“Espero que te des cuenta que el cielo seria miserable para un hombre sin santidad; y tiene que ser así. Cuando un pecador dice que quiere ir al cielo, no sabe lo que dice.”

Supongamos que pudieras ir al cielo sin santidad. ¿Que harías? ¿Estarías alegre allí? ¿Con cuál de los santos querrías conversar, y de qué? Sus placeres, sus gustos y su carácter no tendrían nada en común con los tuyos. ¿Cómo podrías ser feliz con ellos en el cielo si en la tierra tú aborreciste la santidad?

Quizás tú aquí disfrutas la compañía de gente rebelde, vana, mundana, amante del placer y profana, pero ninguno de ellos estará en el cielo. Quizás tú evitas a los santos de Dios por que te parecen muy estrictos y serios, pero ellos son los que habitaran el cielo. Tal vez para ti orar, leer la Biblia y adorar a Dios son cosas fastidiosas, aburridas y tontas que puedes tolerar a veces, pero sin ningún placer. Quizás consideres que ir a la iglesia el domingo es una obligación pesada, y no entiendes como alguien puede pasar tanto tiempo en adoración. Pero no olvides que en el cielo todo es adoración Allí nunca cesan la adoración y los cánticos de alabanza al Cordero diciendo “Santo, Santo, Santo Señor Todopoderoso.”
¿Cómo podría un hombre impío encontrar placer en una vida como esta? ¿Crees que un pecador se deleitaría en vivir con David, Pablo y Juan después de vivir haciendo las cosas contra las cuales ellos hablaron? ¿Qué tendría en común con ellos? ¿Podría alegrarse al ver cara a cara a Jesús el crucificado después de deleitarse en los pecados por los cuales Él murió, y de ser amigo de sus enemigos y ofensivo para con sus amigos? ¿Se sentiría cómodo adorando con los que cantan: “Este es nuestro Dios en el cual hemos esperado, nos gozaremos y alegraremos en su salvación” (Isaías 25:9)? ¿No se le pegaría la lengua al paladar de la vergüenza y querría que lo sacaran inmediatamente de allí? ¿No se sentiría extraño, como una oveja negra en el santo rebaño de Cristo?
Espero que te des cuenta que el cielo seria miserable para un hombre sin santidad; y tiene que ser así. Cuando un pecador dice que quiere ir al cielo, no sabe lo que dice. Para ir al cielo es necesario vivir en la tierra con una mente que ama lo celestial, de otro modo es imposible. Ahora, déjame preguntarte, ¿Eres tú santo o no? No te pregunto si vas a la iglesia, te haz bautizado, tomas la Santa Cena o profesas ser cristiano. No pregunto si apruebas la santidad, te gusta leer las biografías de los santos, hablar cosas santas, leer libros de santidad, si deseas ser santo o esperas ser santo. Te pregunto: ¿Eres tú santo o no?
¿Sabes por que soy tan directo e insistente? Por que la Escritura dice: “Sin santidad nadie vera al Señor” (Heb. 12:14). Cuando leo esas palabras tan penetrantes y escudriñadoras pienso en las multitudes que viven en la iniquidad y en los que son cristianos solo de nombre. Cada vez que leo Biblia, oigo al Espíritu diciendo: “Sin santidad nadie vera al Señor.” Ante este texto debemos pensar en nuestros caminos, escudriñar nuestros corazones y orar a Dios.

Pero si me dices que tú sientes y piensas en estas cosas, yo respondo, “Eso no basta. También las almas en el infierno sienten y piensan en esto.” Yo no pregunto que es lo que tu piensas y sientes, sino como tú vives.”

Si tú me dices que la santidad es solo para gente especial. Yo te respondo, “Eso no es lo que dice la Escritura.” Yo leo que el que espera en Cristo, no importa si es grande pequeño, pobre o rico, es santo por que se purifica a si mismo en Él (1 Juan 3:3) porque esa persona entiende que “sin santidad nadie vera al Señor.” Tú puedes decir que es imposible ser santo en este mundo, pero yo te respondo, “Estás equivocado. Sí se puede. Nada es imposible con Cristo” Muchos lo han sido. David, José y Daniel y los cristianos de la casa de Cesar son ejemplos que lo prueban.

Si tú me dices, “Un santo tiene que ser diferente.” Yo te respondo, “Estoy de acuerdo. Los verdaderos siervos de Cristo son diferentes al mundo que los rodea. Ellos son un puebloescogido y peculiar, y tú debes serlo si en verdad eres salvo.” Tú puedes decir: “Así muy pocos serán salvos,” y yo te respondo, “Lo se. Eso es lo que dijo el Señor, ‘Estrecha es la puerta y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan’. (Mat. 7:14)” Pocos serán salvos por que pocos buscan serlo, pues no quieren dejar el pecado ni sus propios caminos.

¿Tú dices que esto es duro de oír? Yo te respondo, “lo se.” Nuestro Señor dijo en el Sermón del Monte que si alguien quiere ser su discípulo tiene que tomar su cruz cada día y estar dispuesto a cortarse su mano si es necesario para evitar vivir en el pecado. En la religión como en las otras cosas, si no hay pena no hay gloria. Lo que no cuesta nada, no vale nada.