“Ved ahora que yo, yo soy, y no hay dioses conmigo; yo hago morir, y yo hago vivir; yo hiero, y yo sano”. Deuteronomio 32: 39.

 

No hay sino un Dios. Jehová es Su nombre, el “YO SOY”. Ese único Dios no tolera ningún rival. ¿Por qué habría de hacerlo? Él hizo todas las cosas y sustenta todas las cosas. ¿Acaso una criatura hecha por Sus propias manos habría de constituirse en Su rival? Si se tratara de un gran varón como Nabucodonosor y si dijera: “¿No es ésta la gran Babilonia que yo edifiqué?”, Dios lo enviará a pastar entre los bueyes, y le hará saber que nadie es grande a los ojos de Dios. ¡Qué provocación ha de ser para Dios ver que los hombres se postran delante de los ídolos esculpidos por sus propias manos! ¡Qué degradación es para el hombre que adore el oro, o la plata, o la madera o la piedra, pero qué grave deshonra es para el grandioso Dios de todo! Y me parece que la peor de todas las deshonras es cuando Dios ve que la imagen de Su propio amado Hijo es convertida en un ídolo, y que la representación de la cruz en que la redención fue consumada es elevada en alto para que los hombres se postren en adoración ante ella. Esto debe de afectar Su alma sagrada, y vejarle en grado sumo, pues Dios es el único Dios, y no hay otro fuera de Él; a otro no dará Su gloria, ni Su alabanza a esculturas. En el texto que estamos considerando es visto el grandioso Ego. “Yo, Yo soy”. Ese Ego es tan grande que llena todos los lugares, y por eso no puede haber ningún lugar para nadie más. “Yo, yo soy, y no hay dioses conmigo”. En otro lugar dice: “No hay Dios fuera de mí”. Oh, tener tales pensamientos excelsos de Dios para que no tuviéramos ninguna consideración por nada más que le robe la gloria que es tan exclusivamente Suya. Gustosamente quisiéramos arder con un santo celo que aborrezca la idea de un dios rival, y que eche fuera de su boca el nombre de Baal con un completo aborrecimiento.

 

En el texto, el Señor reclama la soberana prerrogativa de vida y de muerte. Él dice: “Yo hago morir, y yo hago vivir”. Ante todo es de Él de quien nosotros recibimos nuestro ser. Su mano enciende la antorcha de vida, y de Él viene la extinción de la llama. No es posible que el brazo de algún ángel pudiera salvarnos de la tumba, ni tampoco una miríada de ángeles podría confinarnos allí una vez que nos ordene resucitar. Dios hace morir y Dios hace vivir. Los reyes han sido usualmente muy celosos de la prerrogativa de vida y muerte, pero nuestro grandioso Dios posee esa prerrogativa sin término o límite. Él reina supremo. “Yo hago morir”, -dice- “y yo hago vivir”.

 

Por el contexto en el que se encuentra el texto, es claro que el Señor alude a constituir naciones o a destruir naciones. Fue Dios quien hizo que Israel fuese un pueblo; fue Dios quien echó fuera a los cananeos, a los heveos, y a los jebuseos y quien hizo que dejaran de ser naciones delante de Él; fue Dios quien levantó a Caldea, y a Babilonia, y quien luego fortaleció a Persia para que hiciera pedazos a Babilonia, y a Grecia para que destruyera a Persia, y a Roma para que con pie de hierro acabara con Grecia; y cuando hubo llegado el tiempo, fue Él quien habló a la ciudad de las siete colinas, y ella también perdió su poder real. Reinos y tronos pertenecen al Señor, y los escudos de los valientes son levantados en alto o abandonados en el polvo según Su voluntad. Aunque ellos no lo tomen en consideración, hay un Rey de reyes y Señor de señores; y cuando se desenrolle la larga página de la historia, y los hombres sean capaces de ver con ojos iluminados el fin desde el principio, sabrán que en todo momento el Dios ignorado y menospreciado, el invisible y aun inimaginable Dios, seguía reinando por siempre. A todo lo largo de la página del largo registro de la tierra se escribirá con mano de rey, “Yo hago morir y Yo hago vivir”. Dios es absoluto en la providencia, el bendito y único Potentado cuya voluntad soberana no conoce ninguna disputa.

 

Sin embargo en este momento me propongo sacar esta grandiosa verdad fuera del ámbito de la providencia para insertarla en el reino de la gracia; y vamos a limitarnos a la segunda frase: “Yo hiero, y yo sano”. Sobre estas palabras haremos tres observaciones, siendo la primera que nadie sino el Señor puede herir o sanar; en segundo lugar, que el Señor puede herir y sanar; y, en tercer lugar, que el Señor en efecto hiere y sana, tres pensamientos que están estrechamente conectados, y que no obstante están marcados por instructivos matices de diferencia.

 

I. Primero, NADIE SINO EL SEÑOR PUEDE HERIR O SANAR. Comenzando por el principio, solo el Señor puede herir espiritualmente. Cuando tenemos que tratar con corazones humanos nuestro primer esfuerzo tiene que ser herirlos. El hombre de manera natural se considera sincero, y con perfecta salud, pero no es así. El gran objetivo del ministerio del Evangelio, al principio, es convencer a los hombres de pecado y humillarlos delante de Dios; de hecho, es herirlos, herirlos en lo más vivo. Pero nadie puede herir sin el Señor. Yo hablo sin ninguna medida en cuanto a mi expresión: ningún predicador puede herir verdaderamente el corazón humano. Puede hablar de manera muy honesta y clara; puede hablar con un profundo patetismo y verdadero afecto; puede blandir por momentos los truenos de Dios, y luego pueden estar en sus manos las suaves y tiernas cuerdas de amor; pero de ninguna manera el predicador puede llegar al corazón de los hombres a menos que su Maestro esté con él. Puedes encantarlo lo más sabiamente que se te ocurra, oh sabio, pero el áspid es sordo, y es en vano que uses tus encantos. Esperar tocar el corazón humano mientras Dios no desnude Su brazo es como querer convencer a los vientos salvajes o convertir a las caprichosas olas. Es una obra del Espíritu Santo convencer de pecado, y mientras Él no aplique Su poder, el predicador puede predicar hasta quedar mudo por el cansancio y ciego del llanto, pero no es posible que se obtenga resultado alguno. Y lo que es válido respecto a los predicadores es válido también con respecto a todos los maestros de la escuela dominical, a todas las personas denodadas que andan hablando personalmente a los hombres, sí, y a la más tierna madre y al más sincero padre. No hay manera de herir el corazón del niño; no hay manera de inducirlo a la contrición mediante los argumentos más tiernos o los más sabios consejos. Ustedes regresarán y dirán como lo hemos hecho nosotros: “¿Quién ha creído a nuestro anuncio? ¿Y sobre quién se ha manifestado el brazo de Jehová?”

 

Sí, queridos amigos, y las más solemnes verdades que en sí mismas tienen una tendencia natural a herir el corazón, no pueden hacerlo aparte de la obra del propio Dios. Ahí está la espada que en sí misma es aguda y cortante, pero ningún varón puede manejarla. El brazo eterno tiene que revelarse o la piel de behemot no sentirá el arma. Una espada cortará a través de una cota de malla si un Corazón de León la blande; pero en la mano de un niño no herirá para matar. Dios tiene que tomar la Escritura en Su mano y tiene que usarla para partir las coyunturas y los tuétanos, o los pecadores escaparán de su poder. Hay verdades terribles en la Biblia que deberían hacer temblar a los hombres, pero ellos las oyen, las niegan, incluso se ríen de ellas, y continúan en pecado. Hay dulces verdades que deberían hacer brotar lágrimas de una roca, pero ustedes pueden hablar del sudor sangriento de Getsemaní y de las cinco amadas heridas de Aquel que fue encontrado culpable por exceso de amor, y, sin embargo, los hombres lo oirán y seguirán su camino, cada uno a su labranza y otro a sus negocios, y olvidarán todo. Yo les garantizo que las verdades son poderosas, pero no lo serán si el poderoso Dios no las aplica al corazón y a la conciencia.

 

Y en adición a la verdad, la providencia misma puede venir y obrar en el corazón de los hombres pero sin causar ninguna herida del tipo requerido. Yo he visto que los impíos son llevados a la miseria y a la pobreza por sus extravagancias, y que son llevados a la enfermedad y a las puertas de la muerte por sus lujurias, y sin embargo, no han sido heridos. Han visto el resultado del pecado, lo han sentido incluso en la médula de sus huesos, y sin embargo, los perros han regresado a su vómito. Todavía se han aferrado a sus ídolos y se han apegado a sus abominaciones. El niño que se ha quemado siente terror del fuego, pero el pecador quemado mete su mano en la llama de nuevo. Hemos visto a hombres tan enfermos que temblaban ante el pensamiento de la muerte, y por lo que decían se suponía que estaban realmente compungidos y que llevarían otra vida si la salud les era restaurada; pero, ay, hemos visto que su salud les fue restaurada, pero pecaron peor que antes. Los perversos rompen Sus ligaduras y echan de ellos Sus cuerdas. Todos los terrores de la providencia –los lutos, las pérdidas, las enfermedades- todas esas cosas han fallado con los inconversos. Su corazón diamantino ha doblado el filo del arado que pretendía quebrantarlo. Los hombres han desgastado todas las agencias de la gracia y de la providencia, pero ellos no han sido heridos; su corazón es duro como el de leviatán, “sí, su corazón es firme como una piedra, y fuerte como la muela de abajo”. Nadie puede herir eficazmente el corazón sino solo Dios.

 

Ahora, lo mismo es cierto acerca de la curación: nadie sino el Señor puede sanar. Eso es cierto, por supuesto, con respecto a quienes nunca fueron heridos. Nadie podría sanar a esas personas. He conocido a algunos predicadores que han intentado hacerlo, aunque siempre me pareció que era una pobre obra intentar sanar a los hombres que nunca han sido heridos, predicar misericordia a personas que creen que no tienen ningún pecado, predicar gracia a hombres que sueñan que poseen méritos propios. Cristo no hizo eso; Él dijo: “No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento. Los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos”. No hay ninguna curación, entonces, para aquellos que no están heridos; e igualmente no hay ninguna curación para aquellos que están heridos, a menos que Dios ponga Su mano en sus heridas. ¿Te has encontrado alguna vez con personas heridas espiritualmente? Si te las has encontrado, si eres un creyente, todo tu corazón se ha volcado a ellas y tomando ejemplos de tu propia experiencia y promesas de la palabra de Dios y dulces alientos de la doctrina evangélica, te has esforzado para derramar un bálsamo sanador en sus heridas sangrantes. ¿Pero no has fracasado con frecuencia? Es más, sin la obra del Espíritu del Dios viviente, ¿no has fallado siempre, y no has de fracasar siempre? Ah, queridos amigos, una cosa es hablar de un espíritu herido, pero otra cosa muy diferente es sentir un espíritu herido; y ustedes pueden hablar acerca de la restauración de la salud, también, pero es otra cosa muy diferente recibir la curación, y otra cosa muy diferente aplicarla. Cuando Dios corta a un hombre con Su grandiosa espada, como una vez me hirió a mí, yo les garantizo que ninguna ordenanza lo sanará. “No” –le dice un amigo- “ven y escucha un sermón”. Él lo oye, pero la predicación lo pone peor, y se siente más triste que nunca. He conocido a personas lo suficientemente insensatas como para persuadir a tales buscadores a que se acerquen a la mesa de la comunión. Sólo han comido y bebido condenación para ellas mismas. Mientras estaban a la mesa sabían que eran intrusas, y sus corazones sangraron más que nunca. Tú puedes pacificar fácilmente a un hombre cuyo sentido de pecado es una mera pretensión, tal como podrías sanar fácilmente la imitación de una herida; pero no sucede así con alguien en cuyo interior se enconan las flechas del Señor. Ese hombre necesita una cirugía divina. En cuanto al penitente hipócrita, si le das sacramentos externos cree que ya está bien; pero si Dios le ha herido, ni todos los sacramentos bajo el cielo le ministrarían consuelo jamás. Tiene que acudir a Dios para eso, pues sólo puede encontrarse el consuelo en Cristo Jesús. Ningún predicador, por veraz y ortodoxo que sea, sí, y ninguna doctrina de la Biblia, a pesar de que todas son inspiradas, podrían consolar a un alma que se desangra mientras el eterno Señor no se incline desde Su trono en el cielo y restañe al quebrantado de corazón. Yo sé que así es. La verdad del Evangelio es suficiente en sí misma para consolar a todos los que lloran, pero no consolará a nadie en tanto que permanezca allí la incredulidad natural del corazón. Ponte en contacto con un espíritu lacerado, desgarrado por la incredulidad, e intenta cualquier cosa que puedas hacer. Dile: “Confía en el Señor, amigo mío”, y él te responde: “No puedo confiar”. Dile que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, y él te dice que lo sabe pero que no puede apropiárselo. Sigue contándole cómo recibe el Señor al primero de los pecadores. Cumple tu deber con él, pues ya sea que puedas sanarle o no, estás obligado a exponerle el Evangelio. Pero descubrirás que has trabajado en vano si has salido en tu propia fuerza, y si has olvidado el espíritu de oración y la humilde confianza que son tan necesarios para el éxito. Dios puede usarte para sanar a un corazón quebrantado, pero tú solo no puedes hacerlo.

 

Oyente inconverso, no nos mires a nosotros como si pudiéramos hacer algo por ti, sino mira únicamente a Jesús. Ah, amigo, si yo pudiera herirte y si yo pudiera sanarte, eso no te haría ningún bien. Si yo pudiera convertir a todo pecador aquí presente, ¿de qué serviría la conversión humana? Seguramente han escuchado la anécdota del señor Rowland Hill, a quien se le acercó una noche un borracho que caminó tambaleándose hacia él y le dijo: “¡Hola, señor Hill, yo soy uno de sus convertidos!” “Ah”, dijo el señor Rowland Hill, “muy probablemente, pero tú no eres de los convertidos de Dios, pues de lo contrario no estarías borracho”. Ahora, nuestros convertidos, si fueran nuestros convertidos, serían producciones muy pobres. Si un hombre pudiera convertirlos, otro hombre podría revertir su proceso de conversión. Lo que es obrado por la carne puede ser deshecho por la carne. “Os es necesario nacer de nuevo. El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios”. A menos que haya un obra de gracia en el alma que no pueden obrar jamás ni la voluntad del hombre, ni la voluntad de la carne, ni la sangre, ni el nacimiento, ni la educación, ni la enseñanza; digo que a menos que haya un poder sobrenatural ejercido en nosotros, no veremos jamás el rostro de Dios con aceptación al final.

 

Entonces he ahí la primera verdad: sólo Dios puede herir y sólo Dios puede sanar.

 

II. Y ahora, en segundo lugar, EL SEÑOR PUEDE HERIR Y ÉL PUEDE SANAR. ¡Cuán grande misericordia es esta, y cuán consoladoramente anima al cristiano a hacer su trabajo! El Señor puede herir. Él puede atravesar el corazón más impensado. Miren a Saulo de Tarso. Cuando se apresuraba a Damasco para arrastrar a prisión a los santos nunca se hubiera pensado que sería humillado y conducido a clamar: “¿Qué quieres que yo haga?” El Señor conocía a Su hombre, y justo cuando estaba en la ladera de la colina y podía ver a Damasco en la llanura y estaba presto a devorar a los santos, el Señor dejó escapar una flecha. Al suelo cayó un tal Saulo de Tarso, tan herido que tomó tres días extraerle la flecha. Esto fue maravilloso pues Saulo era como leviatán, de quien leemos: “Cuando alguno lo alcanzare, ni espada, ni lanza, ni dardo, ni coselete durará”; sin embargo, la flecha del Señor lo derribó. El Señor puede derribar a los hombres en los lugares más impensables. Yo he sabido que la flecha de la convicción ha alcanzado a un hombre que no había entrado en un lugar de adoración durante años. Tal es la infinita soberanía de Dios que llama pueblo mío al que no era Su pueblo, y es hallado por los que no le buscaban. Sí, incluso en las guaridas del pecado un hombre no está protegido de las flechas de Dios; me refiero a las flechas del infinito amor de Dios. Dios puede todavía tocar la conciencia. Ustedes saben que leviatán está forrado en su cuerpo con escudos fuertes, “cerrados entre sí estrechamente”; con todo, aun en leviatán hay un punto débil. El astuto cazador sabe cómo encontrarlo. Hay algunos hombres tan escépticos, tan ateos, tan profanos, tan abominables, que nadie se atreve a acercarse a ellos; sin embargo, lo hemos sabido –dígase para alabanza de la gracia soberana- el Señor ha herido aun a esos con Su espada grande y fuerte, y después los ha sanado mediante Su poderosa gracia. Nunca pierdan la esperanza por nadie. Si la salvación fuera una obra humana podrían desesperar; pero como es una obra de Dios, no desesperen de nadie. El desventurado que es lo más parecido a un demonio encarnado puede convertirse todavía en un ángel de Dios. Tal es la gracia de Dios que aunque los hombres hagan una alianza con la muerte y un pacto con el infierno, Él puede romper sus alianzas e invalidar sus pactos, puede arrebatar la presa de entre las fauces del dragón, y alcanzar renombre para Él.

 

Entonces, el Señor puede herir. Él puede herir a algunos que han estado escuchando el Evangelio durante años y han desafiado Su poder. Mis flechas han cascabeleado contra su arnés, y yo he dicho: “Todo es en vano”; pero yo ruego a mi Señor que uno de estos días cuando esté tensando un arco a la ventura, le agrade dirigirlo entre esa juntura del arnés que yo temía que no existía, esa pequeña juntura donde la hombrera no encaja ajustadamente en el peto. Yo temía que estuviera revestido con los escudos fuertes de leviatán, de los que leemos: “El uno se junta con el otro, que viento no entra entre ellos. Pegado está el uno con el otro”; sin embargo, el Señor puede enviar Su flecha y hacer que el altivo corazón sienta el poder de Su gloriosa verdad. Los seres humanos más irreflexivos, los más negligentes y los más abandonados están aún dentro del alcance del arco del Señor.

 

Qué lado tan dulce de la verdad es su segunda parte, es decir, que Él puede sanar. ¡Hay algunos casos terribles de heridas sangrantes! Yo me pregunto si en esta audiencia cuento con algunas almas desesperadamente heridas. He sabido que el corazón sangra como si se desangrara hasta la muerte bajo la espada de la convicción. Algunos son conducidos a la desesperación, y han estado dispuestos a poner manos violentas sobre ellos mismos en la amargura de sus almas. Que resuene como trompeta para que estos pobres seres desesperados puedan oírlo: el Señor puede sanar. No hay ningún caso tan desesperado que Jehová-Jesús no pueda restaurar. ¡Desesperación, tienes que dejar ir a tu cautivo! ¡Desánimo, tienes que abrir tu cárcel cuando Jesús llega! Él ha venido del Padre con el propósito de liberar a los cautivos y decir a los que están esclavizados, “Eres libre”.

 

Las heridas que Dios inflige son propensas a enconarse. Ustedes recordarán lo que dijo el salmista: “Hieden y supuran mis llagas”. Cuando hay mala sangre, hemos sabido que las heridas de los seres humanos se tornan horribles; y algunas almas que han experimentado una conciencia despierta se han convertido en un terror para ellas mismas. “Yo no puedo ser salvada”, dicen. “Yo no puedo orar. ¿Cómo puede orar jamás un desventurado como yo? No puedo esperar recibir misericordia. Sería una sorpresa para el cielo y también para el infierno si yo encontrara alguna vez misericordia”. Escúchame, y deja que tu propio corazón lo crea; tú ciertamente puedes recuperarte. Dios, quien hace todas las cosas y para quien nada es imposible, puede sanar tus heridas aunque apesten a corrupción. Si tú estás a las puertas del infierno, si tú parecieras estar ya metido a medias en el Tofet, Su brazo es lo suficientemente fuerte para ayudarte ahora. Si tú miraras a Cristo elevado en la cruz, hay perdón, vida, aceptación, gozo, y cielo para ti, aun para ti. Aquel que te hirió te sanará, aquel que te ha quebrantado te vendará. Aquel que te ha hecho morir, hará que vivas. Que tus oídos den cabida al alegre mensaje que he recibido la orden de entregarte: “Yo hiero, y Yo sano”.

 

Con todo, déjenme exhortarlos diciendo que no busquen una curación en ninguna otra parte excepto en Dios, en Cristo Jesús. Huyan del pensamiento de ser sanados a menos que el Señor los sane. Me da miedo que un alma herida acuda a un ministro o a un sacerdote, o a la persona más religiosa en el mundo, y piense en obtener de un hombre la curación. Tus heridas tienen el propósito de conducirte a tu Dios. Búscale a Él y a nadie más. Cae de rodillas ahora en tu aposento privado, o si no tuvieras uno, quédate solo incluso en la calle, pues tú puedes estar solo en medio de una multitud; pero acude a Dios con tu corazón sangrante. Dile: “yo soy un pecador; Señor, yo soy casi un pecador condenado. Yo he sido un ofensor tal que a duras penas me atrevo a esperar; pero oigo que Tú puedes sanarme y darme consuelo. Oh, por el nombre de Jesús, ten misericordia de mí. Yo te doy gracias porque Tú me has herido; sería mejor para mí estar herido que ser tan indiferente y tan descuidado como solía ser; pero ahora, Señor, no me hagas pedazos por completo ni me trates como a un enemigo. Mi espíritu desfallece a menos que Tú me consueles. ¡Oh, mírame!” Si no pudieras decir todo eso, deja que tus lágrimas rueden y mira a lo alto diciendo: “Dios sé propicio a mí, pecador”. Pero clama a Él, y encontrarás una curación, pues Dios puede sanarte y nadie más que Él. Fuera con aquellos que sueñan que la religiosidad externa puede hacerles bien. Fuera, fuera con los engañadores que quieren decirles que ellos pueden darles el perdón. Ningún hombre viviente puede absolver a sus prójimos pecadores: esa pretensión es el superlativo de la blasfemia. Dios está en Cristo Jesús reconciliando al mundo para Sí, no imputándoles sus delitos a ellos, y nos ha entregado la palabra de reconciliación, y nos alegra proclamar esa palabra, y señalarles al Señor Jesús quien es exaltado en lo alto para dar arrepentimiento y remisión de los pecados.

 

III. Ahora llego a mi tercero y último punto, que es: EL SEÑOR EN EFECTO HIERE Y SANA. Tengo dos cosas aquí esta noche. Sólo voy a mostrárselas y habré terminado. Primero, tengo un manojo de flechas que he visto que han sido disparadas en diferentes ocasiones por el arco de Dios para herir a los hombres. Yo no puedo dispararlas contra ustedes en este momento, pero voy a mostrárselas.

 

He sabido que Él ha disparado esta flecha contra un hombre: la flecha de la continua longanimidad. Él ha sido muy bueno para el pecador, y durante años ha prolongado su benevolencia para con él. Agustín cuenta de un individuo para quien Dios era tan maravillosamente benévolo, aunque el hombre era maravillosamente malo, que al final se sorprendió de la bondad de Dios y como el Señor continuó amontonando sobre él beneficios, dio un giro y clamó: “Dios sumamente benigno, estoy avergonzado de ser Tu enemigo por más tiempo. Yo confieso mi pecado y me arrepiento de él”. ¡Cómo desearía que esta flecha atravesara sus corazones! Es una flecha que fácilmente penetra en una mente noble. Las naturalezas más burdas y animales no la sienten, pero donde Dios ha dejado alguna pequeña chispa de nobleza, un hombre siente más fácilmente esto: “No puedo seguir adelante pecando en contra de un Dios tan bueno”. Es una flecha muy aguda, pero está cubierta de amor y hiere de manera sumamente dulce.

 

He aquí otra flecha: Dios está airado contra el impío todos los días. Oh, que esta verdad les quedara clara a algunos de ustedes, “Dios está airado conmigo porque he quebrantado Su santa ley”; ciertamente los heriría en lo más vivo. A mí no me gusta que alguien esté airado conmigo; pero, ¡oh, que el Señor esté enojado conmigo! ¿Cómo podría soportarlo? Querido oyente, yo espero que sientas el dolor punzante de esta advertencia. Para ti es muy fácil oírla y para mí decirla, pero una vez que la sientas, desgarrará tu corazón y llenará tus lomos de agonía.

 

Otra flecha: “El que no cree, ya ha sido condenado”. Tú no has de ser condenado meramente al final; ya estás condenado ahora. No estás en un estado de prueba; tú ya has sido probado, y has fallado, y en este momento estás caminando en esta tierra como un criminal condenado. Ah, si esa púa de hierro entrara a tu alma, en verdad te heriría.

 

Aquí hay otra flecha: “Los malos serán trasladados al Seol, todas las gentes que se olvidan de Dios”. “Estos irán éstos al castigo eterno”. Muchos han estado jugando últimamente con esa flecha; es una herramienta filosa, y el que juega con ella debe tener mucho cuidado. Si el Señor la dirige al blanco, matará las altivas esperanzas y las vanas presunciones, tan rápidamente, como cualquier flecha en la aljaba del Todopoderoso.

 

He aquí otra: “Te perdiste”. Tu presente estado de ruina y peligro es por tu propia culpa. Tú te lo buscaste, y no tienes a nadie a quien culpar excepto a ti mismo por ser un hombre perdido. Ah, eso se va a enconar, y hará que el alma se duela como si una espada se insertara en los huesos.

 

Y he aquí otra: “Tú estás muerto en pecado. Tú mismo te has destruido, pero no puedes salvarte a ti mismo”. He visto a un hombre a quien se le introdujo un trozo de esa flecha en su carne y deliraba de rabia. Se mordió sus labios y dijo: “No voy a volver a oír jamás a ese predicador. El percibe que mi caso carece de esperanza”. Ese hombre no dejará de venir. Es como un pez grande en un torrente, con un gancho incrustado en sus mandíbulas. Él hará que corra una gran cantidad de sedal y nosotros dejaremos que lo haga, pero tiene que detenerse en breve por esa solemne verdad que lo retendrá. Lucha denodadamente; pero ese agudo texto no es desalojado pronto del corazón: “Te perdiste, oh Israel”.

 

Podría continuar enseñándoles una muestra de las armas con las que Dios hiere a los hombres: Él cuenta con Su espada de dos filos, con Su lanza, con Sus flechas, con Su hacha de combate y con armas de guerra. Tú dices: “yo no las siento”. No, yo no puedo hacer que tú las sientas. Ya te he dicho que no es mi brazo el que puede blandirlas, pero cuando le agrada a Dios usar cualquiera de esas armas, el pueblo cae rendido a Sus pies. “Bien”, -dice alguien- “no creo que yo salga herido”. No, pero me alegra que estés en la batalla, porque cuando las flechas vuelen podrían golpearte igual que a alguien más. He tenido que tratar con seres heridos que nunca imaginé ver en tal condición. Oh, qué heridas he visto en hombres que estaban entregados a toda clase de pecados de moda, y que se habían burlado de la religión; han venido aquí al principio por los más miserables motivos, pero han tenido que regresar y llorar y clamar delante del Señor con corazones quebrantados. Ustedes no saben dónde se pueden alojar las balas. Ustedes que son los siervos del demonio pisan un terreno peligroso cuando se acercan a un fiel ministerio. Es más, voy a modificarlo, estás en tierra santa, donde los muertos por el Señor han sido muchos y donde el pueblo de Dios está orando fervientemente por ti ahora. Yo sé que en este momento están elevando esta oración: “Señor, haz que las flechas den en el blanco; envía flechas certeras”. Sus oraciones prevalecen ante Dios, y Él desnudará Su brazo. No hay ningún error en este asunto, Él dice: “Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca”. Cuando aplica Su brazo a la obra, ¿quién se le opondrá? Él hará todo lo que le agrade. Gloria sea dada a Su bendito nombre porque Él puede herir, y en efecto hiere de acuerdo a Su eterno propósito.

 

Ahora voy a sostener en alto ante ustedes la botella de bálsamo. Cuando un alma es herida, el Señor aplica Su sagrada cirugía en el corazón. Él nos ha sanado a algunos de nosotros. La botella particular de bálsamo que usó para sanarme es una que yo conozco bien, y que no voy a olvidar nunca. Ésta era la etiqueta, “Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra, porque yo soy Dios, y no hay más”. Vamos, ¿saben? Yo le tenía miedo a Dios hasta que oí que Dios estaba en Cristo, y que yo debía mirar a Dios en Cristo, y que el propio Dios a quien yo temía, me salvaría. ¡Esa revelación me fue aclarada con poder divino para mi alma! El predicador dijo: “Miren. Eso es todo lo que se necesita”. “Allí” –dijo- “un tonto puede mirar; un niñito puede mirar; alguien que es casi un idiota puede mirar; un moribundo puede mirar”. “Miren” –dijo él- “y está hecho”. Yo realmente le entendí: que sólo debía mirar a Cristo muriendo en la cruz por mí y ver a Dios haciendo una expiación por mi pecado en la persona de Su Hijo; que sólo debía mirar y viviría de inmediato. Así era, y yo efectivamente miré. Mi carga desapareció, y desde esa hora yo puedo decir lo que Cowper ha dicho tan dulcemente en el himno:

 

“Desde que por fe yo vi el torrente

Que hacen fluir tus heridas abiertas

El amor redentor ha sido mi tema,

Y lo será hasta que me muera”.

 

¡Oh, qué botella de bálsamo es esa: el amor redentor! ¡Cuán dulcemente se posa en el alma! El Señor le muestra al hombre herido que si bien está lleno de pecado, él puede desprenderse de ese pecado sin ninguna violación de la justicia cuando el alma cree en Jesús. Ahora dejen que el bálsamo caiga un minuto. “Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino”: ese hecho nos produce heridas. Pero ahora “Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros”; ningún bálsamo de Galaad fue alguna vez tan potente como ese. Pobre pecador culpable, si confías en Cristo ahora, tu pecado ya no será más tuyo; fue cargado hace mil ochocientos años sobre la espalda de Cristo, tu grandiosa Fianza. Él fue castigado por ese pecado, y lo ha arrojado en las profundidades del mar. Tú eres perdonado; vete en paz.

 

He aquí otra gota de bálsamo: cuando un hombre es herido siente que no puede ayudarse a sí mismo; pero entonces interviene esta preciosa verdad: que el Espíritu de Dios puede hacerlo. Dios ha enviado el Espíritu de Su Hijo, y ese Espíritu ayuda a nuestras debilidades, de manera que si bien no sabemos qué debemos pedir en oración como deberíamos, ese Espíritu está esperando para ayudarnos a orar. Oh, ustedes seres heridos, que el grandioso Espíritu les muestre en este momento a la persona del amado Hijo de Dios: Dios y hombre. Que les muestre a esa persona herida, cubierta con un sudor sangriento y llevado a la muerte; y que susurre dulcemente a sus oídos esta noche: “Él fue el sustituto de ustedes, Él soportó la ira de Dios para que no tuvieran que soportarla ustedes jamás”. Entonces ustedes dirán al salir de esta casa, “Él puede sanar, pues Él me ha sanado. Ha hecho que deje mi desesperación, y aun mis dudas, a mis espaldas. Ahora voy a cantarle un cántico a mi Amado:

 

“Jesús se ha convertido finalmente

En mi salvación y mi fortaleza”.

 

Así no les he predicado a ustedes ninguna otra cosa sino a Dios en Cristo Jesús, y me alegra tenerle a Él para predicarlo a ustedes. Supongan que hay un joven malo aquí en este momento, que ha abandonado su casa, y ha huido de su padre. Él ha hecho mal, muy mal; y en vez de ir a un padre tierno y amoroso y decirle: “Padre, perdóname”, tiene miedo del castigo, y por tanto, ha huido. Hay un anuncio para él en el periódico, invitándole a regresar a casa. Ahora, ¿qué tiene que hacer para enderezar su situación con su padre? Este pobre muchacho, descarriado, rebelde y perdido, se ha involucrado con la propia escoria de Londres, y está yendo a la ruina y está padeciendo hambre hasta la muerte. ¿Qué debe hacer? Muchacho, debes regresar a casa, a tu padre; anda a casa con tu padre. Él te ama; él anhela verte; está afligido de corazón por ti. ¡Oh, si te viera esta noche, su corazón se rompería al verte en tus andrajos! Él quiere que regreses a casa. ¿No ven ustedes que sería muy insensato que ese muchacho dijera: “Me voy a meter a una institución”, o “Voy a tratar de ganar dinero”? Tu padre es rico, bueno, sabio, y amable; lo mejor que podrías hacer es ir a casa, a tu padre. Si regresas a casa, a tu padre, todo estará bien. Ahora, tomen la parábola. Todos nosotros hemos dejado a nuestro padre, y nos hemos ido a un país lejano. No estaremos bien nunca a menos que regresemos a Aquel de quien nos hemos extraviado. Y Jesús –Dios en Cristo Jesús- está esperando para darnos la bienvenida; Él está afligido por nosotros ahora. Sólo tenemos que ir a Él, pues dice que nunca echará fuera a nadie que venga a Él. “Yo no sé cómo me va a recibir”, dice uno. Bien, regresa de todas formas y pruébalo. “Yo no puedo orar”. Tú puedes orar, querido amigo. “Pero no debidamente”. No trates de orar debidamente. Ora como puedas según lo que te dicte tu corazón, y pide para recibir ayuda. Yo sé que algunas pobres almas están en tal estado que se alegrarían si nosotros les escribiéramos una oración. Estaba hablando sólo hace muy poco tiempo con una persona en apuros que me dijo: “Oh, señor Spurgeon, ustedes no sabe cuán ignorantes somos nosotros, y cuando estamos bajo un sentido de pecado, usted no sabe cuán tontos somos. Si usted pusiera algunas veces las propias palabras en nuestras bocas nos haría bien”. Y yo pensé que tenía razón, porque encuentro que el Señor dice en las Escrituras: “Toma contigo palabras y di…”; y les dice qué deben decir.

 

Vamos ahora, pobre alma, si quieres encontrar a Dios, oremos un minuto. “Oh, Dios, sálvanos, pues sólo Tú puedes hacerlo. Por Tu grande misericordia sana nuestras heridas, pues de lo contrario nos vamos a desangrar hasta la muerte. Nosotros nos apoyamos en Tu promesa en Cristo Jesús, Tu Hijo; concédenos Tu salvación ahora, te lo suplicamos, por Su nombre. Amén”.