“Y alguien le dijo: Señor, ¿son pocos los que se salvan? Y él les dijo: Esforzaos a entrar por la puerta angosta; porque os digo que muchos procurarán entrar, y no podrán.” — Lucas 13:23–24

Supongo que estoy declarando una absoluta verdad cuando digo que probablemente no haya otra cuestión que más personas discutan tan a menudo como la que forma parte de mi texto de esta noche. Se trata abundantemente en la escuela dominical, en la escuela bíblica, en los grupos de debate, sí, en las tabernas y en cualquier otro lugar donde surja la religión como tema de conversación. Probablemente no haya nadie aquí esta noche que no haya intervenido multitud de veces en semejante debate, nadie que no sostenga ideas dogmáticas y categóricas con respecto a la verdadera respuesta.

Porque es una cuestión de interés universal debido a lo universal de su aplicación. Todos tenemos nuestras ideas acerca de cuestiones como estas y damos nuestras respuestas con seguridad y confianza (sorprende advertir cómo cada persona se cree una autoridad infalible en este asunto de la salvación). «No puedo creer que Dios haga esto o lo otro»—dice la persona—; y, por tanto, quiere hacernos creer de manera categórica que Dios no hace esto o lo otro. Si no podemos creerlo, ¡pues simplemente no sucede! Porque todos somos autoridades en esta cuestión, ¡particularmente aquellos de nosotros que objetamos con más fuerza contra la idea de un Papa! Bien, aquí somos confrontados por esta mismísima cuestión en el Nuevo Testamento, y con la respuesta categórica y terminante de nuestro Señor. Ahora bien, hay una o dos observaciones preliminares que debo hacer antes de pasar a tratar lo que se nos dice aquí.

Lo primero que nos sorprende en vista de la respuesta de nuestro Señor es la terrible arrogancia y el descaro, por no decir la impertinencia blasfema, que todos demostramos al debatir esta cuestión. ¡Cuán fácil y a la ligera planteamos estas preguntas y debatimos al respecto! ¡Cuán imprudentes e irreflexivos somos! ¡Vaya idea la de que semejante cuestión se debata en un bar o en una cantina, o en la frívola atmósfera de un grupo de debate! ¡Esta cuestión está siendo utilizada meramente para el interés y entretenimiento de algunas personas durante unas horas, o para el propósito de hacer bromas ingeniosas y comentarios y ganar inútiles puntos en un debate! ¡Cuán ligera e irreflexivamente afrontamos esta cuestión habitualmente! La hemos discutido y debatido multitud de veces, pero hemos seguido exactamente igual que estábamos; hemos expresado nuestras ideas acerca de la salvación incontables veces, pero no la hemos obtenido aún. Si este sermón no tiene ningún otro resultado, pido en oración y espero que al menos nos enseñe a todos a comprender que esta es una cuestión que debe enfocarse con un espíritu de «temor y reverencia», que es el asunto más serio y maravilloso al que jamás nos enfrentaremos.

La segunda observación preliminar se deriva naturalmente de eso, y es simplemente un recordatorio de la gran verdad casi universalmente olvidada en estos días de que el evangelio de Jesucristo no se ofrece para el debate o la discusión, sino para nuestra creencia y aceptación. No desea nuestra aprobación, sino que exige nuestra obediencia. No pide debate, sino que ordena diligencia. Nuestro Señor, aquí, cuando se le planteó esta cuestión, hizo invariablemente lo que hizo y lo que espera que hagan siempre sus siervos y representantes. No contestó a la pregunta de este hombre; más bien le dijo qué hacer. No moderó un debate; dio instrucciones. En otras palabras, si somos verdaderamente serios con respecto a la cuestión de la salvación y no intentamos simplemente ser ingeniosos, nuestra tarea no esexpresar nuestras opiniones e ideas, sino descubrir la mente de Dios. Solo en la Biblia se puede encontrar eso. No hay otro libro que sea la voz de Dios, no hay otro libro que tenga la misma inspiración y autoridad. Ni tampoco hay otro hombre, ni ha habido otra persona que tuviera la misma autoridad divina para hablar acerca de estas cuestiones como Jesucristo, nuestro Señor y Salvador. Veremos que muchos hombres han ofrecido una respuesta muy distinta de la que encontramos aquí. Los escritores populares de hoy darían, casi sin excepción, una respuesta muy distinta. Es cosa nuestra decidir si preferimos creer la pasajera y efímera teoría de alguna persona que está de moda y es popular en la actualidad, como muchas otras ya olvidadas que fueron populares en su tiempo, o si estamos dispuestos a escuchar este Libro y a esta Persona que habla en él y a través de él. Aquí hay algo que ha resistido la prueba de veinte siglos, aquí hay una idea que ha traído luz y liberación a innumerables almas, muchas de ellas las más nobles y grandes que ha visto el mundo. Solo esto permanece. Otras teorías han ido y venido, han tenido su momento pero pronto han dejado de ser satisfactorias. Es cosa nuestra decidirlo. Lo único que quiero hacer es advertirte para que tengas mucho cuidado, y te rogaría con todas mis fuerzas que escucharas la respuesta dada por Jesucristo nuestro Señor. No sé qué idea de la salvación tenía aquel que formuló originalmente esta pregunta y no sé qué idea tenéis cada uno de vosotros esta noche; pero, cualquiera que sea, la respuesta de Cristo sigue siendo la misma: «Esforzaos a entrar por la puerta angosta».

Consideremos un momento la palabra «esforzaos» y veamos cuál es su significado exacto, porque creo que podremos mostrar que gran parte de la confusión se debe a la propia definición. «Lo importante para todos los que desean la salvación y están preocupados por ella —viene a decir nuestro Señor a este hombre y a los que estaban con él— es comprender qué significa exactamente la salvación y esforzarse en ello con persistencia y tenacidad en un intento sincero y con ese único objetivo».

En algún momento u otro, el Espíritu de Dios nos visita a cada uno de nosotros y nos mueve y perturba. Puede ser en una reunión como esta o al cantar algún himno, o quizá en la muerte o el funeral de alguien que nos es muy querido. Quizá en algún accidente al enfrentarnos a nuestra propia muerte o en muchas otras situaciones y circunstancias posibles, el Espíritu de Dios nos trata. Nos volvemos conscientes de su poder y presencia de una forma que nunca habíamos sentido. Nos derretimos y ablandamos transitoriamente.

Repentinamente se nos hace presente que no hemos sido lo que deberíamos haber sido, que nuestras vidas han sido egoístas y pecaminosas, que hemos sido mundanos todo el tiempo y hemos olvidado a Dios y su amor eterno en Jesucristo. Y mientras de esta forma nos sentimos entristecidos y con remordimientos por nuestro pasado y por los pecados cometidos, exactamente al mismo tiempo se produce un sentimiento que nos insta a una vida mejor en el futuro. En una especie de atisbo repentino, vemos qué gloriosa y feliz es la vida buena y cristiana. Anhelamos ser mejores, más puros y limpios, ansiamos esa vida recta y noble que súbitamente se nos revela, y ahí y entonces decidimos que seremos mejores en los días venideros. Lo vemos todo claramente y lloramos en parte de pena y en parte de alegría. Ahora bien, todos sabemos a lo que me refiero con eso, porque todos lo hemos experimentado en algún momento u otro, probablemente en más ocasiones de las que podemos recordar. ¿Qué significado tiene semejante experiencia? Es la voz de Dios llamándonos del pecado a la salvación. Es nuestro padre celestial enviándonos un mensaje de perdón y llamándonos de vuelta a nuestro hogar. Es el Espíritu de Dios obrando en nuestras almas e instándonos a abandonar nuestro pecado y a buscar la santidad. No hay nadie que, en un momento u otro, no haya tenido tal experiencia.

Ahora bien, la pregunta que surge es la siguiente: ¿Cómo la hemos utilizado? ¿Cuáles han sido el resultado y las consecuencias de esos momentos de sensibilidad y remordimiento? ¿Cuál ha sido el resultado de esas ocasiones en que nos han alarmado nuestra propia pecaminosidad y frialdad y nos hemos aterrado ante la idea de la condenación que inevitablemente nos espera de pasar a la eternidad en semejante estado y situación? ¿Cómo hemos aprovechado estas ocasiones misericordiosas en que Dios nos ha hablado a pesar de nuestra pecaminosidad? ¿Podemos afirmar con honradez todos nosotros que las hemos aprovechado por completo y que, comprendiendo su misericordiosa y amorosa naturaleza, olvidando todo lo demás, no dejando que nada más interfiera o nos desvíe, hemos concentrado toda nuestra atención y energía en esta cuestión de vital importancia? Debido a que sabemos bien que no ha sido así, llamo la atención esta noche sobre esta cuestión y propongo ilustrar las distintas formas en que tendemos a utilizar mal y abusar de estos momentos de misericordia cuando Dios habla a nuestra alma. No puedo esperar tratar en un solo sermón todos los errores que cometen los hombres al respecto; elegiremos algunos de los más obvios y comunes.

1) No hay nada más común que el que los hombres y las mujeres intenten librarse lo antes posible, cuando Dios les habla así y son convencidos así por su Espíritu, de la dolorosa e incómoda sensación que les genera. Vuelven a casa del culto, del hospital o de donde se encuentren cuando Dios les visita y de inmediato buscan algún medio por el cual librarse de la sensación de infelicidad que les invade. Hay una voz en su interior que les dice que estén tranquilos, callados y solos y que dejen a Dios hacer su obra, diciéndoles que eviten la compañía, la conversación y todo lo que tiende a distraerles de la contemplación de Dios y su propia alma. Pero hay otra voz que les dice que no sean necios y estúpidos, que no se dejen volver pesimistas y que no se amarguen, que lamentarse y pensar esas cosas no les servirá de ayuda, que el sermón ha cumplido su cometido, que se han sentido como debían sentirse y el efecto proseguirá, y que mientras tanto, pues, no tiene sentido alguno quedarse solo. ¡Y cómo atrae y se ajusta esta voz a nuestro estado de ánimo! Porque nos disgusta ser serios e infelices; no nos agrada considerarnos pecadores y almas perdidas. Es entristecedor e incómodo y, para una naturaleza que no desea más que la felicidad en todo momento, completamente mortificante. Desea una liberación rápida e inmediata, y se apoya en cualquier remedio que prometa un alivio para la presión y la desdicha. ¡Qué bien queda ilustrado en la Biblia! ¿Recordamos la historia de Caín? Dios le habló, le advirtió y amenazó. Y Caín dijo con una mueca de dolor: «Grande es mi castigo para ser soportado». Comprendió lo absolutamente terrible que era el Señor, pero en lugar de aprovechar este conocimiento y hacer todo lo posible para agradar a Dios y expiar su pasado, se nos dice que «salió, pues, Caín de delante de Jehová, y habitó en tierra de Nod» y «edificó una ciudad» y se hizo rico. ¡Cuán normal es eso! Había cometido ese gran pecado y le preocupaba. Dios le estaba hablando sin darle tregua; pero Caín no se arrepintió verdaderamente. Lo único que deseaba era una paz de espíritu inmediata y el método de Dios era muy prolongado y trabajoso. ¡De modo que se puso a trabajar y estuvo tan ocupado como pudo! «Trabajaré tanto como pueda —dijo—, me sumergiré en el trabajo. No descansaré ni tendré tiempo para pensar». Y se hizo rico y construyó una ciudad. Cualquier cosa con tal de tener paz de espíritu, aunque signifique trabajar como un esclavo. No es preciso que aplique esa historia. ¡Cuántas pobres almas tratan de hacer lo mismo en la actualidad! Intentando olvidar y sepultar su pasado por medio de una vida ocupada, imaginando neciamente que el pecado se puede dejar por medio de una vida activa y agotadora.

Pero tomemos el caso de Saúl, el primer rey de Israel, y observemos otra forma de librarse de la convicción de pecado. Saúl había errado y se había apartado de los caminos del Señor. Sabía que estaba equivocado y era infeliz con respecto a sí mismo. Más aún, de vez en cuando el Espíritu de Dios solía tratarle, le recordaba su glorioso comienzo, la forma en que Dios le había elegido y llamado a ser rey, para señalarle luego la vergüenza de su transgresión. Y Saúl se sentía terriblemente infeliz y desgraciado. Se dice que «le atormentaba un espíritu malo de parte de Jehová». Allí estaba aquel gran hombre triste y desgraciado, sembrando de tinieblas toda la corte. Pero alguien le sugirió un día que debían llamar a un arpista experto para que tocara cada vez que el rey tuviera un acceso de maldad. Y Saúl consintió y dijo «buscadme, pues, ahora alguno que toque bien, y traédmelo» (1 Samuel 16:17). Y mandaron llamar a David, quien vino y tocó. Esto es lo que se nos dice: «Y cuando el espíritu malo de parte de Dios venía sobre Saúl, David tomaba el arpa y tocaba con su mano; y Saúl tenía alivio y estaba mejor, y el espíritu malo se apartaba de él» (1 Samuel 16:23). ¡Qué imagen! Aquella gran alma que había errado estaba hundiéndose gradualmente en la perdición. Dios, en su infinita gracia, intenta detener la corrupción y la destrucción; pero el hombre, en lugar de dar gracias a Dios y aprovechar estas ocasiones, hace todo lo posible para acallar la voz divina. Saúl se iba al Infierno mientras David y su arpa silenciaban y ahogaban la voz de Dios. ¡Ay! No hace falta seguir. Todos sabemos a lo que me refiero. Volvemos a casa de la iglesia serios, tristes e infelices. Pero en lugar de permitir que prosiga esa obra misericordiosa, hacemos una llamada amistosa a alguien y empezamos a hablar y cotillear, ponemos la televisión, leemos una novela o hacemos alguno de los centenares de cosas posibles y que, aunque quizá no sean perniciosas en sí mismas —como no lo era David tocando el arpa—, sin embargo, en ese momento en particular, son la herramienta y la voz del diablo para frustrar la obra de Dios en nuestra alma.

2) Hay otros que utilizan de manera errónea esas oportunidades enviadas desde el Cielo no exactamente de este modo, sino de otra forma igualmente fútil. Estos son culpables no tanto de apagar el espíritu como de dejar que muera gradualmente. Buscan la salvación a rachas. Hacen esfuerzos, pero son espasmódicos y transitorios. Cada vez que Dios les trata reconocen su voz y durante un tiempo intentan mejorar y reformarse. Vienen a la iglesia y parecen serios y formales. Asisten con regularidad durante un tiempo y evitan una u otra maldad, pero solo durante un corto período. Pronto empiezan a relajarse y a ser menos cuidadosos y finalmente dejan de venir del todo y vuelven a su anterior estado. Pero después de un tiempo reaparecen de nuevo y pasan otra vez por el mismo proceso. Para todos aquellos que saben claramente que Dios les ha hablado y que de cuando en cuando han anhelado la salvación, el mandamiento de nuestro Señor es: «¡Esforzaos!». ¡Estad preparados, sed constantes, manteneos erguidos! ¡Sed diligentes, sed persistentes, aplicaos con todo vuestro corazón y con absoluta determinación!». El hombre que disfruta de éxito en su negocio y trabajo no es el que trabaja únicamente cuando le apetece y de forma irregular, sino el hombre de firmeza, el hombre con determinación, el hombre que está ahí pase lo que pase. «Esforzaos a entrar por la puerta angosta», porque si no lo hacéis acabaréis exactamente donde comenzasteis a pesar de vuestros esfuerzos ocasionales y esporádicos.

3) Luego está el grupo constituido por aquellos que podríamos describir como las personas que siempre están «rondando» la puerta, pero que se cuidan de no esforzarse por entrar y atravesarla. Saben que la puerta lleva a la vida y esperan atravesarla finalmente, pero mientras tanto hay muchas otras cosas de las que están orgullosos en el exterior y no tienen intención de renunciar a ellas hasta el último momento. Asisten a la iglesia con regularidad y muy a menudo son miembros de la misma, deciden que llevarán una vida mejor y que harán buenas obras en el futuro. ¡Oh sí!, están muy cerca de la puerta. Están justo delante, pero utilizan esa misma proximidad para silenciar la voz de Dios en sus almas. Se tranquilizan a sí mismos con el pensamiento de que son miembros de la iglesia, de que evitan ciertos pecados y hacen el bien, y así acallan la voz que les insta a ir más allá, a entregarse incondicionalmente a su religión, a abandonar completamente el mundo, a esforzarse todo lo posible para pasar por la puerta angosta. La propia cercanía de la puerta es lo que los mantiene fuera. Si hay alguien así esta noche, y estoy seguro de que lo hay, el mensaje de Cristo es: «Esfuérzate. ¡Sigue adelante! No te detengas. No te des por satisfecho. ¡Acaba con ese pecado! Renuncia al disfrute mundano que, aunque pueda ser inocente, te está reteniendo. Si deseas la salvación plena, debes entregar todo tu corazón a Dios. Asistir a la iglesia no es suficiente. La calidad de miembros por sí sola no salva. ¡Esfuérzate! ¡Lucha y ora!».

4) Luego está aquel importante grupo constituido por personas que silencian la voz condenatoria que hay en su interior citando la Escritura y debatiendo doctrinas teológicas. En lugar de utilizar plenamente la visita del Espíritu de Dios que han recibido, en lugar de esforzarse por la salvación con todas sus fuerzas, en lugar de escuchar esa guía interior que les insta a dar los pasos adecuados, en lugar de creer lo que nuestro propio Señor ha dejado como regla a este respecto cuando dijo: «El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo por mi propia cuenta» (Juan 7:17), no hacen nada, pero inmediatamente pasan a debatir las doctrinas. Y la doctrina favorita con respecto a esto es la doctrina de la elección y la predestinación. Aquellos interesados en esto señalan a hombres y mujeres que, a pesar de no hacer ningún esfuerzo en absoluto en pos de la santidad y que más bien llevaban una vida profundamente pecaminosa y malvada, fueron súbitamente detenidos y convertidos por el poder de Dios. Luego citan pasajes que hablan de que la justificación es solamente por fe y gracia, que todo es un don de Dios y que ningún hombre puede salvarse a sí mismo. Todo suena correctísimo y escriturario y, sin embargo, esconde uno de los errores más sutiles que quepa imaginar. «¿De qué sirve esforzarse —dicen— cuando, por grande que sea el esfuerzo, nadie puede salvarse?». ¡Deciden, pues, seguir como están y no hacer nada! ¡Qué error tan terrible y blasfemo, qué idea tan pervertida de las doctrinas de la Santa Escritura! ¡Cómo se traicionan! Están en lo cierto cuando dicen que ningún hombre puede salvarse a sí mismo, que la salvación es don de Dios. Lo erróneo es la conclusión que extraen. Dios ya les ha tratado cuando ha puesto inquietud en ellos. El Espíritu ya les ha convencido. Y aunque entienden que nunca podrán ganar o merecer la salvación, sin duda deben anhelarla y desearla. Y en el momento en que cualquier persona desea la salvación de esa forma, comprende lo que significa y ve por primera vez su desesperada situación y estado, aunque no pueda conseguir la salvación, al menos puede renunciar a su pecado, corregir sus caminos y hacer todo lo posible por llevar una nueva vida. No puede salvarse a sí misma, es cierto, pero puede odiarse a sí misma, aborrecer su pecado todo lo posible y alejarse de él todo lo que pueda. No, querido amigo, no hay autoridad escrituraria alguna ni base alguna en la doctrina de la Iglesia para que permanezcas en la cloaca de tu pecado aguardando alguna clase de visita celestial. Demuestra más bien que deseas la salvación haciendo todo lo posible por alejarte de todo lo que es el mayor enemigo de la salvación: tu pecado.

No es asunto tuyo preocuparte por el plan de salvación y debatirlo. No debiera suponer diferencia alguna para ti lo que le haya sucedido a cualquier otro. ¿Deseas ser salvo? ¿Estás cansado del pecado y de ti mismo? ¿Anhelas liberación y una nueva vida? Si lo haces, demuestra que es así, demuestra que odias el pecado saliendo de él y abandonándolo: «Esforzaos a entrar por la puerta angosta». La Escritura no dice que tu esfuerzo te hará cruzarla, lo que te dice es que te esfuerces. Y todos los que están preocupados por la salvación se esfuerzan necesariamente.

5) El último error que trataremos esta noche es el error de apoyar estas cuestiones en lo que se considera amor de Dios. Los hombres no pueden creer que toda esta lucha, este esfuerzo, esta negación de uno mismo y esta crucifixión del «yo» sean necesarios, y que solo algunos se salvarán mientras que otros serán condenados. «Dios es amor», dicen imaginando con orgullo que eso de algún modo les salvará. Lo único que preguntaría a semejantes personas es lo siguiente: ¿Sobre qué basas tu creencia en una salvación universal a pesar de lo que hacemos? ¿Cuál es tu autoridad para creerlo? ¿En qué te apoyas? ¿Conoces alguna autoridad más grande que Jesucristo y las cosas que dijo documentadas en este Libro? ¿Tienes alguna autoridad en absoluto aparte de lo que crees y de lo que te gustaría creer? Reflexiona, querido amigo, y comprende que, porque algo te guste, no significa por fuerza que sea correcto y verdadero. Porque ya sabes que la mayoría de las cosas que te gustan son erróneas. Nuestros sentimientos no son ningún patrón, porque somos mudables y pecaminosos. Reconoce la necedad de oponer tu opinión a este Libro y a toda la Revelación de Dios al hombre. Citas la parábola del hijo pródigo y dices que piensas que Dios es así, como ese padre. Pero considera esa parábola. Es cierto que el padre lo perdonó todo y que recibió a su hijo pródigo con los brazos abiertos y con una cálida bienvenida. Dios hará lo mismo contigo en las mismas condiciones. ¡Pero considera lo que había sucedido antes de que el padre le abrazara y besara! El pobre hijo pródigo había tenido una terrible lucha. Había salido de su pecado, había hecho oídos sordos a los vituperios y sarcasmos de sus compañeros en el pecado, no había hecho caso de sus argumentos, había decidido y determinado abandonar ese país extranjero de una vez por todas y, finalmente, haciendo acopio de coraje, doblegando su voluntad, se había enfrentado a todos los contratiempos y había llegado a casa. ¡Oh, sí!, Dios, como el padre, te está esperando y está dispuesto a perdonarte y recibirte. ¿Pero has abandonado ya ese país extranjero? ¿Has dejado tus pecados? ¿Te has separado de tus amigos pecadores? ¿Has dado algún paso hacia tu hogar? El amor de Dios ciertamente te recibirá y perdonará, pero no hasta que, como el hijo pródigo, te sientas completa y absolutamente indigno de ello.

Había pensado hablar de la forma en que debemos esforzarnos, pero debo dejarlo por esta noche. De hecho, he indicado claramente a través de lo que ya he dicho, cómo debe hacerse. Implica aplicación, constancia, persistencia, lectura de la Palabra de Dios, oración y abandono de todo lo que sabemos que es erróneo y pecaminoso. Pero consideremos tan solo algunas de las razones que debieran motivarnos para este esfuerzo y que hacen del esfuerzo algo imperativo y urgente. Todas están indicadas en este párrafo.
En primer lugar está la razón que tan a menudo hemos considerado juntos con anterioridad, esto es, que habrá un momento en que será demasiado tarde y esforzarse será ya imposible. Vendrá un momento en que el padre de familia se levantará y cerrará la puerta. ¡Oh! Deja que caiga todo el peso de esta consideración sobre ti. En ocasiones, las personas vienen a mí y me preguntan por qué predico sermones tan largos. «¿Por qué no dejarlo donde estabas?—dicen—. Fue un sermón excelente y bastante completo hasta ese punto. ¿Por qué no dejar las razones para esforzarse hasta la próxima predicación y hacer un sermón separado de ellas?». Esto es muy agradable y lisonjero. Pero, querida alma, quizá no haya una próxima vez en tu historia o en la mía. Puede que esta sea la última oportunidad. La cuestión es urgente. ¡Esfuérzate! ¡No pierdas un momento! «El padre de familia» se levantará con toda certeza y nunca sabemos cuándo será.

La segunda razón que veo para esta urgencia y para la necesidad de esforzarse es la «angostura» o «estrechez» de la puerta. Como ya hemos dicho, hay muchos que se sitúan cerca de la puerta, que desean atravesarla justo antes de morir, que esperan llegar al Cielo y obtener la salvación, pero que desean también sacar todo el jugo a este mundo. Viven una vida mundana y no abandonarán ciertas cosas por amor a Cristo. Tienen ciertas reservas y no ven por qué esto y lo otro no es coherente con una vida cristiana y salva. ¡Oh sí! Esperan atravesarla al final, en el último momento. De manera que se mantienen cercanos a la puerta toda su vida. Consideran necias y lunáticas a las personas que viven alejadas de la puerta. «¿Cómo pueden esperar atravesarla —dicen— viviendo tan lejos de ella?». ¡En lo que a ellos respecta, creen que están bien por su cercanía a la puerta! ¡Qué ciegos están y qué tragedia! Porque olvidan dos hechos vitales y fundamentales. El primero es que la entrada es «angosta», es estrecha, ciertamente tan estrecha que solo admite a las personas de una en una. Es una especie de torniquete. El segundo es que hay muchas personas que se apoyan en la misma maniobra con la misma esperanza: «Os digo que muchos procurarán entrar». ¿Ves la imagen? Ahí están todos cerca de la puerta, con un ojo puesto en ella y otro en el mundo y todo lo que tiene que ofrecerles. Súbitamente, comprenden que el padre de familia está cerrando la puerta y todos se abalanzan frenéticamente hacia ella. Pero, por desgracia, el camino es tan estrecho, la entrada es tan limitada y ellos son tal multitud que lo único que consiguen es bloquear el camino, estorbarse entre sí, crear un estado de pánico y producir una estampida. ¡Cuanto más frenéticos y violentos se vuelven, más imposible hacen para el otro la entrada! Ahí están, luchando, maldiciendo y gruñendo, culpándose y aplastándose entre sí. Cada uno de ellos por su cuenta y todos en su locura intentando atravesar al mismo tiempo una puerta que solo permite el acceso de uno en uno. ¿Ves ahora la razón de esforzarse mientras aún hay tiempo y antes de que sea demasiado tarde?
Pero, después de un tiempo, esta multitud enloquecida entra en razón parcialmente y llega a un acuerdo en cuanto a quiénes llamarán primero a la puerta y solicitarán la entrada. «Señor, Señor —dicen—, ábrenos». Pero él contestará diciendo: «No sé de dónde sois». A lo que contestarán alegres y esperanzados: «Delante de ti hemos comido y bebido, y en nuestras plazas enseñaste». Pero él seguirá diciendo: «Os digo que no sé de dónde sois; apartaos de mí todos vosotros, hacedores de maldad». El hecho de que hayas estado cerca de la puerta toda tu vida no supone diferencia alguna en absoluto, porque el hecho sigue siendo que estás fuera. Un conocimiento que asiente con la cabeza a Cristo y su enseñanza no salva. «Sí —dice el padre de familia—, se que habéis estado cerca de la puerta toda vuestra vida. Sé que habéis ido a la iglesia. Sé que habéis dado dinero para buenas causas y en casos que lo merecían. Sé que ha menudo habéis lamentado vuestros pecados y vuestra vida pecaminosa. ¿Pero qué hicisteis al respecto cuando se os advirtió aquel domingo por la noche en Aberavon? ¿Qué efecto tuvieron en vosotros mis repetidos ruegos? ¿Renunciasteis a vuestro pecado? ¿Os esforzasteis con toda vuestra alma? Sé que os habéis mantenido cerca de la puerta durante toda vuestra vida, ¿pero por qué os negasteis insistentemente a entrar cuando yo os pedí que lo hicierais? ¿Por qué os aferrasteis a esas cosas mundanas? ¡Ay! Puede que estuviera en vuestras plazas como decís, pero lo que yo quería era entrar en vuestras almas y en vuestros corazones». ¡Querido amigo! Esa es la situación. No basta el interés en la salvación. ¿La tienes? ¿Te has esforzado por ella? ¿Dónde estás? ¿Estás claramente en el interior de la puerta? Si no es así, empieza a esforzarte de inmediato. No descanses hasta que sepas que estás perdonado.

Ya hemos retratado el terror y el horror del estado en que se encuentran los que permanecen fuera: su inútil remordimiento y su angustia eterna. Demasiado tarde comprenden lo que han perdido; demasiado tarde comprenden que han entregado su felicidad eterna a cambio de un momento de placer. Allí dentro pueden ver a aquellos que han venido «del oriente y del occidente, del norte y del sur», hombres y mujeres que tenían muchos defectos en comparación con ellos pero que creyeron la Palabra de Dios. Qué terrible es su estado. Una eternidad de vanos e inútiles remordimientos.

Consideremos por otro lado la felicidad y alegría de los que están dentro. El conocimiento de que sus pecados han sido perdonados, la certidumbre del amor de Dios, la protección contra las tretas y estratagemas del diablo, una fuente de energía ilimitada sobre la que apoyarse y la seguridad de una felicidad absoluta después de la muerte y para toda la eternidad. Considéralo, querido amigo. Considera que es posible para ti. ¡Esfuérzate en ello y por ello con toda tu alma y ser!

En último lugar, y quizá lo más importante de todo, esfuérzate con toda tu alma, aunque solo sea para que veas lo débil, inútil e impotente que eres, cuán imposible te es conseguirlo con tus propias fuerzas. Los santos han sido las personas más humildes que ha visto el mundo. Son las personas que hacen poco las que hablan mucho acerca de lo que hacen y se enorgullecen de ello. El hombre que está verdaderamente ocupado y esforzándose todo lo que puede no tiene tiempo para enorgullecerse y hablar. Cuanto más hacemos, más comprendemos lo poco que hemos hecho y que podemos hacer. Cuanto más nos esforzamos en la salvación, más descubrimos la santidad y pureza de Dios. Cuanto más lo vemos, más impotentes nos consideraremos a nosotros mismos. Y, por último, comprenderemos de tal forma nuestra absoluta incapacidad que, al pensar que cada día nos vamos alejando más de la puerta, clamaremos a Cristo en nuestra desesperación para que tenga misericordia de nosotros y nos libere. Y justo cuando estemos a punto de caer y desfallecer exhaustos y desesperados, súbitamente aparecerá una mano que nos agarrará con firmeza y nos llevará a través de la puerta. Porque, cuando renunciamos, nos rendimos y comprendemos que nuestra fuerza es insuficiente, estamos ya en el mismo umbral y seremos llevados al interior. En nombre de Dios, pues, te lo ruego: «[Esfuérzate] a entrar por la puerta angosta». Amén.

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