EL COSTO

“Porque ¿quién de vosotros, queriendo edificar una torre, no se sienta primero y calcula los gastos, a ver si tiene lo que necesita para acabarla? (Lucas 14:18)

Es un buen signo que queramos ser santos. Podemos dar gracias a Dios por poner ese deseo en nuestros corazones. Al mismo tiempo hemos de pensar seriamente acerca de cómo ser un cristiano afectará realmente nuestras vidas. ¡El camino de Cristo hacia la vida eterna es un camino de gran consuelo, pero es también un camino angosto en el que la cruz va delante del trono!

1. Voy a mostrar lo que cuesta ser un verdadero cristiano

No estoy discutiendo lo que cuesta salvar el alma de un cristiano. Yo sé que cuesta nada menos que la sangre vital del Hijo de Dios para proveer una expiación por el pecado y así redimir a una persona del infierno. Quiero considerar lo que los creyentes están dispuestos a renunciar por una vida de servicio para Cristo. Concedo que cuesta poco ser un cristiano meramente nominal. Asistir a un lugar de adoración en un día domingo y ser tolerablemente moral durante la semana es un cristianismo barato y fácil; no hay ningún renunciamiento o abnegación en ello. Pero sí cuesta algo ser un verdadero cristiano: hay enemigos a vencer, batallas que pelear, sacrificios que hacer, tentaciones que resistir. Esa es la razón por la que es importante que calculemos el costo.

a) Hay un costo para nuestra justicia propia. Hemos de deponer toda soberbia y todo engreimiento en relación a lo que pensamos que es nuestra propia bondad. Somos salvados únicamente por la bondad y el mérito de otro: Jesucristo. Sin Él nuestra moralidad, nuestras oraciones, nuestro estudio de la Biblia, la asistencia a las reuniones de adoración, todo eso equivale a nada. Tenemos que saber que en nosotros mismos somos pobres pecadores desvalidos. Entonces, el costo para ser un verdadero cristiano será nuestra justicia propia.

b) Hay un costo para nuestros pecados. Tenemos que renunciar a toda acción que sea mala a los ojos de Dios. Ya sean grandes o pequeños, públicamente conocidos o secretos, es preciso renunciar a todos los pecados. “Quitad la iniquidad de vuestras obras de delante de mis ojos; dejad de hacer lo malo; aprended a hacer el bien” (Isaías 1: 16). Hacer eso será difícil. ¡Nuestros pecados son a menudo tan queridos para nosotros como nuestros hijos; los amamos, los abrazamos, nos aferramos a ellos, nos deleitamos en ellos! Cristo está dispuesto a recibir a los pecadores pero no los recibirá si se aferran a sus pecados. Para ser verdaderos cristianos tendremos que desprendernos de nuestros pecados.

c) Hay un costo que pagar en nuestro amor por la tranquilidad. Si como creyentes queremos ser exitosos en nuestro viaje al cielo, será necesario un esfuerzo constante. Tenemos que ser cuidadosos en nuestro comportamiento en cada momento del día: cuidadosos respecto a cada pensamiento, a cada palabra, a cada acto. Necesitaremos ser cuidadosos con nuestras oraciones, con nuestro estudio bíblico, y con nuestro uso de los ‘medios de gracia’. Esto también suena a un difícil consejo. Nos desagrada cualquier cosa que requiera lucha. No podemos tener ganancias sin sufrimientos. Para ser verdaderos cristianos hemos de renunciar a nuestra vida de tranquilidad.

d) Podría costarnos popularidad con nuestros vecinos. Si nuestro principal objetivo es agradar a Dios, entonces podríamos tener que aceptar la mala voluntad de otras personas. La gente podría descartarnos como necios, o fanáticos. Jesús dijo:“Acordaos de la palabra que yo os he dicho: El siervo no es mayor que su señor. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán” (Juan 15: 20). Esto será difícil de soportar. Es siempre desagradable que hablen mal de uno. Pero ha de tolerarse. Ser verdaderos cristianos podría costarnos la buena voluntad de nuestros vecinos que no son cristianos.

Recordemos que una religión que no cuesta nada no vale nada. ¡Un cristianismo barato sin una cruz, al final será un cristianismo inútil sin una corona!