¡Una familia! No resulta difícil entender que, de todo lo que se presenta en la perspectiva de futuro de quien está comenzando el viaje de la vida, esto constituya el deseo más ardiente y dé lugar a la búsqueda más activa. ¿Pero cuántos fracasan lamentablemente? ¿Y por qué? Porque no tienen ni la más mínima idea de lo que significa, ni de cómo se puede conseguir.

Por lo tanto, quizás sería conveniente explicar que las fuentes de la felicidad familiar, son las sobrias realidades de la piedad, el amor casto, la prudencia y unas relaciones bien constituidas.

La constitución familiar es una institución divina. Dios mismo la formó. Cuando la familia se dirige como es debido, tiene un carácter sagrado puesto que su cabeza actúa como profeta y sacerdote de la misma, instruyéndola en el conocimiento y guiándola en la adoración a Dios. Al mismo tiempo, el cabeza de familia cumple con los deberes de un rey, mantiene un sistema de orden, subordinación y disciplina. Más allá del beneficio de los individuos que la forman, y que constituye su objetivo principal e inmediato, su propósito es fomentar el bienestar de la comunidad nacional a la que pertenece y de la que es parte.

Bajo la sabia instrucción y el gobierno imparcial de un padre, y dentro del pequeño círculo familiar, es dónde el hijo se convierte en un buen ciudadano. En el calor del hogar y de la familia crecen la lealtad, el patriotismo y todas las virtudes públicas.

¿Pero, se refiere esta constitución familiar solamente al mundo presente y a sus intereses perecederos? ¡De ninguna manera! Todo lo que Dios preparó para el hombre está principalmente pensado con respecto a la eternidad. Todas las instituciones de Dios tienen su principal y máxima referencia en otro mundo.

Nadie tiene el concepto correcto de este conjunto familiar. Nadie puede tener la capacidad adecuada para cumplir con sus deberes, a menos que la vea como un sistema de preparación y entrenamiento del buen ciudadano y del verdadero cristiano. La influencia mutua del marido y de la esposa es considerable a la hora de moldear los gustos de cada uno de ellos, o de modificar el carácter de cada uno de ellos. Asimismo, la influencia de los padres actúa a la hora de formar el carácter de sus hijos y de las personas que puedan trabajar en la casa. Los hermanos también tienen influencia entre sí cuando se trata de estimularse unos a otros y guiarse en las búsquedas de la vida.

¡Qué ventaja tan grande tiene el padre cristiano concienzudo al poder reposar sobre un fundamento semejante! Puede retirarse a ese entorno sagrado y allí afianzarse para seguir luchando por Dios; puede esperar que lleguen días mejores o quizás deje una descendencia que, con seguridad, recibirá las mejores bendiciones de esos días más positivos.

Sin embargo, puede darse el caso de que no se llegue a exponer su poder moral cuando el cabeza de familia no entiende correctamente cuál es su deber y cuando no tiene la disposición adecuada para cumplir con él. Si no es un verdadero cristiano no podrá mantener un gobierno cristiano. Cuando se aborda el propósito sublime y permanente de la constitución familiar, deberá tenerse en cuenta que este no podrá hallarse en una familia, en la que el padre y la madre no profesen la verdadera religión. Al carecer de una piedad fundamental están perdiendo de vista el propósito más elevado de su unión. Es una pena que en el refugio tan hermoso del amor conyugal y la paz familiar se haya admitido la cultura, la ciencia, la riqueza y la elegancia, pero tenga que excluirse la religión. ¡Qué triste es ver que, mientras muchos invitados sabios e interesantes reciben una constante bienvenida al hogar de la familia, Él sea el único al que se le niega la entrada!

Las alegrías de una familia feliz son preciosas, ¡pero qué poco duran! ¿Cuándo deberá romperse el círculo? ¿Será pronto? ¿Será de repente? ¡Cuántas veces las escenas de alegría se han visto envueltas de repente en la sombra y la oscuridad de la adversidad, la enfermedad o la muerte! Los que un día vivieron juntos dentro del feliz recinto, ahora están separados y han sido dispersados para no volverse a encontrar jamás. Pero cuando se posee la verdadera religión, ésta los volverá a reunir.

Fundar nuestra unión sobre cualquier tipo de base, en la que la religión no tenga parte, sería como erigirla sobre arenas movedizas. Sin embargo, si la basamos en la religión es como fundarla sobre una roca en la que aún podemos encontrar un refugio individual cuando las relaciones más cercanas y queridas son barridas por la marea de la disolución.

Es agradable ver que la constitución familiar no depende de las posesiones familiares, o del tipo de política nacional, para su existencia, sus leyes, la administración de sus derechos o sus ricas ventajas. Puede existir en una humilde choza o en una espléndida mansión. Puede mantenerse en días de libertad o bajo la más cruel tiranía. Como la iglesia, se adapta a cualquier cambio que sufra la sociedad que la rodea. Las familias, y la iglesia de los redimidos nunca se perderán por completo, a pesar de los cambios que pueda haber en el mundo.

La felicidad familiar, es como el maná concedido a los israelitas en el desierto. Es el don de Dios que descendió del cielo: no se puede comprar con dinero; se dispensa de igual manera al rico y al pobre, y se adapta a todos los gustos; se da con una abundancia que suple las carencias de todo aquel que la desea. Para poder conseguirla hay que buscar religiosamente en la propia forma que Dios tiene para concederla; se le concede al hombre como refrigerio durante su peregrinación a través de este desierto hasta llegar a la Canaán celestial.