de Dios, y, por tanto, no tenía que ser aborrecible: Su columna de fuego y de nube iba delante de ellos, y Sus siervos, Moisés y Aarón, los conducían como un rebaño, y debieron haberles seguido alegremente. Cada paso de su recorrido previo había sido ordenado rectamente, y debieron haber estado sumamente seguros de que ese rodeo de la tierra de Edom, fue también ordenado rectamente.

Pero, no; ellos altercaron con el camino de Dios, y querían que fuera a su manera. Esta es una de las permanentes necedades de los hombres; no pueden contentarse con esperar en el Señor y guardar Su camino, sino que prefieren una voluntad y un camino propios.

El pueblo también altercó con la comida de Dios. Él les suministró lo mejor de lo mejor, pues “pan de nobles comió el hombre”; pero ellos se refirieron al maná con un título oprobioso, que en el hebreo contiene un matiz de ridículo, y aun en nuestra traducción, transmite la idea de desprecio. Decían: “Nuestra alma tiene fastidio de este pan tan liviano”, como si lo consideraran insustancial y útil sólo para inflarlos, porque era de fácil digestión, y no producía en ellos ese calor de la sangre y la tendencia a las enfermedades que una dieta más pesada habría producido.

Estando descontentos con su Dios, ellos altercaron con el pan que puso sobre su mesa, aunque sobrepasaba a cualquiera que el mortal hubiere comido jamás antes o después. Esta es otra de las necedades del hombre; su corazón rehúsa alimentarse de la palabra de Dios o creer en la verdad de Dios. El hombre apetece el alimento de carne de la razón carnal, los puerros y los ajos de la tradición supersticiosa, y los pepinos de la especulación; no puede tolerar que su mente se rebaje a creer en la Palabra de Dios, o a aceptar una verdad tan simple, tan adecuada a la capacidad de un niño.

Muchas personas demandan algo más hondo que lo divino, más profundo que lo infinito, más liberal que la gracia inmerecida. Altercan con el camino de Dios, y con el pan de Dios, y por eso se presentan entre ellos las serpientes ardientes de la concupiscencia maligna, de la soberbia y del pecado.

Yo me podría estar dirigiendo a algunas personas que hasta este momento han altercado con los preceptos y con las doctrinas del Señor, y quisiera advertirles afectuosamente que su desobediencia y su presunción conducirán al pecado y al abatimiento. Los rebeldes contra Dios son propensos a volverse peores y peores. Las modas del mundo y las corrientes del pensamiento alientan los vicios y los crímenes del mundo. Si anhelamos los frutos de Egipto, pronto nos enfrentaremos a las serpientes de Egipto. La consecuencia natural de volverse en contra de Dios, como serpientes, es encontrar serpientes que acechan nuestro paso. Si abandonamos al Señor en espíritu, o en doctrina, la tentación pondrá una emboscada en nuestro camino y el pecado morderá nuestros pies.

Les pido que observen cuidadosamente que aquellas personas para quienes la serpiente de bronce fue alzada especialmente, habían sido ya mordidas por las serpientes. El Señor envió entre aquellas personas serpientes ardientes, pero no fue que las serpientes estuvieran entre ellas lo que involucró el izamiento de una serpiente de bronce, sino que fue que las serpientes en realidad las mordieran, lo que condujo a la provisión de un remedio. “Y cualquiera que fuere mordido y mirare a ella, vivirá.” Las únicas personas que efectivamente miraban y obtenían un beneficio de la portentosa curación levantada en medio del campamento, eran aquellas que habían sido ya mordidas por las víboras.

La noción común es que la salvación es para la gente buena, que la salvación es para quienes luchan contra la tentación, que la salvación es para los que están espiritualmente sanos: pero cuán diferente es la palabra de Dios. La medicina de Dios es para los enfermos, y Su salud es para los que sufren dolencias. La gracia de Dios, otorgada por medio de la expiación de nuestro Señor Jesucristo, es para los hombres que son efectiva y realmente culpables.

Nosotros no predicamos una salvación sentimental de una culpa imaginada, sino un perdón real y verdadero de ofensas reales. A mí no me importan nada los supuestos pecadores: ustedes, que nunca hicieron nada malo, ustedes, que son tan buenos interiormente que están perfectamente bien, yo no tengo nada que ver con ustedes, pues soy enviado a predicar de Cristo a aquellos que están llenos de pecado, y son dignos de la ira eterna. La serpiente de bronce era un remedio para aquellos individuos que habían sido realmente mordidos.

¡Qué cosa tan terrible es ser mordido por una serpiente! Me atrevería a decir que algunos de ustedes recuerdan el caso de Gurling, uno de los guardas de los reptiles en el Jardín Zoológico. El hecho sucedió en Octubre de 1852, y, por tanto, algunos de ustedes podrán recordarlo. Ese desdichado individuo estaba por despedirse de un amigo que iba a viajar a Australia, y de acuerdo a la costumbre de muchos, tenía que tomar unas copas con su amigo. Bebió cantidades considerables de ginebra, y aunque probablemente se habría enojado mucho si alguien le hubiese dicho que estaba borracho, sin embargo, la razón y el sentido común habían sido evidentemente sometidos. Regresó a su puesto en el zoológico en un estado de excitación. Unos meses antes había visto una exhibición de encantamiento de serpientes, que todavía permanecía en su pobre cerebro entontecido. Debía emular a los egipcios, y jugar con las serpientes. Primero sacó de su jaula a una serpiente venenosa de Marruecos, que puso alrededor de su cuello, se la enroscó y dejó que rodeara su cuerpo. Felizmente para él, no llegó a despertarse bien como para morderle. El guarda asistente gritó: “por Dios, regresa la serpiente”, pero el insensato replicó: “estoy inspirado”. Esta serpiente letal estaba un poco aletargada por el frío de la noche anterior, y, por tanto, el atolondrado individuo la puso en su pecho hasta que revivió, y se deslizó hacia abajo y su cabeza emergió en la parte trasera de su chaleco. La tomó por el cuerpo, como a un pie de distancia de la cabeza, y luego, con la otra mano la tomó de un poco más abajo, intentando sostenerla por la cola para hacerla girar alrededor de su cabeza. La sostuvo un instante contra su cara, y como el fogonazo del rayo, la serpiente le mordió en medio de los ojos. La sangre corrió a torrentes por su rostro, y llamó pidiendo ayuda, pero su compañero huyó horrorizado; y, según declaró al jurado, no supo cuánto tiempo estuvo ausente, pues estaba ‘perplejo’. Cuando llegó la ayuda, Gurling estaba sentado en una silla, después de regresar la cobra a su jaula. Comentó: “soy hombre muerto”. Lo pusieron en un carruaje, y lo transportaron al hospital. Primero perdió el habla, y sólo podía señalar su garganta y gemir; luego la visión le falló, y finalmente perdió su oído. Su pulso disminuyó gradualmente, y en el plazo de una hora desde el momento en el que había sido mordido, era un cadáver. Sólo había una marca pequeñita sobre el puente de su nariz, pero el veneno se dispersó por el cuerpo, y murió.

Les cuento esta historia para que la usen como una parábola y aprendan a no jugar nunca con el pecado, y también para presentar vívidamente ante ustedes en qué consiste ser mordido por una serpiente. Supongan que Gurling hubiera podido ser curado si hubiese mirado a un trozo de bronce, ¿no habrían sido buenas noticias para él? No hubo remedio para esa pobre criatura infatuada, pero sí hay un remedio para ustedes. Jesucristo es levantado para los hombres que han sido mordidos por las serpientes ardientes del pecado: no únicamente para ustedes, que todavía están jugando con la serpiente, no únicamente para ustedes, que la han cobijado en su pecho, y la han sentido deslizándose sobre su piel, sino para ustedes, que han sido realmente mordidos, y que están mortalmente heridos. Si alguien es mordido de tal forma que se enferma por el pecado, y siente el mortífero veneno en su sangre, Jesús es expuesto hoy para él. La gracia soberana provee un remedio aun para los casos considerados extremos.

La mordedura de la serpiente era dolorosa. El texto nos informa que estas serpientes eran serpientes “ardientes”, lo que podría referirse, tal vez, a su color, pero más probablemente se refiere a los abrasadores efectos de su veneno. Calentaba y encendía la sangre de tal forma, que cada vena se convertía en un río hirviente, crecido por la angustia. En algunos hombres ese veneno de áspides que llamamos pecado, ha inflamado sus mentes. Están intranquilos, descontentos, y llenos de temor y de angustia. Escriben su propia condenación, están seguros de que están perdidos, y rehúsan todas las buenas nuevas de esperanza. No se puede lograr que presten una atención calmada y sobria al mensaje de la gracia. El pecado produce en ellos tal terror, que se rinden como hombres muertos. En su propia aprensión son, como dice David: “Abandonados entre los muertos, como los pasados a espada que yacen en el sepulcro, de quienes no te acuerdas ya.” La serpiente de bronce fue levantada para los hombres mordidos por las serpientes ardientes, y Jesús es predicado a los hombres envenenados de hecho por el pecado. Jesús murió por aquellos que se encuentran totalmente desesperados: por aquellos que no pueden pensar rectamente, por aquellos cuyas mentes son sacudidas de arriba abajo, por quienes ya están condenados; por esos fue levantado el Hijo del hombre en la cruz. Qué cosa tan confortable es que podamos decirles esto.

La mordedura de esas serpientes era, como les he dicho, mortal. Los israelitas no podían tener ninguna duda al respecto, pues en su propia presencia “murió mucho pueblo de Israel”. Vieron morir, por las mordeduras de las serpientes, a sus propios amigos, y hasta ayudaron a enterrarlos. Sabían por qué habían muerto, y estaban seguros de que era debido a que el veneno de las serpientes ardientes corría por sus venas. No tenían ninguna excusa para imaginar que podrían ser mordidos y, sin embargo, vivir.

Ahora, nosotros sabemos que muchos han perecido como resultado del pecado. No tenemos ninguna duda acerca de lo que el pecado hará, pues la palabra infalible nos enseña que “la paga del pecado es la muerte”, y, también que, “el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte”. Sabemos, asimismo, que esta muerte es una miseria sin fin, pues la Escritura describe a los perdidos como siendo arrojados a las tinieblas exteriores, “donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga”. Nuestro Señor habla de los condenados que van al castigo eterno, donde habrá llanto y lamento y crujir de dientes. No hemos de tener ninguna duda al respecto de eso, y la mayoría de quienes profesan dudarlo, son aquellos que temen que será su propia porción, que saben que van a descender al dolor eterno, y, por tanto, tratan de cerrar sus ojos a su inevitable condena.

Ay, qué terrible es que encuentren aduladores en el púlpito que favorezcan su amor al pecado tocando la misma melodía. Nosotros no somos de su clase. Nosotros creemos en lo que el Señor ha dicho en toda su solemnidad de terror, y, conociendo los terrores del Señor, persuadimos a los hombres que escapen de eso.

Pero era para los hombres que habían experimentado la mordedura mortal, para los hombres sobre cuyos pálidos rostros la muerte comenzaba a poner su sello, para los hombres cuyas venas estaban ardiendo internamente con ese terrible veneno de la serpiente; para ellos fue que Dios dijo a Moisés: “Hazte una serpiente ardiente, y ponla sobre una asta; y cualquiera que fuere mordido y mirare a ella, vivirá.”

No hay ningún límite establecido para la etapa de envenenamiento: sin importar cuánto hubiese avanzado, el remedio tenía todavía poder. Si una persona hubiera sido mordida un instante antes, aunque sólo viera unas cuantas gotas brotando, y sólo sintiera un pequeño dolor, podía mirar y vivir, y si hubiera esperado, infelizmente esperado, aun por media hora, y el habla le fallara, y el pulso se debilitara, pero, si podía mirar, viviría de inmediato. No se estableció ningún límite para el poder de este remedio divinamente ordenado, o para la libertad de su aplicación a quienes lo necesitaran. La promesa no contenía ningún cláusula condicional: “Cualquiera que fuere mordido y mirare a ella, vivirá”, y nuestro texto nos dice que la promesa de Dios se aplicó en cada caso, sin excepción, pues leemos: “Y cuando alguna serpiente mordía a alguno, miraba a la serpiente de bronce, y vivía”. Así, entonces, he descrito a la persona que se encontraba en peligro mortal.

II. En segundo lugar, consideremos EL REMEDIO PROVISTO PARA ESA PERSONA. Este era tan singular como efectivo. Era puramente de origen divino, y es claro que su invención, y su empoderamiento eran enteramente de Dios.

Los hombres han prescrito diversos fomentos, cocciones, y operaciones para las mordeduras de serpiente: yo no sé qué tanto se pueda depender de ellos, pero esto sí sé: preferiría no ser mordido para no tener que probar ninguno de ellos, incluso aquellos que estén en boga.

No había ningún remedio de ningún tipo para las mordeduras de las serpientes ardientes en el desierto, excepto este que Dios había provisto, y, a primera vista, ese remedio debe haber parecido disparatado. ¡Una simple mirada a la figura de una serpiente sobre una asta! ¡Qué improbable era que funcionara! ¿Cómo y por qué medios podría efectuarse una curación al mirar simplemente a un trozo de bronce retorcido? Parecía, en verdad, que era casi una burla que se les pidiera a los hombres que miraran a lo mismo que había provocado su desgracia. ¿Acaso se podría curar la mordedura de una serpiente, mirando a una serpiente? ¿Traería también vida aquello que ocasionaba la muerte? Pero en esto radicaba la excelencia del remedio, que era de origen divino, pues cuando Dios ordena una cura, está obligado, por ese mismo hecho, a poner una fuerza en ella. Él no concebirá un fracaso, ni prescribirá una burla. Siempre nos bastará saber que Dios ordena un camino de bendición para nosotros, pues si Él ordena, ha de cumplirse el resultado prometido. No necesitamos saber cómo funcionará; nos basta que la gracia poderosa de Dios esté comprometida a hacer que produzca un bien para nuestras almas.

Este remedio particular de una serpiente levantada en un asta era sumamente instructivo, aunque no supongo que Israel lo hubiese entendido. Nosotros hemos recibido la enseñanza de nuestro Señor y sabemos su significado. Se trataba de una serpiente empalada a un asta. Así como tomarías un asta aguda y la atravesarías en la cabeza de una serpiente para matarla, de igual manera esta serpiente de bronce era exhibida como muerta, y colgada como exangüe ante la vista de todos. Era la imagen de una serpiente muerta.

Es una maravilla de maravillas que nuestro Señor Jesús condescienda a ser simbolizado por una serpiente muerta. La instrucción para nosotros, después de leer el evangelio de Juan, es esta: nuestro Señor Jesucristo, en infinita humillación, se dignó venir al mundo, y aceptó ser hecho maldición por nosotros. La serpiente de bronce no tenía veneno en sí, pero adoptó la forma de una serpiente ardiente. Cristo no es un pecador, y no hay pecado en Él. Pero la serpiente de bronce tenía la forma de una serpiente; y de la misma manera, Jesús fue enviado por Dios “en semejanza de carne de pecado”. Él vino bajo la ley, y el pecado le fue imputado, y, por tanto, cayó bajo la ira y la maldición de Dios por causa nuestra. En Cristo Jesús, si le miran en la cruz, verán que el pecado es herido de muerte y colgado como una serpiente muerta: también allí la muerte es abolida, pues “Jesucristo… quitó la muerte y sacó a luz la vida y la inmortalidad”: y allí también la maldición es cancelada para siempre debido a que Él la soportó, siendo “hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero)”. Así estas serpientes son colgadas en la cruz como un espectáculo para todos los espectadores, todas muertas por nuestro agonizante Salvador. El pecado, la muerte, y la maldición son ahora como serpientes muertas.

¡Oh, qué espectáculo! Si pudieran verlo, qué goce les proporcionaría. Si los hebreos hubieran entendido el significado de esa serpiente muerta, colgada de un asta, les habría profetizado el glorioso cuadro que nuestra fe contempla en este día: Jesús inmolado, y el pecado, la muerte y el infierno muertos en Él. Entonces, el remedio que debía ser contemplado era sumamente instructivo, y conocemos la instrucción que tenía el propósito de comunicarnos.

Por favor recuerden que en todo el campamento de Israel no había sino un remedio para la mordedura de serpiente, y ese remedio era la serpiente de bronce; y sólo había una serpiente de bronce, y no dos. Israel no podía hacer otra. Si hubiesen hecho una segunda serpiente, no habría tenido ningún efecto: había una serpiente, y sólo una, y esa fue levantada en alto en el centro del campamento, para que si alguien fuera mordido por una serpiente, pudiera mirarla y viviera.

Hay un Salvador, y sólo uno. No hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos. Toda la gracia está concentrada en Jesús, de quien leemos, “Agradó al Padre que en él habitase toda plenitud”. Cristo soportó la maldición y terminó con la maldición; Cristo fue herido en el calcañar por la serpiente antigua, pero hirió la cabeza de la serpiente: es a Cristo únicamente que hemos de mirar, si queremos vivir. Oh pecador, mira a Jesús en la cruz, pues Él es el único remedio para toda forma de heridas envenenadas de pecado.

Sólo había una serpiente sanadora, y esa era resplandeciente y lustrosa. Era una serpiente de bronce, y el bronce es un metal reluciente. Se trataba de un bronce recién forjado, y, por ello, no estaba empañado, y siempre que el sol brillaba, se reflejaba un resplandor que provenía de la serpiente. Podría haber sido una serpiente de madera o de cualquier otro metal, si Dios lo hubiese ordenado así; pero Él mandó que debiera ser de bronce, para que estuviera rodeada de brillo.

¡Qué brillo hay alrededor de nuestro Señor Jesucristo! Si simplemente lo exponemos en Su propio metal verdadero, es lustroso a los ojos de los hombres. Si predicamos simplemente el Evangelio, y no pensamos nunca en adornarlo con nuestro pensamiento filosófico, veremos que hay suficiente brillo en Cristo para captar el ojo del pecador, ay, y en verdad capta el ojo de miles de personas. El Evangelio eterno fulgura desde lejos en la persona de Cristo. Así como el estandarte de bronce reflejaba los rayos del sol, así también Jesús refleja el amor de Dios por los pecadores, y viéndolo, miran por fe y viven.

Además, este remedio era duradero. Era una serpiente de bronce, y yo supongo que permaneció en medio del campamento a partir de ese día. No era de ninguna utilidad después de que Israel entró en Canaán, pero, mientras se encontraba en el desierto, era probablemente exhibida en el centro del campamento, muy cerca de la puerta del tabernáculo, sobre un estandarte elevado. En alto y abierta a las miradas de todos, pendía esa imagen de una serpiente muerta: la perpetua cura para el veneno de serpiente. Si hubiese sido hecha de otros materiales, podría haberse quebrado, o podría haberse arruinado, pero una serpiente de bronce duraría en tanto que las serpientes ardientes importunaran el campamento en el desierto. En tanto que hubiese un hombre mordido, allí estaba la serpiente de bronce para sanarle.

Qué consuelo es este, que Jesús salve todavía perpetuamente a todos los que por Él se acerquen a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos. El ladrón moribundo contempló el resplandor de esa serpiente de bronce cuando miró a Jesús colgado a su lado, y le salvó; y de igual manera ustedes y yo podemos mirar y vivir, pues “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos”.

“Desfallecida mi cabeza y enfermo mi corazón,
Herido, lacerado por todas partes,
Siento el aguijón ardiente de Satanás
Envenenado con la soberbia del infierno:
Pero si al borde de la muerte,
Dirijo mis ojos a lo alto,
Veo a Jesús levantado,
Y vivo por Él, que murió por mí”.
Yo espero no anublar mi tema con estas figuras. No deseo hacer eso, sino más bien deseo presentárselos claramente. Para todos ustedes que sean realmente culpables, para todos ustedes que han sido mordidos por la serpiente, el remedio seguro es mirar a Jesucristo, que cargó sobre Sí nuestro pecado, y murió en el lugar del pecador, “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él.” El único remedio de ustedes está en Cristo y en ninguna otra parte. Mírenlo a Él y sean salvos.

III. Esto nos lleva a considerar, en tercer lugar, LA APLICACIÓN DEL REMEDIO, o el vínculo entre el hombre mordido por la serpiente y la serpiente de bronce que había de curarle. ¿Cuál era el vínculo? Era del tipo más simple imaginable. La serpiente de bronce hubiera podido ser llevada, si Dios lo hubiese ordenado así, a la tienda donde estaba el enfermo, pero no fue así. El remedio podría haber sido aplicado por frotación: podría haberse esperado que el mordido repitiera una cierta forma de oración, o que el sacerdote realizara una ceremonia, pero no había nada de eso; el enfermo sólo tenía que mirar.

Era bueno que la cura fuera tan simple, pues el peligro era muy frecuente. Las mordeduras de la serpiente se daban de diversas maneras; un hombre podía estar recogiendo varas, o simplemente caminando en los alrededores y era mordido. Incluso ahora, en el desierto, las serpientes son un peligro. El señor Sibree comenta que en una ocasión vio lo que parecía ser una piedra redonda, hermosamente marcada. Extendió su mano para tomarla cuando, para su horror, descubrió que era una serpiente viva que estaba enrollada.

Durante todo el día, cuando las serpientes ardientes eran enviadas en medio de ellos, los israelitas debían haber estado en peligro. En sus camas y cuando comían, en sus tiendas y cuando salían, estaban expuestos al peligro. Estas serpientes son llamadas por Isaías “serpientes voladoras”, no porque volaran realmente, sino porque se contraen y luego súbitamente saltan, hasta alcanzar una considerable altura, y un hombre puede ser sorprendido y atacado en su pierna cuando aún está lejos del alcance de estos malignos reptiles.

¿Qué debía hacer un hombre? No tenía que hacer nada sino pararse fuera de la puerta de su tienda, y mirar hacia el lugar donde resplandecía, lejos, el fulgor de la serpiente de bronce, y en el instante en que miraba, era sanado. No tenía que hacer otra cosa sino mirar; no se necesitaba de ningún sacerdote, ni de agua bendita, ni de un abracadabra, ni de misal, ni de ninguna otra cosa excepto una mirada.

Un obispo de la iglesia romana le dijo a uno de los primeros reformadores, cuando predicó la salvación por la fe simple: “Oh señor doctor, abra ese portillo a la gente y estaremos arruinados.” Y arruinados están, en verdad, pues el negocio y el comercio del sacerdocio están terminados para siempre si los hombres simplemente confían en Jesús y viven.

Pero así es. Crean en Él, ustedes que son pecadores, pues este es el significado espiritual de mirar, y de inmediato su pecado es perdonado, y lo que todavía es más, su poder mortal cesa de operar dentro de su espíritu. Hay vida en una mirada a Jesús; ¿acaso no es esto lo suficientemente sencillo?

Pero, por favor, noten cuán estrictamente personal era. Un hombre no podía ser curado por cualquier cosa que alguien más hiciera por él. Si era mordido por la serpiente y hubiese rehusado mirar a la serpiente de bronce, y se hubiese retirado a su cama, ningún médico le hubiera podido ayudar. Una madre piadosa podría arrodillarse y orar por él, pero no serviría de nada. Las hermanas podrían entrar y suplicarle, los ministros podrían ser llamados para que vinieran para orar para que el hombre pudiese vivir; pero tendría que morir a pesar de sus oraciones si no mirara.

Sólo había una única esperanza para su vida: debía mirar a esa serpiente de bronce. Sucede exactamente lo mismo con ustedes. Algunos me han escrito pidiéndome que ore por ellos: así lo he hecho, pero de nada serviría a menos que ustedes mismos crean en Jesucristo. No hay debajo de las bóvedas del cielo, ni en el cielo, ninguna esperanza para ninguno de ustedes a menos que crean en Jesucristo.

Quienquiera que seas, por muy mordido que estés por la serpiente, y por cercano que estés a la muerte, si miras al Salvador, vivirás; pero si no hicieras eso, debes ser condenado, tan ciertamente como vives. En el último gran día, deberé dar testimonio en contra tuya, que te he dicho esto directa y claramente. “El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado.” No hay otra ayuda para eso; puedes hacer lo que quieras, unirte a la iglesia que te plazca, tomar la Cena del Señor, ser bautizado, aplicarte severas penitencias, o entregar todos tus bienes para alimentar a los pobres, pero eres un hombre perdido a menos que mires a Jesús, pues Él es el único remedio; e incluso el propio Jesucristo no puede ni quiere salvarte, a menos que lo mires a Él. No hay nada en Su muerte que te salve, no hay nada en Su vida que te salve, a menos que confíes en Él. Se reduce a esto: debes mirar, y mirar por ti mismo.

Y luego, además, es muy instructivo. ¿Qué significaba esa mirada? Significaba esto: la autoayuda ha de ser abandonada, y ha de confiarse en Dios. El hombre herido diría: “no debo quedarme aquí para mirar mi herida, pues eso no me salvaría. ¡Mira allí donde la serpiente me atacó, la sangre está brotando, teñida de negro por el veneno! ¡Cómo arde y se inflama! Mi propio corazón desfallece. Pero todas estas reflexiones no me aliviarán. Debo mirar lejos de allí, a la serpiente de bronce que ha sido levantada.” Es inútil mirar a cualquier otro lado excepto al único remedio ordenado por Dios.

Los israelitas deben haber entendido tanto como esto: que Dios requiere que confiemos en Él, y que usemos este instrumento de salvación. Debemos hacer conforme nos ordene, y confiar que Él obrará nuestra cura; y si no queremos hacer esto, hemos de morir eternamente.

Esta forma de curación tenía la intención de que magnificaran el amor de Dios, y atribuyeran su salud enteramente a la gracia divina. La serpiente de bronce no era meramente un cuadro, tal como les he indicado, que mostrara a Dios quitando el pecado al aplicar Su ira en Su Hijo, sino que era una demostración del amor divino. Y esto lo sé porque Jesús mismo dijo: “Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del hombre sea levantado… Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito”: afirmando claramente que la muerte de Cristo en la cruz era una demostración del amor de Dios a los hombres; y cualquiera que mire a ese sumamente grandioso despliegue del amor de Dios al hombre, es decir, Su entrega de Su unigénito Hijo para volverse una maldición, ciertamente vivirá.

Ahora, cuando un hombre era sanado por mirar a la serpiente, no podía decir que se había curado a sí mismo, pues él únicamente miraba y no había poder en una mirada. Un creyente nunca reclama ningún mérito u honor en razón de su fe. La fe es una gracia que niega el yo, y nunca se atreve a jactarse. ¿Dónde está el grandioso crédito de creer simplemente la verdad, y confiar humildemente en Cristo para que nos salve? La fe glorifica a Dios, y, así, nuestro Señor la ha escogido como el instrumento de nuestra salvación.

Si un sacerdote se hubiera acercado y hubiera tocado al hombre mordido, este habría podido atribuir algún honor al sacerdote; pero como no había ningún sacerdote involucrado en el caso, como no se requería de nada excepto mirar a esa serpiente de bronce, el hombre era llevado a la conclusión de que el amor y el poder de Dios le habían sanado.

Yo no soy salvo por nada que hubiere hecho, sino por lo que el Señor ha hecho. Dios quiere que todos nosotros lleguemos a esa conclusión; todos hemos de confesar que si somos salvos, es por la gracia gratuita, rica, soberana e inmerecida, mostrada en la persona de Su amado Hijo.

IV. Concédanme un momento en cuanto al cuarto encabezado, que es LA CURA EFECTUADA. El texto nos informa que “cuando alguna serpiente mordía a alguno, miraba a la serpiente de bronce, y vivía”; es decir, era sanado de inmediato. No tenía que esperar cinco minutos, ni cinco segundos.

Querido lector, ¿oíste esto alguna vez antes? Si no lo hubieras oído, podría sorprenderte, pero es cierto. Si has vivido en el pecado más negro posible hasta este preciso instante, pero si ahora crees en Jesucristo, serás salvado antes de que el reloj suene su próximo tictac. Esto es llevado a cabo con la presteza de un relámpago; el perdón no es una obra del tiempo. La santificación necesita de toda una vida, pero la justificación no necesita más que un instante. Si crees, vives. Si confías en Cristo, tus pecados desaparecen, y eres un hombre salvo en el instante en que crees.

“Oh”, -dirá alguien- “eso es una maravilla”. Es una maravilla, y seguirá siendo una maravilla por toda la eternidad. Los milagros de nuestro Señor, mientras estuvo en la tierra, fueron casi en su mayoría, instantáneos. Él los tocaba y los que padecían de fiebre eran capaces de levantarse y ministrarle. Ningún doctor podría curar una fiebre de esa manera, pues queda una debilidad resultante después de que el calor de la fiebre es abatido. Jesús obra curaciones perfectas, y quien crea en Él, aunque sólo hubiere creído un minuto, es justificado de todos sus pecados. ¡Oh, la gracia incomparable de Dios!

Este remedio sanaba una y otra vez. Muy posiblemente, después de que un hombre había sido curado, podía regresar a su trabajo, y ser atacado por una segunda serpiente, pues había camadas de ellas por todos lados. ¿Qué tenía que hacer? Pues, mirar otra vez, y si era herido mil veces, tenía que mirar mil veces.

Tú, amado hijo de Dios, si has pecado contra tu conciencia, mira a Jesús. La manera más sana de vivir donde las serpientes proliferan, es no quitar nunca tu ojo de la serpiente de bronce en absoluto. Ah, ustedes, víboras, ustedes pueden morder si quieren; en tanto que mi ojo esté clavado en la serpiente de bronce, yo desafío a sus colmillos y a sus bolsas de veneno, pues tengo un remedio permanente obrando dentro de mí. La tentación es vencida por la sangre de Jesús. “Esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe.”

Esta curación era de eficacia universal para todos los que la usaban. No había ningún caso en todo el campamento, de un hombre que mirara a la serpiente de bronce y sin embargo muriera, y nunca habrá ningún caso de un hombre que mire a Jesús, que permanezca bajo condenación. El creyente debe ser salvo. Algunas de las personas debían mirar desde una larga distancia. El asta no podía estar a una igual distancia de todos, pero en tanto que pudieran ver la serpiente, sanaba tanto a quienes estaban lejos como a los que estaban cerca. Tampoco importaba si sus ojos eran débiles. No todos los ojos tenían igualmente una mirada aguda, y algunos podrían haber sido bizcos, o tener una visión débil, o únicamente un ojo, pero si miraban, vivían. Tal vez el hombre difícilmente podía discernir la forma de la serpiente cuando miraba. “Ah”, -se decía- “no puedo discernir las roscas de la serpiente de bronce, pero puedo ver el resplandor del metal”; y vivía.

Oh, pobre alma, tal vez no puedas ver a todo Cristo ni todas Sus bellezas, ni todas las riquezas de Su gracia, pero si puedes ver que fue hecho pecado por nosotros, vivirás. Si dices: “Señor, yo creo; ayuda mi incredulidad”, tu fe te salvará; un poco de fe te proporcionará a un gran Cristo, y tú encontrarás vida eterna en Él.

De esta manera he procurado describir la cura. Oh, que el Señor quiera obrar esa cura en cada pecador que está aquí en este momento. Pido que lo haga.

Es un pensamiento agradable que si miraban aquella serpiente de bronce bajo cualquier tipo de luz, vivían. Muchos la contemplaban al resplandor del mediodía, y veían sus relucientes roscas, y vivían; pero no me sorprendería que algunos fueran mordidos de noche, y bajo la luz de la luna se acercaban y miraban hacia arriba y vivían. Tal vez era una noche oscura y tormentosa, y no era visible ninguna estrella. La tempestad retumbaba en lo alto, y de la lóbrega nube se desprendía el rayo, partiendo las rocas. Por al resplandor de esa súbita llama, el moribundo descubría a la serpiente de bronce, y aunque viera sólo un instante, vivía. De igual manera, pecador, si tu alma está envuelta en la tormenta, y si de la nube se desprende un solo rayo de luz, mira a Jesucristo con la ayuda de ese rayo y vivirás.

V. Concluyo con este último asunto de consideración: aquí hay UNA LECCIÓN PARA QUIENES AMAN A SU SEÑOR. ¿Qué debemos hacer nosotros? Debemos imitar a Moisés, cuya responsabilidad consistió en colocar a la serpiente de bronce sobre un asta. Es tanto su responsabilidad como la mía poner en alto el Evangelio de Cristo Jesús, para que todos puedan verlo. Todo lo que Moisés tenía que hacer era colgar a la serpiente de bronce a la vista de todos. Él no dijo: “Aarón, trae tu incensario, y trae contigo a muchos sacerdotes, y formen una nube de perfume”. Tampoco dijo: “yo mismo iré vestido con mis ropas de legislador, y me pondré allí.” No, Moisés no tenía nada que ver con lo que era pomposo o ceremonial. Sólo tenía que mostrar a la serpiente de bronce y dejarla desnuda y disponible a la mirada de todos. No dijo: “Aarón, trae aquí un manto de oro, envuelve a la serpiente en azul y carmesí y lino fino.” Un acto así habría sido claramente contrario a sus órdenes. Él debía mantener a la serpiente descubierta. Su poder radicaba en sí misma, y no en lo que la circundaba. El Señor no le dijo que pintara el asta, o que lo decorara con los colores del arcoíris. Oh, no. Cualquier asta serviría. Los moribundos no necesitaban ver el asta, ellos necesitaban contemplar únicamente a la serpiente. Me atrevería a decir que hizo un asta nítida, pues la obra de Dios debe hacerse decentemente, pero aun así, la serpiente era lo único que había que mirar.

Esto es lo que tenemos que hacer con nuestro Señor. Hemos de predicarlo a Él, enseñarlo a Él, y hacerlo visible a Él para todos. No debemos ocultarle por nuestros intentos de involucrar la elocuencia y el conocimiento. Hemos de terminar con el palo de lanza bruñido de la elocuencia, y esos trocitos de carmesí y azul, en la forma de grandiosas frases y estrofas poéticas. Todo ha de hacerse para que Cristo sea visto, y no debe tolerarse nada que lo esconda.

Moisés se puede ir a casa y acostarse una vez que la serpiente es levantada. Todo lo que se requiere es que la serpiente de bronce esté visible tanto de día como de noche. El predicador se puede ocultar, hasta el punto de que nadie sepa quién es, pues si ha expuesto a Cristo, es mejor que no se interponga.

Ahora, ustedes maestros, enseñen a Jesús a sus hijos. Muéstrenles a Cristo crucificado. Mantengan a Cristo delante de ellos. Ustedes que son jóvenes e intentan predicar, no intenten hacerlo grandiosamente. La verdadera grandeza de la predicación consiste en que Cristo sea mostrado grandiosamente en ella. No se necesita de ninguna otra grandeza. Mantengan el yo en el trasfondo, pero pongan a Jesucristo en medio del pueblo, evidentemente crucificado entre ellos. Nadie sino Jesús, nadie sino Jesús. Él ha de ser la suma y la sustancia de toda su enseñanza.

Algunos de ustedes han mirado a la serpiente de bronce, yo lo sé, y han sido sanados, pero ¿qué han hecho con la serpiente de bronce desde entonces? No han pasado al frente para confesar su fe y unirse a la iglesia. No han hablado con nadie acerca de su alma. Meten a la serpiente de bronce en un baúl y la esconden. ¿Es correcto eso? Sáquenla, y pónganla en un asta. Publiquen a Cristo y Su salvación. La intención nunca fue que fuera tratado como una curiosidad de museo; el propósito es que sea exhibido en las calzadas para que aquellos que han sido mordidos puedan mirarlo a Él.

“Pero yo no tengo un asta adecuada”, -dice uno. El mejor tipo de asta para mostrar a Cristo es la que sea muy alta, para que pueda ser visto desde lejos. Exalten a Jesús. Hablen bien de Su nombre. No sé de ninguna otra virtud que pueda estar en el asta sino su altura. Entre más puedan hablar en alabanza de Su Señor, entre más alto puedan levantarlo, será mejor, pero de todos los otros estilos de lenguaje no hay nada que decir. Levanten en verdad a Cristo.

“Oh”, -dice uno- “pero yo no tengo un estandarte largo”. Entonces levántalo con el que tengas, pues hay a tu alrededor personas de baja estatura que serían capaces de ver por tu medio.

Creo que les he hablado una vez de un cuadro que vi de la serpiente de bronce. Quiero que los maestros de la escuela dominical escuchen esto. El artista representaba a todo tipo de personas juntándose alrededor del asta, y cuando miraban, las horribles serpientes se desprendían de sus brazos, y vivían. Había tal multitud alrededor del asta que una madre no se podía acercar a ella. Cargaba a un bebé que una serpiente había mordido. Se podían ver las señas azules del veneno. Como no podía acercarse más, la madre sostuvo en alto al niño, y volvió su cabecita para que pudiera contemplar con su ojo infantil a la serpiente de bronce y pudiera vivir.

Hagan esto con los pequeños niños a su cargo, ustedes que son maestros de la escuela dominical. Aun cuando todavía sean muy pequeñitos, oren para que miren a Jesucristo y vivan; pues no hay un límite establecido para su edad. Ancianos mordidos por la serpiente venían tambaleándose sobre sus muletas. “Tengo ochenta años de edad”, -dice uno- “pero he mirado a la serpiente de bronce, y he sido sanado”. Pequeños niños era llevados por sus madres, aunque todavía no podían hablar claramente, y gritaban en su lenguaje infantil: “miro a la gran serpiente y me bendice”.

Todos los rangos, y sexos, y personalidades y disposiciones miraban y vivían. ¿Quién quiere mirar a Jesús en esta buena hora? Oh amadas almas, ¿quieren tener vida o no? ¿Despreciarán a Cristo y perecerán? Si es así, su sangre sea sobre sus propios vestidos. Yo les he hablado del camino de la salvación de Dios, y ustedes han de apegarse a él. Miren a Jesús de inmediato. Que Su Espíritu los conduzca dulcemente a hacerlo. Amén.

Porciones de la Escritura leídas antes del sermón: Números 21: 4-9; Juan 3: 1-18.

‘Yo me gozaría grandemente si este sermón pudiera ser ampliamente distribuido. Le he pedido a los impresores, los señores Passmore y Alabaster, que lo publiquen en forma de libro. Puede obtenerse a un precio sumamente adecuado’. Charles Haddon Spurgeon.