La gran verdad primordial de la religión cristiana se centra en la persona, el carácter, la obra, el sufrimiento, los oficios y la gloria de Jesucristo. Estos conceptos son vitales en el cristianismo. Si conocemos la verdad o estamos errados en estos asuntos, así también estaremos fundamentalmente correctos o errados en lo principal. Tanto hoy como en el Día del Juicio(1), la gran pregunta para determinar nuestro carácter y destino es la misma: “¿Que pensáis del Cristo?” (Mat. 22:42).

En este tema, la controversia ha existido por mucho tiempo… todos los amigos de Dios han creído estar de un lado y todos sus enemigos mayormente del otro; si no abiertamente, si en secreto; si no oficialmente, sí en la práctica. Por mil ochocientos años, una gran parte de todas las herejías han estado relacionadas con la persona o la obra de Cristo. La infidelidad más amarga es contra Cristo, mientras que la reverencia y obediencia a Dios se alimenta de la verdad que es él.Muchos se burlan y muchos más lo rechazan, mientras que otros lo admiran y adoran. Algunos obedecen, otros exclaman: “No queremos que éste reine sobre nosotros” (Luc. 19:14). En ninguna otra época ha existido más hostilidad contra Cristo que ahora.¡Jesucristo es maravilloso, es glorioso! Restarnos importancia a nosotros mismos y a nuestra propia labor para ir a Cristo es tener vida eterna. La seguridad consiste en acudir a él y permanecer en él. Cuando su espíritu nos llena, la noche se aleja y amanece totalmente despejado.

Sus nombres y títulos son tan importantes como significativos. Cada uno de ellos es un bálsamo derramado sobre nosotros. Sus labios son como panal de miel. Miel y leche hay debajo de su lengua, y el olor de sus vestidos como el olor del Líbano… por los suyos es bien amado (Cant. 4:11; 5:16).

Él es su defensor, el ángel del pacto, el autor y consumador de la fe. Es como el manzano entre los árboles del bosque; el Alfa y la Omega; el amado, el Pastor y Obispo de almas, el pan de vida, renuevo justo, el esposo, el resplandor de la gloria de Dios, y la fiel imagen de lo que él es.Él es un manojito de mirra.Sus santos le reconocen como Creador, capitán, Consejero, pacto, piedra angular, refugio en la tempestad, señalado entre diez mil. Él es para ellos como el rocío, la puerta hacia el rebaño, mediador, estrella de la mañana, libertador, diadema, el deseado de las naciones, las categorías y generaciones de hombres piadosos.

Ante sus ojos, él es el elegido, Emmanuel, el Padre eterno y la vida eterna. Él es la fuente de agua viva para las almas sedientas, de gozo para las almas atribuladas, de vida para las almas moribundas. Es el cimiento sobre el cual su pueblo construye sus esperanzas en el cielo. Es el Padre de la eternidad, el árbol de ciprés bajo cuyas sombras se regocijan los santos, el Principio y el Fin, el primer fruto de la cosecha más grande jamás reunida, el primogénito entre muchos hermanos y el unigénito de entre los muertos.Para sus escogidos, él es como el oro más fino, un guía, soberano, glorioso Señor, Dios, Dios verdadero, Dios sobre todo y bendito por siempre. Él es la cabeza de la Iglesia, salud, esperanza, esposo, herencia, morada de su pueblo. Es su poderoso Salvador. ¡Cabalga sobre los cielos por su nombre YAH! Es Jehová, herencia, juez y Rey de sus santos. Es su luz, vida, Señor, líder, legislador, Cordero Redentor, lirio del valle, León de la tribu de Judá.Él es Jesucristo el Hombre, Señor, mediador, mensajero del pacto, ministro del verdadero santuario “que levantó el Señor, y no el hombre” (Heb. 8:2). Es el Dios todopoderoso de Isaías… la estrella resplandeciente de la mañana de Juan, y el Mesías de los profetas.Él es el “unigénito del Padre lleno de gracia y de verdad” (Juan 1:14). Es tanto la raíz como la descendencia de David. Es la Paz, el príncipe, el sacerdote, el profeta, el potentado, el purificador, la propiciación por nuestros pecados, el médico de nuestras almas, planta de renombre, el poder de Dios para salvación, la Pascua de los santos. Saeta bruñida en la aljaba de Dios.

Él es la Roca, el refugio, el soberano, el rescate, el purificador, el redentor, la justicia y resurrección de todos los que visten túnicas blancas. Es la rosa de Sarón. Él es de la semilla de la mujer, la semilla de Abraham, la semilla de David, la rama de Isaí, Hijo de Dios, el Hijo del Hombre, el escudo, la fortaleza, la seguridad, Siloh (verdadero rey), el sacrificio, el santuario, la salvación, la santificación y el Sol de justicia para todo creyente.

Él es el ser santo que nació de María (Luc. 1:35). Él es la verdad, el tesoro, el maestro, el templo, el árbol de vida, el gran testador de su iglesia. Él es el camino, la fuente de salvación, la Palabra de Dios, la sabiduría de Dios, el testigo fiel. Es [llamado] Admirable (Isa. 9:6).

Él es una sola persona; sus naturalezas son dos. Es tanto humano como divino, finito e infinito, creado y no creado. Ha existido desde antes que Abraham, aunque no nació sino hasta años después que este patriarca durmiera con sus antepasados. Él estuvo muerto; mas he aquí vive por los siglos de los siglos (Apoc. 1:18).En la tierra no tuvo donde recostar su cabeza; aun así dispone de todos los diademas. Por él, los reyes gobiernan y los príncipes decretan justicia. Tiene el brazo de Dios y el corazón de un hermano. Ante él toda lengua confesará y toda rodilla se doblará: “por lo que padeció aprendió la obediencia” (Heb. 5:8). ¡Nadie ama como él, nadie se compadece como él, nadie salva como él!No sorprende que una persona como es Jesús viva y reine en el corazón de su pueblo. No nos maravillemos que las vírgenes lo amen, los santos lo alaben, los mártires mueran por él y no se avergüencen de confesarlo. Los creyentes se aferran a él y no lo dejan ir. El ceño fruncido sacude el marco de la naturaleza universal, su sonrisa da vida, su presencia convierte mazmorras en palacios, su sangre limpia el pecado, su justicia es la túnica blanca de los redimidos.

Si los hombres quieren ser salvos, sabios, santos, alegres, útiles, fuertes o victoriosos, que miren a JESÚS, que no miren a ningún otro lugar, que caminen en él, moren en él, se gloríen en él y cuenten como pérdida todo lo demás.Podemos mirar a la Ley hasta que el espíritu de esclavitud nos abrume con sus terrores y tormentos. Podemos tratar de hacer nuestra propia justicia jactándonos, pecando y muriendo como un fariseo. Podemos llorar hasta que la fuente de nuestras lágrimas se haya secado. Podemos tener todos los dones, entender todo misterio, dar todos nuestros bienes para alimentar a los pobres y entregar nuestro cuerpo para ser quemado (1 Cor. 13:2-3); pero ninguna de estas cosas puede expiar el pecado, ni puede recuperar el favor perdido con Dios, ni hará que tomemos parte en recibir la herencia de los santos en luz. “¡Solamente Cristo, solamente Cristo, solamente Cristo!”, ha sido el clamor de los testigos fieles de todos los tiempos cuando la verdad triunfó, cuando enmudecieron los oráculos, cuando los pecadores se convirtieron, cuando los santos clamaron con gozo, cuando la Palabra de Dios creció y prevaleció con gran poder!

La verdadera piedad empieza, continúa y se perfecciona en nuestra unión con Cristo(5). Somos limpiados con su sangre, vestidos con su justicia, purificados con su Espíritu. Cumplimos las demandas de la ley de este día de gracia cuando andamos como él anduvo y tenemos el mismo sentir que tuvo él. En la medida que los hombres son verdaderamente piadosos, lo tienen a él como su fundamento y la piedra principal, la suma y sustancia y centro de todas sus esperanzas y regocijos delante de Dios. El mundo lo acepta y cree en él, no solamente porque no hay otro Salvador, sino porque su salvación para los pecadores es exactamente la que necesitan y porque le trae honra y gloria a Dios en lo Alto.El verdadero creyente no solamente confía en Cristo sino que lo hace motivo de su alabanza. No solamente lo menciona, no admite que nadie sea comparado con él. Para todos los fines, partes y propósitos de salvación, Cristo es único. No hay nadie como él, no hay nadie con él, no hay nadie antes que él, no hay nadie después que él, no hay nadie además de él. No tiene predecesor, no tiene ni tendrá sucesor. No tiene vicario. No tiene asistente; viste una corona indivisible y ejerce perfecta soberanía sobre un reino sin divisiones. Así como el pueblo de Dios lo exalta por sobre todas las cosas, lo hace también su santo y eterno Padre.Así como lo corona Señor de todo, también Dios lo ha exaltado y dado un nombre que es sobre todo nombre. Si lo admiran y ensalzan sublimemente, tienen una razón para hacerlo. Es cosa santa y lógica postrarse ante él y exclamar: “¡Señor mío, y Dios mío!” (Juan 20:28). Así como es el deleite del hombre, es también el deleite de su Padre. Escucha la voz de la magnífica gloria: “Éste es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mat. 3:17).Erramos tristemente cuando empezamos en el Espíritu y terminamos en la carne; cuando reconocemos a Cristo como el Autor, pero no como el consumador, de nuestra fe. Un espíritu legalista es la perdición de la piedad. Es enemigo tan grande de la santa paz como lo es de la gracia del evangelio. Por la Ley, los creyentes están muertos para la ley a fin de vivir para Dios (Gál. 2:19). Este es el plan del evangelio. He aquí el secreto de crecer conforme a Dios. Aquí hay poder, aquí hay vida, aquí hay sabiduría. Somos hechos completos en él.En las guerras de opinión, las discusiones más grandes que han existido han sido referente a si Cristo es la única y suficiente fuente de salvación del hombre. Sería extraño que cualquiera que tiene la Palabra de Dios lleve la de perder en este tema. Las Escrituras no pueden ser más claras: “Porque el fin de la ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree” (Rom. 10:4). Esta es la síntesis de las enseñanzas inspiradas sobre este tema. Esta doctrina va mucho más allá de lo que puede crear la inteligencia humana, en cambio, es totalmente conforme con la justa razón. El evangelio no proviene de la sabiduría humana, pero es el remedio apropiado para las aflicciones humanas. El corazón del hombre se encuentra firmemente aferrado a un plan que no humille su orgullo ni acalle su vanidad. Aunque con nuestra regeneración la insensatez es tan profundamente curada que el alma se sostiene en Jesús, aun el convertido a veces puede retroceder y perder el discernimiento claro y vivo del único camino de salvación indicado por Dios. A esto le sigue la oscuridad, el sufrimiento y la insuficiencia. Han sido embrujados (fascinados) y no siguen la verdad (Gal. 3:1).Cristo es nuestra vida: separados de él, somos ramas secas. Solo cuando vemos claramente a Cristo y lo aceptamos de corazón nuestra paz fluye como un río y nuestra justicia como olas del mar. Corremos toda la carrera cristiana animados hacia la meta por el premio del llamado supremo de Dios en Cristo Jesús. Todos los actos de fe son fruto del Espíritu; el objeto de todos estos actos es la persona de nuestro Señor Jesucristo; su garante es la promesa de Dios, el llamado del evangelio; y cuando renunciamos a nosotros mismos, traemos a Cristo a nuestra alma, la esperanza de gloria.Oh, que los hombres aprendieran que el Monte Sinaí se encuentra lejos de Jerusalén y que el Calvario está muy cerca de él. Cuanto más cerca estamos de la Ley como un pacto de vida, más lejos estaremos de Cristo, lejos de la liberación. La multitud de santos que ha terminado la carrera y ha llegado a la patria celestial tenía pecado, culpa, insensatez, angustia e impotencia, pero en él encontró los tesoros escondidos de sabiduría, gracia y gloria…Este tema sugiere algunas observaciones para dos grupos de personas:

  1. A los cristianos: Al creer en Cristo, has actuado sabiamente. Sufrir gustosamente por él es mejor que regocijarse en el mundo. Es mejor ser un prisionero por él que un príncipe sin él. Morir en Cristo es caer en un sueño en Jesús y estar por siempre con el Señor. Aférrate firmemente a tu profesión de fe en su nombre. ¡Apégate a él, sigue firme en él, vive por él, mantén la vista en él, permanece listo a morir por él, haz que tus deseos se centren en él, que tus deseos de vivir en santidad provengan de él, que tus tristezas sean santificadas por él, que tus alegrías sean intensificadas, aceptadas, endulzadas por él! Permanece solo en él. Estamos tan obligados a creer que hay un solo Mediador(6) como lo estamos a creer que hay un solo Dios (1Tim. 2:5). Ningún otro puede hacernos ningún bien. La devoción a Cristo no puede jamás ser excesiva. Muchos aman, sirven, confían y lo alaban muy poco; ¿pero quién hay que lo haya amado, servido, confiado, o alabado demasiado? “No hay amor al deber donde no hay amor a Cristo”(7).
  2. A los que no han acudido a Cristo y aún están en pecado: ¿No vas a recibir al Salvador? Si Cristo no es tu Garante, tendrás que pagar tu propia deuda. No desprecies su cruz. Ahí está la vida del hombre. Fue diseñada por hombres malvados para ser, y sigue siendo, un sello de desprecio, una señal de ignominia. Cristo crucificado fue para los judíos tropezadero y para los griegos locura. Cuídate de no caer en sus caminos de perversidad. ¡Ven a Cristo! Él murió por pecadores; se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, una redención para muchos, un sacrificio de olor fragante. Entrégate a él. Cree en él y la Ley ya no te condenará. Cree en él y Dios te aceptará en el Amado. Cree en él y tendrás derecho al árbol de vida. Cree en él y el aguijón de la muerte no puede hacerte daño. Cree en él y tendrás parte en la primera resurrección. Cree en él y tendrás valentía para el Día del Juicio. Pero si lo sigues rechazando, tu corazón se endurecerá más de lo que ahora está. Sigue rechazándolo y el día de gracia desaparecerá eternamente para ti. Sigue rechazándolo y despertarás a la vergüenza y confusión eterna. “Hay un abismo terrible en el corazón del que no ama a Cristo”(8).

Tomado de The Rock of Our Salvation (La roca de nuestra Salvación)Sprinkle Publications, www.sprinklepublications.net

William S. Plumer (1802-1880): Pastor presbiteriano norteamericano, predicador del evangelio y autor de numerosos libros, nacido en Greensburg, Pensilvania, EE.UU