“Amaos unos a otros entrañablemente, de corazón puro” (1 Pedro 1:22).

PRIMERA PARTE

El matrimonio es la base de la constitución familiar. “Es para gloria de Dios en todo”. Efesios 5:32 dice: “Grande es este misterio, pero yo hablo con referencia a Cristo y a la iglesia”.

La doble referencia a la tarea mediadora de Cristo, cuando insiste en los deberes de los maridos y de las esposas, parece confirmar que Él representa la unión conyugal como símbolo, o ejemplo, de la estrecha y entrañable relación en la que se halla la iglesia con respecto a su divino redentor.

Nada podría dar mayor santidad a esta relación, ni más alto honor que considerarla bajo esta perspectiva. El matrimonio contiene la fuente de la felicidad humana de forma global.

Debe haber una perspectiva correcta que sea proporcional a la importancia de la propia relación y debe existir el debido cumplimiento de las obligaciones que de ella se derivan.

DEBERES QUE SON COMUNES A AMBAS PARTES, AL MARIDO Y A LA ESPOSA

1. El AMOR: ES LA BASE DE TODO LO DEMÁS

Si está ausente, el matrimonio no es más que un pacto animal y sórdido. Debe ser mutuo; de no ser así, aquel de los dos que no sienta amor no tendrá felicidad. De la misma manera, no puede haber felicidad para el conyugue que ama.

El amor no correspondido, tiene los días contados. Una pareja de casados, que no se respeta entre sí es uno de los espectáculos más lastimosos que se puedan dar. No pueden y, de hecho, no deben separarse, por lo que siguen juntos y son el tormento el uno del otro.

La unión debe basarse en el amor. Hay que tener especial cuidado sobre todo en las primeras etapas e impedir todo lo que desestabilice o debilite nuestros afectos. Al principio se pueden observar pequeños defectos, fallos y desacuerdos triviales. Es muy importante no permitir que tengan una consecuencia desmedida.

Las observaciones del Obispo Jeremy Taylor, en su hermoso sermón “El Anillo de Matrimonio” van en ese sentido:

“Al principio de la conversación, tanto el marido como la esposa tienen el mismo interés por evitar ofenderse el uno al otro. Cada pequeña cosa puede destruir el pequeño brote que está naciendo, pero el tiempo los va consolidando, se van fortaleciendo, se convierten en un tallo y los cálidos rayos del sol hacen que produzcan sus racimos.

A partir de ese momento, ya pueden soportar las tormentas sin que nada los pueda romper. Las uniones prematuras resultan en un matrimonio inestable. Los problemas no se manifiestan en las primeras escenas sino a lo largo de muchos años de compañía; no aparecen por casualidad.

La primera vez que aparecen no es por debilidad, sino por falta de amor o prudencia; al menos así se expresan. Es algo nuevo para la pareja. Puede ser un gran enfado, una gran tontería o una cierta falta de amor que hace que lo bello y lo tierno del principio dure poco. Cualquier cosa desestabiliza su tierno equilibrio.

Pero cuando las juntas son consistentes, van unidas por una firme conformidad y una flexibilidad proporcional, difícilmente pueden verse disueltas. Una vez encariñado el corazón del hombre con el de la esposa se fortalece mediante la confianza mutua y la experiencia. No hay lugar para fingimientos, y empiezan a compartir recuerdos y vivencias que hacen añicos cualquier pequeño roce”.

El marido y la esposa deben tener mucho cuidado y eliminar esas pequeñas cosas. Tan pronto como surgen deben cortarlas para que no crezcan y se multipliquen, produciendo malhumor y causando problemas. Los afectos pierden fuerza y la relación se vuelve incómoda llegando a crear aversión.

Cuando un problema sin importancia les quita la paz, se dejan vencer por la violencia del enfado. En esos momentos están afectados por un incidente sin importancia, y ambos están en un estado de debilidad y de necedad. No es bueno tentar sus afectos cuando se hallan en un estado tan peligroso.

En este caso, la precaución consiste en alejar el combustible de la llama. No añadas nuevas provocaciones al incidente y no hagas que arda más; la paz pronto volverá y la contrariedad se disipará.

Si quieren conservar el amor, deberán asegurarse de conocer con toda precisión los gustos de cada uno de ellos, y también aquellas cosas que nos les gusta. Si quieren que el amor dure para siempre deberán evitar cuidadosamente todas las distinciones repetitivas como “mío” y “tuyo”. Ambos forman ahora una única persona y no deben tener más que un único interés.

2. EL RESPETO MUTUO ES UN DEBER EN LA VIDA DE LOS CASADOS.

La esposa le debe una reverencia especial al marido, y éste también le debe respeto a ella. Es imprescindible que cada conyugue tenga para con el otro esa conducta que merece y exige respeto. La estima moral es uno de los apoyos más firmes que hace que el amor se mantenga fuerte.

La intimidad de este tipo de relación es la que expone, ante la otra persona, nuestros motivos y nuestro carácter más interno. Así nos conocemos mejor el uno al otro de lo que nos conocemos a nosotros mismos. Por consiguiente, si deseamos ser respetados, deberíamos ser respetables.

El amor cubre multitud de defectos, pero no debemos hacer demasiadas conjeturas sobre la credulidad y la ceguera del afecto. Existe un punto límite en el cual ni el amor puede estar ciego ante una acción culpable.

Toda conducta pecaminosa, cuya falta de decoro no deje lugar a dudas, tiende a hacer que nos hundamos y perdamos la estima de la otra persona. De este modo se pierden las defensas del amor. Las dos partes sienten impaciencia por cubrir simplemente sus malas acciones de la vista del mundo, y se olvidan de que es terrible perder el respeto mutuo.

Por lo tanto, toda conducta dentro del matrimonio debería ir marcada por el respeto muto, incluso en las cosas más pequeñas. No se debe buscar los fallos del otro, no debe haber reproche, ni desprecio grosero; ni falta de civismo; ni fría negligencia. Debería haber cortesía, educación, y atención.

En resumen, debería existir la ternura del amor, apoyada por la estima y guiada por la educación. Luego, debemos mantener nuestra respetabilidad mutua ante los demás. Todos deben aprender a respetarnos por lo que ven en nuestro propio comportamiento. Es de lo más inadecuado que cualquiera de las dos partes haga algo, diga algo o lance una mirada que pueda rebajar al otro delante de los demás.

SEGUNDA PARTE

El afecto mutuo del uno por la compañía del otro es un deber común del marido y de la esposa.

Estamos unidos para ser compañeros, para vivir juntos, caminar juntos y hablar el uno con el otro. Contraer matrimonio es absurdo para aquellos que no tengan en perspectiva la vida en común.

Los casados no deberían estar separados más de lo necesario. Algunas circunstancias hacen que algún viaje ocasional sea inevitable. En estos casos, el regreso ha de hacerse tan pronto como el propósito del viaje se haya cumplido. El hombre debe tener siempre en mente las palabras de Salomón “Como pájaro que vaga lejos de su nido, así es el hombre que vaga lejos de su hogar”.

¿Puede descargarse el hombre, mientras está lejos de su hogar, de los deberes que tiene para con su familia? ¿Puede disciplinar a sus hijos? ¿Puede mantener la adoración a Dios en su familia?

Es deber de la esposa conducir la devoción en ausencia del esposo. Sin embargo, pocas están dispuestas a ello y, por ese motivo, uno de los santuarios de Dios queda cerrado durante semanas o meses.

Es triste que algunos maridos tengan más apego a cualquier compañía que a la de sus esposas. Esto se ve en la forma de distribuir su tiempo de ocio. ¡Qué poco tiempo les apetece apartar para pasarlo con sus esposas!

La noche es el periodo más familiar del día. Este tiempo le pertenece particularmente a la esposa: está más libre de sus numerosas tareas, y tiene más libertad para disfrutar de una buena lectura o de un rato de conversación. Es muy triste cuando vemos que un hombre prefiere pasar sus noches fuera de casa. Esto implica que algo va mal y vaticina algo aún peor”.

Para asegurar, en la medida de lo posible, la compañía de su esposo en el hogar, la mujer debe ser un “guardián de la casa”. Debe hacer todo lo que pueda para que ese lugar sea lo más atractivo posible. Debe estar de buen ánimo, tener la casa en orden y fomentar una conversación alegre y cariñosa. Debe esforzarse para que el hogar sea el lugar idóneo en el que éste pueda descansar rodeado de su familia.

El hombre de hoy se halla en un estado caído; la culpa le atenaza la conciencia y la preocupación presiona su corazón. Al volver del ambiente de tensión y presión del trabajo, necesita aún más el apoyo que le brinda la compañía de su mujer. Busca que ella ahuyente las preocupaciones de su corazón.

Necesita que ella alise su ceño fruncido por la tristeza; que tranquilice su pecho agitado por el enfado; que repruebe y, a la vez, conforte su mente que de alguna manera ha sucumbido a la tentación. Mujer, tú sabes a qué hora vuelve el “buen hombre de la casa” al medio día, o cuando el calor y la carga del día ya han pasado.

No le dejes en ese momento, cuando está agotado por el esfuerzo del trabajo, y se desploma por el desánimo. No permitas que cuando llegue a su domicilio encuentre que no estás para recibirle. No dejes que la mano que debería limpiar el sudor de su frente esté llamando a la puerta de otras casas.

No hagas que se encuentre en medio del desierto cuando debería entrar a un jardín. No permitas que halle confusión en vez de ver todo en orden; que encuentre suciedad donde debería haber esa pulcritud.

Si al llegar a casa no encuentra nada de esto, sentirá la angustia de la decepción. Sentirá la amargura del marido desatendido, se dará la vuelta y se marchará. No ha encontrado el bienestar que deseaba disfrutar en su casa, ni la compañía que esperaba hallar en su esposa. Ahora buscará un sustituto para ello en casa de otros hombres o en la compañía de otras mujeres.

De este modo, unidos como compañeros, el hombre y la mujer deben estar el uno dentro del mundo. Cuando necesitan la ayuda de bailes, viajes, juegos, partidas de cartas para aliviar el tedio que les produce la vida del hogar, es que algo no funciona en la vida familiar.

A mi juicio, cuando los placeres del hogar y de la compañía que este proporciona son todo lo que se podría desear, no llegan nunca a empalagar.. Cuando los esposos vean que no necesitan nada más para ser felices, entonces no dejarán el calor de su hogar para ir al baile, al concierto o al teatro. Entonces, ya no nos veremos obligados a demostrar que las diversiones públicas son inadecuadas ya que se verá que son innecesarias.

Sin embargo, no se debe permitir que los placeres del hogar interfieran con el llamamiento y las responsabilidades del deber público. Las mujeres no deben exigir, ni los maridos deben dar, ese tiempo exigido para Dios y para ayudar a los hombres. Aquellos que por su sabiduría, sus talentos, su posición o sus propiedades reciben la confianza del público deben estar dispuestos a asumir la dirección de los departamentos ejecutivos de nuestras sociedades.

Tampoco deberían permitir que el suave encanto de sus hogares les apartara de lo que es obviamente su puesto y su deber. Debo reconocer que es un precio muy alto el que se paga por contribuir a la causa de la religión y de la humanidad.

¿Pero quién puede hacer el bien, sin estar dispuesto a hacer sacrificios? Conozco a un ministro, sumamente santo y servicial, que le dijo a la dama con la que estaba a punto de unirse, que una de las condiciones para su matrimonio era que nunca le pidiera ese tiempo que en un momento dado él considerara debía darle a Dios.

4. LA PACIENCIA MUTUA ES OTRO DEBER DEL MARIDO Y DE LA ESPOSA

Esto es algo que les debemos a todos, sin exceptuar al extranjero o a un enemigo, y cuánto más a nuestro amigo más cercano, es decir, nuestro conyugue. En toda relación de la vida hay necesidad y lugar para el amor que

“es paciente, es bondadoso; que no tiene envidia; que no es jactancioso ni arrogante; que no se porta indecorosamente; que no busca lo suyo, ni se irrita, ni toma en cuenta en mal recibido; que no se regocija de la injusticia sino que se alegra con la verdad; que todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”.

Donde hay pecado, o existe la imperfección, hay lugar para la paciencia del amor. En la tierra no existe la perfección. Es cierto que, a menudo, los enamorados se imaginan que la han encontrado, pero el juicio más sobrio de aquellos que están casados suele corregir este error.

Todos deberíamos entrar en el matrimonio recordando que estamos a punto de unirnos a una criatura caída. Como dice el Sr. Bolton, no se trata de dos ángeles que se han encontrado sino de dos hijos pecadores de Adán con muchas debilidades y rebeldía.

Por consiguiente, debemos asumir que hay imperfección. Debemos recordar que en nosotros nada produce paciencia hacia el otro. Por lo tanto, debemos ejercitar esa paciencia que pedimos. Ambos tienen debilidades y tienen que estar constantemente juntos; surgirán muchas ocasiones en las que, si queremos discutir, no solo pueden producir una interrupción temporal del amor, sino que pueden llegar a matarlo.

Deberemos hacer la vista gorda muchas veces, otras tendremos que pasar algunas cosas por alto y no dejar que nos provoquen. En cualquier caso, debemos evitar con sumo cuidado incluso lo que puede parecer una discusión inocente.

El amor exige que nos señalemos mutuamente nuestras faltas, pero con toda la mansedumbre de la sabiduría y toda la ternura del amor. De otro modo, no haríamos más que aumentar el mal que pretendemos evitar o sustituirlo por uno aún mayor.

La justicia, como la sabiduría, requiere que pongamos las buenas cualidades frente a los defectos. En la mayoría de los casos encontraremos algunas cosas buenas que serán una compensación y esto debería enseñarnos a sobrellevar los defectos con paciencia.

Cuanto más contemplemos estos buenos aspectos del carácter los defectos disminuirán y las virtudes crecerán en la misma proporción. En cuanto a la amargura en el lenguaje y la conducta violenta estos son totalmente vergonzosos.

TERCERA PARTE

La ayuda mutua es el deber de maridos y esposas.

Esto se refiere a las preocupaciones de la vida. Las mujeres no suelen hablar de negocios. Sin embargo su consejo puede ser muy útil y tener un resultado adecuado y ventajoso. El marido no debería emprender cosas importantes sin comunicárselo a su esposa.

Ella, a su vez, en vez de eludir la responsabilidad de aconsejarle y dejarle toda la lucha a él. Debería invitarle a compartir libremente todas sus ansiedades. Si no puede aconsejarle, al menos puede reconfortarle; si no puede aliviar sus preocupaciones, puede ayudarle a sobrellevarlas.

Asimismo, cuando la esposa esté dispuesta a ayudar al marido en temas de negocios, él debería compartir con ella su carga de ansiedad. Algunos van demasiado lejos y no confían en su capacidad para administrar la economía familiar. Ellos se encargan de todo; son ellos los que dan y se meten en todo.

Esto es despojar a una mujer de su autoridad, quitarle el lugar que le corresponde, insultarla y degradarla delante de sus hijos. Por otra parte tenemos a los que se van al extremo opuesto y no comparten nada. He sentido dolor en mi corazón al ver la esclavitud de esposas piadosas, muy trabajadoras y maltratadas.

Después de trabajar todo el día en las tareas del hogar, han tenido que pasar el atardecer solas mientras los maridos, en vez de volver a casa para hacerles compañía, o para aliviarlas de su cansancio durante media hora, se han ido a una fiesta o a un sermón.

Luego, esas mujeres han tenido que despertarse y cuidar durante toda la noche a un bebé enfermo, mientras el hombre dormía tranquilamente sin ofrecer una sola hora de su sueño para darle un pequeño reposo a su esposa exhausta.

Si un hombre no está preparado para compartir con su mujer, las tareas del cuidado de la familia, no debería ni siquiera pensar en el matrimonio.

Deberían ayudarse el uno al otro en las preocupaciones de la religión personal. Esto queda muy claro en el lenguaje del apóstol:

“Pues ¿cómo sabes tú, mujer, si salvarás a tu marido? ¿O cómo sabes tú, marido, si salvarás a tu mujer?”

Cuando sólo uno de ellos comparte la verdadera piedad, se deberían hacer los esfuerzos más ansiosos, juiciosos y afectuosos para la salvación del otro. Cuando ambas partes son verdaderos cristianos, debería haber un ejercicio constante de consideración recíproca, de atención y cuidado con respecto a su bienestar espiritual y eterno.

Al contraer matrimonio, todo creyente verdadero debería tener un amigo fiel, que le ayudara en el gran negocio de la salvación de su alma y que orara por él y con él.

Debería ser alguien que le hablara con afecto de sus pecados y de sus defectos, desde una perspectiva cristiana, que le estimulara y le convenciera con su ejemplo y con suaves palabras persuasivas; alguien que le advierta en la tentación y le consuele en el desánimo; que le ayude en todo durante su peregrinaje al cielo.

El objetivo más alto del estado conyugal se ha perdido si no sirve de ayuda a nuestra piedad. ¿Conversamos el uno con el otro, como deberíamos, sobre temas tan importantes como la redención de Cristo y la salvación eterna? ¿Estudiamos la disposición, los problemas, el decaimiento espiritual mutuo para poder aplicar los remedios adecuados?

¿Nos exhortamos el uno al otro, día a día, para no ser endurecidos por el engaño del pecado?¡Por desgracia cuántos de nosotros deberíamos ruborizarnos por descuidar estos detalles! ¡Queremos escapar de la ira venidera y sin embargo no ayudarnos el uno al otro a escapar!

Esta ayuda mutua debería extenderse a mantener todas las costumbres del orden familiar, la disciplina y la piedad. El marido debe instruir la mente se la familia, conducir sus devociones y gobernar sus caracteres.

Sin embargo, en estos temas tan importantes, la esposa debe tener la misma forma de pensar que él. Deben trabajar conjuntamente sin dejarse la tarea el uno al otro y, mucho menos, oponerse o deshacer lo que se ha hecho.

Cuando el marido está en casa, él dirige la adoración familiar; cuando él está ausente, la esposa debe siempre tomar su lugar”. Algunos hombres dejan la instrucción de los hijos pequeños a sus esposas. Algunas esposas, tan pronto como los hijos son mayores, piensan que deben pasar al cuidado paterno. Esto es una equivocación.

Los hijos nunca son jóvenes para ser enseñados y disciplinados por el padre, ni mayores para ser amonestados y advertidos por la madre. A veces él puede tener una mayor influencia a la hora de domar el carácter difícil de los más jóvenes.

Sin embargo, el suave tono persuasivo de ella puede tener un delicioso poder para derretir o quebrantar el corazón duro y obstinado de los más mayores. De este modo, al tener un interés conjunto en la familia, deben atender a su cuidado en el ejercicio de una labor conjunta.

Deben ayudarse el uno al otro en obras de humanidad y caridad su mutua influencia debería ejercitarse en estimular el celo, la compasión y la liberalidad y no en frenarlos. ¡Qué hermosa imagen de la vida familiar describe la pluma de los historiadores del Antiguo Testamento:

“Y aconteció que un día pasaba Eliseo por Sunem, donde había una mujer distinguida, y ella le persuadió a que comiera. Y así fue que siempre que pasaba, entraba allí a comer. Y ella dijo a su marido:

He aquí, ahora entiendo que éste que siempre pasa por nuestra casa, es un hombre santo de Dios. Te ruego que hagamos un pequeño aposento alto, con paredes, y pongamos allí para él una cama, una mesa, una silla y un candelero; y será que cuando venga a nosotros, se podrá retirar allí.

Y aconteció que un día vino él por allí, se retiró al aposento alto y allí se acostó”.

Cada parte de esta escena es hermosa: el deseo generoso y piadoso de la esposa de proporcionar alojamiento para un profeta independiente e indigente; su rápido y prudente esfuerzo por hacer que su marido se involucre dentro del esquema de su benevolencia; su forma discreta y modesta de estar en su sitio y no actuar sin su permiso.

De manera elegante reclama su derecho a asociarse con él en esta obra de misericordia y dice: hagamos un pequeño aposento alto con paredes. Es encantadora la forma en la que lo expresa, como debe ser. También lo es por parte del hombre porque seguramente no se opuso a la petición de ella, ni rechazó la propuesta con altivez porque no había sido idea suya.

No se ve que hubiese una falta de generosidad ni la intención de dejar el plan de lado por los gastos en los que pudieran incurrir. Él consintió de buena gana, como debería hacer todo marido, y estuvo dispuesto a complacer los deseos caritativos de su esposa. Apoyó el esquema liberal de su esposa con toda prudencia. El pequeño aposento alto se construyó y esta santa pareja lo amuebló. Muy pronto, el profeta lo ocupó.

No se puede hallar en la tierra una escena más hermosa que la de esta pareja piadosa. ¡Qué contraste entre ellos y las parejas que solemos ver, casi por todas parte! Se pasan el tiempo calculando cuánto pueden sustraer a la caridad para gastarlo en muebles espléndidos o en lujos para la casa, en vez de ahorrar de los gastos innecesarios y emplearlo en la causa de Dios y de los hombres.

Quizás podríamos preguntarnos si es adecuado que una esposa entregue algo que pertenece a su esposo a actos de humanidad o caridad religiosa.

Sin embargo ninguna mujer debería verse obligada a tener que elegir entre no hacer nada para Dios, ni para los hombres, o hacer lo que pueda a escondidas. No permitir atribuciones en este tema a una mujer casada es degradarla. También lo es no darle libertad de poder dar, según su criterio, sin tener que pedírselo primero a su marido.

Si tomamos al pie de la letra lo que el hombre pronunció en el momento solemne del matrimonio, cuando dijo: “te doto de todos mis bienes”, la mujer podría invertir como propietaria conjunta, y ejercer su derecho de propiedad. Pero aun así no deberíamos sacrificar los principios generales en aras de casos concretos.

CUARTA PARTE

La compasión mutua es necesaria.

La enfermedad puede ser un llamamiento para la compasión mutua, y las mujeres parecen formadas y tener esta inclinación por naturaleza.

“¡Oh mujer! en tiempos de comodidad
Eres incierta, esquiva y difícil de complacer
Variable como la sombra del álamo temblón
Que se agita bajo la luz;
Pero cuando llega el dolor y la angustia
Eres un ángel ministrador”.

No deseo y, en realidad no puedo, suscribir la primera parte de esta descripción. Sin embargo, asiento totalmente con la verdad de la segunda parte. Si pudiéramos apañarnos sin ella, y ser felices cuando tenemos buena salud, ¿qué somos sin su presencia y sus tiernos cuidados cuando estamos enfermos? ¿Podemos mullir la almohada sobre la que reposa la cabeza del enfermo como ella lo hace? No. Tampoco podemos administrar la medicación o los alimentos como ella.

Existe una suavidad en su toque, una agilidad en sus pasos, una habilidad en la forma de preparar las cosas, una compasión en los ojos sonrientes con que nos mira… Muchas mujeres han conseguido, en un momento enfermedad por medio de sus atenciones abnegadas y tiernas, recuperar ese corazón frío de una manera en que ni sus encantos ni sus reclamaciones podrían haber conseguido.

Por consiguiente, os ruego a vosotras mujeres casadas, que utilicéis todo vuestro poder para suavizar y agradar a vuestros maridos cuando estén pasando por una enfermedad. Que vean que estáis dispuestas a sacrificar vuestro placer, comodidad o sueño para atender a sus necesidades y su bienestar.

Sed tiernas en vuestro comportamiento, que en vuestra mirada haya una atención vigilante y compasión, algo que parezca decir que su único consuelo en su aflicción es que vosotras os empleéis a fondo para aliviarle. Escuchad con paciencia y bondad el relato de sus ligeros dolores, o incluso de aquellos que son imaginarios.

Esta compasión tampoco debe ser exclusivamente el deber de la esposa; también le corresponde en la misma medida al esposo. Es cierto que él no puede hacer lo mismo por ella, pero puede hacer mucho y debe hacer todo lo que pueda. Las enfermedades de ella suelen ser más numerosas y duras que las de él. Es posible, por lo tanto, que ella necesite con más frecuencia su tierno interés y atención.

Muchos de sus achaques son la consecuencia de que se haya convertido en su esposa: quizás tuvo una buena salud y todo su vigor hasta que fue madre. Quizás desde ese momento, no haya vuelto a tener una tranquilidad perfecta o no haya conseguido volver a recuperar sus fuerzas. Ese acontecimiento que llenó su corazón con la alegría de ser padres hizo disminuir en ella el bienestar de la salud.

¿Debería él mirar con contrariedad, indiferencia e insensibilidad a esa flor delicada que, antes de que él la trasplantara a su jardín, lucía en toda su belleza y su fragancia, y todos la admiraban? ¿Debería él ahora dejar de contemplarla con placer o compasión, como si estuviera deseando que se marchara y dejara su lugar a otra? ¡Maridos, apelo a vosotros para que volquéis en vuestras esposas toda la habilidad y la ternura del amor, cuando se sientan débiles o enfermas!

Velad junto a su cama, hablad con ellas, orad con ellas, despertaos con ella: sentíos afligidos por sus aflicciones. No escuchéis sus quejas con despreocupación. ¡Os imploro en nombre de todo lo sagrado del amor conyugal que no las descuidéis con frialdad, que no utilicéis expresiones petulantes ni las miréis con contrariedad! No provoquéis con todo esto que, en esos momentos en que están más sensible, puedan llegar a pensar que la enfermedad que ha destruido su salud ha tenido el mismo efecto en vuestro afecto por ellas.

Os ruego que evitéis que sientan en su pecho punzadas de agonía al pensar que están siendo una carga para vuestro corazón decepcionado. Esa crueldad del hombre, que niega su compasión a una mujer que sufre, cuyo pecado es simplemente una constitución débil y cuya calamidad es el resultado de su matrimonio, merece un nombre. El problema es que no conozco ninguno que me parezca lo suficientemente enfático..

El marido y la esposa no sólo deberían practicar la compasión con respecto a sus mutuas enfermedades, sino con todas sus aflicciones, ya sean personales o relativas. Todas las tristezas deberían ser comunes, como dos cuerdas que suenan al unísono. El acorde del dolor no debería producirse en el corazón de uno de ellos sin causar la correspondiente vibración en el corazón del otro.

Estos son los deberes comunes a ambos conyugues.