“Pero hasta hoy Jehová no os ha dado corazón para entender, ni ojos para ver, ni oídos para oír.” Deuteronomio 29: 4

¡Entendimiento, vista, oído! Cuán maravillosas son estas cosas. Si pudiésemos existir sin ellas, qué desdichada sería nuestra condición. El mundo exterior sería desconocido para nosotros, si las puertas de los sentidos estuvieran cerradas. El alma perecería de hambre, como le sucedió a Samaria cuando fue bien cerrada y nadie entraba ni salía. Si nos quitaran el poder de percepción a través del tacto, del olfato, del gusto, la vista y el oído, sería de poca importancia para nosotros que el mundo fuera hermoso, pues, para nuestra conciencia, difícilmente existiría un mundo en absoluto. Todos los colores del arcoíris, la calidez del sol, la frescura de la brisa, la dulzura de la miel, los encantos de la música, e incluso los terrores de la tempestad, cesarían; el alma estaría encerrada dentro del cuerpo, como dentro de una prisión que no tuviera ni puertas ni ventanas. La más lóbrega mazmorra de la Bastilla sería equivalente a la libertad, comparada con tal estado. Tal vez la mente exista, pero, en verdad, no podría vivir: sería un impropio uso del lenguaje llamar a eso vida.

Cuando se carece de alguno de los sentidos, eso conlleva una gran privación, y sujeta a la persona a soportarla para conmiseración de sus semejantes. Pero si todos los sentidos estuvieren ausentes, qué desdicha sobrevendría. La pérdida de la vista o del oído crea entre nosotros un gran número de sufridores que merecen nuestra simpatía, pero ¿qué llanto bastaría para aquellas personas -si existiese en verdad ese tipo de personas- que no tuvieran físicamente un corazón para percibir, ni ojos para ver, ni oídos para oír?

Ahora transfieran sus pensamientos, desde esos sentidos externos, por medio de los cuales nos volvemos conscientes del mundo externo, hacia aquellos sentidos espirituales, a través de los cuales percibimos el mundo espiritual, el reino de los cielos, el Señor de ese reino y todos los poderes del mundo venidero.

Hay un corazón que debiera ser tierno, que nos permitiría percibir la presencia de Dios y sentir Sus operaciones, e incluso contemplar al Señor mismo, según está escrito, “Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.” Hay un ojo espiritual, por medio del cual son discernidas las cosas espirituales. Bienaventurados son aquellos, a quienes el Señor les ha concedido ver aquellas cosas de Su reino que, para quienes no son regenerados, permanecen ocultas en parábolas. Hay un oído espiritual por medio del cual oímos los apacibles susurros del Espíritu, que frecuentemente nos visitan internamente, sin la intermediación de los sonidos que pudieran afectar al oído. Bienaventurados son aquellos que tienen el oído que el Señor ha purificado, y ha limpiado y ha abierto de forma que escucha el llamado divino.

Pero no hay bienaventuranza en el caso de hombres desprovistos de sensibilidad espiritual, de vista y de oído. La suya es una condición miserable. Justo lo que el ciego, y el sordo, y el hombre que está desprovisto de sentimiento son en el mundo exterior, eso son muchos hombres en cuanto al mundo espiritual.

Ay, hay miríadas de pobres almas en medio de nosotros, en esta congregación y en este día, y en todo nuestro entorno, para quienes este texto es aplicable: “Hasta hoy Jehová no os ha dado corazón para entender, ni ojos para ver, ni oídos para oír.

Este es un caso muy, muy funesto; pero, tal vez, su aspecto más lamentable sea que las personas que están así desprovistas de los sentidos espirituales por medio de los cuales pudieran conversar con el mejor y más excelso mundo, no están conscientes de su incapacidad, o, si estuvieran parcialmente conscientes de ella, parecerían estar estúpidamente contentos de permanecer siendo lo que son.

El hombre naturalmente ciego querría ver si pudiera; pero, ¿qué diré de aquellos cuya incapacidad para ver espiritualmente es obstinada, y está ubicada principalmente en su voluntad, más que en cualquier otra parte? El hombre que no puede oír la voz de su semejante, se regocijaría grandemente si las puertas del sonido se abrieran alguna vez para él; pero no hay nadie tan sordo como aquellos que no quieren oír, cuya sordera es moral, cuya incapacidad de oír la voz de Dios radica en este hecho: que deliberadamente cierran sus oídos a la voz de la santa exhortación. Están lo suficientemente listos para oír los cantos de sirena de la tentación, e inclinan un oído dispuesto al sutil engaño de la serpiente, pero no quieren poner atención a la tierna y amorosa sabiduría del buen Pastor. Están prestos a oír el mal, pero son sordos para lo bueno. Esta es la parte triste de todo esto: son ciegos, y no quieren ver; son sordos, y no desean oír. Nuestro poeta dice:

“Cuán indefensa yace la culpable naturaleza, Inconsciente de su carga.”
En esta inconsciencia radica el corazón del mal. El hombre impotente está inconsciente su propia impotencia. Debido a que afirman: “Nosotros vemos”, su pecado permanece. Si fueran ciegos y lo supieran, sería otra cosa, y, entonces, serían visibles algunos signos de esperanza; pero ser ciegos y, sin embargo, jactarse de poseer una vista superior y ridiculizar a aquellos que ven, es la lamentable condición de no pocas personas. No quieren agradecernos por nuestra piedad, a pesar de que la necesitan mucho. Tienen ojos, mas no ven, y, sin embargo, se glorían de su capacidad de visión.

Multitudes en derredor nuestro están en esta condición. Cuando el profeta dice: “Sacad al pueblo ciego que tiene ojos”, sólo podríamos preguntarnos dónde los pondríamos a todos si estuvieran dispuestos a reunirse en un solo lugar. Mi propio espíritu se siente muy triste al tener que predicar sobre este tema esta mañana, pero quiero hacerlo con gran ternura de corazón, lamentando mientras censuro. Me parece que Moisés sentía mucha ternura por el pueblo al que se dirige aquí; expresa su significado de la manera más gentil concebible, cuando dice: “Pero hasta hoy Jehová no os ha dado corazón para entender, ni ojos para ver, ni oídos para oír.” Moisés no excusa, pero, sin embargo, reprende suavemente. No habla con la áspera severidad de Isaías cuando clamó en el nombre del Señor: “Anda, y dí a este pueblo: Oíd bien, y no entendáis; ved por cierto, mas no comprendáis. Engruesa el corazón de este pueblo, y agrava sus oídos, y ciega sus ojos, para que no vea con sus ojos, ni oiga con sus oídos, ni su corazón entienda, ni se convierta, y haya para él sanidad.”

Cuán triste es que tantas personas sean ricas en todas las cosas, excepto en la única cosa necesaria. Dios les ha dado abundancia de posesiones terrenales, pero no les ha dado ojos para que vean Su munificencia, ni oídos para que oigan Su voz de amor, ni un corazón para que perciban Su presencia en las misericordias que gozan. Esas personas ven la cosecha, pero no se deleitan en el dador de la lluvia y en el que envía la luz del sol. ¡Cuán triste condición es para encontrarse en ella! ¡Ay, pobre hombre rico! ¡Tiene tanto y sin embargo tiene tan poco!

Y qué lamentable espectáculo es el hombre educado de este mundo que es instruido en toda la sabiduría de los antiguos, y versado en toda la ciencia de los modernos; el que ha espiado en las cámaras secretas del conocimiento, y ha observado la habilidad del Eterno en los cielos estrellados y en la vida microscópica; y, sin embargo, a pesar de todos sus logros, no tiene ningún conocimiento de su Hacedor, y no quiere aceptar la evidencia de Su presencia. Cuán triste es que tengamos que decir a esas personas: “Sí, tú conoces todos los hechos, y, sin embargo, no puedes ver bajo su superficie; permites que el prejuicio ciegue tus ojos a la sencilla enseñanza de la creación y de la Providencia. Caminas a lo largo del estudio y admiras los cuadros, y niegas la existencia del artista, mientas que si fueses íntegro, creerías en el artista por sus obras, y luego procederías a descifrar su carácter a partir de ellas. Ay, hasta hoy no tienes un corazón para entender, ni ojos para ver, ni oídos para oír.” Bien habló el apóstol cuando dijo: “Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos.” A menudo aquellos que saben más sobre lo secular, saben menos de lo sagrado. Ojos que parecieran ver como si atravesasen las rocas, y leyeran los misterios de la prístina noche, resultan ser meros globos oculares en cuanto a las cosas divinas. Sin embargo, no lo saben, y ni siquiera adivinan su necedad. Cuán triste es que haya tantas personas que son rápidas en el razonamiento e inclinadas a la invención, pero que no puedan ver que lo visible argumenta a favor de un Creador invisible, y que los arreglos providenciales demuestran que un Grandioso Padre está sobre todo.

Como Herbert dice: “Caminan con su báculo al cielo”, ensartan las estrellas como cuentas en un collar, enjaezan al rayo, y pesan los orbes estrellados, y, sin embargo, no han encontrado a su Dios, a pesar de que está encima, en torno, fuera y dentro de ellos. Ellos tienen los ojos abiertos para todas las cosas, excepto para Aquel que llena todo en todo. Me temo que he de aplicarles el lenguaje de Pablo: “Teniendo el entendimiento entenebrecido, ajenos de la vida de Dios por la ignorancia que en ellos hay, por la dureza de su corazón”.

Esta mañana hablaré, según me ayude el Espíritu Santo, primero, sobre un hecho muy lamentable; en segundo lugar, sobre una razón todavía más lamentable debida a ese hecho; y, en tercer lugar, sobre un resultado lamentable, que proviene de ese hecho. Que lo que se diga sea tomado como una palabra de advertencia, y que Dios el Espíritu Santo lo bendiga para la conversión de cada uno aquí presente que todavía permanezca sin ser renovado. Digo cada uno, pues no hay nadie en medio de ustedes a quien yo exentaría a sabiendas de mis oraciones.

I. Primero, vamos a reflexionar sobre UN HECHO LAMENTABLE. Aquí estaba una nación entera, con muy pocas excepciones, de quien su líder, que era el que más los conocía y el que más los amaba, se vio obligado a decir: “Hasta hoy Jehová no os ha dado corazón para entender”. La parte lamentable de eso era que se trataba de la nación que había sido especialmente favorecida por Dios sobre todas las demás.

Dios no había establecido un pacto con Edom o con Moab; no había enviado la luz de Su verdad a Egipto, o a Etiopía, o a alguna de las naciones de la antigüedad; sino que este pueblo comparativamente pequeño e insignificante, había sido elegido para que le fueran confiados los oráculos de Dios. Ellos constituían el único candelero de la raza humana. Tenían luz en sus moradas cuando todo a su alrededor estaba envuelto en unas tinieblas que podían ser palpadas.

Por Su nombre de Jehová el Señor, fue dado a conocer a ellos, cuando habló a Moisés en el desierto, y se manifestó a él en la zarza ardiendo. “Sus caminos notificó a Moisés, y a los hijos de Israel sus obras.” Él dio a este pueblo revelación tras revelación que contenían guías, reglas, consuelo e instrucción, tal como está escrito, “No ha hecho así con ninguna otra de las naciones”. Casi toda la luz que fue dada entonces, estaba enfocada sobre Israel, y, sin embargo, no tenían ojos para ver.

“Sin embargo, en una o en dos maneras habla Dios, pero el hombre no entiende por falta de oídos que puedan oír.” ¿Acaso no es esto algo terrible? Yo puedo entender que las otras naciones fueran ciegas y desposeídas de sentidos, pues estaban en tinieblas, y “Dios había pasado por alto los tiempos de esta ignorancia”; pero es algo terrible que esta nación, sobre la que se había alzado el sol de justicia, eligiera las tinieblas y aborreciera la luz. Por la preciosidad de este privilegio, el pecado de su rechazo fue grandemente magnificado. Esto es triste, triste hasta el máximo grado de tristeza; pero, ¿acaso no sucede lo mismo con algunos de ustedes? ¿Acaso no hay personas entre ustedes que poseen la luz más clara, y, sin embargo, eligen los caminos de las tinieblas?

Mis queridos lectores, sean honestos con ustedes mismos y respondan. Nacidos de padres piadosos, seleccionados para ser cuidadosamente instruidos en las cosas de Dios, asisten a un fiel ministerio desde su juventud hasta ahora, leen su Biblia, y son completamente versados en sus contenidos, y, sin embargo, después de todo, no tienen ningún sentimiento piadoso ni entendimiento de gracia. Lamento que tengan tales privilegios, y, sin embargo, permanezcan siendo extraños en cuanto a la salvación. ¿Será así para siempre? ¿Se dirá siempre de ustedes: “Hasta hoy Jehová no os ha dado corazón para entender, ni ojos para ver, ni oídos para oír”?

Noten, además, que no solamente constituían ellos un pueblo altamente favorecido, sino que habían visto hechos portentosos realizados por el propio Señor. Moisés dice: “Vosotros habéis visto todo lo que Jehová ha hecho delante de vuestros ojos en la tierra de Egipto a Faraón y a todos sus siervos, y a toda su tierra, las grandes pruebas que vieron vuestros ojos, las señales y las grandes maravillas.” ¿No parece deplorable que pudieran ver a Dios alzando Su mano contra Faraón con una plaga tras otra, y, sin embargo, que no le reconocieran como el único Dios vivo y verdadero? Esas plagas hirieron a los dioses de Egipto; entonces, ¿cómo pudo Israel desviarse para adorar a esas deidades deshonradas? Cada plaga estaba dirigida contra algún objeto sagrado de la adoración egipcia, y la maravilla es que estos ídolos derrotados fueran todavía reverenciados por Israel. En verdad, el Señor habló con una fuerte voz desde el cielo, con una voz que incluso Faraón se vio forzado a oír; y, sin embargo, Su propio pueblo no le oyó. Vieron las plagas, y no discernieron la gloria de su Dios, como para permanecer fieles a Él. ¡Y el Mar Rojo! ¿Acaso no fue eso lo suficientemente portentoso? ¡Cuán a menudo he deseado que hubiera yo podido estar allí para ver a las ávidas aguas saltar sobre Faraón y todas sus huestes! Qué goce habría sido oír el sonido del pandero, y ver los pies revoloteantes de las doncellas cuando danzaban y cantaban, “Cantad a Jehová, porque en extremo se ha engrandecido; ha echado en el mar al caballo y al jinete.” ¿Pudieron los hombres estar allí y ver eso, y, sin embargo, no entender que los dioses de los paganos son ídolos, y que únicamente Jehová es el Dios vivo y verdadero; y pudieron sacudir de sus almas el temor y el espanto, para volverse a adorar un becerro de oro que sus propias manos hicieron?

Sí, tal es la deplorable depravación del hombre, que si Dios repitiera otra vez todos los milagros de Egipto a la vista de aquellos de ustedes que son incrédulos, no serían convertidos por ello a Su temor. Ustedes se verían tambaleados por el portento, pero no serían convertidos por ese milagro. Hace falta algo más además de los milagros, antes de que el ojo cegado se preocupe por ver, o el corazón empedernido comience a sentir. Ustedes también han sido testigos de grandes actos de gracia en nuestro medio, y, sin embargo, no han sido convencidos. Incluso creen en todos los milagros de la Escritura, y en la muerte y la resurrección de nuestro Señor Jesús, y, sin embargo, no confían en Él. ¡Ah!, ¿qué podría decir? ¿Qué podría hacer sino deplorar por ustedes?

En adición a esto, este pueblo había pasado por una experiencia extraordinaria. Habían sido sacados de Egipto por medio de milagros, y por el mismo poder habían atravesado las profundidades del mar como si fuese tierra seca. Moisés describe de esta manera su historia en el desierto: “Y yo os he traído cuarenta años en el desierto; vuestros vestidos no se han envejecido sobre vosotros, ni vuestro calzado se ha envejecido sobre vuestro pie. No habéis comido pan, ni bebisteis vino de sidra; para que supierais que yo soy Jehová vuestro Dios.” Todos esos cuarenta años vivieron sostenidos por milagros, y, sin embargo, ni temieron, ni amaron, ni confiaron en Jehová su Dios que había obrado todas esas señales en medio de ellos.

Como una nación, no recibieron las enseñanzas espirituales que el Señor puso delante de ellos. ¿Acaso tú los culpas? ¿Acaso es aquel pueblo el único que ha ofendido de esa manera? Mira a casa. ¿No me estoy dirigiendo a algunos, el día de hoy, cuya experiencia ha estado singularmente llena de misericordia y amor? Dios ha sido extrañamente clemente para contigo, amigo mío. Él te ha conducido por un camino que tú no conocías, y, si sólo pudieras verla, Su mano ha estado conspicuamente contigo desde el momento en que abandonaste la casa de tu padre, hasta este día.

Yo no sé a quién le esté hablando, pero estoy persuadido de que hay algunas personas aquí, cuya carrera ha sido marcada especialmente por la providencia de Dios. La tuya no ha sido una jornada común de vida. Has sido preservado en accidentes y restaurado de la enfermedad. Las estrellas en sus órbitas parecieran haber combatido por ti, y las piedras del campo se han confederado para defenderte, y, sin embargo, tú no observas la mano del Señor en todo esto. El Señor te ha ceñido aunque tú no le has conocido; Él te ha guiado, te ha restringido, te ha liberado y te ha instruido, aunque no te dignaras pensar en Él.

Sí, Él te ha salvado de las consecuencias de tu propia necedad, y de no hacerlo, hace mucho tiempo habrías sido un mendigo, o una masa de úlceras, o un prisionero detenido en el más lóbrego calabozo. Él ha intervenido para salvarte de tu propia necedad; y estás aquí, donde la misericordia implora, y la gracia extiende su cetro de plata. Ay, hasta este día no has tenido un corazón para entender la longanimidad de Dios, ni ojos para ver tus obligaciones, ni oídos para oír los requiebros de Su amor; sino que prosigues todavía en tu rebelión contra Dios. ¿Habrá de ser siempre así? Es doloroso que haya sido así durante tanto tiempo; ¿no hay un retorno? ¿No hay una renuncia? ¿Has de morir en tus pecados?

En adición a todo este escenario y esta experiencia, los israelitas habían recibido una notable instrucción. En el desierto, el Señor les enseñó por medio de Moisés y de Aarón. El tabernáculo fue erigido en medio de ellos, conforme al modelo que Moisés había visto en el monte, y allí fue instituida la adoración, cada una de cuyas partes era singularmente rica en instrucción, como todos lo sabemos hasta este día. No hubo ni un cordero sacrificado, ni una lámpara encendida, ni un puñado de incienso quemado sobre el altar, ni una cortina doblada, ni una basa colocada en su lugar, sin algún significado moral y espiritual. Si hubiesen deseado aprenderlo, podrían haber descubierto en el tabernáculo en el desierto, una gran abundancia de enseñanzas relativas a las cosas que promueven la paz y la salvación de los hombres: pero no tenían corazón para entender, ni ojos para ver, ni oídos para oír; y, así, todo el aparato de la enseñanza se perdió en ellos.

Ah, queridos lectores, ustedes podrían gozar de la más lúcida instrucción, podrían recibir línea sobre línea, mandato sobre mandato, podrían leer el propio Libro de Dios, y podrían observar la experiencia de los cristianos, y podrían contar con todo el amor y afecto de ellos para ayudarles a entender las cosas de Dios; y, sin embargo, a pesar de todo eso, podrían permanecer sin entendimiento espiritual. Todos los procesos externos de la santa enseñanza podrían desperdiciarse en ustedes durante cuarenta, o cincuenta, o sesenta, o hasta setenta años, y podrían permanecer siendo todavía ciegos y empedernidos. Ustedes podrían saber la letra de la doctrina, y, sin embargo, nunca percibir su significado; ustedes podrían ver la naturaleza lógica y la certeza de una verdad sagrada, y, sin embargo, no ver nunca su relevancia para ustedes. ¿Comprueba esta aseveración su condición presente? ¿Están ustedes también sin entendimiento? ¿Son todavía ignorantes en las cosas de Dios? Oh, que el Espíritu Santo cree en ustedes un corazón nuevo, y les otorgue tanto ojos como oídos espirituales.

Una cosa más es digna de mención: este pueblo había estado asociado con personajes notables. No todos ellos eran ciegos, pues hubo unos cuantos entre ellos que fueron agraciados, y así fueron conducidos a entender. Caleb y Josué estaban allí, y Aarón y Miriam; pero principalmente estaba Moisés, el más grandioso de los hombres, verdadero padre de la nación. No era algo sin importancia haber vivido en un campamento donde podías hablar con un hombre como Moisés, que había visto a Dios cara a cara, de tal manera que en su rostro reposaba el resplandor de la Deidad cuando descendió del monte.

Ustedes también, amigos míos, han conocido a algunos cuya conversación ha sido celestial, y cuyas vidas son resplandecientes por la comunión con el Señor. Si nosotros no vemos y no queremos ver allí donde otro ve tan claramente, estamos condenados. Un hombre que se considera sumamente inteligente se detiene junto a mí sobre el monte y mira a lo lejos un hermoso paisaje, sobre el que se extiende un maravilloso cielo adornado con nubes aborregadas, a la par que a nuestros pies florece una profusión de hermosas flores; pero él me dice que en todo esto no ve ninguna evidencia de Dios. ¿Acaso no está ciego? En cuanto a mí, me siento rodeado por la Deidad que todo lo abraza, y su presencia es el más grandioso hecho de mi conciencia:

“Dios tiene una presencia, y pueden verla
En el pliegue de la flor, en la hoja de un árbol;
En el sol del mediodía, en la estrella de la noche;
En la tormentosa nube de la oscuridad, en el arcoíris de la luz;
En las ondas del océano, en los surcos de la tierra;
En las montañas de granito, en el átomo de arena;
Vayan donde quieran, desde el cielo hasta el suelo:
¿Y dónde podrían contemplar, que no vieran a Dios?
Ahora, o yo soy un mentiroso, o mi vecino es duro de entendederas; y como sé que hablo la verdad, también sé que está ciego. Si Moisés vio, por ese hecho, dejó al resto del pueblo sin excusa. Que no quisieran entender era sumamente provocador para el Señor, pues Dios era manifiesto de una manera sumamente evidente en medio de ellos. Dios vino de Sinaí, y el Santo desde el monte de Parán, desde la cima del monte humeante habló con voz de trompeta y con sonido de trueno: la tierra se sacudió y tembló bajo Sus pies. El Señor estaba conspicuamente en medio de ellos en la columna de fuego durante la noche y en la nube de sombra durante el día. Israel vio la gloria de su Dios, y no podía evitar verla; y, sin embargo, el pueblo rehusó contemplarlo, y preguntaba: “¿Está, pues, Jehová entre nosotros, o no?” Moisés dijo de ellos: “Son nación privada de consejos, y no hay en ellos entendimiento. ¡Ojalá fueran sabios, que comprendieran esto, y se dieran cuenta del fin que les espera! Incluso hasta el propio término de cuarenta años de paciente instrucción, ellos permanecieron sin el verdadero conocimiento de Dios.

¡Ah!, esto es triste, sumamente triste; pero me temo que en esta congregación contamos con un número de personas que se encuentran en una situación semejante. Los años no les han traído gracia, ni una vida entera les ha redituado sabiduría. Han visto los portentos de gracia de Dios en sus amigos y parientes, y también han saboreado la bondad del Señor en sus propias vidas, y han oído Su voz en la predicación del Evangelio, pues Jesucristo ha sido manifestado de manera evidente crucificado entre ellos, y, sin embargo, no han visto al Señor, y no lo oyen incluso hasta este día. Esto no es nada nuevo, pero no por eso es menos doloroso para el corazón de aquellos de nosotros que tememos al Señor y sentimos un amor por las almas.

Hermanos, recuerden que estos judíos, en subsecuentes generaciones, contaron con grandes profetas en medio de ellos, y, ¿cuál fue el éxito de su labor? ¿No clamaron: “Quién ha creído a nuestro anuncio?” Finalmente vieron al Hijo de Dios entre ellos, y, ¿cómo le fue? El propio Jesús, con todos Sus milagros de gracia y palabras de amor, a lo Suyo vino y los Suyos no le recibieron, y más bien clamaron: “¡Crucifícale, crucifícale!” Cuán cierto es que nada puede bendecir a los hombres mientras la gracia todopoderosa no los hubiere regenerado. Si alguien se levantara de los muertos, los hombres seguirían sin querer arrepentirse a menos que fuesen regenerados. No hay milagro que Dios haga, no hay portento que la propia omnipotencia ejecute, que pueda hacer ver a los hombres que no tienen ojos espirituales. Nada puede hacer que los hombres sientan, en tanto que sus corazones permanezcan endurecidos contra el Altísimo. “El hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente. Ciertamente está escrito con verdad: “Os es necesario nacer de nuevo.” La incredulidad del hombre, en tanto que permanezca, hace que la bendición sea imposible. Los evangelios representan a nuestro Señor como desconcertado por el rechazo del hombre a creer, como está escrito: “Y no hizo allí muchos milagros, a causa de la incredulidad de ellos.” Oh, este estado de cosas es una desgracia; ¿quién habrá de librar a los hombres de él? ¿Quién puede intentar la tarea sino únicamente Dios?

II. Nos vamos a apresurar ahora para pasar unos cuantos minutos en un descenso a una profundidad todavía mayor. Debemos notar LAS LAMENTABLES RAZONES PARA TODO ESTO. Las razones de su incapacidad para ver y entender, radican, primero, en el hecho de que este pueblo no creyó nunca en su propia ceguera. No tenían un corazón para entender, y no percibían su ausencia de entendimiento: no tenían ojos con los que pudieran detectar su propia cortedad de visión. Eran tan necios como para idolatrar su propia sabiduría, tan pobres como para pensar que eran más listos que su Dios, y así se sentaban a juzgar Su providencia, y calificaban la provisión de Su sabiduría como “pan muy liviano”.

Eran tan rápidos de entendimiento que cuando Moisés se apartó por un poco de tiempo, dijeron: “Haznos dioses que vayan delante de nosotros; porque a este Moisés, el varón que nos sacó de la tierra de Egipto, no sabemos qué le haya acontecido.” Mostraron su pretendida sabiduría, sospechando tanto del Señor como de Su siervo Moisés, tan pronto como se vieron en dificultades. “¿No había sepulcros en Egipto, que nos has sacado para que muramos en el desierto?” Gustosamente habrían arrebatado de la mano de Jehová el cetro del gobierno, para convertirse ellos mismos en líderes. Jesurún abandonó al Dios que lo creó, y estimó con ligereza a la Roca de su salvación. Ellos eran sabios en su propia opinión, y por esta razón no podían ver. El orgullo es el gran creador de las tinieblas, y como Nahas, el amonita, saca el ojo derecho. Los hombres no buscan la luz, porque se jactan de que son los hijos del día y de que no necesitan la luz de arriba.

Más que eso, estos hombres nunca pidieron un corazón para entender, ni ojos para ver, ni oídos para oír. Ningún hombre pidió jamás estas cosas y fue rechazado; ninguna alma ha clamado en su ceguera y oscuridad: “Abre mis ojos”, que no hubiera recibido invariablemente una respuesta de gracia. Es la prerrogativa del Señor Jesús abrir los ojos ciegos; pero Él está siempre dispuesto a hacerlo cuando los hombres invoquen Su nombre. Basta que el pobre hombre clame, y el Señor Jesús debe y quiere oírle, y derramar la luz del día en su alma.

En el caso de Israel había un claro rechazo a ser bendecido: “Pero mi pueblo no oyó mi voz, e Israel no me quiso a mí.” No había una oración pidiendo la bendición celestial, sino más bien había una aversión a ella. “No tenéis lo que deseáis, porque no pedís.” “No saben, no entienden, andan en tinieblas.” Con justicia son dejados en las tinieblas aquellos que no le piden a Dios que les dé luz, o que abra sus ojos.

¿No es este el caso de algunos de ustedes? Oh, mis oyentes, he de ser claro y personal con ustedes: ¿no es cierto que algunos de ustedes permanecen sin oración, sin Cristo y sin gracia? ¿Qué será de ustedes? Su caso ha de lamentarse más porque ustedes no tienen excusa.

Luego, además, ellos resistieron la escasa luz que tenían. Cuando fueron forzados a ver, fue sólo por un instante que quisieron ser instruidos, y, luego, cerraron sus ojos otra vez. “Si los hacía morir, entonces buscaban a Dios; entonces se volvían solícitos en busca suya, y se acordaban de que Dios era su refugio, y el Dios Altísimo su redentor. Pero le lisonjeaban con su boca, y con su lengua le mentían.” Cuando envió serpientes ardientes en medio de ellos, o los hirió de alguna otra manera, entonces ellos percibían Su presencia por un tiempo, pero, en seguida, volvieron su espalda y trataron engañosamente. Ellos llevaron el tabernáculo de Moloc, y la estrella de su dios Renfán, y adoraron a sus ídolos en secreto en sus tiendas, de tal forma que provocaron a celos al Señor, y Él estaba airado en contra de ellos. Amaron más las tinieblas que la luz porque sus obras eran malas. Aunque no clamaron literalmente como Faraón: “¿Quién es Jehová, para que yo oiga su voz?”, en sus corazones quisieron decirlo. Ellos anhelaban vehementemente los abominables ritos de Baal-Peor, y cayeron en la inmundicia en los días de Balaam, aunque Dios mismo habitaba en medio de ellos en Su incomparable pureza y santidad. Ahora, este es el crimen más grave de todos: dejar al santo Dios por idolatrías impuras.

Oh, pecadores que no aman a Dios, ¿acaso no es porque ustedes aman lo que es malo? Oh, ustedes que nunca le ven ni le buscan, ¿no ha de ser encontrada la causa de su ceguera en su amor al pecado? “Todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz.” ¿Qué habrán de responder por esta obstinación suya, por esta desesperada inclinación de sus corazones hacia el mal? Nuestro temor por ustedes es grande: tenemos miedo de que perezcan por causa de la dureza de corazón. ¡Oh, que sintieran un deseo hacia Dios! ¡Oh, que quisieran volverse a Jesús! ¡Oh, que Su gracia los curara de sus rebeliones por su dura cerviz!

Jesús está aquí esta mañana, y clama: “¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste!” Él espera para ser clemente. ¿Dudan de esto? Él les ha otorgado todo tipo de cosas buenas: ¿piensan que Él les hubiera negado ojos para ver, y un corazón para entender, si hubieran buscado estas cosas? “Él da a todos abundantemente y sin reproche.” Si nosotros, siendo malos, sabemos dar buenas dádivas a nuestros hijos, ¿cuánto más nuestro Padre que está en los cielos dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan?

Pero no: los hombres escogen sus propios engaños; permanecen en sus pecados favoritos; perecen por suicidio. Como Saúl, cada incrédulo se desploma sobre su propia espada. “Te perdiste, oh Israel.” Sin embargo, tú te deleitas en tu destrucción, y entras en alianza con lo que te devora. Tú eres un prisionero, pero acaricias tus ataduras; no ves, pues obstinadamente apagas las velas; no oyes, pues cierras tus propios oídos: estás muerto espiritualmente, pues has escogido la corrupción. Te has cerrado al amor por prejuicio, y soberbia y dureza de corazón.

Ah, que una insensatez como esta sea conservada por alguien que frecuente esta casa de oración. ¿Es posible que sea tan insensato? Bendito sea el Señor porque muchos de ustedes tienen ojos para ver y oídos para oír. Todos ellos deben adorar a la gracia soberana que les ha otorgado estas bendiciones. Deben adorar al amor que ha vencido dulcemente su obstinada voluntad, llevando cautiva su cautividad, y dándoles a sentir y a conocer y a probar de las cosas espirituales. No es para ustedes la gloria, sino únicamente para el Señor. Para aquellos que no conocen al Señor, hay vergüenza y confusión; pero para quienes le han conocido, no hay autoglorificación; pues, como dijo el sabio: “El oído que oye, y el ojo que ve, ambas cosas igualmente ha hecho Jehová.” Ser ciegos de corazón es nuestro pecado; pero ser conducidos a ver, es la dádiva de la gracia. Nuestro abatimiento es producto de nuestro propio trabajo, pero nuestra salvación es del Señor.

III. Concluyo notando cuál fue EL LAMENTABLE RESULTADO de que este pueblo fuera tan altamente favorecido y privilegiado, y, sin embargo, no viera ni discerniera a su Dios. El resultado fue, primero, que se perdieron de una porción feliz. Difícilmente puedo imaginar cuán felices habrían podido ser los hijos de Israel. Ellos salieron de Egipto con una mano alzada y un brazo extendido; sus orejas estaban adornadas con joyas, y sus bolsos estaban llenos de riquezas, mientras el maná descendía del cielo en torno a ellos, y frescos arroyos fluían junto a ellos. Podrían haber completado una rápida marcha a la tierra prometida, y entrar de inmediato a su reposo, pues su Dios, que había enviado avispas delante de ellos, habría ahuyentado pronto a sus adversarios. “Cómo podría perseguir uno a mil, y dos hacer huir a diez mil.” En la tierra de la promesa habrían morado seguramente, y Dios les hubiera dado reposo. Entonces los cielos habrían oído a la tierra, y la tierra habría producido tales cosechas, que un año entre siete no habrían tenido necesidad de sembrar o de cosechar, sino que habrían pasado todo su tiempo alabando a Dios; y, entonces, el jubileo habría llegado cada séptimo año, en el que, con címbalos de júbilo engrandecerían al Altísimo. No habrían conocido a ningún enemigo invasor, ni habrían experimentado tizoncillo, añublo ni pulgón; de hecho, habrían constituido la nación más feliz bajo el cielo: “Les sustentaría Dios con lo mejor del trigo, y con miel de la peña les saciaría.” Ellos hicieron todo esto a un lado: no querían tener a Dios, y, por tanto, no podían tener prosperidad. Caminaron en dirección contraria a Él; no quisieron obedecerle, y, por eso, Su ira humeó en contra suya.

Piensen, además, cuán glorioso destino hicieron a un lado. Si hubiesen estado a la altura de la ocasión, por la gracia de Dios podrían haber sido una nación de reyes y sacerdotes, podrían haber sido los misioneros del Señor enviados a todas las tierras, los portadores de la luz a todos los pueblos. Todo arreglo fue hecho para capacitarlos para que vivieran una vida piadosa, santa, gozosa y santificada. Se nutrían del alimento de los ángeles, y habrían podido vivir vidas de ángeles, actuando como heraldos, para proclamar a los demás las maravillas que Dios había obrado en ellos. Ay, no pudieron ver la grandeza moral de un llamamiento tan alto, y pensaron más en comer de la carne que en honrar al Señor y a la enseñanza de Su ley.

Me gustaría decirles a algunos de ustedes que Dios ha estado colocando ante ustedes una puerta abierta, y, sin embargo, no le han entendido ni le han amado. Él quisiera convertirlos en santos, y ustedes se contentan con ser buscadores de dinero. Se han considerado indignos del galardón que ha sido puesto ante ustedes. No saben cuán feliz porción han rechazado. No hace mucho, eras todavía joven -ahora ya estás alcanzando la mitad de tu vida- y, sin embargo, desconoces las oportunidades de oro que has desperdiciado. Como Cleopatra, que derritió unas perlas y las engulló de un sorbo, así has tragado las posibilidades de gloria como si fuesen cosas comunes.

Qué no habría hecho Dios con algunos de ustedes si le hubiesen entregado sus corazones hace años. Por este tiempo habrían completado la obra de una vida, gloriosa para Dios, honorable para ustedes mismos, y feliz para sus amigos. Tú tenías madera para convertirte en un ministro, en un misionero, en un ganador de almas, y habrías estado entre los mejores y más felices de los hombres. Y ese desperdicio no termina en ustedes, pues están causando daño a muchas otras personas. ¡Sus hijos están encaminados a seguir sus necedades, desperdiciando sus vidas así como ustedes despilfarraron la suya! Oh, si hace años se hubiesen entregado a Jesús, sus hijos podrían haber sido su honra y su consuelo, y sus hijas, su goce y deleite. Ustedes han desperdiciado unas oportunidades tales que no podrían ser compradas con oro. Así dice el Señor: “¡Oh, si me hubiera oído mi pueblo, si en mis caminos hubiera andado Israel! En un momento habría yo derribado a sus enemigos y vuelto mi mano contra sus adversarios. Los que aborrecen a Jehová se le habrían sometido, y el tiempo de ellos sería para siempre.” Feliz es el pueblo de Dios, pero desventurados son aquellos que, habiendo sido colocados donde podían ver la mano de Dios, no la quisieron ver, donde podían oír la voz de Dios, pero no la quisieron oír, y rehusaron el reino del cielo que había llegado tan cerca de ellos.

Otro resultado fue que mientras se perdieron de una posición muy elevada, ellos continuaron pecando. Como no aprendieron la lección que Dios les estaba enseñando, es decir, que Él era Dios, y que servirle constituía su deleite y su prosperidad, fueron de un mal a otro, provocando al Señor a celos. De las quejas y las murmuraciones avanzaron hasta la rebelión. “Designemos un capitán”, -dijeron ellos- “y volvámonos a Egipto”. De idólatras se convirtieron en lascivos, y cayeron en el pecado de la inmundicia con las mujeres de Moab. A menudo fueron idólatras reales, y siempre fueron inestables de corazón. Así que fueron de un pecado a otro, porque no tenían un corazón para entender, ni oídos para oír a su Dios.

De aquí que sufrieran frecuentemente. Una plaga irrumpió en una ocasión, y un incendio en otra; una vez fueron visitados por la fiebre, y en seguida la tierra se abrió debajo de ellos; un día los amalecitas los hirieron, y otro día, unas serpientes ardientes brotaron de la arena, y murieron por miles, siendo envenenados por sus mordidas. Sufrieron mucho y a menudo, y en todas sus pruebas no hicieron sino cosechar lo que habían sembrado.

Un hombre no sabe lo que está haciendo cuando peca. Nosotros les decimos a nuestros hijos desobedientes que se las tenemos guardadas; y este es verdaderamente el caso con el grandioso Padre, que tiene el castigo reservado para las personas que obstinadamente se rebelan contra Él. El Señor envía aflicción e ira a quienes endurecen sus corazones y permanecen en sus iniquidades. Ah, personas que me escuchan, cuántos de ustedes están cosechando en este día lo que sus propias manos sembraron.

Finalmente este mal terminó terriblemente. El Señor alzó Su mano al cielo, y juró que esa generación rebelde no entraría en Su reposo, y ellos comenzaron a morir al por mayor, hasta que Moisés clamó: “Porque con tu furor somos consumidos, y con tu ira somos turbados.” Ni uno solo de los hombres que salieron de Egipto, con la excepción de Josué y de Caleb, alcanzaron la tierra prometida. Doquiera que ponían sus tiendas, a la caída del atardecer, lo primero era celebrar los funerales del día. Las tribus proseguían su marcha, y sobre esa marcha tropezaban a sus tumbas, hasta que la península entera en la que tuvieron que andar errantes de un lado al otro durante cuarenta años, se convirtió en un vasto cementerio, en el que miles de los de Israel fueron todos enterrados.

¿Quién mató a todos estos? No fueron destruidos por la espada del enemigo ni por la flecha del adversario; sino que fue el pecado el que los puso en montones como en el día de la batalla. No pudieron entrar por causa de su incredulidad. La tierra que fluía leche y miel yacía sonriendo bajo la calma luz del sol, al otro lado del Jordán, pero no pudieron entrar debido a que no tenían un corazón para percibir, ni ojos para ver, ni oídos para oír al Señor y Su palabra. Y esa es la principal miseria de su condición, oh ustedes que son negligentes, que no podrán entrar al reposo de Dios ni aquí ni en el más allá. Esto es lo doloroso para mí: que debo poner a Cristo delante de algunos de ustedes y nunca lo tendrán; que debo ensalzar Su sangre expiadora, pero ustedes rehusarán ser lavados en ella; que debo proseguir declarando el mensaje de mi Señor en tanto que esta lengua pueda moverse, y pedirles que crean en Jesucristo y encuentren vida eterna, pero tendré que decir siempre de algunos de ustedes: “Hasta hoy Jehová no os ha dado corazón para entender, ni ojos para ver, ni oídos para oír.”

Ay, sus ojos serán abiertos un día, en otro sentido. “El rico… vio de lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno.” ¿Quién era ese? Ese era un judío del tipo que he descrito, que tenía todo en esta vida, que se vestía de púrpura, y pasaba suntuosamente cada día, pero que no tenía un corazón para entender ni ojos para ver. “Y en el Hades alzó sus ojos, estando en tormentos.”

Oh, personas que me escuchan, los tormentos del infierno abrirán los ojos de ustedes. ¿Acaso esperarán hasta entonces? Oh, ustedes impíos, entonces es cuando reflexionarán. Le pido a Dios que tengan el suficiente sentido para pensar ahora, mientras pensar sea de utilidad para ustedes. Si hay un cielo, búsquenlo; si hay un infierno, escapen de él; si hay un Dios, ámenlo; si hay un Cristo, confíen en Él; si hay pecado, busquen ser lavados de ese pecado; si hay perdón, no descansen hasta tenerlo. ¡Oh, no se mofen de su Salvador! ¡No hagan un pasatiempo de las realidades eternas! Sean sinceros en cuanto a esto, y sinceros de inmediato. Si van a hacerle al tonto, traten a la ligera algo menos precioso que sus almas. Consigan juguetes menos caros que sus propios destinos inmortales.

Oh, que Dios bendijera esta palabra para ustedes que son negligentes, para que sintieran de inmediato que no sienten como deberían, y comenzaran a clamar a Dios para que les dé sentimiento; para que vean que no ven, y comiencen a clamar: “Señor, abre mis ojos”; para que puedan oír una voz esta mañana que les haga sentir que no oyen como deberían oír, y por tanto, que deben clamar a Dios que les dé oído. Recuerden que la vida espiritual es únicamente de Dios. Es Su don, y no es concedido de acuerdo a mérito, sino que es dado por pura gracia a los indignos. Búsquenlo y lo tendrán, pues así está escrito: “Todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá.”

¿Acaso rechazarán otra vez sus oídos el lenguaje de Su gracia? ¿Irán todavía a su granja o a sus mercancías, a su trabajo y a su diversión, y rechazarán la voz que los llama a la gloria y a la inmortalidad? ¿Pisotearán el amor sangrante de Jesús? Oh, entonces, ¿qué haré, y a quién me volveré? ¿Debo regresar a mi Señor, lamentando con Isaías: “Quién ha creído a nuestro anuncio? ¿Y sobre quién se ha manifestado el brazo de Jehová?” Señor, manifiesta Tu brazo, y, entonces, creerán Tu anuncio. Amén y Amén.

Porción de la Escritura leída antes del sermón: Deuteronomio 29.